lunes, 7 de octubre de 2019

Impresora 3D Formbytes


Formbytes Technologies está formado por un equipo joven ubicado en Barcelona, que en 2015 vio la necesidad de acercar la impresión 3D a las escuelas y hogares. Desde entonces hemos trabajado para desarrollar una tecnología “open source” que facilite el aprendizaje. Sus impresoras se venden a 450 euros en kit y 590 montadas.

Microcontrolador micro:bit


BBC micro: bit es una pequeña tarjeta programable de 4x5 cm diseñada para que aprender a programar sea fácil, divertido y al alcance de todos.


Gracias a la gran cantidad de sensores que incorpora, sólo con la tarjeta se pueden llevar a cabo centenares de proyectos. BBC micro: bit también es una plataforma IoT (Internet of Things), lo que la hace muy interesante para usuarios avanzados.

La escuela Joan Miró de Canovelles realiza un proyecto con micro:bit de control de calidad ambiental.

Robot Maqueen para micro:bit


Su nombre es Maqueen y es un robot de programación gráfica para educación STEM diseñado para BBC micro: bit. Su chasis es plug and play y permite a los niños aprender rápidamente programación gráfica para entretener y fomentar el interés de los niños en la ciencia y el pensamiento lógico. Viene totalmente montado a falta de conectar las ruedas y las pilas, por lo tanto no es necesario soldar y se puede poner a funcionar en pocos minutos con los códigos de ejemplo. Es necesario pinchar una placa BB micro:bit (no incluida) para poder utilizar el robot. La misma placa también ofrecerá la posibilidad de usar sus diversos sensores e inventar diferentes juegos. Se programa directamente con el entorno visual Makecode de Microsoft. Es adecuado para niños con edad a partir de 8 Años.


Este robot se vende a unos 35 euros.

Robot equilibrista M5StickC


El M5StickC contiene un acelerómetro, giroscopio, batería, etc. Simplemente agregando un motor y un controlador, se podría crear un péndulo invertido.

Levitación por ultrasonidos


Investigadores españoles han creado «estructuras» de sonido capaces de levantar y mover partículas de menos de un milímetro. Creen que en el futuro esto podría servir para mover sustancias dentro del cuerpo humano.

Robot retratista


Un pincel se desliza solo sobre un lienzo. Lo mueve un robot, el mismo que se ocupa de hacer las mezclas de colores para componer el cuadro. A su lado, observando, está el artista. José Salatino, rodeado de retratos de famosos y un autorretrato suyo realizados por su invento a partir de imágenes digitales.

«La idea surge porque yo pinto retratos manualmente, de forma semiprofesional, y siempre me ha gustado desarmar cosas y saber cómo funcionan», explica Salatino, un argentino afincado en Barcelona. No tenía conocimientos de electrónica para hacer este tipo de máquina, pero con la aparición de Arduino y este tipo de recursos se solucionó este problema».

lunes, 23 de septiembre de 2019

Alexander Humboldt


Alexander Humboldt nació en el seno de una familia de la pequeña nobleza prusiana imbuida de los valores de la Ilustración. Tuvo preceptores privados y estudió en las grandes universidades de su país geografía, meteorología, botánica, astronomía e ingeniería. Parecía destinado a una carrera como funcionario del Estado y de hecho trabajó de inspector de minas, pero el contacto con personajes como el naturalista del capitán James Cook, el gran Joseph Banks —con el que desarrolló una intensa amistad (luego conocería también al explorador Louis Antoine de Bougainville)—, propulsó su vocación de explorador científico y su pasión por los viajes. En 1798, tras desbaratársele otros planes, se plantó en Madrid y logró que Carlos IV le autorizara a viajar con enorme libertad a las colonias de Sudamérica. Eso marcó su destino. En los cinco años de expediciones (1779-1804) en el continente americano, en las que recolectó 2.000 especies nuevas de plantas para la ciencia y revolucionó la cartografía, Humboldt descubrió cómo todas las fuerzas de la naturaleza están entrelazadas y entretejidas. De camino subió al Teide. Las montañas y los volcanes le llamaban como si fuera un Lérmontov de la ciencia. Le cautivaron en Venezuela los Llanos y el Orinoco —por no hablar de lo que puede entusiasmar a un alemán un papagayo—, aunque su epifanía y su nirvana científico le llegaron sobre todo en los Andes, en la ascensión en 1802 al Chimborazo, un volcán en el actual Ecuador que entonces se creía que era la montaña más alta del mundo (6.400 metros). No llegó a la cumbre, pero aun así subió a más altitud (5.917 metros) de lo que lo había hecho antes nadie. Y, sobre todo, observando la montaña, comparándola con los Alpes que había recorrido, viendo cómo se distribuían la flora y las formaciones rocosas en ella, de la base a la cima, de la vegetación tropical a los líquenes, entendió el entrelazamiento de la naturaleza y su unidad esencial, el secreto de la vida. Plasmó esa idea de totalidad en su Naturgemälde, una representación que incluía junto a la pintura precisa de todas las especies los datos, con tablas y estadísticas, de a qué altura exacta y en qué lugar se encontraban.