martes, 14 de abril de 2026

Isabel Barreto de Castro

Isabel Barreto de Castro, para algunos de sus biógrafos nació en Pontevedra, hacia 1567. Fue esposa del navegante Álvaro de Mendaña, patrón de varias expediciones por el océano Pacífico y descubridor de las islas Salomón y las islas Marquesas, a quien acompañó en su último viaje.

Manuel Bosch Barrett publicó en 1943 un ensayo biográfico sobre Isabel Barreto, titulado Doña Isabel Barreto, Adelantada de las Islas Salomón. El siguiente párrafo se refiere a ella:

Salir del Perú rumbo al Pacífico en busca de tierras lejanas y desconocidas... recorrer más de ocho mil millas náuticas (casi 15.000 km) arrostrando temporales, privaciones y peligros, es gesta que hoy, la más deportiva de las mujeres, vestida con el actual atavío femenino, vacilaría en emprender; pero intentarlo en pleno siglo XVI, con chupa, jubón, golilla y miriñaque; resignarse al agua salobre y al escorbuto, viviendo con una tripulación de aventureros, es hazaña que sobrepasa toda imaginación y que solo se encuentra en pueblos como el nuestro, en el que la bandera de la patria y de la fe, el heroísmo, el amor y la osadía sin límites han creado estos seres que tanto abundan en nuestra historia y que no hubiera sido capaz de concebir la más fecunda de las fantasías.

Los orígenes

El pasado y los orígenes de Isabel Barreto no están del todo claros. Su biografía, anterior a su llegada a tierras americanas, en 1585, es difusa e inconcreta. Isabel Barreto, cuya fecha de nacimiento sitúan algunos en 1567, habría sido una joven natural de Pontevedra, nacida en el seno de una familia noble gallega. Su padre podría haber sido Francisco Barreto, marinero de origen portugués y gobernador de la India portuguesa. Otros hacen de Nuño Rodríguez Barreto, conquistador del Perú, su padre, y de Mariana de Castro, su madre.

Álvaro de Mendaña

Siguiendo el libro de Bosch, Isabel, de origen gallego, fue hija de don Francisco Barreto, gobernador de las islas portuguesas. Pero para hablar de Isabel hay que detenerse en la figura de otro personaje relevante: don Álvaro de Mendaña. Nacido en 1542, también de origen gallego, lo encontramos en Perú, junto a su tío Lope García de Castro, presidente de la Audiencia de Lima en 1567.

Los incas habían contado a los conquistadores españoles la existencia de unas misteriosas islas en medio del Pacífico que estaban llenas de oro, asunto este que Pedro Sarmiento de Gamboa contaría en su Historia de los Incas. La leyenda de la mítica Ophir, de la que habían escrito y con la que habían soñado Marco Polo y Cristóbal Colón, en el entorno de unas islas desconocidas en las que se aprovisionaba el rey Salomón, y de la que se habla en el Libro I de los Reyes, impresionó el afán aventurero de Mendaña quien, junto con la ayuda de su tío, entonces el virrey, pronto se vio encargado de la misión de hallar dichas islas. En su primer viaje, dos fueron los navíos al mando de Mendaña: Los Reyes y Todos los Santos, de 200 y 140 toneladas respectivamente. Como piloto mayor, Hernán Gallego y ciento cincuenta hombres, una expedición que, además, tenía como objetivo encontrar la Terra Australis.

Las islas Salomón

La primera expedición de Mendaña al Pacífico partió de El Callao un 20 de noviembre de 1567. El 7 de febrero los españoles llegaron a la primera de las islas Salomón, a la que bautizaron como Santa Isabel, explorando y bautizando otras 33 islas, entre ellas Guadalcanal, cuyo nombre se debe a que su descubridor, Pedro Ortega, era oriundo del pueblo sevillano del mismo nombre. Los tres meses que pasaron los españoles en Santa Isabel, durante los cuales conocieron a unos indios que parece ser practicaban el canibalismo, los dedicó Mendaña a explorar la isla, ordenando construir un pequeño bergantín, para reconocer sus ríos. 

Los enfrentamientos con los nativos fueron constantes. Aunque no encontraron oro, el nombre de las islas Salomón ya había hecho fortuna. Si bien Mendaña tomó posesión en nombre del rey Felipe II, decidió regresar a Nueva España, pues no poseía fuerzas para pacificar las islas. Tras un complicado regreso, llegaron a El Callao el 22 de junio de 1569, y el almirante Mendaña pregonó la buena nueva del descubrimiento, aunque aquella empresa lo había dejado en la ruina más absoluta. 

