viernes, 14 de agosto de 2026

La batalla de Wad-Ras

La batalla de Wad-Ras, que tuvo lugar el 23 de marzo de 1860, fue el combate que puso fin a la Guerra de África entre España y el sultanato de Marruecos. En el Tratado de Wad-Ras, firmado el 26 de abril de 1860, Marruecos reconoció la ampliación de los límites de Ceuta y Melilla, se comprometió al pago de una cuantiosa indemnización y cedió a España el territorio de Santa Cruz de la Mar Pequeña, lo que sería el territorio de Ifni.

Cuadro de Mariano Fortuny (hacia 1862-1863), Museo del Prado.

Antecedentes

Los conocidos como incidentes de Ceuta fueron una serie de choques armados y diplomáticos ocurridos en 1859 en la frontera entre la plaza española de Ceuta y el territorio marroquí. Fueron uno de los motivos para que España declarase la guerra al sultanato de Marruecos el 22 de octubre de ese año, aunque quizás no el único.

Desde la ocupación portuguesa de Ceuta en 1415, incorporada a la Monarquía Hispánica en 1580 y definitivamente española desde 1668, la ciudad existía rodeada de territorio marroquí. Aunque diversos tratados habían reconocido la soberanía española sobre la plaza, los límites terrestres nunca estuvieron claramente amojonados.

A mediados del siglo XIX, España decidió reforzar sus defensas construyendo nuevos fortines, parapetos y líneas de vigilancia fuera del recinto principal. Esas obras fueron interpretadas por las tribus rifeñas como una expansión del territorio español.

La tribu de los Anyera (Anjra), asentada al sur de Ceuta, protagonizó los incidentes más graves durante el verano y el otoño de 1859, destruyó mojones y señales fronterizas colocadas por los ingenieros españoles, atacó a obreros que trabajaban en las fortificación, incendió y derribó varios puestos avanzados de vigilancia y realizó incursiones con disparos contra centinelas y patrullas españolas.

Las autoridades españolas no vieron aquellos ataques como simples actos de bandidaje, sino como una violación de los acuerdos internacionales que el sultán debía respetar.

El gobierno de Leopoldo O'Donnell envió reclamaciones al sultán Mohamed IV exigiendo tres medidas concretas: castigo ejemplar de los responsables; garantías permanentes para la seguridad de Ceuta; autorización para completar las fortificaciones y rectificar la frontera.

El sultán manifestó la voluntad de satisfacer las reclamaciones, pero su autoridad sobre las cabilas del Rif era limitada. Muchas tribus actuaban con amplia autonomía y desobedecían a los gobernadores enviados desde Fez.

En Madrid se interpretó esa incapacidad como un incumplimiento de las obligaciones del Estado marroquí. Por su parte la prensa alimentó un fuerte clima patriótico y presentó los ataques como una ofensa al honor nacional. O'Donnell obtuvo un amplio respaldo de las Cortes y el 22 de octubre de 1859 España declaró la guerra. 

Tras las victorias de Castillejos y la toma de Tetuán, el ejército marroquí intentó reorganizarse y detener el avance español cerca del valle de Wad-Ras. Allí tuvo lugar la batalla decisiva, que abrió el camino hacia Tánger y obligó al sultán a solicitar la paz.

Una fuente contemporánea particularmente interesante es el Diario de un testigo de la Guerra de África, de Pedro Antonio de Alarcón. En él aparece documentada la muerte en combate, precisamente el 23 de marzo, del teniente Bernardo González Díaz, perteneciente al Batallón de Cazadores de Cataluña. También consta la muerte anterior del capitán Miguel de Castro y Hoyos, de la misma unidad. 

La obra de Víctor Balaguer, Reseña de los festejos celebrados en Barcelona en los primeros días de mayo de 1860, publicada ese mismo año con motivo del regreso de los Voluntarios Catalanes y de las tropas del Ejército de África contiene numerosas referencias a Wad-Ras, a las tropas catalanas y a los acontecimientos de la campaña. 

La Corona (Barcelona). 23 de marzo de 1860

Barcelona 23 de Marzo

Juzgando en términos regulares, y tomadas en cuenta las circunstancias respectivas de ambas fuerzas beligerantes, hemos juzgado que la presentación de Habich-el-Chabli en el campo español pidiendo, de parte del califa á nuestro general en jefe, entrar nuevamente en tratos de paz, era de grandísima importancia. No podíamos creer, como hemos dicho en otro artículo, que Muley-Abbas se propusiese con ese paso ganar tiempo; lo uno porque debía saber que el duque de Tetuán no se lo concedería, y lo otro porque el que verdaderamente podría conceder, aunque tal hubiese sido su ánimo, lo tenía concedido de hecho, puesto que, habiéndose consumido los víveres de repuesto durante la comunicación con la escuadra por efecto del temporal, necesitaría de ocho días al menos, para proveerse, antes de empezar las operaciones.

