sábado, 6 de octubre de 2012

Una maquinista de pasarela

A continuación podemos ver un reportaje de la revista "Estampa" de un número de 1929. En él se muestran unas imágenes de la locomora 4311, del tipo Mastodonte, construida en 1923 por Babcock & Wilcox en Bilbao.

La Compañía de los Ferrocarriles del Norte se ha creído en el caso, en vista de las informaciones que algunos colegas han dedicado a la señorita Pilar Careaga, de hacer observar que en ningún caso han de de cumplirse las disposiciones reglamentarias sobre el cuidado y gobierno de las locomotoras. Ya que se va a hablar también de un viaje de la señorita Careaga no será superfluo que reconozcamos, ante todo, que la Compañía dice la verdad y que sus empleados se han mantenido estrictamente fieles a lo dispuesto. Es más: los trenes en los que ha viajado la bella e inteligente alumna de la Escuela de Ingenieros Industriales han llevado seguridades extraordinarías, porque han ido bajo la vigilancia y la atención directa del experto Jefe de Maquinistas señor Ocerín.

La señorita María del Pilar Careaga subiendo al tren.

Hacemos esta aclaración preliminar para ahorrar rectificaciones y réplicas; el nombre de «maquinista» que damos a la señorita Careaga ya sabemos que no es el exacto, pero le usamos porque es más cómodo y más rápido que llamarla «alumna del sexto curso de la Escuela de Ingenieros Industriales, que realiza las prácticas reglamentarias en las máquinas de la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España». Este es el título preciso de la simpática muchacha; pero resulta un poco largo. ¿No?

La señorita Careaga es, cuando está vestida para los salones y cuando está vestida de maquinista también, una muchacha muy guapa, muy graciosa y muy espiritual.

UNA MUCHACHA SIN MIEDO

De pie, en medio de la vía, junto a la máquina gigantesca, que palpita, presta ya a partir, Pilar Careaga se inclina y adelanta la cabeza entre la niebla, intentando otear el horizonte. - ¡Mal tiempo!—suspira—. ¡Mal tiempo vamos a llevar! Estamos hundidos en un océano de espesa bruma. El edificio de la Estacion del Norte a unos pasos es una mole borrosa... y a lo lejos de las arboledas del Manzanares y de la Casa de Campo, apenas si se columbran de trecho en trecho unas ramas desnudas y retorcidas, levantándose patéticamente, como los brazos desesperados de un náufrago, hacia el cielo. Viendo el aire caviloso de la muchacha, el Jefe del Depósito de Maquinistas, el ingeniero Bohigas, que sale de sus talleres, le grita, riendo: —¿Miedo, señorita? Ella se encoge modestamente de hombros: —¡Psch!... Pero el Jefe de Maquinistas, el señor Ocerín, un simpático veterano curtido en el oficio, que la tutela y dirige paternalmente en su aprendizaje, y que siente por esta menuda y resuelta mujercita una ingenua admiración, protesta con vehemencia: —¿Miedo?... ¿Dice usted que si tiene miedo?... ¡No lo conoce!... No hay ningún hombre capaz de hacer lo que ella... Pilar sonríe. Entre los dos hombres, ante la grande y negra máquina, su fina figura, vestida con el traje de mecánico, ¡qué graciosa y qué noble es!

La señorita María del Pilar Careaga bajando del tren.

ELOGIO DE ZAPATA

La «tertulia» no dura mucho. Apenas si Zapata tiene tiempo de tirar una placa, se da la señal de marcha, y Pilar trepa ágilmente por los estribos de la locomotora. —¡Un instante!... ¡Un segundo!... Es Zapata que acude de nuevo apuntando con su máquina, deseoso de retener la imagen de la muchacha en este momento de la partida. —Retrátela como va en el tren —propone alguien—: con las gafas puestas. Ella se apresta rápidamente a dejar caer sobre sus ojos los horribles vidrios negruzcos. Pero Zapata contiene a tiempo el criminal ademán. —¡No! ¡No!... ¡Así!... Y dispara. Zapata, queridos lectores, es un artista, como todos sabéis, que ha hecho en su vida bellas obras y que aun ha de hacer muchas más. Pero la más grande de todas, es la que acaba de realizar en este instante: impedir que Pilar Careaga se tape con las infames gafas sus espléndidos, sus maravillosos ojos. ¡Que Dios se lo premie!

Entre los dos hombres, ante la grande y negra máquina, su fina figura vestida con el traje de mecánico, ¡qué graciosa y qué noble es!

