sábado, 26 de julio de 2025

Réplica de la Nao San Juan de 1565

Un naufragio en el siglo XVI fue el punto de partida de esta historia. En 1565 se hundió el San Juan, un barco ballenero vasco, cerca de Red Bay en la costa canadiense. Casi cinco siglos después, un grupo de apasionados reunidos en Albaola, la Factoría Marítima Vasca de Pasaia, decidió reconstruir la embarcación.

En 1978 el San Juan fue localizado gracias a las investigaciones de Selma Huxley, una historiadora canadiense que rastreó documentos antiguos. Siguiendo sus pistas, un grupo de arqueólogos encontró uno de los pecios mejor conservados del siglo XVI. Recuperaron 3.000 piezas del barco, pieza por pieza, explica Xabier Agote, el presidente de Albaola. En 1985, vio en la portada de National Geographic una imagen de los restos de la nao siendo rescatados del fondo marino. Y ese día decidió que iba a construir una réplica.

Durante siglos, los balleneros vascos navegaron por el norte en naos de madera, persiguiendo gigantes marinos.  

Grupos formados por seis remeros y un arponero remaban en sincronía sobre chalupas de madera entre el oleaje del mar gélido. Cuando el gigante emergía para respirar, el arponero le clavaba el arma y lo hería. Pero la caza no terminaba ahí. Los balleneros podían pasar horas arrastrados por la ballena agonizante, hasta que esta se desvanecía y podían remolcarla a la costa para elaborar el aceite.

Las temporadas de caza en Terranova tenían un objetivo: llenar la mayor de cantidad de barriles posibles con aceite de ballena, un producto tan valioso como el petróleo actual. Iluminaba ciudades enteras, lubricaba maquinaria y se vendía a buen precio en los mercados europeos. 

La vida a bordo

Una travesía como la del San Juan podía durar dos meses hasta Terranova. Luego pasaban unos seis meses allí, cazando y procesando ballenas hasta llenar el barco. Además de los barriles que volverían llenos de aceite, la nao cargaba provisiones para meses: barriles repletos de habas, guisantes secos, tocino y galletas de barco —durísimas, hechas solo con harina, agua y sal, horneadas dos veces para eliminar toda humedad— y sidra. No llevaban agua porque se corrompía durante la travesía y provocaba enfermedades. Las bebidas alcohólicas, en cambio, se conservaban perfectamente. La sidra también aportaba vitamina C frente a una dieta limitada. Cuando estaba disponible, además, la tripulación comía pescado y carne de ballena.

Los hombres a bordo dormían amontonados en camarotes que se ubicaban en la popa y en la proa de la nao. Intentaban conciliar el sueño en un suelo movedizo sobre sacos rellenos de paja. Para pasar el tiempo jugaban a las damas y cocinaban en calderos sobre un fuego revestido por piedra.

12 años de construcción en Albaola

La labor de los astilleros que construyeron la nao San Juan en el siglo XVI tiene poco que ver con la fabricación naval actual. Hace cuatro siglos, el proceso era completamente artesanal: carpinteros de ribera, calafates y herreros trabajaban casi todo a mano. Cada barco era único, construido con madera cuidadosamente seleccionada y ajustada con herramientas simples. Hoy, en cambio, la industria naval se ha mecanizado y emplea tecnología avanzada. Sin embargo, en Albaola han decidido construir la réplica de la embarcación exactamente como se hizo en 1563. 

Se presentó como el proyecto emblemático de la Capitalidad Cultural de San Sebastián 2016 y su botadura estaba prevista para mayo de ese año. Incluso se llegó a anunciar que recorrería entonces distintos puertos europeos para promocionar la propia capitalidad, en una 'misión diplomática'. La complejidad del proyecto llevó a que se replantearan los plazos y a que finalmente la botadura del casco se celebre una década después del plan inicial.

En Albaola han fabricado cada perno, cada clavo, cada pieza para la nao. El oficio de carpintero late como en una época que ya no existe y, paso a paso, la embarcación toma forma.

Los mástiles se colocarán tras la botadura. La nao permanecerá en Pasaia como un museo flotante abierto al público, mientras el equipo remata los trabajos de aparejo que completarán su silueta. En los últimos días antes de su botadura, 34 personas contribuyeron con su experiencia y habilidades profesionales para hacer realidad este ambicioso proyecto.

En 2027, Agote pretende cruzar el Atlántico siguiendo la misma ruta que recorrió la nao original hace más de cuatro siglos. El reto final sería navegar con el barco rumbo a Canadá usando exclusivamente tecnología de la época. La idea es seguir los movimientos que hicieron aquellos marineros vascos del siglo XVI, navegando con los instrumentos y los conocimientos disponibles en ese entonces. 










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