Suponiendo, como debíamos suponer, que Muley-Abbas conoció esto; suponiendo al mismo tiempo que no creyese que nuestras condiciones ahora iban a ser más suyas que las impuestas después de la toma de Tetuán, dimos verdadera importancia a la comunicación de que fue portador Habich-el-Chabli, y pronosticamos que probablemente se haría la paz.

Ahora parece, según el tenor de los partes oficiales y el juicio que los periódicos amigos del gobierno emiten sobre el particular, que no debemos esperar por el pronto un acomodamiento; y nosotros, sin que esto suponga una incredulidad censurable, creemos que todavía no debemos dar por enteramente rota toda negociación, opinando que tal vez en cuanto emprenda nuestro ejército su movimiento hacia el Fondach, sea sorprendido con la aceptación pura y simple, por parte de Marruecos, de todas las condiciones que se impusieron á sus primeras proposiciones.

Porque, lo repetimos, la proposición del califa para nosotros era sincera; lo que únicamente puede explicar que no haya producido todavía resultado; lo que puede hacer pronosticar que no lo dé sin un nuevo escarmiento; es el considerar que en los consejos de Muley-Mahomet predominan alternativamente, los sentimientos pacíficos ó belicosos, según las circunstancias, según los momentos, según las impresiones que hacen en la corte las derrotas continuas que sufre el ejército marroquí, qué se cuentan por el número de combates, o las esperanzas que en socorros extraños, en la imposibilidad por nuestra parte de continuar las operaciones, fundan algunos consejeros.

La corte del emperador está dividida en dos bandos: uno que está convencido de que es inútil querer sostener la lucha, y otro que cree posible un desastre en nuestro ejército; uno de qué por temor de las duras condiciones que se imponen para la paz, no se hagan más duras aún, accedería con resignación á lo que se les pide; este partido, á cuya cabeza se halla Muley-el-Abbas, es el partido de los hombres ilustrados, de los que no se hacen ilusiones sobre los recursos con que cuentan, de los que conocen que, por mas valor y arrojo que tengan sus soldados, no les es posible competir ventajosamente con la constancia, la disciplina y denuedo indomable del ejército español. El otro partido es el partido fanático, el partido que no ve sino una humillación en las condiciones impuestas por España, y que las rechaza sin examen, contando acaso en que acabemos por cansarnos de una lucha que creerán que va á ser interminable.

Cada uno de esos partidos, como hemos dicho, prepondera alternativamente y según las circunstancias del momento; y según ese momento así son las disposiciones que manifiestan. Después de la victoria del 4 de febrero, precedida de tantos combates en el Serrallo, del paso de los desfiladeros del monte Negrón, y seguida de la insubordinación del ejercito y de la toma de Tetuán, el pánico se apoderó seguramente de la corte marroquí; acaso temió que de esas victorias de los cristianos tomasen pie las facciones hostiles á la dinastía actual para ensayar un levantamiento, y se dio prisa á evitar esa complicación, haciendo proposiciones de paz. No produjeron resultado alguno sus pasos; los elementos les han favorecido imposibilitando las operaciones de nuestro ejercicio, cuya inacción forzosa acaso hayan tomado por desaliento, han tenido tiempo de reorganizar su ejército y de llamar á la campaña nuevos contingentes, y han ensayado la intentona del 11.

Hasta ese día deben haber estado en alza en la corte marroquí los partidarios de la guerra, de aquí el que no se haya tratado de paz. Desde el triste resultado, para ellos, del ataque del 11, habrán vuelto, como es natural, á preponderar los sentimientos pacíficos, y de ahí esa segunda misión de parte del califa, pidiendo á nuestro general en jefe entrar en tratos de paz.

Negándose el general en jefe á celebrar ni tregua, ni armisticio, ni nada; decidiéndose á seguir las operaciones como si nada hubiese; no cejando un momento en sus preparativos, hace todo lo que puede contribuir á que no se reponga la corte de la impresión de abatimiento que le ha hecho pedir la paz. Si, al contrario, hubiese desde luego accedido, no solo á oír al comisionado del califa, sino á celebrar, aunque no fuese sino una tregua de cuatro días, hubiera vuelto la confianza al partido belicoso de la corte marroquí que interpretaría, cómo una necesidad para nuestro ejército, esa misma tregua, y la paz sería imposible.

Podemos engañarnos; pero insistimos en lo que sobre este particular hemos dicho: para nosotros la cuestión de paz ó de guerra no depende sino de una circunstancia; de que pueda o no emprenderse pronto  las operaciones, de que se pueda o no tomar desde luego la ofensiva. Acaso antes de llegar al Fondach, pero de seguro en cuanto se fuerce el paso de ese desfiladero, se presenten, de nuevo, proposiciones de paz. Si entonces convendrá admitirlas ó no, nos guardaremos de decirlo; pero que se allanarán los moros á condiciones que hace poco les parecían imposibles, no nos cabe duda.

