«Paz, piedad y perdón» es como se conoce al discurso pronunciado por el presidente de la Segunda República española, Manuel Azaña, el 18 de julio de 1938 en el Ayuntamiento de Barcelona, a los dos años del comienzo de la guerra civil. El discurso contiene un mensaje de reconciliación y fue elaborado con la intención de preparar a la opinión pública para lograr una mediación internacional y no prolongar la guerra.
La Libertad, 19 de julio de 1938 julio
PAZ, PIEDAD Y PERDÓN
El Gobierno de la República tiene una posición bien conocida: que se vayan los invasores.
EL ACTO SE CELEBRA EN EL AYUNTAMIENTO. — EL PÚBLICO OVACIONA AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA
Barcelona, 18. — La conmemoración más solemne del segundo aniversario del levantamiento militar ha consistido en el anunciado discurso del jefe del Estado, D. Manuel Azaña Díaz. El acto tuvo efecto en el Ayuntamiento de Barcelona, donde se reunieron representaciones del Cuerpo diplomático y de la democracia española. Asistió el Gobierno en pleno, así como el de la Generalidad, un crecido número de diputados del Parlamento de la República y del de la Generalidad, representaciones del Ejército y otras muchas personalidades. Desde su residencia oficial llegó el Sr. Azaña a Barcelona a media tarde, siendo ovacionado por el público a su paso por las calles cuando se dirigía al Ayuntamiento.
En la escalinata principal del edificio fue recibido el presidente de la República por el Ayuntamiento de Barcelona en pleno. La presencia del Sr. Azaña en el salón de sesiones fue acogida por las personalidades allí reunidas con muestras de adhesión.
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EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA ES OVACIONADO POR LA MULTITUD
Al abandonar el edificio del Ayuntamiento el Sr. Azaña fue calurosamente aplaudido por la multitud estacionada ante el Palacio Municipal. El edificio del Ayuntamiento lo abandonaron juntos el presidente del Consejo, doctor Negrín; el ministro de Estado, señor Álvarez del Vayo, y el jefe del Estado Mayor Central, general Rojo, quienes se dirigieron a pie por la calle de Fernando hasta las Ramblas y plaza de Cataluña, siendo reconocidos y saludados por los numerosos ciudadanos que a aquella hora, nueve y cuarto de la noche, transitaban por tan céntricas vías.
CATALUÑA
VIBRANTE ALOCUCIÓN DE COMPANYS
El presidente de Cataluña ha dirigido a los soldados del reemplazo de 1925-26, hace poco incorporados a filas, una carta abierta, de la que reproducimos unos párrafos:
«Vosotros, hombres hechos, sabéis por qué se ama a una patria, por qué se lucha y se muere, si es preciso, por su libertad.
Vosotros sabéis que defendiendo con las armas nuestra tierra defendéis vuestro derecho a la vida, defendéis vuestros intereses morales y materiales, defendéis vuestros hogares, defendéis la herencia de vuestros antepasados, que un día traspasaréis intacto a vuestros herederos. Y defendéis el ideal que es concepción de todos vuestros amores y todas vuestras ilusiones.
Los soldados de los reemplazos 1925-26, cabezas de familia y con hijos muchos de vosotros, podéis saber el precio de una vida, de aquella vida que habéis visto florecer y crecer en lo sagrado de vuestro hogar, y que ha constituido vuestra ilusión más bella y vuestro amor más profundo. Pues bien; pensad que lucháis por vuestros hijos tanto como por la patria.
La vida es el precio de un ideal. Tú, que sabes lo que vale y lo que quieres a la vida, piensa en el altísimo valor del ideal que defiendes. El derecho a vivir dignamente, honradamente, libremente para ti y para tus hijos. Ellos y tú y tus hermanos integráis también la patria. Luchando por él luchas por la República y Cataluña.»
La rambla, 19 de julio de 1938
Dos anys de lluita per la llibertat
El Partit Socialista Unificat al poble català
A TOTS ELS TREBALLADORS!
Fa dos anys que les forces feixistes van aixecar-se contra el Poder legítim, que el poble, lliurement, es va donar. Els generals reaccionaris van fer traició a la promesa feta de fidelitat al Govern de la República i traïren novament la pàtria obrint les portes al feixisme italiá i alemany, que vol convertir els pobles hispànics en colònies.
Les masses populars, però, van llançar-se ardidament a la lluita sense armes ni organització militar. La decisió fou tan ferma, el sentit de responsabilitat tan altt, el coratgo tan inigualable que van aconseguir fer fracassar en gran part del territori l'aixecament feixista. Si les democràcies haguessin actuat amb energia per impedir la descarada intervenció de Mussolini i Hitler, el moviment facciós hauria estat anorret en pocs mesos.
El poble no té cap culpa d'aquesta guerra que fa dos anys que dura. En les eleccions del 12 d'abril, per una majoria imponent, es va decidir contra la monarquía. D'una manera democràtica va aprovar la Constitució de la República i l'Estatut de Catalunya. Les forces reaccionàries no es van conformar amb la transformació legal que s'operava. Aprofitant-se del poder que els donava el clericalisme, l'alta finança, la gran Industria, el latifundisme i l'aparell de l'Estat, encara de mentalitat monàrquica, van posar en pràctica tota mena de procediments per calumniar i sembrar la discòrdia entre les forces avançades i progresives. Valent-se de les divisions i lluites intestines, van imposar el bienni negre, bienni de vergonya, d'immoralitat, de criminal repressió, d'atac brutal contra les conquestes dels obrers i camperols, de foment de la reacció en les institucions culturals...
Les masses populars aprofitaren la lliçó. Van sofrir les consequències de les discordies i les pugnes violentes entre els diferents sectors. I en les eleccions del 16 de febrer, seguint el camí de la unitat, formant el Front Popular, aconseguiren una victòria esclatant
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EL MISSATGE DELS CAIGUTS
Este fenómeno profundo, que se da en todas las guerras, me impide a mí hablar del provenir de España en el orden político y en el orden moral, porque es un profundo misterio, en este país de las sorpresas y de las reacciones inesperadas, lo que podrá resultar el día en que los españoles, en paz, se pongan a considerar lo que han hecho durante la guerra. Yo creo que si de esta acumulación de males ha de salir el mayor bien posible, será con este espíritu, y desventurado el que no lo entienda así. No tengo el optimismo de un Pangloss ni voy a aplicar a este drama español la simplísima doctrina del adagio, de que «no hay mal que por bien no venga». No es verdad, no es verdad. Pero es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que se acordarán, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres, que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad y Perdón.
Euzkadi (Barcelona). 19 de julio de 1938
Al iniciarse el III año de la guerra
Un discurso de S. E. el Jefe del Estado
«Y cuantos, cuantos y no de los menores, darían ahora algo bueno, para volver al mes de junio de 1936, y lo pasado, pasado y que se borrase esta pesadilla, y sobretodo, que se borrase la responsabilidad de haberla provocado»
Como estaba anunciado, ayer tarde tuvo lugar el anunciado discurso de S. E. el jefe del Estado con motivo de cumplirse el segundo aniversario del alzamiento militar.
En la plaza de la República, don Manuel Azaña revistó las fuerzas y fué recibido por el Presidente de la Generalidad y otras personalidades. El Presidente de la República venía acompañado del jefe del Gobierno, don Juan Negrín.
Dió la bienvenida a S. E. el alcalde, don Hilario Salvador, a quien acompañaban las restantes autoridades municipales. Tras breve estancia en el despacho de la Alcaldía, dirigiéronse al Salón de Ciento, donde había de tener lugar el histórico acto.
Ocupó la presidencia S. E. el jefe del Estado, con él compartieron lugares de honor S. E. el Presidente de Cataluña, S. E. el Presidente de las Cortes españolas; el jefe del Gobierno español, don Juan Negrín, con los restantes ministros; los consejeros de la Generalidad. Se hallaban también presentes el consejero de Trabajo del Gobierno de Euzkadi, don Juan de los Toyos, y el secretario general de la Presidencia, don Julio de Jauregui. También vimos a destacadas personalidades de los distintos partidos políticos.
Y en un ambiente de justificada expectación dió comienzo el discurso el jefe del Estado, quien se pronunció en los siguientes términos:
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La Hora (Valencia). 19 de julio de 1938
EL PRESIDENTE DE TODOS LOS ESPAÑOLES
se dirige a la nación para condenar de nuevo la invasión extranjera y a quienes le abrieron la puerta
BARCELONA, 18. — La conmemoración solemne del segundo aniversario del pronunciamiento militar ha consistido en el anunciado discurso del Jefe del Estado, don Manuel Azaña Díaz.
El acto tuvo lugar en el Ayuntamiento de Barcelona, donde se reunieron representaciones del Cuerpo diplomático y de la democracia española. Asistió el Gobierno en pleno, así como el de la Generalidad, crecido número de diputados del Parlamento de la República y el de Cataluña y representaciones del Ejército.
Desde su residencia oficial llegó el señor Azaña a Barcelona a media tarde, siendo ovacionado por el público a su paso por las calles cuando se dirigía al Ayuntamiento.
En la escalinata principal del edificio fue recibido el Presidente de la República por el Ayuntamiento de Barcelona en pleno.
La presencia de don Manuel Azaña en el salón de sesiones fue acogida por las personalidades allí reunidas con visibles muestras de adhesión.
