Una oleada de compras masivas de tierra recorre el mundo. Grandes inversores están gastando millones en la adquisición de terrenos, principalmente para cultivos y ganado. Pero este fenómeno suscita recelos. ¿Se trata de un nuevo colonialismo? ¿Comprar una parte considerable de un país compromete su soberanía o las reservas que estas operaciones generan son una mera excusa proteccionista? El reciente bloqueo por parte de Australia de la venta de una gran extensión de tierras —equivalente a un 1% de su vasto territorio— a un consorcio liderado por una compañía china es la última muestra de esos recelos.
La centenaria S. Kidman & Co, protagonista de la controversia, se dedica a la cría de ganado para exportación de carne y controla terrenos de pastoreo de unos 100.000 kilómetros cuadrados (una quinta parte de España). El grupo liderado por la china Shanghai Pengxin Group, en el que también participan empresas australianas, ha hecho una oferta, valorada en unos 325 millones de euros. Pero el Tesoro australiano ha paralizado la operación, expresando sus dudas sobre si esta oferta responde a los intereses nacionales dado “el tamaño y la importancia” de dichos activos, que dan cobijo a unas 200.000 cabezas de ganado. Una posibilidad a estudiar sería vender el terreno en trozos más pequeños, porque, según las autoridades australianas, ningún país permitiría que capital extranjero se hiciera con tal pedazo de su territorio. El año pasado la vecina Nueva Zelanda ya rechazó una oferta similar de la misma compañía.


