martes, 21 de julio de 2026

Cuento en otra dimensión

A diecisiete mil pies de altura unos pequeñísimos cristales de hielo flotan y, sin intención alguna, difunden la luz del Sol en todas direcciones. Al mismo tiempo, mecidos por unos flecos residuales de Simoun sahariano, entrechocan y se apelotonan hasta que su masa es tan grande que se precipitan en un acelerado viaje en busca del suelo.

Unos segundos después de ese instante, el anciano que pasa sus días y también sus noches en el tercero cuarta del número veintisiete de la calle Hijos de Napoleón, de no importa que ciudad europea, extiende su brazo hasta asomarlo afuera del refugio de la barandilla del balcón, desplegando el reverso de la mano con la intención de comprobar si realmente llueve, o tan solo ha oído un trueno, o, ni siquiera era un trueno.

Aquel minúsculo cristal de hielo es ahora una gruesa gota de agua que empapa la reseca piel de la mano del vejestorio. Ahora sabe que hay algo que le ha mojado la mano, pero no acaba de convencerse de que realmente llueva y, por tanto, de que haya oído un trueno.

En la radio una voz femenina desgrana entrecortadamente los pormenores de una trama corrupto-delictiva en la que están implicados dos diputados europeos de un partido nacionalista valón y varias monjas de un convento de clausura de Burgos. 

Después de secarse la mano en la pernera del pantalón del pijama el abuelo baja el volumen del aparato de radio pues no acierta a entender nada en la historia radiada. Mucho tiene que ver que las pilas del audífono hace más de quince días que se han agotado y también que Juan Antonio Contreras Regalado, que así se llama el octogenario, no puede hacer dos cosas a la vez, mirar el tiempo que hace y seguir las noticias. 

Solo se ha quedado con algún detalle, como que el centro neurálgico del complot se encuentra en las oficinas de una empresa de distribución de comida para mascotas, en donde y como resultado de la inspección realizada por la policía judicial se han encontrado varias cajas, alguna de ellas abierta y empezada, de Delicias de Santa Teresa, unas finas galletas de ralladura de coco y sabor a vainilla. Al parecer se han realizado análisis del ADN presente en las migas repartidas por toda la mesa. 

Ahora parece que no llueve y Juan Antonio aprovecha para salir a comprar el pan. En la calle se cruza con alguien que pudiera ser un vecino, pero no reconoce con certeza sus rasgos faciales, por lo que decide hacer un leve ademán, proyecto efímero de saludo, sin llegar a articular palabra audible. El otro tampoco parece reconocerle, pero también cruza tímidamente la mirada hacia él. 

En el despacho de pan La Retorta las clientas han acabado con las existencias de Delicias de Santa Teresa, y comentan animadamente que al parecer una de ellas conoce personalmente a la cuñada de uno de los detenidos, que a la vez es sobrino nieto de la panadera. Parece ser que una hermana suya se vio obligada a emigrar a Bélgica por un mal de amores en aquellos años locos de las olimpiadas de Barcelona.

El señor Contreras, que no tiene otra cosa que hacer, espera su turno como quien da de comer a las palomas en la Plaza Mayor. Sigue la conversación e interviene de vez en cuando en la misma, en silencio y para si mismo. Lo cierto es que el abuelo, que también fue persona mermada en años, trabó amistad con el pariente de la dependienta en un viaje a Bruselas organizado por la asociación de vecinos del barrio con el pretendido objeto de asistir a un congreso en el que una multitud variopinta de entidades sociales, asociaciones culturales y otros entes de la sociedad civil, que no militar, desgranaba propuestas para impulsar el apoyo y la cooperación con los protagonistas de las revoluciones de colores en los países que habían vivido tras el Telón de Acero.

Cuando acabó de recordar todo esto las clientas habían desaparecido camino a sus quehaceres, por lo que Juan Antonio aprovechó la circunstancia y se pidió una barra de pan de Viena, que no es lo que se dice pan, pero tiene la virtud de que su consistencia no representa una amenaza seria para la frágil dentadura del abuelo.

Ya en la calle, con el pan bajo el brazo, se entretiene inspeccionando la obra que ya hace dos días que muestra las entretelas de una de las ramas principales de la red de agua potable, enterrada bajo las baldosas de la acera. Resigue con la mirada los tubos azules de hierro fundido y centrifugado, mientras el Santo se le sube a un cielo en donde un imitador de Groucho Marx va desgranando aquello de que:

 ...la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte... 

a lo que alguien envuelto en la penumbra de un rincón cercano le contesta: 

... en este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color, del cristal con que se mira... 

En ese momento el Santo tropieza en uno de los últimos escalones de la escalinata que conduce al cielo, a la vez que bastante más abajo el ruido que escapa del claxon del autobús que intenta no atropellar a Juan Antonio atruena toda la calle. 

