miércoles, 16 de febrero de 2022

Cueva del Pinalejo

Aun se conservan restos de antiguas minas de hierro en la Sierra del Guindo, cerca de los pueblos de El Maillo,  Serradilla del Arroyo y Monsagro. Se las conoce como cuevas del Pinalejo o Pinarejo, ya que para llegar a ellas se puede empezar el recorrido en el merendero del mismo nombre, o también como cuevas del Guindo.

Este es el merendero del Pinalejo.




Las siguientes fotografías son de las dos cuevas. A la primera se puede entrar al menos 20 metros, al principio empiezas arrastrándote pero dentro puedes estar de pie.


Entrada a la segunda cueva.




El Adelanto - 6 de octubre de 1953

La Cueva de Serradilla del Arroyo

Con frecuencia, con harta frecuencia en los últimos meses, pueden espigarse entre las noticias de los periódicos muchas que se refieren, al descubrimiento de esta o aquella cueva en los más variados lugares. Es, pues, ir de la mano de la actualidad el descubrir una más fuera del reducido circulo de gentes que oyeron hablar de ella y del mucho más reducido de serradillanos que la han explorado.

La cueva que conocemos en el término municipal de Serradilla del Arroyo adquiere una especial importancia por el hecho de que parte de ella al menos se debe a la mano del hombre. ¿Tal vez en lejanos tiempos, se explotara algún yacimiento en las entrañas de estos montes? Seria necesario un mayor interés investigador en los que se adentran en ella para hablar de mina. Esperamos en fecha no lejana contribuir a unos resultados más convincentes.

La Sierra de la Jasteala, una mole de rocas de cerca de dos mil metros de altura, y la Sierra del Guindo, más escasa en metros y en consistencia, forman un ángulo imperfecto que comprende una serie de lomas, suelo muy áspero pero de fácil acceso, que van a morir en los caseríos de La Nava y en el término de El Maillo, En una de ellas, la loma “De la Cueva”, más elevada y más abrupta, se descubre muy difícilmente la pequeña y negra abertura, circundada de rocas y de robles, cuya madera seca y quebrada dice bien del paso del tiempo. Al pie de esa vertiente, de descenso muy brusco, termina Serradilla y ya se pisa tierra de El Maillo. Los helechos, las jaras, los carrascos, el rumor perpetuo del riachuelo del pinalejo, improvisan una frontera muy superior a la que los hombres pudieran establecer. Y sólo los pastores se pierden por allí. El agua que acompaña a su sencillísima comida ha pasado por filtros subterráneos más perfectos que los creados por el ingenio humano. Ya sabe El Maillo que puede disponer de un embalse ideal y cómodo cuando apriete el calor. 

Volvamos a la cueva. Hay unas dos horas de camino desde la última casa de Serradilla hasta ella, sin grandes prisas y procurando no pisar demasiado el camino vecinal. Son más sanos los atajos. Y más seguros. Allá por la hora y media llega el viajero a  dominar el valle de Aguablanca, algo así como un sueño del turismo. Es una cadena de pequeños huertos o “cerrados”, que ofrecen una vegetación sin par a cambio de verdaderos ríos que bajan de la sierra y que inundan los surcos. Y sobra agua para ahogar en flor los incendios que de vez en cuando producen en el monte los que van a leña. Se añaden al valle unos montes que le circundan, y a la mochila una modesta merienda... y no hay fiel cristiano que vuelva al pueblo en el día.

Cuando forzando la voluntad se aleja uno de allí, ya está casi en la cueva, Casi, porque hay que saltar todavía una buena extensión de tomillos y helechos. Al llegar a la entrada, puede haber, y la hay, duda. Si se vence, hay que empezar por arrastrarse. Y de esa manera empieza el espeleólogo de turno a adentrarse en lo profundo. Cuando se va a empezar a andar como por la calle, hay que bajar a un pozo. Se baja, porque no tiene agua. Otra abertura, y de nuevo a reptar por un estrecho tubo de roca. Y cuando el asunto se normaliza, otea el oscuro espacio el que haya entrado, y ve un peñasco suspendido a pocos metros de su cabeza, antes de que otro aluvión de piedras de todos los pesos y medidas le corte definitivamente el paso. Son de suponer los resultados que provocaría una regular detonación allí dentro. 

