miércoles, 28 de abril de 2021

Trotsky en la cárcel de Madrid

"Estampa" 5 de septiembre de 1931

Todos los lectores de ESTAMPA, a los que puede inspirar simpatía o sencillamente curiosidad la figura de Trotsky, saben sus aventuras en España: que a principios de noviembre de 1916, lo expulsaron de Francia, por editar un periódico ruso, "Nuestra Palabra", en el que hacía campaña contra la guerra; que se vino a Madrid; que la Policía de aquí, avisada por la francesa, lo apresó y lo tuvo encarcelado, y que después lo confinó en Cádiz, de donde salió para Norteamérica. Trotsky mismo ha narrado todo esto en tres ocasiones: primero, en un artículo de periódico, recogido en un volumen, de cuyo título no me acuerdo; luego, en el librito "Mis peripecias en España", y por último, en las "Memorias" de su vida. Daniel Anguiano y algunos otros marxistas que le trataron entonces, también han contado detalles de su tránsito por la Península. Pero creo que nunca se ha procurado averiguar qué decían de él los archivos policíacos, qué rastro había quedado de su paso por la Dirección de Seguridad y por la Cárcel de Madrid.

Hace un año, sobre poco más o menos, yo lo intenté. Fui a ver al general Mola, que era entonces director de Seguridad, y le pedí que me autorizara para buscar los datos que hubiera en la Dirección acerca de Trotsky. Pero me negó el permiso.

—Los archivos de la Policía—me declaró—son secretos.

Me lo dijo con un tono, aunque cortés, tan firme, que comprendí que era inútil porfiar, y no le sugerí, como se me ocurría, que publicar en el año de 1930 las observaciones de los policías sobre Trotsky era, aproximadamente, lo mismo de dañoso, para los servicios de vigilancia del Estado, que publicar el proceso de los Comuneros de Castilla o de la Conjuración de Catilina.

Las huellas dactilares de Trotsky, que se conservan en el Gabinete antropométrico de la Cárcel Modelo de Madrid.

También por aquella época anduve tratando de encontrar noticias de Trotsky en los registros de la Cárcel Modelo, y no tuve más suerte. Ya estaba resignado a no ver nunca las huellas que hubiera dejado el organizador del Ejército rojo en nuestros archivos oficiales, cuando vino la República. Entonces renové mis gestiones en la Dirección de Seguridad y en la de Prisiones, y el señor Galarza y la señorita Kent me concedieron en seguida, con una amabilidad por la que les he quedado agradecido, la autorización que pretendía.

Retrato de León Trotshy, dibujado en el año de 1923 por el artista ruso Annenkof.

Desgraciadamente, la del señor Galarza no la he podido aprovechar. En la Dirección de Seguridad, según me ha explicado el jefe del Gabinete de Identificación, señor Mora, no hay ninguna referencia gráfica de Trotsky. No lo ficharon.

Uno de los últimos retratos de Trotsky, hecho en su destierro de Constantinopla.

En la Cárcel Modelo, sí. El director, don José Hernández, me ha mostrado el "expediente procesal", que es un legajo de pocas hojas.

La cubierta dice:

Como ven ustedes, la edad está equivocada. Trotsky ha nacido—según se sabe—en octubre de 1879, y a causa de una trampa que se hizo en sus papeles, para que pudiera ingresar en un colegio cuando no tenía aún edad, aparece oficialmente como nacido en 1878. De manera que en noviembre de 1916 tenía, de hecho, treinta y siete años, y de derecho, treinta y ocho: no cuarenta y dos.

En la hoja segunda hay una nota que/indica:


Reproducción fotográfica de la ficha de Trotsky que existe en la Cárcel Modelo de Madrid. (Anverso)

Y en la tercera, otra nota:

La página 4 nos explica por qué ingresa Trotsky en la Cárcel de Madrid. Es este oficio:

Y la siguiente, por que sale. Es este otro oficio:

Nada más hay en el expediente. Yo lo he tenido un rato entre las manos, dándole vueltas y remirándolo, buscando no sé qué... ¿Quizá algún eco de la fama que aquel detenido de la celda número 2 ha ganado después? ¿Quizá algún augurio de ella?... Vana esperanza. "El que dijo llamarse León Trotzky". "hijo de David", "y de Ana", "natural de Gramoskli", no es, en estas hojas desvaídas, más que un preso vulgar, un tipo obscuro, como centenares de tipos que desfilan al año por las oficinas de la Cárcel. En un cuento célebre, Anatole France muestra a Pílatos, años después del drama del Gólgota, evocando con un antiguo amigo recuerdos de Palestina.

"María de Magdala — indica el amigo—, la que iba con Jesús..." "¿Jesús.?" — dice, extrañado, Pilatos—. "Si, hombre — insiste el amigo—; Jesús:

aquel joven galileo, al que tenían tanto odio sus correligionarios.

. . Jesús:

aquel que los sacerdotes judíos te obligaron a crucificar..." El viejo Pilatos se encoge de hombros:

"¿Jesús?... ¿Jesús?... No me acuerdo..."

Sí en el siglo XX la publicidad hubiera sido tan defectuosa como en el siglo 1, si desde poco después de su paso por la Cárcel madrileña, los periódicos no hubieran ido contando, día por día, la carrera de Trotsky, don Carlos Blanco, el director de Seguridad que lo tuvo en su poder en 1916, seguramente diría hoy como Pilatos:

—¿Trotsky?... ¿Trotsky?... No me acuerdo...

Cuando lo fueron a fichar en la Cárcel, Trotsky se resistió, y hubo una escena bastante viva. El la describe en "Mis peripecias en España". 

"Me invitaron—dice—a embadurnar los dedos en la pasta tipográfica, con objeto de imprimirlos en las fichas. Protesté.

—Es obligatorio—repetía con asombro el empleado encargado del Gabinete antropométrico —.

Todo el que pasa por nuestra Cárcel es sometido a la dactiloscopia. 

—Pero yo protesto precisamente de que me hayan obligado a pasar por la Cárcel.

— Nosotros no tenemos la culpa de ello.

—Pero yo no puedo protestar ante nadie más.

—Nos veremos obligados a emplear la fuerza.

—¡Como quieran! El vigilante puede embadurnarme los dedos e imprimirlos; yo, personalmente, no moveré ni un dedo.

Así fué. Yo miraba por la ventana, y el celador me ensució amablemente los dedos, primero los de la mano derecha, después los de la izquierda, y los imprimió diez veces en toda clase de fichas y hojas."

Reproducción fotográfica de la ficha de Trotsky, que existe en la Cárcel Modelo de Madrid. (Reverso.)

El resultado de esta operación fue esa ficha que reproducimos fotográficamente. En ella, como ven ustedes, se declara el verdadero apellido de Trotsky, que, como se sabe, es "Bronstein", y su edad "oficial" en aquella época, que era, según se ha indicado antes, treinta y ocho años.

Por modosa que sea la imaginación de uno, es difícil evitar que revolotee un poco alrededor de esa tarjeta, en la que han quedado como clavadas las manos de Trotsky... Sin estas manos, la historia de Rusia y del Mundo, ¿habría sido la misma? Sin estas manos, ¿habría triunfado el golpe de Estado bolchevique ? ¿ Habrían sido vencidos los ejércitos blancos? ¿Se habría afirmado el Comunismo en el Poder ? ¿ Se habría visto acosado el régimen capitalista? ¿Habría habido las revoluciones de Hungría, de Baviera, de China?...

