lunes, 20 de junio de 2016

Instalación para eliminar el plástico del océano


Se han buscado muchos nombres para intentar describir los materiales que flotan en el Pacífico Norte, aproximadamente entre los 135 y los 155 grados de longitud Oeste y los 35 y 42 grados de latitud Norte. Los hay poéticos -el séptimo continente- y descriptivos -isla de plástico-, pero también los que se dejan de eufemismos para llamar a las cosas por su nombre -isla tóxica o isla de basura-. El hombre que documentó por primera vez este terrible desastre medioambiental fue más gráfico: lo calificó como un “gran remolino de alcantarilla”.


Charles J. Moore se quedó perplejo cuando en 1997, regresando de competir en una regata, su barco se vio rodeado por inmensas cantidades de porquería en mitad del mar: “mirando desde la cubierta del barco hacia lo que debería haber sido un océano prístino, el paisaje frente a mis ojos era una enorme extensión de plásticos. Había botellas, botes de champú, tapones, bolsas… Parecía increíble, pero era imposible encontrar un lugar despejado. Durante la semana que tardamos en cruzar la cresta subtropical, no importa a que hora de día te asomaras a cubierta, siempre te encontrabas con deshechos plásticos”.


Los científicos no se ponen de acuerdo acerca de las dimensiones de esta concentración de plástico (que proviene en un 80% de las costas estadounidenses y asiáticas), pero hay estimaciones que van desde los 700.000 hasta los 15 millones de metros cuadrados. La diferencia entre unos y otros cálculos está justificada porque, a pesar del dantesco paisaje descrito por Moore, gran parte del material que hay en la zona está formado por pequeñas partículas de plástico difíciles de detectar a simple vista.

Desde que descubriera la gran mancha del Pacífico (existen otras similares en el Atlántico y el Índico) Moore ha dedicado su vida a luchar contra ella. Afortunadamente, no está solo; hay investigadores que traen nuevas y revolucionarias propuestas que pueden terminar con este desastre. Uno de ellos es Boyan Slat, un joven holandés que, con tan solo 21 años, ha ideado un sistema con el que promete limpiar toda esta basura en un tiempo récord. La compañía que él mismo ha creado se llama The Ocean Cleanup y su proyecto consiste en instalar barreras flotantes en el océano que, aprovechando las corrientes marinas -las que causan la concentración de plástico-, atraerán los deshechos para poder recogerlos y reciclarlos sin dañar la fauna de la zona. Aunque, debido principalmente a su juventud, Slat ha tenido que enfrentarse a quienes tachaban su idea de estrafalaria y poco efectiva, las voces en contra se han visto silenciadas por la efectividad de las pruebas realizadas hasta la fecha. Desde The Ocean Cleanup aseguran que una sola barrera de 100 kilómetros de longitud podría recoger el 42% de la basura plástica del Pacífico Norte en 10 años (unos 70 millones de kilogramos) a un coste de 4,53 euros por kilo. Mucho más barato y en mucho menos tiempo -se ha calculado que nos llevaría siglos intentarlo con los métodos tradicionales- que todo lo que se ha probado hasta ahora.

El proyecto ya está en fase de pruebas y Boyan Slat confía en que su idea esté funcionando a pleno rendimiento hacia el año 2020. La degradación medioambiental es un problema ineludible y la actitud del investigador holandés es, sin duda, la única correcta para encarar la solución a este tipo de desastres: “la cuestión no es si podemos hacerlo, la pregunta es cómo podemos hacerlo de la forma más rentable posible”.