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De esta colección de males saldrá algo bueno. No tengo el optimismo de un Pangloss. No es verdad eso de que «no hay mal que por bien no venga», pero el dolor nuestro procuraremos sacar; como es lógico, el mejor bien posible: pero cuando los años pasen, las generaciones vengan y la antorcha pase a otras manos y se vuelvan a enfrentar las pasiones de unos y otros, piensen en los muertos que reposan en la madre tierra, ya sin ideal, y que nos envían destellos de su luz de lo que la Patria debe a todos sus hijos: piedad y perdón. (Grandes aplausos.)
Nuestra lucha (Murcia). 19 de julio de 1938
S. E. el señor Presidente de la República ha hablado para todos, incluso para los que no han querido oírle
Nuestra posición es harto conocida: que se vayan los invasores
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LO QUE LA PATRIA DEBE A LOS HIJOS: ¡PIEDAD Y PERDÓN!
Termina con el siguiente párrafo: «Cuando los años pasen, las generaciones vengan y la antorcha pase a otras manos, pensad en los muertos que reposan en la madre tierra, ya sin ideal, y que nos envían destellos de su luz de lo que la Patria debe a todos sus hijos. ¡Piedad y perdón!». (Gran ovación.)
CNT, 19 de julio de 1938
DÍA 19 DE JULIO
AZAÑA
EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA HABLA PARA ESPAÑA Y PARA EL MUNDO
Habló anoche el presidente de la República, durante una hora: ocupó. con su palabra la tribuna indeterminada de la Radio, Hablar ante el micrófono es hablar al mundo. Para personalidades que se encuentran abrumadas por la responsabilidad nacional, es lo mismo que hablar ante la historia, lo mismo que dictar un fasto o unos anales del presente que se intemporaliza, como él mismo ha dicho, porque no creyó oportuno decir que se deshumanizaba, sin duda por la eufonía del vocablo.
Como el que se levanta sobre el pavés de los sucesos cotidianos, habló para todos. Para los que están aquí a nuestro lado, para los que habitan en nuestras antípodas, para los que estaban anoche suspensos de su palabra y para los que no quieren oírle. Un español haló de España, y de sus esfuerzos y sus dolores, sin bandera, sin fanatismo.
«Los Gobiernos de la República han pugnado por reducir el acontecimiento de la sublevación militar a la consideración de un enorme conflicto de Orden Público. Esta cuestión deja de ser interior y nacional cuando los mismos poderes internacionales se encargaban de darle carácter a nuestra guerra. El Gobierno no acudió a ese aspecto nuevo del conflicto. España, que había escrito en su Constitución su carácter pacifista, siguió esperando el remedio de la Sociedad de Naciones.
Se quiere cohibir la guerra a España solamente. Impedir a toda costa que se produzca una conflagración.
«Pero el Comité de Londres es un bochorno, un baldón de la política de Europa... porque hace su política contra nosotros». Respeta los intereses de todos los pueblos menos los de los españoles.
Se fingía incluso creer que nuestro país estaba en vías de sufrir una insurrección comunista, una insurrección comunista, cuando el Partido Comunista apenas representaba un cuatro por ciento de la coalición del Frente Popular.
Esto se apoyaba en el miedo que ha abierto un abismo que se llena hoy, de sangre española. El español quiere libertad sí, pero no la tolera en los demás.
Y el daño más grave no es en el orden militar ni en el diplomático. Instalados en España, clavada en nuestra tierra la garra de los intereses extraños, los gastos y dispendios realizados por la intervención habrá de pagarlos España. Con su riqueza, con su trabajo, con el jornal o con la economía de sus hijos. Porque España sería una nación vencida como lo fueron las naciones centrales en la gran guerra.
El Gobierno, en una declaración reciente, habla de reconstrucción. El tirón fue tan grande, tan tan fuerte, tan peligroso; que no quedó en pie, sano y fuerte, más que el cimiento de España. Algo habrá pues que reconstruir; pero mucho, muchísimo, habrá que construirlo de nuevo, de planta y en su totalidad.
Todos nos conocemos. Hoy en el el mundo, altos y bajos, han demostrado ya, sin disfraz, lo que llevan dentro, lo que realmente son, lo que realmente eran. Todos sabemos ya quiénes éramos todos. Muchos se han engrandecido: otros, y no pocos, se han envilecido. ¡Dichoso el que muere antes de haber enseñado el límite de su grandeza! Muchos no han muerto, por desgracia para ellos.
Esta situación de orden moral creará en el porvenir de España una situación, digamos, incómoda; porque, en efecto, es difícil vivir en una sociedad sin disfraz, y cada cual tendrá delante ese espejo mágico, donde ya no se verá con la fisonomía del mañana, sino donde, siempre que se mire, encontrará lo que ha sido, lo que ha echo y lo que ha dicho durante la guerra.
Y al final, al final de todo, después de todo, que se piense en los muertos y que se escuche su atención: la de esos hombres, que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad y Perdón.
La Libertad, 20 de julio de 1938 julio
EL DISCURSO DE AZAÑA
LAS TRES PALABRAS DEL PRESIDENTE
«El derecho de enjuiciar públicamente la labor del gobernante subsiste, a pesar de la guerra.»
Principio de muchas esperanzas puede ser el discurso magnífico pronunciado anteayer para todos los españoles, incluso para ellos que rehúsan oír, por el señor presidente de la República española, D. Manuel Azaña. Viene bien el recuerdo de aquella frase de Talleyrand—maestro, como Metternich, en diplomacia—dirigida al jefe de un Gobierno que tenía arduas cuestiones que resolver con Inglaterra: «Señor: Europa os espera». En esta ocasión ha sido Europa y el Mundo quienes esperaban una definición española de la mayor altura, ya anticipada, sin embargo, en los tres puntos del señor Negrín, y, sin duda, clara y resuelta también, en feliz coincidencia, en la actitud de algún prohombre de la República, que, a través de todas las circunstancias, siempre lleva la patria sobre el corazón.
Desde este punto de vista, más trascendental ahora que antes, la voz del presidente de la República española ha sonado en Europa, resuelta y firme, plena de sabiduría rígida y con sus matices peculiares, que son ante todo un reflejo vivido del pensamiento español.
Importa principalmente recoger el enjuiciamiento que el señor presidente ha hecho de la situación española en su actual fase internacional. La intervención de Italia y de Alemania en España no obedece—afirma el Sr. Azaña—a razones de simpatía política o de cruzada ideológica. Los propios agresores confiesan que han hecho su agresión en moneda de cambio. El Gobierno español no varió por eso sus sistemas de política internacional y se sumó a los fines de la paz sustentados, no con la decisión deseable, en la Sociedad de Naciones. Eliminó la República toda aquella que pudiera convertirse en motivo de conflagración europea. La paz —primera palabra consecuente del Sr. Azaña— ha sido y es la fundamental preocupación de España, y el mismo presidente declara, con honradez y energía inconfundibles, que él no hubiera colaborado con Gobierno alguno que aspirase a convertir la guerra española en una guerra mundial. ¿Están claros el pensamiento y la forma? El presidente ha hablado a las potencias de modo rotundo. Sobre todo, ha ido de falsas tendencias no intervencionistas, a las que les incumbe la limitación verdadera de la guerra española. Ninguna de éstas ha demostrado sinceridad y decisión en que se acabe.
La segunda tesis del Comité de Londres ha extendido con demasiadas proporciones una negación del derecho del Gobierno español a acogerse a las leyes internacionales, y ha parecido, como dice el señor Azaña, que el único que no tenía derecho a intervenir en la guerra española era el propio Gobierno español. ¿Es de buena o de mala fe el acuerdo del Comité londinense?, se pregunta el Sr. Azaña. En efecto, no es claro el fondo del acuerdo. Si hubiese existido buena voluntad, lo primero era facilitar el trabajo de las Comisiones que se nombren, y reducir el «conflicto» español a sus características originarias, continuar, por encima de nuestro inmenso dolor, hasta el final de la contienda. Y, a pesar de todo, todavía no se ha reconocido la verdadera posición, bien definida, del Gobierno español: que se vayan los invasores. De todos modos, el acuerdo, su cumplimiento, significaría la extinción de la guerra de España.
La evocación histórica que con certero espíritu crítico hace el Sr. Azaña en uno de los mejores períodos de su discurso es la descripción más completa del fracaso de los «imperialistas» de Franco. Pero, ante todo, creemos que llegará el derrumbamiento de los rebeldes. Porque su «imperialismo» no es el suyo, sino el de Alemania e Italia. Este fracaso tendrá, al menos, la ventaja de librar a los españoles sometidos por el terror del yugo extranjero. Cuestión de honra, además —dijo el presidente— es la salida de España de italianos y alemanes. Con ello, los antecedentes de la sublevación quedarían también envueltos en el ruido del fracaso.
Subalterno, desgraciadamente, el daño que nos alcanza a todos. Pero, con nuestro triunfo, el derecho estatutario persistirá aún con más vigor. La obra de reconstrucción nacional sería la obra de la colmena en su conjunto. ¿Quién podrá negar el espíritu conciliador, la magnificencia del pensamiento del Sr. Azaña? Sentimiento de grandeza sin límites que debemos adentrar en nuestro corazón y en nuestra voluntad. ¡Ha llegado el momento de olvidar, entre todos, entre todos los españoles, el que la suerte de España depende del resultado de una guerra de invasión!