No desconfiamos, de consiguiente, en que se realicen nuestros pronósticos; no podemos de consiguiente considerar sin resultado las proposiciones pacíficas por más que el general en jefe dé parte de que dentro de poco se emprenderán las operaciones, y que la CORRESPONDENCIA DE ESPAÑA diga que no hay probabilidades de paz. Para nosotros, la paz es probable; y solo creeremos que se prolongue la guerra hasta dar tiempo para tomar á Tánger, cuando recibamos noticia de que el ejército está bajo sus muros abriendo la trinchera, y la escuadra en su rada bombardeando la ciudad.

La suposición de que no se hará la paz, fundándose en la resolución del gobierno marroquí de preferir una guerra eterna á ceder un palmo de terreno, porque ni la guerra afecta en gran manera al imperio y porque espera que el clima sea su aliado mas poderoso, no tiene para nosotros la menor fuerza. No creemos, en primer lugar, que Sidi Mahomet se halle tan sólidamente establecido en el poder, que pueda desafiar impunemente una guerra eterna; no podemos avenirnos con que no le importe que se le ocupe todo el litoral, ni mucho menos le consideramos tan cándido que llegue á creer que vayamos á darle el gusto, de que nuestros soldados se expongan á los rigores del clima africano, internándonos en el imperio. Demasiado debe conocer que no queremos exponernos á ninguno de esos inconvenientes. Si no se hace la paz, si prefiere la guerra, se la haremos; pero no como á él le convendría.

Dueños de Tánger, de Tetuán y de los reductos de Sierra-Bullones; guarnecidos convenientemente esos puntos, puede hacerse alto en la guerra, aunque no se haga la paz. Puede nuestro ejército pasar el verano sin exponer su salud; puede, en fin, hasta sí es necesario, retirarse á España, una parte, seguros, de que, para guarnecer Tetuán, Ceuta, los reductos y Tánger, bastan veinte mil hombres de todas armas; y para hostilizar al enemigo nuestra escuadra que podría operar con todas las circunstancias ventajosas al verano, estación en que no son temibles los contratiempos que le impidieron poco ha, continuar el bombardeo de las costas.

El gobierno marroquí debe saber todo esto, debe conocer qué la situación indefinida de tal orden de cosas no puede menos de serle perjudicial, y, en consecuencia, debe procurar evitar los males que le acarrearía. Obtará, pues, por la paz, y la preferirá, aunque, con condiciones duras, á la prolongación de la guerra. En lo dicho, nos fundamos para opinar, que la paz se hará muy pronto.

Román de Lacunza

La prensa reaccionaria se queja, amargamente de la tolerancia que, a su ver, se ejerce con los periódicos liberales. Esta conducta no nos extraña.

Los absolutistas y moderados, al pedir mordazas para los que no opinan como ellos, se muestran consecuentes con sus principios, con su manera de obrar en todos tiempos, y con las doctrinas que constantemente han proclamado, y mejor aún practicado, cuando han ejercido el poder. Nada hay que tanto les aterre como la idea de que sus contrarios puedan ilustrar al pueblo con la razón, y enseñarles con ella lo falso y absurdo de ciertas doctrinas, y el verdadero valor de las palabras de los que con mayor afán las predican.

Pero lo que sí ha llegado a sorprendernos, pues por acostumbrados que estemos a verlo en ellos, el descaro llevado a un extremo repugna siempre, es la formalidad con que aseguran que mientras los revolucionarios pueden escribir cuanto quieran en defensa de sus convicciones, y ensalzar hechos reprobados por la conciencia y por la ley, sin tener correctivo alguno, sucede con ellos todo lo contrario. Así lo afirma un periódico moderado, el cual reclama con una amargura desgarradora:

«Con la oposición moderada, dice, sucede todo lo contrario: para ella el encono, la ira, las sospechas, las invenciones, los obstáculos, las amenazas, el muro de bronce que ha de cerrarla la entrada del poder. Nuestros antiguos correligionarios, los hijos pródigos de la gran familia moderada que compartieron con nosotros la responsabilidad y la gloria, los triunfos y las derrotas; los progresistas de otro tiempo, convertidos hoy á la escuela llamada doctrinaria, no por convicción, si por conveniencia, no por haber abjurado del error, si por estarles francas las doradas puertas del presupuesto; todos los elementos, en fin, que se agrupan en confuso tropel en torno al hombre-situación, tienen un solo deseo, una sola esperanza: matar al partido moderado, borrarle como una planta maldita de sobre la faz de la tierra, al mismo tiempo que practican sus doctrinas, y evocan sus recuerdos, y viven de su atmósfera.»

