Sueños apretujados
Natalia Carrasconte - 2002
Desde lo alto de un cielo azul de primavera el Sol dejaba caer sus rayos inundando el patio de la escuela de gotas de cálida luz multicolor. Sentada en el suelo una niña rubia, de apenas seis años, se entretenía llenando su cubo de plástico rojo con la arena humedecida por el rocío.
A lo lejos una voz de maestra corto el aire pronunciando su nombre:
¡Elena!
Era la hora de volver a clase, lo había recordado el timbre eléctrico y ya todos se agolpaban entre risas y empujones ante la puerta. A decir verdad todos no, la niña del cubo rojo y la pala verde no pudo oír a la profesora.
Ahora escarbaba con sus manos para desenterrar una piedra negra que asomaba en el fondo del agujero.
La niña escarbaba con sus dedos en la arena.
Después de tres interminables minutos la señorita Conchita agotó su paciencia y entre comentarios malhumorados se fue acercando al patio de los párvulos para rescatar a la alumna desobediente.
Al llegar aquello que en un principio se confundió con una piedra estaba fuera girando lentamente entre los dedos delicados de uñas sucias. Su color negro brillante de tonos irisados palidecía en parte por la tierra que aún tenía pegada. Aquella cosa de cristal recordaba en sus formas a una mona sonriente o así le pareció a la pequeña.
La maestra se quedó igualmente embobada mirando el hallazgo pero como adulta que era consiguió recordar a que había venido. Cogió con suavidad el brazo de la niña y estiró hacia arriba para ponerla en pie.
Le lavó las manos en la fuente sin intentar arrebatarle aquel objeto misterioso que también acabó quedando reluciente. Las dos entraron en el edificio sin decir palabra y sin darse cuenta de que las mangas de sus batas respectivas iban chorreando agua por todo el pasillo.
La seño le lavó las manos en la fuente.
La mona risueña se sentó tal cual estaba apoyando la espalda en el borde de la bandeja de los lápices de colores. Aquello no ofrecía mucha comodidad para su cuerpo de vidrio pero tampoco estaba acostumbrada a mullidos asientos.
Los compañeros de mesa vieron a Elena dejar la figurita pero cuando intentaron preguntar por ella y por el hecho de que estuviese tan mojada la maestra les hizo callar para poder explicar lo que tenían que hacer en la ficha de lengua.
Mientras explicaba la señorita gesticulaba y movía los brazos como de costumbre para poner énfasis en aquello más importante, con la diferencia de que hoy las gotas de agua que escapaban de sus brazos mojaron a un nutrido grupo de niñas y niños. Nadie protestó por ello y no tardaron en comentar aquello tan conocido de:
¡Señorita ya he terminado!
Todos a hacer la ficha.
La maestra fue llamando, uno a uno, a todos sus alumnos a su mesa para revisarles el trabajo y comentarles lo que tenían bien y mal con aquellos trazos de bolígrafo rojo que tanto les gustaban. Mientras tanto el reloj corría desbocado y ante el poco tiempo que quedaba los cuatro niños de la mesa del fondo tuvieron que ir en tropel a la codiciada mesa de la “seño”.
En ese momento la maestra sintió frío y por fin reparó en que tenía las muñecas humedecidas. Fingió no darse cuenta y continuó con la revisión del trabajo. Al levantar la vista para llamar al orden a dos niños alborotadores creyó ver una mancha negra que se escabullía por una ventana entreabierta.
En ese momento sonó el timbre que marcaba la hora de la comida. Como por encanto la bata de la maestra estaba seca y todos los niños hacían cola con las mochilas a la espalda para irse a su casa.
La mancha negra se escapó por la ventana.
Salvo Elena nadie se acordó más de la mona risueña. Nunca más volvió a verla. En su lugar había un sobrecito de papel salmón que en letra diminuta ponía:
“para Elena”
Lo lleva siempre encima, de día en el bolsillo de la bata o en la mochila y de noche debajo de la almohada. Nunca ha querido abrirlo y ver que contiene, ni nadie jamás le ha preguntado. Y sin ella saberlo lo ha ido llenando en todos estos años con sus sueños.
Elena lleva siempre el sobre de los sueños en la bata.







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