Eliecer Anguiano, al que todos conocían como Elian, dudó dos veces antes de aferrar sus dos manos al pomo de la pesada puerta de castaño y atraerla hacia si, entre un leve rumor de astillas descompuestas, dejando la abertura suficiente como para introducir algo más de medio cuerpo en el interior de este relato. Siendo como era un personaje de ficción, no hubo de hacer gran esfuerzo para abrirla, a pesar de que llevaba más de un siglo cerrada y tenia por ello sus bisagras corroídas por la humedad y el salitre.
En este caso hemos de reconocer que fue el azar y no el lejano parentesco con el lector lo que provocó que él fuese el elegido para traer hasta nuestro tiempo el recuerdo de tantos personajes de carne y hueso atrapados entre las páginas de sus historias en minúscula. Una vez en la estancia miró a su alrededor y afilando el lápiz sobre una pequeña piedra de arenisca del alfeizar de la ventana comenzó a garabatear las primeras cuartillas.
En los angostos valles de la montaña, entre chopos, robles y paleras, el agua cantarina se escurre saltando de piedra en piedra en su eterno viaje hacia el océano. Impulsadas por el inexorable tic tac del tiempo, año tras año y siglo tras siglo, estas frescas humedades lamen cual perro sediento rocas, guijarros y arenas, bañando la corteza terrestre, disolviendo y deshaciendo sus materiales hasta dejar al descubierto los minerales que atesora en sus entrañas. Unas veces se trata del refulgente oro nativo que en forma de pepitas y pajuelas descansa en los remansos a la espera de ser rescatado por las delicadas manos de las sianas. Pero también brotan piedras negras mucho más ligeras y frágiles. Por si fuera poco estas piedras arden y fue su calor el que impulsó la primera revolución industrial, la que se inició en Inglaterra en el siglo XVIII.