Es verdaderamente cosa que parece imposible que tal se diga, cuando se está diariamente inundando á España con escritos que son una verdadera injuria a la razón humana y al sentido común, escritos en que se hace la apología de las ideas ultramontanas; cuando sin el menor correctivo ni obstáculo se proclaman a la faz de la nación las excelencias del absolutismo, rechazado por el país y por las leyes; y esto precisamente cuando los periódicos liberales necesitan imponerse mil penosas restricciones, y encuentran todas las dificultades imaginables para poder emitir no más que a medias sus propias ideas contrarias y en refutación de las que tan cómodamente se pregonan.

En lo único indudablemente en que ha estado exacto el periódico ultramontano que hemos copiado, ó lo hubiera estado ampliando mas su concepto, ha sido al decir que los hombres que se agrupan en torno del hombre-situación, tienen un solo deseo, una sola esperanza: matar al partido moderado, borrarle como una planta maldita de sobre la faz de la tierra. En efecto, solo con qué hubiese atribuido este deseo y esa esperanza al país entero, el periódico de la liga hubiera estado exactísimo. España toda, la nación unánime, juzgándole por sus efectos, considera al partido moderado cómo una planta maldita, y como á tal, y es fácil concebirlo, desea y espera borrarlo de la faz de la tierra.

José Román de Lacunza (fallecido en 1875) fue un médico, escritor y periodista liberal español del siglo XIX, recordado principalmente por dirigir el periódico barcelonés La Corona de Aragón (posteriormente renombrado como La Corona ) a partir de 1856, tomando el relevo de Víctor Balaguer, y por escribir obras científicas y médicas como memorias sobre aguas minerales 

El Álbum de las familias (Barcelona). 25 de marzo de 1860

El Clamor público. 25 de marzo de 1860

El general en jefe del ejército de África al excelentísimo señor ministro interino de la Guerra:

«Campamento del valle de Gualdras 23 de Marzo de 1860 á las cinco de la tarde.

Batalla y Victoria completa.

El enemigo, fuertemente situado en posiciones de difícil acceso, nos esperaba á una legua de Tetuán. Con gran empeño ha tratado de estorbar el movimiento del ejército. Desalojado sucesivamente de todas las posiciones y arrollado en el valle, en donde se presentó también en fuerzas considerables, ha tenido que levantar su campamento á toda prisa para que no cayera en poder nuestro.

En este instante se encuentra fuera del alcance de vista de las tropas de S. M.

Todos los generales y las tropas han rivalizado en denuedo y bizarría

El Mundo militar (Madrid). 25 de marzo de 1860

El día 12 de febrero, domingo de Sexagésima, tuvo lugar en Tetuán un acontecimiento notable, grandioso, sublime y santo; un acontecimiento que los españoles de los tres últimos siglos trascurridos no habían disfrutado, ni podido comprender, ni sentir toda su alta santidad y grandeza: la primera Misa dicha en un pais salvaje, en un pueblo idólatra, en un recinto destinado antes al culto de una falsa religión y entonces acabado de consagrar á las magníficas, sencillas y magestuosas ceremonias del culto Católico, de la Religión fundada por el Salvador del mundo, por Jesucristo, dirigida y propagada á través de las borrascas de los siglos por esa larga série de bondadosos y virtuosos pastores, uno de los prodigios mas sorprendentes y admirables que nos ofrece la historia de la raza humana. El dia 12 de febrero, la mezquita principal de Tetuan, fué consagrada al culto Católico, y adornada con la elegancia y sencillez con que acostumbramos á engalanar nuestras iglesias en las grandes festividades, con luces, guirnaldas y tiestos de flores caprichosamente colocados, se celebró en ella por primera vez el Santo Sacrificio de la Misa: por la vez primera Jesucristo, Dios, se mostró real y verdaderamente en la inmaculada Hostia, que en sus manos sagradas elevaba el sacerdote, á los ojos atónitos de los israelitas y moros de la ciudad infiel, á quienes la curiosidad habia llevado á nuestro nuevo templo. Los escuadrones y batallones de la division Ríos que dan la guarnicion de la ciudad, se hallaban formados en masa delante de la puerta de la mezquita; dentro de su ancho recinto resonaba el magestuoso canto llano con que nuestros sacerdotes elevan sus preces al Dios de las alturas. Dichas las magníficas letanías de los Santos, y terminadas las augustas ceremonias de la consagración del templo, cuya vista hemos dado ya en uno de los números anteriores, el P. Fr. José Antonio Sabater, superior de las misiones destinadas á esparcir la fecunda semilla del Evangelio en los países del bárbaro imperio marroquí, asistido de los capellanes castrenses celebró la Misa con magnífica pompa y solemnidad sobre un altar de campaña. Luego que acabó de recitar el Evangelio, interrumpió las ceremonias de la Misa por breves momentos, para dirigir una tierna y religiosa plática al invicto Duque de Tetuan y al Ejército, por los recientes triunfos alcanzados. Llegó despues el solemne momento de alzar la Hostia y el Cáliz, esa magestuosa ceremonia que representa todos los días á los ojos de los fieles el inmenso, inapreciable y cruento sacrificio á que se entregó el Hijo de Dios Padre, el mismo Dios, por su amor á los hombres. En aquel solemne momento las bandas de música de todos los batallones que oían la Misa rompieron el magestuoso toque de la marcha Real; los soldados, aquellos soldados de tez curtida y tostada por los rigores de la intemperie y el humo de los combates, se postrernan de rodillas, descubren sus cabezas, inclinan sus altivas frentes y rinden sus armas al único Ser á quien ellos son capaces de rendirlas, al Dios Omnipotente de los Ejércitos. Los moros y judíos allí presentes, al contemplar aquellas, incomprensibles para ellos, augustas ceremonias, al ver prosternados con la faz inclinada hácia la tierra á aquellos terribles soldados tan valerosos é irresistibles en la pelea, al oir los armoniosos acentos de la música, se sienten sobrecojidos de un religioso respeto, de un sentimiento sublime que no comprenden y que embarga sus corazones, de un sentimiento que no agita el corazon del cristiano católico cuando presencia las ceremonias de otras religiones, porque reconoce la superioridad de sus creencias; sobrecogidos, arrastrados por aquel inesplicable, religioso y misterioso impulso, caen tambien de rodillas, maquinalmente, sobre el pavimento de la mezquita y de la plaza principal de Tetuan, hoy plaza de España, y descubren é inclinan sus cabezas, los primeros ante la Magestad del Dios de que nos profetiza el falso Mahoma á quien tanto invocan y reverencian, y los segundos ante el Dios á quien ellos desconocieron y crucificaron indignamente entre dos bandidos, y cuyo inexorable anatema sufren. Terminada la Misa, el alcalde moro de Tetuan se acercó al General en Jefe á suplicarle pusiese en libertad á algunos de sus compatriotas presos por faltas leves, gracia que le fué concedida. Tetuan fué el día 12 teatro de un acontecimiento que desde el siglo XV y primeros años del XVI no había vuelto á repetirse; nuestro valeroso Ejército de África y sus valientes Generales podían en aquel momento recordar los triunfos de los Ejércitos de Castilla en la edad media, y enorgullecerse de que algún día la historia los presentará á los ojos de la posteridad con el mismo grado de estimación y respeto que hoy nos presenta á los Ejércitos y Capitanes de San Fernando, Alonso VIII, Alonso XI, D. Fernando el de Antequera y los Reyes Católicos: y el reinado de doña Isabel II será contado entre los de los Reyes que mas gloria, poder y esplendor han dado á la nación española, y que mas han contribuído á propagar las luces del Cristianismo en las bárbaras regiones, y con ellas la verdadera civilizacion.

