jueves, 19 de mayo de 2016

Empresa Averly de Zarazoza


El siguiente texto está extraído de "El Periódico de Aragón" del 14 de abril de 2013.

La importancia de la firma Averly en la industrialización de Zaragoza se muestra en su influencia y participación en hitos históricos como el estreno de la línea de ferrocarril de Zaragoza a Gallur), su colaboración con la familia Escoriaza en la implantación del antiguo tranvía, su apuesta por la energía térmica y la empresa de Isaac Peral (Electra Peral), la llegada de la electrificación y cómo algunas empresas, como ella misma, se autoabastecían de suministro, la importancia del agua y del Canal Imperial para sacar adelante una producción que, en su caso, tuvo la virtud de diversificarse para poder expandirse; o cómo la capital aragonesa sacó rendimiento de su posición estratégica en el mapa de España.


Montaje de una apisonadora de vapor.

Precisamente fue su disponibilidad de agua y su buena comunicación lo que movió al ingeniero francés Antonio Averly a desembarcar en la capital aragonesa desde Lyon. En un momento en el que la base agraria de la región posibilitó la implantación de una industria agroalimentaria, fundamentalmente la harinera y azucarera, y un sector metalúrgico que permitía cubrir sus necesidades.


Taller de tornos.

El problema en sus inicios en Zaragoza, en 1863, era que no disponía de fundición propia y debía echar mano de otras empresas. Por eso contaba con ocho trabajadores en su primer taller de la calle San Miguel. Pero Averly rompió con un modelo de empresa muy atomizado en Zaragoza en el que el 70% tenía menos de cinco empleados. A finales del siglo XIX ya tenía más de cien y en los años 20, más de 200.


Taller de carpintería.

En 1875 se unió a la sociedad Juan Mercier y en 1876 forma parte de Averly, Montaut, Bardey y Cía con talleres en la calle de la Torre. Pero es en 1880 cuando da el salto en solitario con su traslado a sus nuevas instalaciones de Campo Sepulcro, junto a la vieja estación del Portillo y muy cerca de Escoriaza, a quien luego le suministró muchas piezas para los primeros tranvías de Zaragoza y ferrocarriles para Aragón. De hecho, en sus naves aún se conservan algunos de esos primeros bogies, sobre los que se montaban los vagones de esos trenes.


Taller de calderería.

Mudados desde la calle San Miguel, en 1880, a una nueva ubicación más espaciosa en Campo Sepulcro, al lado, además, de la Estación de Ferrocarril, Averly inicia una etapa de crecimiento y producción de raíles para tranvías, turbinas hidráulicas, engranajes, poleas, cojinetes, elementos de transmisión, ruedas dentadas, material sanitario especializado, maquinaria e instalaciones de molinería, panadería, extracción de aceites y vinos, generadores y autoclaves de vapor, instalaciones para riegos y material para la agricultura, etc.


En la ciudad, y en el terreno de la fundición artística, reconocemos obras de Averly en la estatua del Justicia (Plaza de Aragón), el león del Batallador (Cabezo de Buena Vista), la Fuente de la Samaritana (Plaza del Justicia), la Fuente de las Garzas (Plaza de Utrillas), ornamentos de La Seo y El Pilar, los chapiteles de sus torres, las columnas de los porches del Mercado Central, las estructuras metálicas en los palcos del Teatro Principal...

El fundador, Antonio Averly, dio paso al cambio generacional en 1903, en un momento en el que la industria aragonesa atravesaba una coyuntura económica excelente. La dirección pasó a sus hijos, para en 1912 acabar en manos de su hijo Fernando, como único dueño.


Fundición de hierro.

Seis años después pasaría a ser sociedad anónima (y a llamarse Averly, SA) siendo un ejemplo más de empresas que, tras la primera guerra mundial, adoptaron esta solución para subsistir. Faustino Bea se hace con su dirección durante más de 40 años, hasta que en 1960 le sustituye Guillermo Hauke Bea. En la actualidad (2013), tras el fallecimiento de este, la propiedad se reparte entre su viuda Mari Carmen (50%) y dos sobrinos.