El nuevo viaje

Pero el nuevo virrey, que había sustituido al anterior, no se manifestaba inclinado a continuar con la empresa de Mendaña y este decidió entonces viajar a España y solicitar una audiencia real. El 27 de abril de 1576 se firman las nuevas Capitulaciones entre Felipe II y Álvaro de Mendaña para hacer posible la conquista y evangelización de las islas. Mediante estas, se le hace gobernador de las nuevas tierras en las islas de Poniente y adelantado en las Salomón, si bien el esfuerzo económico recaería en el conquistador.

Permaneció Mendaña tres años en España reclutando a gente para el viaje, hasta que embarcó en Sevilla, y llegó a Panamá en 1577. Los obstáculos se sucedieron sin cesar. Primero fue encerrado en prisión durante cuatro días por desavenencias con el gobernador de Panamá. Y además, la construcción de los navíos se desarrollaba muy lentamente; sin embargo, todo cambió cuando llegó a la Ciudad de los Reyes el nuevo virrey del Perú, García de Mendoza, marqués de Cañete. Su entrada fue celebrada con gran fasto pues venía acompañado de su esposa, doña Teresa de Castro. La presencia de esta en Lima creó una gran vida social en la capital, y pronto entre sus damas destacó una joven de pelo negro, mirada penetrante y rasgos que acusaban energía: Doña Isabel Barreto, en palabras de Bosch. 

Al poco tiempo, Isabel era la favorita de la virreina y Álvaro de Mendaña, el privado del virrey. Los encuentros se hicieron frecuentes y se casaron en mayo de 1586. La gallardía y el linaje de don Álvaro agradaron a doña. Isabel, y el porte y, sin duda, la buena dote de esta gustaron mucho a don Álvaro. Pero todavía pasaron cinco años antes de que partiera la expedición. Don Álvaro conoció entonces a Pedro Fernández de Quirós, navegante portugués y curioso personaje, y le ofreció el mando de la expedición, pero este rehusó pues no le gustó la presencia de una mujer, Isabel, en la expedición. Al mando de la gente de guerra, se puso a un tal Pedro Marino Manrique, buen soldado pero de difícil carácter, de modo que pronto empezaron los enfrentamientos entre estos dos.

De nuevo rumbo a las islas Salomón 

Aún así, el 16 de junio de 1595, 28 años después del regreso de la primera expedición, se hicieron a la mar cuatro navíos desde el puerto peruano de Paita, con 368 personas, entre las cuales había mujeres y niños. La nao capitana se llamaba San Gerónimo, galeón de 300 toneladas, y llevaba a bordo al adelantado, a su esposa, al piloto mayor Quirós, al maese de campo Marino Manrique y a los hermanos de Isabel, además de dos sacerdotes. La nao almiranta, también de 300 toneladas, se llamaba la Santa Isabel y estaba mandada por el almirante Lope de Vega, casado con Mariana, hermana de Isabel; iba en ella además otro sacerdote. La galeota San Felipe y la fragata Santa Catalina, ambas de 40 toneladas, desaparecerían junto con la Santa Isabel durante el viaje. La narración del periplo que conocemos, aunque existen varias versiones de diversos autores, se debe al poeta sevillano Luis Belmonte Bermúdez, secretario de Pedro Fernández Quirós y cronista de sus viajes.


La primera isla que encontró la expedición cuando resonó el grito de ¡Tierra!, fue bautizada como Santa Magdalena; era una de las islas luego llamadas Marquesas, pero don Álvaro creyó al principio que era una de las islas Salomón. El júbilo reinó entre la tripulación y se entonó un solemne Te Deum laudamus con toda la gente de rodillas. Al día siguiente, ya dudando de si aquella era la tierra buscada y prometida, los expedicionarios se vieron rodeados por más de setenta canoas pequeñas en las que venían varios nativos. Pronto hubo un grave enfrentamiento cuando los nativos se lanzaron hacia todo el metal que veían ante sus ojos.