Es difícil, ciertamente, prever nuestro porvenir, porque las guerras no sólo las ganan las batallas. Exacta e histórica es esta afirmación del presidente. Pero es obligado el aclarar la atmósfera interior y la internacional. Para los que arteramente la enturbiaron, la patria no escatimará su piedad y su perdón. Bastará para ello —dijo el presidente— el que todos los españoles se pongan a considerar lo que han hecho durante la guerra. De esta reflexión espera el Sr. Azaña algo bueno, aunque no alienta el optimismo panglossiano. Acaso ocurra así, porque todos somos hijos de la misma patria. Pero sería necesario el forjamiento de una moral nueva que borrase la que acumularon los españoles durante veinte siglos.
Paz, piedad y perdón... Síntesis emocionada y elocuente de un discurso sabio en psicología y en experiencias históricas...
El Socialista, Barcelona, 20 de julio de 1938
"Todo el mundo, altos y bajos, han mostrado ya, sin disfraz, lo que llevan dentro, lo que realmente son, lo que realmente eran", Hasta Lerroux, el habilidoso farsante aficionado a Imperios, a cuentas corrientes y a otros sostenes mas o menos íntimos, anda por ahí en pelota exhibiendo sus fláccidas impudicias a la contemplación moral, digno remate a una vida cimentada en el fraude, en la falacia y en el ensanchamiento de la base. Cuando se le cierre definitivamente la uretra y se establezca en el más allá, donde, seguramente, le esperan impacientes algunos conspicuos, escalará la nube mas alta —él que es tan ducho— , hincándose de rodillas y poniendo los brazos en cruz, exclamará: “Paz, Piedad y Perdón”.
MIRON
Euzkadi (Barcelona). 20 de julio de 1938
Estas han sido las palabras finales y el resumen de cuantos conceptos contiene el discurso del Excmo. Sr. D. Manuel Azaña, Presidente de la República.
El Jefe del Estado, en la tarde del 18, y desde el Ayuntamiento de Barcelona, enjuició los sufrimientos, el heroísmo, los dolores, la tragedia y los problemas de la guerra que padecemos. Su discurso, de carácter general, se dirigió a todos los ciudadanos del Estado, para llamar su atención en los momentos actuales y orientarles en la conducta a seguir al final de la guerra.
Azaña, guiado de la sinceridad de siempre, trató uno a uno los problemas planteados. Explicó cómo la guerra que continúa ha pasado de la esfera interior, de una guerra civil a una guerra de tipo de independencia contra Alemania e Italia, que quieren hacerse con la riqueza, ya que con los corazones es imposible, de los pueblos peninsulares.
Expuso el Presidente cuáles son las razones que apoyan la tesis democrática y cómo importa el darles a conocer.
Alemania e Italia han atentado contra la República, se han sumado a los rebeldes, porque la democracia del 14 de abril no quiso servir los intereses de la hegemonía italiana en el Mediterráneo y sí la vida netamente propia de la independencia estatal.
La paz fue la base de su discurso. Expresó cómo la paz es la aspiración suprema de cuantos luchan y desvirtuó las afirmaciones de que la República desea una guerra de tipo europeo, de carácter universal para resolver el conflicto actual. «Limitar la guerra de España es obligación de los demás», insistió el Jefe del Estado, y para terminar cuanto antes es necesario que se acabe la invasión extranjera.
«No hay sino cumplir a fondo y rápidamente y con lealtad el acuerdo de Londres», reiteró el señor Azaña en su discurso. Es verdad, si la retirada de voluntarios fuese un hecho y únicamente quedasen dentro del Estado los ciudadanos de los distintos pueblos que integran su mosaico, no sería difícil hacerlos coincidir en un mínimo de convivencia. Pero para esto es necesario que la guerra internacional que desangra a todos quede reducida a una vulgar guerra peninsular. Habló del triunfo, señaló lo irreparable del daño causado, insistió que «durante 50 años todos estamos condenados a la pobreza estrecha y a trabajos forzados si no queremos sustentarnos de la corteza de los árboles», y recordó que la mayor hermandad y armonía ha de presidir el mañana de la paz, que todos deseamos sea pronto.
Expuso el Jefe del Estado cuáles son los dolores de la guerra. Recogió la pequeña compensación que nos ha facilitado la lucha: el habernos conocido. Es verdad; cada cual hemos tenido que hablar claro, que fijar posiciones. Los arribistas, por lo menos en nuestro campo, se han terminado, porque para estar en él se requiere espíritu de sacrificio, que está reñido con la postura cómoda de los tránsfugas políticos.
Insistió que la guerra es para nosotros, para los demócratas, como decíamos en nuestra editorial de ayer, un dolorosísimo deber y que con ella defendemos el Derecho estatuido como garantía de la libertad.
Recogió las enseñanzas que nos presta la Historia en relación con el fin que sirvió de motivo a las distintas guerras; recordándonos las guerras emprendidas para imponer en el mundo una fe, una política o un orden social han dado el resultado contrario. Él no citaba casos, nosotros podemos recoger en la esfera internacional el de la paz de Westfalia y en la esfera nacional las guerras civiles anteriores, que colocaron en situación privilegiada a los enemigos de Euzkadi.
Lo más importante de su discurso es para nosotros sus últimas palabras: Paz, Piedad y Perdón. En ellas se encierra un espíritu generoso y constructivo de quien quiere revivir, y para ello tiene que rectificar su conducta de errores y de negaciones.
Paz, fue siempre nuestro lema, no de hoy, sino desde el 19 de julio de 1936. Lo decíamos ayer en estas mismas columnas, fuimos a la guerra por la paz y lo dijo antes nuestro Presidente Aguirre en el discurso que pronunció en diciembre del 36, cuando nuestros hermanos estaban escribiendo en el libro de la historia la gran epopeya euzkadiana. Sus palabras fueron: «Nuestra consigna es esa: la victoria, arrojar al enemigo, a fin de que en todo el ámbito de la República pueda volver la paz, la paz tan ansiada por el pueblo».
Paz, que no puede conquistarse más que a base de generosidad, de piedad, de perdón; que no ha de empezar sólo el día que termine la guerra sino que ha de ser norma diaria, incluso durante la contienda. Por eso el Presidente del Gobierno de Euzkadi decía a nuestros gudaris: «Cuanto más valientes seáis ante el enemigo en los campos de batalla, tanto más generosos seréis en la retaguardia con los vencidos».
Paz ante todo, pero sin claudicaciones, con triunfo de la justicia, y si el Presidente, por los términos de su discurso, no pudo ocuparse de los distintos problemas planteados dentro de la esfera estatal, nosotros, repetimos, que para que la paz sea duradera, será necesario que de una vez para siempre se resuelvan el problema de los pueblos peninsulares dentro de la legalidad republicana y volvamos a la convivencia a la paz total, con la coexistencia de la República democrática, de Cataluña y de Euzkadi.
Los vascos, siguiendo sus destinos, serán mañana los paladines de la paz porque saben que con ella harán la felicidad de sus hijos.
Presente (Tánger). 21 de julio de 1938
El discurso de Azaña
Hemos leído una información rápida del discurso de Azaña. La hemos leído en uno de los periódicos rojos españoles tangerinos.
Lo que más hace resaltar el periódico es que Azaña ha desmentido, de manera rotunda, que él y su pueblo hayan querido convertir la guerra española en una guerra europea.
No vamos a entrar en un plan polemista sobre este asunto tan conocido. Ahí está Francia e Inglaterra que podrán hacerlo. La prensa de esos países ha calificado muchas actuaciones rojas de «maniobras criminales para procurar la guerra». Ahí están declaraciones de determinados políticos franceses pertenecientes al partido popular, Blum entre otros, que reconocen el esfuerzo realizado con el fin de procurar la guerra, hecho que no se ha logrado por no contar con la opinión francesa en general. Ahí están las declaraciones de Marty y demás internacionales y ahí están, por último, las llamadas rojas a las democracias, llamadas convertidas en imprecaciones y censuras contra la indecisión de los pueblos amigos de los rojos españoles.
Esto en la parte referente a la propaganda y a la persuasión. Se ha procurado llevar el recelo a Francia atribuyendo a la guerra española un fin que no tiene. Se ha intentado hacer perder a Francia la tranquilidad espiritual presentándole a España como un país perjudicial a sus intereses en el momento de la victoria de Franco; se ha procurado llevar esta misma desconfianza y temor a Inglaterra. Se ha querido alarmar al capital inglés y francés establecido en España presentándole un porvenir triste y comprometedor; se han dibujado falsos designios de Italia y de Alemania en España, en el Mediterráneo y en el Norte de África. En este terreno se ha hecho todo lo que se ha podido hacer con el fin de que un conflicto armado internacional beneficiara los comprometidísimos intereses de los rojos españoles.
Como esto no ha dado resultado se ha pasado a los hechos. Los rojos españoles han bombardeado buques de guerra extranjeros con el fin de provocar una perturbación de carácter internacional y han bombardeado varias veces el territorio francés valiéndose de aparatos disfrazados de nacionalistas. También han fracasado en este sentido.
Más tarde, y con motivo de los hundimientos de determinados barcos ingleses alcanzados accidentalmente por nuestros aviones en los bombardeos de los puertos españoles, han desarrollado una vasta y técnica campaña azuzando a Inglaterra para que tomara represalias trascendentales y cuando esta nación ha definido la conducta que debía seguir, los rojos españoles «más papistas que el Papa», no se han sentido satisfechos con la actitud adoptada por el Gobierno inglés.
