sábado, 10 de enero de 2026

Evolución de la socialdemocracia

La rosa enferma: ¿qué le ha pasado a la socialdemocracia europea?

A principios de siglo, casi el 70% de los ciudadanos de la UE vivía bajo primeros ministros de la órbita socialdemócrata; hoy, esa cifra se limita al 10%. Y apenas hay tres mandatarios (de 27) de este signo en el Consejo Europeo: la danesa Mette Frederiksen, el maltés Robert Abela y Pedro Sánchez. ¿Cómo se gestó esta gran crisis?

Claudi Pérez

14 JUN 2026

La ley dice: mermelada ayer y mermelada mañana, pero nunca mermelada hoy”. Esa frase redonda de Alicia a través del espejo le sienta como anillo al dedo a la dieta electoral a la que se está sometiendo la socialdemocracia, una familia política con más de 150 años de historia que dominó la segunda mitad del siglo XX europeo (mermelada ayer) y cuyos líderes prometen una y otra vez que contraatacará con fuerza (mermelada mañana), pero que hace tiempo que no cata la dichosa mermelada, metida en una cura de adelgazamiento larga, más larga que esa gira de Bob Dylan llamada Never Ending Tour. En medio de la marea derechista y ultraderechista, y con una fragmentación política formidable en su espacio, el centroizquierda europeo sobrevive hoy como una fuerza de tamaño medio, a veces tirando a welter. Boxea muy por debajo de su peso histórico. A menudo se queda en tierra de nadie. Y está en franco declive; le falta punch, últimamente acaba en la lona elección tras elección. Esa suave decadencia, que dura ya décadas, se ha transformado en hundimiento en algunos países: Francia y Alemania —el SPD está ligeramente por encima del 10% en intención de voto —, nada menos; subsiste en otros (Italia, Portugal) y logra sacar la cabeza y conservar el poder en unos pocos (Dinamarca, con políticas migratorias durísimas, y Reino Unido y España, con enormes dificultades).

La rosa socialdemócrata europea, en fin, se marchita. En parte porque se está marchitando el prefijo social, en agendas como la migratoria, y en parte porque es la propia democracia la que está sufriendo de lo lindo. Esa erosión empezó en los años ochenta. Entonces pasó de cosechar un 40% de los votos en sus años mozos, incluso más (aquel 48% del PSOE en 1982), a una media que hoy está en torno al 20% en Europa occidental. Va camino incluso de la desaparición en algunos países, a pesar de que tiene un probado historial de remontadas. La muerte de la socialdemocracia, tituló este diario allá por 1989, en uno de sus baches; “Las noticias sobre mi muerte son exageradas”, le espetó una vez el escritor Mark Twain a un periódico que había publicado su obituario.

El colapso de la socialdemocracia europea: en busca de una emoción

¿Cuándo se jodió ese Perú? Los académicos citan la crisis del petróleo de los setenta, que provocó el ascenso de Reagan, Thatcher y los neoconservadores, y una crisis existencial en la izquierda. A menudo también se señala la caída del Muro, que llevó a algún zoquete a dictaminar el fin de la Historia, con ese matrimonio aparentemente indisoluble que iban a formar capitalismo y democracia, y que hoy se cae a pedazos. La tercera vía de Tony Blair y Gerhard Schröder, a caballo entre el siglo pasado y el actual, dio un impulso pasajero al proyecto, pero acabó dejándolo grogui entre el desastre de Irak y una política económica que prometía moderar los excesos del capitalismo y falló con estrépito. Aún quedaba el golpe de gracia: la Gran Recesión, la crisis de nuestras vidas, que tenía que suponer el final de los neocon y el regreso de Keynes, del consenso socialdemócrata. Aquella crisis castigó de lo lindo al centroizquierda, que abrazó (al menos al principio) las políticas de austeridad y los rescates a los bancos para acabar generando un tremendo malestar, un profundo resentimiento, una edad de la ira entre la ciudadanía en la que han pescado los ultras.