Se ha comprobado, misterios de la espeleología, que al salir nuevamente a la luz del día, se pasa mucha hambre. Y como también se ha comprobado que a la entrada no se ha instalado ninguna cafetería, todos procuran llevar sus cosillas. 

Cuando el sol inicia su descenso por las alturas de Aguablanca, ha de volverse al pueblo. Durante breve espacio acompaña a la marcha por el monte el murmullo de las aguas que bajan de la Jasteala, de aquel imponente “lavadero” sobre el que hemos contemplado uno de los más bellos paisajes de la provincia.

Después, van quedando atrás el agua, los árboles, los huertos, y el campo so enrojece al ir perdiéndose el sol “tras los montes” de Portugal, Y cuando, bordeada la falda del Hormazal, se llega a la vista de Serradilla, ya las horas van perdiendo su condición de atardecer.

Parece que en el aire quedan flotando aromas de jara y de tomillo y rumores de arroyuelos de cristal, corrientes que brotan de una mole de rocas de cerca de dos mil metros de altura. 

GONZALO GARRIDO. Madrid, 1953

El Adelanto - 7 de noviembre de 1953

Descenso a las tenebrosas profundidades de la Cueva del Guindo, en Serradilla del Arroyo

Una aventura de espeleología, rodeada de leyendas fantásticas y peligros verdaderos

Aún queda en el misterio el fondo de esta vieja mina romana, ya medio derruida

¿Leyendas? Las ha tenido la Cueva del Guindo, de todos los colores; las tiene todavía, su colorido puede ser negruzco, rojizo, verde y jaspeado como las peñascos, que parecen defenderla de unos pasos imprudentes. 

Estas leyendas suenan con armonías pintorescas; dejan sabor musical en labios de pastores, que acaso adrede, están allí formando parte de un paisaje de Arcadia; son música extraña en los oídos de los que como nosotros, pagados de nosotros mismos, osamos no hacer caso a nada por suponer que en cuentos y leyendas estamos ya al cabo de todo. 

Se hablaba de miriadas de mosquitos que impedían la entrada, de numerosas alimañas monstruosas, de espíritus raros, de todos los fantasmas de la fantasía pastoril, de unas grandes puertas de hierro, en las que un pastor de hace muchos años juraba haber aprendido a repicar; de un otro becerro de oro, que a pesar de ello podría matar al suicida que llegara hasta él, y de guardianes gigantescos, que es fama que custodiaban gran caudal.

Se trata en realidad de una mina romana de hierro, ya tan derruida, que casi no se observa la disposición de sus galerías; de techo en ángulo diedro, aunque lo conocido es tan sólo un respiradero entre una serie de hoyos y escombreras, una boca de no más de medio metro, un tobogante ruso y una excavación alargada de 39 metros. 

A la izquierda la entrada semioculta de una galería de 68 metros —paso de culebras—, medido con la cuenta de 34 cuerpos 1,7 metros de un servidor y 0,30 metros hasta el hombro de mi compañero), que da a un pozo, hoy cegado. Al fondo y en el techo, un boquete de paso a otra galería alta y amplia (hasta hace dos meses), que por una rampa en espiral cae a un segundo pozo, y cuyo fin comienza o termina la verdadera mina; la dirección seguida parece ser oeste, a creer en una brújula enloquecida entre rocas de hierro y de pirita.

Con aire de espeleólogos y esa cara de las circunstancias importantes, fuímonos un buen día a la cata de frutas por las diminutas, perdidas y poco holladas sendas de mi tierra y por ellas una, dos, tres veces a husmear, a buscar hasta el fondo, a arponear en él una verdad fea y vieja, de tantos años como a metros de altura está la montaña; y la última vez quisimos verle el fin y no pudimos verlo, pues ya alguien entendió que era necio luchar contra los elementos.