Diploma.

Averly guarda en su interior auténticas reliquias sobre el funcionamiento de una fundición que desde finales del siglo XIX proporcionó todo tipo de piezas y maquinaria. Son conocidas sus turbinas, maquinaria de vapor como apisonadoras que se usaban para el compactado de la zahorra en las carreteras, piezas para el ferrocarril y tranvías, e innumerables muestras de la metalurgia en Aragón y España. De hecho, también alberga un vasto archivo documental de publicaciones de principios del siglo XX en las que aparecían las novedades tecnológicas.


Primer retrato de la plantilla de Averly, en 1890, delante de la reja y el jardín, y antes de hacerse la residencia.

También puede servir su legado para documentarse sobre cómo la industria se debatía entre la energía térmica y la hidráulica para abastecerse, o cómo le afectaban los puntuales cortes de agua del Canal Imperial, interrumpiendo la producción.


Patio del taller de fundición en donde se quitaba la rebaba a las piezas.


Trabajadores del departamento de Fundición y Construcciones de Máquinas, cuando Averly tenía ya más de 100 empleados, en 1901.


Fue, además, una de las primeras empresas capaz de autoabastecerse de suministro eléctrico. De hecho, sus instalaciones guardan un secreto inconfesable en el subsuelo de una de sus naves, un sótano en el que se encontraba la turbina que dotaba de luz a la factoría y que los dueños nunca desvelaron para evitar pagar el IBI correspondiente al consistorio.


Taller de hierro fundido en el interior de la factoría de Averly, a finales del siglo XIX, con numerosos moldes para fabricar piezas.

En definitiva, abrir las puertas de Averly a los zaragozanos o a la comunidad científica y los visitantes sería una forma de poner en valor un patrimonio que, siendo privado, poca gente conoce. Es curioso cómo ha cesado su actividad en Zaragoza hace pocos meses sin que se haya apercibido nadie, o cómo se ha formalizado una venta de suelo en silencio incluso para la Administración.


En Averly S.A. permanecen los edificios ya descritos en un plano de 1917: el taller de fundición, el de carpintería, los almacenes de modelos y máquinas, el taller de ajuste y tornos y el edificio de oficinas.

En el conjunto de la fundición destaca la presencia de la nave como tipología constructiva, con unos alzados levantados en ladrillo y enfoscados, quedando reducida la decoración a los recercos de los vanos. Además, sobresale la presencia de la vivienda del propietario rodeada de un amplio jardín siguiendo el modelo de las villas campestres trasladado el mundo de la industria.


Plantilla de la fundición en 1900.

Hacia 1881 la fundición Averly empleaba ya a 120 obreros. La importancia que adquieren estos talleres además de por estos datos se pueden medir por el eco social que tuvieron. Como anécdota contar que en 1882 coincidiendo con las fechas de inauguración del ferrocarril de Canfranc y las celebraciones a que esta dio lugar, la fundición recibió la visita de los reyes Alfonso XII y María Cristina, para homenajearles se fundieron un par de bustos que hoy aun se conservan en los jardines de la casa.

La trayectoria ascendente de Averly le llevó en 1886 a abrir otros talleres de fundición en Bilbao: “Averly y Cía, Fundiciones y Construcción Mecánica del Nervión”, coincidiendo con el auge de altos hornos.


La empresa Averly y Cía representa un caso bien diferente a los anteriores. En primer lugar, esta sociedad era propietaria de los terrenos en que se hallaba instalada su fábrica y, por tanto, no sujeta a relación contractual alguna que favoreciese la absorción por parte del astillero. En segundo lugar, su propia envergadura física destacaba ampliamente frente a la de las otras compañías que compartían espacio en la Vega de San Mamés. Además, la proyección económica de este negocio era notablemente superior, con una actividad independiente del ramo de la construcción naval. Esta circunstancia la situaba inicialmente al margen del conflicto de intereses que la venta de Diques Secos supuso para las otras empresas, al no verse privada como aquéllas de unas instalaciones que eran vitales para su actividad.

