El célebre y bastante mítico, y por ello alejado de lo que pudiera haber ocurrido, enfrentamiento entre Miguel de Unamuno y el general José Millán-Astray ocurrió el 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, durante la conmemoración de la Fiesta de la Raza.
Al final del acto Unamuno tomó la palabra para decir supuestamente aquello de «Venceréis, pero no convenceréis». Ante lo que Millán-Astray respondió con gritos de «¡Muera la intelectualidad traidora!» y «¡Viva la muerte!». ¿Qué hubo de cierto en ello?
Fondo Miguel de Unamuno (Universidad de Salamanca)
En torno a 1964, con motivo del centenario del nacimiento del escritor, la Universidad de Salamanca inició las gestiones para adquirir su archivo particular, el cual se encontraba depositado por sus familiares en la Casa-Museo.
El Adelanto, 13 de octubre de 1936
AYER, EN EL PARANINFO DE LA UNIVERSIDADSalamanca conmemora brillantemente la Fiesta de la Raza
Discursos de los señores Ramos Loscertales, Padre Beltrán de Heredia y Maldonado de Guevara. - Una magnífica evocación histórica del ilustre literato y poeta Don José María Pemán
(Textos taquigráficos):
A la puerta de la Universidad, treinta minutos antes de comenzar el acto literario en honor de la Fiesta de la Raza, y que ha sido transmitido a la Radio de Valladolid, retransmitiéndolo ésta a los paises hispano-americanos, se encontraban dos simpáticos y valientes falangistas, recogiendo las invitaciones y acomodando a los invitados en el lugar correspondiente del histórico Paraninfo universitario.
Señalar o indicar las distinguidas personalidades que ocupaban el Paraninfo universitario, seria tarea irrealizable, por estar aquél completamente abarrotado. Nos concretamos únicamente a decir que en los estrados inmediatos a la presidencia ocuparon sus puestos las representaciones de todas las entidades de Salamanca y las autoridades civiles, militares y eclesiásticas. También se encontraban en esos estrados una representación de la aristocracia española, ostentada por los próceres marqués de Castelar y conde de Sástago.
Presidió el acto el rector de la Universidad, don Miguel de Unamuno, teniendo a su derecha al teniente coronel, don Miguel Pérez Lucas, representando al gobernador militar de la plaza, coronel señor Baigorri; presidente de la Diputación, don Francisco Márquez, y el grandilocuente orador y eximio literate, don José Maria Pemán. A su izquierda, se hallaban el alcalde de Salamánca, don Francisco del Valle, y el Delegado de Hacienda, don Benito Jiménez.
Acomodada la presidercia, apareció en el Paraninfo el bizarro y heroico general Millán Astray, al que el auditorio tributó una entusiasta y gran ovación.
A los pocos momentos, se produce entre el público un movimiento de expectación que lo motiva la presencia de la excelentísima señora doña Maria del Carmen Polo de Franco, esposa del Jefe del Gobierno del Estado Español.
El general Millán Astray sale a su encuentro y caballerosamente la acompaña al estrado presidencial, ocupando el primer sillón a la derecha del señor Unamuno.
El público la tributó una gran ovación.
COMIENZA EL ACTO LITERARIO
Seguidamente, el señor Unamuno concedió la palabra.
Don José Maria Ramos Loscertales
«LA INICIACION DE LOS DESCUBRIMIENTOS»
El ilustre ex rector y actualmente decano de la Facultad de Filosofía y Letras, don José María Ramos Loscertales, entre los aplausos del distinguido auditorio, ocupó la tribuna universitaria, pronunciando un erudito discurso, de carácter esencialmente histórico, que fue escuchado con religioso silencio y acogido en distitntos periodos con entusiasta admiración.
Sentimos sinceramente no publicar integra tan bella página de la Historia, por exigir espacio en nuestras columnas otros interesantes asuntos.
El señor Ramos Loscertales comenzó su disertación diciendo:
«En la concepción actual de la Historia, los actos heroicos, por alto y agudo que sea su timbre, conciertan armónicamente con muchedumbre de hechos, surgidos de todos los planos de la vida, hechos de tono medio, más todos ellos imprescindibles para el conocimiento exacto de una época. Hay, sin embargo, momentos de angustia en los hombres o de exaltación nacional, en los cuales el espiritu de un hombre o todo un pueblo, necesitan impertosamente concentrar toda su energía espiritual sobre los actos de heroísmo puro de sus grandes figuras históricas, o de su Nación, para, levantando el ánimo con su ejemplo, lanzarlo por el camino de las grandes empresas y entonces se desentrelazan cuidadosamente los hilos de la epopeya, de la complicada trama de la Historia, con el fin de contemplarlos en toda su pureza.