También han fracasado.
Luego, falseando los hechos y atribuyendo los bombardeos a la aviación italiana, han amenazado con bombardear ciudades de Italia, cosa que no se ha llevado a cabo por la declaración de Francia e Inglaterra de hacerlos responsables del intento criminal de provocar una guerra y que si tal hicieran quedarían solos sin conseguir arrastrar a estos países en su criminal deseo. Con el fin de conseguir y asegurar este hecho el padrecito Stalin envió a España a Schevernick, a Manouilsky, al general Tcherkassov y más tarde a Surnove, al coronel Chapirof y al ingeniero Ainsemberg y los inspectores Fainschemidt y Sorokine los que establecieron en España tres bases de aviones contando un total de 75 de bombardeo, 100 de caza y 15 hidroaviones. Estas bases mandadas por los jefes rusos Krioukov, Ogourtzov, Reichert, Vedernikov, Antanov, Netchess, Gloucho, Ossipoff Andreiev y Lokio realizarían la provocación. Francia e Inglaterra denunciaron al Mundo el hecho criminal y Vayo dió un paso atrás y dijo que lo que se iba a bombardear eran las Baleares.
Cuando se ha fracasado en todos los intentos y deseos de producir una guerra universal, se sale la España roja por boca del más significado de sus dirigentes diciendo que ella no ha querido nunca convertir la guerra española en guerra internacional.
Esta declaración tiene tan poco valor de convicción como la doctrina de los trece puntos. Cuando en Europa nadie cree en los rojos españoles, aparte de un número reducido de ilusos y una mayor de desaprensivos, se salen los rojos con esta declaración presidencial. ¿Para qué? Para nada. Ya el mundo y nosotros tenemos la experiencia de dos años completos de guerra y de actuación roja.
Es inútil el esfuerzo de Azaña para querer presentar los hechos de distinta manera de como son. Si para esto ha salido el rojo presidente de su retiro de Montserrat, que vuelva a él y no olvide que para hablar ante el Mundo hay que usar algo distinto de lo que se usa para hablar a los españoles de la zona republicana, comunista y anarquista: se ha de usar de la verdad.
BARRY.
Solidaridad obrera (Barcelona). 21 de julio de 1938
LA INFORMACIÓN POLÍTICA AL DÍA
ÁLVAREZ DEL VAYO HA DICHO A LOS PERIODISTAS EXTRANJEROS: «LA REPÚBLICA ESTÁ DECIDIDA A LUCHAR HASTA EL FINAL»
A las doce y media de ayer mañana, los periodistas extranjeros que se encuentran en Barcelona han sido recibidos por el ministro de Estado, Sr. Álvarez del Vayo, a los que ha hecho interesantes declaraciones de las que ofrecemos el siguiente resumen:
La característica de nuestra lucha es la resistencia, pero no una resistencia desesperada, sino una resistencia impregnada en la fe y en la confianza a la victoria. Van a ir ustedes al frente. Es pero que vean cuál es allí el espíritu de las tropas y que lo comparen con el espíritu que las tropas de la población civil. Van a cual es nuestra fe en la resistencia. Esta mañana mismo hablé con una persona que llegaba de Valencia, quien me habló con el entusiasmo de la decisión absoluta de defenderse hasta el final.
Una resistencia como la nuestra debe de producir a la larga un estado francamente favorable a las armas republicanas.
Habló después de la impresión que la invasión alemana e italiana tiene que producir en la zona rebelde, y de cómo el odio que está invasión despierta, nos favorecerá. Se refirió a las masas de población civil que están en los campos y se refirió a la deserción en la masa del pueblo que ha abandonado las cuestiones de la población, diciendo que el terminar con la invasión extranjera es una cuestión de honra para todos los españoles, absolutamente para todos.
Pasó después a manifestar que el Gobierno de unión nacional, en su programa, garantiza el respeto a todas las ideas políticas y religiosas, y hace constar que, cuando recientemente se restableció en el frente a recibir auxilios religiosos de toda la España republicana, no se elevó ni una sola protesta.
Se refirió después a la influencia alemana creciente en la dirección de la guerra, y en relación con el plan de Londres dijo que lo importante no es que este sea más o menos perfecto, sino que se pueda poner en práctica haciendo efectiva la evacuación de todos los combatientes no españoles, y afirmó que una actitud enérgica de Francia e Inglaterra frente a la intervención totalitaria, no conduce a la guerra, sino a todo lo contrario, como quedó probado el 22 de mayo en relación con Checoslovaquia.
Terminó diciendo que la República está decidida a luchar hasta el final, hasta que sea una hecho la evacuación de los Ejércitos extranjeros y la liberación de España de la invasión.
PALABRAS DEL PRESIDENTE COMPANYS A LOS PERIODISTAS EXTRANJEROS
Ayer, al mediodía estuvo en el Palacio de la Generalidad, con objeto de cumplimentar al Presidente, la Delegación de periodistas extranjeros que son huéspedes de nuestra ciudad.
El Presidente Companys, después de saludarles y darles la bienvenida en nombre del Pueblo de Cataluña, dijo:
«Deseo que aprecien los esfuerzos realizados por el Pueblo catalán y el orden establecido en estos momentos de lucha y vean la voluntad y firme decisión de resistir de nuestro Pueblo hasta conseguir la victoria.
No he de decir nada del carácter político, puesto que hace dos días el Presidente de la República, señor Azaña, en su discurso expuso la situación de la República, reflejando asimismo la opinión de todo el Pueblo. Para los catalanes esta guerra tiene un doble interés: luchar por la libertad e independencia de la República y por las libertades de Cataluña. Esta guerra tiene significado de guerra de independencia contra la intervención de Italia y de Alemania.
Saludo emocionado a los hombres de los Pueblos democráticos a quienes nuestra guerra une por la libertad del Mundo entero.»
Seguidamente el señor Companys y los visitantes se dirigieron al Patio de los Naranjos, donde fueron impresionadas varias fotografías.
Armada (Cartagena). 30 de julio de 1938, n.º 75
EDICIONES DEL COMISARIADO DE LA FLOTA REPUBLICANA
S. E. EL PRESIDENTE DE LA REPUBLICA SE DIRIGE AL PAIS
Barcelona, l8 de julio de l938
Cada vez que los Gobiernos de la República han estimado conveniente que me dirija a la opinión general del país, lo he hecho desde un punto de vista intemporal, dejando a un lado las preocupaciones más urgentes y cotidianas, que no me incumben especialmente, para discurrir sobre los datos capitales de nuestros problemas, confrontados con los intereses permanentes de la Nación
A pesar de todo lo que se hace para destruirla, España subsiste, en mi propósito, y para fines mucho más importantes, España no está dividida en dos zonas delimitadas por la línea de fuego; donde haya un español o un puñado de españoles que se angustian pensando en la salvación del país, ahí hay un ánimo y una voluntad que entran en cuenta. Hablo para todos, incluso para los que no quieren oír lo que se les dice, incluso para los que, por distintos motivos contrapuestos, acá o allá, lo aborrecen. Es un deber estricto hacerlo así, un deber que no me es privativo, ciertamente, pero que domina y subyuga todos mis pensamientos. Añado que no me cuesta ningún esfuerzo cumplirlo; todo lo contrario. Al cabo de dos años, en que todos mis pensamientos políticos, como los vuestros; en que todos mis sentimientos de republicano, como los vuestros, y en que mis ilusiones de patriota, también como las vuestros, se han visto pisoteados y destrozados por una obra atroz, no voy a convertirme en lo que nunca he sido: en un banderizo obtuso, fanático y cerril.
Incumbe a los Gobiernos dirigir la política, dirigir la guerra: los cuales Gobiernos se forman, subsisten o perecen según los vaivenes de su fortuna o de su popularidad, como las aprecian los órganos responsables en los que se representa y por los que se expresa la opinión pública. Y puesto a discurrir sobre la política y sobre la guerra desde aquel punto de vista que he nombrado y que me pertenece por obligación, he procurado siempre afirmar verdades que ya lo eran antes de la guerra, que. lo son hoy, como seguirán siéndolo mañana. ...
Este fenómeno profundo, que se da en todas las guerras, me impide a mi hablar del porvenir de España en el orden político y en el orden moral, porque es un profundo misterio, en este país de las sorpresas y de las reacciones inesperadas, lo que podrá resultar el día en que los españoles, en paz, se pongan a considerar lo que han hecho durante la guerra. Yo creo que si de esta acumulación de males ha de salir el mayor bien posible, será con este espíritu, y desventurado el que no lo entienda así. No tengo el optimismo de un Pangloss ni voy a aplicar a este drama español la simplísima doctrina del adagio, de que «No hay mal, que por bien no venga.» No es verdad, no es verdad. Pero es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, sacar de la lección y de la musa del escarmiento, el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que se acuerden, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la Patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad y Perdón. (Grandes aplausos.)
La Hora (Valencia). 21 de julio de 1938
EL JEFE DEL GOBIERNO, A TODOS LOS SOLDADOS DE LOS EJÉRCITOS DE TIERRA, MAR Y AIRE
«De vuestra conducta depende que se abra para España un camino de prosperidad»
«Necesitamos la victoria para sobrevivir como pueblo libre»
MADRID, 20. — El jefe del Gobierno ha dirigido la siguiente alocución a los Ejércitos de tierra, mar y aire:
«Soldados: habéis renovado ante la bandera de la Patria una promesa que ya cumplisteis en los tiempos de la lucha diaria con el enemigo. Así ha querido el Gobierno que lo hagáis para que llevéis más profundamente arraigado en vuestro corazón y arraigado en vuestro cerebro, el deber de defender el patrimonio español contra los invasores.