Las islas que luego avistaron fueron bautizadas como San Pedro, Dominica y Cristina. Poco a poco se convenció Mendaña de que no estaba en las islas Salomón, y finalmente desembarcó arbolando el pendón de Castilla y tomando posesión de aquel nuevo archipiélago bautizado con el nombre de islas Marquesas en honor a los virreyes. El 28 de julio, en la isla Santa Cristina, se celebró la primera misa; los indios, en silencio, hacían todo lo que veían hacer a los cristianos. La bahía fue bautizada como Puerto de la Madre de Dios.

Pero la mayoría de la gente no quiso establecerse en la isla a causa de los enfrentamientos con los nativos. Se partió el 5 de agosto, y el 20 del mismo mes se llegaba a la isla de San Bernardo.

Entre tanto se sucedían las rivalidades entre los mandos y entre la gente de tierra y mar. La crueldad del maese de campo, en opinión de Quirós, llevó a españoles y nativos a un nuevo y cruel enfrentamiento que finalizó con el ahorcamiento de muchos de ellos para que sirvieran de ejemplo. El relato del piloto mayor cuenta que más de doscientos indios murieron en los enfrentamientos con los españoles.

Las murmuraciones sobre el adelantado iban en aumento, pues las islas no aparecían. A pesar de que todas las mañanas se rezaba una salve ante la imagen de Nuestra Señora de la Soledad en cubierta, de la que Quirós era muy devoto, la necesidad de agua y comida se hacía cada vez más evidente y la situación empeoraba.

Desaparece la nao almiranta

Y desgraciadamente, y para colmo de males, la nao almiranta Santa Isabel desapareció y además avistaron una isla con un volcán en su centro, lo que llenó de tan gran temor a la tripulación que Mendaña ordenó hacer confesión general a bordo.

Después de estas penalidades por fin llegaron a la isla de Santa Cruz, y a la bahía Graciosa, a 400 km al sur de las Salomón, dado que Mendaña se había desviado al Sur entre tres y cinco grados en su navegación. Allí se inició la construcción de una población, si bien don Álvaro y su esposa decidieron permanecer a bordo hasta que estuviera acabada la construcción. Mientras tanto, crecía el descontento y aumentaban las desavenencias entre los fieles, el adelantado y los que querían regresar, pues no se había encontrado hasta entonces el oro prometido. Para congraciarse con los indígenas, Mendaña hizo amistad con el cacique Malope, que no parecía tan adverso a los recién llegados. Las muestras de amistad mutua eran muy variadas: intercambiaron sus nombres y el adelantado le regaló al cacique una de sus camisas favoritas, cascabeles, cuentas de vidrio, pedazos de tafetán y hasta naipes, que los isleños se colgaron inmediatamente en el cuello. 

El momento más interesante de esos intercambios llegó cuando los españoles mostraron los espejos a los nativos y les enseñaron a mirarse en ellos; a cortarse las uñas con una tijera y a raparse con una navaja barbera. Todo esto duró unos días, en los que Malope respondió a estos regalos con frutas y alimentos. Mientras tanto, Mendaña y su esposa Isabel, preocupados por la suerte que pudiera haber corrido la nave almiranta, mandaron a Lorenzo Barreto en su busca con la fragata, ordenándole que, al mismo tiempo, rodease la isla para saber dónde se hallaban. A su vuelta, Lorenzo informó que Santa Cruz y otra media docena de islas cercanas estaban «todas pobladas de gente mulata, color clara», pero que no había encontrado rastro de la Santa Isabel.

Pedro Marino Manrique se amotina

Entre tanto Pedro Marino Manrique, el maese de campo, había organizado y encabezaba un silencioso motín de los españoles que habían desembarcado en la isla y que ya habían construido la población. También erigieron una iglesia con una gran cruz en la entrada, en la que el vicario, Juan Rodríguez de Espinosa, ofició la primera misa. La rebelión se debía a que los soldados admitían que se encontraban en una isla maravillosa, pero en la que no encontraron perlas ni oro. Mientras, Mendaña, gravemente enfermo de malaria y postrado en su lecho en la nave capitana, poco pudo hacer para evitar, por una parte, los desmanes de los españoles contra los nativos y, por otra, la guerra civil que pronto se produjo entre los partidarios de regresar a Lima, capitaneados por el maese mayor, y los partidarios de seguir leales al adelantado de su majestad.

