jueves, 7 de enero de 2016

El galeón de Manila


Galeón del Pacífico, galeón de Acapulco, nao de China o galeón de Manila fueron los nombres dados coloquialmente a los barcos que surcaron la ruta transpacífica Acapulco-Manila durante 250 años. Eran construidos en los astilleros de Cavite (ciudad de Filipinas, al SO de la isla Luzón) o en la bahía de Manila, a partir de una estructura muy compleja; las maderas utilizadas “duras y resistentes” provenían de las propias islas.


En 1565, el fraile Andrés de Urdaneta, al frente del galeón San Pedro, hizo posible esta ruta comercial al encontrar la derrota del viaje de regreso desde Manila, en las islas Filipinas, hasta Acapulco, en la costa sur–occidental del virreinato de la Nueva España. La clave en este viaje, llamado “tornaviaje”, fue navegar desde Manila con rumbo noreste hasta los 42 grados de latitud norte, frente a Japón, y desde allí virar al este, para aprovechar la corriente marina del Japón o Kuro Shivo (o corriente negra) y los vientos monzones del verano, y llegar a las costas de América del Norte, a la altura del cabo Mendocino.


La ruta que convirtió a España en principal potencia comercial duró más de dos siglos (de 1565 a 1815) y se gestionaba desde la Casa de la Contratación, primero con sede en Sevilla y a partir de 1717 en Cádiz. Gracias a este trayecto comercial llegaban a españa mercancías exóticas: sederías o las porcelanas de la China que luego decoraban los gabinetes de los palacios de Aranjuez y Madrid, especias moluqueñas, biombos japoneses lacados, canela de Mindanao, arquetas hechas con maderas de profundos y lejanísimos bosques.


Una larga travesía de unos 16.000 kilómetros no estaba exenta de graves peligros. Los hombres permanecían embarcados unos cinco meses de su viaje de ida y unos cuatro meses al regreso, enfrentándose a enfermedades como el escorbuto. No menos graves eran las condiciones climáticas con los tifones asiáticos o las tormentas del Pacífico Norte donde se perdieron muchas naves de la carrera de Filipinas.


El derrotero habitual desde Manila era por los mares interiores de las islas Filipinas, tocando en el último puerto, el de San Jacinto, antes de aventurarse en el océano y después de abastecerse de leña, agua y víveres. Pasando el estrecho de San Bernardino ponían rumbo a las islas Marianas hasta alcanzar los 40º N de latitud. Desde este punto navegaban al Este aprovechando las corrientes favorables hasta llegar a la costa americana. Era el momento de entonar un Te Deum y celebrarlo con una fiesta profana llamada “el tribunal de las señas”, que consistía en que los oficiales y pasajeros eran juzgados por la marinería, se imponían multas a los culpables, siendo las penas saldadas con el pago de dulces y vino. En este punto se completaba todo el aparejo y se giraba a estribor para bajar por la costa de California hasta fondear en Acapulco.


Lo solitario del viaje les hacía ser presas fáciles para los piratas holandeses e ingleses, siendo los más famosos Francis Drake, Thomas Cavendish, William Dampier, Woodes Rogers, George Anson o los holandeses Simón de Cordes, Olivier Van Noort, Joris van Spilbergen.

EL GALEON DE MANILA, MANUEL LOZANO LEYVA , ZETA BOLSILLO, 2007
ISBN 9788496778115






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