El pueblo, al que pertenecéis, nos pide que permanezcáis defendiéndolo. Os exige que triunféis, y os lo exige porque necesita la victoria para sobrevivir como pueblo libre. Ni la lucha con todos sus peligros; ni las privaciones han de evitar vuestro ánimo ni quebrantar vuestra fe en la victoria.
Pensad que sois soldados de España, que nunca abandonaron en peligro sus libertades y su independencia, y que la Historia os ha reservado la misión de escribir las páginas más dignas y grandiosas de nuestro pueblo.
De vuestra conducta depende que se abra para España un camino de prosperidad y de grandeza o que nuestro pueblo haya de sobrevivir en el oprobio.
Vuestros compatriotas y el mundo entero, que admiran vuestra bravura y el tesón que sabéis poner en la lucha, esperan hoy vuestras obras y el triunfo de la voluntad popular sobre la tiranía.
Revista de las Cortes Generales. ISSN: 0213-0130. ISSNe: 2659-9678, Nº 109, Segundo semestre (2020): pp. 19-54
«PAZ, PIEDAD Y PERDÓN» DISCURSO PRONUNCIADO EL 18 DE JULIO DE 1938 EN EL AYUNTAMIENTO DE BARCELONA
EL PUNTO DE VISTA NACIONAL
Cada vez que los Gobiernos de la República han estimado conveniente que me dirija a la opinión general del país, lo he hecho desde un punto de vista intemporal, dejando a un lado las preocupaciones más urgentes y cotidianas, que no me incumben especialmente, para discurrir sobre los datos capitales de nuestros problemas, confrontados con los intereses permanentes de la nación.
A pesar de todo lo que se hace para destruirla, España subsiste. En mi propósito, y para fines mucho más importantes, España no está dividida en dos zonas delimitadas por la línea de fuego; donde haya un español o un puñado de españoles que se angustian pensando en la salvación del país, ahí hay un ánimo y una voluntad que entran en cuenta. Hablo de todos, incluso para los que no quieren oír lo que se les dice, incluso para los que, por distintos motivos contrapuestos, acá o allá, lo aborrecen. Es un deber estricto hacerlo así, un deber que no me es privativo, ciertamente, pero que domina y subyuga todos mis pensamientos. Añado que no me cuesta ningún esfuerzo cumplirlo; todo lo contrario. Al cabo de dos años, en que todos mis pensamientos políticos, como los vuestros; en que todos mis sentimientos de republicano, como los vuestros, y en que mis ilusiones de patriota, también como las vuestras, se han visto pisoteados y destrozados por una obra atroz, no voy a convertirme en lo que nunca he sido: en un banderizo obtuso, fanático y cerril.
Incumbe a los Gobiernos dirigir la política, dirigir la guerra, los cuales Gobiernos se forman, subsisten o perecen según los vaivenes de su fortuna o de su popularidad, como las aprecian los órganos responsables en los que se representa y por los que se expresa la opinión pública. Y puesto a discurrir sobre la política y sobre la guerra desde el punto de vista que he nombrado y que me pertenece por obligación, he procurado siempre afirmar verdades que ya lo eran antes de la guerra, que lo son hoy, como seguirán siéndolo mañana.
Seguramente estas verdades las hemos descubierto entre todos, cada cual a su manera: unos, por puro raciocinio; otros, las han descubierto por los implacables golpes de la experiencia.
OBLIGACIÓN DE OPINAR
Lo que importa es tener razón, y después de tener razón, importa casi tanto saber defenderla; porque sería triste cosa que, teniendo razón, pareciese como si la hubiésemos perdido a fuerza de palabras locas y de hechos reprobables. Es seguro que, a la larga, la verdad y la justicia se abren paso; mas, para que se lo abran, es indispensable que la verdad se depure y se acendre en lo íntimo de la conciencia y se acicale bajo la lima de un juicio independiente y que salga a luz con el respaldo y el seguro de una responsabilidad. He deseado y procurado siempre que todos lo hagan así. El derecho de enjuiciar públicamente subsiste a pesar de la guerra, salvo en aquellas cosas que pudieran perturbar conocidamente lo que es propio y exclusivo de las operaciones de la defensa. De esa manera, cada cual aporta su grano de arena a formar la opinión. Pero, más que un derecho, es una obligación imperiosa, ineludible, en todos los que de una manera o de otra toman parte en la vida pública. Es una obligación difícil de cumplir. ¡Cómo no va a serlo! Demasiado lo sé. Para vencer esa dificultad se recomienda mucho, como higiene moral, el ejercicio cotidiano de actos de valor cívico, menos peligrosos que los actos de valor del combatiente en el campo de batalla, pero no menos necesarios para la conservación y la salud de la República.
En esta tarea de aconsejar a la opinión, o, más exactamente, de poner a la opinión en condiciones de saber lo que conviene al país, no he regateado nunca mi parte; tampoco hoy. Pienso que, en España, amigos y enemigos están habituados a escucharme como a un hombre que nunca dice lo contrario de lo que siente. O a no escucharme, y por igual razón.
FASE INTERNACIONAL DEL PROBLEMA ESPAÑOL
Con esas advertencias llamo en primer término vuestra atención sobre un hecho que todos conocéis: de todas las fases por que ha ido pasando este drama español, la que hoy predomina y absorbe a todas las demás es la fase internacional.
El drama español surgió aparentemente con los caracteres de un problema de orden interior de España, como un gigantesco problema de orden público. Todos los Gobiernos de la República se han esforzado por situarlo así, porque no fuese más, y ya era bastante. Y la sinceridad de los propósitos y de las intenciones de todos los Gobiernos de la República, no puede ponerse en duda, aunque no sea más, si no hubiera otras razones, que por la consideración de su propia conveniencia, porque de que el drama español dejase de ser un conflicto nuestro, sólo mayores desventuras y calamidades y conflictos podrían venir. Pero el ataque a mano armada contra la República descubrió pronto su aspecto de problema internacional. ¿Lo descubría porque unos grupos sociales o unas fuerzas políticas o las fuerzas armadas del Estado se rebelaban contra el régimen establecido? No. Se revelaba esa fase, porque otros Estados europeos, principalmente Alemania e Italia, acudían decididamente, con hombres y material, en apoyo de los que atacaban violentamente a la República. ¿Y por qué acudían? ¿Por qué se les prestaba apoyo? ¿Acaso por pura simpatía política, o emprendiendo lo que se llamaría malamente una cruzada ideológica? ¿Por puro espíritu de propaganda? No. En el fondo, al Estado alemán y al Estado italiano les importa muy poco cuál sea el régimen político de España, y, si la República española se hubiera prestado a entrar en el sistema de política occidental europea que planteaba el Gobierno italiano y a trabajar por deshacer el statu quo actual y a servir los intereses de la naciente hegemonía italiana en el Mediterráneo, ¡ah!, es seguro que en Roma y en Berlín se hubiese declarado que la República española era un arquetipo de organización estatal. Les prestan esa ayuda para incorporar a España, con todo lo que España significa, a pesar de su debilidad militar, al sistema que nace en Roma, y que no me voy a cansar de definir, porque todos los conocéis.
Cuando los síntomas probatorios de esta situación aparecieron, y los divulgamos, y los dimos a conocer al mundo entero, no fuimos creídos. Se pensó, tal vez, que eran artículos para la exportación, trabajos de la propaganda. Yo mismo allá por julio o agosto del 36, en las primeras manifestaciones públicas que hice para el extranjero sobre nuestra cuestión, lo dije así. Debieron de creer que yo me había adscrito a los servicios de propaganda. Después, los Gobiernos de la República, incesantemente, han llevado a todas partes a pruebas de este hecho; pruebas irrefutables que destruían la convencional actitud de fingir una duda, y todas estas pruebas fueron recibidas o con una reserva desconfiada o una simpatía taciturna; pero ya nadie lo puede poner en duda, nadie puede afectar la posición de la duda y ha sido preciso, para que estas dudas no puedan subsistir, ni siquiera como artificio de discusión, que los agresores confiesen la agresión, se jacten en ella, expliquen sus fines, y no sólo esto, sino que conviertan la agresión en moneda de cambio y en materia de regateo y de contrato.
LA REPÚBLICA Y LA SOCIEDAD DE NACIONES
Delante de esta situación, ¿qué han hecho los Gobiernos de la República? ¿Acaso declarar la guerra a Italia y Alemania? No. Han ido con su derecho a las instituciones internacionales creadas para el mantenimiento de la legalidad. España, sobre todo, con la República, había tomado en serio los propósitos, aunque no siempre los métodos, de la Sociedad de Naciones; y se había adherido a los principios que inspiran los planes de seguridad colectiva. Aunque todos los españoles, por raro caso, estaban unánimes en mantener en nuestro país la neutralidad a todo trance y costa, España aceptó las limitaciones que a esa política de neutralidad contiene y contenía el pacto de la Sociedad de Naciones, con tal de sumarse a una obra superior de interés general.
