jueves, 28 de julio de 2016

La fábrica de luz de Villacelama


Allá por finales del 1896, Catalina Cañón y Nemesio Llorente de Villamoros de Mansilla compraron el molino de Villacelama a sus antiguos dueños que heredaron de unos vasallos a los que había cedido el Almirante de Castilla todas las instalaciones; teniendo que arreglar varias infraestructuras y trabajando de lo lindo para sacar adelante la empresa agro-industrial.


Ya en 1926 hay referencias de los boletines para cruzar ríos y carreteras que la fábrica de Villacelama pedía para instalar líneas de corriente eléctrica  para los pueblos. Al principio la luz era a 125 voltios y las buenas gentes tenían una bombilla de unas 15 bujías para toda la casa.

No  hace falta imaginarse el duro trabajo de crear las líneas con postes cada cuarenta o cincuenta metros, hacer hoyos a barra y cazo de hasta metro y medio de  profundidad; no hace falta imaginarse con las duras heladas, romper la  primera capa de tierra.

Después de colocados los postes, había que poner las líneas con cable de unos tres o cuatro milímetros de cobre; subir a los postes de hasta nueve metros de altura con los trepadores, un útil que ponía en los pies  el electricista… y para arriba; poner los aisladores de loza o cristal; atar bien atados los cables, tensarlos y tener la pericia de si era una zona de mucho viento, no tensarlos demasiado; y poner tirantes a los postes. Todo este trabajo en principio se hacía con carro y caballos, más tarde con furgonetas.

Luego cada pueblo tenía su transformador y de ahí a las casas, iglesias, colegios… poner contadores, aquellos plomos para seguridad. Aquí juega un papel muy importante Joaquín García Lozano, el electricista de la fábrica de Luz de Villacelama, que aún vive y tiene más de noventa años. Siempre ha trabajado en esta empresa familiar desde aprendiz hasta que se jubiló; nadie mejor que Joaquín conocía las líneas y las trampillas técnicas para que no faltara luz a ningún pueblo en aquellos años.