El proyecto perdió atractivo; se difuminó. El centroderecha también ha sufrido, pero menos: ha sabido adaptarse algo mejor a los nuevos tiempos, a esta era de política caníbal que nos atraviesa. Antes de la Gran Crisis, izquierda y derecha se repartían el pastel electoral al 50%: hoy la izquierda tiene un tercio de la tarta, el centroderecha otro tercio y los ultras agitan el libertarismo y el etnonacionalismo con un tercio adicional. La gran pregunta, la que tal vez sea la caja negra de las democracias liberales, es qué va a hacer con eso el centroderecha: de momento está sucumbiendo a la tentación de pactar con los populistas en Bruselas y en varios países, y la socialdemocracia no termina de recuperarse del susto. Bastan dos cifras para comprobar el tamaño del boquete: a principios de siglo casi el 70% de los ciudadanos de la UE vivían en países gobernados por el centroizquierda; hoy esa cifra se limita al 10%, con apenas tres primeros ministros en el Consejo Europeo, Pedro Sánchez —con las encuestas en contra y una fatiga de materiales cada vez más evidente—, la danesa Mette Frederiksen —una socialista de derechas, al menos en política migratoria— y Robert Abela, que dirige Malta, una isla con menos de medio millón de habitantes. Eso sí, la risa va por barrios: el centroizquierda figura también como socio minoritario en varias coaliciones, aunque a menudo eso acaba siendo contraproducente cuando llega la cita con las urnas. Y, fuera de la Unión, pero aún en suelo europeo, se suman el británico Keir Starmer, con un futuro azuloscurocasinegro, y el noruego Jonas Gahr Støre, que capitanea la remontada en Escandinavia.

¿Y cómo se jodió el Perú? En Europa hay cada vez menos obreros y más clase media, mucho más voluble, menos fiel: la base de votantes se ha desgastado con la desindustrialización y la pérdida de peso de los sindicatos. Además, la izquierda se ha dividido a toda velocidad: “El elemento clave para entender la debilidad de los socialdemócratas es la fragmentación del espacio de izquierdas, con pérdidas netas de votos hacia partidos de izquierda radical, hacia los Verdes y hacia otras propuestas, y a veces también hacia el centroderecha. Contra lo que se piensa, y contra lo que creen los propios partidos, las fugas hacia la ultraderecha son mínimas”, resume Silja Häusermann, de la Universidad de Zúrich.

Pero eso no es todo. Su credibilidad se ha desdibujado porque fueron complacientes con la austeridad y no han sabido poner coto a las desregulaciones de las derechas, que están desmontando parte de la agenda verde y de la normativa para embridar a las grandes tecnológicas. No han logrado atajar la desigualdad, la enfermedad económica más peligrosa de esta época, con pérdidas de poder adquisitivo que son combustible de gran octanaje para los ultras, ni resolver problemas como la vivienda. Optaron por el pragmatismo y la ortodoxia con la UE y con la economía, y no han sabido traducir las metas que definen su identidad en un perfil político más nítido. “La socialdemocracia era una pelea por la redistribución, hasta que se aferró a las políticas de igualdad como rasgo fundamental de su identidad”, asegura el académico y exministro socialista José María Maravall.

Pero es que además ni siquiera los expertos se ponen de acuerdo sobre las causas. “No puedo estar de acuerdo con que los problemas de la socialdemocracia proceden de que se obsesionó con las minorías”, argumenta rotundo el pensador Pankaj Mishra. “Hay muchas razones para explicar la crisis actual, incluida la destrucción de la antigua esfera pública por las redes sociales y los gigantes tecnológicos. Las razones más profundas son los errores estratégicos, con su giro hacia las políticas neoliberales después de 1989. El socialismo perdió legitimidad cuando sacralizó los mercados libres, la codicia y la acumulación de riqueza como ideales, cuando vio la desigualdad como una etapa transitoria hacia la prosperidad universal y participó en la creación de una tecnocracia amoral que acabó desplazando todo el terreno de juego político hacia la derecha”, explica el autor de uno de los ensayos más sugestivos de los últimos tiempos, El mundo después de Gaza. “Los Blair, Aznar, Sarkozy, Macron, Obama y tantos otros”, prosigue Mishra, “son ejemplos de líderes fascinados por la riqueza y el poder. Bajo su liderazgo la política se desplazó hacia la derecha”, un movimiento tectónico en el que otorga a los dirigentes progresistas buena parte de la culpa. “Ahora la principal preocupación de sus sucesores es imitar el éxito fácil de la ultraderecha para seducir a muchos ciudadanos frustrados, en especial con la migración: la única excepción es la España de Pedro Sánchez”, cierra.