Convencidos todos los mandos, junto con doña Isabel, de la traición del maese de campo, se celebró una reunión en la que se resolvió darle muerte por considerarlo culpable de todo lo sucedido. Así pues, muere Pedro Marino Manrique al grito de «¡Viva el Rey y mueran los traidores!». Pero las cosas siguieron complicándose, pues uno de los soldados, olvidando la buena acogida de Malope, lo mató de un arcabuzazo. Mendaña entonces lo hizo degollar, pero los enfrentamientos con los indios se multiplicaron y además el adelantado se sentía cada vez más enfermo y débil y no había muchos alimentos ni mucha agua.

Muerte de Álvaro de Mendaña

No obstante, el 17 de octubre, todavía tuvo fuerzas Mendaña para dictar su testamento: «Nombro a Doña Isabel Barreto, mi legítima esposa, gobernadora y heredera universal y señora del título de Marquesado que del Rey Nuestro Señor tengo». Don Álvaro murió al día siguiente.

«Organizóse la fúnebre comitiva, siendo el cuerpo del Adelantado llevado por ocho hombres, seguido de todos sus fieles y de los soldados con los arcabuces a la funerala, como es ritual en los entierros de los generales. El féretro iba llevado por una bandera y se llevaba otra arrastrando. Bajo el altar de la iglesia se abrió una tumba y en ella se dio sepultura al cuerpo del que fuera Don Álvaro de Mendaña de Neira, Adelantado de las islas Salomón, por gracia y merced de S. M. Católica don Felipe II, rey de España y de sus Indias... Murió con el consuelo de haber dado a España unas tierras y afligido por no haber vuelto a hallarlas»

Doña Isabel se había convertido en general y gobernadora de la expedición, y Lorenzo Barreto, su hermano, en almirante de la misma. Pero este también moriría a los pocos días después por herida de una flecha envenenada. Su muerte sumió a Isabel en un gran desconsuelo. Todo ello la convertía en la persona al mando en tierra y mar. 

Adelantada del Mar Océano

En aquel momento Isabel Barreto se convertía en adelantada del Mar Océano, título que ostentaba una mujer por primera vez en la historia. Así pues, la muerte del adelantado creaba una situación de expectación. Por una parte Quirós tenía a Isabel por «déspota» y «autoritaria» y, dada la situación, temía un desenlace funesto. Por otra, el vicario intentaba poner paz entre las gentes pero no lo lograba y los indios iban cobrando valor.

La decisión de hacerse a la mar fue tomada el 7 de noviembre de ese año. Y al poco murió el buen vicario escuchando pasajes del Símbolo de la Fe de fray Luis de Granada. Su cadáver fue sepultado en el mar.

Reunido el consejo, Isabel determinó que quería conservar soberanía sobre aquellas tierras y que tenía propósito de regresar para colonizarlas. Antes de zarpar, el cadáver del adelantado fue embarcado en la fragata. Dejaban 46 personas muertas. El 18 de noviembre de 1595 tres naves, de las cuatro que salieron de Perú, la capitana, la fragata y la galeota, zarparon de la bahía Graciosa de la isla de Santa Cruz, y al mando iba una mujer que no parecía dispuesta a rendirse. Se discutió, y al no dar con las invisibles islas Salomón fue cuando se decidió poner rumbo a las Filipinas, ruta que Quirós consideraba más cercana y más fácil de hallar. Durante el viaje, sufrieron un tremendo frío por las noches y un calor abrasador por el día, y la galeota desapareció; el agua se racionó y todos los días se tenían que arrojar cadáveres al mar. 

De entre la tripulación destacó el barchilón, el enfermero Juan Leal, por su bondad y abnegación. Y las gentes de tierra y mar murmuraban sobre el gasto que hacía del agua doña Isabel, y acudían a Quirós para que intercediera en su favor ante la adelantada. Y un día la fragata desapareció, lo que ocasionó gran pesar, pues en ella iba el cadáver del adelantado.

Los enfrentamientos entre Quirós e Isabel eran cada vez más frecuentes y virulentos. Durante los tres meses que duraría la travesía hasta Manila murieron cincuenta personas a bordo, e Isabel, en palabras del secretario de Quirós, «que tiene agua de sobras no ve que el agua de los demás sea un caldo lleno de cucarachas podridas». Pedro Fernández Quirós trató de mediar ante aquel, según él, comportamiento egoísta, pero Isabel le replicó: «¿De mi hacienda no puedo yo hacer lo que quiero?».

