domingo, 5 de abril de 2026

Máquina de liar cigarrillos Victoria

En las dos últimas décadas del siglo XIX, la presión demográfica en la Europa mediterránea, unida a la demanda de mano en algunos países latinoamericanos, impulsa a miles de españoles a emigrar a América para labrarse un futuro mejor. Desde los puertos de Almería, Barcelona, Valencia, Santander, Gijón o La Coruña ciudadanos de todos los estratos sociales se embarcaron para dirigirse a Argentina, Cuba, Brasil y otras naciones. Una de esas familias, la de los Hermanos Victorero, oriundos de la localidad marinera de Lastres, ubicada en el concejo de Colunga en la zona oriental de Asturias, se asienta, en torno a 1890, en el incipiente núcleo de Torreón (Coahuila, México), un antiguo rancho que siete años antes había cedido unos terrenos para crear una vía férrea y una estación en un entorno agrícola.

Francisco Victorero Lucio, a la derecha sentado, con su mujer Concepción, que sostiene en brazos a su primer hijo, y sus tres hermanos: Agustín, Ángel y Antonio. Año 1904.

Una reducida colonia, apenas diez calles y cuatro avenidas, que se va nutriendo de pequeños comerciantes, transportistas, agricultores, empleados del tren y trabajadores de la primera industria de hilados y tejidos de algodón que abre en la zona, ‘La Fe’, para pasar de cuatro mil habitantes a mediados de la década a catorce mil, en su centro poblado, en los inicios del siglo XX.

En esa vorágine de establecimientos, bancos, fábricas de aceite y jabones, y manufacturas textiles, cuatro hermanos de una familia de doce hijos- Antonio, Agustín, Francisco y Ángel Victorero Lucio, conocidos también como los ‘Teresinos’ por el nombre de la madre-ponen en marcha un comercio de Tabaquería y Papelería, depósito de las factorías de papel de San Rafael, para cubrir la demanda de artículos de oficina.

El local, situado en el apartado número 57, en la esquina de las avenidas Zaragoza e Hidalgo, recibía el nombre de ‘El Modelo’ y también servía útiles de escritorio, armas, cartuchos, material escolar y productos para ingenieros, además de actuar en calidad de Agencia de la Lotería Nacional.

Regentado por la familia, se anunciaba como ‘la casa más surtida de artículos del ramo. Ventas al por mayor y menor’ y pronto se labró un sólido prestigio dentro del municipio y en los recuerdos de muchos de sus habitantes.

El negocio, decorado con estantes de madera y un largo mostrador, ofrecía beneficios para vivir con dignidad y los hermanos mantienen contactos fluidos con su localidad natal. En 1902 incorporan a la plantilla del local a Isaac Villanueva, natural de Oviedo, al que inician en la actividad empresarial y que, tiempo después, se convertirá en administrador y propietario del establecimiento, y tres años más tarde sufragan la instalación de una cruz en el Pico Pienzu de la sierra litoral del Sueve.

Durante cerca de una década prosperan en un marco estable y diversifican sus inversiones adquiriendo tierras y plantaciones, aunque su exitoso camino se ve amenazado con el cambio político en Méjico auspiciado por la revolución de 1910 liderada por Pancho Villa contra el gobierno del presidente Victoriano Huerta.

El comandante de la División del Norte derrota a las fuerzas federalistas que defendían la ciudad en la decisiva batalla de Torreón (1914) y amenaza con matar a todos los residentes españoles por entender que explotaban a los peones.

Sólo tras la mediación del cónsul estadounidense, pueden abandonar con premura el país, obtener un salvoconducto y embarcar, vía Texas, rumbo a España donde seis de los hermanos de la saga, tres mujeres (Genoveva, Elvira y Concha) y todos los hombres menos el casado Francisco, llegan, al parecer, escondidos en unos barriles que transportaba un mercante.

Ya en su tierra, toman, guiados por su olfato para los negocios, una decisión fundamental que salva e incrementa su patrimonio y les permite disfrutar de una existencia sin sobresaltos en Lastres, donde se instalan en una reformada casa señorial en la parte alta de la localidad.

Ese mismo año, convencidos de que sería una temporada lluviosa idónea para la floración, siembran y compran grandes cantidades de algodón. La cosecha es extraordinaria lo que, unido a la fuerte demanda de la fibra debido al estallido de la Primera Guerra Mundial, les otorga pingües beneficios al venderla al Reino Unido.

