domingo, 1 de febrero de 2026

El movimiento bolchevista (1919)

El movimiento bolchevista - conferencia (1919) 

Tomás Elorrieta y Artaza

REAL ACADEMIA DE JURISPRUDENCIA Y LEGISLACIÓN

EL MOVIMIENTO BOLCHEVISTA

CONFERENCIA DEL SR. D. TOMÁS ELORRIETA

CATEDRÁTICO DE DERECHO POLÍTICO EN LA UNIVERSIDAD DE SALAMANCA Y DIPUTADO A CORTES

PRONUNCIADA EN LA SESIÓN PÚBLICA DEL 20 DE MARZO DE 1919

I. La doctrina. Il. Los hombres: Lenin y Trotzky. III. Los hechos. IV. El bolchevismo en España. 
 
SEÑORAS Y SEÑORES: 
 
La confusión, la vaguedad y la contradicción de las noticias publicadas en la Prensa sobre el movimiento bolchevista, han sido causa de que todas las gentes que en nuestro país se preocupan de este problema se formulen las dos siguientes preguntas: 1.ª ¿Qué es el bolchevismo? 2.ª ¿Estamos en España bajo el peligro del bolchevismo?  
 

 

La contestación a estas dos preguntas va a ser el tema de la conferencia que voy explicar ahora, habiéndome servido para su preparación de las noticias publicadas en la gran Prensa española, francesa é inglesa, y de los datos que me han suministrado las siguientes publicaciones: 
 
V. Lenin (1). - The fight for bread. (Trozos publicados en The Nineteenth Century.)
V. Lenine. - Les leçons de la révolution. - ¿Les bolchevikis sauront'ils conserver le pouvoir? (Trozos publicados en La Grande Revue.)
León Trotzky. - From the Octover Revolution to the Brest Treaty - The Bolsheviki and World Peace.
A. F. Kerensky. - The prelude to Bolshevism. The Kornilov Rebelion.
Etienne Antonelli. - La Russie Bolcheviste.
L. Bernstein. - Le Bolchevisme: Théorie et practiquе. (La Grande Revue.)
Dr. Arthur Shadwell. - Bolshevism according to Lenin and Trotzky. (The Nineteenth Century.)
Henry Pearson. - The Bolshevik and his prisoners: some experiences in the fortress of St. Peter and St. Paul. (The Nineteenth Century.)
John Pollock. - Behind the Veil in Moscou.
A. Masson. - Histoire complète de la Révolution russe.
Ossip-Lourié. - La Russie en 1914-1917.
A. Zevaes. - La Révolution russe.
Ch. Rivet.-Le dernier Romanof.
C. Pereyra y A. Révész. - La disolución de Rusia.
N. Tasin. - La revolución rusa. (La Lectura.) 

(1) Llamo la atención sobre el hecho de que los ingleses escriben Lenin y los franceses Lenine, por adaptarse con exactitud A la pronunciación rusa. Yo creo que en castellano debe escribirse Lenín, por esa misma causa.

Entrando con esto en la primera parte de la conferencia, para que haya un cierto orden en su exposición, he de dividirla en tres partes: la doctrina bolchevista, los hombres y los hechos.

I La doctrina bolchevista.

El año 1903, a raíz de la Conferencia Socialista de Londres, el partido socialista de Rusia se dividió en dos grupos, con motivo de la discusión de una cuestión de táctica: de si debía bastar para ser socialista formar parte de cualquier sociedad obrera de Rusia, ó si era necesario para ser socialista estar sometido a la disciplina que impusiera el Comité central del socialismo. El grupo que defendía esta segunda tesis, y que, como es natural, era más intransigente en sus ideas, tuvo mayoría, y a consecuencia de esto se llamó bolcheviki, vocablo que, traducido literalmente, significa mayoritario; y el otro grupo se denominó mencheviki, palabra que equivale a minoritario.

Las palabras mencheviki y bolcheviki son, pues, dos palabras aritméticas. En su sentido etimológico y en su origen histórico carecen de significación doctrinal, y sólo expresan el número de afiliados con que contaba cada uno de ambos grupos socialistas. Después, en el transcurso del tiempo, esas palabras alcanzaron un contenido doctrinal cuya exposición es uno de los objetos de esta conferencia.

El año 1905, cuando sobrevino una gran agitación en Rusia a consecuencia de los desastres de la guerra ruso-japonesa, estos dos partidos se unieron para organizar aquella revolución que fracasó, siendo ahogada en sangre, y, como consecuencia de ese fracaso, al discutirse las responsabilidades que incumbían a los miembros de cada uno de ambos grupos en el desastre revolucionario, y la táctica que el partido socialista debía seguir en el porvenir, volvieron a distanciarse ambas fracciones; pero esta vez sosteniendo programas distintos y aun opuestos. Los menchevikis, escarmentados por el fracaso de la revolución é inspirándose en las doctrinas sustentadas por las agrupaciones parlamentarias socialistas del resto de Europa, y muy especialmente por los revisionistas alemanes, se manifestaron partidarios de procurar el bienestar de los obreros, colaborando, si para ello fuese preciso, con los partidos liberales en el seno de los Municipios de la Duma y de todas las instituciones políticas de carácter electivo. Por el contrario, los bolchevikis, enardecidos con el fracaso revolucionario, acentuaron su carácter revolucionario, su significación de clase y su separación radical y hostil de todos los demás partidos, incluyendo entre éstos a todas las fracciones liberales, y proclamaron como único programa el manifiesto comunista publicado en el año 1848 por Carlos Marx y Federico Engels.

Lejos de modificar su actitud, en los años posteriores los bolchevikis ratificaron en todas sus reuniones su adhesión al citado manifiesto comunista, elevándolo a programa de gobierno al apoderarse del Poder en la revolución de Octubre de 1917.

El manifiesto comunista de Marx es, pues, la fuente doctrinal del bolchevismo, y aunque yo supongo que los señores académicos que me escuchan lo conocen, me han de permitir que les recuerde algunos puntos importantes de dicho documento, porque de otro modo faltaría una parte esencial en esta conferencia.

El manifiesto comunista fue redactado por Marx у Engels, cumpliendo la misión que les fue confiada por un Congreso internacional de trabajadores celebrado secretamente en Londres el mes de Noviembre del año 1847.

Comienza el manifiesto exponiendo la idea de que la historia de la sociedad humana ha sido siempre la historia de luchas de clases.

«

Hombres libres y esclavos, patricios y siervos, maestros, artesanos y oficiales, en una palabra, opresores y oprimidos, opuestos los unos contra los otros en una lucha incesante, han sostenido una lucha sin respiro, una lucha a veces disimulada, a veces abierta; una lucha que siempre ha terminado por un derrumbamiento revolucionario de la sociedad entera ó por la destrucción de las dos clases en conflicto.»

«En las épocas de la historia que han precedido a la nuestra -sigue el Manifiesto- vemos que la sociedad ofrece por todas partes una organización compleja de clases distintas, y nos encontramos con una jerarquía de rangos sociales múltiples..... Nuestra edad, la edad de la burguesía, tiene un carácter particular; ha simplificado los antagonismos de clase. Cada vez más, la sociedad entera se divide en dos campos enemigos, en dos grandes clases directamente opuestas: la burguesía y el proletariado..... A medida que se agranda la burguesía, es decir, el capital, se agranda también el proletariado, es decir, esta clase de obreros modernos que no tienen medios de existencia sino en tanto que encuentran trabajo, y no encuentran trabajo sino en tanto que su trabajo acrece el capital. Estos obreros se ven obligados a venderse al detalle. Son una mercancía, un artículo de comercio como cualquier otro, y sufren de rechazo todas las alternativas de la concurrencia, todas las oscilaciones del mercado..... El precio de una mercancía (y el trabajo es una mercancía) equivale a los gastos que cuesta su producción, y ello es causa de que a medida que al trabajo se simplifica, el salario disminuye.... Una vez terminada la explotación del obrero por el fabricante, una vez cobrado el salario, continúa todavía la explotación, porque se lanzan sobre el trabajador, para esquilmarle el salario, las otras especies de burgueses: el propietario, el comerciante al pormenor, el usurero, etc..... Tal estado de cosas subsiste por la concurrencia que se hacen los obreros mutuamente. Pero el progreso de la industria, en lugar de mantener el aislamiento de los obreros por la concurrencia, ha provocado su unión revolucionaria por la asociación. Por ello, el desenvolvimiento de la gran industria destruye en sus fundamentos el régimen de producción y apropiación de productos en que se apoyaba la burguesía. La ruina de la burguesía y la victoria del proletariado, son así igualmente inevitables.....»

«El primer paso que den los obreros -se dice más adelante- cuando triunfe la revolución, será constituir al proletariado en clase reinante. El proletariado usará de su supremacía política para arrancar poco a poco a la burguesía todos los capitales, para centralizar entre las manos del Estado los instrumentos de producción, y para acrecer, con la mayor rapidez posible, la masa disponible de fuerzas productoras. Diversas medidas serán tomadas previamente, para lograr dichos objetos, que serán distintas en todos los países.

Sin embargo, las medidas siguientes serán bastante generalmente aplicadas, por lo menos en los países más avanzados: 1. Expropiación de la propiedad territorial. 2. Impuesto acentuadamente progresivo. 3. Abolición de la herencia. 4. Confiscación de los bienes de los emigrados y rebeldes. 5. Centralización del crédito en las manos del Estado por medio de un Banco nacional, con un monopolio exclusivo. 6. Centralización de las industrias de transporte en las manos del Estado. 7. Multiplicación de las fábricas nacionales de instrumentos de producción y mejoramiento de las tierras de cultivo. 8. Trabajo obligatorio para todos. 9. Reunión de la Agricultura y del trabajo industrial. 10. Educación pública y gratuita de todos los niños.»

Después de una crítica de las demás doctrinas socialistas, termina el manifiesto con las siguientes palabras:

«Los comunistas juzgan indigno de ellos ocultar sus opiniones y sus proyectos; y declaran así públicamente que sus designios sólo pueden ser realizados por el derrumbamiento violento del orden social tradicional. ¡Temblad, clases directoras, ante la eventualidad de una revolución comunista! Los proletarios nada tienen que perder, como no sean sus cadenas. Y es todo un mundo lo que tienen por ganar! ¡Proletarios de todos los países, uníos!»

Tales son los puntos principales del Manifiesto comunista, y, por lo tanto, del programa bolchevista.

En los años inmediatos a la revolución abortada en 1905, el partido bolcheviki desarrolló muy escasa actividad. Como el único medio que proponía para el triunfo de sus ideales era la revolución violenta del proletariado, no podían encontrar gran eco sus ideas en unas masas obreras que acababan de sufrir los rigores de una represión cruel. La mayor parte de los obreros socialistas, desesperanzados de triunfar en una nueva revolución, é inspirándose en las mismas orientaciones de los socialistas del resto de Europa, se apartaban de la concepción catastrófica del manifiesto comunista, para aproximarse a la tendencia evolucionista encarnada en Rusia por los menchevikis.

Una doctrina que empezó a extenderse en aquella época por Europa, dio nueva vida y vigor al bolchevismo: la doctrina sindicalista, que preconizaba el medio de mantener vivo ese espíritu de lucha y odio de clase, base del bolchevismo, mientras no fuera factible la catástrofe universal que se profetiza en el manifiesto comunista.

Desde esta tribuna se han explicado diversas conferencias sobre el movimiento sindicalista; pero, a pesar de ello, me veo obligado también a referirme a esa cuestión, con el fin de dar una idea completa sobre las doctrinas bolchevistas.

La palabra sindicalismo viene de sindicato, término con el cual se denomina a la asociación profesional de los obreros. Y así el sindicalismo en su sentido más amplio significa la doctrina de lo sindicatos.

Los sindicatos obreros tienen una historia relativamente corta. En Inglaterra fueron autorizados por la ley el año 1876. Pero en Francia no tuvieron existencia legal hasta el año 1884, y en los demás Estados llegaron a alcanzarla con posterioridad a esa fecha. En nuestra patria se han fundado los sindicatos al amparo de la ley de Asociaciones vigente del año 1887.

Los sindicatos aspiran a la unión de los obreros, para luchar por el mejoramiento de su condición, y responden a la idea de que el lazo que mejor une a los obreros es el corporativo, el del compañerismo, sobre todo, cuando se dejan a un lado sus divergencias políticas y religiosas.

Desde los primeros años de su existencia se dibujaron entre los sindicatos dos tendencias diametralmente opuestas: una ha recibido el nombre de sindicalismo reformista, y la otra el de sindicalismo revolucionario.