El dia 13 llegó á Tetuan el Teniente General Lemery, primer Ayudante de Campo de S. M. el Rey, encargado por S. M. la Reyna de entregar al General en Jefe una carta autógrafa y el diploma del título de Duque de Tetuan. Con este motivo el General en Jefe el dia 14 dió al Ejército la órden general siguiente:

«Soldados: El primer Ayudante de Campo de S. M. el Rey, ha sido portador de una carta autógrafa de S. M. la Reyna; son palabras llenas de afecto y de bondad que dirije al Ejército; son la mas grande y la mas noble recompensa de vuestro valor en los combates y de vuestra constancia en las penalidades.

»Saluda en mi nombre y en el de mi muy amado esposo el Rey, y en el de nuestros queridos hijos, á los ilustres Generales, Jefes, Oficiales y soldados, que tanto honran á España, y diles que nuestros corazones están siempre con ellos. Dios bendecirá y premiará vuestra noble conducta, como la bendice y premiará tambien vuestra Reyna. —Soldados: que estas palabras dirigidas por nuestra augusta Reyna, se graben indelebles en vuestros corazones, y que no se borren jamás de vuestra memoria. ¡Viva la Reina! —O-Donnell.»

El Día (Madrid). 25 de marzo de 1860

En las presentes circunstancias nos parecen del mayor interés las noticias que damos á continuación, y que se refieren á los accidentes del

CAMINO DE TETUAN Á TÁNGER.

En la estación buena, ó de primavera, los viajeros recorren ordinariamente á caballo en diez ó doce horas el trayecto de Tánger á Tetuán. En la época del mal tiempo, se ven forzados á detenerse en el Fondack, á 24 kilómetros de Tetuán próximamente, donde pasan la noche.

Antes de llegar á este punto y á tres kilómetros saliendo de Tetuán se encuentra el Djebel Ghuby, y como á la distancia de un tercio del puente de Bronfoth un arroyo llamado Oned Samsa. Dicho puente distante unos diez kilómetros de Tetuán, es de piedra, casi nuevo y se halla en buen estado. Se llega á él de Tetuán por un camino de una pendiente continuada y rápida.

De Tetuán al Fondak se recorre un país muy accidentado donde se encuentran pasos muy difíciles para los viajeros y casi impracticables para un ejército con su artillería y bagages. Los obstáculos mas grandes están á la aproximación del Fondak.