Todos estos aspectos capacitaban a Averly y Cía para tener una mayor proyección en el tiempo, al margen de las iniciativas empresariales que se pudieran gestar en su entorno inmediato, de las que incluso podía beneficiarse como posibles clientes. Sin embargo, la instalación de Euskalduna, que nace como un proyecto ambicioso, va a condicionar también negativamente la marcha de esta empresa. Su presencia en la Vega de San Mamés debió verse como parte de un equipamiento inicial de interés para el astillero, toda vez que era una instalación en pleno funcionamiento, dedicada al ramo de la fundición y de la transformación metálica. De hecho, el propio Ramón de la Sota se interesó desde los primeros momentos por la adquisición de esta propiedad, no prosperando entonces su iniciativa.

Con el tiempo, este desacuerdo repercutirá de manera negativa en el desarrollo del proyecto de Euskalduna, fracasada la tentativa de Sestao y abocados a su permanencia y proyección en Olaveaga. Averly se convirtió en un obstáculo físico para la consecución de un astillero integrado, a medida que su crecimiento demandaba más y más espacio. Al situarse su propiedad en mitad de la Vega de San Mamés, actuaba como un tope a la expansión paulatina del astillero, que se vio obligado a franquear la fábrica para poder ocupar nuevos terrenos hacia el este, convirtiendo a Averly en una isla y abortando sus propias posibilidades de ampliación. De esta empresa, a pesar de ser junto a Euskalduna la de más dilatada trayectoria productiva en este enclave, con ochenta años de permanencia física en el solar, su biografía apenas ha trascendido a nivel historiográfico. Sus orígenes se remontan al 16 de julio de 1885, cuando se constituye la sociedad regular colectiva Fundiciones y Construcción Mecánica del Nervión de Averly y Cía, a iniciativa de Antonio Averly y Françon, José García y Díaz, empresarios zaragozanos, Ramón Gracia, vecino de Salamanca, y Juan Bautista Lasserre, Armando Legorgen y Victor Leray, aquél constructor de máquinas y éstos del comercio de Bilbao. Su dedicación era la fundición de tubos de hierro, aparatos de conducción de agua y gas, piezas de maquinaria, fundición de bronce y calderería. Esta producción, según la cláusula segunda de la escritura de constitución, no podía encontrar mercado en la provincia de Zaragoza, sin un permiso especial de D. Antonio Averly, quien disponía de talleres de similar dedicación en esta plaza.

Para la ubicación de sus instalaciones toman en arriendo ese mismo año los terrenos correspondientes a la casería de San Mamés Peco que eran propiedad de Juan Bautista Acilona, los cuales habían correspondido a éste en la permuta que realizó en 1867 de los suyos propios con la Sociedad de los Diques Secos de Bilbao. Estos terrenos serán adquiridos en propiedad por la firma Averly en febrero de 1887. En este mismo año se asiste a un cambio en la formulación de la sociedad, al adquirir ésta el carácter de comanditaria, coincidiendo además con una renovación parcial de los socios de la misma.

1905 es una fecha a señalar como importante en la trayectoria de esta sociedad, al producirse un cambio en su razón social, consecuencia de la retirada de Antonio Averly del negocio y la cesión de su participación a sus tres hijas, pasando a denominarse a partir de ahora Gracia y Compañía Sociedad en Comandita, carácter que perderá en 1935 al transformarse en sociedad anónima. La fábrica que poseían y explotaban en San Mamés mantuvo el mismo título que se le concedió en origen e igual dedicación, asistiendo ahora a la anulación de la cláusula restrictiva respecto al mercado zaragozano, lo que le permitirá “vender sus productos donde le convenga sin que ninguno de los socios pueda oponerse a nada de esto, y en su consecuencia podrá establecer cuantas factorías y establecimientos considere necesarios para facilitar sus negocios y el mayor desarrollo del comercio a que se dedica.