Hoy está nuestra España en uno de esos momentos. Pasado y presente confundidos del heroismo puro, se destacan claros y luminosos, quedando ante nuestra mirada absorta, en la sombra, la multitud de otros hechos históricos.
Un 12 de Octubre, un navegante al servicio de Isabel y Fernando de España, primeros guías de la racionalidad española, yugo y flechas, esperanza de fruto imperial, abrió en el Occidente la vía al Imperio español. Nunca olvidaron los españoles que esta vía comenzo a ser allanada por Portugal, el pueblo hermano de raza, a veces distanciado, a veces unido, siempre unido fraternalmente en las horas de la tragedia, en la guerra de 1808 y en esta otra de hoy, también de independencia nacional, contra la Invasión de Asia. Pueblo, como dice uno de sus historiadores, Joao de Barros, «más presto en hacer que en decir».
Fue en Portugal en donde un hombre extraordinario preparó la empresa de los grandes descubrimientos y conquistas de sus compatriotas y de los españoles.
En las postrimerias de la Edad Media, clara edad ésta en la que culmina el profundo sentido constructivo de las nacionalidades occidentales, sin que en su limpio horizonte espiritual hu...
La presidencia del acto literario en la Universidad, en la que figuran la distinguida esposa del Generalísimo, excelentísimo señor don Francisco Franco, y el heroico general Millán Astray. (Foto Almaraz)
Un aspecto del Paraninfo universitario. (Foto Almaraz)
La excelentísima señora doña María del Carmen Polo de Franco, saliendo de la Universidad, acompañada del general Millán Astray, del ilustrisimo señor Obispo de la diócesis y del señor Unamuno (Foto Almaraz).
Fotografía de ABC.
Informaciones, 28 de octubre de 1936
EL «AS» DE LAS PARADOJAS HA REÑIDO YA CON LOS REBELDES
— Radio Burgos nos da esta noticia, que nos regocija:
«Decreto núm, 35. — Vengo en disponer cese en el cargo de rector de la Universidad de Salamanca don Miguel de Unamuno y Jugo. — Dado en Salamanca a 22 de octubre de 1936. — Firmado, Francisco Franco.
Nos gustaria oir los comentarios de ese gran histrión de la paradoja, de ese «as» del equivoco que se llama Unamuno.
Imperio, 29 de octubre de 1936
Ha cesado en el cargo de rector de la Universidad de Salamanca don Miguel de Unamuno y Yugo; sustituyéndole el catedrático de Derecho don Esteban Madruga Jiménez.
La prensa, 30 de octubre de 1936
En Salamanca me encuentro al viejo profesor y filósofo, Miguel de Unamuno, figura cumbre de la actual literatura española. Le recuerdo aquella época memorable, cuando vivía en París, en el exilio, durante la dictadura de Primo de Rivera. Unamuno fué siempre liberal y demócrata. Uno de los intelectuales que más luchó por la instauración de la República. Soñó con un régimen tolerante, similar al parlamentarismo inglés, Creyó que esto era imposible bajo la monarquía, y se hizo republicano.
“Las cosas han cambiado —me- dice—.
Hoy no es cuestión de monarquía o república, socialismo o capitalismo, libelismo y democracia. Se trata de civilización o barbarie. Y la civilización, en España, está representada por el Ejército del general Franco. Yo luché siempre, toda mi vida, contra el predominio del ejército en la política; pero ahora es diferente. No se trata del Ejército.
Es la vieja España que quiere revivir y el espíritu de esa vieja España está encarnado en las fuerzas del general Franco. Todos los españoles que aman a su patria y sus tradiciones, ayudan al ejército y luchan a su lado para extirpar la anarquía de España.”
MANUEL M.ª URRUTIA
Universidad de Deusto (Bilbao)
...
