Jorge Escanciano, 11 de julio de 2026
El 12 de agosto de 2025 se declaró en la Montaña de Riaño el incendio forestal más devastador que se recuerde, en el municipio de Boca de Huérgano, que ya había tenido algún que otro ‘pequeño’ susto en años anteriores. ‘Pequeño’ entre comillas porque aunque nos parecieron terribles, no fueron nada si los comparamos con lo que estaba por venir. Pocos imaginaban que algo así pudiera ocurrir aquí arriba, y poco sabíamos sobre cómo actuar. No fue el único incendio, puesto que casi de manera simultánea se declaró otro cerca del pueblo de La Uña, y un tercero se acercaba desde la garganta del Cares.
De aquellos incendios y de su gestión se ha hablado largo y tendido y no quiero enredarme más en ello, hoy vengo a hablar de lo que ha sucedido después de ellos, porque un incendio no termina cuando se apaga el fuego.
Cuando se apaga el fuego nos encontramos una tierra devastada, negra, cubierta de una ceniza que no va a permanecer en su lugar cuando llegue la lluvia. Esta, sobre todo si es torrencial, amenaza con arrastrar la ceniza hasta los ríos, terminando así con los últimos reductos de vida que quedan en la zona. Se han de tomar medidas de contención, pero como habitualmente llegan tarde y son insuficientes, si es que con tal devastación fuera posible hacer algo que fuera suficiente.
Cada día de lluvia tiñe los ríos y arroyos de negro y encoge un poco más los corazones de una gente de los pueblos que ha visto amenazado todo lo que les rodea. Así sucede durante todo el invierno, tanto que llegamos a preguntarnos si alguna vez se terminaría con la ceniza acumulada. Recorrer los valles de Tierra de la Reina es desolador y conozco gente que a día de hoy aún no se ha atrevido a regresar.
Justo al final del invierno llegan las elecciones, parece el momento ideal para demostrar el descontento y la rabia contra aquellos que nos abandonaron. No fue así, todos y cada uno de los municipios afectados por los incendios decidieron confiar de nuevo en ellos, mientras que todos los de alrededor apostaban por un cambio, dando lugar a un mapa electoral cuanto menos curioso.
Quizás algo se podía entrever, dado que tan solo una semana antes los sindicatos de bomberos forestales habían convocado una serie de marchas en señal de protesta, entre otras cosas, por la gestión de los incendios y de sus condiciones laborales. Una marcha entre Barniedo y Riaño en la que no hubo dudas con el recuento de participantes, 26, de los cuales tan solo 14 éramos locales. Por contraste en la raquetada de Valdeón, celebrada el mismo día, participaron cerca de 300 personas. No es esto ni mucho menos una crítica a la maravillosa actividad que ya se ha convertido en tradición en dicho valle y no tiene culpa alguna de la escueta participación de la marcha. Pensar que fuimos con tiempo para poder aparcar bien dado que nos preocupaban los cortes de carretera, qué equivocados estábamos.
Poco después la Junta toma dos decisiones estrambóticas y contradictorias. La primera permitir la actividad cinegética en las zonas afectadas, una decisión que sorprende a todo el mundo, pues parece evidente que la fauna salvaje en dichas zonas se ha visto gravemente afectada. Alegan que es necesario controlar las poblaciones puesto que su presencia genera riesgo de erosión del terreno.
Casi de manera simultánea permiten también el retorno del ganado a las zonas afectadas, cuando la ley de montes establece que han de pasar 5 años hasta que esto pueda suceder, y solo se realizará de forma anticipada si informes técnicos acreditan que no generará daños a la fauna y flora o si no existe riesgo de erosión.
En resumidas cuentas, nos están diciendo que la fauna salvaje erosiona el monte y supone un peligro para la flora pero que el ganado no. Y ojalá fuera verdad, porque los ganaderos de la zona son probablemente los que más difícil lo tienen para adaptarse a trabajar en este nuevo territorio igual que lo hacían antes, pero esa contradicción está más allá de toda lógica, tan solo encaja la de buscar votos.
