Uno de ellos fue el loado columnista Carles Sentís, maestro de periodistas y de la crónica como pieza de museo, el conspicuo cronista del proceso de Nuremberg, presunto aliadófilo y gran hacedor del retorno de Tarradellas a Cataluña.
Pero para contrastar estos supuestos atributos con la realidad de sus actos, viene bien conocer el muy ilustrativo trabajo del profesor Francesc Vilanova, de la Universidad Autónoma de Barcelona, Fer-se franquista. Guerra Civil i postguerra del periodista Carles Sentís (1936-1946), un libro que vería la luz el pasado año en Ciutat de Palma, a través del editor Lleonard Muntaner, ante la sorprendente imposibilidad de publicarse en Cataluña.
Carlos Sentís Anfruns, periodista catalán y en catalán hasta la primavera de 1936 y que sin solución de continuidad pasó, en sus propias palabras de enero de 1947, a ser el ejemplo típico […] de una generación españolísima: “Somos sencillos y optimistas; y la fe ciega en España nos inunda el espíritu y el alma”.
En ese lapso, el periodista y hombre de negocios que fue Sentís, se desempeña como secretario del ministro falangista Sánchez Mazas, hace de espía de Franco en Marsella y Londres, escribe para Destino, la revista falangista donde campan por sus fueros los catalanes de Burgos (Vergés, Pla, Agustí, etcétera). En ese tiempo, al igual que hizo Pla, se mofa de los republicanos hacinados en los campos de internamiento del sur de Francia: “[…] cayó el de la FAI, sin afeitar y con su eterna trinchera o abrigo de cuero; el republicanete de Madrid, con su cabellera engomada; el catalán pedante, que se creía en su casa o sea en el Centro de Dependientes del Comercio y de la Industria…”. Y prosigue: “claro que a los gendarmes les faltó tiempo para meterles en los campos insalubres e inhabitables, donde nuestra piedad cristiana nos obliga a compadecerles profundamente”. En ese tiempo también, nuestro hombre, que se jactó de ser un brillante corresponsal en cubrir el final de la II Guerra Mundial en Alemania, se apuntaba sin mayores escrúpulos y con militante entusiasmo al antisemitismo del que el régimen hacía bandera. Veámoslo. Visita al campo de concentración de Dachau de un grupo de periodistas tutelados por el ejército de los Estados Unidos y ante la visión de los presos que van a ser liberados, Sentís da una muestra de su sensibilidad y escribe en su crónica de maestro del periodismo: “Conforme avanzamos, parece que vamos a entrar en una Exposición o Feria de Muestras. Ya es eso en parte. Las muestras que hay cerca de la entrada veré después que son las mejores porque, por los menos, pueden andar sin arrastrase y no son contagiosos como otros que se hallan en pabellones cerrados”.
Los procesos de Nuremberg a algunos de los líderes nazis constituyeron un hito histórico en el Derecho Internacional Penal y un precedente de los tribunales internacionales para juzgar los crímenes contra la humanidad. Como hombre bien colocado en los círculos de la prensa férreamente controlada por la dictadura, allí que fue el ínclito Sentís. Y lo hizo para enviar unas crónicas en las que, salvo las referencias burlescas e insultantes para los “rojos españoles” que testificaron, el contenido fue una sarta de sandeces irrelevantes para lo que allí de juzgaba: Von Papen “estaba un poco desfigurado sin bigote, pero conservando toda su estampa diplomática con su traje..., de una tela muy chic”; los guiños emitidos por Goëring durante el proceso le parecieron “entre juguetones y amables, y desde luego para mí nada antipáticos”; Rudolph Hess, del que afirmaba que no parecía “un ser natural”. Es decir, una banalización de sus crímenes a través de una crónica sobre el “factor humano” (sic) del proceso.
Y, en fin, su firme compromiso con la dictadura lo volvería a manifestar ridiculizando los esfuerzos de José Giral, presidente del Gobierno de la República en el exilio por convencer a la ONU en 1945 de que condenase el régimen franquista.
El caso Sentís no deja de ser otro entre tantos (Samaranch, Porta…), que desacreditan la obscenidad histórica y la miseria moral de afirmar que la guerra civil fue contra Cataluña. Aquí, unos, como Sentís, fueron franquistas, otros se acomodaron sin mayores problemas olvidándose de la identidad, como mínimo hasta 1977; la mayoría intentó sobrevivir como pudo y, entre estos, otros también resistieron.
Los catalanes de FrancoFalangistas y carlistas compitieron por mandar en una tierra esquiva que querían limpiar de catalanistas y anarquistas
Otros se reconvirtieron y abjuraron de su pasado, como Valls Taberner y el periodista Carles Sentís
En la entrada del ejército franquista en Cataluña los vencedores se preparaban para ajustar cuentas y repartirse la tarta que representaba un poder absoluto y arbitrario. Falangistas y carlistas rivalizaban por presentarse ante el dictador como los más apropiados para poder conducir una Catalunya que sabían especialmente esquiva, ya fuera por el componente catalanista, ya fuera por el componente obrerista. Los falangistas alegaban que con su discurso nacionalsindicalista eran los más preparados para hacer frente a una masa obrerista sobre todo anarquista; por otra parte, los carlistas afirmaban que su discurso tradicionalista podría apaciguar o reconducir un espíritu de catalanidad liberado del catalanismo. Esto sucedía debajo de las grandes unanimidades que acompañaban en público cualquier acto de la unificada Falange Española Tradicionalista y de todas las instituciones franquistas. Mariano Calviño, Josep Ribas Seva y Carlos Trias Bertrán fueron los principales cabecillas de la Territorial de Cataluña de Falange que iban planificando qué harían al conquistar militarmente Cataluña.