Pues bien, el manifiesto existe, como vamos a demostrar a continuación. Y se encuentra entre los papeles de Unamuno, lo que es plenamente coherente con lo que contaron los hermanos Tharaud. Según narran los escritores, comenzando Unamuno a hablar, consideró mucho más sencillo buscar entre sus papeles “un petit manifeste” que acababa de redactar y expresaba todo su pensamiento. Pero como, obviamente, sólo tenía un ejemplar y no quería desprenderse de él, añadió: “je vais vous en faire une copie, car j’aimerais assez qu’on le connaisse”. Luego sólo la copia podría encontrarse algún día entre los papeles de los Tharaud, mientras que don Miguel conservó el original.
Nos encontramos, por tanto, ante un pequeño testamento político de Unamuno, si bien hay que completarlo con el puñado de cartas citadas, además claro está, de sus apuntes (comenzados a tomar bien pronto, al menos desde los primeros días de agosto) y que hoy componen El resentimiento trágico de la vida. Notas sobre la revolución y guerra civil españolas.
Fue posiblemente Jérôme Tharaud quien visitó a Unamuno en Salamanca. No sabemos con seguridad en qué fecha. El decreto de destitución del rectorado, firmado por Franco a 22 de octubre, se publicaría en la prensa al día siguiente. Luego tuvo que ser a partir del 23 de octubre.
Por otro lado, si bien la entrevista en sí misma pudo ser más tarde, analizando el contenido del documento parece haber sido dado por concluido, (pues está escrito de un tirón), antes de las dos cartas del 21 de noviembre. En ambas, sobre todo en la primera, a Mari Garelli, utiliza párrafos casi textuales del mismo. Y en la segunda, a Lorenzo Giusso, hay claras muestras de una mayor desafección por los rebeldes: “Esta civilización cristiana que yo ¡cándido de mí!, pedía que se salvase en España, no es aquí y menos en manos de católicos españoles, cristiana. De cristiana nada tiene”. Por lo que nos inclinamos a creer que el manifiesto fue escrito entre el 23 de octubre y el 21 de noviembre de 1936.
Para concluir, antes de transmitirle manifiesto, dos palabras sobre su contenido. Carlos Rojas escribía recientemente: “Al igual que en las declaraciones de don Miguel a Knickerbocker y a Kazantzakis, el texto contiene pasajes adulterados para sortear la censura. (...). No obstante, el tono general y el contenido del documento suenan muy genuinos”. Y Azaola cree que, si existió el manifiesto redactado por Unamuno, debido a la traducción al francés por los Tharaud y a las retraducciones posteriores, “inútil insistir en que el texto finalmente resultante (...) distará mucho, no en su significado esencial, pero sí en su forma (cosa, claro está, importantísima), del documento original” (p. 130).
Hay que señalar en honor a los hermanos Tharaud, afectos a la causa de Franco, que el manifiesto tal y como fue publicado, no sólo no contiene tergiversación alguna, sino que su contenido es enormemente fiel, a pesar de mediar la traducción al francés. Y no hará falta decir que, frente a las palabras registradas en esta u otras entrevistas, el corroborar que el texto que a continuación presentamos fue escrito de puño y letra por el propio don Miguel, lo convierte ciertamente en un documento excepcional.
"Apenas iniciado el movimiento popular salvador que acaudilla el general Franco me adherí a él diciendo que lo que hay que salvar en España es la civilización occidental cristiana y con ella la independencia nacional. El gobierno fantasma de Madrid me destituyó por ello de mi rectoría y luego el de Burgos me restituyó en ella con elogiosos conceptos.
En tanto me iban horrorizando los caracteres que tomaba esta tremenda guerra civil sin cuartel debida a una verdadera enfermedad mental colectiva, a una epidemia de locura. Las inauditas salvajadas de las hordas marxistas, rojas, exceden toda descripción y he de ahorrarme retórica barata. Y dan el tono no socialistas, ni comunistas, ni sindicalistas, ni anarquistas, sino bandas de malhechores degenerados, expresidiarios criminales natos sin ideología alguna que van a satisfacer feroces pasiones atávicas sin ideología alguna. Y la natural reacción a esto toma también muchas veces, desgraciadamente, caracteres frenopáticos. Es el régimen del terror. España está espantada de sí misma. Y si no se contiene a tiempo llegará al borde del suicidio moral. Si el desdichado gobierno de Madrid no ha podido querer resistir la presión del salvajismo apellidado marxista debemos esperar que el gobierno de Burgos sabrá resistir la presión de los que quieren establecer otro régimen de terror. En un principio se dijo, con muy buen sentido, que ya que el movimiento no era una cuartelada o militarada si no algo profundamente popular todos los partidos nacionales anti-marxistas depondrían sus diferencias para unirse bajo la única dirección militar sin prefigurar el régimen que habría de seguir a la victoria definitiva. Pero siguen subsistiendo esos partidos: renovación española (monárquicos constitucionales) tradicionalistas (antiguos carlistas) acción popular (monárquicos que acataron la república) y no pocos republicanos que no entraron en el frente llamado popular. A lo que se añade la llamada falange -partido político aunque lo niegue- o sea el fascio italiano muy mal traducido. Y este empieza a querer absorber a los otros y dictar el régimen futuro. Y por haber manifestado mis temores de que esto acreciente el terror, el miedo que España se tiene a sí misma y dificulte la verdadera paz; por haber dicho que vencer no es convencer ni conquistar es convertir el fascismo español ha hecho que el gobierno de Burgos que me restituyó a mi rectoría... vitalicia! con elogios me haya destituido de ella sin haberme oído antes ni dándome explicaciones. Y esto, como se comprende, me impone cierto sigilo para juzgar lo que está pasando.
