martes, 15 de junio de 2021

El crimen de Matallana

El crimen de Matallana

Esta historia ocurrió hace algo más de un siglo. Desde que la manecilla del reloj había cruzado la frontera de las once de la noche habían pasado cinco largos minutos y aún era 13 de abril de 1911, día de Jueves Santo. A esa hora, como todos los días, el cabo de la benemérita Arsenio Aparicio caminaba al lado de la vía férrea, junto a la estación del ferrocarril de La Robla, en Matallana de Torío. A la luz del farol oía tras de si sus pasos y el viento del norte soplando encajonado en el valle del río Torío. Él era el comandante del cuartel de la guardia civil situado al lado del camino, la autoridad pues en este pueblo y sus alrededores, incluidas las minas de carbón, pero también había de hacer su ronda. Diez pasos más allá entre las sombras de los gatos negros creyó distinguir la silueta de Pablo Gutiérrez, que volvía a casa en animada charla de otro joven. Quizás vinieran o fuesen a partida de chapas, pues esos eran los juegos de estas noches.

—¿Adonde se va?—preguntó Aparicio.

—Adonde nos da la gana, y á usted le importa poco— Contestó Pablo.

—Pues ahora—replicó el cabo—vais á venir conmigo.

Fuese por confianza o por llevar sueño atrasado, sin que tuviera tiempo de prevenirse, Pablo se arrojó sobre él y sin mediar más palabra le clavó un cuchillo en el pecho, acertándole a entrar por el hombro izquierdo. Aparicio se quedó un momento atónito, sin darse cuenta de que estaba herido, hasta que se llevó la mano al hombro y encontró el mango del arma sobresaliendo de su guerrera empapada en sangre. En ese momento comprendió lo que ocurría, usó todas sus fuerzas para emitir un débil grito en demanda de socorro y cayó al suelo.

El agresor y su compañero huyeron como alma que lleva el diablo, camuflándose en las brumas de la noche, y aunque los guardias del puesto acudieron inmediatamente, y persiguieron á tiros á los fugitivos, no lograron darles alcance.

Pese a los cuidados del médico y de los compañeros, nada se pudo hacer por él, el cabo murió al día siguiente, á las tres de la tarde, y el viernes se le enterró en Matallana, presidiendo el duelo el teniente coronel jefe de la Comandancia de León, D. Miguel Arlegui Bayonés, y el teniente jefe de la linea, D. Francisco Grande Puertas. Asistieron los guardias de los puestos comarcanos y todo el pueblo de Matallana, que profesaba verdadero afecto al cabo asesinado por su conducta ejemplar. Para su desgracia, Aparicio dejaba viuda y seis hijos.

Según los informes oficiales de la Comandancia de León, hacía pocos días había llegado á Matallana, procedente de América, donde ya había vivido en dos ocasiones anteriores, un sujeto de malos antecedentes llamado Pablo Gutiérrez, de treinta años. Venía á España con objeto de recoger á su madre y volverse á América con ella.

Por otra parte y casualmente la madre de Pablo había arrendado tiempo atrás una casa de su propiedad, próxima á la estación del ferrocarril, para el puesto de la benemérita, que en aquellos tiempos se componía del cabo Aparicio y tres guardias.

Finalmente, se aseguraba que entre Pablo Gutiérrez y el cabo Aparicio había resentimientos antiguos, y sólo así se podría explicar el brutal crimen, cometido sin motivo aparente.

Por las pesquisas realizadas hasta el momento creíase que Pablo y su compañero se habían marchado á Vigo, por lo que se procedió a telegrafiar a los puertos de Asturias y Galicia para impedir que el criminal embarcase, como sin duda, de seguro, era su propósito.