Cuando por fin se divisó tierra, reinó gran júbilo, pero Quirós no se atrevió a meterse por el camino de Cavite, pues no estaba seguro de ello. Los disturbios entonces se reanudaron y también los enfrentamientos entre doña Isabel y Quirós. Por fin pudieron fondear y abastecerse, e incluso murieron algunos por saciarse demasiado. Isabel además había dado orden de que nadie fuese a tierra, pero un soldado casado, con mujer e hijo, quiso traerles comida; a su regreso fue detenido y mandó que lo ahorcasen, aunque ante las súplicas de su mujer y de Quirós lo perdonó.

Y por fin cambió el tiempo y pudo salir la capitana hacia Manila. Los dos hermanos de Isabel desde una parte de la isla de Luzón salieron por tierra para buscar abastecimientos, pero, dada la necesidad reinante, los disturbios continuaban y doña Isabel tuvo que hacer sacrificar una ternera de las que quedaban a bordo.

Llegada a Cavite

La nave llegó por fin al puerto de Cavite el 12 de enero, siendo recibida con estandarte real y una compañía de armas. Desde Santa Cruz habían muerto a bordo 50 personas. La gente decía que el navío venía de las islas Salomón y que llegaba mandado por una mujer, de ahí que se la conociese como la «Reina de Saba».

Después de tantas vicisitudes, por fin se llegó a Manila, donde tuvo lugar un solemne recibimiento. Doña Isabel se hospedó en el gobierno, los enfermos fueron llevados al hospital y los pocos sanos acogidos por particulares.

En cuanto a la fragata, se consideró perdida; luego se supo que unos indios la habían encontrado embarrancada en la costa sur, con el casco abierto y los cadáveres podridos. Y en lo que concierne a la galeota, se supo que había llegado a Mindanao y que sus tripulantes habían sido acogidos en un convento de la Compañía de Jesús.

Pedro Fernández Quirós envió a su llegada un memorial a Antonio de Morga, el virrey, en el que daba cuenta de la expedición y afirmaba que las islas Salomón no habían sido halladas.

Fernando de Castro

Y en aquel momento, en Manila, aparece en la vida de Isabel un personaje nuevo, Fernando de Castro, hombre todavía joven, valiente, aguerrido y pariente del gobernador de Manila, Gómez de las Mariñas. Sus hazañas impresionaron a Isabel, y a este le sedujo el carácter altivo y aventurero de la dama y también sus privilegios y su fortuna; y así, sus encuentros en el palacio del gobernador despertaron entre ambos una corriente de mutua admiración y simpatía. Transcurrido el año de viudedad, contrajeron matrimonio en noviembre de 1596, con el ánimo y el propósito de continuar la obra de don Álvaro de Mendaña.

El 10 de agosto de 1597, la nave con doña Isabel, su marido y Quirós partía de Manila. Llegaron a Acapulco el 11 de diciembre. Desde México Fernando e Isabel dirigieron un atestado al Rey solicitando ayuda para una nueva expedición; pero la carrera del marido le obligó a emprender viaje a Filipinas; Isabel se quedó en México; a su regreso, se establecieron en Guanaco, en Perú, donde Isabel tenía una encomienda heredada de don Álvaro.

El viaje de Pedro Fernández Quirós

Mientras tanto, Quirós había logrado llegar con muchas penalidades a exponer su intención de expedición a las islas Salomón al virrey, pero este le contestó que su empresa requería licencia real. Se trasladó entonces Quirós, con innumerables dificultades, a España. Llegó a Sanlúcar de Barrameda en febrero de 1600. De allí fue a Sevilla y, creyendo que si obtenía el apoyo del papa Clemente VIII conseguiría el favor del Rey, decidió ir a Roma como peregrino. Después de muchas vicisitudes llegó a San Pedro del Vaticano, en noviembre de 1600. Consiguió la entrevista con el papa el 28 de agosto de 1601; este lo escuchó y le prometió su apoyo y además le entregó una carta dirigida a Felipe III. El Miércoles Santo de 1602, en primavera, salió Quirós de Roma hacia España.

Hasta mayo del año siguiente, 1603, no logró que el monarca le concediera una cédula en la que ordenaba que el virrey del Perú se dispusiera a aprestar y poner a disposición de Quirós dos navíos y que los gastos recayesen sobre la real hacienda.