Insisto en que el sagrado deber del movimiento que gloriosamente encabeza Franco es salvar la civilización occidental cristiana y la independencia nacional ya que España no debe estar al dictado ni de Rusia ni de otra potencia extranjera cualquiera puesto que aquí se está librando, en territorio nacional, una guerra internacional. Y es deber también traer una paz de convencimiento y de conversión y lograr la unión moral de todos los españoles para rehacer la patria que se está ensangrentando, desangrando, arruinándose, envenenándose y entonteciéndose. Y para ello impedir que los reaccionarios se vayan en su reacción más allá de la justicia y hasta de la humanidad, como a las veces tratan. Que no es camino el que se pretenda formar sindicatos nacionales compulsivos, por fuerza y amenaza, obligando por el terror a que se alisten en ellos a los ni convencidos ni convertidos. Triste cosa sería que al bárbaro, anti-civil e inhumano régimen bolchevístico se quisiera sustituir con un bárbaro, anti-civil e inhumano régimen de servidumbre totalitaria. Ni lo uno ni lo otro que en el fondo son lo mismo."
Carmen Morán Breña
Salamanca - 31 de diciembre de 2016
Miguel de Unamuno no tenía pensado tomar la palabra aquel 12 de octubre de 1936, Día de la Raza, en el que se produjo el conocido altercado con el general Millán-Astray en la Universidad de Salamanca. El incidente dejó dos frases para la historia española y un símbolo de carácter universal: la intelectualidad contra lo militar, la pluma contra las armas. El rector salmantino no había ido a la misa que precedió al acto académico, que ofició el obispo Pla y Deniel, con quien, sin embargo, compartió mesa presidencial en el paraninfo.
No tenía pensado hablar, ni un papel había llevado, pero las intervenciones del catedrático Francisco Maldonado de Guevara y del poeta José María Pemán debieron terminar exaltando su ánimo. De modo que Unamuno sacó del bolsillo una carta que le había enviado Enriqueta Carbonell pidiéndole que se interesara por la suerte que corría su marido, Atilano Coco, amigo del escritor, encarcelado por los franquistas en Salamanca. Y en aquel sobre garabateó algunas palabras que fueron la génesis de aquellas dos frases: el “venceréis, pero no convenceréis” del pensador y el “¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia!” del tuerto y manco general fundador de la Legión.
Unamuno murió poco más de dos meses después, el 31 de diciembre de 1936—, recluido en su casa, con un guardia a la puerta, dictando los últimos versos y las últimas cartas a sus amigos.
Unamuno era una personalidad entonces famosísima, más que Federico García Lorca. Dicen los expertos que no presidió la República porque no quiso. Azaña le consultaba, los franquistas le alababan y él ponía a caldo a los “hunos y a los hotros”, como decía. No era equidistante, sino más bien osado en plena “guerra incivil”.
Cada Gobierno que se sucedía ensalzaba su figura y luego la dejaba caer. La dictadura de Primo de Rivera le forzó a dejar la universidad hacia el destierro en Fuerteventura; la caída del dictador y del rey Alfonso XIII y la llegada de la Segunda República le permitió volver a Salamanca y ser recibido en sus calles con aplausos y fervor popular. Pero sus quejas posteriores hacia los “marxistas” y su apoyo al Ejército sublevado en 1936 le apean del Rectorado salmantino. Franco se lo devuelve y se lo quita en pocos meses. El viejo profesor siempre dijo que no era él quien cambiaba, sino los otros.
