El primer asentamiento español en América fue fruto de la necesidad. Cristóbal Colón y su tripulación llevaban más de un mes en las costas caribeñas después de haber atravesado el Atlántico por primera vez. Habían sobrevivido a tormentas y a algún intento de amotinamiento. Era la noche del 25 de diciembre de 1492. El mar estaba en calma, la costa a la vista, la luna brillaba en el horizonte y los botes habían recorrido la zona reconociendo bajos y peñas. La confianza —y el cansancio tras la celebración de la Nochebuena— llevó a todos a la cama, Colón incluido, dejando al mando a un somnoliento grumete que no vio ni oyó que su nave, la Santa María, estaba cerca de una restinga de arena. Encalló suavemente. No pudieron salvarla y con sus restos levantaron el fuerte Navidad. Aquello obligó a cerca de 40 tripulantes a convivir con los indígenas.