El sindicalismo reformista aspira á mejorar la condición de los trabajadores, moviéndose siempre dentro de la legalidad, fundando cooperativas, centros de instrucción é instituciones de previsión, tomando parte en las luchas electorales, presentando candidatos, ayudando a los partidos políticos que se preocupen del bienestar del proletariado y acudiendo a la huelga sólo en caso extremo, cuando se hayan agotado todas las probabilidades de avenencia con los patronos y, sobre todo, cuando se cuente con serias probabilidades de éxito.

Las trades unions inglesas, que encarnan esta doctrina, son una demostración espléndida de los beneficios que ella puede rendir al mismo tiempo al progreso industrial y al bienestar de los obreros.

Merced a su influjo es Inglaterra el país donde los salarios de los trabajadores son más elevados, las jornadas de trabajo más cortas, las leyes protectoras del obrero más eficaces, las instituciones de previsión obrera mejor organizadas, y donde, por otra parte, se goza en mayor grado de esa armonía social que es condición necesaria para el desenvolvimiento progresivo de la industria.

En cambio, el sindicalismo revolucionario, que es la doctrina que el bolchevismo injertó en el manifiesto comunista, aspira a lograr el bienestar obrero destruyendo la sociedad presente por medio de la acción directa, ilegal y violenta si es preciso, de los sindicatos.

Partiendo de la corriente pragmatista que considera a la experiencia como la única fuente de conocimiento, combaten los sindicalistas revolucionarios a la teoría marxista, cuyos postulados no han sido comprobados por la experiencia, y a la escuela democrática, cuyos dogmas fundamentales, la igualdad y la libertad, son irrealizables, porque los hombres se diferencian unos de otros por sus condiciones físicas é intelectuales, y todos ellos son esclavos de su constitución física é intelectual y de sus medios económicos.

La historia, dice M. George Sorel en su obra Reflexions sur la violence, demuestra los dos hechos siguientes: 1.°, el hombre aislado es impotente para luchar por su bienestar, viéndose obligado a unirse a los que se hallan en análogas circunstancias, de donde nace la noción de clase; 2.º, la vida ha sido siempre una lucha entre una clase dominante y otra dominada, de donde surge el odio de clase, primer instrumento de lucha.

Estos dos hechos, comprobados por la experiencia, deben servir de base a la doctrina que aspire a emancipar al proletariado. Los obreros sólo conseguirán su liberación uniéndose en clases, es decir, en Sindicatos, y luchando con odio inextinguible contra la clase capitalista.

¿Qué organización reemplazará a la constitución pоlítica actual cuando sea destruida la clase capitalista?

Los sindicalistas (1) contestan que una federación de Sindicatos, de los que sólo formarán parte los obreros manuales, y aquellos que se relacionen con ese trabajo por motivos técnicos. «El llamado trabajo intelectual -escribe G. Sorel- constituye un lujo, que en el régimen sindicalista no puede reclamar ninguna remuneración.»

(1) Con la palabra sindicalistas nos referiremos en adelante a los sindicalistas revolucionarios.

Dentro siempre de la tendencia pragmatista, dicen los sindicalistas que este sistema de aspiraciones ha sido sugerido a algunos hombres por sus instintos delicados, y sabido es que los pragmatistas conceptúan al instinto como la cristalización de la experiencia.

¿De qué medios deben servirse los obreros para luchar contra el capitalismo y lograr así el advenimiento del sindicalismo? G. Sorel dice que los medios de acción directa; pero antes de pasar adelante debemos recordar que para los pragmatistas y, en consecuencia, para los sindicalistas, la moralidad de los actos se mide por su eficacia, es decir, por el grado en que influyan en la realización de nuestras aspiraciones.

La acción directa, según los sindicalistas, consiste, en primer lugar, en abominar del régimen democrático y de la llamada acción política.

El régimen democrático, mezclando a unas y otras clases y haciendo algunas concesiones a los obreros, debilita a éstos, amortiguando el odio brutal de clases que necesitan para triunfar en la lucha contra el capitalismo.

Por igual motivo rechazan también la llamada acción política. El candidato se ve obligado, para triunfar, a pedir votos y aliarse con otros candidatos, y cuando triunfa, necesita hacer concesiones a los demás partidos para lograr alguna ventaja. «El revolucionario ministro -dice Sorel- no es nunca un ministro revolucionario.....»

«Además -escriben otros sindicalistas-, todas las leyes logradas por los diputados socialistas se hubiesen podido conseguir por los obreros directamente, organizando manifestaciones violentas, sin necesidad de pactar con la clase capitalista.»

La acción directa consiste, por lo tanto, en el empleo de todos aquellos medios que pueda usar el obrero, sin necesidad de renunciar, ni aun momentáneamente, al odio de clase.

Y estos medios son las manifestaciones públicas violentas, el boicotage, el sabotage, el label, las huelgas locales, la caza del zorro y del lobo y la huelga general revolucionaria.

El concepto de las manifestaciones violentas no necesita ninguna explicación, porque se deduce de su mismo nombre.

El boicotage consiste en aislar, es decir, hacer el vacío a la persona o entidad a quien se trata de combatir. Por ejemplo: el boicotage de un comerciante se llevaría a cabo negándose a comprarle géneros, y el boicotage de un contratista de construcciones ó de un maestro de obras, negándose los obreros sindicados a trabajar a sus órdenes.

El sabotage equivale a perjudicar los intereses del patrono, ya realizando intencionadamente un trabajo de mala calidad, ó bien ocasionándole todo género de daños por medios violentos.

En la Bolsa del Trabajo de París se han repartido diversos folletos con instrucciones para ejecutar toda clase de sabotages, desde el llamado sabotage inteligente hasta el brutal.

Sabotage inteligente es, por ejemplo, el que lleva a cabo el dependiente de un comercio que, haciéndose el distraído, deja abierta la espita de una barrica de aceite, ó el obrero que olvida entre las máquinas de una fábrica algún objeto que pueda inutilizarlas.

Sabotage brutal es el realizado por los ferroviarios franceses, que hicieron descarrilar trenes colocando obstáculos y hasta bombas en las vías férreas.

El label es la contraseña que tienen los sindicalistas para reconocerse y defenderse mutuamente. En las huelgas sindicalistas recientes han sido detenidos muchos obreros portadores de estos pases ó contraseñas.

Las huelgas locales, según los sindicalistas, deben ser violentas, porque de ese modo se aterroriza a los patronos y a los obreros traidores. Y además deben declararse con toda la frecuencia posible, aunque se vea que van a perderse, y acudiendo a los medios necesarios de audacia, para imponerse cuando se oponga a la huelga la mayoría de los obreros. «Y es que la huelga -según escribe G. Sorel- opone con acritud los intereses de patronos y obreros, permite descubrir el apoyo que el Estado da al patrono y muestra al obrero que sólo con la unión sindical logrará el triunfo. Las huelgas engendran en el proletariado los sentimientos más nobles, más profundos, más motores que posee; la huelga general los agrupa en un cuadro de conjunto que por su aproximación da a cada uno su máximum de intensidad.»

Los sindicalistas conceden una importancia especial a las huelgas ferroviarias, porque atacan a la sociedad en su sistema nervioso, usando una expresión de Spencer.

La caza del zorro es la persecución de los obreros esquiroles, y la caza del lobo es el atentado contra la vida del patrono ó de los altos empleados de una empresa.

Y, por último, el medio supremo con el que esperan destruir la Sociedad presente é instaurar el reino del sindicalismo, es la huelga general revolucionaria, es decir, la sublevación de los trabajadores de todos los países.

G. Sorel dice que, aunque la organización de la huelga general universal parezca un algo imposible, debe predicarse constantemente, por el valor prácticо que tienen los mitos.

«Sabemos bien -escribe en la obra tantas veces сіtada- que la huelga general es un mito en el cual se expresa el socialismo todo entero, una organización de imágenes capaces de evocar instintivamente todos los sentimientos que corresponden a las diversas manifestaciones de la guerra emprendida por el socialismo contra la sociedad moderna. Pero la experiencia nos prueba que las construcciones de un porvenir indeterminado en el tiempo pueden tener una gran eficacia, sin encerrar grandes inconvenientes cuando ellos son de cierta naturaleza; esto ocurre cuando se trata de mitos en los cuales se sintetizan las tendencias más fuertes de un pueblo, de un partido ó de una clase, las tendencias que dan un aspecto de plena realidad a las esperanzas de acción próxima sobre las cuales se funda la reforma de la voluntad.»

Entre otras muchas consideraciones pone también el siguiente ejemplo, para demostrar la eficacia que puede tener un mito sobre la voluntad humana.

«Supongamos -dice- que se trata de hacer salir a la calle a un niño, por el temor de que le ocurra algo malo dentro de casa. Si le decimos que en la puerta está la lechera con el cántaro de leche, impresionaremos muy débilmente su imaginación y su sentimiento y nos expondremos a que el chico no tenga interés en ver a la lechera y no salga, ó también a que salga y no se encuentre con la lechera, y en este último caso se enfadará y dará poco crédito en adelante a nuestras palabras. Pero si le decimos que a los pies del arco iris hay un cofre de oro puro, por lo menos роdemos conseguir que el niño marche y ande leguas enteras, sin que jamás pueda estar seguro de que le engañamos.» 
 
Así el mito es para los sindicalistas, según indica Vernon Lee, una obscura fusión de conceptos y emociones, cuya función consiste en infundir al individuo un entusiasmo que eleve su energía y su resistencia por encima de su nivel normal personal, y guardar esa exaltación por el contagio de un estado similar de sus compañeros. 
 
A las notas expuestas hemos de agregar que el sindicalista no admite la noción de la Patria, y es enemigo del Ejército. 
 
«La patria del obrero -dice G. Sorel- es el lugar donde encuentra trabajo y salario. Un patriota sin pаtrimonio es algo ridículo.»  
 
Pero lejos de ser pacifista, el sindicalismo es esencialmente guerrero. Ahora bien: condena todas las guerras internacionales para circunscribir la lucha al terreno económico en que combaten el Capital y el Trabajo. 
 
«La fuerza -escribe Lagardelle-, que es el agente de la transformación del mundo, hallará un nuevo destino. La vida no se ahogará en un marasmo pаcifista; queda una escuela de heroísmo, un campo de batalla permanente: el teatro de la lucha obrera (1).» (1) H. Lagardelle: Le syndicalisme.

El partido bolchevista, fiel a las primitivas concepciones de Carlos Marx, no aceptó los planes de organización futura del sindicalismo, pero sí toda su táctica, que encuadraba perfectamente dentro de sus sentimientos.

Los bolchevikis eran, como los sindicalistas, enemigos de la acción parlamentaria y de la colaboración con los demás partidos. Lo mismo unos que otros, querían que los obreros vivieran en un completo aislamiento político, para que se mantuviera vivo el espíritu de lucha social. Pero el bolchevismo tenía el inconveniente de que no podía despertar entusiasmo en las masas, porque éstas se mueven por reformas cuya realización inmediata sea posible, y los bolchevistas no proponían otro medio que el de una revolución en cuyo triunfo próximo nadie podía creer.

Los sindicalistas rectificaban el error de táctica de los bolchevikis, sosteniendo la huelga general revolucionaria, pero como un ideal lejano, y prometiendo en cambio, reformas económicas inmediatas por medio de ese espíritu de odio y lucha, llevado a la esfera parcial de una industria ó una población.

Por estos hechos, al aceptar los bolchevikis la táctica sindicalista, encontraron grandes adhesiones entre todo el elemento obrero de tendencias revolucionarias, y lograron aumentar considerablemente el número de sus adeptos por las mejoras económicas alcanzadas por los trabajadores en diversas huelgas que organizaron aplicando la táctica sindicalista.

Al mismo tiempo, las indecisiones del Poder público, por falta de criterio fijo en los conflictos sociales, y el estancamiento de la legislación social, por los sucesos políticos que absorbían la atención de la Duma, contribuyeron también eficazmente a que el bolchevismo se granjeara las simpatías de la mayoría de los obreros industriales.

La revolución de Febrero de 1917 proporcionó al bolchevismo el tercer factor esencial de su doctrina y el instrumento con que se apoderó del Poder: los soviets de obreros, campesinos, soldados y marineros.

