miércoles, 8 de junio de 2016

La Maquinista Valenciana


El proceso de obras y mejora urbanas de Valencia del siglo XIX, tanto referido a obras públicas como al desarrollo de las reedificaciones y a la multiplicación de las construcciones nuevas, contribuyó también a incrementar los pedidos de cierto tipo de productos propios de la industria metalúrgica. La industria del metal arranca con la cerrajería, manteniendo su carácter artesanal a principios de siglo y no perdiéndose a lo largo de la centuria. Ya que este sector carecía de una tradición previa y comienza a configurarse a partir de la década de los cuarenta. Y es a partir de 1849 cuando esta fundición conocida como la Primitiva Valenciana, amplia el capital y los socios capitalistas: Valero Cases como director técnico y Cleofás Cano como contable. Entre 1850 y 1860 el progreso de la empresa fue espectacular, hasta el punto que hubo que ir contratando más especialistas en fundición para poder atender el incremento del negocio. En septiembre de 1870 Valero Cases se convirtió en el único propietario; es el momento en que contrata a Francisco Climent como director técnico y a Miguel Alcalá como administrador–contable. Estos dos a la muerte del propietario de la Primitiva Valenciana en 1879 intentan crear una sociedad con la viuda de Cases. No obstante tal sociedad no llegó a cuajar, y en 1880 se creó una nueva Climent-Alcalá y con un nuevo nombre para la fábrica: La Maquinista Valenciana.


Sala de tornos de la fábrica La Maquinista Valenciana, a finales del siglo XIX.

En 1884 esta empresa realizaría la primera locomotora de vapor fabricada totalmente en España.Y en 1889 la sociedad se disolvió y Francisco Climent se quedó como único propietario de los talleres. La Maquinista Valenciana fue famosa por las maquinas a vapor sistema Corliss, tipo Wheenock y Wanniek. También se especializó en la construcción de todo tipo de maquinaria para la industria del tabaco, utilizando el modelo patentado de esta empresa “DuplexCliment” que fabricaba cigarrillos mecánicamente con picadura al cuadrado; igualmente destacó en la construcción de puentes y obras artísticas como las estatuas del rey Jaime I, en Valencia y en Castellón. Así mismo esta empresa familiar no sólo trató de reflejar aspectos como lo público y lo económico, sino también relaciones sociales y políticas como pudo ser la visita del rey Alfonso XIII a la Maquinista Valenciana en el año 1905.

De su fundición, tal y como vemos en la foto, salió la estatua de Jaime I hacia el Parterre para su inauguración en el año 1891 realizada por Agapito Vallmitjana.


La Maquinista Valenciana. Imagen: 1891- trasportando la estatua del rey Jaime I para su colocación en el Parterre.


Hasta la aparición de la gran metalurgia del País Vasco, en el paso del siglo XIX al XX, «Valencia era la segunda industria de España, por detrás de Cataluña, tras la que andaba muy cerca. En las décadas de 1860 a 1880 compartía ese lugar, 'ex aequo', con Andalucía, que contaba con algunas fundiciones en la zona de Antequera y Marbella». Así de rotundo se muestra el historiador Francesc Andreu Martínez Gallego.

La industria que estaba llamada a liderar la revolución fabril en la actual Comunitat Valenciana fue la sedera. Pero recibió una estocada casi mortal: la plaga de pebrina que atacó al gusano de seda, especialmente alrededor del año 1854.

Esa potente producción era la que tenía que acumular el capital necesario para impulsar un sector fuerte, al estilo del textil de lana y algodón catalán o de la metalurgia vasca. Y coincidió con la poderosa competencia de Barcelona, pero sobre todo con la pujante Lyon en la década de 1860.

Aún así, la industria valenciana se desarrolló de diferente manera y sí contó con una burguesía capitalista, también de diferentes matices a la vasca y la catalana, que promovió el crecimiento.

La catedrática de Historia Contemporánea de la Universitat de València Teresa Carnero, jubilada recientemente, considera que la discusión sobre la existencia o no de una burguesía industrial valenciana ha quedado «superada», tras un el debate que surgió en la década de 1960.