El Fondack es un arenal, en medio del cual se encuentra un patio rodeado de arcos, bajo los cuales están situadas las habitaciones de los viajeros. Este establecimiento pertenece al Emperador.

Allí reside un guardián ó portero que percibe una ligera retribución de los viajeros; estos deben ir provistos de todo lo necesario para su cama, su subsistencia y la de sus caballos.

Nada puede proveerles en el acto mas que una excelente agua.

El Fondak está construido en el fondo de una garganta en medio de páramos desiertos y de montañas cubiertas de maleza. Viniendo de Tánger se descubre delante de sí el Fondak, á una distancia de mas de doce kilómetros.

Al salir del Fondack, y pasada la garganta en que está situado, el camino que sigue hasta Tánger es casi siempre directo.

A casi igual distancia del Fondack y Tetuán, es decir, á 24 ó 50 kilómetros sobre el camino que conduce á Tánger, se encuentra en un sitio muy pintoresco y cubierto de sombras una bonita fuente nombrada Amodjeda, cuyos alrededores son en invierno pantanosos. Cerca de ella están "los restos de un campo atrincherado de los romanos.

La ruta ordinaria de Tetuán á Tánger pasa por el lado.

Se llega de Tetuán á Tánger por la parte del mar ó de la Aduana después de haber franqueado un pequeño arroyo y atravesado un pantano cubierto casi siempre de agua en invierno. En la actualidad este pantano está seco.

El Pensamiento español (Madrid). 25 de marzo de 1860

GUERRA DE ÁFRICA

MINISTERIO DE LA GUERRA.

"Despacho telegráfico recibido en este ministerio.

El general en jefe del ejército de África al Excmo. señor ministro interino de la Guerra:

«Campamento del valle de Gualdrás, 25 de de Marzo de 1860, á las cinco de la tarde.

Batalla y victoria completa.

El enemigo, fuertemente situado en posiciones de difícil acceso, nos esperaba á una legua de Tetuán. Con gran empeño ha tratado de estorbar el movimiento del ejército.

Desalojado sucesivamente de todas las posiciones y arrollado en el valle, en donde se presentó también en fuerzas considerables, ha tenido que levantar su campamento á toda prisa para que no cayera en poder nuestro.

En este instante se encuentra fuera del alcance de vista de las tropas de S. M.

Todos los generales y las tropas han rivalizado en denuedo y bizarría.

El comandante general de las fuerzas navales de operaciones al ministro de Marina:

Playa de Tetuán 23 de Marzo á las tres de la tarde:

El ejército se ha puesto al amanecer en movimiento sobre el enemigo; de nueve á once se ha oído algún fuego de cañón, que cesó á la última hora; se ha empezado la descarga del Minna.

El general en jefe del ejército de África al excelentísimo señor ministro interino de la Guerra:

«Campamento de Tetuán, 23 de Marzo de 1860, á las cinco de la mañana. — En este momento emprendo las operaciones.»

Málaga, 22 de Marzo de 1860, á las diez y cuarenta y cinco minutos de la noche. — El comandante del tercio al Excmo. señor ministro de Marina:

«Llegó de Tetuán el vapor trasporte de guerra Patiño para embarcar dos batallones.»"

La Época (Madrid. 26 de marzo de 1860, n.º 3.

BATALLA Y VICTORIA DEL 23.

Acerca de la nueva victoria del 23 se expresan nuestros colegas de la corte en los siguientes términos:

El Clamor Público. El enemigo, en gran número, fuertemente situado en posiciones de difícil acceso, trató de impedir el paso á nuestras tropas á una legua de Tetuán camino de Tánger; pero sus esfuerzos, como siempre, fueron inútiles, y una vez mas los osados hijos de Mahoma han dado pruebas de su impotencia, desalojando una á una sus formidables posiciones, huyendo despavoridos ante las bayonetas de nuestros soldados.

Es muy probable que la victoria del 23 nos evite dar en el Fondak la batalla que todos esperábamos; pero si las dispersas huestes marroquíes han podido rehacerse y esperan á nuestros valientes en los reductos tantos dias ha preparados y tal vez artillados, es de inferir que, si no hoy, á lo mas tardar mañana, nos anuncie el telégrafo otra nueva victoria. De todos modos, antes de concluir el mes, no nos cabe ninguna duda de que nuestro ejercito se hallará frente á las muros de Tánger, despues de haber dado, cuando menos, otra batalla mucho mas sangrienta que la del 23, la cual lo abrirá seguramente las puertas de la célebre ciudad.

El Pensamiento Español. Dejémonos de conjeturas, que tal vez hoy mismo perderán su interés con la llegada de algun nuevo parte. La victoria es evidente, puesto que nosotros hemos avanzado y nuestros enemigos han huido. ¡Gloria á nuestro bizarro ejército y á sus invictos caudillos!