Hay que tener en cuenta, para no incurrir en un error muy generalizado, que los soviets no fueron ideados ni organizados por los bolchevikis. Surgieron, casi podemos decir que de un modo espontáneo, en los primeros días de la revolución. Y tanto fue así, que durante algún tiempo los bolchevikis estuvieron en minoría en los soviets más importantes, y entre ellos en el de Petrogrado. Pero si los soviets no fueron organizados por los agentes bolchevikis, es evidente que fueron un producto de las teorías bolchevistas que flotaban en el ambiente, pues basta fijarse en los elementos con que se constituyeron, para ver que fatalmente tenían que ser instrumentos de lucha de clase y órganos que tendieran a la destrucción de la propiedad privada.

Se ha hablado de la semejanza de los soviets rusos con los clubs de la Revolución francesa, y con las sociedades masónicas revolucionarias del pasado siglo.

Y, en efecto, tienen la analogía que es natural exista entre diversas organizaciones de carácter revolucionario.

Pero el soviet tiene una nota característica especial, que consiste en hallarse formado exclusivamente de soldados rasos del Ejército ó del trabajo, mientras que en los clubs revolucionarios franceses y en las sociedades masónicas se recibía a todo género de personas, cualquiera que fuera su clase ó condición, si aceptaba las ideas revolucionarias respectivas.

No cabía por ello órgano más adecuado para la encarnación del bolchevismo que esos soviets, en que se agrupaban todos los desposeídos del capital, de la propiedad ó del poder. Y percatándose de esto los bolchevikis, trataron de apoderarse de dichas agrupaciones, y, como era de esperar, lograron al fin sus propósitos.

Al apoderarse de los soviets, los bolchevikis encontraron en esas agrupaciones el arma que necesitaban para conquistar el poder del Estado, y al mismo tiempo, algo en que no habían pensado hasta entonces, por la lejanía en que veían el triunfo de sus ideales: la fórmula de organización política del Estado bolchevista.

Los bolchevistas, como los sindicalistas, habían combatido al sistema parlamentario, habían atacado a los Gobiernos democráticos, porque pueden tener en ellos participación los elementos burgueses, y habían manifestado su hostilidad a toda la burocracia del Estado. Pero no habían expuesto la forma en que habían de sustituir al régimen político actual.

Al organizarse los soviets estimaron que no cabía organización más adecuada a sus ideales que esas agrupaciones de las que estaban excluidos todos los hombres que representaran alguna distinción social, y las aceptaron como depositarias del Poder público. De este modo, estando la fuerza del Estado exclusivamente en las manos de los hombres que forman las últimas capas de la escala social, tenían la seguridad de que no podía ser explotada en provecho de ninguna de las antiguas clases directoras, y de que en todo caso sería empleada contra ellas.

¿Cómo debe organizarse el Estado, sobre la base de los soviets? Lenin lo explica en un artículo publicado pocos meses antes de la revolución de Octubre, inserto en su obra Las lecciones de la Revolución:

«Hay muchos que entienden nuestra máxima todo el Poder a los soviets, en el sentido de la constitución de un Ministerio compuesto de representantes de los partidos que tienen mayoría en los soviets. Y no cabe error más grande. 
 
»Un Ministerio de partidos de la mayoría sovietista tendría la significación de un cambio de las personas que están al frente de los ministerios, pero con la conservación de toda la vieja máquina gubernamental, máquina burocrática por excelencia é incapaz de llevar a la práctica ninguna obra seria. 
 
»El Poder a los soviets quiere decir la transformación completa de toda la máquina gubernamental, que es actualmente burocrática y constituye un obstáculo a todo lo que es democrático; se trata de reemplazar esa máquina por la institución de los soviets, que es popular y verdaderamente democrática, porque los soviets son la mayoría del pueblo organizado y armado; se trata de dar la iniciativa y la independencia a la mayoría del pueblo, no sólo en la elección de diputados, sino también en la gestión del Estado, en la realización de todas las reformas. 
 
»Toda la historia de los países parlamentarios demuestra que el cambio de ministros significa bien poco, porque el trabajo real del Gobierno lo efectúa un ejército gigantesco de funcionarios, penetrado hasta lo más intimo del espíritu burocrático, ligado por estrechos lazos a los capitalistas y a los terrateniente. 
 
»Los soviets de diputados obreros, soldados y campesinos son precisamente preciosos, porque representan un nuevo tipo de régimen político, infinitamente superior é incomparablemente más democrático». 
 
El mismo Lenin, en un folleto que publicó también pocos días antes de la revolución y que se intitula ¿Sabrán los bolchevikis conservar el Poder?, insiste en esas mismas ideas, tratando de demostrar que ellos no aspiran, en el orden político, a apoderarse simplemente del Poder, sino a transformarlo totalmente. Y explicando las ventajas del régimen de soviets, dice: 
 
«El Gobierno por los soviets representa una superioridad democrática, porque los miembros de los soviets son elegidos y reemplazados sin ninguna formalidad burocrática. Desde el punto de vista militar, constituyen un lazo incomparable con el ejército, y en cuanto al problema industrial, están en relaciones inmediatas con las diversas profesiones, haciendo así más fácilmente realizables las reformas más profundas. 
 
»Los soviets ofrecen además las ventajas del parlamentarismo y de la democracia directa, puesto que sus miembros, los elegidos del pueblo, se encargarán a la vez de las funciones legislativas y las funciones administrativas, y harán las leyes y las aplicarán.» 
 
El régimen administrativo establecido por el zarismo durante la guerra proporcionó a la doctrina bolchevista un nuevo elemento que había de servirle de arma de defensa y represión al enseñorearse del Pоder. Me refiero al monopolio público del trigo y alracionamiento obligatorio de pan mediante bonos,que establecieron como medida de guerra los Gobiernos del Zar, siguiendo el ejemplo de los Gobiernos de los demás Estados beligerantes. 
 
Lenín explica en el folleto últimamente citado cómo pueden servir los bonos ó cartas de alimentación para obligar a los defensores del régimen capitalista, no sólo a soportar sin ninguna resistencia activa el nuevo régimen, sino además a colaborar en él activamente, al verse expuestos, si así no lo hacen, a morirse de hambre. 
 
«Este medio de control y de compulsión al trabajo -dice en el citado folleto- será más eficaz que las leyes y la guillotina de la Convención. La guillotina atemorizaba, pero sólo reprimía la resistencia activa. Esto no nos basta; sí, esto no nos basta. No basta con atemorizar a los capitalistas en términos que no se atrevan a resistir activamente la fuerza omnipotente del Estado. Necesitamos acabar también con la resistencia pаsiva, que es ciertamente la más peligrosa y más perjudicial. Es preciso obligar a los capitalistas a entrar en el trabajo dentro de los cuadros de la organización nueva del Estado. No basta con rechazar a los capitalistas. Es preciso (sin perjuicio de poner a la puerta a los más recalcitrantes) colocarlos al servicio del Estado. Y esto es necesario hacerlo también con las capas superiores de la burguesía intelectual, los empleados, etcétera. 
 
»Afortunadamente disponemos ahora del medio necesario para legrar ese objeto. Son los Estados capitalistas beligerantes quienes nos lo han proporcionado. Y este medio consiste en el bono de pan sobre la base del monopolio público del trigo, que permite introducir el trabajo obligatorio, aplicando rigurosamente el principio según el que, quien no trabaja no debe comer.» 
 
Lenín ahonda después en los detalles de aplicación. Los obreros vigilarán la forma en que trabajen los capitalistas, así como también los antiguos empleados privilegiados, ingenieros, financieros y técnicos de toda clase, para ver si son dignos de que les concedan bonos de pan, es decir, de que puedan comer. 
 
«Así -sigue Lenín- la clave del asunto consiste más que en la confiscación de los bienes de los capitalistas, en la organización de un minucioso y completo control obrero sobre los capitalistas y sus partidarios.» 
 
«Nosotros pagaremos a los técnicos espléndidamente; pero..... pero no les daremos de comer, si ellos no hacen su tarea concienzudamente, y plenamente inspirados en los intereses de los trabajadores.» 
 
Cuatro son, como hemos visto, los factores principales que integran la doctrina bolchevista: el Manifiesto comunista de Marx, como programa social que realizar, la acción directa de los sindicalistas como táctica de combate, los soviets como órgano fundamental del Estado, y el monopolio del trigo por el Estado como arma de defensa del Poder y de represión contra los
enemigos pasivos. 
 
Los cuatro factores citados han surgido en campos doctrinales diferentes; ninguno de ellos ha sido ideado por los bolchevikis. Pero los bolchevikis son quienes han tenido la idea de combinar esos cuatro fulminantes, y quienes han fabricado así la doctrina más explosiva que podía imaginarse, y que puede poner en mayor peligro de disolución a la sociedad presente. 
 
La doctrina bolchevista ha sido considerada por algunos escritores como una manifestación del anarquismo. Aunque en la práctica haya fomentado la anarquía, se deduce claramente de lo que hemos expuesto que el bolchevismo es una doctrina diametralmente opuesta al anarquismo. 
 
Los anarquistas quieren la desaparición de todo Pоder, porque creen, cándidamente, que en el momento en que desaparezca la fuerza del Estado, reinará en el mundo la fraternidad más armoniosa. Por el contrario, los bolchevikis son partidarios de un Poder público enérgico, que sea ejercido, si es preciso, con violencia, por los proletarios. Buena prueba de esta diferencia nos la ofrece el hecho de que el Príncipe Kropotkin censuró despiadadamente al régimen bolchevista, habiendo sido encerrado por ello en una cárcel, de la que se dice que no saldrá vivo. 
 
También se ha discutido mucho si los bolchevistas son ó no socialistas. Es evidente que son socialistas; pero representan una tendencia distinta y aun opuesta a la que domina en los partidos socialistas del resto de Europa. 
 
Aun prescindiendo de las diferencias tan radicales que hay entre las doctrinas del Manifiesto comunista y las de la tendencia socialista revisionista, es evidente que la táctica de los partidos socialistas del resto de Europa es opuesta a la táctica bolchevista, porque los socialistas son partidarios de la acción parlamentaria, se inclinan más a procedimientos evolutivos que a la
concepción catastrófica del Manifiesto comunista.

Los partidos europeos que más relación guardan con los bolchevikis son los sindicalistas. Verdad es que la organización futura del mundo a que se refiere Gustavo Sorel es distinta a la defendida en el Manifiesto comunista, y es también cierto que nadie ha criticado el marxismo con más acritud que los sindicalistas.

Pero la experiencia nos demuestra que lo que realmente caracteriza a las agrupaciones sindicalistas, no son sus proposiciones relativas a la organización futura de la sociedad, sino el empleo de la organización directa y el odio de clase como únicas armas de combate, en lo que coinciden con los bolchevistas. Además, los sindicalistas revolucionarios de todo el mundo, en su inmensa mayoría han recibido con frenético entusiasmo el triunfo de los bolchevistas y se han convertido, por así decirlo, al bolchevismo, reconociendo que han sido superados por los bolchevikis en el manejo de la acción directa, en la pasión y crueldad con que practican la lucha de destrucción de clases, y en su labor de disolución de la sociedad actual. El título de hermano mayor de todos los obreros del mundo con que los sindicatos húngaros han saludado a Lenín, es aceptado en el fondo de su corazón por todos los sindicalistas. No se halla, pues, descaminada del todo, la gente que confunde a los sindicalistas revolucionarios con los bolchevistas, considerándolos, si no como los hermanos menores de Lenín, por lo menos como miembros de la misma familia.

II Los hombres: Lenín y Trotzky.

Paso con esto a ocuparme de los hombres del bolchevismo, y he de empezar por hacer notar que los directores del movimiento son todos hombres de larga y probada historia revolucionaria; hay entre ellos muchos intelectuales de familias distinguidas y aristocráticas, y en su mayoría son judíos. Da la coincidencia de que las dos terceras partes de los comisarios que constituyeron el primer gobierno eran judíos.

Este hecho, que lo exponemos por vía de información, ha sido causa de que algunos escritores relacionen las doctrinas bolchevistas con el espíritu internacionalista, y en cierto modo comunista, del pueblo hebreo, y de que se empiece a notar nuevamente en Francia y en los Estados Unidos una cierta reacción antisemita.

Entre todos los directores del bolchevismo se destacan por su personalidad saliente dos hombres: Lenín y Trotzky.

El 10 de Abril de 1870 nació en Simbirsk, Vladimiro Itich Ulianoff (a) Lenin, Ilich, Ilin y Tylin, que con todos esos nombres se le designa. Desciende de familia aristocrática, y su padre fue consejero de Estado en Simbirsk.

Estudió en la Universidad de Kazan y en la de Petrogrado, Derecho y Economía política, distinguiéndose en ambos centros universitarios por su relevante personalidad intelectual y por su espíritu agitador é inquieto.