Franco se perdió aquel Día de la Raza porque tuvo que trasladarse al frente. En la mesa del paraninfo, su esposa, Carmen Polo, escuchó a Maldonado comparar a Cataluña y el País Vasco con dos cánceres, la anti-España las llamó. Unamuno se revolvía en su silla. Pemán remató la faena exhortando a la juventud: “Muchachos de España: hagamos en cada pecho un Alcázar de Toledo”.
Todo ello queda recogido en detalle en la biografía sobre Unamuno de los profesores franceses Colette y Jean-Claude Rabaté que Taurus editó en 2009. Colette y Jean-Claude Rabaté coincidieron en que el acto del 36 fue tenso, pero esa salida de Unamuno del paraninfo protegido por Carmen Polo de una horda que por poco le lincha no fue exactamente como muchas veces se ha contado.
La raza y la Legión
El Día de la Raza se llamaba así desde 1918. Entonces la raza no se entendía como ahora, ni había tomado las terribles connotaciones que preconizaban los nazis.
A Millán-Astray le habían molestado mucho las palabras de Unamuno defendiendo su condición de bilbaíno que enseñaba castellano a quienes no lo sabían, o la mención al obispo Pla, “catalán, quiéralo o no”, para decir que también tanto Cataluña como el País Vasco podrían acusar al resto de anti-España. Pero lo que más desató los nervios del militar africanista fue la mención a Rizal, el tagalo que defendió la independencia de Filipinas, donde el general había combatido con 17 años. “Hoy no celebramos una fiesta étnica sino el día de la lengua, eso sí es imperio, el de la lengua española, hablada por Rizal, tan español como sus verdugos, vencido, sí; convertido, acaso; pero convencido no”, dijo Unamuno.
Hubo abucheos, los consabidos gritos y cánticos patrioteros. Dos fotos ilustran la salida del paraninfo de la comitiva. Hay falangistas brazo en alto, pero no se aprecia un acoso especial al rector. En una de ellas se ve a Millán-Astray despedirse del obispo y Unamuno se halla junto al prelado. Su fama internacional quizá llevó a los falangistas a protegerle de cualquier altercado.
Estaba fresca la muerte de Lorca y Franco no podía permitirse más vesanias con los intelectuales. El viejo rector se marchó en un coche a su casa. Lo peor, en realidad, estaba por venir. Aquella misma tarde fue abucheado en el casino al que solía acudir y se refugió en su domicilio, de donde prácticamente no volvió a salir hasta su muerte. Al día siguiente se le revocó el cargo de concejal y el 14 se le despojó del birrete de rector. Los mismos catedráticos que habían pedido para él el Nobel firmaron su destitución.
La entrevista realizada por Nikos Kazantzakis el 20 de octubre de 1936 a Unamuno se publicó el 14 de diciembre de ese mismo año, a tres columnas y en portada, en el periódico griego Kathemeriní.
Se ha de tener en cuenta que a comienzos de agosto de 1936 se había producido la instauración del régimen fascista de Ioannis Metaxás en Grecia.
En la entrevista Unamuno afirma:
“En este momento crítico que está atravesando España, yo sé que debería estar junto a los soldados. Son ellos los que nos salvarán, los que impondrán el orden. Los otros nos han traído la anarquía y la barbarie. Franco y Mola son prudentes y tienen rectitud moral. Quieren el bien del país, son sencillos y equilibrados. Saben lo que significa la disciplina, y saben imponerla. No haga caso, no me he vuelto de derechas, no traicioné la libertad. Pero, por ahora, es absolutamente necesario imponer el orden. Después me levantaré y empezaré a luchar de nuevo por la libertad, absolutamente solo. No soy ni fascista, ni bolchevique. Estoy solo”.
Luis Gabriel Portillo Pérez, profesor de Derecho Civil en la Universidad de Salamanca en la década de 1930, publicó en la revista británica Horizon (diciembre de 1941) el relato "Unamuno's Last Lecture", en donde narra los hechos del 12 de octubre de 1936.
Unamuno's Last Lectureby Luis Portillo
THE CEREMONIAL HALL in the University of Salamanca is a spacious chamber, used only on formal occasions, solemn, austere, the walls hung with tapestries. Through the huge windows enters a shimmering flood of iridescent light which deepens the amber glow of the century-old plinth stones.
This was the setting.