Un curioso tclegrama que guarda Daniel Anguiano. Lo dirigió Trotsky desde Cádiz, a los amigos de Madrid, el día 14 de noviembre de 1916. Y dice: "Mañana por la mañana, a las ocho, me embarcan como a un criminal, para La Habana, sin dinero. Trotsky."

VICENTE SANCHEZ - OCAÑA


El Socialista, 10 de noviembre de 191

Las cosas de nuestra policía

Un socialista ruso detenido.

Ayer tuvimos noticia de que un camarada ruso, recién llegado de Francia a Madrid, había sido detenido por la policía. Hemos inquirido detalles, que explicasen la detención de León Trotzky, que así se llama nuestro compañero, y nos ha sucedido lo mismo que en otros casos sumarios: que nos hemos tenido que asombrar por la facilidad con que nuestra policía detiene a personas que no son delincuentes ni tienen propósitos de delinquir, fundándose únicamente en el socorrido sistema de calificar de peligroso a un individuo.

León Trotzky es un escritor muy apreciado en Rusia. Era corresponsal en Francia del gran diario liberal de Kiew, titulado Kiewskaya Mysl. Su nombre es conocido, entre otros motivos, por haber traducido al alemán el libro Rusia durante su revolución.

En París, donde residía, era redactor del diario ruso que allí se publica con el título Nuestra palabra. En sus columnas combatía el chauvinismo y aconsejaba a las naciones neutrales que permaneciesen dentro de la neutralidad, interviniendo únicamente para moderar la matanza y apresurar la paz.

El Gobierno francés ha expulsado a Trotzky, de aquel país por considerar improcedente la propaganda de ideas pacifistas dentro de una nación beligerante. En consecuencia, León Trotsky determinó venir a España, país neutral, donde su presencia no puede temerse por peligrosa, ni mucho menos.

Ya ha sucedido así, y la policía madrileña, sin más antecedentes que los referidos, porque no puede tener otros, le ha detenido.

Esto es un atropello; pero es uno de tantos atropellos que constantemente nos vemos obligados a registrar.

Por nuestra parte, hemos comenzado a hacer gestiones para que el compañero León Trotzky sea puesto en libertad inmediatamente.

La Acción, 11 de noviembre de 1916

¿Qué pasa?

Hace días se tuvo noticia en la Dirección General de Seguridad de que un individuo ruso, llamado Bronstein Trotsky, conocido agitador en aquel imperio y evadido de Siberia, había penetrado en España hace unos días, a primeros del mes actual, suponiéndose que se encontraba en Madrid.

Como el sujeto en cuestión es de los que no deben andar libremente, pues sus antecedentes no hacen esperar de él nada bueno, la Dirección de Seguridad encomendó inmediatamente el servicio de la captura del terrorista ruso a la brigada especial de anarquismo. Púsose ésta en seguida en movimiento, y a anteayer dos agentes de dicha brigada cazaron al individuo peligroso en la calle de Preciados, en una casa de huéspedes, en que habitaba desde que llegó a Madrid.

Como estas confidencias las tenemos por conducto extraoficial —pero absolutamente, totalmente exacto—, toda vez que el servicio se ha llevado a cabo con la mayor reserva, hemos interrogado al comisario de la brigada de anarquismo, señor Ortiz, el cual no ha accedido, por razones que comprendemos y respetamos, a contestar nuestras preguntas.

Parece ser que algunos conocidos agitadores madrileños han visitado al presidente del Consejo con objeto de recabar de él la libertad del detenido. Este continúa en la cárcel.

En la casa en que fue hallado se hacía llamar León Trotsky. Tiene treinta y ocho años de edad.

No necesitamos encarecer la importancia que de esta detención, y esperamos que los «buenos oficios» interpuestos por los agitadores profesionales cerca del jefe del Gobierno, encuentren la más profunda de las negativas.

El Ejército español, 13 de noviembre de 1916

Un anarquista detenido.

Hace unos días se supo en la Dirección general de Seguridad que un súbdito ruso, llamado Bronstein Trotzky, agitador significado en aquel Imperio, había venido a España, y sospechábase que estaba en Madrid.

La brigada especial de anarquismo se encargó de realizar gestiones para la captura del peligroso terrorista, que fue descubierto por dos agentes en una casa de huéspedes de la calle de Preciados.

El servicio se efectuó con el mayor sigilo.

En su hospedaje usaba el detenido el nombre de León Trotzky. Cuenta treinta y tres años, y es fugado de Siberia. 

El Socialista, 13 de noviembre de 1916

EL CASO LEÓN TROTZKY

Hay que descubrir lo que se intenta

APARIENCIAS DE LIBERTAD

Nuestro camarada León Trotzky, detenido en la Cárcel Modelo el pasado viernes, fue puesto en libertad el día de ayer, muy cerca del mediodía. Pero en el mismo día de ayer, a las nueve de la noche, en el correo de Andalucía, y acompañado de dos policías, se le hizo salir con dirección a Cádiz. Y de aquí, ¿adónde se le piensa trasladar? Se ha dicho a nuestro correligionario que en Cádiz se le dejará en libertad para ponerse en relación con las personas que le son conocidas y con su familia, que sigue domiciliada en Francia, para que se traslade al país que más le convenga y mayores garantías de seguridad personal le ofrezca. Pero a nuestro amigo León Trotzky la policía española le ha engañado más de una vez en el breve espacio de tiempo que lleva de estancia en nuestro país, y no es muy creíble que en Cádiz se den a nuestro correligionario Trotzky las garantías personales a que tiene derecho, si se continúa permitiendo qua la policía siga actuando tan libremente, tan arbitrariamente y tan vergonzosamente.

RECLAMACIONES

Cuando el Comité nacional de nuestro partido tuvo noticia del encarcelamiento de León Trotzky, una Comisión de dicho Comité marchó a la Dirección de Seguridad para informarse de los motivos de la detención. Fracasaron todas las gestiones. En la llamada Dirección de Seguridad nada sabían. Los funcionarios de categoría inferior con quienes se habló lo ignoraban todo, pues ellos no hacían otra cosa que cumplir las órdenes recibidas. El director de Seguridad, que, según dichos funcionarios, comunicaba las órdenes, era quien podría informarnos. Pero cuando, en representación de nuestro partido, solicitábamos ver al director de la policía, para adquirir los informes que sólo él podía comunicarnos, desconsideradamente, aunque con apariencias de amabilidad, que hacían más molesta la desconsideración, el director de Seguridad, o la persona que le representaba, evadía nuestra entrevista, volviendo a ponernos en relación con el personal subalterno, que nada sabía y no hacía más que cumplir órdenes superiores. 