Por sus campañas socialistas fue deportado a Siberia el año 1895. El año 1900 salió de Rusia, tomando parte en los Congresos internacionales socialistas más importantes, siendo nombrado miembro del bureau internacional del socialismo. El año 1903, a raíz de la división de los socialistas rusos, los bolchevikis le designaron presidente de su comité central.

Todas las noticias publicadas sobre Lenín dan la sensación de que se trata de un hombre frío, de un hombre de razón, desnudo en absoluto de imaginación y humanismo, de una de esas figuras verdaderamente temibles, porque considerándose plenamente identificadas con una doctrina, la llevan hasta sus últimas consecuencias, sin pararse ante ninguna consideración de sentimiento ni de sensibilidad.

Su vida privada es austera. Está casado y en su vida matrimonial es feliz. Su presupuesto doméstico muy inferior al de sus colegas de Gobierno. No se le imputan odios personales pero como todos los fanáticos de razón, es capaz de llegar a las crueldades más horribles, sin inmutarse lo más mínimo, si lo estima convenientes para el triunfo de la causa que él representa.

Su estilo es sencillo, é impera en todos sus escritos esa lógica simplista propia de todos los hombres identificados con una sola idea, inaguantable para un hombre de viveza intelectual, pero de un efecto seguro é irresistible para la gente inculta.

Como vemos, en conjunto la personalidad de Lenín tiene unas analogías que estremecen con la de Robespierre, el hombre austero de la Revolución, pero al mismo tiempo, el más frío, el más fanático, el más estrecho, el más cruel, el más antipático de toda ella.

La personalidad de Lenín, que siempre tuvo gran relieve entre los revolucionarios rusos, se destacó aún más durante la guerra, por la entereza y consecuencia con que encarnó las tendencias bolchevistas.

Recogiendo el sentimiento internacionalista del manifiesto comunista, extraño a toda idea de patria, asistió a los célebres Congresos socialistas de Zinmerwald, Lugano y Kienthal, para defender, de acuerdo con Radec y Rosa Luxemburgo, la necesidad inmediata de la paz, sin fijarse en si la paz iba a ser honrosa ó deshonrosa, porque el honor político es una palabra del diccionario burgués, que no tiene ningún significado para los obreros.

Ya en plena revolución rusa, cuando se trata de llevarle a un Gobierno de coalición, se opone resueltamente a ello, fiel a su táctica sindicalista, porque no puede colaborar en un régimen cuya destrucción predica. Al encargarse del Poder trata de llevar a la práctica todo el programa comunista, sin una vacilación, sin contemplación alguna. A un periodista inglés a quien dispensó el honor, cosa muy rara en él, de recibirle, le dijo: «Personalmente nada tengo contra los ingleses ni contra nadie. Políticamente son mis enemigos y tengo el deber de emplear todos los medios que estén a mi alcance para destruirlos. Por supuesto, lo mismo deben hacer ellos conmigo.»

León Trotzky es un hombre que, considerado lo mismo física que intelectualmente, forma un gran contraste con Lenín.

Alto, moreno, de mirada viva, con rasgos israelitas muy pronunciados en su fisonomía, con largas melenas y una sotabarba como nuestros antiguos marinos, da la impresión de un hombre imaginativo, desordenado, desigual y propenso a dejarse arrastrar fácilmente, por cualquier pasión, a las mayores violencias.

Nació el año 1877 en Kherson, donde se hallaba establecido su padre, químico judío, y ya en el año 1899, siendo estudiante, fue deportado a Siberia por su intervención en una agitación obrera.

El año 1905 fue nombrado Presidente del Comité socialista de Petrogrado, cargo que le valió ser deportado nuevamente a Siberia, de donde se evadió, estableciéndose en Viena.

De allí se trasladó a París, donde se distinguió por sus campañas socialistas. Al estallar la guerra, el Gobierno francés, considerándole como derrotista, le expulsó de Francia, y vino a España en ocasión en que se hallaban suspendidas las garantías constitucionales.

Y como medida de previsión fue detenido por la Роlicía, pasando con este motivo varios días en la Cárcel Modelo, donde por lo visto no se dieron cuenta de la importancia del huésped que albergaban, porque no se conserva ningún recuerdo de su permanencia.

Puesto en libertad, al demostrarse que no pretendía agitar a España, sino tomar un barco para marcharse a los Estados Unidos, residió unas semanas entre Madrid y Cádiz, mientras llegaba la fecha de su embarque, trabando relación en ese tiempo con algunos periodistas extranjeros y con algunos agentes de Policía encargados de vigilarle.

Al marcharse a América escribió varias cartas a diversas personas; tengo noticias de una muy ingeniosa publicada en un semanario de esta Corte, en que describe los episodios que le ocurrieron en Cádiz con un policía encargado de vigilarle, y de otra en que habla con gran simpatía del carácter español. Y he leído una en la que dice que por las noticias que ha adquirido sobre la condición social de los campesinos españoles y sobre el carácter violento español, cree que después de Rusia es España el país mejor preparado para la propaganda bolchevista y para la instauración del régimen comunista.

De España se marchó a los Estados Unidos, siendo también expulsado de allí y acabando por ser internado en el Canadá. Al estallar la revolución rusa, el Gobierno inglés, esperando tener en Trotzky un gran amigo, le facilitó el viaje a Rusia. Pronto se lamentó de tal medida, porque no han tenido los ingleses enemigo más implacable que Trotzky.

Con su natural elocuente y su audacia extremada, logró desempeñar un papel relevante en la revolución, desde los primeros días de su llegada. El mes de Julio fue nombrado Presidente del Soviet de Petrogrado, siendo desde entonces el elemento más activo del movimiento bolchevista. Él contribuyó con su audacia, más que nadie, al triunfo de la revolución de Octubre, siendo elevado por sus servicios a la causa al puesto más relevante del Gobierno, después de la Presidencia, al Comisariado de Negocios Extranjeros.

Muy desordenado en su vida privada, se ha aprovechado del Poder para eclipsar con sus orgías el recuerdo de los ministros zaristas más famosos en ese orden de cosas. Pero esa vida escandalosa a que se halla entregado, lejos de restarle, le ha aumentado el ambiente de simpatía de las masas populares.

Su oratoria es fogosa, capaz de elevarse a lirismos orientales y susceptible de descender a las chocarrerías más groseras, que tanto agradan al paladar de las gentes más incultas. Con tales condiciones, es natural que sus éxitos oratorios sean resonantes.

M. E. Antonelli dice de Trotzky que es un cómico consumado, y relata cómo el día que visitó oficialmente por primera vez al Embajador francés M. Noulence, hablaba de Francia con lágrimas de emoción, considerándola como la libertadora de la Humanidad, lo que no fue obstáculo para que a los tres días justos lanzara en una gran reunión popular los más terribles dicterios contra los franceses. Otros escritores rectifican este juicio de M. Antonelli, pintándonos a Trotzky, no como a un cómico hipócrita, sino como a uno de esos temperamentos impresionables que se exaltan fácilmente al hablar de cualquier cosa, sin que la exaltación deje ninguna huella en su espíritu.

Lo que parece indudable es que a pesar de todas las modalidades de su carácter, es también, por ahora un fanático del bolchevismo y se halla completamente identificado con Lenín, no siendo, por lo tanto, verosímiles las noticias publicadas en la Prensa sobre las supuestas diferencias y aun luchas entre ambos personajes. Lejos dé ello, por ser más flexible, más elocuente y por estar más en contacto con las pasiones del pueblo, Trotzky es un complemento de Lenín, y con sus temperamentos opuestos ambos hombres, dan satisfacción a esos dos sentimientos tan contradictorios que conviven siempre en el alma popular: la admiración por los hombres austeros y la simpatía por los hombres apasionados y desordenados, la aspiración a ver encarnados sus ideales en hombres de una pureza de conducta más fácil de ser admirada que imitada, y el deseo de verlos defendidos por hombres que están plenamente identificados con ella, por tener sus mismos defectos é iguales pasiones.

III Los hechos.

Todos los que me escuchan recordarán la forma en que se desarrolló la revolución de Febrero.

Tomando como pretexto la necesidad de reprimir una huelga de carácter violento que estalló en Petrogrado a causa de la escasez y carestía de las subsistencias, el Gobierno cerró la Duma y pretendió volver al antiguo régimen absolutista, pensando que ese era el único procedimiento de combatir el descontento y la agitación revolucionaria que se notaban en todo Rusia, como consecuencia de los desastres militares de la guerra y la desorganización administrativa del país.

Esta medida produjo el efecto de unir contra la Monarquía a todos los elementos revolucionarios у los partidos liberales, produciéndose así un movimiento general, que derrocó al zarismo con una rapidez que sorprendió a todo Europa inusitadamente.

Al triunfar la revolución quedó el Poder público en manos de dos órganos distintos: Uno es la Duma, que conserva un prestigio moral grande en el país, por haber contribuido al triunfo revolucionario negándose a suspender las sesiones y acordando constituirse en sesión permanente; el otro lo constituyen los soviets de soldados, obreros y campesinos, en que se encarnan el movimiento revolucionario de las masas y la insubordinación de los soldados.

La Duma tiene la fuerza moral, por así decirlo; los liberales, que dominan en ella, gozan del prestigio de su experiencia política y de su autoridad intelectual.

Los soviets tienen la fuerza material, porque representan directamente a los obreros y soldados, factores materiales de la revolución.

En un principio, estas dos instituciones viven en medio de la mejor armonía, porque los soviets aсерtan la dirección de los hombres moderados de la Duma.

Pero pronto las indecisiones de los liberales, lo mismo en la política interior que en la exterior, y las luchas intestinas que por motivos fútiles dividen a los partidos de la Duma, dan lugar a que el pueblo se aparte de los hombres moderados.

En los momentos críticos de la historia de los pueblos, la política más funesta es la de la indecisión, y el régimen peor aquel que dé la impresión de que no es apto para implantar con rapidez las reformas que el pueblo ansía.

Y los liberales de la Duma predicaban unas veces la paz, otras la guerra, sin atreverse a llevar a cabo ninguna de ambas soluciones; defendían la distribución de la propiedad y no acababan de implantarla, y por sus divisiones interiores se sucedían los ministros, sin que hubiera un Gobierno que diera la sensación de tener la estabilidad necesaria para imponer las medidas en cuyo nombre se hizo la revolución.

Como consecuencia de estos hechos, ganan fuerza por días los elementos bolchevikis; sus doctrinas responden perfectamente a las aspiraciones simplistas de las masas rusas, y forman un contraste su actitud resuelta y su disciplina firme, con las vacilaciones y divisiones de los elementos moderados.

Además, un pueblo como el ruso, que había estado sometido al régimen absolutista tanto tiempo, que no tenía aún la educación democrática necesaria para comprender y practicar el régimen parlamentario, había de comprender con más facilidad el absolutismo bolchevista que el parlamentarismo democrático.

La fuerza del bolchevismo aumenta con tal rapidez, que el mes de Julio es nombrado Trotzky presidente del Soviet de Petrogrado, y ante ese hecho, los partidos gubernamentales de Rusia se dan cuenta exacta del peligro tan tremendo que se cierne sobre el antiguo Imperio. Pero ni la Conferencia democrática, ni el Pre-Parlamento son capaces de establecer un Gobierno que se apoye sobre una mayoría sólida.

La insurrección de Kornilof, cuyas causas y cuyo verdadero carácter no se han puesto aún bien en claro, enloquecen y dividen más a los políticos gubernamentales. Y Kerensky, que había previsto mejor que nadie toda la importancia del peligro bolcheviki, comete la insensatez de armar a las masas bolchevikis de Petrogrado. Con su ayuda consigue desorganizar el ejército de Kornilof, pero, como era de temer, el Soviet de Petrogado, presidido por Trotzky, que yа tenía a sus órdenes un ejército formado por todos los obreros armados de Petrogrado, publica el 22 de Осtubre un decreto ordenando a los soldados que en adelante no obedezcan ninguna orden del Gobierno, sino solamente las órdenes del Soviet. Kerensky pide un voto de confianza al Pre-Parlamento para combatir la revolución, que ha empezado ya a desencadenarse.

El Pre-Parlamento, atento a los intereses de grupo más que a los peligros que amenazan al país, le contesta el 25 de Octubre con una moción de confianza, votada por 123 votos contra 102 y 26 abstenciones.