“La familia socialista no ha sabido navegar en sus contradicciones. Hay múltiples causas en su declive. Perdieron pie con la desindustrialización y con la fragmentación de su espacio político, especialmente con las meteduras de pata de la Gran Crisis”, añade Jane Gingrich desde Oxford. “Últimamente han cosechado un fracaso doble: han endurecido algunas políticas, como la migratoria, pero ahí no consiguen pescar votos, salvo en Dinamarca, y están a la defensiva, incapaces de proponer políticas atractivas que lleven la utopía unos centímetros más allá del Estado de bienestar”. Tienen dificultades, sostiene, para ofrecer una visión nítida en agendas como el cambio climático, las recesiones democráticas, la erosión del poder adquisitivo, la vivienda o la preocupación por la inteligencia artificial. “La derecha lo tiene más claro: excluir y proteger, si hace falta de la mano de la ultraderecha y los tecnomagnates”. El centroizquierda, argumenta, necesita articular mejor su discurso, con líderes “audaces e inspiradores”: no basta con salir a defender el Estado de bienestar. “Sánchez lo ha conseguido durante mucho tiempo. Mamdani, en Nueva York. Carney, en Canadá desde posiciones más liberales. Australia”. Hay algunos ejemplos aquí y allá, apunta, pero no se ve un programa general, internacional, rotundo.

Thomas Piketty, autor de El capital en el siglo XXI, recogió ese testigo en una conversación con Ideas: “La izquierda debe promover plataformas más internacionales y ambiciosas, algo que sí tienen las derechas, para transformar el sistema; eso incluye la creación de grandes fondos soberanos, una inversión masiva en educación, sanidad e infraestructuras públicas y políticas firmes para reducir dramáticamente la desigualdad. En una palabra: ambición”.

¿Es demasiado tarde? Pensadores como John Gray consideran que, por sus propios instintos, la socialdemocracia ya no es viable. Defiende que sigue ligada al modelo de posguerra, al keynesianismo y al pleno empleo, que ha desaparecido: “El giro neocon hacia los mercados libres y desregulados generó una increíble ruptura social e inestabilidad política, un individualismo exacerbado”, ha escrito. “La mera idea de la flecha del progreso, tan socialdemócrata, es una superstición”. Gray estima que no se trata del declive de la socialdemocracia, sino del de Occidente, una crisis del orden liberal democrático. El diplomático y escritor José María Ridao asegura que, en agendas como las de migración y globalización, el centroizquierda “se ha llevado por delante el Estado de derecho y ha contribuido al desorden global actual”.

En esa encrucijada, Gingrich, desde Oxford, y otros académicos como Jonas Pontusson (Universidad de Ginebra) o Massimo Morelli (Bocconi) divisan cuatro futuros posibles. Uno: Dinamarca, con su mano dura con la migración y su apoyo a las políticas sociales, aunque ese modelo parece poco exportable. Dos: Noruega y Australia, con el centroizquierda alcanzando el poder con políticas centradas en la recuperación del poder adquisitivo, como Carney (sin ser un socialdemócrata) en Canadá. Tres: la excepción española, con apertura a la migración y políticas económicas de izquierdas, a pesar de su frágil mayoría y la fatiga aderezada con casos de presunta corrupción. Y cuatro: el enfoque progresista con un punto populista de algunos líderes latinoamericanos, como Lula en Brasil o Sheinbaum en México, aunque los expertos admiten una volatilidad enorme en esa región. Mishra ofrece aún otra vía adicional: “El centroizquierda aún es viable en muchos países si se permite a sí mismo salirse del corsé de una estructura partidista a menudo disfuncional. Bernie Sanders podría haber derrotado a Trump. Jeremy Corbyn fue sistemáticamente atacado por su propio partido en el Reino Unido. No faltan perfiles con talento e integridad con una mirada netamente de izquierdas. Pero para ello habría que abordar la corrupción en las estructuras de los viejos partidos, que a menudo bloquean esas salidas, antes de albergar esperanzas de revitalización”.