Vista la inutilidad de toda gestión en la Dirección de seguridad, la Comisión de nuestro Comité nacional acudió en la mañana del sábado a la presidencia del Consejo de ministros. Ausente de la presidencia el conde de Romanones, se notificó al secretario particular Sr, Brocas el objeto de la visita. Por la noche del mismo día, y a las ocho, fue citada la Comisión de nuestro Partido. Poco tiempo después de la hora de la citación se celebró la entrevista. Al jefe del Gobierno nuestros compañeros le dieron cuenta de la arbitraria e ilegal detención del correligionario Trotzky. Le indicaron que nuestro camarada fue expulsado de Francia porque el Gobierno francés consideró no era conveniente la campaña pacifista que hacía el correligionario ruso en el periódico Nuestra palabra, editado en París. Esto, que no era motivo suficiente para una resolución de expulsión en Francia, lo es infinitamente menor para que en nuestro país se tome la resolución de encarcelar al correligionario Trotzky, excediéndose en las medidas de rigor a las autoridades francesas, que dejaron en libertad a nuestro amigo hasta después de acordada su expulsión de Francia.

El conde de Romanones no tenía noticia alguna de lo hecho con Trotzky. Ofreció enterarse y comunicar en el día de hoy sus informes a la Comisión de nuestro partido. 

Y ha sucedido que un día antes de que el jefe del Gobierno pudiera adquirir los informes, atendiendo la reclamación que le fue formulada, la policía española tomó la resolución de trasladar a Cádiz al camarada Trotzky.

Para evitar que el traslado se aplazara hasta conocer el resultado de la intervención del conde de Romanones, realizó gestiones la Comisión del Comité nacional de nuestro partido; pero todas fueron inútiles, Trotzky salió ayer con dirección a Cádiz y sin decirle, ni por escrito ni de palabra los motivos de esa resolución. 

Nuestro partido queda esperando el resultado de la reclamación que tiene formulada, y que no abandona. Trátase de un correligionario ruso, que llega a nuestro país y es tratado por las autoridades con una desconsideración que avergüenza, y no estamos dispuestos a abandonar este asunto, por razones de solidaridad con nuestro compañero Trotzky, primero, por consideraciones de decoro nacional, después. Sería indigno de nuestro país que quedara sin la defensa a que al amparo de las leyes tiene derecho quien es instrumento de manejos policíacos, según todas nuestras referencias.

INTERESANTES MANIFESTACIONES DE TROTZKY

Porque hemos hablado durante todo el día de ayer con nuestro compañero Trotzky, y nos ha referido cosas de mucho interés y que ponen gran claridad en este turbio asunto. 

Nos ha dicho esto, que resumimos de su extensa, fácil y amena conversación: «Cuanto más reflexiono sobre mi situación, más seria me parece. La detención, en sí misma no tiene importancia alguna; al contrario, es una cosa cómica. Mis ideas, que aquí nadie conoce, y que no puedo expresar en el idioma de este país, dicen que son demasiado avanzadas.

Esta explicación, por su estupidez, obliga a buscar otras razones, es decir, los propósitos que se abrigan y no se confiesan. Por eso la cuestión hay que plantearla en esta forma: la policía francesa (nótese que digo la policía y no me refiero al Gobierno francés, que acaso sea extraño a esto) ha querido expulsarme de Francia y echarme precisamente a España, haciendo lo imposible para que no pudiera entrar en Suiza.

Los dos inspectores que me condujeron a España me dijeron, sin haberles preguntado nada: «Puede usted estar tranquilo, que no le entregaremos a la policía española.» A lo cual no pude menos de responder: «¡Ya! Porque tienen ustedes la seguridad de que ella me encontrará en seguida.» Tenía yo sospechas de que luego hablaré.

Ahora me hallo detenido en Madrid. ¿Por qué? No será por falta de documentación. Puede ocurrir muy fácilmente que se encuentre a un ruso cuyos documentos no se hallan en regla y le metan en la cárcel para identificarle. Pero aquí ocurre lo contrario: no se ha demostrado ningún interés por ver mis papeles. Cuando yo quise sacarlos del bolsillo para mostrarlos, me dijeron: «No, no hace falta; ya los conocemos.» Y añadieron que la orden de encarcelarme estaba ya firmada.

Se me detuvo «por adelantado», basándose en las informaciones enviadas por la policía francesa, por la que se propuso a toda costa que yo cayera en manos de la policía española.

La iniciativa de todas estas persecuciones contra mí, pertenece a la Embajada rusa en París. Muchas veces me han repetido en la censura que el hecho de que un periódico ruso publicado en París critique la política rusa durante la guerra, es una cosa «muy desagradable» para el Gobierno ruso. Se comprende. Nuestro pequeño diario ha sido citado en todas partes. El odio de la Embajada contra mí era muy activo. Se han propalado rumores de que el periódico estaba sostenido por... el rey de Prusia. Pero nuestros ataques contra el imperialismo alemán y contra la mayoría socialista eran bastante claros y elocuentes para limpiarnos de toda sospecha.

Pero desde que el Gobierno ruso envió soldados de nuestro país al frente francés, la actitud de la Embajada respecto de los refugiados rusos se hizo más violenta. Ha logrado lo que quería: nuestro periódico ha sido prohibido, y yo he sido entregado a la policía española.

Sería desconocer a la policía rusa suponer que con este resultado se da por satisfecha. No; lo que quiere es que yo caiga en sus manos. No ha podido lograr que la policía francesa, directamente, lo haga, porque hay en Francia ministros socialistas, y hay periodistas rusos que han amenazado con ciertas divulgaciones, etc.

Pero en España sería otra cosa: aquí me hallaría aislado, y la policía española no tendría escrúpulos políticos para no entregarme.

La organización de la policía del Zar es mucho mejor que la de su ejército. Los cónsules rusos gastan cantidades enormes para tener a su servicio policías franceses, ingleses y... de los países que les hagan falta.

Como la policía francesa ha querido entregarme a la policía española, puede ser que ésta tenga ahora el propósito de entregarme, directa o indirectamente, a la policía del zar.

Me quieren poner en la frontera. Pero la frontera de tierra está excluida, porque es Francia de donde me han arrojado. Queda la frontera marítima, y si me obligan a embarcar, hay que tener presente que en el Mediterráneo, como en el Atlántico, hay barcos de guerra rusos, que pueden detener al que me transporte, pueden entonces detenerme a mí y lograr de esa manera sus propósitos.»

¡CUIDADO!

Hasta aquí las palabras del compañero Trotzky. El último párrafo produce angustia. Hemos de insistir en lo que ya hemos dicho: es vergonzoso, es odioso que un individuo sin antecedentes que le señalen como peligroso pueda ser detenido tan arbitrariamente como la policía madrileña ha detenido a León Trotzky; lo encarcele, y lo mande a la punta de Europa, a Cádiz. ¿Con qué fines? Si es con el propósito de embarcarle, y que en alta mar le aprese un barco ruso, conste que estamos sobre aviso y sabremos atraer la atención pública sobre tan indigna maniobra.

No debe olvidar el Gobierno que por encima de los deseos perversos de la policía rusa está, en España, el respeto a la ley y a la personalidad humana.

