Preludio
Es esta que comienzas una historia de tantas, que nos habla de aquellos que hicieron el camino en su afán de ir por lana y el tiempo de algún modo les empujó en su día trasquilados a casa. Pero no solo es eso, pues la diosa Fortuna el vellón que te quita con cuidado lo guarda y el hilo que produce destinado lo tiene a tejer la bufanda que protege del frío a tanto borreguito que ha perdido su lana. O dicho de otro modo: ¿Qué futuro le espera a un pastor que no pueda mirar por sus ovejas? ¿Qué porvenir al lobo recluido en el monte a dieta de acerolas, majuelos y madroños, sin rastro de rebaño, vegano improvisado? Y sin lobo no hay perro, ni collie, ni mastín. Y arrancando de detrás del espejo la pregunta anterior: ¿En busca de que viento balarán los corderos reclamando al pastor?
Pero tienes razón, estas disquisiciones se nos hacen un tanto rebuscadas, sacudámonos las pequeñas vedejas de merinas y churras y a seguir el camino. ¡Basta ya de tantas proesías! Despidámonos prestamente del rebaño de la fábula y hagamos las maletas para iniciar un viaje hacia otra realidad.
En el teatro de la vida de cada día cuando al vecino de arriba se le cae descuidadamente la colilla apagada del porro, que con aquella puntualidad británica de antaño, fuma apasionadamente hasta que los ojos se le ponen en blanco, asomado al balcón, a eso de las diez menos veinte de la noche y que vemos, entreabriendo los párpados en dura batalla con las legañas, a la mañana siguiente, encima de la camisa blanca que tenemos ya seca colgando del tendedero, se nos llevan los demonios y maldecimos en silencio o por lo bajo, y en ese momento deseamos ser perro, lobo o pastor, pues corderos ya lo somos habitualmente. Y al final se nos pasa, o tal vez no.
Pues bien, los roces que la convivencia, más o menos cercana, con nuestros vecinos con nombres y apellidos nos proporciona, también se los facilita a todos los países, ya sean grandes o pequeños, y en el caso de algunos, a sus respectivos imperios.
Considerando la sociedad humana en su conjunto, la historia que registra los hechos destacados nos muestra que hay al menos dos constantes que se han mantenido inmutables a lo largo del tiempo. La primera de ellas hace referencia a que la riqueza está desigualmente distribuida y a pesar de los esfuerzos por revertir esa situación el resultado es siempre el mismo, siguen existiendo por así decirlo pobres y ricos. La segunda constante íntimamente relacionada con la primera nos recuerda que lo que llamamos paz es aquel periodo, corto o largo, entre dos guerras. Los países vecinos, geográficamente hablando o por lo que atañe a sus mutuos intereses económicos, entrarán en guerra antes o después para tratar de redistribuir la riqueza que suman entre ambos.
Los protagonistas de este relato son los aviadores rusos Mijaíl Andréievich Krygin (Крыгин Михаил Андреевич), Vsévolod Mijáilovich Marchenko (Марченко Всеволод Михайлович) y Nikolai Alexandrovich Ragozin (Рагозин Николай Александрович). Los tres lucharon en la Primera Guerra Mundial, vivieron la Revolución Rusa de 1917, participaron en la guerra civil que se produjo a continuación y una vez en territorio español sirvieron en la Legión en la Guerra del Rif y por último en nuestra guerra civil de 1936. En ese momento sus caminos se separaron y dos de ellos perdieron la vida.
Si bien llegaron a nuestro país durante el reinado de Alfonso XIII no se sabe que estuvieran jamás en la corte, pero si es probable que conocieran personalmente al infante Alfonso de Orleans y Borbón, primo de Alfonso XIII, aviador militar como ellos y destinado en bases marroquíes durante aquella guerra.
Europa en armas
En 1918 el reparto del tablero de juego en Centroeuropa ya estaba bastante bien definido, y sus últimos detalles iban a estar inspirados en la relación de equilibrio que se podía establecer entre lo que París ambicionaba, para sacarse por fin la espinita de su derrota en la guerra franco-prusiana, y lo que podía engullir con su maltrecha economía, de hecho lo cierto es que al final tragó demasiado y poco más de veinte años después aquella indigestión quizás fuese uno de los orígenes de la segunda gran guerra.