El Occidente. Apenas el telégrafo nos ha anunciado que nuestro bizarro ejército de Africa se disponia á emprender su movimiento en direccion hacia Tánger, que marca el primer paso de la segunda época de la campaña, cuando tenemos ya que registrar un nuevo hecho de armas, aquel, como todos, de una nueva victoria. No parece sino que la Providencia ha querido indemnizarnos en algunas horas de los días de ansiedad y de impaciencia trascurridos desde la memorable batalla y toma de Tetuan, presentándonos la ocasión de humillar una vez más la salvaje arrogancia de los marroquíes.

Cara ha pagado su temeridad el enemigo: arrojado de sus fuertes parapetos, arrollado en el valle, donde intentó rehacerse, ha podido contar como una gran fortuna el salvar sus tiendas y pertrechos, gracias á la prisa con que levantó su campamento y á la heroica velocidad con que emprendió la fuga, hasta ponerse completamente fuera del alcance, no ya de las carabinas, sino de la vista de nuestros soldados.

Ya hemos agotado todas las frases de encomio y de admiración en elogio de nuestro valiente ejército de Africa: ya no podemos decir nada nuevo en testimonio de gratitud y de entusiasmo hacia los caudillos, oficiales y soldados que sostienen tan alto el pabellon en el suelo africano. ¡Ni de qué serviría que hoy procurásemos agrupar aquí expresiones de elogio para ellos por la nueva página de gloria que han escrito en la crónica de esta guerra, si tal vez en el momento en que escribimos estos pálidos renglones ó en el momento de que vean la luz pública, se esté librando una nueva batalla, mas terrible, mas decisiva y brillante que la que acabamos de referir ligeramente? ¿Quién sabe si á estas fechas acampan nuestros bizarros soldados en el ennegrecido campamento del Fondak? Si esto no ha sucedido ya, no tardará en verificarse, y en tal caso el camino de Tánger solo será un paseo militar para nuestras tropas.

Los marroquíes, fieles á su carácter de doblez y deslealtad, se proponían, sin duda, con sus protestas de paz y sus parlamentos, ganar tiempo, no solo para fortificarse en el camino de Tánger, sino tambien para dejar llegar la estacion del calor en que se hacen casi imposibles las operaciones en aquella zona abrasada. Han errado sus cálculos; cuando lleguen los calores, nuestro ejército podrá soportarlos sin gran fatiga bajo la sombra de los techos de Tánger y Tetuan. Si para entonces los moros han comprendido todo lo apurado de su situacion, vendrán con verdadera sinceridad á pedir la paz sin escrupulizar mucho sus condiciones. Si persisten en la guerra, verán caer desmoronado su imperio y tremolar la bandera española en todas sus ciudades mas importantes. Entonces vendrá la paz: nosotros se la daremos por fuerza.

La Correspondencia. Suponíamos que á hora avanzada habria partes del cuartel general, dando algunos detalles sobre la batalla del valle del Guadras y la relacion de las pérdidas que hayamos sufrido.

Aunque en algunos círculos oimos anoche fijar el número de estas, es aventurado todo cálculo porque el telégrafo, á la hora en que escribimos (las tres de la mañana), nada ha anunciado todavía. Sabese, sin embargo, que se embarcaron heridos para Málaga á bordo del Patiño.

La Esperanza (Madrid). 27 de marzo de 1860

— Son curiosísimas las siguientes líneas que tomamos de una correspondencia fechada el 17 en Tetuán:

"Visitando hoy á los heridos tuve ocasión de escuchar á un negro prisionero. Encuéntrase albergado en unión con la mora herida el 11, en un cuarto de la casa del Emperador, habilitada para hospital interinamente. Al entrar en la habitación, al ver brillar sus negros ojos con una mirada siniestra, no pude menos de esperimentar un sentimiento de terror involuntario.

«Preguntóle por su nombre con ayuda de mi intérprete, y me contestó se llamaba Abd-el-Kader-Ben-Alí, que era natural de Tafilete, su edad veinte y dos años, de oficio cazador. Que había sido forzado á tomar las armas; pero que se encontraba desengañado y me suplicaba hiciese saber a un hermano suyo que está en el Fondak se volviese á su provincia, pues los cristianos eran gente muy fuerte y valerosa. Traté de inquirir cuál era la idea anterior que de nosotros tenían formada, y me encontré con que nos juzgan muy equivocadamente, pues nos creen avaros e interesados. Dijome que en el Fondak vivían como fieras, y que les sujetaban á los mas crueles castigos, cuando no querían pelear. Creía el desgraciado que podría venirle algún mal de decir lo cierto sobre los particulares á que mis preguntas se referían; pero al asegurarle que no tuviese cuidado (musenkam el giauf) que los españoles respetaban al vencido y que éramos humanos y caritativos, se incorporó en su humilde lecho y tendió hacia mí sus manos reclamando las mías. Yo tuve que bajarme y apreté aquellos nervudos miembros, viendo serenarse el rostro cobrizo del hijo del Desierto.