El mismo día se celebraba en Petrogado el segundo Congreso de delegados de los soviets de Rusia, en el que los bolchevikis tenían una gran mayoría. Y envalentonados éstos con las luchas intestinas que separaban a los partidos del Pre-Parlamento, las vacilaciones y la debilidad de Kerensky y el éxito del golpe de audacia dado por el Soviet de Petrogrado, piden al Congreso que hasta que se convoque la Asamblea Constituyente, se nombre un Gobierno Provisional Obrero y Campesino, con poderes dictatoriales, que representará exclusivamente a los soviets, y que se denominará Consejo de Comisarios del Pueblo.

Así se acuerda, en medio del mayor entusiasmo, siendo nombrado Presidente del Consejo, Lenín, y designándose para los doce restantes puestos a diversos bolchevikis caracterizados, y, entre ellos, a los caracterizados israelitas Trotzky, Zinovieff, Suerdloff, Rosenfeldt, todos ellos universitarios, y al repulsivo Krilenko, émulo de Marat.

Al día siguiente se enseñoreaban los bolchevikis de Petrogrado. Todavía pudo Kerensky dominar la situación, porque contaba el Gobierno con la adhesión de los junkers (alumnos de las escuelas militares) y de algunos regimientos cosacos, ante cuyo solo nombre se estremecían los revolucionarios de Petrogrado.

Pero sus indecisiones, reflejo del ambiente dominante en los partidos gubernamentales, la falta de apoyo que le prestaran éstos, fueron causa de que no actuara con rapidez y energía, y, lo que es peor, de que permitieran que fraternizaran los cosacos y los soldados bolchevikis, y, como era de temer, acabaron por triunfar los bolchevikis. El día 5 de Noviembre había huido de Rusia, Kerensky.

A este final arrastraron a Rusia las divisiones intestinas de los partidos gubernamentales, que les incapacitaron para formar agrupaciones fuertes y disciplinadas, que sirvieran de base a un Gobierno fuerte y estable, y las indecisiones de todos los hombres de orden en política interior y exterior.

El Gobierno de los bolchevikis se impuso desde el primer día, por el imperio de las condiciones que faltaron a los Gobiernos anteriores: la claridad en su política y la resolución para llevarla a cabo.

El mismo día en que se apoderaron del Poder, el 26 de Octubre, dictaron un decreto suprimiendo la gran propiedad territorial y estableciendo el comunismo local agrario.

El decreto no tiene más que cuatro artículos. En el primero se suprime la propiedad territorial. En el segundo se hace entrega de ella a los comités agrarios locales y a los soviets de distrito. En el tercero se condena como traidores a los propietarios que no respeten esta ley. Y en el cuarto se respeta la pequeña propiedad de los soldados rasos cosacos y de los humildes labriegos que explotan personalmente sus tierras.

Como es consiguiente, este decreto, que se llevó a cabo inmediatamente, fue causa de que el Gobierno bolcheviki tuviera, si no la adhesión, por lo menos la simpatía de los campesinos, que hasta entonces habían mirado con desconfianza y aun con hostilidad, la doctrina bolchevista.

El segundo acto del Gobierno bolcheviki, y el que más contribuyó a sostenerle en el Poder, fue abrir negociaciones de paz con Alemania.

Los bolchevikis, por su tradición comunista, no concedían gran importancia al sentimiento del honor nacional, y ello les permitía llegar sin gran resistencia al máximum de concesiones, y al mismo tiemро veían que con la paz respondían a un sentimiento general de las masas trabajadoras, desilusionadas por los desastres militares.

El generalísimo ruso Dukhonin ofrece serios reparos a la apertura de las negociaciones de la paz, y entonces Lenín dirige el famoso radiograma a las tropas del frente, diciéndoles que si el Estado Mayor se opone a negociar la paz, que los regimientos elijan inmediatamente comités que inicien los pourparlers de la paz.

El 13 de Noviembre se presentan tres parlamentarios elegidos por los soldados al general alemán Hofmeister, quien les recibe con todos los honores.

A partir de este momento, los bolchevikis no tenían por qué temer por el momento ningún movimiento contrarrevolucionario, ni de los campesinos, ni del Ejército. La guerra había terminado de hecho; la paz estaba asegurada.

Garantido por el momento el Gobierno bolcheviki contra toda sublevación campesina ó militar, organiza las fuerzas necesarias para evitar la formación de cualquier movimiento contrarrevolucionario, creando el cuerpo de guardias rojos, formado por los obreros más adictos al movimiento bolcheviki, y a quienes, como premio a su consecuencia y como salario por sus servicios, se les pagan 40 rublos diarios, y se les conceden además bonos especiales de alimentos, para que se halle garantida la alimentación de su familia. 
 
Los guardias rojos han organizado a su vez lo que se ha llamado batallones rojos, que se componen de obreros reclutados también entre los partidarios del bolchevismo, que continúan dedicados a sus trabajos, mientras no sea necesaria su colaboración para reprimir alguna conspiración ó luchar contra los ejércitos blancos de las regiones sublevadas contra el bolchevismo, y cobran como paga 50 rublos mensuales y los correspondientes bonos especiales de alimentación para sus respectivas familias. 
 
Necesitaba el Gobierno grandes recursos económicos para el sostenimiento de ese ejército, mientras se organizaba el servicio de las contribuciones públicas, y con el fin de obtenerlos decretó Lenín, de acuerdo con el Manifiesto comunista de Marx, la nacionalización de los Bancos de Rusia, se incautó de todo el oro atesorado en ellos, confiscó las cajas de valores y los capitales de los emigrados y rebeldes depositados en los Bancos, y dispuso que ningún cuentacorrentista pudiera sacar más de doscientos rublos por semana. 
 
Asegurado con estas medidas en el Poder, el Gobierno bolcheviki desarrolló todo su programa pоlítico y social, dictando entre otras medidas las siguientes: 
 
A) Supresión de los Tribunales de Justicia y derogación de todas las leyes civiles y penales. Mientras se dictan leyes nuevas y se reorganiza la administración de Justicia, se establecen Jurados de bolchevikis fieles a la causa, que sentenciarán todas las cuestiones civiles y criminales, según su leal saber y entender. 
 
B) Abolición de la herencia, prohibiéndose también, para evitar que este decreto sea burlado, que se hagan donaciones intervivos de más de 2.000 rublos. 
 
C) Impuesto exageradamente progresivo. 
 
D) Establecimiento del divorcio en términos que pueda ser disuelto el matrimonio a petición de cualquiera de los cónyuges. 
 
E) Supresión de todos los derechos individuales, y confiscación de todos sus bienes a todos los rebeldes y emigrados. 
 
F) Jornada de ocho horas, seguros contra la enfermedad, la vejez y los accidentes del trabajo, por cuenta exclusiva de los patronos. 
 
G) Establecimiento de control obrero en todas las industrias. 
 
De todas estas medidas que acabamos de citar, la única que necesita algunas explicaciones es la última, porque el concepto y alcance de las demás se deducen de su simple enunciación. 
 
Para llevar a efecto el control industrial se reúnen todos los obreros y empleados de cada fábrica y nombran una comisión llamada comité inspector de fábrica. A su vez los comités de las diversas fábricas de cada industria nombran un Comité superior para toda la industria en cuestión. 
 
Estos comités estudian el número de obreros que debe haber en cada fábrica, la disciplina del trabajo, el desenvolvimiento que debe darse al negocio, los stocks de materias primas que sean necesarios, los salarios que han de ganar los obreros y empleados, las modificaciones que deben introducirse en las maquinarias y en la fuerza motriz, la cantidad de productos que deben fabricarse, y la colocación de los obreros sin trabajo. 
 
Al propietario se le reserva la facultad de ejecutar las órdenes de los comités de control, y de proponer al comité las iniciativas que estime oportunas. Es de notar que se reservan al propietario todas esas facultades, sólo por el momento, y para no agravar la situación internacional, en atención a que toda la gran industria rusa está en manos de capitalistas franceses, ingleses y alemanes. 
 
Como es natural, todo ese régimen se apoya sobre la más enérgica centralización, porque aparte de que un sistema tan opresor necesita ser dirigido por una dictadura, es natural que los bolchevikis, que no admiten el sentimiento nacional, menos han de admitir los sentimientos regionales. «Nuestro lema central -dice Lenín- es la centralización. Nuestro segundo principio, la unidad de todos los trabajadores, pues sus intereses en esencia, son los mismos en todas partes.»  
 
Además, de acuerdo con las palabras de Lenín que leí en la primera parte de esta conferencia, el Gobierno ha utilizado el monopolio del trigo y de otros artículos, decretado ya por los gobiernos del Zar, para combatir la resistencia pasiva de los enemigos del bolchevismo, limitándoles los bonos de pan y de los demás artículos sujetos a racionamiento. Así bajo la inspiración de las palabras de Lenín, el Municipio de Moscou y el de Petrogrado han dividido la población en tres
clases sociales, para los efectos de la distribución de los bonos de pan y de otros artículos. 
 
Primera clase. - Los obreros manuales, que forman el verdadero elemento productor y útil de la sociedad. 
 
Segunda clase. - Los empleados del Estado y elementos técnicos de las industrias que constituyen un factor menos útil. 
 
Tercera clase. - Los intelectuales, capitalistas, antiguos propietarios, abogados, profesores y demás personas que cuando no sirven de adorno son nocivos para la sociedad. (Risas.) 
 
Dada la manera de sentir de los bolchevistas, a nadie ha de sorprender que hayan establecido un verdadero régimen de terror para castigar las tentativas de contrarrevolución. 
 
La Prensa ha publicado con todo género de detalles espeluznantes, la ejecución de la familia real y el asesinato de los principales personajes de la époсa monárquica y de la primera época de la revolución. 
 
Todos los que me escuchan tendrán también noticia de los millares de atentados cometidos en el campo contra las propiedades y la vida de los propietarios, actos considerados por Lenín como simples accidentes de la revolución social. 
 
En el número correspondiente a Febrero último de la revista inglesa The Nineteenth Century, relata un comerciante inglés que estuvo preso en Petrogrado unas semanas, por el delito de ser inglés, la agonía por falta de alimentación en que dejó en la cárcel a millares de personas, en su mayor parte antiguos revolucionarios, que eran considerados como peligrosos por el Gobierno bolcheviki. 
 
Además, como decía hace un momento, a toda persona a quien no se pueda probar que sea enemiga del régimen, pero de cuya lealtad se desconfíe, se le acortan, como medida de precaución, los bonos de alimentación. 
 
Y, por último, aun cuando el Gobierno ejerce la dictadura más absoluta y no se preocupa gran cosa de la actitud que pudieran adoptar los soviets, contando como tiene la adhesión de los guardias rojos, convertidos en una verdadera guardia pretoriana, sin embargo, para estar completamente libre de toda preocupación ha arrojado del seno de los soviets a todos los
miembros que no sean completamente bolchevikis, empezando por los menchevikis y los socialistas revolucionarios. 
 
Con todas estas medidas, el Gobierno bolcheviki ha logrado que en la Rusia propia y en algunas otras regiones se mantenga su imperio sin ninguna resistencia activa, que se abran los comercios, funcionen los mercados y se haya reanudado la vida ordinaria. Pero hay numerosos detalles que revelan la gran tragedia que se desarrolla dentro de esas apariencias de orden y tranquilidad. Así, por ejemplo, entre las vendedoras de periódicos se ven muchachas de familias aristocráticas; no es raro ver pedir limosna a ancianos que vistieron el uniforme de general en la época de la Monarquía; es frecuente ver dedicados a trabajos materiales de la vía pública, a conocidos aristócratas ó propietarios, que sólo por ese medio pueden lograr los bonos de pan y demás alimentos monopolizados por el Estado; a los comedores gratuitos organizados por el Soviet de Petrogrado sólo acuden damas distinguidas, pues las familias obreras tienen los correspondientes bonos de alimentación, y, por último, los periódicos dan cuenta todos los días de un número aterrador de suicidios. No debía ignorar estas cosas la mendiga que hace unos días, aquí en Madrid, al recibir en un centro caritativo un cesto de comida de manos de una de nuestras damas más aristocráticas por la alcurnia de su origen y por la generosidad de sus sentimientos, le dio las gracias con estas palabras: «Creo, señora, que algún día podré corresponderle, devolviéndole un cesto igual de comida, en un centro análogo. (Risas.) 
 
Si los bolchevikis fuesen hombres de espíritu plebeyo, que sólo se hubieren propuesto humillar y perseguir á todos los propietarios y capitalistas, habríamos de reconocer que en Rusia habían conseguido plenamente sus propósitos. 
 