Sin presiones de ningún tipo, los indianos, austeros, religiosos y retirados de sus negocios, se convierten en oligarcas y líderes locales con estrechas conexiones políticas y eclesiásticas. Sufragan actividades benéficas, financian obras en el municipio e invierten en repoblaciones forestales y obras eléctricas.

Poco antes de la década de los veinte, se lanzan a la aventura de montar una moderna empresa en nuestro país, Agustín Victorero y Hnos., con el fin de fabricar una avanzada y original máquina de sobremesa y escritorio para liar cigarrillos.

El reto, una especie de entretenimiento que daba trabajo a cerca de veinte familias del pueblo, surge de la mente de Antonio, fotógrafo y cinéfilo, recordado por su ingenio y capacidad inventora pese a carecer de estudios especializados.

Llamado ‘El Chispa’, idea y diseña un dispositivo, en honor a su madre, que comercializa, bajo la marca Victoria, con ayuda de Agustín, el patriarca de familia, de carácter más serio y centrado en las finanzas y las relaciones públicas, y, en menor medida, de su hermano Ángel, llano, sencillo, amante de la naturaleza, aficionado a la meteorología -mantenía un observatorio que servía datos al Ejército del Aire- y de quién se decía que era el que hizo la fortuna en Méjico.

El artilugio, que las malas lenguas atribuían a un plagio, fue registrado por primera vez en España en 1915 y protegido por cinco patentes sucesivas con actualizaciones que se presentaron entre el año siguiente y mediados de los treinta.








De la patente americana son estos dibujhos.




También se encuentra retratada en la publicidad de la época.



El siguiente dibujo es de un folleto de instrucciones.

Dos de los hermanos Victorero eran radioaficionados. En la siguiente fotografía de 1931 se ve a uno de ellos, Antonio Víctorero Lucio, junto a su emisora en su casa del Paseo del Alta 40, en Santander, 

La empresa Agustín Victorero y Hermanos ideó esta máquina de sobremesa para liar cigarrillos que ganaría el Gran Premio en las exposiciones internacionales de Roma, Génova y Barcelona.

Registraron la patente en España en 1915 y, para proteger sus exportaciones, patentaron El aparato también en Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Alemania e Italia y protegido por cinco patentes sucesivas con actualizaciones que se presentaron entre el año siguiente y mediados de los treinta. 

El primer modelo consistía en una estructura de metal niquelado dotada de una tolva elevada para la picadura de tabaco con el reverso esmaltado en rojo y una chapa circular del mismo color simulando un sol naciente que era cruzada por una banda con el fondo negro y el nombre comercial resaltado en dorado, al igual que los contornos.

El distribuidor llevaba una rueda lateral y un cilindro interior de madera acanalada y el artilugio disponía de un platillo balanza que depositaba la cantidad exacta para un pitillo, un depósito de agua para humedecer, un porta papel, una cinta de cuero engomado, y una corredera con un mecanismo que envolvía y sellaba los pitillos.

También estaba dotado de dos tuercas en la parte posterior, la pesa de la balanza y la opresora, que habilitaban al usuario a graduar el grosor y la presión de la picadura de los cigarrillos dando como resultado pitillos de combustión progresiva y homogénea, independientemente del tipo de papel empleado.

La producción daba trabajo a cerca de veinte familias del pueblo.

Además de esta máquina, la Oficina Española de Patentes y Marcas tiene constancia de que se presentan varias solicitudes (patentes de invención e introducción, algunas por una vigencia de veinte años) a nombre de Agustín Victorero y Hnos. para diversos ingenios como una prensa para planchar pantalones, un oscilador eléctrico, químico y fotográfico, un sistema de deslizamiento de las hojas de acero de los muelles de ballesta utilizados en toda clase de vehículos, un mueble clasificador de escritorio y un procedimiento de fabricación de adoquines blindados para la pavimentación de caminos y que según los datos, ninguno se llegó a poner en práctica.











Monturiol patentó en España sólo una vez (1866): una máquina de hacer cigarrillos (priv. nº 4.221) que fue vendida a la Fábrica de Tabacos (Madrid) y que permitía hacer 45 cigarros en un minuto. Al parecer las propias trabajadoras de la fábrica destrozaron la máquina por temor a perder sus empleos y tuvo que ser indemnizado por la administración.

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