La llegada de la primavera se espera con impaciencia y los primeros brotes permiten evaluar mejor el alcance del desastre. Y yo veo brotes, veo esperanza, veo hierba verde que nace por doquier, veo gamones que colonizan los valles y sobre todo veo hojas en numerosas hayas y robles en medio de la negrura; árboles que han sobrevivido y que tienen la complicada misión de mantenerse y de esparcir sus frutos, semillas de una nueva generación.
Una primavera lluviosa, además, como lo fue la de 2025, como si quisiera facilitar la regeneración. Pero es todo una ilusión pues pronto llega el calor extremo, acompañado de un cierzo que lo reseca todo y de tormentas eléctricas, a las que hemos cogido un miedo que antes no teníamos. La primera tormenta fuerte vuelve a arrastrar ceniza y lodo, cortando carreteras y desbordando el río a su paso por Portilla de la Reina, cuyos habitantes contienen la respiración, atenazados por el miedo.
El verano llega adelantado, como si tuviera prisa, y el mes de junio contempla una floración extraña, a medias; pero más típica de julio. La primera ola de calor bate todos los récords establecidos y la tarde del 26 de junio comienza a oler a humo pero nadie sabe nada.
De nuevo, un ‘pequeño’ incendio ha comenzado en el Valle de Sajambre, en una zona de difícil acceso cerca de la pequeña localidad de Ribota. Lo sabemos a las pocas horas porque lo cuentan los vecinos, no hay medios que lo cubran, ni nadie que acuda a combatirlo. El guión se repite, un incendio al que nunca se envían medios suficientes, que no entraña peligro, acaba descontrolándose y corta la carretera nacional, obligando a confinar en sus casas a los vecinos de Ribota y metiendo el miedo en el cuerpo a toda la Montaña. Me contaba una amiga esta mañana que celebraban la comunión de su hija aquel día 26, y que esta, tras comenzar a notarse el humo, no quería más que marchar para casa, no quería volver a vivir lo que vivió el pasado verano. Hoy, casi 2 semanas después, el incendio sigue activo, y no es el único en la provincia.
Es fácil imaginar lo que pasa por nuestras cabezas en estos momentos. No estamos ni en julio y ya hay fuegos activos, ¿Qué será de nuestros montes este verano?, ¿Va a ser esta la situación a partir de ahora cada verano?. Todo apunta a que esta será nuestra nueva realidad.
Para muchos la naturaleza es tan solo un negocio, que si no produce no interesa. La realidad es que la naturaleza es el pilar que sostiene la vida en nuestro planeta, y cuanto más especulamos con ella, cuanto más la degradamos y la destruimos, más daño nos estamos haciendo a nosotros mismos y más incierto es el futuro que nos espera.
Yo, que me dedico a enseñar, a acercar la naturaleza y sus habitantes a la gente, no entiendo una vida sin ella y cuando las llamas devoraban los extraordinarios parajes de nuestra Montaña, de mi hogar, en ningún momento pensé en ella como mi sustento económico, mi cabeza solo pensaba en las hayas que se quemaban, en los ruiseñores y en los gatos monteses, en los arroyos y en todas las vidas que se escapaban.
La ayuda llegó tarde para todos ellos o nunca llegó.
El hecho de que para mi la conservación de la naturaleza sea la prioridad no oculta que a día de hoy, casi 11 meses después de los incendios, siga esperando una ayuda que no llega. Y es que, aunque la Junta de Castilla y León prometió conceder ayudas a todos los autónomos afectados por los incendios, no está siendo así. Pese a haber solicitado dicha ayuda el primer día, pese a que el 60% de mi área de trabajo ahora la cubre la ceniza, pese a que mi actividad estuvo prohibida mientras los incendios estuvieron activos, en un momento tan crucial como es el primer año y en la temporada de más trabajo, pese a las cancelaciones y pese al bajón turístico sufrido inmediatamente después.
De nuevo entra aquí nuestro desinterés por la naturaleza. Mi profesión, guía de naturaleza, no está recogida dentro de ningún epígrafe, pese a que en el país con la mayor biodiversidad de Europa sea el sostén económico de muchos lugares y negocios. Ni siquiera nos detenemos a pensar en la naturaleza como un ámbito laboral, tan solo importa donde tengas el domicilio fiscal, y este, obviamente, no se encuentra en medio del bosque.

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