La República inscribió en su Constitución los principios generales del pacto. La República se sumó a la política de sanciones cuando el ataque italiano contra Etiopía, secundando la política de los poderosos de la tierra, que entonces tenían la fortuna de que su interés nacional coincidiese con los dictados que rigen la vida moral de la Sociedad de Naciones. Cuando la política de sanciones fracasó por lo que todo el mundo sabe, la República española quedó expuesta, descubierto el costado, a las represalias de rencor. Pocas semanas después de decretarse la abolición de las sanciones y todavía vivo el conflicto de Etiopía, comenzaba la agresión italiana contra nuestro país. Y no sólo esto. España, lo mismo bajo la monarquía que bajo la República, se ha mantenido fiel al sistema de equilibrio y de statu quo en la Europa occidental y en el Mediterráneo; equilibrio basado en la hegemonía británica y la libertad de comunicaciones marítimas de Francia con su imperio de África. No nos ligaba a este sistema ningún pacto, ni público ni secreto, ninguna alianza, ningún tratado. Pero es la consecuencia natural de nuestro estado interior, de nuestra posición en el mapa de Europa. Trastornarlo habría supuesto un esfuerzo gigantesco en el orden militar, completamente desproporcionado a los recursos del país y sin nada que ver con su conveniencia fundamental.
Tales han sido los crímenes de la República en el orden internacional. Cuando los Gobiernos de España fueron a presentar sus reclamaciones y sus alegaciones donde debían –y no sólo a Ginebra–, todos los proyectos propuestos o solicitados o requeridos por el Gobierno español fracasaron. ¿Por qué? La tesis consiste en decir que el dar paso a las reclamaciones del Gobierno español, por justas que sean, habría producido la guerra general. Nunca he podido admitir la realidad de esta tesis. No se puede admitir, no en el orden teórico, sino en el orden de los factores políticos, tal como de hecho están situados en Europa; no se puede admitir que el mantenimiento sereno y digno de las obligaciones pactadas fuese a producir un conflicto internacional. Opinión que, dicha por mí, podría parecer interesada; pero en ella me acompañan eminentes estadistas extranjeros que han tenido sobre sí la responsabilidad del poder en sus países durante los días más agudos de la crisis, y opinan lo mismo.
NADIE QUIERE AQUÍ UNA GUERRA GENERAL
Es, por otra parte, calumnioso y desatinado afirmar que el Gobierno, esté u otro, de la República, ha buscado, ha deseado nunca una guerra general para disolver en ella nuestro problema nacional. Sería una táctica equivocada atosigar a los demás, con los peligros que corren con una u otra política. Es impertinencia tratar de explicar a los demás en qué consiste su interés nacional. Ya ellos lo saben muy de sobra. Sería pueril creer que la política internacional de un país puede fundarse, no ya exclusivamente, pero ni siquiera principalmente en la semejanza o diferencia de los regímenes políticos. La política internacional de un país está determinada por datos inmutables o de difícil mudanza, y por debajo de los regímenes políticos, hay valores de otro orden que los rebasan y que, en realidad, los subyugan. Me excuso de poner ejemplos del exterior que son bien palpitantes y están en la noticia de todos. Basta volver la vista a nuestro país. La República ha hecho la misma política internacional que la monarquía y por iguales razones. Pero dentro de esto y dejando a salvo el interés nacional de cada cual como lo entienda, es innegable que existen contactos, repercusiones probables, interferencias que forman parte de aquel mismo interés nacional y que constituyen el terreno común para una inteligencia en favor de la paz y la protección de la independencia de cada uno.
Así entendido el problema, todo lo que los Gobiernos de la República han hecho sobre el particular no ha rebasado nunca los límites decentes que la discreción exterior impone. Y es absolutamente absurdo suponer que nadie con responsabilidad en la República española ha tenido el pensamiento ni el deseo de zafarse del conflicto nuestro interior provocando una conflagración europea. Contra semejante dislate militan muchas razones: meses hace que expuse algunas. Militan todas las razones de humanidad, de prudencia humana y de sabiduría de la conducta en la vida que hay siempre contra cualquier género de guerra; milita, además, que los españoles ya tenemos bastante, y aun de sobra, con la guerra que estamos sufriendo; y sobre eso, una consideración de orden político bastante clara. Si por causa de la guerra de España hubiese en Europa una conflagración general, la causa de España quedaría relegada a muy segundo término, y la solución que adviniera no tendría nada que ver, ni por casualidad, con los intereses fundamentales que nosotros representamos y defendemos. Es, por tanto, indispensable que se acallen las imaginaciones quiméricas que esperaban o temían actos de desesperación del Gobierno de la República. En primer lugar, aquí nadie está desesperado, y en segundo término, si las dificultades crecieses, todavía sería desatinado remedio provocar una dificultad mayor y seguramente indominable.
DECLARACIÓN IRREVOCABLE
Los hombres de mi tiempo recibimos, estando en la adolescencia, la impresión del desastre de 1898. Huella terrible que, en ciertos aspectos, ha dominado toda nuestra vida pública. Hemos pasado cuarenta años escarneciendo aquella política, sin piedad para ella, sin tomar en cuenta ninguna de las excusas posibles que un político encuentra siempre para justificar su posición, y sería demasiado a estas alturas que tuviéramos que someternos a la cruel burla del destino de cometer un dislate todavía más grande. Por mi parte, no podría resignarme a prestar una aparente aprobación, ni siquiera con mi muda presencia, a ningún acto de ningún Gobierno que pareciese inspirado, directa o indirectamente, en el propósito de convertir la guerra de España en una guerra general.
LA LIMITACIÓN DE LA GUERRA
Las tesis que han prevalecido en el exterior, entre los que se ocupan de nuestro problema, en cuanto problema europeo, consisten en afirmar que es indispensable limitar la guerra de España y extinguir la guerra de España. Por limitar la guerra de España se entiende tomar aquellas precauciones y aquellas medidas que corten el peligro de conflagración general salido de nuestro problema, y por extinguir la guerra de España la pacificación de nuestro país. He tenido ocasión de decir ya, meses hace, que limitar la guerra de España es obligación de los demás, porque no hemos sido nosotros quienes hemos extendido la guerra de España a los intereses de otras potencias, que incumbe a los demás limitar la guerra de España. Nosotros no tenemos medios de impedir que desembarquen en España los millares de hombres y los millares y millares de toneladas de material de guerra de Italia y Alemania. Incumbe a los demás limitar la guerra de España, extinguir la guerra de España incumbe a los españoles, pero les incumbe, les incumbirá cuando haya desparecido de la Península el padrón de ignominia que supone la presencia de los ejércitos extranjeros luchando contra los españoles; ante, no. Para limitar la guerra de España, secundando aquella iniciativa exterior y desmintiendo una vez más los supuestos propósitos de los Gobiernos españoles favorables a una conflagración general, la República ha consentido sacrificios inmensos, sacrificios en su interés, sacrificios en su derecho. A todo lo largo de la lamentable historia de la política de no intervención, está siempre el sacrificio de la República y de los Gobiernos republicanos. Del valor moral, de la energía cívica, de la perspicacia política que haya en el fondo de la política de no intervención, la historia juzgará; pero nosotros estamos autorizados para decir desde ahora que, sin dudar de las buenas intenciones de los demás, tal como ha funcionado y funciona la política de no intervención, ha parecido que el único que no tenía derecho a intervenir en la guerra de España era el Gobierno español.
Producto de esa tesis y órgano de esa política son el Comité de Londres y su acuerdo reciente, que todos conocemos. Por fin, las potencias signatarias del acuerdo de la no intervención han llegado a aprobar un texto en virtud del cual, con estos o los otros métodos, se retirarán de España estos que llaman los voluntarios extranjeros. Hace un año por ahora, un texto aproximadamente igual no pudo ser aprobado en Londres, ciertamente que no por culpa del Gobierno de la República, y yo considero que si este texto se hubiera aprobado el año anterior, a pesar de todas las tardanzas y disquisiciones que puedan oponerse a su ejecución, ya estaría cumplido y España pacificada. Porque si hace falta limitar la guerra y extinguir la guerra, y para cada cual es un deber distinto, yo añado ahora que limitar la guerra de España, si en efecto se limita, es extinguirla, porque la guerra de España está única y exclusivamente mantenida por la invasión extranjera.
EL ACUERDO DE LONDRES
¿Qué vale el acuerdo de Londres? Es por de pronto de mala fe dudar de la actitud de España frente a este acuerdo. En primer lugar, el Gobierno de la República no tiene que pedir permiso a nadie para aceptarlo o para rechazarlo; y en segundo término, el Gobierno de la República, que mantiene la tesis de que el conflicto español debe quedar reducido, como siempre lo ha mantenido, a un conflicto interno, no puede negar paso a las medidas que tengan el propósito de dar a eso una más o menos remota realidad.
Es bueno que se sepa que, ya en septiembre del 36, no faltó quien recomendase y señalase ese camino sin resultado, y que desde entonces acá los Gobiernos, unas veces en Ginebra, otras veces en Londres o donde lo han podido hacer, han insistido continuamente, reclamando una solución en este particular. Nunca hemos pedido otra cosa. El Gobierno podrá hacer las salvedades de principio, de realización, criticar o pedir aclaraciones, discutir estos o los otros puntos; pero, en el fondo del asunto, nuestra voluntad y la voluntad del Gobierno es de sobra conocida: que se vayan los invasores de España, y nos resignaremos a que se vayan los hombres que, voluntariamente y de verdad, han venido a defender la República; pero ¡que se vayan! La República y la paz de España habrían dado entonces un paso de gigante.