El Socialista, 18 de noviembre de 1916

AYER, EN LAS CORTES

Preguntas interesantes de Roberto Castrovido

Lo son las que reproducimos a continuación:

EL CASO LEÓN TROTZKY

«Hecha esta pregunta al Gobierno sobre las causas que motivaron la clausura de estas Exposiciones, que censuro que fueran cerradas, voy también a hacerle otra pregunta relativa a la detención realizada en Madrid de un ruso, cuyo nombre no recuerdo. Este ruso, socialista, había sido expulsado de Francia, porque en Francia defendía la paz; era un socialista pacifista. Vino a España, y aquí fue detenido. ¿Por qué? Esta es una de mis preguntas. Los socialistas, portándose admirablemente con este correligionario suyo, partidario de la paz a todo trance, enemigo de la guerra actual y de los países aliados y de sus adversarios por sostener la contienda; los socialistas, digo, demostrando su admirable espíritu de justicia, visitaron al señor presidente del Consejo para protestar contra una detención que estimaron arbitraria, como la estimo yo también; y el señor presidente del Consejo hizo gestiones que produjeron la libertad del detenido. Pero después, tampoco sé por qué y esta es otra pregunta, volvió a ser detenido, fue enviado a Cádiz, y en Cádiz no sé si ha sido puesto o no en libertad o si se le ha enviado a Cuba. (El Sr. Domingo: Se le ha enviado a Cuba.) Pues si se le ha enviado a Cuba, ese destierro me parece una injusticia. Todo esto tiene un sabor de tiranía, afrentoso para el partido liberal; todo esto demuestra que en España son todavía delitos las manifestaciones del pensamiento; todo esto es verdaderamente inicuo, injusto; sumamente deplorable; constituye un padrón ignominioso para el partido liberal, que lo ha dispuesto o que lo tolera, y para todos los demás, si quedara impune este verdadero crimen legal.»

Hacemos nuestras las declaraciones del diputado republicano.

Aun hay tiempo de impedir que la injusticia se realice.

Hemos recibido noticias de correligionarios nuestros de Cádiz. Nos comunican que León Trotzky ha sido autorizado para permanecer en aquella población hasta fin de mes. Se le concede este tiempo para que pueda reunirse con su familia y trasladarse a los Estados Unidos, que es adonde desea ir, si la ilegal, injusta y bárbara disposición de expulsión se mantuviese.

Como no hay motivo alguno que autorice a ejecutar la disposición tomada contra el camarada Trotzky, el Comité nacional de nuestro partido, nuevamente se ha dirigido al presidente del Consejo de ministros, para reclamar sea revocada la orden de expulsión.

Por respeto a las leyes de nuestro país, y en bien del decoro nacional, deben ser atendidos los deseos de nuestro Comité nacional.

La Acción, 14 de noviembre de 1916

EL RUSO SOSPECHOSO

León Trotzky protesta

Un telegrama y unos antecedentes

Recibimos hoy el siguiente telegrama:

«Acción. Apartado 515. — Córdoba (enlace), 13-11,20.

Protesto categóricamente contra vuestras afirmaciones difamatorias. Enviaré rectificación de Cádiz. — León Trotsky.»

El firmante es el detenido ruso de que hablamos en nuestro número del sábado.

Decíamos en aquella información que, teniendo noticias la Dirección de Seguridad de que se hallaba en Madrid un agitador ruso llamado León Trotzky, la brigada especial de anarquismo lo había detenido en la calle de Preciados.

Añadíamos que algunos conocidos agitadores madrileños habían visitado inmediatamente al presidente del Consejo para recabar la libertad del sospechoso.

En libertad

Los hechos están diciendo que nuestra información era exacta, y el telegrama de León Trotzky, protestando de no sabemos qué difamaciones, desde el momento en que es verdad que estuvo detenido, no viene a revelar la noticia, no facilitada en parte alguna, de que los visitantes del conde de Romanones han conseguido que se le ponga en libertad.

Pero ahora, preguntamos: Si Trotzky no era un individuo sospechoso, ¿por qué se le ha obligado a salir inmediatamente de Madrid?

¿Es que ha marchado a Cádiz por su voluntad? No.

En la estación del Mediodía nos hemos enterado de que León Trotzky va vigilado por dos agentes.

¿Por qué se le lleva a Cádiz? ¿Se le va a dejar allí? ¿Se le va a repatriar? 

Si fuera persona sobre la que no recayeran sospechas, se le hubiera dejado en Madrid o donde a él le diera la gana de estar. 

Cuando nosotros dimos la noticia de su detención y de las gestiones para su libertad es porque teníamos motivos para saber que la noticia era exacta. 

El mismo León Trotsky lo confirma al telegrafiarnos en el enlace de Córdoba, de paso para Cádiz. 

Si el haberlo detenido es un acto de difamación, allá la Policía. 

Nosotros hemos cumplido nuestro deber de informadores y no queremos hoy cumplir el de críticos, porque la conducta del conde de Romanones, cediendo a las presiones que anunciamos, se presta a muchos comentarios y a la deducción de que, siguiendo por este camino, llegará el momento en que ni la misma Policía se preocupará de los temores convulsivos que de pronto asaltan al señor presidente del Consejo.

La Acción, 15 de noviembre de 1916

EL CASO LEÓN TROTZKY

PARA TERMINAR

La detención del súbdito ruso León Trotzky, de que dimos noticia, tuvo la consecuencia de nuestro suelto de anoche, en el cual recogíamos el telegrama que dicho individuo nos dirige desde Córdoba, a su paso para Cádiz, adonde ha sido conducido por dos agentes de Policía.

Nosotros respetamos los derechos de todos los ciudadanos nacionales y extranjeros, y en este caso no hemos faltado a ese criterio, pues no hemos dicho de León Trotzky sino lo que nos constaba ser cierto y lo que sabíamos no podría sufrir rectificación.

No insistiríamos sobre, el asunto si «El Socialista» no viniera a corroborar las sospechas que teníamos sobre el misterioso sujeto ruso. Dicho periódico publica anteanoche unas declaraciones de Trotzky, de las cuales entresacamos los siguientes párrafos:

«La Policía francesa (nótese que digo la Policía y no me refiero al Gobierno francés, que acaso sea extraño a esto) ha querido expulsarme de Francia y echarme precisamente a España, haciendo lo imposible para que no pudiera entrar en Suiza.

Los dos inspectores que me condujeron a España me dijeron, sin haberles preguntado nada: «Puede usted estar tranquilo, que no le entregaremos a la Policía española.» A lo cual no pude menos de responder: «¡Ya! Porque tienen ustedes la seguridad de que ella me encontrará en seguida.» Tenía yo sospechas de que luego hablaré.

Ahora me hallo detenido en Madrid.

Se me detuvo «por adelantado», basándose en las informaciones enviadas por la Policía francesa, por la que se propuso a toda costa que yo cayera en manos de la Policía española.

La iniciativa de todas estas persecuciones contra mí pertenece a la Embajada rusa en París. El odio de la Embajada contra mi era muy activo. Se han propalado rumores de que el periódico estaba sostenido por... el Rey de Prusia. Pero nuestros ataques contra el imperialismo alemán y contra la mayoría socialista eran bastante claros y elocuentes para limpiarnos de toda sospecha.

Pero desde que el Gobierno ruso envió soldados de nuestro país al frente francés, la actitud de la Embajada respecto de los refugiados rusos se hizo más violenta. Ha logrado lo que quería: nuestro periódico ha sido prohibido, y yo he sido entregado a la Policía española.

Sería desconocer a la Policía rusa suponer que con este resultado se da por satisfecha. No; lo que quiere es que yo caiga en sus manos.

La organización de la Policía del Zar es mucho mejor que la de su Ejército. Los cónsules rusos gastan cantidades enormes para tener a su servicio policías franceses, ingleses y... de los países que les hagan falta.

Me quieren poner en la frontera. Pero la frontera de tierra está excluida, porque es Francia de donde me han arrojado.