Embarcó Quirós desde Sevilla en 1602 hacia el golfo de México y no llegó hasta 1605. Fernando e Isabel, que se habían establecido en Guanaco, no pudieron tomar medida alguna. Nada más Quirós llegó a Lima, solicitó una entrevista con el virrey, y el 25 de marzo se dio la orden de organizar la expedición. Isabel y su esposo acudieron a Lima y se entrevistaron con Quirós para intentar llegar a un acuerdo, pero todo fue inútil, y el 21 de diciembre de 1605 tres navíos salieron del puerto de El Callao: Santos Pedro y Pablo, San Pedro y Los Tres Reyes, que llevaban a bordo a unos 300 hombres. Los navíos «velas al viento, flameante el pabellón de España, se dirigen al Oeste; D. Fernando y Dª. Isabel los contemplan con tristeza desde la playa. El adelantamiento de doña Isabel ha quedado reducido a un título honorífico; la reina de Saba ha perdido su imperio» 

La expedición alcanzó las islas Tuamotu y las Vanuatu (Nuevas Hébridas, según Cook) en 1606. Quirós desembarcó en un lugar al que llamó Austrialia de Espíritu Santo creyendo que formaba parte del continente austral, siendo en realidad la isla más importante del archipiélago y que actualmente lleva el nombre de Espíritu Santo. Allí, Quirós fundaría una colonia a la que denominó Nueva Jerusalén, de corta duración dadas las desavenencias entre los españoles y los nativos. 

Quirós llegaría a Acapulco en noviembre de 1606, y al poco quedó sumido en la pobreza; no obstante continuó enviando un memorial tras otro para regresar a las islas del Pacífico austral, pero la monarquía española, en la bancarrota y temiendo el aumento de la despoblación de España, no hacía caso a sus solicitudes dando por finalizada la expansión del Imperio por el Pacífico, si bien sin desengañar del todo a Quirós por temor a que desvelara sus secretos a otras potencias. La localización del archipiélago de las Marquesas fue mantenido en secreto por los españoles para que los ingleses no se apoderaran de él, pero el capitán James Cook lo redescubrió en 1774; luego pasó a Francia en 1842. 

Las islas Salomón quedaron abandonadas durante más de dos siglos. Cuando pasaron Carteret, Bougainville y Surville, el cartógrafo Buache las señaló como las islas de Mendaña en el año 1781.

Mientras tanto, y a finales de 1609, Isabel y Fernando llegan a España y van a la corte para tratar de obtener satisfacción.

Cuando, con casi 50 años, Quirós, que solo vivía de recuerdos, había abandonado toda esperanza, un conocido suyo, el príncipe de Esquilache, es nombrado virrey del Perú; y el 21 de octubre de 1614 obtiene Quirós una real cédula. Todas las penalidades se olvidan y el 4 de abril de 1615 parten desde Sevilla Esquilache y Quirós. La nave cruza el Atlántico, llega a Nueva España, atraviesan México, y al ver el Pacífico, Quirós muere; entre sus manos, el lignum crucis que le había regalado Clemente VIII.

Muerte de Isabel Barreto

También existen divergencias sobre la fecha y lugar de fallecimiento de Isabel Barreto. Mientras unas fuentes datan su muerte en 1610, otros la alargan hasta 1612 y hay quien la sitúa en el continente americano, mientras otros aseguran que volvió a pisar tierras españolas.

En palabras de Bosch Barrett: 

«Las trazas de don Fernando y doña Isabel se pierden. Se supone que él quedó en Madrid, donde murió olvidado sin haber conseguido privilegio. En Galicia las gentes hablan de un Mayorazgo donde vive una mujer ya entrada en años, con sus dos hijos, y durante las veladas las madres refieren a sus pequeños unas historias de viajes realizados por aquella señora de cabellos blancos que fue doña Isabel Barreto, Adelantada de las islas Salomón, conocida también por la Reina de Saba». 

Las crónicas de indias

Crónicas de Indias es un nombre genérico dado a compilaciones de narraciones históricas acerca de los acontecimientos durante el descubrimiento, conquista y colonización del continente americano. Dichas crónicas son un conjunto muy variado de narraciones que, realizadas por un diverso grupo de cronistas que o bien escribieron directamente sus vivencias y experiencias durante viajes iniciales a América o recolectaron las experiencias relatadas por otros, constituyen un archivo histórico excepcional para estudiar el lenguaje, las motivaciones o los pensamientos preponderantes en la campaña de conquista y colonización de América por parte de los españoles del siglo XVI y de sus consecuencias en los años posteriores.