A pesar del alboroto las sinapsis del abuelo siguen conectando y desconectando a toda velocidad, recuerdos, imágenes, sensaciones y conversaciones ajenas, todo lo que aún puede recordar... 

El autobús ha tenido que subirse a la acera de enfrente, a lo que por cierto está bastante acostumbrado, para poder circular sin pasar por encima del jubilado del pan bajo el brazo que ocupa despreocupado la calzada sumido en su hipnótica historia. 

Transmutado en líder político de los años treinta, aupado sobre la tarima de la tribuna, rodeado de banderas, habla pausada y rítmicamente frente al micrófono para enardecer a una informe y homogénea masa silenciosa, que conforma el paisaje. 

Camaradas, compatriotas, ciudadanos al fin, estos son mis principios sobre los que organizaré vuestras vidas, para dar paso a una nueva sociedad por la que corretee el hombre libre, más temprano que tarde. Y la mujer también, que he oído vuestros pensamientos... 

La naturaleza es a veces cruel, sin necesidad ni beneficio pecuniario alguno. Y esto es así, y queda demostrado sobradamente por el hecho de que en ese preciso momento la presión arterial sistólica del insigne orador se desplomase hasta caer por debajo de los cinco milímetros de mercurio, y todo ello a cuenta de su derroche entusiasta de glucosa, mientras se desgañitaba para hacer entender el concepto de plusvalía a un par de galgos que ladraban como si no hubiese un mañana al autobús que por fin pudo continuar su camino.

Juan Antonio se tambaleó ligeramente, en la forma que se mecen las hojas de los álamos viejos acariciadas por la suave brisa de la primavera, se ruborizó al darse cuenta que se había dormido en medio de la calle, y arañando algunos jirones de fuerza de donde no la había, reunió el valor necesario para continuar con paso firme en dirección a casa.

En el plano inferior de un universo paralelo que se mantiene en pie gracias a generosas dosis de cremosos ettekeis, gofres bañados en mermelada de naranja y whisky y un caudaloso río de Stella Artois, empotrado en un viejo edificio de ladrillo resiste como puede el paso del tiempo un recóndito antro mal iluminado en el que cuesta respirar. El aire está saturado de vapores mentolados y sudor, aunque una nariz perruna podría encontrar también rastros de aceite Ostermayer, restos chamuscados de nitroguanidina y tinta Sirchie.

Sentado en un rincón, Didier Tixhon disimula sin éxito su miedo enmarcado en una ligera respiración entrecortada. Aparenta tener unos veintisiete años, seis meses, catorce días y un puñado de minutos, aunque un examen más detenido de su partida de nacimiento permitiría aproximarse aún más a su auténtica edad. Este muchacho sonrosado y pelirrojo, con cara de no haber roto nunca un plato, trabaja a media jornada en el departamento de recursos humanos de la empresa United Petfood, pero no es ese el motivo por el que le ha detenido la policía. Ensimismado mientras pasea su mirada por los espacios vacíos que separan los rostros de los maleantes más buscados, no acierta a comprender nada, y es que él es uno de esos tantos zoquetes ilustrados que usan con generosidad de las ideas ajenas que creen propias y acaban enredados en los hilos arácnidos de una realidad que les es ajena.

Ni aunque viviese cuatrocientas vidas llegaría a imaginar que el origen de sus desgracias habita aun entre un plato de pasta al pesto y un atardecer en la ciudad de Brujas, y todo ello entre las otras imágenes de baja resolución que pueblan las historias de su cuenta de Instagram. El cuerpo del delito parece ser que reside en una fotografía que reproduce la portada de una revista italiana de cuyo nombre si podemos acordarnos, La Città Futura. Con todo lo que ha llovido desde entonces, y el texto que Didier adjuntó para ilustrar la imagen del papel envejecido, no pasaron muchos likes antes de que saltase el clic que desbloqueó el mecanismo de virtuales ruedas dentadas que puso en marcha el reloj de este caso. 

En el preciso momento en que Godefroy de Bouillon asomó la cabeza por la ventana del Carillon du Mont des Arts, al tiempo que giraba sobre sí mismo, un par de ojos verdes se entrecerraron al verse reflejados en la cristalera de L’Antica Pizzeria da Michele, situada en el número cincuenta y tres de la Rue Antoine Dansaert. Un instante más tarde Odile Ansiaux retiro su mirada para concentrarse en aparcar el viejo Volkswagen Coccinelle, que habia sido de su padre, en zona roja.