Me quieren poner en la frontera. Pero la frontera de tierra está excluida, porque es Francia de donde me han arrojado. Queda la frontera marítima, y si me obligan a embarcar, hay que tener presente que en el Mediterráneo, como en el Atlántico, hay barcos de guerra rusos, que pueden detener al que me transporte; pueden entonces detenerme a mí y lograr de esa manera sus propósitos.

Estas manifestaciones de León Trotsky son la mejor confirmación de que nosotros no hemos juzgado ligeramente a ese individuo. Nos limitamos, al dar la noticia de su detención, a consignar nuestros recelos sobre el hecho de que anduviera libremente por España un sujeto expulsado de Rusia, de Francia, naciones que son —según nuestros elementos radicales— templos de todas las libertades y aras de todos los derechos del hombre.

Hoy, esas palabras de Trotsky nos afirman en nuestra opinión. No tenemos por qué indagar quién es ese individuo, ni nos metemos a juzgarle. Mucho menos hemos de echar cargos sobre él. Lo que decimos, insistiendo en lo ya dicho, es que no hay razón que abone la permanencia libre en España de sujetos expulsados de otros países y a los cuales en los otros países se les niegan los derechos que tienen los demás ciudadanos.

Y queda terminado este incidente.

La Acción, 16 de noviembre de 1916

León Trotzky

Cádiz, 16 (2 m.). Ha llegado el agitador ruso León Trotzky, que se hospeda en la fonda La Perla Cubana.

Nuestra palabra, 22 de marzo de 1919

TROTZKY EN ESPANA

Ei 4 de noviembre de 1916 Merrheim, secretario de la federación Metalúrgica francesa, nos participó a los internacionalistas madrileños la próxima llegada de Bronstein Trotzky, y a la vez, Longuet escribía a los mismos:

«El camarada Trotzky es un militante excelente, quien desempeñó un papel considerable en la Revolución rusa de 1905 y es en la actualidad víctima de persecuciones indignas por parte de nuestros Gobiernos; supongo que no le ocurrirá lo mismo en España, y deseo que ustedes le ayuden cuanto puedan.

Merrheim nos decía que respondía de Trotzky como de sí mismo, por haber formado parte con él de la Directiva del Comité para la Reanudación de las Relaciones Internacionales.

Unos días más tarde Trotzky nos remitió su tarjeta de visita redactada así: 

LEON TROTZKY

Envoyé spécial du journal

«Kiewskaïa Mysl»

Petrograd — Kiew

Nos indicaba que se encontraba en ésta, calle de la Victoria, en la casa de huéspedes llamada «Nuevo Hotel de Francia», a donde acudimos, encontrándonos con ese compañero, alto, fornido, con bigote y perilla; el cabello, abundante; los ojos de mirada brillante y algo dura. Usaba gafas. 

Trotzky, en aquella fecha, estaba bajo una mala impresión y resentido porque le habían expulsado de Francia a España en lugar de mandarle a Suiza, según se lo habían prometido, pues en aquella República hubiera estado más en contacto con el movimiento europeo, y especialmente, con el ruso —hay que recordar que esto pasaba antes de la caída del zarismo—, y su preocupación era saber si aquí podría servir a la causa internacionalista, y disponer de colaboraciones y elementos para publicar por mandato de los compañeros rusos, franceses e ingleses un periódico semanal titulado La Internacional, en sustitución de la Nacha Slovo (Nuestra Palabra). cuya publicación había sido la eausa de su expulsión de Francia.

Dos días duró la ilusión de Trotzky de que había llegado a un país de libertad relativa.

Gobernaba entonces como ahora el ilustre presidente del Ateneo, de los «intelectuales», señor conde de Romanones, y éste le puso en la Cárcel Modelo el 10 de noviembre, diciendo los motivos de ello en la Prensa, por un comunicado casi oficial que se publicó en La Acción, cuyo origen el mismo Trotzky explica así:

«La base de las afirmaciones del comunicado de Romanones es el telegrama mandado por la policía francesa a la española, que dice: El terrorista peligroso León Trotzky ha pasado la frontera por San Sebastián, siguiendo para Madrid.

Es una infamia denunciarme como terrorista. Si es cierto, se deben concretar los atentados en que he tomado parte. Si dicen que entra en mis teorías, deben indicar los escritos en que haya defendido la tesis terrorista.»

Dos días después los esfuerzos de los compañeros del Comité Nacional y de El Socialista, especialmente de Anguiano y del Sr. Castrovido, lograron que Trotzky saliera de la Cárcel Modelo, pero estrechamente vigilado por policías y con la obligación de salir por la misma noche para Cádiz, de donde pretendían embarcarle en el primer buque para Cuba; y al llegar a aquel puerto gaditano Trotzky nos mandó sus impresiones en la forma siguiente:

«Queridos amigos: Al llegar a la estación de Cádiz he encontrado a los dos compañeros a quienes se habían servido avisar y ha sido para mí un gran alivio en esta población completamente desconocida en que acabo de entrar con mis dos policías. Mil gracias a ustedes y a Anguiano. Dentro de media hora iré a presentarme al gobernador de Cádiz en compañía de mi policía local, que está muy cortés, ocupando su tiempo en cepillarme el sombrero. En suma; esto es una opereta, pero muy estúpida.»

GABIER

España, 7 de febrero de 1920

BRONSTEIN (Lev, Davidof), llamado «Nicolás Trotzki», «Trotszki», «Tanovsky», es el hijo de un colono del gobierno de Kherson en los alrededores de Blisabethgrad. De religión israelita. Nacido en 1877.

En 1898 fue inculpado por primera vez en una instrucción judicial contra el «Sindicato obrero del Sud de Rusia». En 10 de Octubre de 1899 se le sentencia a cuatro años de destierro en Siberia. Se establece en la ciudad de Verkholensk, pero no tarda en evadirse. En 1905, después de la detención de Khrustalev, reemplaza a este último en calidad de presidente del Soviet de obreros de Petrogrado. Inculpado en la persecución contra esta Sociedad, fue condenado en 13 de Octubre de 1906 a la privación de los derechos civiles y enviado en destierro a la ciudad de Berezow, en el gobierno de Tobolsk, de donde se fugó el 20 de Febrero de 1907. A partir de esta fecha vivió en Viena, después en París, de donde se le expulsó durante la guerra como propagandista pacifista (1). 

(1) De París viene a España. Sufre gran miseria. En Bilbao se ve obligado a dormir en los bancos de una plaza pública. Se le detiene en la Cárcel Modelo, de Madrid. Una tarde visita la Redacción de ESPAÑA. Finalmente embarca en Cádiz para los Estados Unidos: el pasaporte se lo ha suministrado uno de los cónsules de los Imperios centrales en Bilbao, con ayuda de un conspicuo maurista bilbaíno; es un pasaporte falso, extendido a nombre de un soldado español. El bolchevismo debe al maurismo bastante más de lo que a primera vista parece... (N. de la R.)

De París pasa a América, es internado en el Canadá durante algún tiempo y regresa finalmente a Rusia por Inglaterra, después de la revolución.