Cuando éstos se salen de su sitio y se derrumban en enormes masas de piedras para obstruir un paso por donde un mes antes se fue de pié y hoy se culebrea; fregando el pecho con los pedruscos, sin atreverse a levantar un hombro por temor a mover una piedrecilla que a lo peor sostiene el bloque bajo el cual se avanza. 

Cuando un paseo por el subsuelo se torna en triste reptar  por un lóbrego infierno arruinado, sólo queda encogerse de hombros; magullándose, reptando filosóficamente, heroicamente. humorísticamente, para llegar, como llegamos, en un exceso de humorismo, hasta un pozo al que en otra exploración más feliz dimos un nombre de triunfo, que ahora hubiera, sido ironía pronunciarlo, pues si el peligro no empezaba allí, al menos quedaba atrás... 

La Sima de San Martín puede producir fanática afición a la espeleología, pero hay cuevas donde está afición debía ser digna de mejor causa. El pozo ya no tenía su figura geométrica y aquella especie de arco ciego de dovelas bien marcadas en la piedra rojiza, sobre la embocadura, quedaba apenas discernible a la luz del acetileno; una hilada de piedras trapeciales con tres agujeros cada una, solares quizás de garfios de hierro y dos peñascos travados entre si, hacían un frontón hueco sobre el pozo, sobre el absurdo alquitrabe de unas piedras a punto de rebasar el borde. 

La vigueta de roble atravesada e  inexplicablemente ilesa, nos sirvió para atar la escala, por la que descendimos sus seis metros; la pared presentaba una repisa, de anchura justa para asentar los pies. 

Después, se abría a todos lados una gran excavación, que permitía al candil un amplio movimiento pendular, a nivel del fondo visible. Embocaban la galería principal palos ennegrecidos por el tiempo en un pendiente embudo hacia una suerte de cloaca bajo nuestros pies y nos quedaban cuatro metros más de soga y quizás uno y medio de aire.

Pero lo más grave era que el verdadero fondo consistía en un torrente de agua oscura, que saliendo de la pared se perdía en la, al parecer, continuación casi vertical del pozo. 

Fue de rigor que en el instante preciso un ruido molesto en nuestra situación, nos hiciera fijarnos en la vigueta y apresurarnos a evitar la pérdida de nuestro único asidero; mi compañero no olvidará fácilmente el cuarto de hora que pasó adherido a una pared resbaladiza, mientras se preparaba su difícil ascenso. Y arriba estuvimos más de una hora, mirando con tanta sonrisa el fondo por donde aquel río de agua se engullía en no se sabe que oscuras entrañas de lo más secreto del monte. 

Parecía que deseábamos preguntar algo a un misterio frente a nosotros, y que empezaba allí; ¡era lo irremediable! ¡No pudimos llegar! 

La mina seguía hacia el sur; acaso es que viniera del S. y nos halláramos en el fin de ella, única entrada conocida hoy y que no tardaría en cerrarse. 

Lo que hace un mes había comenzado, podía concluir de pronto, y esto, unido al ruido del agua, al aleteo, de los murciélagos, a mil extraños sonidos salidos de no se sabía donde, hacía que nos sintiéramos muy poco seguros; tuvimos humor para decir algo de veinte siglos, que desde que desde abajo nos miraban, pero nos faltó valor para colgar nuestras vidas sobre ese agua que bajaba negra y de un palo que crujía dejamos con nuestros nombres una tarjeta de visita a los duendes o a los espíritus y nos fuimos en busca del sol decididos a... ¿Volver? Hoy por hoy no; mañana, cuando la más estricta prudencia desaparezca del mundo, tal vez; y la prudencia... ya se sabe, es una cosa rara, que equilibra la temerosidad cuando ésta toma en serio el peligro. Pero hay cierto aspecto del peligro, tan tenebroso, que sólo puede tomarse en broma antes de entrar en la Cueva del Guindo. 

Serradilla del Arroyo; 5 de noviembre de 1953; G. E. y A. P. 

El Adelanto - 22 de diciembre de 1953

Nueva bajada a la Cueva del Guindo

Sucedió que nuestra fiebre exploradora, surgida de pronto en un ambiente aventurero, igualmente imprevisto, el humor, un travieso humor que hizo pacto con una curiosidad casi femenina, dio al traste con la prudencia que un día cacareamos y ciertamente en un momento en que nuestra piel parecía carne de gallina, decidimos intentar nuevo descenso a la cueva del Guindo.