Todo eso se ve bastante borroso; recuerda a la ley de la Alicia de Lewis Carroll. “Hay claridad en las causas del declive, pero mucha menos en las propuestas para salir de ahí”, admite Joaquín Almunia, exministro socialista y exvicepresidente de la Comisión Europea, que respecto a esa última posibilidad que apunta Mishra afirma que su familia política a menudo ha pecado de ser vista como demasiado establishment, pero otras veces se ha radicalizado, y así ha perdido credibilidad. Europa y la socialdemocracia, con su síntesis entre ortodoxia e idealismo, con su oscilación entre el excesivo pragmatismo y las propuestas utópicas, son las dos principales víctimas de la Gran Recesión. “Ahora mismo estamos en horas muy bajas”, admite, “pero siempre existirá ese espacio político de centroizquierda, de respeto por los derechos humanos, por la búsqueda de apoyo para los más vulnerables”. “A quienes entonan continuamente el réquiem por la socialdemocracia hay que decirles que vamos a volver. No seremos los mismos. Ni propondremos las mismas políticas, porque el mundo ha cambiado y hay que encontrar recetas para paliar las enfermedades y el malestar actual. Pero enterrarnos es un profundo error: volveremos”, promete Almunia con un mensaje que recuerda al de Mark Twain.

“Lo importante es saber quién manda”, dice también la Alicia de Carroll, y la marea de las derechas es incontestable hoy en día. “El mar no recompensa a quienes son demasiado ansiosos, demasiado codiciosos o demasiado impacientes”, según el aforismo de Anne M. Lindbergh, pero van 20 años a la baja.

La muerte de la socialdemocracia

Joaquín Estefanía

16 ENE 1989

Las últimas declaraciones de algunos responsables políticos y el desarrollo del Comité Federal del PSOE explicitan algo que se barruntaba desde hace al menos un año: los socialistas españoles están intentando alumbrar un nuevo modelo de socialdemocracia, diferente del clásico, del que se ha aplicado hasta ahora. Se trataría de un proyecto en el que los sindicatos ocupan un lugar subsidiario (las palabras más rotundas las ha tenido Carlos Solchaga cuando ha declarado que "un sindicato que se corporativiza debe tener, para el Gobierno, la misma consideración que el colegio de abogados"). Es decir, se rompería el tradiciónal paralelismo en el que sindicato y partido caminaban al unísono en busca de una sociedad más justa y solidaria.Tras la huelga del 14 de diciembre pasado, los socialistas españoles se han unido dramáticamente a los problemas que enfrentan a sus homólogos europeos, con las correspondientes centrales sindicales. Los alemanes de Oskar Lafontaine, los franceses de Míchel Rocard o los laboristas de Kinnock llevan tiempo abordando las mismas dificultades y buscando, con escaso éxito, ese mismo modelo inédito de socialdemocracia sin sindicatos que todavía no se puede identificar.

Ahora bien, la ruptura entre PSOE y UGT, de producirse, plante a la cuestión de qué queda del modelo socialdemócrata que accedió al Gobierno en España, en estado electoralmente puro, hace ahora seis años. La esencia de la socialdemocracia clásica -tal como está concebida, por ejemplo, en el documento ideológico del Programa 2000- se define en tres puntos básicos: el desarrollo del Estado del bienestar, la economía mixta y la contratación colectiva y sus consecuencias, entre ellas, la concertación socia . Las nacionalizaciones más bien fueron un experimento nacido en el Reino Unido y no aplicado de modo general en Suecia, ejemplo superior de socialdemocracia.