En lo alto de la cornisa dos palomas se arrullan apasionadamente mientras Odile, girando levemente el volante, encaja su coche entre una boca de incendios y una furgoneta camperizada cubierta de adhesivos multicolores de campings del Adriático. Cuando por fin enmudeció el motor una de las palomas enamoradas emprendió su vuelo soltando lastre que fue a caer viscoso y blanquecino sobre el parabrisas delantero. Una profunda voz de mezzosoprano atronó derrochando decibelios para lanzar al aire una interjeccion que interpelaba al creador de todas las cosas:

¡Putain! ¡Puuutaaain! ¡taaain! ¡taaain! ¡taaain! 

Ya casi nadie es asesino, y no por no querer tener mala conciencia, o por falta de imaginación, ¡no! ¡no!, por eso no, más bien por la vergüenza de tener que contarlo. Estas cosas están mal vistas, ya se sabe, la gente te mira mal y desconfía. De todas formas, en esos momentos, si Odile Ansiaux hubiese tenido los medios y la habilidad necesaria para estos menesteres, hubiese dado muerte a la Columba livia y de postre a su congénere, aunque ello no constituyese un estricto caso de asesinato, ni tan siquiera de homicidio.

En la oficina todos se saben miembros del Bataljon Garibaldi, aunque sobre la puerta no exista rótulo alguno que ofrezca algún indicio sobre la actividad del local y en el buzón la plaquita de aluminio rojo recoja un escueto: 

Kevin De Bruyne, Invoer van machines

Ella raramente se deja ver por el local de la empresa. Lo habitual aquí es el teletrabajo en horario flexible, en pijama y, a veces, a horas intempestivas. Hoy, cosa que no es habitual, ha de hablar personalmente con su supervisor en la sala blanca. 

La labor de moderadora de contenidos es tediosa, pero los largos sorbos de café consiguen mantener su atención a la espera de que llegue el instante en que los bits que cabalgan sobre el laser, en su viaje desde las nubes lejanas, muestren el espectro de una imagen que pudiese ser relevante para la investigación. Por sus pupilas transitan sin cesar miles de atardeceres, gatos, platos rebosantes de kartoffelsalat y playas mediterráneas repletas de bañistas. El cerebro de Odile no retiene nada de ello más allá de una escasa décima de segundo hasta el momento en que aparece una imagen que no puede ser clasificada atendiendo a las categorías habituales. En ese preciso instante el proceso se detiene para valorar el interés del objeto extraño. 

En el caso que nos ocupa Didier Tixhon publicó, el nueve de septiembre de dos mil diecinueve a las nueve horas y nueve minutos de la mañana, la fotografía de la portada de la revista La Città Futura, que salió a la venta el once de febrero de mil novecientos diecisiete. El texto que la acompaña dice así:

Jamais auparavant autant de personnes n'avaient autant cité un auteur tout en comprenant si peu ses écrits.

La répression fasciste a créé le mythe de Gramsci, conférant à ses écrits une valeur qu'ils n'auraient pas eue autrement.

Al abrir el texto la señorita Ansiaux no pudo evitar dirigir su vista al segundo párrafo. Dos o tres guisantes que aún daban vueltas por su intestino desde la noche anterior enrojecieron al contacto con la abundante norepinefrina producida en las glándulas suprarrenales, a causa de la enorme indignación. Se trataba sin duda alguna de un código 666 provocado por el texto que atentaba contra el primer mandamiento del Bataljon:

Tu ne prononceras pas le nom de Gramsci en vain.

Estuvo cinco largos minutos con los ojos en blanco, la mirada perdida en las telarañas del techo y la respiración de un lagarto aletargado. Abrió el bolso para sacar la libreta de las recetas de cocina, y de tantas otras cosas, y registró el descubrimiento. La cuenta, la hora del visionado y la fecha de publicación. Se estaba saltando el reglamento, pero que importaba, tampoco pensaba documentarlo en el sistema, por el momento. 

No consiguió ver su cara, pero sin duda era aquel chico pecoso del que estuvo perdidamente enamorada y que ahora le miraba embobado sin atreverse a decir nada, hasta que la melodia del despertador le hizo recordar el onírico momento durante un instante. Se giró, abrió el cajón de la mesilla de noche y metió la mano sin encender la luz ni incorporarse. Entre el paquete de pañuelos y las llaves del trastero sus dedos reconocieron un pequeño objeto de madera. Su superficie recuerda la rugosidad surcada y cálida de un cerebro humano, pero en realidad se trata de una nuez vaciada que guarda en su interior un recuerdo muy valioso para ella, y que en momentos como este le proporciona sosiego. El grano de arroz con su nombre escrito por un calígrafo chino, que se encuentra dentro, se lo regaló Didier al cumplir dieciséis años. 