Pero los bolchevikis se dirigen a los obreros de todo el mundo, pidiéndoles que secunden sus campañas y trabajen por la instauración del régimen bolchevista en todas partes, porque el bolchevismo representa la destrucción de la organización social presente, para instaurar un régimen democrático puro, en el cual, bajo el imperio de la clase proletaria, se conseguirá la igualdad política, la igualdad cultural, la igualdad económica de todos los hombres. A esto es necesario contestar que, tratándose de un régimen establecido ya en una parte de Europa, hay que atenerse a lo que digan los hechos. ¿Y qué nos dicen los hechos? 
 
En la esfera política jamás ha sufrido la Humanidad una tiranía más opresora que la del Gobierno bolcheviki, que hace olvidar todas las arbitrariedades del despotismo zarista. En el orden cultural, la persecución de que han sido víctimas las personas más distinguidas en la vida universitaria, y la humillación con que se trata, en general, a todos los intelectuales, al elevar las preeminencias del trabajo manual, han provocado un desdén en el pueblo por la cultura. 
 
En el mundo rural, el comunismo agrario no ha producido los bienes que se esperaban de tal reforma, porque el campesino, cuando le falta el acicate del sentimiento de la propiedad individual, y cuando además los antiguos señores no han desaparecido completamente, porque hay en su lugar comisarios inmorales que, a juzgar por su cínico egoísmo, no parece profesan una gran fe en las excelencias del comunismo, ni pone en su trabajo la intensidad esperada, ni tiene
interés alguno en mejorar una finca cuyo disfrute sólo se le concede temporalmente. En la vida económica, la incautación de los bancos por el Gobierno ha acarreado tal crisis financiera, que ha entrado ya Rusia en su ruina más completa. Y en la esfera industrial, el control de los obreros ha producido tal desorden en la marcha de los negocios, tal espíritu de insubordinación entre los trabajadores, y tal descontento entre el elemento director, que toda la gran industria rusa, de la que se esperaban tantos beneficios en la post-guerra, está en la más completa bancarrota. Solamente de capital francés se habían invertido más de 3.000 millones de francos en industrias rusas. Hoy, en su inmensa mayoría están cerrados todos esos establecimientos fabriles, significando ese hecho la más terrible regresión que puede sufrir un pueblo, porque todo el elemento director y obrero reunido en los grandes centros fabriles se ha dispersado, volviendo así Rusia a su primitivo período de miseria é incultura, tributaria del comercio exterior para todas las exigencias esenciales de la civilización. 
 
La doctrina bolchevista ha producido, pues, ó está a punto de producir, como ha anunciado Lenín, la igualdad política, cultural y económica de los hombres. 
 
Pero, ¡qué igualdad! En la esfera política, la igualdad del servilismo. En el mundo intelectual, la igualdad de la incultura. En la vida económica, la igualdad de la miseria. (Aplausos.) 
 
IV El bolchevismo en España. 
 
¿Estamos en España bajo el peligro bolchevista? La mayor parte de las personas que hablan de esta cuestión adoptan una de estas dos actitudes extremas: una actitud de indiferencia, diciendo que en nuestro país ni ocurre ni puede ocurrir nada, ó una actitud de pánico, como si estuviéramos ante el triunfo inminente del bolchevismo. Casi siempre que se plantea en España cualquier problema social ocurre lo mismo, porque la mayor parte de los españoles hablan de estas соsas por impresión, sin haberse tomado la molestia de contrastar los problemas con la realidad. En mi manera de sentir, ambas actitudes extremas son equivocadas, y responden a un desconocimiento completo de la realidad. 
 
Que en España debemos preocuparnos del problema bolchevista es evidente, aunque sólo sea porque, según hacía notar Gustavo le Bon, hay epidemias sociales que se transmiten de unos países a otros, como las epidemias físicas. Es cierto que se halla hoy en crisis, en el campo de la ciencia, la teoría que acepta la existencia de organismos sociales sujetos a leyes fatales, como los organismos físicos, pero no se puede negar, por lo menos, que hay grandes analogías entre la manera de propagarse las epidemias médicas y las agitaciones sociales. Buena prueba de ello nos
ofrece el hecho de que al enseñorearse una revolución social de cualquier país europeo se ha extendido inmediatamente la agitación revolucionaria, como una mancha de aceite, por todo el mapa de Europa. Eso ocurrió con la revolución francesa de 1848, una cosa análoga pasó, para hablar de épocas recientes, con el movimiento sindicalista de 1911, y ello está pasando actualmente en toda Europa con el bochevismo, que ha dominado ya en Hungría y en Baviera, y que ha tenido repercusiones en el resto de Europa. Es, pues, casi tan imposible que España se libre de la agitación bolchevista, como que se hubiese librado de la epidemia gripal. 
 
Que en España no debemos, por lo menos mientras duren las circunstancias actuales, sobrecogernos ante el temor de un inmediato peligro bolchevista, es también claro, porque ni el ejército se ha desmoralizado como en Rusia y Austria, ni la escasez de las subsistencias, con ser grande, ha llegado a los extremos que alcanzó en aquellos países, ni la organización de la propiedad, por lo menos en las dos terceras partes, de España se asemeja a la establecida en Rusia,
ni es de pensar que las divisiones intestinas que separan a los partidos políticos gubernamentales duren eternamente, puesto que parece que se dan ya cuenta exacta de la necesidad de agruparse seriamente para constituir instrumentos eficaces de Gobierno. 
 
Pero como de todos modos el peligro bolchevista existe, veamos los verdaderos términos en que se presenta. En toda agitación social, como en toda epidemia médica, hay que tener en cuenta el concurso de dos factores: el agente productor de la agitación ó enfermedad y el medio en que se desenvuelve. 
 
Es muy frecuente en España fijarse casi exclusivamente en el primero y prescindir del segundo, siendo así que lo más importante es siempre que el cuerpo tenga la robustez necesaria, para resistir los embates de una enfermedad. 
 
El Ministro liberal inglés Mr. Churchill decía en un mitin, refiriéndose a esta cuestión: «Nuestra experiencia histórica nos enseña un hecho importante, y es que siempre que se ha notado en cualquier región inglesa una agitación seria, ha sido ocasionada por causas profundas. Es necio y propio de gentes frívolas pensar que tales sucesos pueden ser efecto exclusivo de la acción de unos cuantos agitadores. Siempre tienen alguna otra causa natural, que los políticos deben descubrir é intentar, por lo menos, sinceramente su remedio.»

El agente propagador del bolchevismo lo hemos examinado ya. Es la doctrina bolchevista, que ha sido aceptada expresa ó implícitamente por los sindicalistas revolucionarios de todo el mundo, que en España cuentan con numerosos adeptos en Cataluña, Levante y Andalucía, y con algunos en Asturias. Por el momento parece que en la región castellana y en Galicia no han encontrado gran eco las propagandas sindicalistas; y no deja de ser confortante que en Madrid у en Vizcaya, por ahora, esté el movimiento obrero en manos de los socialistas, y tengan por ello escasa fuerza los sindicalistas.

Pasando ahora a estudiar el medio ambiente en que han de desarrollarse esas propagandas, me fijaré en primer término en la vida del obrero campesino, у después en la del obrero de la ciudad.

Como hacía notar antes, la vida del campesino varía considerablemente de unas a otras provincias, y aun de unos a otros pueblos dentro de cada provincia.

Pero es un hecho indudable, demostrado además completamente por una información llevada a cabo algún tiempo antes de la guerra por el Instituto de Reformas Sociales, en la que intervine directamente, que en la mayor parte de los pueblos de España los salarios del campo son discontinuos, quedándose muchos obreros en largas temporadas del Invierno sin trabajo y sin jornal; que no hay instituciones de socorros para los enfermos y ancianos; que no hay otra institución de previsión que la del usurero; que son muchos los pueblos en que las mujeres andan descalzas, cuando hasta las bestias tienen su calzado adecuado; que las dos terceras partes de los pueblos rurales carecen de caminos, que son muchos los pueblos que ignoran lo que es una rueda, y en que no hay otro medio de transporte que las espaldas humanas ó el lomo de un burro; que a las escuelas no acude ni la tercera parte de los niños, porque la miseria de sus familias les obliga a ir a trabajar al campo cuando tienen labor, y si no a merodear ó mendigar; que en muchas provincias las tierras producen mucho menos de lo que deben rendir, por la incultura general agrícola, que cada día es mayor el número de propietarios que abandonan el campo y se establecen en la ciudad, rompiéndose así los lazos que deben existir entre el propietario y los trabajadores; que en Andalucía y Extremadura el jornal corriente en aquella época era de 75 céntimos al día, y, que, por otro lado, los pequeños propietarios vivían en un completo ahogo, por el escaso rendimiento de su trabajo, a causa de la falta de comunicaciones materiales que permitieran fácil salida a sus productos, y a la falta de instituciones sociales agrícolas que le ayudaran en la adquisición de abonos é instrumentos de trabajo y en la mejor elaboración de los productos.

Las condiciones de la vida de los labriegos han mejorado notablemente en los años de la guerra, habiendo pueblos en Andalucía en que los salarios han subido a un 400 por 100, y las relaciones sociales entre propietarios y obreros se han moderado mucho con la acción de los sindicatos agrícolas fundados últimamente, y es de esperar que los términos del problema varíen cuando la acción de esos sindicatos se extienda a todo España.

Pero mientras tanto, en la mayor parte de España, la falta de instituciones sociales, a que me refería antes, sigue en el mismo estado; muy poco se ha adelantado en la construcción de vías de comunicación, y el abandono de la enseñanza agrícola es tan completo como antes. Y a estos problemas hay que añadir uno, acaso el más triste de todos, y es que en esa misma información se comprueba que la terrible emigración que está diezmando nuestra población rural, se debe muchas veces al espíritu de aventura y al deseo de ganar mejores jornales de los emigrantes, pero se debe más veces todavía al terrible hecho de que hay muchas familias que no tienen tierra que cultivar, bien porque los campos de sus respectivos pueblos no rinden lo debido, a causa de la falta de instituciones de enseñanza y previsión agrícolas, ó ya también porque hay grandes extensiones de terreno, generalmente del mejor terreno, convertidas en parques de recreo del ganado bravo y de los animales de caza. En prueba de ello voy a relatar un episodio que a mí me ocurrió hace unos años, estando en la Universidad de Salamanca.

Con ocasión de la visita que hizo a aquella ciudad un ilustre escritor inglés, Mr. C. Flitch, un distinguido sacerdote, rector de un colegio universitario, nos invitó a presenciar las fiestas que se celebraban en un pueblecillo cercano a Salamanca, y enclavado entre varias dehesas de ganado bravo. En las fiestas de aquel pueblo no había ninguna capea, ni siquiera un toro ensogado. Había, en cambio, una función de teatro. En medio de la plaza se había improvisado un escenario, y se habían colocado unos carros adornados, que servían de palcos para las autoridades. Las mozas y los mozos del pueblo representaron un auto antiguo, con tal pasión, que no creo haber recibido en ninguna representación teatral tal sensación de realidad. Recuerdo que unos estudiantes, que formaban parte del público, aplaudieron a una de las mozas por la fuerza dramática con que había representado una escena, y el alcalde, al ver aquello, dio un golpe con la vara para imponer silencio, y dirigiéndose a los estudiantes, les dijo que allí no se permitía ninguna manifestación de falta de respeto, y que si no sabían oír tranquilos sería seguramente porque, faltando a sus deberes religiosos, habían perdido la costumbre de ir a la Iglesia, donde se enseña a escuchar con respeto.

Comentando este incidente, nos contó el sacerdote que nos acompañaba para darnos idea de la forma en que aquellas gentes estaban identificadas con esas manifestaciones artísticas, que unos días antes había ido a visitar a un amigo suyo de otro pueblo cercano, y se encontró con que su hija estaba esmirriada, es decir, muy pálida, y al preguntarle qué la pasaba, su padre le contestó que estaba así desde que había representado el papel de una condesa a quien hacía traición su marido. Y al generalizarse la conversación sobre esos asuntos, me enteré entonces de cómo en un pueblo no muy lejano de allí, donde descansa en paz el bardo de aquellas tierras, Gabriel y Galán, al enterarse sus habitantes de que se trataba de trasladar los restos del poeta amado a un monumento de Salamanca, montaron guardia armada permanente, de día y de noche, para impedir que con el cuerpo del poeta se llevaran el. corazón de la tierra.

¡Así son los pueblos que se crían entre el ganado bravo! ¡Qué ignorancia la que reina en nuestras altas clases sociales sobre los tesoros de nobles sentimientos que encierra nuestra alma popular!