Repasemos uno a uno los puntos. El weffare State no es precisamente uno de los caracteres dominantes en la sociedad española; es más, mientras la mayor parte de los países europeos está de vuelta en la aplicación de este concepto (es decir, aligerando sus excesos), España todavía no ha ido, lo que es más palpable en estos momentos, cuando se empieza a salir de los peores momentos de la crisis económica y son más manifiestas las desigualdades sociales. De forma que nuestro país es un ejemplo de la economía dual, de la sociedad de los tres tercios, en la que uno de ellos, los más desfavorecidos, los marginados, crece y sale a la luz, en contraste con la opulencia de los especuladores y de ese capitalismo maduro reciente del capitalismo popular, las megaopa, los junk bonds o el leverage buy out. El keynesianismo, que formó parte del Estado del bienestar, fue una respuesta a una crisis de subconsumo de distinta naturaleza que la existente en nuestros días.

La economía mixta está, por lo mismo, en retroceso. A España ha llegado la ola de reprivatizaciones que, se quiera o no, forma parte de la ideología básica de la revolución conservadora que han puesto en práctica el reaganismo y sobre todo la señora Thatcher. Quedaba, pues, la tercera esencia del modelo socialdemócrata de regulación capitalista: el pacto social como método de avance hacia una sociedad en la que los conflictos de clase se amortiguan en beneficio de todos, en que la inevitable lucha de clases se produzca en sus perfiles más bajos y no llegue nunca a una guerra de clases.

En España, el pacto social formó parte desde el primer momento de la transición política de un régimen dictatorial a la democracia, y es, seguramente, su secreto más contante .La concertación social , tal como juedó definida desde los Pactos de la Moncloa de 1977, estaba muerta desde hace un año, cuando las centrales sindicales impusieron un método de trabajo de mesas separadas y evitaron la asunción de un consenso global. Pero siempre queda la duda de si esta metodología fue tan sólo una actitud coyuntural y se volvería a las sendas de los AMI, ANE, Al o AES. Lo que está sucediendo estos días es, sin embargo, el acta de defunción de la concertación y, por tanto, de la última seña de identidad que resistía de la socialdemocracia clásica.

Las consecuencias de todo esto todavía no son visibles, pero, atendiendo a la experiencia histórica, no se puede ser optimista desde el punto de vista de la izquierda. En otros países con Gobiernos socialistas llegó la confrontación con sus sindicatos y, tras ella, el mandato irresistible de los conservadores. El paradigma por excelencia es el del Reino Unido y la se lora Thatcher. El siguiente paso es la aniquilación sindical, con unas centrales consideradas como un factor más de la rapidez del mercado, como entes retardatorios a extinguir o como elementos intermedios de la sociedad a los que hay que dar el mismo tratamiento ,que al Colegio de Abogados".

La sociedad española ha votado dos veces mayoritariamente a favor de ese modelo que está a punto de ser abandonado. Por ello es grande la gravedad de lo que está sucediendo y por ello hay que exigir a cada cual su parte de responsabilidad en el fracaso. Nadie ha contestado ni se ha dado tal por aludido al llamamiento editorial de este periódico exigiendo que se hagan públicas las grabaciones de la última reunión entre el Gobierno y los sindicatos, que terminó en una tensión extrema. Así, al doble lenguaje habitual en este tipo de negociación se ha añadido el pábulo y el rumor de lo que allí se dijo.

Es imprescindible conocer si efectivamente algún sindicalista pidió en la Moncloa la cabeza del presidente Felipe González y la caída del Gobierno -en cuyo caso habrían entrado en flagrante contradicción con lo que las centrales mismas dijeron antes de la huele a del 14-D, y se trataría de una mera cuestión de poder-, o, por el contrario, si ello no fue así, por qué miembros del partido socialista o del Gobierno mienten y desean enfrentar a las cúpulas sindicales con el resto de los ciudadanos que les acompañaron en la huelga de 24 horas que paralizó el país.

Los errores, en política -y el sindicalismo es otra forma de hacerla-, se pagan. Ni se puede hacer del 14-13 una ley ni se puede ignorar su contenido profundo. Un mes después de la huelga general, el único avance real es la confusión. Las huelgas se hacen para ganarlas y que otro las pierda. Aquí los únicos ganadores visibles por el momento son quienes no arriesgaron ese día ni juegan cotidianamente en las esferas de poder. En uno de sus libros más conocidos, T. S. Kulin ha escrito que una revolución teórica sólo tiene lugar cuando frente al paradigma en crisis se cuenta con un paradigma alternativo. Lo que en España no parece el caso.