LA MAQUINISTA SE ENFADA

La pesada locomotora corre, entre la niebla, por los campos. Corre, envuelta en humo y llamas, fragorosa, mugiendo, rugiendo, aplastando... La larga hilera de vagones va arrastrada por ella, temblorosa y vacilante... Allá, a la cabeza del convoy, en medio de la humareda y del fuego, se divisa a Pilar Careaga erguida, manipulando palancas... —¿A qué velocidad vamos? —Yo no sé calcularla, pero evidentemente a mucha. Hemos pasado en unos minutos las estaciones inmediatas a Madrid, y ahora la máquina salta ágil e impetuosa por las cuestas del Guadarrama. En las paradas, Pilar, la examina escrupulosamente, la cuida, la mima. -¡Estas «cuatro mil seiscientos» —me asegura con los ojos brillantes de entusiasmo— qué simpáticas son! —¿Usted cree...? —Son admirables... ¡Tan sufridas!... ¡Tan valientes!... ¡Tan trabajadoras!... Usted no tiene idea de lo que son. Son una preciosidad... Y mientras habla así pasa suavemente su mano sobre el lomo de la grande y negra locomotora, acariciándola, como se acaricia la cabecita rizada de un bebé. —«Guapa» y «rica», ¿no ha llegado usted a llamárselo, todavía? —le pregunto. Mi broma casi la enfada. —¿Y qué tendría de particular que se lo llamara? ¿Tan absurdo es que se le tome afecto a una máquina? ¿No hay gentes qua se encariñan con caballos, con perros, con gatos?... Pues una máquina buena y trabajadora a mí me parece que es tan interesante, por lo menos, como esos animales... —No, no...—dice, conteniendo mis disculpas—; si no es usted solo... A todo el mundo le choca mi entusiasmo por la mecánica. Parece que soy un caso raro...

María del Pilar en la máquina.

HISTORIA DE «UN» INGENIERO

«Un caso raro», como ella dice con modesta e irónica intención peyorativa, no es la señorita Careaga; pero un caso extraordinario, sí. Contaré, brevemente, su historia. O, mejor dicho, la repetiré, porque ya la han contado casi todos los colegas diarios. María del Pilar Careaga, que tiene veinte años, pertenece a una aristocrática y opulenta familia bilbaína. Es hija del Conde del Cadagua, un diplomático que ha representado a España en varios países y ha desempeñado con inteligencia y dignidad misiones delicadas, como, por ejemplo, la de cuidar en Alemania, durante la guerra, de los prisioneros aliados. Esta muchacha, de origen vasco, que hasta físicamente es un acabado modelo del bello tipo vasco, manifiesta desde la infancia enérgicamente las características de su raza. Es una mujercita de acción. Una mujer «decidida y valiente», como diría Baroja. Practica el deporte, el tennis, sobre todo. «El golf nunca —aclara—: el golf, es un entretenimiento para señores de edad.» A los nueve o diez años conduce su automóvil. Empieza a estudiar el Bachillerato y, desde el primer momento, muestra una aptitud excepcional para las Matemáticas y para la Mecánica. Aprende bien todo, porque tiene una inteligencia clara; pero en Aritmética, en Algebra, en Física, sobresale. Y un buen día, a los trece años, le declara tranquilamente a su padre: —Querría ser Ingeniero industrial. Su padre no se asombra. Se contenta con decirle: — Tendrás que trabajar bastante. —Trabajaré—responde ella. Y no se habla más del asunto.Y Pilar se pone a la tarea; ingresa en la Escuela; aprueba un curso... otro curso... Y, éste de 1928-29, va a acabar, y va a conseguir el título de Ingeniero industrial. Ahora está haciendo, en las líneas de la Compañía del Norte, las prácticas de conducción de locomotoras, que figuran en el plan de estudios de su carrera.

La señorita Careaga al pie de la máquina.

LOS VIAJEROS ASOMBRADOS

Hasta Villalba, los viajeros no se aperciben de que el tren va conducido por una muchacha. En Villalba los empleados de la estación, los vendedores de refrescos, los mozos de las vías, las gentes que esperan en el andén, y hasta los campesinos que labran en los campos de los alrededores, se van, poco a poco, aglomerando alrededor de la máquina. Esta muchedumbre, quieta y atónita, intriga a los viajeros, que asoman a las ventanillas rostros curiosos o alarmados. —¿Qué pasa? -¿Eh? ! —¿Qué es? Alguien grita, a lo lejos: — Una mujer... —¿Eh? —insiste otra voz. Empieza a correr la noticia por los coches: Una mujer... Va de maquinista una mujer... Los que iban adormilados, en los rincones, alzan, súbitamente desvelados, las cabezas. Los que iban hablando cesan en sus charlas. Los que paseaban por el pasillo se detienen. Todo el mundo queda escuchando. Una voz, cercana y clara, repite: La locomotora va guiada por una mujer. Y entonces; bruscamente, todos asaltan en tropel las ventanillas, se empujan, se oprimen para mirar hacia la cabeza del tren. La máquina lanza un largo pitido. Resuella. Empieza a andar... Ya corre... Corre furiosamente, rompiendo el aire helado de la sierra... No importa. Los viajeros, desafiando el frío, a riesgo de romperse la cabeza contra los postes o los árboles, siguen colgados de las ventanillas, en racimos, intentando descubrir a la maquinista.