Como hombre, contrasta violentamente con Lenin. Alto, esbelto, de ojos inteligentes y claros, nariz aguileña, proyectada sobre una boca ancha y sensual, frondosa cabellera negra y revuelta, corta barba mefistofélica y mejillas afeitadas, Trotzki, convencido de su importancia, desordenadamente activo, pero al mismo tiempo sobrado de inteligencia, es un excelente comediante. Cuando el 5 de Diciembre del año 1917 (a. s.) visita al embajador de Francia, M. Noulens, se muestra hábil e insinuante y en un momento, llevado por el curso de la conversación a hablar de Francia y de la admiración que en él despierta el papel de esta nación en la historia de la humanidad, Trotzki llora emocionado. Tres días más tarde, el 8 de Diciembre, en una gran reunión popular anunciaba al pueblo de Petrogrado, con gestos trágicos, su esperanza de que pronto pudiera «oírse al gallo rojo francés proclamar el triunfo de la revolución sobre las ruinas de la Bolsa de París». Tales son el hombre y el tono. Orador de talento y de energía, espíritu agudo y mal intencionado, pero conocedor de los procedimientos para acercarse a las multitudes. Desprecia todo método en el razonamiento y busca y sabe encontrar los efectos de brocha gorda.

Los días que Trotsky pasó en una cárcel española, ABC

El revolucionario ruso estuvo recluido en una celda de pago de la Modelo en 1916

«Conozco España; es un hermoso país del que tengo buenos recuerdos», le dijo con voz agradable en francés León Trotsky a la intrépida Sofía Casanova el día en que la corresponsal de ABC se adentró «en el antro de las fieras» de San Petersburgo. La periodista se había presentado en el Instituto Smolny, convertido en cuartel general bolchevique, y había pedido hablar con el comisario León Davidovich Trotsky, por entonces ministro de Negocios Extranjeros y «el más interesante de los compañeros de Lenin».

Quizá porque era española, Trotsky la recibió en su pequeño gabinete de sobrio mobiliario. Debió de recordar sus andanzas en nuestro país en noviembre de 1916, meses antes de que estallara la Revolución de Octubre. El creador del Ejército Rojo le contó a Casanova que había conocido Madrid, Barcelona y Valencia y que su amigo Pablo Iglesias estaba por entonces en un sanatorio. «Sentí dejar España», le aseguró, aunque «la Policía "comme de raison" me trató mal», apostilló.

El 30 de octubre, en pleno desarrollo de la Primera Guerra Mundial, había sido expulsado de Francia por hacer propaganda pacifista y había cruzado la frontera española en Irún con el propósito de «permanecer oculto en España hasta que se presentase ocasión de poder instalarse en otro país europeo o de continuar viaje a América en alguno de los buques que partían de puerto peninsular», según relató Francisco Rodríguez Batllori. Aunque el propio Trotsky narró tiempo después sus peripecias en España, este escritor creía en 1970 que su estancia no había sido suficientemente divulgada en sus curiosos detalles y se dispuso a recordarlos en este periódico.

Explicó, por ejemplo, que el trayecto de París a Irún lo hizo «rigurosamente vigilado por agentes de la Policía francesa, cuya benévola indulgencia trató de conquistarse hablándoles animadamente de Pascal y Descartes, de Ibsen y Tolstoi».

Una vez en tierra española, tomó un tranvía hasta San Sebastián procurando darse aires de turista para no despertar sospechas de la Policía española, «extremadamente sagaz y recelosa». Trotsky curioseó durante unas horas por calles y plazas de la ciudad donostiarra mientras esperaba a tomar el tren que le conduciría hasta Madrid. Allí se instaló en un modesto hotel, esperando pasar desapercibido. Como desconocía nuestro idioma, intentaba desentrañar las noticias que contaba la Prensa sobre la contienda europea, ayudado por un diccionario.

Trotsky, en la época en que organizaba el Ejército Rojo

Había dirigido cartas a sus correligionarios de Italia y Suiza con la esperanza de ser admitido en estos países y aguardaba inútilmente respuesta con paciencia, pero también con nerviosismo. Para mitigar su soledad y aburrimiento, pasó horas en el Museo del Prado admirando sus obras de arte. Frente a un famoso lienzo, anotó en su libreta: «Entre nuestra época y estos artistas antiguos vino a interponerse antes de la guerra, sin eliminar ni empequeñecer lo viejo, el arte nuevo, más íntimo, más individual, más matizado, más sugestivo, más movido... No es fácil que retornemos a las formas antiguas, a esas formas de belleza, anatómica y botánicamente perfectas, a las caderas de un Rubens (si bien las caderas tendrán probablemente gran predicamento en el nuevo arte de la posguerra, ansioso de vida)».

Desde París, pusieron a Trotsky en contacto con un socialista francés apellidado Gabier, que se encontraba en esas fechas en Madrid. Sus entrevistas secretas posteriores con otros personajes significados políticamente pusieron a la Policía española sobre su pista. «Una mañana recibió la visita de dos agentes con orden de conducirlo a la Dirección de Seguridad, donde le señalaron un plazo para abandonar nuestro país, cuya frontera había cruzado ilegalmente», continuó contando Fernández Batllori. El agitador ruso, considerado peligroso por la Policía española, quedó, entretanto, recluido en la cárcel Modelo.

En celda de pago de primera clase

Trotsky había sido «huésped» de muchas cárceles europeas, pero no conocía ninguna como la prisión madrileña. «En la cárcel -escribió tiempo después- había celdas gratis y celdas de pago. Una celda de primera costaba peseta y media, y siendo de segunda, setenta y cinco céntimos al día. El preso tenía opción a una habitación alquilada; pero no se le reconocía derecho a rechazar la que la daban gratis. Mi celda era una de las primera clase, de las caras...». El instigador de la revolución proletaria «no desdeñaba los cómodos y odiosos hábitos burgueses», apuntaba Fernández Batllori.

La revista gráfica «La Estampa» publicó en 1931 el expediente procesal «del que dijo llamarse León Trotsky», su ficha, con su edad equivocada (tenía 37 años, no 42 como indica), y sus huellas dactilares. Ingresó el 9 de noviembre de 1916. El propio Trotsky describió en su libro «Mis peripecias en España» su resistencia cuando lo fueron a fichar en la cárcel: «Mi invitaron -dijo- a embadurnar los dedos en la pasta tipográfica, con objeto de imprimirlos en las fichas. Protesté.

Trotsky durante las negociaciones del Tratado de Brest- Litovsk en marzo de 1918.

-Es obligatorio -repetía con asombro el empleado encargado del Gabinete antropométrico-. Todo el que pasa por nuestra Cárcel es sometido a dactiloscopia.

-Pero yo protesto precisamente de que me hayan obligado a pasar por la Cárcel.

-Nosotros no tenemos la culpa de ello.

-Pero yo no puedo protestar ante nadie más.

-Nos veremos obligados a emplear la fuerza.

-¡Como quieran! El vigilante puede embadurnarme los dedos e imprimirlos; yo, personalmente, no moveré ni un dedo.

Así fue. Yo miraba por la ventana, y el celador me ensució amablemente los dedos, primero los de la mano derecha, después los de la izquierda, y los imprimió diez veces en toda clase de fichas y hojas».

En el calabozo madrileño, Trotski fue entrevistado por el Caballero Audaz, que le vio parecido con Pío Baroja. «La ficha está plagada de errores –se quejaba el revolucionario ruso–. Pone que soy cosaco, labrador, vagabundo y cuatrero. Procedo de una familia israelita ¡y no he montado en mi vida a caballo! Mi pasaporte está extendido a mi verdadero nombre, León Davidovich Bronstein. León Trotsky es mi seudónimo, como el de usted es Caballero Audaz. No tengo culpa de que la policía ignore esto».