Yo no sé si se cumplirá o no; no tengo noticias de lo que ocurre en los recónditos despachos donde los diplomáticos cuchichean; pero, si de verdad se quiere pacificar a España, no hay sino cumplir a fondo, rápidamente y con lealtad, el acuerdo de Londres.
Y añado, pensando no ya como español, sino como europeo, que es insigne locura, desvarío y responsabilidad aplastante, dejar que el porvenir de Europa esté pendiente de la suerte de las armas en la Península.
QUIÉN DEBE HACER SALIR DE ESPAÑA A LOS EXTRANJEROS
En rigor, si los españoles quisieran dar muestras de su carácter y de aquella altivez de que, con tanta frecuencia, y no siempre con razón, blasonan, el Comité de Londres no haría falta para nada porque serían los mismos españoles, por fin alumbrados acerca de en qué consiste su verdadero interés, los que harían reemprender el camino de su patria a los invasores de España.
El Comité de Londres, delante del problema europeo presente y latente, toma los caminos, las determinaciones, propone los métodos que considera útiles para resolverlo o para evitar ese conflicto; pero el Comité de Londres no se cura, ni tiene porqué, del prestigio y de la honra de los españoles. Y no se puede negar que el acuerdo del Comité de Londres es un baldón bochornoso para nuestro país porque viene a rectificar, a corregir y, si se puede todavía, a enmendar, la inconcebible locura de haber traído a la patria un poderío extranjero. Que sea necesario corregir desde fuera las faltas de otros españoles, aunque sean enemigos nuestros, me avergüenza.
PROMESA DE UN IMPERIO ESPAÑOL
A los españoles que han favorecido y aprovechado la invasión extranjera se les dice, para consolarlos, que esa invasión, con todas sus incalculables consecuencias, que todavía no se han puesto a la luz del todo, es la piedra angular en que se ha de fundar el nuevo Imperio español. ¡Fantástico Imperio! Si un Imperio español fuese posible y deseable, que no lo es, no bastaría el decretarlo en una gaceta oficial o en unas arengas políticas. ¡Sería un singular Imperio el que, para nacer, comienza echándose a los pies de sus amigos y valedores, dejándose aherrojar por ellos! Cuando los españoles de talla gigante fundaban imperios de verdad, no traían a los extranjeros a pelear contra su propio país. Cuando la corona de España aspiraba y casi conseguía el dominio universal, los españoles iban a guerrear a la Lombardía y a Nápoles, saqueaban a Roma, ponían preso al Papa, y sojuzgaban a los italianos, seguramente sin ningún derecho y con excesiva dureza, pero los sojuzgaban, y no se les ocurría traer a los italianos a España a matar españoles en las orillas del Tajo y del Ebro a título de la fundación del Imperio español. Y yo me pregunto si todos los colaboradores de la invasión extranjera o los que la padecen –que hay muchos que la padecen–, cuando vean las ciudades arrasadas y los españoles muertos a millares por obra de las armas extranjeras, se consolarán de su dolor de españoles pensando: «Es el Imperio que nace». ¡Triste consuelo! Caso como éste no tiene semejanza en la historia contemporánea de Europa. Para encontrar algo que se le parezca, hay que recordar las guerras civiles del siglo XVI y del siglo XVII, en que, so capa de guerra religiosa, se disputaba realmente el predominio político sobre el continente. Entonces, los españoles, soldados de su Imperio, hacían en Francia exactamente el mismo papel que hacen ahora en España lo alemanes y los italianos, pero a los ligueros católicos franceses que cooperaban con los ejércitos invasores de España en Francia, no se les ocurría decir que estaban fundando un imperio francés, y entonces el sentimiento del patriotismo, la moral del patriotismo y los dictados del sentimiento nacional no estaban en el punto a que en la edad moderna han llegado; los motivos eran otros, y cuando tanto el poderío francés como cualquier otro de Europa se constituyó, se constituyó precisamente contra nosotros, no a favor nuestro. El día que un rey francés, a costa de oír una misa, recobró su capital, el ejército español que guarnecía París abandonó la ciudad, tambor batiente, banderas desplegadas, y el rey Enrique que los veía salir les dijo: «Señores españoles, encomendadme a vuestro amo, pero no volváis más».
CUESTIÓN DE HONRA
Este sentimiento ¿no estallará en el alma de los españoles que se crean patriotas que crean estar alentados por un espíritu nacional, cuando hace ya más de tres siglos que un rey francés lo profirió pensando en la libertad de su pueblo? Nosotros sí lo sentimos, sí lo pensamos. Para nosotros la salida de los invasores de España es una cuestión de honra. En ninguna lengua del mundo se dice con tanta rotundidad: una cuestión de honra. Creemos que debe serlo para todos y, por tanto, una cuestión previa, porque ninguna nación puede vivir decorosamente ni tiene derecho al respeto ni a la amistad de las demás, si ha perdido la honra y la libertad.
LA GUERRA CIVIL AGOTADA
Las otras fases por que ha ido pasando el problema de España, o están vencidas, o están agotadas. Me refiero, claro está, al pronunciamiento inicial y a la guerra civil de que aquel pronunciamiento fue señal. Es un hecho indiscutible que el pronunciamiento militar fracasó; fracasó a las 48 horas, y estos dos años en que el poderoso concurso en hombres y material –más importante quizá el del material que el de los hombres– de Alemania y de Italia y la numerosa presencia de la morisma no han bastado para derrocar por la fuerza a la República, están probando qué habría sido del pronunciamiento y de la guerra civil subsiguiente sin el auxilio exterior.
Ésta no es una afirmación o una condolencia vana y puramente teórica, porque está preñada de consecuencias orden político. La guerra civil está agotada, no porque haya arriado las banderas ni porque hayan suscrito nuestras tesis o nuestros puntos de vista políticos sobre la mejor manera de gobernar a nuestro país, no; está agotada por efecto de la experiencia terrible de estos dos años.
MOTIVOS ERRONÉOS DE LA REBELIÓN
En la base del ataque armado contra la República había, entre otros, unos errores que conviene señalar. Había, en primer término, un error de información, abultado y explotado por la propaganda: el error de creer que nuestro país estaba en vísperas de sufrir una insurrección comunista. Todos sabemos el origen de aquella patraña. Es un artículo de exportación de Alemania e Italia, que sirva para encubrir empresas muchos más serias. ¡Una insurrección comunista el año 36! ¡Cuando el Partido Comunista era el más moderno y el menos numeroso de todos los partidos proletarios; cuando en las elecciones de febrero los comunistas habían obtenido, incluso dentro de la coalición, diecisiete actas, que representa menos del cuatro por ciento de todos los sufragios emitidos en aquella ocasión en España! ¿Quién iba a hacer esa revolución? ¿Quién la iba a sostener? ¿Con qué fuerzas, suponiendo, que ya es suponer, que alguien hubiera pensado en semejante cosa? La lógica hubiera prescrito que ante una amenaza de este tipo o de otro semejante contra el Estado republicano y contra el Estado español, que no era comunista, ni estaba en vías de serlo, de alto abajo, ni en los costados, todas esas fuerzas política y sociales amedrentadas por esa supuesta amenaza, se hubieran agrupado en torno del Estado para defenderlo, hubieran hecho el cuadro en torno suyo, porque al fin y al cabo era un Estado burgués; pero, lejos de eso, lo cual prueba la falsedad de la tesis, en lugar de defenderlo lo asaltaron. Un error, además, sobre el verdadero estado del país, que no en vano venía siendo trabajado, no ya desde la República, sino desde 1917, y si se me apura un poco, desde comienzo de siglo, por una profundísima corriente de transformación política. Y derivado de este error, otro todavía más grave: el error de suponer que el pueblo español, atacado por sorpresa, no sabría ni podría ni querría defenderse. Estos errores sirvieron de base, de incentivo al móvil inmediato, al móvil inmediato confesable, que era defender los intereses, respetables sin duda, que se suponía amenazados por una revolución bolchevique. Y las pasiones que azuzaban esto, triste es decirlo, no eran sino el odio y el miedo, que han cavado en España un abismo que se va colmando de sangre española; y el resorte original, la intolerancia castiza, la intolerancia fanática. El enemigo de un español es siempre otro español. Al español le gusta tener libertad de decir y pensar lo que se le antoja, pero tolera difícilmente que otro español goce de la misma libertad, y piense y diga lo contrario de lo que él opinaba.
Conjugados todos estos elementos, se produce el alzamiento y ataque a mano armada contra la República y, en vez del triunfo fácil, del triunfo alegre para los agresores –penoso únicamente para los agredidos–, estalla una calamidad nacional, que no tiene precedente en la historia de España, con todas las consecuencias de orden político y económico, fácilmente previsibles, y que no dejaron de ser previstas, para cuando se produjera un ataque contra la solución de término medio que representaba la República. Y ya estáis viendo, ya estarán viendo el cuadro: el triunfo… en las nubes; cientos de miles de muertos; ciudades ilustres y pueblos humildísimos, desaparecidos del mapa; lo más sano del ahorro nacional, convertido en humo; los odios, enconados hasta la perversidad; hábitos de trabajo, perdidos; instrumentos de trabajo, desaparecidos; la riqueza nacional, comprometida para dos generaciones. Y aquellos que, con esta operación, deseándola, preparándola, sirviéndola, pensaban poner a salvo esta u otra parte de su riqueza o de su interés, han averiguado ya que, merced a su operación, han sufrido lesiones, en el orden material y en el orden moral, mucho mayores que las que hubieran podido sobrevenirles de la República, aunque la República hubiera sido revolucionaria, y no moderada y parlamentaria como realmente era.