Volviendo a lo que iba, al terminar la función de teatro y mientras se organizaba el baile de la rosca, otro espectáculo digno regalo de un espíritu exquisito, fuimos a merendar a casa del alcalde, y al preguntarle los vecinos que tenía el pueblo, nos contestó que tenía 400; pero que hacía cinco ó seis años contaba más de 600. Al extrañarnos de una despoblación tan rápida, nos dijo el alcalde que la mitad de las tierras del término pertenecían a un propietario que residía en Madrid, que no se había tomado nunca la molestia de ir por allí, y que sin contar con los vecinos que las cultivaban las había arrendado a un ganadero de reses bravas, quien necesitando aquel terreno para la cría de los toros, expulsó a los vecinos que las cultivaban, quienes no encontrando tierra, se vieron obligados á emigrar. Seguimos hablando de este problema y nos contaron otros casos análogos a éste; pero al mismo tiempo, y como contraste, oímos hablar de algunos otros pueblos antiguos de Señorío, como por ejemplo el de San Muñoz, cuyos propietarios habían vendido la mayor parte de las tierras del término a los vecinos que las cultivaban, siendo de notar que desde entonces había aumentado el rendimiento de las tierras de un modo considerable, y no había vuelto a emigrar en dichos lugares ningún habitante.

Ya casi me había olvidado de estas cosas, y no las hubiese recordado seguramente si no me hubiera encontrado con ese problema de la emigración por falta de tierra, en el distrito que tengo el honor de representar en Cortes. Existe en mi distrito un pueblo de vecindario numeroso, que tiene en sus alrededores varias dehesas de reses bravas y varios campos cultivados con escasa intensidad.

Como se trata de un pueblo sano física y moralmente, y en honor a la verdad he de decir que es un pueblo de abolengo carlista, su población aumenta rápidamente. Y ocurre ya lo que era de esperar: que a causa de ese crecimiento de la población, no hay en el término tierras bastantes para sus vecinos, y que éstos creen que tienen, por lo menos, tanto derecho a vivir en España como los toros y las liebres que se pasean en los alrededores del pueblo. Y el Juez municipal del pueblo, un gran propietario, propietario modelo, plenamente identificado con sus convecinos, se ha dirigido en nombre de éstos a los propietarios vecinos, pidiéndoles tierras, y ofreciéndoles todo género de garantías para el pago de las rentas. Se teme una contestación negativa, y claro está que en ese caso hablará ese pueblo en forma que le puedan oír. Pero mientras tanto, yo pregunto en este Centro, alabado por su espíritu de orden y su temperamento conservador, ¿si puede persistir esta legislación española que permite, empleando una frase irlandesa aplicada a un caso menos grave é injusto, que las bestias se coman a los hombres? (Aplausos.)

Frente a este abandono en que el Estado español ha dejado la cuestión agraria, no he de citar las leyes recientes de Rumania y Hungría, porque se me podría decir que eran leyes que responden a circunstancias extraordinarias.

Voy a fijarme en la legislación inglesa anterior a la guerra, en leyes que llevan en vigor más de veinte años en Inglaterra, para recordar a la Academia aquella campaña que agitó a todo Irlanda e Inglaterra en favor de la fórmula llamada de las tres efes, porque significaba: fixity of tenure (perpetuidad del arrendamiento), fair rent (renta razonable), y fair sale (facilidad para la transmisión de la propiedad), y que fue recogida en diversas leyes, unas que regulan las rentas, y otras que conceden a los Condados y Municipios facultades, subvenciones y empréstitos para expropiar terrenos, divididos en pequeñas propiedades y darlos en arrendamiento ó propiedad a los colonos que necesiten terreno; aquella legislación aprobada por el Parlamento anterior sobre salarios, seguros obreros del campo y división de la propiedad; las leyes relativas a la enseñanza agrícola, los recursos concedidos por las entidades públicas para la mejora de las viviendas del campo; y las numerosas instituciones públicas de cooperación rural establecidas para fomentar el desenvolvimiento de los intereses económicos del agricultor.

En lo que se refiere a la vida de los obreros de la ciudad, después de las interesantes conferencias que en esta Academia se han dado sobre dicha materia, yo he de limitarme a poner de relieve el contraste que resulta, según lo expuesto en ellas, entre el interés con que actualmente estudian todos los Parlamentos europeos los problemas relativos a lo que se ha llamado la reconstitución social, y la indiferencia del nuestro, donde se estancan, sin llegar a ser discutidos, casi todos los proyectos aprobados por el Instituto de Reformas Sociales, entre la forma como se cumplen las leyes sociales en todos los demás países y los escasos medios y recursos concedidos en España para la inspección del trabajo, entre la eficacia con que contribuyen la mayor parte de los grandes Municipios europeos al abaratamiento y aumento de las comodidades de la vida, y la política de nuestros Municipios, de cuya acción sólo tienen noticia las clases trabajadoras por el grado en que influyen para agravar las dificultades de la lucha por la existencia.

Cualquiera que sea el juicio que nos merezca la actual agitación obrera de España, hemos de reconocer que por falta de acción social del Estado y de las demás Corporaciones públicas, se encuentran los obreros españoles en un estado de absoluta inferioridad, en el orden material de la vida, respecto a los trabajadores de los grandes Estados europeos. Y en prueba de ello, volviendo a poner el ejemplo de un país monárquico y de espíritu conservador, Inglaterra, he de manifestar que en ese pueblo, gracias a la acción tutelar combinada del Estado y del Municipio, los hijos de los obreros reciben en las escuelas enseñanza, alimentación y calzado; al salir de la escuela primaria tienen escuelas profesionales y técnicas, cuya enseñanza es obligatoria, y hay comités públicos encargados de buscar trabajo para los alumnos; al entrar en la vida tienen seguros contra la enfermedad y el paro forzoso, cuentan con retiros para su ancianidad, disfrutan del descanso semanal inglés, es decir, del domingo y de la tarde del sábado; tienen garantías legales que les aseguran un salario mínimo; se reconoce la personalidad de sus sindicatos, con todas sus consecuencias; tienen viviendas económicas y confortables, construidas a expensas del erario público; hay instituciones públicas encargadas de procurar el abaratamiento y mejorar el confort de la vida, y como si todo ello fuera poco, vemos que actualmente discute el Parlamento un proyecto en que se piden grandes cantidades para aumentar el número de casas baratas y defender la salud de la clase proletaria, у plantea problemas tan revolucionarios en el orden económico, como los relativos a la nacionalización de las minas de carbón, los ferrocarriles y la energía eléctricа.

Es explicable, por estos hechos, que los obreros españoles no confíen en la acción de los Poderes públicos, como confían los ingleses, y nada tiene de extraño que la acción social revolucionaria encuentre en España un ambiente más propicio que en Inglaterra.

M. Barthou decía recientemente que los embates del bolchevismo sólo pueden resistirse con firmeza, escudándose el Estado en los principios de la justicia social, y Mr. Lloyd George, en la última campaña electoral pedía a los partidos que depusieran sus viejas querellas, para trabajar todos juntos en la obra de una reconstitución social que sirva al mismo tiempo para pagar la deuda que la Patria tiene con los hijos que han luchado por ella, y para levantar en el espíritu de los obreros una muralla que impida el avance del bolchevismo y de las demás doctrinas que traten de disolver la sociedad actual.

¡Con cuánta mayor razón pueden aplicarse esas palabras a España! No sólo como medio de contener los efectos de la propaganda bolchevista, sino también de realizar una obra de justicia social, es necesario que nuestros partidos gubernamentales se den cuenta de los deberes que impone la gravedad de la hora presente, y hagan que el Estado español entre en el camino de la reconstrucción social seguido por todos los grandes Estados europeos.

Además, sólo actuando en esa forma puede tener el Estado la autoridad moral necesaria para reprimir con energía los desórdenes públicos que se promuevan y la agitación social que tienda a la preparación de esos desórdenes.

Sé muy bien que son muchos en nuestro país los que se muestran escépticos sobre la eficacia moderadora de las reformas sociales. A los que así piensan he de recordarles que si el bolchevismo no se desenvuelve en Inglaterra, se debe principalmente a la influencia de las instituciones sociales a que me he referido en la última parte de esta conferencia; que si ni el bolchevismo, ni el sindicalismo han arraigado entre los campesinos franceses, se debe a la división de la propiedad que reina en Francia y a la acción bienhechora de las instituciones de cooperación rural allí establecidas, y que si el bolchevismo no ha triunfado en Alemania, a pesar de todos los desastres acumulados sobre el antiguo Imperio, es por el ambiente de moderación creado en el mundo obrero a la sombra de las instituciones sociales de aquel país. Y sin necesidad de acudir a la experiencia extranjera, en nuestra misma patria encontramos testimonios elocuentes de este aserto, al ver los términos tan distintos en que se halla hoy planteado el problema agrario en los pueblos que han sentido la beneficiosa influencia de los sindicatos agrícolas, ó por lo menos la de algunos propietarios generosos, y los pueblos que no tienen sindicatos y en los que no haya propietarios que tengan conciencia de los deberes sociales que lleva consigo el derecho de propiedad.

En los pueblos del primer caso, el problema agrario se presenta dentro de términos tan moderados que hay la seguridad de que se desarrollará dentro de las vías legales y en medio de la mayor armonía social. En los pueblos que se hallan en el segundo caso, por lo menos en muchos de ellos, el problema se presenta con caracteres tan graves que tienen motivos fundados los propietarios para temer por los peligros que соrren sus haciendas y aun sus vidas.

Es evidente, señores, que una política social bien dirigida podía contrarrestar en España los efectos de todas las propagandas de carácter revolucionario; pero, claro está que para que esa política produzca además los efectos oportunos en el orden moral, es necesario que se dé la impresión de que responde a una convicción profunda y a una resolución inquebrantable de gobierno, que sólo entonces se podrán castigar las extralimitaciones de los poderosos sin que nadie pueda pensar en parcialidades y venganzas, y sólo entonces se podrán otorgar a los de abajo las concesiones que se estimen justas, sin que nadie pueda considerarlas como claudicaciones ó inspiraciones del miedo. (Muy bien.)

Termino, señores, diciendo como resumen de mi conferencia, que, según el Dr. Shadwell, el triunfo del bolchevismo en Rusia ha sido efecto principalmente de las tres causas siguientes: la desmoralización del Ejército; el régimen de injusticia social a que vivían sometidos los campesinos y los obreros, como consecuencia del atraso de la legislación social rusa; y la falta de sentido político de los partidos gubernamentales, que debilitaban el Poder con sus luchas intestinas, en vez de agruparse sinceramente para formar instrumentos de gobierno que contuvieran la acción de las fuerzas disolventes de la sociedad con una política tan enérgica para imponer las reformas que la justicia social exigía, como para reprimir los atentados contra el orden público. (Grandes aplausos.)

 

Ahora, 23 de junio de 1931

En Toledo

TOLEDO, 22 (4,30 t.). — Proclamación de candidatos. Han quedado proclamados 126 candidatos, de ellos 27 para luchar y los demás para intervenir en los colegios, y son: De Acción Nacional, el canónigo de Toledo don Ramón Molina Nieto y Diaz de Madariaga. Como republicano social agrario, en candidatura unida a las anteriores, el ex diputado a Cortes don Tomás Elorrieta Artaza. De Acción Republicana: don Manuel Álvarez Ugena, Luis Bello, Manuel Azaña y Pedro Rico. Republicano independiente. Amos Salvador. Radicales socialistas: Francisco Valdés Casas, alcalde de Talavera; José Ballester, alcalde de Toledo, y Emilio Palomo, gobernador civil de Madrid. Socialistas: Domingo Alonso, Félix Fernández Villaverde, Anastasio de Gracia y Fermín Vázquez. Radicales lerrouxistas: Perfecto Díaz, Pedro Riera, José Quilis, Francisco Martín de Nicolás, Francisco Gómez Hidalgo y Alejandro Lerroux. Derecha liberal republicana: Agustín Conde, Miguel Maura, Antonio Vélez, Heliodoro Suárez Inclán, Gonzalo Queipo de Llano y Heriberto Villalobos.


El Socialista, 1 de mayo de 1919

BOLCHEVISMO

Cualesquiera que sean los prejuicios y las pasiones de las gentes, a nadie puede ocultársele que el hecho de que el régimen de los Soviets persista en Rusia desde el 25 de octubre de 1917 demuestra que la gran trasformación política y social que se ha operado en el oriente de Europa tiene verdadera consistencia.