«Existía una gran diversidad económica, unas actividades agrarias muy diversas: del arroz, el vino, la naranja... Hoy llegamos a la conclusión de que las transformaciones agrarias derivaron en una especialización diversa muy sensible a las demandas europeas», comenta. Es decir, que fue surgiendo una variada pequeña industria en función de los productos nacidos en el campo; por ejemplo, toneles de madera para el vino, o cajas y papel de embalaje para las frutas y hortalizas.

Esta diversidad, además, permitió a los valencianos sobreponerse a las crisis agrarias de finales del XIX cuando afectaban al único producto de una región, por ejemplo cuando ocurrió el «hundimiento del trigo en Castilla».

De esta manera, de la agricultura en Valencia no surgió una sola o una potente gran industria (textil en Cataluña y siderúrgica en el País Vasco), sino «una 'xicoteta indústria', como la calificó el profesor Jordi Nadal» que sumada suponía la segunda o tercera de España en PIB. Algunos de estos «pequeños» sectores, añade Teresa Carnero, «han llegado a nuestros días, como los de la cerámica, el mueble -pese a la competencia coreana-, el de la madera en general o la química, ligada en parte al textil, que perdió importancia». También hubo un «transformación del hierro» y, en conjunto, un sector fabril de «notable importancia» hasta al menos la II República.

Martínez Gallego explica que la burguesía valenciana fue distinta a la catalana o la vasca, porque no contaba con ese matiz nacionalista tan marcado. Finalmente, con la producción de paños y telas de seda en declive (artículos que, además, eran minoritarios en comparación con el textil más barato y popular), emergió la agricultura como locomotora industrial: los cultivos se transformaban en regadíos y los campos necesitaban avances. «Hubo bombas de agua, norias, fertilizantes... Hubo metalurgia, ferrocarril, astilleros en el Grao de Valencia», subraya el historiador.

Además, en inversiones como el ferrocarril o el alumbrado intervinieron esos grandes magnates valencianos cuyo papel ha sido en ocasiones ninguneado (porque invirtieron en obras públicas y otros sectores privados en lugar de centrarse en uno solo), liderados por la figura de José Campo, «que no fue ministro, simplemente porque no quiso». En Valencia se obtenía más beneficios en las modernas plantaciones de naranjos que en otros sectores. Igual que ocurre hoy con la transformación hacia el cultivo del caqui.

Además, de la agroalimentaria y de sus derivados puramente industriales, «hubo una interesante industria química y farmacéutica». Hay muchos ejemplos, como el de Josep Lluís Bausset, nacido en l'Alcúdia en 1910, de productores de fórmulas y medicamentos, de abonos y otros químicos. Antes que él, el mismo Agustín Trigo Mezquita en Valencia.

Y la región contó con importantes aliados en Madrid, donde defender sus intereses. Primero Mayans, luego Navarro Reverter . Y las figuras de Campo y Trenor. Incluso, comenta Martínez Gallego, influyeron en las guerras de Perú y Chile, por el guano natural de aquellos países, y más tarde en Marruecos, donde se encontraban las minas de las que salía el fósforo para producir en Valencia cerillas y el nuevo abono químico.

A pesar del cierto ninguneo de la industria valenciana, pequeña sí, pero diversificada también, hubo muestras de grandes factorías. Por ejemplo, la fábrica de Colomina de abanicos, sombrillas y paraguas, pujante ya entre 1840 y 1850, que abastecía a la Casa Real española y a otras europeas. «Se quemó, pero se rehízo. Y llegó a contar con más de 400 trabajadores, el mismo tamaño que podían tener las industrias del textil más grandes de Mánchester», puntualiza Martínez Gallego.

Eso sí, en esa y otras ciudades inglesas habías muchas más fábricas, del mismo sector, pero en esta región había otros grandes centros de producción, como la Modorer, la fosforera valenciana que empleaba a cientos de obreros.

La producción de tipo industrial comenzó en la Comunitat Valenciana a mitad del siglo XIX. Únicamente en Barcelona hubo un impulso un tanto anterior, de apenas una década. Alcoy fue la primera ciudad que transforma tempranamente el sistema de producción: de talleres artesanales dispersos a una mayor concentración, a un sistema fabril.

En esos años del comienzo de la industrialización, las primeras fábricas propiamente dichas aparecen, además de en la ciudad alcoyana, en Valencia, Segorbe, Ontinyent, Enguera y Morella.