Tres días después recibió orden de partir hacia Cádiz. Las autoridades españolas pretendían embarcarle en un trasatlántico con destino a La Habana, pero a Trotsky no le agradó esta decisión. Consideraba que le expulsaban del país como un criminal. Además, quería instalarse en Norteamérica. Así lo manifestó a la Policía y al gobernador civil de Cádiz y cursó diversos telegramas a la Dirección de Seguridad, al ministro de Gobernación y al presidente del Consejo de Ministros. Finalmente, se le concedió aguardar hasta la salida del primer barco que partiera a Nueva York. Según Batllori, «permaneció varias semanas en la capital andaluza, donde un vendedor ambulante de mariscos, tomándole por un frívolo turista, le exigió la fabulosa suma de 'sincuenta séntimos' por una docena de camarones, bajo la mirada taladrante del policía que, a cierta distancia, observaba el picaresco lance».

El comisario superior del Ejército Rojo, Trotsky, presenciando desde el mausoleo de Lenin en 1924 el desfile de las fuerzas militares que tomaron parte en la fiesta

De Cádiz partió Trotsky hacia Barcelona, en cuyo puerto embarcó rumbo a Norteamérica en el vapor «Montserrat» junto con su familia, que había llegado de Francia. Tras hacer escala en Valencia, Málaga y Cádiz, el barco llegó a la bahía de Nueva York en enero de 1917. El creador del Ejército Rojo apenas permaneció seis meses en Estados Unidos porque el triunfo de la revolución bolchevique le abrió de nuevo las fronteras de su país. Años después, recordaba Batllori, volvería a América, pero de ese viaje nunca regresaría.

Trotski pasea por la calle Ancha, Diario de Cádiz

El revolucionario ruso estuvo confinado en Cádiz durante 37 días hará en noviembre cien años La Biblioteca Provincial conserva las 20 papeletas que rellenó para solicitar los ocho libros que consultaba

Y observa. Y toma nota. Ese extranjero que pasea por las calles de Cádiz escribe sus impresiones acerca de la ciudad en la que ha sido confinado por el Gobierno español. Sentado en un café, hace un poco de estadística social: en media hora, dice, unos chicos le han ofrecido doce veces el periódico; cuatro hombres le asedian con lotería; tres pordioseros le piden limosna; tres vendedores ambulantes quieren que compre cangrejos cocidos; otros dos, unos dulces "misteriosos"; si los numerosos limpiabotas no se le acercan es porque uno ya estaba lustrándole los zapatos en cuanto pisó el local.

Transcurre el otoño de 1916. La Gran Guerra que desangra Europa dura ya dos años. Cádiz, como otras poblaciones de la neutral España, afronta una crisis que solivianta al personal: los comestibles, los productos básicos de la cesta de la compra, marcan precios inalcanzables para muchos. El problema de las subsistencias, le llaman, está presente a diario en la prensa local. Ese paseante observador que describe cómo se busca la vida el pueblo es Leon Trotski. Faltan unos meses para que comiencen los acontecimientos que lo situarán en la Historia. Vigilado muy de cerca por policías, llega a Cádiz el 14 de noviembre de 1916 y permanece en la ciudad poco más de un mes. Están a punto de cumplirse cien años de esa estancia.

Trotski procedía de Madrid, ciudad a la que llegó tras ser expulsado de Francia por editar un periódico que hacía campaña contra la guerra. En Madrid lo habían detenido y encarcelado y luego enviado a Cádiz. Un día antes de su llegada, Diario de Cádiz lo explicó en cinco líneas: Broustein Trotzoi, dice la noticia, es un peligroso anarquista ruso que está en prisión; varios ácratas españoles gestionan con Romanones (que preside el Gobierno) la libertad de ese detenido, que ha sido expulsado de varios países por realizar propaganda pacifista. Así lo veían: un peligroso pacifista.

A salvo de un repaso más minucioso, un recorrido por las páginas de Diario de Cádiz en todos esos días que Trotski pasó en la ciudad sólo aporta otra noticia que lo nombra. Es un breve, en la edición de la tarde del 15 de noviembre. Romanones cede a las presiones, excarcela al revolucionario ruso y lo envía al Sur. "Dicho individuo ha llegado ayer a Cádiz, acompañado y vigilado por dos agentes de la policía. En esta capital se encuentra en libertad, hospedado en una fonda, y la policía lo vigila, según rumores".

Trotski escribió sobre esa estancia en España. Mis peripecias en España, se titula el libro en el que relata cómo en Cádiz se hospedó en la fonda La Cubana o Cuba. Días después, tras recibir dinero que alguien le envió desde Madrid, se trasladó al hotel Roma, uno de los mejores de la ciudad. No era el que con ese mismo nombre hubo después junto al actual palacio de la Diputación. El hotel Roma que acogió a Trotski se encontraba en el número 11 de la calle Buenos Aires. Pocos años antes, su dueña, Araceli Zalabardo, explicaba en Diario de Cádiz las reformas que había afrontado para alojar a 60 de los invitados oficiales que acudieron a la ciudad a celebrar el centenario de la Constitución de 1812.

El Gobierno no envió a Trotski a Cádiz para que se quedase allí disfrutando de la brisa suave que pone nerviosas a las palmeras, del mar opaco, del crepúsculo plomizo que cae sobre las casas blancas con techos planos. "¡Una ciudad mora!", escribe después, cuando pasea por las tardes, cuando ha logrado evitar que lo metan, nada más llegar, en el primer barco que lo lleve bien lejos.

El gobernador intentó que Trotski embarcase en el vapor Antonio López, rumbo a La Habana. En ese barco viajaban el marqués de Prado Ameno, el opulento banquero Emeterio Zorrilla y El Camisero, antiguo matador de toros, se lee en Diario de Cádiz. Pero muchos de los 350 pasajeros, anota el periódico, eran trabajadores que iban a Cuba, "hacia donde aumenta la emigración española porque allí hay mucho trabajo y se pagan jornales crecidos". Trotski remitió telegramas a Madrid, pidió ayuda y consiguió quedarse en tierra.

Es entonces cuando durante unas semanas, mientras planea cómo salir de España y hacia dónde, pasea por la ciudad, va al cine y al nuevo Gran Teatro, acude a los cafés y se convierte en asiduo visitante de la Biblioteca Provincial. Trotski descubre en esas jornadas el reflejo de un país sumido en la crisis. "Calles mal cuidadas", escribe. "Olores de España (aceite, comidas picantes), balcones, ancianos dormitando en los bancos, gran número de barberos y limpiabotas, mujeres en el umbral de la puerta, mujeres en los balcones, soldados, guitarras, juego de dominó en los talleres, mucha pobretería indolente -aplastada por el calor- muchos colores, mucho ruido. He recorrido -¡solo! [sin el policía que siempre lo acompaña]- el barrio antiguo de la ciudad, con calles estrechas, con un olor que os persigue por todas partes, de aceite, vino, ajo y pobreza humana".