Se puede ser partidario o enemigo del comunismo; se puede creer útil o nociva la dictadura del proletariado; pero lo que no es fácil hacer creer a nadie (porque los hechos lo desmienten) es que el edificio social que están construyendo los revolucionarios rusos es un edificio efímero, sín consistencia, como levantado sobre arena movediza.

Todo el mundo sabe que la República de los Soviets tiene, dentro y fuera del territorio de Rusia, encarnizados enemigos. Todo el mundo sabe que los enemigos de la República comunista rusa disponen de organizaciones políticas, económicas y militares, perfeccionadas durante siglos, que constituyen poderosas armas de combate. Y todo el mundo ve que pasan días y meses y años y la República de los Soviets sigue en pie, y los Estados más fuertes no se deciden a emplear contra ella sus más eficaces medios ofensivos.

¿La temen? ¿La respetan?

En todo caso es bien seguro que no la desprecian.

No la desprecian, no; que cuando no quieren o no pueden combatirla con cañones, lanzallamas o con gases asfixiantes, tratan de ahogarla en una atmósfera envenenada de falsedades y de embustes.

El embuste y la falsedad son, sin embargo, armas demasiado débiles para las luchas de nuestros dias. Más fuerte que ellas es la ignorancia, más fuerte es el error, y, sin embargo, no pueden resistir la presencia de la verdad, que, velada y tímida, pasaba en otros tiempos, sin ser notada, al lado de los egoístas, de los distraídos, de los escépticos, y hoy grita en las plazas y en los campos, y muestra a su paso, entre los jirones de sus vestiduras desgarradas, la sangre de la tragedia que mancha sus carnes. 

La atmósfera de que sus enemigos rodean a la República de los Soviets es una atmósfera de falsedades y de embustes; pero la República de los Soviets es una realidad. Podrá ser un error, y aun así saldrá victoriosa en la lucha con la mentira, Podrá ser una verdad, y entonces saldrá victoriosa contra todos.

Pero ¿qué es la República de los Soviets?

En la intensa vibración actual de las pasiones públicas se nota cada vez más una especie de polorización de los entusiasmos, que tienden a agruparse en dos puntos opuestos: el bolchevismo y el antibolchevismo.

Sin embargo, no parece probable que los antibolcheviques y los bolcheviques de nuestras tierras sepan claramente lo que el bolchevismo es.

Por lo que a los antibolcheviques se refiere, muchos de ellos salen fácilmente de la dificultad contestando de este modo a la pregunta ¿qué es el bolchevismo?: «El bolchevismo —dicen— es el crimen.» ;

No reparan en que esa contestación no tiene mayor sentido que el que podrían tener las afirmaciones de que el feudalismo, el capitalismo, la Iglesia o la Monarquía son otros tantos crímenes.

No se trata de eso. No se trata de dar una calificación moral del bolchevismo, sino de saber lo que el bolchevismo es. La calificación moral vendrá después, si se quiere, y seguramente será, como todas las calificaciones morales, bien incierta y discutible. Ese camino de la calificación moral del bolchevismo es para el antibolchevique más peligroso que para nadie,

En primer lugar, todos los días estamos viendo desmentidas muchas falsas imputaciones que se habían hecho contra los bolcheviques, y a las mismas imputaciones no desmentidas siempre se podrá contestar con afirmaciones de hechos como este; el día 25 de octubre de1917, después de proclamar Trotsky la República de los Soviets y de apoderarse los revolucionarios del Gobierno de Kerenski, la primera resolución que tomó el Consejo de Petrogrado fue la abolición de la pena de muerte, de que el zarismo había usado con tanta prodigalidad, y que la República burguesa, que empezó por abolirla, había restablecido.

Todas las instituciones sociales tienen una significación ideal, que es la que debemos buscar. Esa significación ideal es la que debe obtener nuestra aprobación o nuestra desaprobación, la que debe determinar nuestra adhesión o nuestra repulsa.

La Revolución francesa fue admirable. No fue, sin embargo, perfecta. Pero sus imperfecciones o sus faltas no han podido borrar su significación ideal, ni han sido capaces de nublar las inteligencias de un Bentham, de un Kant, de un Fitche o de un Hegel, que aprobaron la Revolución francesa, a pesar de los actos de terror.

¿Por qué proceder de otra manera al juzgar la Revolución rusa?

«Las ideas —ha dicho un gran maestro—, todas han sido puras; todas se han visto también manchadas.»

Pero más importante que esclarecer las ideas que los antibolcheviques españoles se formen de la Revolución rusa es evitar que sus mismos partidarios se formen de ella conceptos erróneos. 

Nada puede, en efecto, comprometer tanto el progreso de un país como los errores y equivocaciones de los propios elementos progresivos; nada puede perjudicar tanto el triunfo de un ideal como las falsas interpretaciones de sus más vehementes defensores.

Los entusiastas españoles del bolchevismo ruso son los que deben poner mayor empeño en la destrucción de los equívocos y en el esclarecimiento de la verdad acerca de la significación ideal que la Revolución rusa tiene,

Procuremos todos contribuir, en la medida de nuestras fuerzas, a la realización de esta obra, nada fácil. 

Por hoy limitémonos a salir al paso de una duda y a evitar una confusión que se advierte con frecuencia en los que, más a menos circunstancialmente, con mejor o peor intención, defienden el bolchevismo.

La duda es esta: el bolchevisimo, ¿es o no es Socialismo? 

Porque a creer a gran número de escritores actuales, la aparición del bolchevismo habría tenido una primera virtud: la virtud de haber hecho perder al Socialismo toda la fuerza y el prestigio de la juventud; la virtud de haber gastado las energías del Socialismo, como ha gastado las fuerzas del parlamentarismo y de la democracia burguesa, muertas con las mismas armas que han servido para matar la Iglesia ortodoxa y el imperio de los zares.

Para aceptar este punto de vista no hay sino vencer una dificultad; pero de tal naturaleza, que desde el primer momento aparece como completamente insuperable, Esta dificultad consiste en que la incompatibilidad entre el bolchevismo y el Socialismo existe solamente en el pensamiento de algunos bolcheviques improvisados en países que viven, no solamente en un régimen burgués, sino en un régimen monárquico, militarista, teocrático y feudal o caciquil; pero no existe en el espíritu de los bolcheviques rusos, que precisamente se consideran como los más puros y fieles defensores del ideal socialista.

Para nuestros bolcheviques de ocasión el bolchevismo no es Socialismo, por dos razones: primera, porque el Socialismo es colectivista, mientras el bolchevismo es comunista; segunda, porque el bolchevismo es anarquista, mientras el Socialismo es estatista,

Analicemos brevemente estas dos razones.

Primera. La pretendida oposición entre colectivismo y comunismo no tiene realidad más que en las sutilezas conceptativas de los malos intérpretes y clasificadores burgueses de las doctrinas sociales.

Históricamente, el comunismo tiene su expresión en cl Manifiesto Comunista de Marx y Engels, que es el origen también de las doctrinas que nutren de contenido al actual Socialismo militante. A esas doctrinas del Socialismo científico, a la vez quo obrero y democrático, las llamaron Marx y Engels comunistas, para diferenciarlas del Socialismo utópico, que pretendía remediar los males de la sociedad burguesa sin destruirla.

Los socialistas somos, pues, comunistas, y, aunque algunos bolcheviques españoles lo ignoren, los bolcheviques rusos saben perfectamente que por ser comunistas son precisamente socialistas.

Segunda. Los bolcheviques rusos saben también perfectamente que lo que distingue al Socialismo del Anarquismo no es que el primero quiera mantener el Estado y el segundo destruirlo.

El Socialismo, igualmente que el Anarquismo, pretende que el Estado y la coacción deben desaparecer, y que mientras no desaparezcan no existirá la libertad sobre la tierra.

La diferencia está en que el Socialismo afirma que para que el Estado y la coacción desaparezcan es preciso organizar de un modo completamente distinto que el actual la vida económica, sobre la base de la socialización de la riqueza, Para eso el Socialismo sostiene que es necesaria una lucha política que ponga en manos del proletariado los resortes del Poder, y que, valiéndose de estos resortes del Poder, el proletariado realice la revolución económica. Esta es la significación de la dictadura del proletariado, que los bolcheviques de Rusia no solamente predican, sino que practican lo más perfectamente que pueden.

Se consideran, pues, no solamente tan adversarios del Estado y de la coacción cono los anarquistas, sino más eficaces adversarios que ellos. Pero se consideran adversarios del Estado por socialistas, no por anarquistas, y reprochan al Anarquismo su creencia ingenua de que la mera supresión o debilitación de las fuerzas coactivas del Estado basta para provocar la espontánea asociación de los trabajadores y producir por una especie de pacto libre la organización económica de la sociedad emancipada.

Según los bolcheviques rusos, esa concepción anarquista no puede conducir a otra cosa que a la disociación de los elementos sociales ya organizados por la concentración capitalista, y que son el punto de partida para la construcción de una sociedad regida por los principios del comunismo.

La concepción anarquista no puede conducir a otra cosa, según los bolcheviques de Rusia, que al reparto de la riqueza, al fraccionamiento en pequeñas propiedades individuales, idea que combaten resueltamente, como la más contraria posible a los resultados que esperan obtener, como una idea contraproducente y marcadamente reaccionaria, puesto que no sólo acabaría con la República comunista, sino que haría retroceder. a la sociedad a las primitivas etapas de la evolución económica.

Conste, pues, ante todo, que entre nosotros podrá haber bolcheviques anarquistas, pero que los bolcheviques rusos no lo son, y ponen singular empeño en distinguirse de los anarquistas y en definirse como socialistas.

Con todas sus buenas cualidades y con todos sus defectos posibles, los bolcheviques rusos son, pues, socialistas.

Lo que importa a los socialistas militantes de todos los países es saber si las condiciones económicas y políticas de las naciones en que actúan aconsejan en cada caso el empleo de los mismos procedimientos de que se han valido, impulsados por una necesidad histórica, los bolcheviques rusos.

Tal vez en el occidente de Europa hay países que viven en un régimen semejante al en que vivía la Rusia anterior a la revolución de octubre, y en los cuales la Revolución comunista tendrá que recorrer etapas semejantes a las que está recorriendo en Rusia.

Julián BESTEIRO

¡EN MARCHA! — Asistimos al fin del mundo antiguo y al sangriento alborear de una nueva Era. El proletariado aparece violentamente dispuesto a llenar en la vida el altísimo papel que la Historia le asigna, y su avance terrible, orientado hacia un fin de suprema justicia y de universal fraternidad, adquiere formas de un insuperable dramatismo al chocar contra los obstáculos que le oponen las viejas fuerzas de la reacción. Estos obreros, reciamente modelados por el esfuerzo y la labor continuados, han despertado al fin, y al hombro las duras herramientas, en alto los puños invencibles, marchan estos campeones del Trabajo a fundar la sociedad nueva de la Armonía y del Amor. En sus caras, abrasadas y curtidas por la labor, vive ya el gesto de los iluminados por la llama interior de un ideal, y, conscientes de su fuerza y de su poder, llevan en la actitud la decisión de los que van al triunfo.

Se han levantado las masas profundas del proletariado mundial, y, por primera vez en la Historia, los obreros de unos países que las burguesías hicieron enemigos arrojan las armas y establecen en un abrazo imponente y único la solidaridad de los explotados de la tierra. El amor universal deja de ser una esperanza, y a estos obreros, en marcha hacia la emancipación, les cabrá la gloria sin igual de haber acabado con la injusticia social en el seno de las naciones y con el crimen espantoso de las guerras capitalistas en el mundo, regenerado por el trabajo. Marchan, y el ritmo de su caminar es como el exponente del humano progreso. Porque no se acercará la Humanidad hacia la perfección mientras mantenga en la esclavitud y la miseria a los trabajadores, que son la sal de la Tierra.

¡En marcha, trabajadores! A reparar el error secular que os hace ignorantes y desdichados; a derribar las castas que os envilecieron, atándoos al carro de sus fastuosidades impúdicas; a proclamar que no hay más aristocracia que ésta, que es hija del Trabajo, eternamente productivo; la del trabajo inteligente y fecundo; la de los obreros, los técnicos y los artistas, creadores únicos de los esplendores de la actual civilización... A eso. vamos hoy los obreros, todos los obreros: los del músculo y los de la inteligencia; por eso formamos los trabajadores del mundo entero en esos cortejos imponentes, en los que este año figurarán soldados, los románticos soldados del más bello ideal de nuestra época: los soldados rojos, que romperán el fusil cuando por sobre la tierra redimida luzca el sol magnífico de la emancipación. 




 







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