The play was enacted on 12 October 1936, when Spanish Fascism was in its first triumphant stage. The morning was half spent. The patriotic festival of the Hispanic Race was being celebrated.
There they were on the presidential dais: the purple calotte, the amethyst ring and the flashing pectoral cross of the Most lllustrious Doctor Plá y Deniel, Bishop of the Diocese; the lackluster robes of the Magistrates; the profuse glitter of military gold braid side by side with the crosses and medals exhibited on presumptuously bulging chests; the morning coat, set off by black satin lapels, of His Excellency the Civil Governor of the Province; and all these surrounded -was it to honor or to overwhelm?- the man whose pride in his incorruptible Spanish conscience was steadfast and straight: Miguel de Unamuno y Jugo, the Rector.
From the front wall, the allegorical picture of the Republic had gone, and there shone from under a canopy the Caudillo's effigy in plump insolence. To the left and right, on crimson-covered divans, the silk of the doctors' gowns and their mortarboards with gay tassels in red, yellow, light blue and dark blue, symbolizing Law, Medicine, Letters, and Science.
A few ladies were scattered among the learned men; in a prominent place, Doña Carmen Polo de Franco, the distinguished spouse of the Man of Providence.
From a packed audience which faced the dais of the elect, with its protective balustrade of dark polished wood, there rose the confused murmur of expectancy.
At the far end of the long hall glinted the rounded brasses of a military band, ready to play the obligatory hymns.
The ceremony began. Don Miguel opened it with the ritual formula, spoken in that unforgettable voice of his, thin and clear. Then Don Francisco Maldonado stepped on to the platform, short, fat, Professor of Literature and Salamancan landowner. With affected, baroque diction and vast erudition, he delivered a colorless and circumstantial address. At the end, he expressed his hope for a better future, with kindly and sincere emotion. He descended the steps among cheers and applause, bowed to the dais, and returned to his seat. He was followed on the speaker's platform by Don Jose Marfa Ramos Loscertales, of Saragossa, tall and lean, with fluid gestures, flashing eyes, sober and precise of speech, his sensitive face in perpetual motion, expressing a subtle and enigmatic irony. He spoke of the mortal struggle raging at the time-yet another circumstantial speech. Its thesis: the energies of Spain at white heat in a crucible of passion-and like gold from the crucible, Spain would emerge in the end, purified and without stain, in her true colors ... which rejected the taints artificially imposed on her. Clamorous ovation.
And then rose General Millan Astray. With ostentatious humility, he preferred to speak from his own place. His appearance was impressive. The General is thin, of an emaciation which pretends to slimness. He has lost one eye and one arm. His face and his body bear the indelible tattoo of horrible scars. These savage mutilations and gashes evoke a sinister personality; his angry and rancorous bearing kills any compassion his mutilations might have inspired.
He had been the organizer of the Tercio, the Spanish Foreign Legion for operations in Africa; he had been the creator of an iron, inexorable discipline to which the reckless fugitives from other social disciplines submitted of their own free will. He had gained those wounds which to many seemed glorious, to some over-exploited, and to all horribly impressive, in those fantastic Moroccan campaigns which had been Spain's bitter nightmare under the regretted aegis of King Alphonso Xlll, called "The African" in his day. Yet the unquestionable nimbus which surrounded the figure of the General was due to the gruesome originality, to the mysterious paradox of his battlecry: "Viva la Muerte!" - "Long live Death!"
Barely had Millan Astray risen to his feet when his strident voice rang out, as though bursting from that heroic chest bedizened with a galaxy of crosses, the testimonials and rewards of gallantry.
First of all he said that more than one-half of all Spaniards were criminals, guilty of armed rebellion and high treason. To remove any ambiguity, he went on to explain that by these rebels and traitors he meant the citizens who were loyal to the Government.
In a sudden flash of intuition, a member of the audience was inspired so as to grasp the faultless logic of a slogan which common minds had thought the product of an epileptic brain. With fervor, he shouted:
"Viva, viva la Muerte!" - "Long live Death!"
Impervious, the General continued his fiery speech!
"Catalonia and the Basque country - the Basque country and Catalonia-are two cancers in the body of the nation. Fascism, which is Spain's health-bringer, will know how to exterminate them both, cutting into the live, healthy flesh like a resolute surgeon free from false sentimentality. And since the healthy flesh is the soil, the diseased flesh the people who dwell on it, Fascism and the Army will eradicate the people and restore the soil to the sacred national realm .... "
He made a pause and cast a despotic glance over the audience. And he saw that he held them in thrall, hypnotized to a man. Never had any of his harangues so subjugated the will of his listeners. Obviously, he was in his element .... He had conquered the University! And, carried away himself, he continued, blind to the subtle and withering smile of disdain on the lips of the Rector.