Salvar la socialdemocracia

Es preciso desacoplar la propuesta socialdemócrata de las siglas de un partido que en realidad no la defiende, y encomendarla a quienes parezcan dispuestos a ponerla en marcha

Lo que nos pasa —decía Ortega— es que no sabemos lo que nos pasa. Se dice que la nuestra es una sociedad cansada, desilusionada, acelerada, conformista. Y últimamente, que vivimos tiempos de incertidumbre. Desconocemos qué nos deparará el futuro, ignoramos hacia dónde dirigirnos en este mundo de posveracidad, desinformación y polarizaciones enconadas. Sin embargo, si empezando por aquel entorno que nos resulta más accesible, por España, la Unión Europea y América Latina, pudiéramos construir un nosotros desde un diálogo abierto, ¿hacia dónde decidiríamos ir?

Tal vez descubriríamos que tan desnortados no estamos, que en cuanto habláramos en serio saldrían a la luz conquistas ya alcanzadas, de las que tenemos una buena experiencia cuando las hemos vivido, y a las que, por eso mismo no deberíamos renunciar, sino fortalecerlas y prolongarlas. Sobre ellas podríamos encontrar un acuerdo.

En principio, aceptaríamos que la comunidad política, siguiendo la sugerencia de Rawls, es un sistema equitativo de cooperación a lo largo del tiempo, desde una generación hacia las siguientes. No un campo de Agramante, ni siquiera un sistema de convivencia más o menos llevadero, más o menos injusto, sino un sistema de cooperación con el que todos deberíamos conseguir ventajas y por eso tiene sentido aceptar el pacto de colaborar. La justicia es la clave de ese contrato social que constituye nuestras sociedades democráticas y que resulta irrenunciable, porque fuera del pacto, a la intemperie, hace un frío insufrible, como el que narra la Nobel surcoreana Han Kang en su desgarradora novela Imposible decir adiós.

Dando un paso más, en nuestros países hemos experimentado ya la forma política, más o menos incorporada en la vida cotidiana, de un Estado social y democrático de derecho, es decir, una democracia liberal-social, que se compromete a tratar a sus ciudadanos como “ciudadanos sociales”, siguiendo el concepto de ciudadanía social de Marshall; es decir, debe proteger sus derechos civiles y políticos, pero también los económicos, sociales y culturales. Este es el modelo democrático de la Unión Europea, que se propone en sus documentos evitar cualquier exclusión, cualquier descarte, para que nadie quede atrás. Es la plasmación de las actuales propuestas de socialdemocracia, que aceptan la economía social de mercado, con intervención del Estado para corregir desigualdades, promover la justicia y mantener servicios públicos de calidad, creando con ello cohesión social en el mejor sentido de la palabra. Este es el modo de generar entre la ciudadanía una amistad cívica: la que nace entre quienes comparten un proyecto común desde el pluralismo y desde profundas discrepancias en el modo de llevarlo a cabo.

A diferencia del modelo de democracia neoliberal estadounidense, sobre todo en la versión MAGA, y frente al comunismo capitalista chino totalitario, que es radicalmente antidemocrático, la Unión Europea apuesta en sus documentos por la socialdemocracia, que se propone unir valores irrenunciables, como la libertad, la igualdad y la solidaridad. Cuando llega a encarnarse en las sociedades realmente, es capaz de unir lo justo y lo conveniente. Renunciar a ella sería un delito de lesa humanidad. Es el modelo que algunos universalizaríamos en una ciudadanía social cosmopolita, el modelo europeo hacia el cosmopolitismo, que también Habermas diseñó desde ese afán de entendimiento mutuo, que une razón y emoción. La reciente visita de León XIV a España ha demostrado una vez más que en ese diseño converge también la doctrina social de la Iglesia, iniciada por León XIII en 1891 con la Rerum novarum.