En un día en que hasta el tiempo parecía tirar de nosotros para atrás. Era un verdadero huracán desencadenado de las amarras de la sierra: teníamos la idea de introducir un palo sano de roble, pero ante la imposibilidad de pasarlo por la galería derruida llegamos al pozo en idénticas condiciones que otras veces; colocamos una polea en el extremo más fuerte de la traviesa y encomendándonos a todos los santos descendimos, atados con una soga, perdiendo en este descenso un frasco con aceite, lo que nos dejaba a merced de la del candil, ya que de carburo no pudimos prevenirnos. 

El piso de la caldera, ligeramente inclinado, presenta la huella guijarrosa dejada por la filtración del agua, que gracias al buen tiempo de los últimos días no vemos. El cortado L presenta una oquedad tubular, que internándose en la pared se dobla sobre si misma y vuelve a salir un poco por encima de la entrada, con su diámetro de ochenta centímetros, es algo inexplicable, a no ser que influya en la corriente de aire ascendente, que con intermitencias se nota en la boca del pozo, y un tubo análogo se encuentra en otro pozo hoy cegado, del piso superior; decididamente, en este segundo piso todo parece fuera de lógica; dábamos como seguro que la continuación era hacia el S., pero la brújula marcó una dirección O., que parece ser exclusiva de la mina; el nombre de “Galería de los murciélagos” brota automáticamente, pues éstos, orejudos y mayores de lo normal, vivían por cierto colgados en racimos y armando ratonil algarabía, nos dio confianza suponer que tales diablos no suelen almacenarse donde pueda producirse fácilmente derrumbamiento. 

En todo el recorrido no he podido encontrar galerías transversales, ni una dirección S., que dada la de la sierra y la de otras huellas de pozos exteriores en ella sería lo natural. 

Avanzando 22 metros surge de pronto una pared de piedras yuxtapuestas, sin ningún aglutinante, que obstruye la galería; pero la elevación del techo permite, después de subir más de dos metros, continuar nuevamente, aunque dejando la sección triangular por la cuadrada. La pared N. es de roca lisa y la del S., generalmente de piedras, entre las que sobresalen palos y restos de ellos; después de mucho andar el suelo comienza a descender, la sección se hace de medio punto y en un momento casi se cierra, dejando una ratonera absurda, que mide 30 centímetros de alto, por 10 de ancho, que a poco trecho vuelve a ampliarse, describiendo una cerrada curva hacia la derecha; luego, inesperadamente, hay que arrastrarse bajo un inmenso bloque, perfectamente prismático, sostenido por un poste semicarbonizado, con la extravagante altura de 25 centímetros, sobre una peana arenisca de otros 10; pasado esto, la galería se dobla de pronto a la derecha, describiendo una semicircunferencia de cuatro metros de longitud y toma la dirección opuesta O — E.

En dicho recodo el absoluto silencio del impace se llena prodigiosamente de rumores, es como si de golpe llegaran ecos lejanísimos de alguna melodía, que desde otra patria se filtrara a través del peñasco; indistintamente oímos rumor de viento, sonar de ramas, un casi inapercibido alborotar de esquilas y olor de vida al aire libre; se nos antoja que estábamos a poca distancia de la otra vertiente, pero no había ni rastro de lógica abertura. Después, la galería continuaba ondulando, hasta que de nuevo parecía descender; pensando en otro pozo y en que el aceite se nos agotaba, retornamos.