La industria en la zona de Alcoy heredó la tradición de la sericultura (de la seda) y ya en 1828 la Real Fábrica de Paños de esta ciudad funda una escuela de formación de técnicos en mecanización textil. Casi al mismo tiempo, tanto allí como en Xàtiva ya se desarrollan fábricas de papel de fumar.

Pero Valencia y las poblaciones limítrofes no estuvieron exentas de los cambios sociales y económicos que venían de los países más avanzados. Así, en el entonces municipio de Patraix la industria sedera de Santiago Dupuy instala en 1837 la primera máquina de vapor, procedente de París.

Los sectores fueron muy variados en toda la región valenciana, como comentan Francesc A. Martínez Gallego y Teresa Carnero, y en 1840 ya se están extendiendo los talleres de calzado (inicialmente, de alpargatas) en Elda.

En esos años, los servicios públicos de Valencia ayudan al crecimiento industrial: en los años cuarenta del siglo XIX se adjudica el alumbrado público de gas a Lebón y en 1850 se inaugura el suministro de agua potable. En los diez años siguientes va creciendo el ferrocarril y la capital del antiguo Reino instala la primera fábrica de hielo. Mientras, Xàtiva ya produce chocolate de manera industrial.

Los dos años antes al nacimiento de LAS PROVINCIAS (1866) marcan hechos clave: aterrizan en 1864 en Alcoy las máquinas de vapor ya instaladas en Patraix y Valencia y en 1865 se inaugura en Onil la primera fábrica de muñecas.

El sector juguetero ha vivido con gran fortaleza hasta nuestros días en una evolución en la que se dotó de gran impulso, casi un siglo después, con la unión de 25 empresas que supuso la formación de la Fábrica de Muñecas de Onil SA: Famosa (1957).

Cada sector va incrementando su tamaño y en Elda, el calzado reciben un gran espaldarazo en la década de 1870: Aguado instala la mayor fábrica de España de hormas de zapatos y Romero ya consigue producir 800 pares al día.

Mientras, el poder empresarial de Valencia continúa invirtiendo en el entorno de la ciudad. Así, en el municipio de Villanueva del Grao (actual distrito marítimo) el naviero Juan José Sister y Manuel María Gómez fundan en 1878 los Talleres Gómez, de reparación y construcción de maquinaria, que dio origen a los después afamados astilleros y, más tarde, a Unión Naval de Levante.

En la ciudad, la Primitiva Valenciana, de fundiciones y producción de maquinaria, goza de una gran demanda en la década de 1880. Otras grandes e históricas empresas se le suman rápidamente: la Maquinista Valenciana funde en 1890 la estatua de Jaume I y un año después Miguel Devís y Manuel Noguera constituyen los Talleres Devís-Noguera, que se convertirán más tarde en Macosa y después en la actual Volssoh.

Con el siglo XIX, el juguete se arraiga más en Ibi, la metalurgia se instala en Puerto de Sagunto (1917) y en Onda ya se han establecido los comerciantes de Valencia que reimpulsaron la cerámica de l'Alcora. Múltiples sectores de la nada 'pequeña' industria.

A comienzos del  siglo XX el crecimiento continuo, tanto industrial como de población, de la ciudad de Valencia supuso para Benetússer un importante factor de desarrollo debido a la cercanía de este gran mercado, con el que se encontraba bien comunicado. La proximidad de la capital y su ubicación en medio de las fértiles tierras de la huerta favoreció que las industrias que se desarrollaron en Benetússer en las primeras décadas del siglo estuvieran dentro del sector agroalimentario, así como industrias auxiliares de éste.


La Carretera Real de Madrid, corredor industrial y de transporte que facilitaba la conexión de la ciudad de Valencia con los municipios de su entorno y con la capital de España, se convirtió en el eje a lo largo del cual se ubicaron empresas como Construcciones Devís, el molino de Arrocerías Jardín (que se encontraba en lo que hoy es el edificio Iturbi) e Hilaturas Navarro y Cabredo (entre lo que hoy son la calles marqués de Bellet y Joaquín Navarro).

El corredor se fue ampliando a partir de los años 40 y 50 del siglo XX con más industrias como el molino de Vicente Belenguer (contiguo a Construcciones Devís) los talleres y almacenes de Hierros Miguel Mateu y la fábrica de Cervezas El Turia, todas estas industrias, todavía en el término municipal de Valencia.

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