Pues bien, Luis Belmonte Bermúdez, poeta, cronista de Indias y dramaturgo español del Siglo de Oro, que siendo aún muy joven marchó a México y al Perú, actuó como cronista y secretario del general Pedro Fernández de Quirós, dejándonos una Historia del descubrimiento de las regiones Austriales hecho por el general Pedro Fernández de Quirós. En la versión de Belmonte se basa el ensayo de Bosch Barrett.

Portada del libro Historia del descubrimiento de las regiones australes hecho por el general Pedro Fernández de Quirós, publicado en 1876 por Justo Zaragoza. Este libro también se puede encontrar en la Biblioteca Virtual miguel de CervantesHistoria del descubrimiento de las regiones austriales hecho por el general Pedro Fernández de Quirós: el Pacífico hispano y la búsqueda de la "Terra AustralisJusto Zaragoza, Oviedo: Grupo Editorial Asturiano, 2000.

Historia del descubrimiento de la regiones austriales hecho por el general Pedro Fernandez de Quirós. Pedro Fernandes de Queirós, 2

Descubrimiento de las regiones australes, Pedro Fernández de Quirós, ISBN 10: 8449202124 / ISBN 13: 9788449202124, Editorial: Dastin, 2000

Tomando como base la historia de Isabel Barreto, Alexandra Lapierre, hija del célebre escritor y periodista Dominique Lapierre, autor de La ciudad de la alegría, Oh, Jerusalem, ¿Arde París?, entre otros, y a quien por cierto dedica el libro, escribe una novela con el título original en francés Je te vois reine des quatre parties du monde. Ese mismo año, 2013, Planeta la publicó con el nombre de Serás reina del mundo. La autora, Alexandra Lapierre, absolutamente seducida por la figura de Isabel Barreto dedicó tres años de investigación en configurar el personaje y a redactar su novela.

C’est avec cet incroyable roman historique que j’ai découvert l’exceptionnelle plume d’Alexandra Lapierre. Cette auteure a le don de faire revivre des figures féminines tombées dans les oubliettes de l’histoire. En plus de son superbe style d’écriture, Alexandra Lapierre consacre plusieurs années de recherche à chacun de ses personnages, donnant ainsi une solide assise historique à ses romans.

« Je te vois reine des quatre parties du Monde » nous fait découvrir la navigatrice Isabel Barreto de Castro (1567-1612), première et seule femme amirale de l’histoire de la navigation espagnole. Epouse du navigateur Alvaro de Mendana, elle s’embarqua à ses côtés en 1595, depuis Lima, à la tête d’une expédition composée de quatre galions en quête d’un nouveau continent, l’Australie. Au cours de ce voyage, Isabel devra affronter de nombreuses épreuves et accomplir des gestes dont elle ne pourra jamais se pardonner.

Entre aventure, passion mais aussi douleur souvent indissociable des expéditions maritimes, Alexandra Lapierre nous embarque littéralement aux côtés de cette femme extraordinaire, partie à la conquête de l’Océan Pacifique et de ses îles, du Pérou jusqu’aux Philippines.

JE TE VOIS REINE DES QUATRE PARTIES DU MONDE, L’épopée de Doña Isabel Barreto, Conquistadora des Mers du Sud, Première et seule femme amirale de l’armada espagnole, Alexandra Lapierre, Flammarion- 9782081303652

Serás reina del mundo, (Planeta Internacional), Alexandra Lapierre (Autor), Juan Camargo (Traductor)

Hasta el siglo XVIII se impuso el silencio a los navegadores para que las rutas marítimas no fueran descubiertas así salvaguardar los descubrimientos de las naciones más poderosas de quienes buscaban aprovecharse. Isabel Barreto sustituyó a su esposo Álvaro de Mendaña al mando de la expedición hacia las islas Salomón, donde había un grupo de hombres que la rechazaban por ser mujer. Un personaje fuera de serie, valiente y ejemplar que se adelantó a su tiempo. Una apasionante novela que narra las aventuras de Isabel Barreto, la primera mujer que se atrevió a ponerse al mando de un barco y partir a la conquista del mundo. Un personaje real y poco conocido de nuestra historia.










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