Toda la mañana ha estado dando vueltas a los pros y contras de registrar oficialmente el suceso y le ha venido a la mente una frase de su coordinador cuando entró en la Campañía:

Para ahorcarse todos los suicidas necesitan una cuerda y otra loca, pero si te han de ejecutar se necesita solamente la cuerda.

Nunca supo a que podía referirse, ni mucho menos se atrevió a preguntar. Si se trataba de un chiste, no encontraba el motivo para reírse y si no lo era, mejor olvidarlo. Gracias, o quizás a pesar del recuerdo de esta frase, introdujo al fin los datos de la caza del día anterior en la intranet del Bataljon. La suerte del joven Tixhon estaba echada. El recuerdo dulzón de un amor adolescente no debe ensuciar la hoja de servicios de una carrera profesional prometedora, aunque eso sí, sin perspectivas de mayor recompensa en la vejez. 

En la Compañía estos casos los suele juzgar un tribunal mixto político-social, por supuesto, al margen de las leyes estatales. La connivencia militante de algunos policías simpatizantes con la causa hace el resto. 

En caso de que el reo sea consciente de cual es el motivo por el que se le juzga, se le condena a trabajos comunitarios, en otro caso están obligados a seguir un largo programa de reeducación. 

Después de seis meses de prisión preventiva y dos de proceso judicial Didier seguía sin entender cuál era su delito, por lo que el tribunal popular no pudo hacer otra cosa que obligarle a asistir a un curso de reeducación en un centro estatal para adictos al sexo, ubicado en un antiguo hospital antituberculoso decrépito. 

Al salir del centro y recuperar el control de su cuenta en Instagram, ha empezado a publicar de nuevo. Cada día publica una fotografía de los seis cartuchos de los jeroglíficos de la Piedra Rosetta, acompañada de un texto explicativo en griego y copto. Se lo ha recomendado Adolphe Lemaître, el que fuese su tutor durante los siete días que duró el curso. 

Didier no ha perdido el apetito pero hay dos palabras que le provocan náuseas: Odile y Gramsci. Esta circunstancia ha hecho de él un adicto a los comprimidos de cincuenta miligramos de R Calm Dimenhydrinate, y es que la segunda fase del proceso de reeducacion implica la lectura diaria y en ayunas del texto en italiano del dichoso artículo de Antonio Gramsci, Odio gli indifferenti, durante siete días. 

Odio gli indifferenti. Credo che vivere voglia dire essere partigiani. Chi vive veramente non può non essere cittadino e partigiano. L’indifferenza è abulia, è parassitismo, è vigliaccheria, non è vita. Perciò odio gli indifferenti.

L’indifferenza è il peso morto della storia. L’indifferenza opera potentemente nella storia. Opera passivamente, ma opera. È la fatalità; è ciò su cui non si può contare; è ciò che sconvolge i programmi, che rovescia i piani meglio costruiti; è la materia bruta che strozza l’intelligenza. Ciò che succede, il male che si abbatte su tutti, avviene perché la massa degli uomini abdica alla sua volontà, lascia promulgare le leggi che solo la rivolta potrà abrogare, lascia salire al potere uomini che poi solo un ammutinamento potrà rovesciare. Tra l’assenteismo e l’indifferenza poche mani, non sorvegliate da alcun controllo, tessono la tela della vita collettiva, e la massa ignora, perché non se ne preoccupa; e allora sembra sia la fatalità a travolgere tutto e tutti, sembra che la storia non sia altro che un enorme fenomeno naturale, un’eruzione, un terremoto del quale rimangono vittime tutti, chi ha voluto e chi non ha voluto, chi sapeva e chi non sapeva, chi era stato attivo e chi indifferente. Alcuni piagnucolano pietosamente, altri bestemmiano oscenamente, ma nessuno o pochi si domandano: se avessi fatto anch’io il mio dovere, se avessi cercato di far valere la mia volontà, sarebbe successo ciò che è successo?

Odio gli indifferenti anche per questo: perché mi dà fastidio il loro piagnisteo da eterni innocenti. Chiedo conto a ognuno di loro del come ha svolto il compito che la vita gli ha posto e gli pone quotidianamente, di ciò che ha fatto e specialmente di ciò che non ha fatto. E sento di poter essere inesorabile, di non dover sprecare la mia pietà, di non dover spartire con loro le mie lacrime.

Sono partigiano, vivo, sento nelle coscienze della mia parte già pulsare l’attività della città futura che la mia parte sta costruendo. E in essa la catena sociale non pesa su pochi, in essa ogni cosa che succede non è dovuta al caso, alla fatalità, ma è intelligente opera dei cittadini. Non c’è in essa nessuno che stia alla finestra a guardare mentre i pochi si sacrificano, si svenano. Vivo, sono partigiano. Perciò odio chi non parteggia, odio gli indifferenti.

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