Dos días antes de que Trotski llegue a Cádiz, las sociedades obreras han celebrado un mitin en el teatro del Parque Genovés "para tratar de la carestía y del problema de las subsistencias", explica Diario de Cádiz, que dedica un amplio espacio a la noticia. Un asistente ha leído una carta del doctor Gómez Plana. No están ustedes solos, les dice el médico republicano. En este "pavoroso problema del hambre" les acompaña la mayor parte de la sociedad. Es un problema, añade, sostenido por "la codicia" y por quienes "no tienen más Dios que su bolsa, más patria que su egoísmo, ni más sentido de la humanidad que la magnitud de sus negocios".

La situación es verdaderamente difícil. El corresponsal del periódico en San Fernando escribe que allí se ha llegado a tal extremo en la carestía de los artículos de primera necesidad, que "se hace imposible la vida, muy principalmente a las clases media y obrera". Pone un ejemplo: el par de huevos se cotiza a 60 y 70 céntimos. "Han tenido que suprimirlos de su alimentación no pocas familias", anota. Y a continuación, un lamento que es también un diagnóstico certero: "Aquí nadie se preocupa de esta anormalidad para ponerle coto".

Trotski no es ajeno a esa penuria y la describe. No le pasa inadvertida cuando recorre las calles de la ciudad. Menciona también los negocios turbios, grandes y pequeños, que se hacen a la sombra de la guerra. Y en la calle Ancha, entonces del Duque de Tetuán, le llaman la atención muchos establecimientos "un tanto extraños". Ve en ellos sólidos muebles tapizados de cuero, mesitas con periódicos, mesas con tapete verde... Los círculos recreativos y casinos le parecen "distinguidos garitos de juego". Trotski ve las señas de una sociedad desigual. Pero eso sí: él vive en Cádiz al margen de las carencias. Se aloja en la zona confortable.

El 20 de noviembre, lunes, Trotski visita por primera vez la Biblioteca Provincial. La encuentra, escribe, en "un viejo edificio de fríos y mohosos escalones, entarimados, deslustrados y sin sol ni lectores". Han pasado seis días desde que arribó a Cádiz, ha esquivado el barco en el que el Gobierno quería expulsarlo y dispone de tiempo hasta encontrar una salida que le convenga. La biblioteca conserva las 20 papeletas que Trotski usó para solicitar los ocho libros que consultó. Ahí está, cien años después, su letra de trazos certeros que cumple una de las condiciones para demandar obras, expuestas al dorso de la papeleta: que los claros los rellene el lector y los suscriba con su firma en caracteres legibles.

El primer día, Trotski pide los tres tomos de Tableau de l'Espagne Moderne, un libro de viajes por tierras españolas escrito por el diplomático francés Jean-François Bourgoing. Parece una señal que envía la Historia, un mensaje que hoy quiere recordarnos algo sobre este país. Ese libro fue publicado en París en 1807 y obtuvo un gran éxito: fue traducido a la mayor parte de los idiomas europeos pero en España fue prohibido por la Inquisición. En los años 40, un intelectual franquista lo tradujo de manera sesgada: masacró la obra original, eliminó las referencias negativas a la Iglesia y las críticas a la monarquía absolutista y al mal reparto de tierras en Andalucía. El libro no fue traducido completo al castellano hasta hace cuatro años, cuando lo editó el profesor de la Universidad de Alicante Emilio Soler.

"La historia de la biblioteca", escribe Trotski, "parece que terminó con el primer cuarto del siglo pasado. El número de los libros más recientes es insignificante. No hay casi nada de los últimos diez o veinte años, excepción hecha del Boletín Oficial de Estadística; y éste no está completo. En cambio, hay bastantes infolios antiguos". Como si adivinase lo que deparaban muchos años venideros, añade: "En la biblioteca reina el silencio. Casi no llega el rumor del exterior a través de los espesos muros del edificio. El reloj está parado. ¿Desde cuándo? ¿Se habrá detenido a mediados del siglo pasado?".

Trotski acude doce días a la biblioteca. El 24 de noviembre pide Amores y galanterías de los reyes de Francia (1830), de Edme Théodore Bourg, conocido como Saint-Edme. Los días 27, 28 y 30 de noviembre y 1, 4 y 5 de diciembre solicita Historia de la revolución de España y Portugal (1829), de Andreas Daniel Berthold von Schepeler. El 5 de diciembre, Curso de historia moderna (1843), de François Guizot. Los días 6, 9, 11 y 12 de ese mes, Historia de la Revolución 1820-24 (autor: "inconu"). El día 7 pide el único libro en español que consulta: los tomos I y II de España. Sus monumentos y artes. Su naturaleza e historia (1886), de José María Quadrado y Vicente de la Fuente. Los días 12, 13, 14 y 16 solicita De la libertad de los mares y el comercio (1818), de Gilibert de Merlhiac. Y el 18 de diciembre, Memorias políticas y correspondencia diplomática (1858), de Joseph de Maistre.

Cuando Cádiz se prepara para la Navidad, Trotski prepara su partida. Se emplea a fondo unos días con telegramas y llamadas, mueve hilos en Madrid para que le permitan viajar a Barcelona y embarcar allí hacia Nueva York. No deja por ello de anotar lo que observa en la ciudad: "Tentadores escaparates en las tiendas, al lado de cuyas puertas se instalan los limpiabotas descalzos. Los campesinos llegan de todas partes con sus jumentos cargados de pavos cebados".

Los pavos se los comerán unos pocos privilegiados. El problema de las subsistencias persiste de tal manera que al reporter de Diario de Cádiz le han rogado "personas de las clases medias y más modestas en el vivir" que se dé un paseo por la plaza y que cuente en el periódico a qué precios se venden los artículos de primera necesidad. El periodista les hace caso y relata lo que ha visto: que por un par de huevos le piden tres reales; que las verduras todas, hasta las patatas y los tomates, tienen un precio "elevadísimo". "La vida en Cádiz se hace cada día más imposible", escribe. Las mujeres que van a la compra ("sirvientas principalmente") se retiran con las cestas vacías y dicen: "¿Qué hago yo con este duro? Pues nada... Se lo devolveré a la señorita".

El 19 de noviembre de 1914, Trotsky cruzó la frontera francesa como corresponsal de guerra del periódico Kievskaya Mysl. Posteriormente, resumió sus primeras impresiones de la situación que encontró en París en varios textos: primero, en 1917, en una serie de artículos extraídos de un cuaderno y publicados en el periódico ruso emigrado Novyi Mir. Estos artículos fueron posteriormente reimpresos por Trotsky, con algunas adiciones, en La guerra y la revolución (1922). Finalmente, Trotsky incluyó un breve relato de su llegada a París en su autobiografía de finales de la década de 1920, Mi vida.

Estas fuentes resultan interesantes al compararlas, ya que Trotsky tomó algunas secciones de los textos de 1917 y 1922 y las incluyó sin modificaciones en su autobiografía. Otras partes fueron modificadas u omitidas por completo.

Se puede ilustrar este proceso con el ejemplo de las explicaciones de Trotsky sobre por qué aceptó la oferta de trabajo de Kievskaya Mysl. En Guerra y Revolución escribió: «Acepté la oferta de Kievskaya Mysl con mucho gusto porque me daba la posibilidad de conocer mejor la vida política francesa en esa época crítica». Más tarde, en Mi vida, Trotsky cambió el relato de su motivación a una «oportunidad de acercarme a la guerra».





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