En este entorno general se desarrollaron las empresas Averly y Rivière. Las dos se desenvolvieron en regiones con distintas ventajas comparativas: Rivière en tres grandes ciudades (Madrid, Bilbao, Barcelona) que eran núcleos de amplios mercados y en dos casos nodos de un tupido tejido industrial y comercial. Averly, en Zaragoza, un centro industrial inserto en una región de especialización agropecuaria con fuertes lazos de dependencia económica con el núcleo urbano de Barcelona. Rivière (desde 1883 en Barcelona) operó en un distrito metalmecánico que estaba en expansión debido al empuje de las industrias textiles, la construcción de la línea y el material ferroviario, y la demanda de mobiliario urbano público y privado, que requerían una industria de reparaciones y de construcción de piezas y maquinaria que estimuló las transformaciones metálicas. En Zaragoza la base agraria de la región, el desarrollo de una industria agroalimentaria, especialmente harinera y su localización como nodo de comunicaciones ferroviarias determinaron también el surgimiento de un pequeño sector metalúrgico, concentrado en la ciudad, para cubrir las necesidades de reparación, provisión de piezas y construcción de máquinas que esos sectores requerían. Tanto en Zaragoza como en Barcelona el subsector de industrias metálicas se diversificó en el período estudiado. Entre 1920 y 1930 entre el 10-15% del total de la mano de obra industrial en Barcelona capital pertenecía al sector metal-mecánico según los censos, y en Zaragoza llegó a ocupar en los años treinta al 23,5% de los activos empleados, cifra que situaba a la ciudad en el séptimo lugar entre los centros españoles de pequeña metalurgia.


Dentro de este entorno, Averly y Rivière lograron consolidación y éxito. Rivière a lo largo de todo el período, con un punto máximo de producción en 1929. Averly hasta la retirada del fundador a principios de siglo, que inició una etapa de estancamiento y declive por factores que veremos en las siguientes secciones. Averly comenzó su andadura con ocho trabajadores y llegó a superar a finales del XIX el centenar. Considerada como la “madre de todas las de su ramo”, se convirtió en la principal empresa de su ciudad, distribuyendo sus productos por todo el ámbito geográfico nacional. En cuanto a Rivière, pasó de 5 trabajadores a mediados del siglo XIX a 259 hacia 1899, rebasando los 400 empleados a principios de la década de 1920 y los mil al inicio de la guerra civil. En 1917 era una de las 19 empresas barcelonesas, y una de las 59 españolas del conjunto de la industria del metal con más de 200 empleados. En las industrias del alambre de hierro y acero españolas se situaba entre las cinco primeras empresas del sector antes de la guerra civil, y sus 5.000 toneladas agregadas de producción de 1929 representaron un tercio de la producción total del sector que según el Servicio de Estudios de Francesc Cambó manufacturaba España a principios de la década de 1920. En 1923, y según este Servicio de Estudios, los productos de la trefilería representaban alrededor de 1/15 parte del valor total de la industria de transformados metálicos en España, y era superior al valor de la producción de los coches o barcos producidos en el país en dicho año.


Otro sector en el que trabajó activamente la empresa Averly fue el de construcción de turbinas hidráulicas. De hecho, hoy en día, aun trabaja construyendo y reparando instalaciones hidroeléctricas.


Esta turbina se construyó hacia 1900 y está acoplada a un generador AEG.

A continuación se puede ver un folleto conmemorativo del 80 aniversario de 1935, en el que se pueden ver diversos modelos de turbinas.



A continuación se puede ver la turbina de la fábrica de harinas "La Purísima", de 75CV de potencia, construida por la empresa Averly.



En la página del Museo de Mas de las Matas se pueden ver todo tipo de documentos relacionados con la central eléctrica y el molino harinero. Entre otros diversos folletos de turbinas Averly.


Entre los muchos equipos que fabricó Averly a lo largo de su historia podemos ver este extractor de aceite de orujo de 1867.


A continuación se pueden ver algunas imágenes de lo que quedo en la vieja fábrica.