"Every Socialist, every Republican, every one of them without exception-and needless to say every Communist-is a rebel against the National Government, which will very soon be recognized by the totalitarian States who are aiding us, in spite of France-democratic France-and perfidious England.
"And then, or even sooner, when Franco wants it, and with the help of the gallant Moors who, though they wrecked my body only yesterday, today deserve the gratitude of my soul, for they are fighting for Spain against the Spaniards ... I mean, the bad Spaniards . . . because they are giving their lives in defence of Spain's sacred religion, as is proved by their attending field mass, escorting the Caudillo, and pinning holy medallions and Sacred Hearts to their burnooses .... "
The General lost himself in the maze of his own vehement outburst. He hesitated, irritated and defiant at the same time. In these straits, an enthusiastic Fascist came to his rescue and shouted:
"Arriba Espana!"
The crowd bowed their heads in resignation. The man went on, undaunted:
"Spain!"
Mechanically, the crowd responded: "One!"
"Spain!" he reported.
"Great!" chorused the obedient public.
"Spain!" the Blue Shirt insisted, implacably.
"Free!" they all replied, cowed.
There was an obvious lack of warmth and listlessness in these artificially produced responses. Several Blue Shirts rose to their feet as though pushed by invisible springs, and raised their right arms stiffly in the Roman salute. And they hailed the sepia-colored photograph on the front wall:
"Franco!"
The public rose reluctantly and chanted parrot-like:
"Franco! Franco! Franco!"
But Franco's image did not stir. Neither did the Rector.
Don Miguel did not rise to his feet. And the public fell silent and sat down again.
All eyes were fastened in tense anxiety on the noble head, on the pale, serene brow framed by snow-white hair. The uncertain expression of his eyes was hidden by the glitter of his spectacles.
Between the fine curve of his nose and the silver of his Quixote-like beard, his mouth was twisted in a bitter grimace of undisguised contempt. People began to grow uneasy. A few suddenly felt a recrudescence of their old rancorous abhorrence. Some admired the serene fearlessness of the Master and feared for his safety. The majority were gripped by the voluptuous thrill of imminent tragedy.
At last, Don Miguel rose slowly. The silence was an enormous void. Into this void, Don Miguel began to pour the stream of his speech, as though savoring each measured word. This is the essence of what he said:
"All of you are hanging on my words. You all know me, and are aware that I am unable to remain silent.
I have not learnt to do so in seventy-three years of my life. And now I do not wish to learn it any more. At times, to be silent is to lie. For silence can be interpreted as acquiescence. I could not survive a divorce between my conscience and my word, always wellmated partners.
"I will be brief. Truth is most true when naked, free of embellishment and verbiage.
"I want to comment on the speech-to give it that name-of General Millan Astray, who is here among us."
The General stiffened provocatively.
"Let us waive the personal affront implied by the sudden outburst of vituperation against Basques and Catalans in general. I was born in Bilbao, in the midst of the bombardments of the Second Carlist War. Later, I wedded myself to this city of Salamanca, which I love deeply, yet never forgetting my native town. The Bishop, whether he likes it or not, is a Catalan from Barcelona."
He made a pause. Faces had grown pale. The short silence was tense and dramatic. Expectation neared it's peak.
"Just now, I heard a necrophilous and senseless cry:
'Long live Death!' To me it sounds the equivalent of 'Muera la Vida!' - 'To Death with Life!' And I, who have spent my life shaping paradoxes which aroused the uncomprehending anger of the others, I must tell you, as an expert authority, that this outlandish paradox is repellent to me. Since it was proclaimed in homage to the last speaker, I can only explain it to myself by supposing that it was addressed to him, though in an excessively strange and tortuous form, as a testimonial to his being himself a symbol of death.
"And now, another matter. General MilUm Astray is a cripple. Let it be said without any slighting undertone. He is a war invalid. So was Cervantes. But extremes do not make the rule: they escape it. Unfortunately, there are all too many cripples in Spain now.
And soon, there will be even more of them if God does not come to our aid. It pains me to think that General Millan Astray should dictate the pattern of mass-psychology.