Ciertamente, cuando se está hablando de proponer un nuevo contrato social en el nivel mundial para responder a los retos de la inteligencia artificial, de modo que esté al servicio del bien común y no de unas cuantas compañías poderosas o del Estado totalitario, España tiene que estar preparada para sumarse a este diálogo e intentar tener una voz en el contexto europeo.

Ahora bien, una cosa son las propuestas, sobre las que deberíamos deliberar los ciudadanos en distintos foros y los representantes en el Parlamento, si es que queremos construir una democracia deliberativa, progresista, y no agregativa, reactiva, y otra cosa es decidir en manos de qué partido o partidos políticos sería razonable poner la responsabilidad de llevar adelante la propuesta socialdemócrata para que no desaparezca. Y en este punto, aunque nadie es perfecto, el nivel de corrupción de que tenemos noticia a diario en nuestro país ha conseguido liquidar la confianza en la política. Se extiende la desafección.

Y es que, por desgracia, más que la posverdad se ha impuesto la posveracidad, el hábito de mentir sin ningún problema y de justificar lo injustificable. Entonces sucede, como decía Hannah Arendt, que ya nadie se cree nada. No hace falta criticar la desinformación que extienden las plataformas, porque la mentira se ha normalizado y además sin penalización alguna. Pero entonces, como nuestra Constitución pone en manos de los partidos una gran parte de la gestión política, ¿a cuáles se puede confiar algo tan importante como llevar adelante la socialdemocracia?

¿Cómo confiar en quienes destruyen de hecho la separación de poderes al criticar públicamente las decisiones de los jueces cuando les incomodan, las atribuyen a una conspiración orquestada y perversa, pretendiendo convertirse en víctimas, en vez de practicar una elemental autocrítica?

Es bien conocida la afirmación de Kant en La paz perpetua, cuando asegura que hasta un pueblo de demonios, de seres sin sensibilidad moral, preferiría un Estado de derecho al estado de naturaleza, con tal de que tengan inteligencia. El estado de naturaleza es un estado potencial de guerra de todos contra todos en el que vence el más poderoso, no quien tiene razón, mientras que en un Estado de derecho el que está legitimado para resolver las disputas es el juez, y por eso debe ser imparcial e íntegro. Naturalmente, el juez puede equivocarse y el derecho a recurso debe estar instituido. Pero quien debe decidir entonces no es el gobernante; la separación de los tres poderes es irrenunciable para evitar el totalitarismo, destructor de la democracia. El derecho de la ciudadanía es sagrado.

Y como solo despiertan confianza algunas personas o grupos, en una democracia que quiera ser viva y flexible se hace necesario desacoplar la propuesta socialdemócrata de las siglas de un partido que en realidad no la defiende, y encomendarla a quienes sí parezcan estar dispuestos a ponerla en marcha desde un acuerdo básico. En este punto se hace imprescindible que la ciudadanía asuma también esa ética de la responsabilidad de la que hablaba Max Weber, que en una sociedad democrática no es sólo la que corresponde a los políticos de oficio sino a todos los ciudadanos. Una ciudadanía madura, crítica, es la que intenta discernir qué es lo más conveniente en cada contexto, sin ataduras dogmáticas.

Precisamente, la transición desde la dictadura a la democracia fue posible en España, entre otras cosas, porque se logró una sinergia entre un poder político democrático, el poder económico, el consenso entre todas las fuerzas sociales y la mano intangible de los hábitos, los valores éticos y las virtudes cívicas que valen por sí mismos y para que la democracia funcione. Una sinergia que es hoy necesario reconstruir en este tiempo nuevo para tener realmente razones para la esperanza de un mundo justo y compasivo. Contando también con la estabilidad que ofrece el suelo de una institución que ya tenemos, la Monarquía parlamentaria, que aporta un capital simbólico de imparcialidad en el juego partidario, unidad y permanencia del Estado, a largo plazo, y un muy valioso capital social internacional, especialmente como vínculo de unión con todos los países de América Latina, a los que llevamos cálidamente en el corazón.

Adela Cortina es catedrática emérita de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y directora de la Fundación ÉTNOR. Su último libro es ¿Ética o ideología de la inteligencia artificial? (Paidós).



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