En las paradas, la primera maquinista española examina la máquina escrupulosamente, la cuida, la mima...

LAS CHICAS DE LA ESTACIÓN

A la caída de la tarde el día se ha dulcificado. El pálido sol se apaga lentamente entre nubes ligeras, blanquecinas. En las estaciones, en las pequeñas estaciones de los pueblos, grupos de muchachas, cogidas de la cintura, pasean por los andenes, y ríen y cuchichean mirando hacia el tren. Uno de estos grupos femeninos descubre a Pilar. Lo forman tres chicas, tres chicas gorditas, de ojos negros, un poco pálidas, ruborosas... Una de ellas lleva todavía el pelo largo, recogido en la nuca, en un ancho moño. Se acercan poco a poco a la máquina y, cuando están junto a ella, dirigen una rápida ojeada hacia Pilar. Luego bajan la vista y andan unos pasos más, como siguiendo distraídamente el paseo. Pero en seguida vuelven otra vez, con los ojos bajos, a pasar rozando el estribo de la locomotora, y cuando están más cerca levantan de nuevo, rápidas y brillantes, sus miradas hacia Pilar... En seguida las vuelven a humillar en la tierra; andan otro poco, con aire indiferente, y vuelven... —Es una mujer —le oigo bisbisear a una de ellas. Y las otras dos mueven afirmativamente las cabezas, sin atreverse a hablar. Pilar, acodada en la ventanilla oval de la máquina, contempla con cierta curiosidad las idas y venidas de las tres muchachas. —No se ría usted de ellas... —le digo yo, ganado de pronto por no sé qué vaga congoja. Se vuelve, un poco asombrada, hacia mí. —Si no me río... Y me mira con el aire atento y curioso con que estaba mirando a las tres muchachas del andén.

María del Pilar se inclina y adelanta la cabeza entre la niebla, intentando otear el horizonte.

EVA INMORTAL

—Usted... ustedes, las muchachas nuevas balbuceo yo, con la cabeza baja—, ustedes no saben lo que eran para nosotros estas muchachas modositas de las estaciones. Les hacíamos versos... Les hacíamos unas crónicas que ya se han extinguido y que se llamaban «rápidas»... Estábamos furiosamente... Hasta dolorosamente enamorados de ellas... Y ellas nos correspondían... Hace diez o doce años de esto, y parece ya ¡tan lejos!... Me callo y Pilar calla también parada frente a mí. —Ahora —exclamo súbitamente, siguiendo el hilo de mis pensamientos—, ahora, ¿qué va a pasar? —¿Cómo? —Sí; me pregunto cómo será el mundo dentro de algún tiempo; cuando todas las mujeres sean aviadores, policías, ingenieros, médicos... Cuando el Amor se acabe del todo. —¿Cree usted que se acabará? —¿Es que no es incompatible con las tareas que van ustedes asumiendo? ¿Será posible que una mujer, que tenga que construir edificios, o defender pleitos, o guiar tranvías, encuentre tiempo para cuidar al marido y a los niños y para gobernar la casa? -No ... Claro que no ... —Una mujer con una carrera —insisto-; una mujer con una profesión, en la calle, no puede pensar en casarse. —Claro...—repite Pilar, pensativa. -Su oticio, su trabajo, la absorberá. Tendrá que entregarse del todo a él. No podrá aceptar un marido, ni formar una familia... —Claro... Quedamos silenciosos. Las tres muchachas del andén pasan y repasan junto a nosotros, dirigiéndonos sus rápidas y tímidas miradas. Y Pilar, con las manos hundidas en los bolsillos de su chaquetilla de mecánico, la cabeza inclinada, permanece absorta. ¿Qué imagen, qué recuerdo pasa por delante de sus ojos? —Sin embargo, yo creo que... a pesar de todo... Se detiene. —¿Qué? —Digo que, al principio, hasta que concluyan sus estudios y se coloquen en sus profesiones, o pongan en marcha sus empresas, claro que las mujeres no podrán pensar en casarse; porque, al empezar, es cuando hay que trabajar de firme. Pero luego... —Luego, ¿sí?... —Luego, creo que... sí... Yo no puedo contener una ligera sonrisa. —Tendrán —indico— que descuidar un poco sus tareas profesionales... —Sí —concede ella sonriendo también—. Tendrán que descuidarlas un poco... Pero, ¡qué remedio!...

Vicente SANCHEZ-OCAÑA (Revista "Estampa")

(Fotos Zapata, Contreras y Vilaseca y Kaulak.)

No hay comentarios: