El caso Prévost
El 19 de enero de 1880, al amanecer, Victor Joseph Prévost fue guillotinado en la plaza de la Roquette, en París. Juzgado el 8 de diciembre de 1879, había sido condenado a muerte por dos asesinatos y robos: el de un joyero ambulante, ocurrido pocas semanas antes, y el de una de sus amantes, en 1876. Prévost había trabajado como carnicero y, posteriormente, como miembro de la prestigiosa escolta imperial de los «Cent-gardes», para acabar como agente de policía desde 1869; un hecho que le dejaba muy pocas probabilidades de obtener el indulto del presidente Mac Mahon.
Casi un siglo después de iniciada la Revolución, la pregunta que se podía hacer era si ¿se trataba el cuerpo de los condenados a muerte como cualquier otro, en virtud de los principios de igualdad defendidos por los revolucionarios? Al saldar su deuda en el cadalso, ¿volvía el condenado a ser un ciudadano común, o persistía algún rastro de infamia que justificase un trato particular?
Apenas caída la cuchilla, no había lugar para los preparativos mortuorios: el verdugo, Louis Deibler, empujó el cuerpo sin miramientos hacia el cesto de mimbre situado junto a la guillotina; esta brusquedad se debía a la necesidad de ocultarlo lo más rápido posible a la vista del público y de tapar los chorros de sangre que podían brotar; la cabeza —que solía recogerse por el cabello o las orejas del recipiente donde había caído— también se depositaba allí. El fondo del cesto se había llenado previamente con salvado o serrín para absorber la sangre. El conjunto se introducía en un furgón con destino al cementerio.