Saqué mi petaca y le di un cigarro que llevó á su pecho, tocándolo sobre el lado del corazón. Había pasado el pobre tanta hambre en el Fondak, que una taza de caldo nuestro le parecía el manjar mas inefable de cuantos le pronostican los espositores de la segunda vida oriental.

Al lado del indígena dormía la vieja mora. Llámase Aysha, vivía en el pueblecito de Sarasa, cañoneado por nuestra artillería el 11; un casco de granada le fracturó la pierna derecha en el momento de salir del caserío, con dirección á los montes.

Ambos heridos se encuentran muy mejorados.»

La Esperanza, 7 de abril de 1860 

Madrid tiene el Orgullo de contar ya en su seno al primer cuerpo del heroico ejército de África que ha pisado el territorio español. A pesar de la solemnidad del día, y de no haberse sabido la hora de su llegada con la debida anticipación, una muchedumbre inmensa ocupaba anteayer las avenidas de la estación del ferro-carril, vistosamente engalanadas para saludar al bravo segundo batallón de ingenieros. Los ojos de la multitud rebosaban en lágrimas al ver los rostros ennegrecidos de aquellos valientes, el deterioro de su brillante uniforme que apenas puede dar idea, del sufrimiento y resignación que en una epopeya de cuatro meses han probado la virtud y la constancia de nuestros soldados. 
 
Desde el Prado por la calle de las Huertas el batallón se dirigió hacia Palacio. Así en la estación como en todas las calles del tránsito, los valientes de África fueron saludados con fervientes vivas por el pueblo. 
 
Entre los héroes muertos en la batalla de Gualdrás figura el teniente de cazadores de Cataluña D. Bernardo González. Este valiente oficial, uno de los primeros que entraron en África, era natural de Rodillazo, en la provincia de León, y el único sostén de su padre que cuenta 84 años de edad, y de una hermana soltera que se consagra al cuidado del desconsolado anciano. 
 
El 26 se envió a Muley-el-Abbas una carta para el canje de prisioneros, a lo cual se ha accedido. Nuestro general en jefe ha dado orden para que a cada prisionero marroquí, curado ya totalmente, se le entregaran cinco duros por su cuenta y que se les escoltara hasta Tetuán. A los que no están  completamente curados y se hallan en los hospitales de Ceuta y de Málaga, se les continuará asistiendo hasta su completa curación. 
 
Las bajas que el valiente batallón de voluntarios catalanes tuvo en la sangrienta batalla de Gualdrás fueron 18 muertos y 122 heridos. 
 
Han debido llegar a Aranjuez dos batallones de cazadores procedentes de África, los de Vergara y las Navas. Como todos, se han distinguido por su bizarría. 
 
Parece que el conde de Guendulain, con la madre y hermana de Elio, vienen a Madrid. 
 
Hallándose hace pocos días disputando un moro con varios de nuestros soldados acerca de la Aduana de Tetuán, los insultó repetidas veces, apostrofándolos con el epíteto de cristiano perro,
según tienen de costumbre: un Guardia civil que acertó a transitar por aquel sitio dio al momento aviso a uno de los moros de Rey que en la actualidad existen en la cercanía de Tetuán para tener a
raya en lo posible a los infinitos musulmanes de intenciones sospechosas que tanto abundan por aquellas inmediaciones, el que se presentó al momento en el lugar de la ocurrencia, decidido a hacer entrar en orden al fanático sectario del Profeta. 
 
Llamóle al momento, y queriendo desagraviar a nuestros soldados, que se preparaban a vengar un insulto que no podían mirar con impasibilidad, mandó al marroquí que repitiese delante de aquellos las palabras de cristiano bueno; pero a pesar de sus esfuerzos, este, con un descaro inaudito, repetía a cada nueva intimación, no bueno; no: perro, perro, en términos que eran para desesperar al mas paciente; el moro de Rey, que por lo visto no lo era mucho, se cansó al fin, y viendo que sus amonestaciones no producían el menor efecto, aseguró a su compatriota por los cabellos, y con una increíble rapidez empuñó su gumía y le cortó instantáneamente la cabeza, enviándolo sin demora a gozar de las delicias de su soñado paraíso. Este hecho, que horrorizó a cuantas personas lo presenciaron, demuestra evidentemente el estado de Civilización de un pueblo, en el que un soldado ignorante y fanático ejerce simultáneamente las funciones de juez y verdugo con tan pasmosa serenidad y como si se tratara del asunto mas insignificante. 
 
Tetuán va recobrando el carácter morisco que iba perdiendo. Los muchos negociantes cristianos
que habían sido allá, han regresando, al paso que vuelven los moros que habían abandonado la ciudad. Los derribos han cesado, siguiéndose solo la plataforma que se fabrica ante la mezquita transformada en iglesia católica. Multitud de moros de todos ropajes cruzan por los callejones antes solitarios.  













 






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