viernes, 18 de diciembre de 2020

La marcha verde

El 16 de octubre de 1975, el rey Hassan II de Marruecos anunciaba públicamente la preparación de una marcha a la que se unirían todos los marroquíes que quisieran completar el territorio del país, según la doctrina del Gran Marruecos. La idea, que parece ser un proyecto personal del rey, entrañaba un aviso de una posible guerra permanente entre un país con frontera en el territorio y una metrópoli donde el dictador yacía en la cama, gravemente enfermo y sin poder tomar decisiones.

Henry Kissinger durante una audiencia con Franco en 1973Biblioteca de la Universidad de Alcalá

Se trataba de un envite en el que o se aceptaba la propuesta o llegaría el desorden. Así que, impulsadas por Estados Unidos y Francia, se abrieron unas negociaciones, bien disimuladas por los servicios de propaganda, que se vendieron como la mejor salida y, en su caso, la única posible. España abandonaría la colonia, como era su obligación de derecho internacional, pero cediendo la descolonización a Marruecos y Mauritania en un giro inesperado y poco comprensible.

Todo parecía encajar en el sistema de autodeterminación, ya que el referéndum para consultar a la población local se celebraría obligatoriamente. España abandonó el Sáhara a principios del año siguiente, desmontando una administración que funcionaba y replegando un ejército dispuesto a defender la posición, para traspasar el poder a los propios saharauis. Desaparecía, pactado y sin violencia, el problema exterior más grave de un régimen que se caía.

Firma del Tratado Tripartito de Madrid 1975

Era evidente que un desplazamiento masivo de casi medio millón de personas, con intendencia y auxilios, no se puede improvisar ni ocultar. Los preparativos necesariamente tenían que dejar huella: los arreglos en las carreteras, los depósitos de combustible y víveres que se construían, el alistamiento de voluntarios, la búsqueda de camiones, la colaboración de sanitarios o el desplazamiento de tropas marroquíes ya eran conocidos por los servicios de información del Ejército español desde el verano.

El Gobierno callaba y el Estado Mayor preparaba planes de defensa y de evacuación como correspondía a su responsabilidad. En el terreno, se tenía la seguridad de que todos –políticos y militares–, en el Sáhara o en Madrid, trabajaban en la misma dirección. En todo caso, extrañaba la postura de los saharauis, poco colaboradores. 

La historia que se estaba escribiendo para consumo interno, incluía un elogio a la gran labor diplomática realizada ante la ONU por los encargados del asunto. Sin embargo, el paso del tiempo y algunas publicaciones nuevas, declaraciones veladas de protagonistas, libros que han investigado el contencioso y documentos americanos desclasificados nos dan a entender que no fue así y que, detrás de todo lo oficial, había un juego de disimulos, intereses y engaños: el cuento del Sáhara.

Estados Unidos y Francia nunca quisieron un Sáhara independiente, algo que consideraban un Estado artificial. La doctrina de la ONU y las resoluciones del Tribunal de La Haya, que no admitieron la postura marroquí, quedaban en papel mojado.

Un nuevo país que iba a situarse en la órbita soviética, aliado de Argelia, que obtendría una salida fácil al Atlántico y, posiblemente, inestable e inviable. Deseaban, a la vez, fortalecer a Marruecos para que optara por la occidentalización y evitara veleidades socialistas. Y, en el caso de Francia, donde algunos intelectuales apoyaban la visión histórica del rey Hassan, tampoco le era ajeno causar debilidad en el vecino del sur.

Esta postura internacional debió favorecer mucho el cambio de opinión de los gobiernos de Madrid. El caso es que el triunfalismo inicial de saberse un ejército más poderoso que el contrario se fue trocando en las altas esferas militares por una exagerada prudencia. Se empezaron a oír opiniones de que la victoria del primer momento se iba a convertir en nuestro Vietnam, que las armas sufrían mucho con la arena, el gasto, el rearme marroquí, etc. La cúpula militar parecía inclinarse por la política. Mientras tanto, el gobernador del Sáhara, el general Gómez de Salazar, continuaba con su plan de acción e incluso con conversaciones secretas con Argelia. Ajeno a las maniobras de Madrid y a la gestión de Kissinger, quedó como el máximo engañado.

Juan Carlos I, presidió la primera reunión del gabinete el 31 de octubre de 1975 con el primer ministro Carlos Arias Navarro y el ministro del Interior, José García Hernández GTRES 

Los políticos españoles estaban a otra cosa. Su preocupación era lo interno: el cambio de régimen, que se hiciera con tranquilidad y que no se convirtiera en una revuelta antifranquista. El 21 de octubre, el presidente Arias Navarro encargó al ministro Solís que comenzara negociaciones con Marruecos para evitar la marcha. Solís Ruiz tenía buenas amistades en el país del Magreb y se encargaba de llevar los negocios de Hassan II en España.

En Madrid se había optado por la vía diplomática, pero nadie imaginaba que se tramaba un abandono indigno y una renuncia a mantener una posición firme. De las conversaciones salió que Marruecos pararía la Marcha Verde en la frontera. En consecuencia, España debía dejar manos libres a Marruecos en el territorio. Las condiciones se fijarían más tarde. En esa línea no solo estaban Arias y Solís, sino también otros ministros como Carro o Cortina.

El 6 de noviembre de 1975 se inició la marcha que se adentraría en el Sáhara español, la civil hasta Daora. Antes, tropas marroquíes habían llegado hasta algunos puestos más al interior: Farsía, Hausa y Edchería. El 2 de noviembre, el príncipe Juan Carlos visitó El Aaiún para expresar apoyo a los españoles del Sáhara.

Ese día ya estaba todo pactado entre Madrid y Rabat, pero había que dar una imagen de resistencia. Las noticias eran propaganda; la versión oficial no coincidía con la realidad oficial oculta. A estas alturas es difícil saber qué hubiera sido lo mejor. España no tenía apoyos y vivía una situación muy complicada. Pero, tal vez, negociar después de haber mostrado una resistencia le hubiera dotado de mayor fuerza de presión.





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