"That would be appalling. A cripple who lacks the spiritual greatness of Cervantes --a man, not a superman, virile and complete, in spite of his mutilations-- a cripple, I said, who lacks that loftiness of mind, is wont to seek ominous relief in seeing mutilation around him."
His words rang out crystal clear. The heavy silence gave them resonance.
"General Millan Astray is not one of the select minds, even though he is unpopular, or rather, for that very reason. Because he is unpopular. General Millan Astray would like to create Spain anew-a negative creation-in his own image and likeness. And for that reason he wishes to see Spain crippled, as he unwittingly made clear."
At this point General Millan Astray could stand it no longer and shouted wildly:
"Muera Ia lnteligencia!"- "To death with Intelligence!"
"No, long live intelligence! To death with bad intellectuals!" corrected Don Jose María Pemán, a journalist from Cadiz. A few voices seconded him, many hands were clenched to check an imprudent impulse to applaud the aged Rector. The Blue Shirts felt tempted to become violent, true to totalitarian procedure. But a most unusual realization of their numerical inferiority strangled this impulse at birth. Arguments flared up round the names of academicians who had disappeared or been shot. Irritated "sh's" came from various sides.
Some gowned figures had gathered round Don Miguel, some Blue Shirts round their vilified hero.
At last the clamor died down like the sound of surf on the beach, and the groups dispersed. Don Miguel again became visible to the assembly, very erect, his arms folded and his gaze fixed straight ahead, like the statue of a stoic. Once more his word dominated the hall.
"This is the temple of intellect. And I am its high priest. It is you who are profaning its sacred precincts.
"I have always, whatever the proverb may say, been a prophet in my own land. You will win, but you will not convince. You will win, because you possess more than enough brute force, but you will not convince, because to convince means to persuade. And in order to persuade, you would need what you lack-reason and right in the struggle. I consider it futile to exhort you to think of Spain. I have finished."
The controversies flamed up again, interrupted by sudden waves of unanimous silence.
Then Don Esteban Madruga, Professor of Common Law, a straightforward and truly good man, took Don Miguel by the arm, offered his other arm to Doña Carmen Polo de Franco, and led them out of the room.
Unamuno walked with perfect dignity, pale and calm.
Franco's wife was so stunned that she walked like an automaton.
The Junta in Burgos was consulted. Franco's orders came: they were inexorable. If the offence was considered grave enough, the Rector of Salamanca was to be executed without delay. The offence was indeed considered to be so, but somebody who was better advised realized that such an act would fatally injure the prestige of the nascent "Movement of Salvation." It was therefore never carried out.
Don Miguel retired to his home. His house was kept surrounded by the police.
And shortly afterwards, thus guarded, Miguel de Unamuno died suddenly on the last day of 1936, a victim of a stroke of the brain, achieving lasting peace.
La traduccion de este artículo al castellano apareció en una publicación de la editorial Ruedo Ibérico.
«Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir. Porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso –por llamarlo de algún modo- del general Millán Astray que se encuentra entre nosotros. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao».
«Pero ahora acabo de oír el necrófilo e insensato grito “Viva la muerte”. Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente»
«El general Millán Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los inválidos a su alrededor».
«Este es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho».
Severiano Delgado Cruz
Universidad de Salamanca, mayo de 2018
Pocos momentos de la Guerra Civil española han pasado al imaginario colectivo con la fuerza y la persistencia con que lo ha hecho el acto del 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, en el que el rector Miguel de Unamuno se enfrentó verbalmente al general José Millán Astray. Sin embargo, aunque los aspectos generales del desarrollo del acto, y los discursos de varios oradores, son conocidos por la información publicada en la prensa de aquellos días, las palabras pronunciadas por el rector Unamuno han sido fruto de una intensa mitificación. En realidad, no hay manera de conocer la literalidad del discurso de Unamuno, porque fue una improvisación y no fue recogido en la prensa de la época, a pesar de lo cual circulan varias versiones que entrecomillan frases y párrafos enteros asignando a Unamuno la autoría literal. Para aclarar este asunto en la medida de lo posible, he realizado una labor de arqueología sobre el discurso atribuido a Unamuno, desbrozando el terreno y limpiando las sucesivas capas hasta alcanzar el suelo geológico: el relato de Luis Portillo Pérez titulado “Unamuno’s Last Lecture”, publicado en el número de diciembre de 1941 de la revista Horizon.





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