Pero más allá de estas disputas, en 1939 los catalanes de Franco se apresuraban a tomar posiciones y utilizar su hoja de servicios en la España franquista. Muy pocos podían decir que siempre habían sido contrarios a la democracia y el catalanismo, como sí podía enorgullecerse el cacique de Tortosa Joaquim Bau, que podía afirmar que era el único diputado catalán de la etapa republicana que había votado contra el Estatut. Sí había muchos más que podían esgrimir sus intervenciones durante la guerra, desde quienes habían colaborado con los servicios de espionaje y propaganda hasta quienes habían puesto en marcha la revista Destino. Eran los catalanes de Burgos, que estaban en la retaguardia, más o menos cómodamente instalados, ya los que había que añadir quienes podían hacer valer su condición de ex combatientes, como los que habían combatido en el tercio de Nuestra Señora de Montserrat, y también los excautivos, que habían sido detenidos en prisiones republicanas. Todos podían reclamar su parte de la tarta, porque la depuración de la Catalunya republicana permitía que los ganadores aspiraran a todo tipo de beneficios particulares, desde una plaza de ordenanza en un ayuntamiento hasta la concesión de un estanco o una cátedra universitaria.
Ocupar el poder
Al ir conquistando el territorio, los catalanes de Franco empezaron a ocupar los puestos de mando. Sin embargo, su capacidad efectiva era bastante limitada y se circunscribía en el ámbito local, y su presencia en los órganos del poder central era mínima, ya fuera en el gobierno o en la misma Falange, con excepciones como Josep Maria Fontana y Eduard Aunós, este último ministro en 1943. Pero como decíamos, un poco de respiro, los franquistas catalanes no podían más piramidal y jerárquico como el franquismo. Para empezar, después de caer Barcelona, durante unos meses se estableció un régimen especial de empleo, que dejaba todo el poder real en manos de los militares. Hay que tener en cuenta que en el esquema de poder franquista las autoridades locales –ayuntamientos y diputaciones– estaban sometidas siempre a la autoridad de los gobernadores civiles, de los que dependían sus nombramientos y futuro político. La inmensa mayoría de cargos municipales recayeron en catalanes de derechas, y sobresalieron algunos nombres, como Miquel Mateu, alcalde de Barcelona en 1939 y amigo personal de Franco, u otros alcaldes con cierto peso, como Josep M. Marcet en Terrassa (alcalde de 1940 a 1960). Claro que el régimen no esperaba que estos alcaldes fueran demasiado activos, sino pura correa de transmisión de sus superiores. Un caso singular es el de Josep M. Milà Camps, marqués del Montseny y presidente de la Diputación de Barcelona en 1939. Monárquico españolista de probada reputación –había ocupado el mismo cargo durante la dictadura de Primo de Rivera–, se atrevió a hacer un informe reservado en el que se quejaba de algunas decisiones económicas que perjudicaban a los empresarios. Fue suficiente para que fuera destituido por Serrano Suñer en septiembre de 1939.
Otros debían reconvertirse, y abjurar de su pasado, como Ferran Valls y Taberner, que escribió La falsa ruta , seguido dos días después por Carles Sentís con un título bien expresivo: " ¿Finis cataloniae? El fin de una película de gangsters, simplemente . " Tanto Valls como Sentís querían hacer hincapié en una distinción entre la Cataluña real y la Cataluña ideal. La Cataluña ideal era un engaño que habrían promovido los intelectuales catalanistas desde la Renaixença, y que se había convertido en un programa político peligroso, culpable también del estallido de la Guerra Civil. Pompeu Fabra, Antoni Rovira i Virgili, Carles Riba y tantos otros habrían inventado una cultura que quería ser nacional. Frente a esa idealización existía una Cataluña real, que era la que representaban los catalanes que entendían su papel regional dentro de la nación española. Éstos eran los llamados a denunciar y combatir la cultura catalanista, ya contraponer un proyecto puramente folclórico. Por eso suprimían el Institut d'Estudis Catalans y creaban un Instituto Español de Estudios Mediterráneos. Y por eso mismo se cuidaron de controlar rápidamente instancias privadas, como el Ateneu Barcelonès, que debía programar aquellos primeros años las conferencias que decidían desde la Falange. Desacreditar a los intelectuales catalanistas era un objetivo fundamental. Por ejemplo, en la Solidaridad Nacional falangista se publicó una larga serie intitulada Fantasmones rojos, en la que se ridiculizaba políticos e intelectuales. En virtud de estos retratos, Pompeu Fabra era un vividor del catalanismo; Bosch Gimpera era “Perot el ladrón”; Rovira i Virgili, “un deformador de la historia”, y Carles Riba, “el purísimo intelectual firmante de manifiestos”, y de la misma manera Pau Casals era la prueba fehaciente de que “se puede llegar a ser un genio en una especialidad artística y llevarse a otros como un auténtico asno”.

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