Este relato, poco más o menos, fue el texto de la crónica que algún periodista local envío al redactor del diario "El Imparcial", Díaz de los Arcos, a las nueve y veinte de la noche del sábado desde León, utilizando el telégrafo, para poder publicarla en Madrid al día siguiente. Los hechos habían pasado hacía ya dos días y es probable que cambiaran de muchas manos y bocaorejas hasta llegar al negro sobre blanco. Por todo ello no es extraño que en la crónica enviada ese domingo a las once de la noche desde León y por telégrafo, con destino al mismo redactor de "El Imparcial" para su publicación el día siguiente, la versión de los hechos hubiese cambiado en gran medida. Esa nueva historia es la que se muestra a continuación.

Parece ser que el domingo a la noche se seguía ignorando el paradero de Pablo Gutiérrez, el asesino del cabo de la Guardia civil, a pesar de que se hacían activísimas pesquisas en toda la provincia. Ese mismo día habían regresado por fin a León el jefe de la Comandancia, teniente coronel D. Miguel Arlegui Bayonés, y el teniente jefe de la línea, D. Francisco Grande Puertas, quien instruyó las primeras diligencias, que en ese momento ya habían pasado al juez Instructor D. Jobino Castro López, comandante del Regimiento de Burgos, nombrado en ese día, para continuar el sumario.

En opinión del periodista, la versión oficial del crimen confirmaba su primer relato, aunque como podemos ver no era así. Según esta versión oficial, el cabo Aparicio iba, acompañado de un guardia y armado de fusil, en busca de los autores de un robo de caballerías. Cuándo Pablo le clavó el cuchillo y echó á correr, el cabo, sin darse cuenta de que estaba mortalmente herido y creyendo que sólo le habían dado un puñetazo, disparó cinco tiros á su agresor; pero éste se había puesto ya á buen recaudo, ocultándose entre unos matorrales. Los demás guardias dispararon también, sin resultado.

Al ruido de los tiros salieron la esposa y los hijos de Aparicio y le encontraron ya moribundo.

Parece ser que, como medida de gracia y socorro, el teniente coronel Arlegui antes de dejar Matallana socorrió á la viuda con 500 pesetas.

Días más tarde el asesino del cabo no había dado señales de vida, pero en "El Heraldo militar" del 26 de junio se dio cuenta de que gracias á las gestiones del director general, D. Vicente Martitegui, cerca del teniente general D. Marcelo Azcárraga Palmero, se había conseguido que la testamentaria de Lemaur concediera 800 pesetas á la viuda del cabo que fué de la comandancia de León Arsenio Aparicio, que fué asesinado en Matallana.

Mi abuelo Juan Barrón Llorente fue Guardia civil en Matallana, por aquellos años. No puedo precisar si sería en 1911, pues él estuvo primero en Pola de Gordón y en 1912 su hija Aurora, ya nació en Matallana. Por aquellos años el cuartel estaba en el pueblo de Matallana, al lado de la casa de los propietarios de las minas, y no junto a la estación de ferrocarril. Por otra parte recuerdo haber oído de pequeño una historia que hablaba de un vecino del pueblo que había construido una casa al lado de la estación, casa que aun se conserva. Parece ser que esto levantó envidias entre los ricos del lugar y uno de ellos pretendió arrebatarle la propiedad con malas artes. Una noche cerrada unos cuantos sujetos, acompañados por un guardia civil fueron al encuentro del constructor de la casa. En la refriega cayó muerto el guardia y el dueño de la casa hubo de huir de la zona para siempre. Esta historia se parece mucho a la de Pablo y Arsenio, pero quien sabe si será la misma...

Hace más de cuarenta años que cambiaron de sitio los cementerios de Matallana de Torío y Robles de La Valcueva. Imposible seguir el rastro a la tumba de Arsenio Aparicio.


Asesinato de un cabo de la benemérita (El Imparcial - domingo 16 de abril de 1911) (La correspondencia militar - lunes 17 de abril de 1911)

EL CRIMEN DE MATALLANA (El Imparcial - lunes 17 de abril de 1911) (EL DIA - Martes 18 de abril de 1911)

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