Estrenando estas rutas tal vez desde el paso nervioso del último minero, debajo de una linde entre dos pueblos estuvieron representados dos aspectos de Salamanca; nos acompañaba un armuñés, hombre de llanura, que veía estas tierras por vez primera; los demás nos sentíamos ciudadanos del mundo, un pobre mundo oscuro, prisionero en las rocas, enterrado en un tiempo anochecido eternamente; pisábamos un suelo al que una larga ausencia de pasos volvió virgen; descubríamos otras “Indias Negras”, lindes borradas de un ayer ya vaporoso, en el que entrábamos como almas aturdidas, bordeando un destierro hijo pródigo de alguna historia. La luz hacia oscilar las sombras, como velos fantásticos recogidos de pronto; parecía que unos raros espíritus de la penumbra se replegaban escandalizados de un avance sacrílego y unas formas desde el fondo de un tiempo descentrado en los rincones de un mundo que se hacia añicos nos esperaba; pero estos lares subterráneos ya perecen ser nuestros y si serán, mientras quede un poco más que ver y un poco más que dar. ¡Volveremos!

G. DE LA FUENTE, A. PEREÑA, Serradilla del Arroyo, 11 de diciembre de 1953.

Las Cuevas del Pinalejo, en El Maillo. (Abril de 2015)

Cuenta la leyenda que los moros, que en tiempo inmemorial estuvieron por la zona, ocultaron un tesoro en su interior, entre el que se encontraba un becerro de oro, al traspasar una laguna. Dicha Laguna se encuentra en su interior a cientos de metros, después de bajar un pozo de unos 20 metros, traspasar unas galerías de cientos de metros y luego subir una pared vertical (le llaman el segundo pozo), arriba se encuentra dicha laguna, la cual no es otra cosa que un manantial de unos 5.000 litros. En esas galerías, de al lado de La Laguna, en sus laterales hay paredes hechas por gentes del pueblo, se dice las hicieron entre ellos el Tío Plácido y el Tío Tambores, que exploraron a conciencia todas esas galerías e incluso remozaron y arreglaron la zona de al lado de la laguna. Tío Plácido y el Tío Tambores incluso dijeron haber estado apunto o incluso que encontraron el famoso becerro de oro, lo que acrecentó mas aun esta bonita leyenda del pueblo. Se sabe y se han encontrado abajo en el regato de El Pinalejo, restos de un pequeño poblado, en el que aparecieron ruedas de molino de unos 60 cm, restos de vajillas de barro y monedas. También se comentaba que dichas Cuevas tenían otra salida por el pueblo de Monsagro, cosa que no se ha podido demostrar.


Cartografía

A continuación se pueden ver algunos mapas de la zona.






Los siguientes mapas son de Mapcarta, Maps, el catastro y el Instituto Geográfico Nacional.




Grupo de teatro Lazarillo de la ONCE Salamanca

Leyendas de realidad en El Maíllo

EL MAILLO | Los vecinos disfrutaron de la representación número 136 de 'Teresa, Jardinera de la Luz' 2016

Existe un valle en las estribaciones de la Sierra de Francia, que a pesar de serlo, se encuentra a una considerable altitud. En él se asienta un pueblo rodeado de bellísimos parajes donde los castaños, encinas y robles viven pletóricos, y donde el agua nunca falta. Cualquier caminante que recorra la zona, se sentiría inmerso en una región de cuento de hadas, y en estas fechas de otoño, un aluvión de colores hace que la luz estacional los convierta en una auténtica sinfonía mágica. El pueblecito que tiene el privilegio de ocupar tan maravilloso lugar es El Maíllo. Con sólo levantar los ojos hacia lo alto de la sierra, la mirada se detiene en el más alto de sus riscos, La Peña de Francia. Allí, en el ya lejano siglo XV, Simón Vela depositó en un santuario construido a este fin, la imagen de Nuestra Señora, que él mismo encontrara en aquellos parajes, y que lleva desde entonces el nombre del risco.

Inaugurando el primer fin de semana de diciembre, con los primeros fríos de final de otoño, la Peña de Francia ya viste su túnica blanca de invierno. La belleza del entorno se acompaña de un silencio que llena de notas musicales el alma. Nada mejor pues, que celebrarlo, recibiendo a la mejor de las jardineras, una que sabe unir cielo y tierra; cuerpo y espíritu. Nos referimos, claro a Teresa de Jesús. Esta gran mujer ha ido calando en todo aquél que ha disfrutado ya, algunos en varias ocasiones, de la obra de teatro, "Teresa, la jardinera de la luz". A lo largo de más de año y medio, ha recorrido numerosos caminos, como su "andariega" protagonista, para llevar una historia llena de diáfana claridad, por su sutil inteligencia y elegancia, a todo tipo de públicos. Los actores del grupo Lazarillo de Tormes se mimetizan con los personajes de forma tan profesional, que no dejan ningún resquicio a la duda de que lo presenciado sea cierto.

Sabemos, gracias a su guionista y director, el dramaturgo irlandés Denis Rafter, que todo lo en ella visto, ha sido trabajado desde la más absoluta historicidad y respeto a lo que fue la biografía de la carmelita. En la tarea, implicó también a sus actores, forjando con ellos, paso a paso el perfil de lo que ante todo ha sido una mujer, que por sus sobrecogedoras dimensiones, hemos alejado de esta perspectiva humana, colocándola en un ámbito de sublimidad, que sin rechazarlo, olvidaba su dimensión humana.

Por estas circunstancias, el productor de "Teresa, la jardinera de la luz", Javier de Prado, vio con suma lucidez, que los altares de las iglesias serían el marco adecuado para su representación. No por el cariz religioso del montaje, sino por la primitiva esencia de lo que ante todo era un ser humano de carne y hueso, aunque su trayectoria vital hiciera que fuese elevada a su condición de santa. Y es que las iglesias encierran de forma secular, todas las vidas de los que por allí han pasado, con sus claroscuros, y la huella dejada allí, aunque invisible a los ojos, es indeleble. Casi se podría decir pues, que tan singular obra de teatro, es una especie de clase magistral o catequesis, o ambas a la vez, por lo que de ella los espectadores pueden extraer. Esto hace que muchos acudan en varias ocasiones, para seguir captando los numerosos matices que encierra, no sólo de texto, sino en la escenografía, o manera de interpretar que Lazarillo de Tormes lleva a cabo.

Las leyendas son narraciones que surgen, a veces, al calor del hogar, en las frías y largas noches de invierno, y que ensartando una mezcla de datos reales y ficticios, fruto de las transformaciones que los contadores y el tiempo propiciaban, iban dando lugar a historias que forman parte de nuestro tesoro de memoria. Teresa de Jesús pudiera ser una leyenda viva, por lo que de ella se ha contado a lo largo de los siglos. Incluso en su época, el siglo XVI, supuso un auténtico quebradero de cabeza para todos los que no podían admitir su forma de pensar y hacer, considerando que vivió en un mundo de hombres, en el que la mujer no existía para nada que no fueran los roles propios de su esencia femenina: esposa, madre, sirvienta, campesina, o religiosa dócil apartada del mundo, amén de carecer de cualquier tipo de formación intelectual. Nuestra monja no encajó en ninguno de estos estereotipos y a pesar de su autonomía y altura en mente y espíritu, se "abajó" a la par de su amado Jesús de Nazaret, para iniciar una callada revolución que hizo saltar con gritos de pavor a la bien establecida sociedad de su tiempo. Enseñó a las mujeres a ser libres a través del amor a Dios, a través de las capacidades personales; y puso su propia formación al servicio de grandes y humildes. Por ello, viendo "Teresa, la jardinera de la luz", nos encontramos ante lo que pudiera ser una fabulosa historia digna de un ser superior, que siendo una "simple monja", demostró su valía intelectual en libros de toda índole, cartas, poemas, conocimientos teológicos amplios y profundos, y ante todo una diplomacia que la llevó a relacionarse con todos los estamentos de su época, para fundar por esos caminos nuevos conventos que permitieran que las mujeres fueran libres a su manera. Y así los hombres no han tenido más remedio que convertir la "leyenda" en doctora de la Iglesia, y doctora "honoris causa" por algunas universidades.

Al acercarnos a El Maíllo, se puede contemplar la hermosa espadaña de su iglesia de santa María Magdalena, mujer también dedicada a Jesús de Nazaret, y que eclipsada a la sombra del maestro, ha sido una gran olvidada en sus muchas y poco reconocidas cualidades y conocimientos, superiores a la inmensa mayoría de los hombres de su tiempo. Tuvo, como Teresa, la sabiduría de ser humilde y obediente y realizar su papel en la sombra, como el mejor de los actores secundarios, sin los que no se hubiera construido la historia de la Salvación del Hombre. Como Magdalena, fuerte y sobria, la iglesia parroquial de este pueblo está construida en firme piedra de sillares. Una sola nave con un gran arco recibe como escenario austero y elegante a las hermanas carmelitas que entran en el recinto cantando un Kyrie Eleyson. Van a dar réplica al enviado de la Inquisición que ante ellas y subido a un púlpito denosta a su madre, sospechosa de hereje. La música renacentista que acompaña toda la puesta en escena, parte de la réplica que Lazarillo de Tormes ha creado a partir del auténtico órgano del maestro Salinas, sito en la Catedral Vieja de Salamanca, y que toca otro de los actores. El púlpito y los hábitos que completan el "atrezzo", son suficientes para sumergirnos en esta leyenda viva que es Teresa de Jesús, pues ha llegado a convertirse en algo extemporáneo.

Existen cuevas en los alrededores de este sugerente pueblo. Una leyenda, cuenta que en una de ellas unos moros escondieron un becerro de oro al que no se puede acceder, pues un lago impide el acceso al lugar en donde está escondido. El brillo de ese oro es perecedero y toca una de las más bajas condiciones humanas, la avaricia. Sin embargo la luz de esta "jardinera" ha brillado e iluminado a lo largo de muchas representaciones (ya 136) los corazones de quienes la han conocido, y el agua con que florece su existencia ha preservado también como en la leyenda del becerro de oro de la cueva, una luz, que en este caso es auténtica y llena de misericordia. Porque si hay algo en lo que Teresa sobresalía, era precisamente en misericordia, pues no hay nada más misericordioso que sentirse a la altura de cualquier ser humano. Y como nos recuerda una de sus hermanas en la obra de la que tan prolijamente venimos hablando, "Teresa es más humana que cualquier ser humano", y por ello no se ruborizan en pedir para ella, lo que ella encerraba en su corazón: compasión.

Al año siguiente del nacimiento de Teresa, en 1516, se puso la primera piedra para la construcción de la conocida Casa Baja, que se ubica en esta localidad El Maíllo. Era el lugar en el que la mayoría de la congregación dominica de la Peña de Francia pasaba los rigores del invierno, tan duros en lo alto del risco, en el que apenas quedaban algunos hermanos, Dios se lo habrá premiado con confort eterno, para atender a peregrinos, si es que alguno llegaba vivo allá arriba en aquella época, y cuidar las tareas del culto. La Casa Baja con un huerto aledaño y un bosque de castaños, servía también de despensa de los monjes, que se preocuparon de alimentar durante muchos años a todos los pobres que a ellos acudían, así como de cuidar enfermos o confesar a los habitantes de los alrededores. Obras éstas de misericordia, para las que nuestra carmelita siempre estuvo predispuesta, pues bien supo lo que era tener una frágil salud, pasar hambre y cansancio, frío y calor por esos caminos, y sentir a un Jesús de Nazaret, rostro vivo de la misericordia de Dios, vivo también en su corazón, y sufriente como el hombre que fue en la Tierra. Los espectadores de esta tarde del 3 de diciembre en el que se recuerda el día de la Discapacidad, aplaudieron abiertamente y con emoción un trabajo que también nos recuerda lo iguales y vulnerables que todos somos en cuerpo y alma y lo capaces que podemos llegar a ser si somos conscientes de que no hay límite para aspirar a lo más alto en la medida de las capacidades que cada uno aporta. Hubieran sonado las campanas de la Casa Baja, si no hubieran sido robadas por algún "despistado", en uno de los muchos despojos sufridos en guerras. Aunque lo que también deberían sonar son las conciencias de los que han hecho oídos sordos a la total ruina en la que se encuentra un monumento que, como la Casa Baja, llena de Arte e Historia, fue curiosamente declarada bien histórico-artístico. Lo dicho, que todos adolecemos de alguna discapacidad, y que, habitantes de El Maíllo, "la paciencia todo lo alcanza".

Grupo de teatro Lazarillo de la ONCE Salamanca










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