EL DAÑO IRREPARABLE
El daño ya está causado; ya no tiene remedio. Todos los intereses nacionales son solidarios, y, donde uno quiebra, todos los demás se precipitan en pos de su ruina, y lo mismo le alcanza al proletario que al burgués; al republicano que al fascista; a todos igual. Durante cincuenta años, los españoles están condenados a pobreza estrecha y a trabajos forzados si no quieren verse en la necesidad de sustentarse de la corteza de los árboles. Y el proletario que percibiera o perciba un salario de veinticinco pesetas será más pobre que cuando percibía uno de cinco o seis, y el millonario de pesetas se contentará con ser millonario de perras chicas o de céntimos, todo lo más. Esto ya no tiene remedio. Añádase a eso la empresa de desnacionalización, la empresa de desespañolización, anexa e inherente a la presencia de los Gobiernos y de las tropas extranjeras en España, la cual empresa no se caracteriza ni se denota principalmente en el orden militar, ni siquiera en el orden político o internacional, con ser tan grave. Donde se denota y se muestra la garra clavada implacablemente en lo más vivo del ser español es en el orden económico. Las sumas gastadas por Italia y Alemania en España no las perdonarían; ni los esfuerzos hechos; ni abandonarían las posiciones tomadas, y, si los planes de los agresores se realizasen, durante dos o tres generaciones lo más fructífero del trabajo español iría a las arcas de Roma y de Berlín, para quienes estarían trabajando los españoles, como les ocurrió a algunas de las naciones vencidas en la gran guerra hasta que se declararon en quiebra, porque España en esas condiciones sería una nación vencida y sojuzgada.
Por eso afirmo que muchos, cuando no todos, de los que han calentado y sustentado la guerra civil en España y todavía la sostienen, descubren ahora que en la guerra han comprometido y perdido mucho más de lo que imaginaban comprometer o poder perder. ¡Y cuántos, cuántos, y no de los menores, darían alguno bueno por volver al mes de junio de 1936, y lo pasado, pasado y que se borrase esta pesadilla y, sobre todo, que se borrase la responsabilidad de haberla desencadenado! La guerra civil está agotada en sus móviles porque ha dado exactamente todo lo contrario de lo que se proponían sacar de ella, y ya a nadie le puede caber duda de que la guerra actual no es una guerra contra el Gobierno ni una guerra contra los Gobiernos republicanos, ni siquiera una guerra contra un sistema político: es una guerra contra la nación española entera, incluso contra los propios fascistas, en cuanto españoles, porque será la nación entera, y ya está siendo, quien la sufra en su cuerpo y en su alma.
Yo afirmo que ningún credo político, venga de donde viniere, aunque hubiere sido revelado en una zarza ardiendo, tiene derecho, para conquistar el poder, a someter a su país al horrendo martirio que está sufriendo España. La magnitud del dislate, el gigantesco error, se mide más fácilmente con una consideración menos dramática, casi vulgar. Hace dos años que empezó este drama, motivado aparentemente en el orden político por no querer respetar los resultados del sufragio universal en el mes de febrero del 36. Han pasado dos años. Y cabe discurrir que, con la fugacidad de las situaciones políticas en España y con las fluctuaciones propias de las instituciones democráticas y de las variantes de la voluntad del sufragio popular, si en vez de cometer esta locura se hubiera seguido en el régimen normal, a estas horas es casi seguro que estaríamos en vísperas de una nueva consulta electoral, en la cual todos los españoles, libremente, podrían probar sus fuerzas políticas en España. ¿Qué negocio ha sido éste de desencadenar la guerra civil?
LO QUE LA GUERRA HA ENSEÑADO A LOS ESPAÑOLES QUE YA NO LO SUPIERAN
Si convierto ahora la mirada a otros puntos del horizonte, es de advertir, hablando siempre con la misma lealtad, que en cuanto el Estado republicano y la masa general del país se repusieron del aturdimiento, de la conmoción causados por el golpe de fuerza, empezaron a reanudarse aquellos vínculos que la espada cortó. Y ciertas verdades, que habían sido inundadas por el aluvión, volvieron a ponerse a flote y a entrar en nueva vigencia, y, por fortuna, hoy nadie las desconoce; por fortuna, porque no se pueden infringir impunemente. Destaco entre ellas que todos los españoles tenemos el mismo destino, un destino común, en la próspera y en la adversa fortuna, cualesquiera que sean la profesión religiosa, el credo político, el trabajo y el acento, y que nadie puede echarse a un lado en retirar la puesta. No es que sea ilícito hacerlo: es que, además, no se puede. Que el Estado, en sus fines propios es insustituible, y no hay Estado digno de este nombre, sin sus bases funcionales, cuales son el orden, la competencia y la responsabilidad; que no puede fiarse nada a la improvisación, como no se quiera decir que improvisación es hacer pronto y bien las cosas que la torpeza o la desidia hacía tarde y mal; fuera de ello, en la vida no se improvisa nada, y cuando se habla de improvisación se dice un vocablo vicioso o vacío, y cuando la improvisación se confunde con el arbitrismo, se cosechan tonterías, novatadas y fracasos. Y por último, que nuestra guerra, tal como nosotros la entendemos y padecemos, es una guerra de defensa, y su justificación única reside precisamente en la defensa del derecho estatuido para garantía de la libertad de toda la nación y de la libertad política de sus miembros, sin que sea lícito anteponer al fin único de la guerra fines secundarios, ni hacer desviar hacia ellos la guerra misma, por respetables y venerables que sean esos fines.
Muchas veces, o si no muchas, algunas, me he hecho intérprete de estas verdades ante el público en general. Hace más de año y medio, en aquellos días rudísimos, cuando la política y la guerra conjugaban su silueta sombría, alcé la voz en Valencia para recordar a todos, con aprobación del Gobierno, que el Estado republicano sostiene la guerra porque se la hacen; que nuestros fines de Estado eran restaurar en España la paz y un régimen liberal para todos los españoles; que nosotros no soportaremos ningún despotismo ni de un hombre, ni de un grupo, ni de un partido, ni de una clase; que los españoles somos demasiado hombres para someternos, calladamente, a la tiranía de la pistola o la sinrazón de la ametralladora; que en la guerra no se ventila una cuestión de amor propio; que el triunfo de la República no podría ser el triunfo de un caudillo ni de un partido, sino el triunfo de la nación entera, restaurada en su soberanía y en su libertad. Sin amor propio, porque en una guerra civil –yo lo digo desde lo más profundo de mi corazón– no se triunfa personalmente sobre un compatriota.
Más tarde, también en Valencia, me levanté para decir que no es aceptable una política cuyo propósito sea el exterminio del adversario, exterminio ilícito y, además, imposible, y que si el odio y el miedo han tomado tanta parte en la incubación de este desastre, habría que disipar el miedo y habría que sobresanar el odio, porque por mucho que se maten los españoles unos contra otros, todavía quedarían bastantes que tendrían necesidad de resignarse –si éste es el vocablo– a seguir viviendo juntos, si ha de continuar viviendo la nación.
Y hablando en Madrid al ejército que defiende la capital, un ejército español, como todos los nuestros, le dije, sacando a luz su más íntimo sentir, corroborado por las lágrimas y por los aplausos de aquellos valientes soldados, que estaba luchando en causa propia, que se identificaba con la causa nacional, y que luchaba por su libertad, pero también por la libertad de los que no quieren la libertad. Y ellos lo aceptan y lo saben. Ésta es la grandeza inconfundible del ejército español, del ejército de la República, el ejército que es ahora verdaderamente la nación en armas, en cuyas filas tanto el burgués como el proletario, tanto el intelectual como el manual, luchan y mueren juntos y aprenden a conocerse y a saber que por encima de todas las diferencias de clase y por encima de todos los contrastes de teorías políticas, está, no sólo la indomable condición humana que a todos nos iguala, sino la emoción de ser españoles, que a todos nos dignifica.
Este ejército que, con su tesón, con su espíritu de sacrificio, con su terrible aprendizaje está formando y ha formado el escudo necesario para que entretanto la verdad y la justicia se abran paso en el mundo, forja con sus puños y calienta con su sangre el arquetipo de una nación libre. Su causa, por española que sea, tiene una repercusión en todo el mundo. Hacia ellos va no sólo nuestra admiración, sino nuestro profundo respeto. Tejed con vuestro aplauso la corona cívica que merece su ejemplar ciudadanía.
INCÓGNITAS DEL MAÑANA
Ellos forjan el provenir y yo del porvenir no sé nada. El papel de profeta no me cumple. Y como, además, estoy en mi patria, no quiero forzar la veracidad del adagio. Del porvenir ha hablado el Gobierno, y está más en su función. Hace pocas semanas, el Gobierno de la República ha promulgado una declaración política que ha hecho bastante ruido, y yo lo celebro. En esa declaración política, lo que yo encuentro es la pura doctrina republicana –nunca he profesado otra–, y al prestarle mi previo asentimiento a esa declaración sin ninguna reserva, no hice más que remachar y repasar todos mis pensamientos y palabras de estos años. Para llenarla de contenido cada día más, para realizarla a fondo, no deben ponerse obstáculos al Gobierno, a éste o a otro Gobierno que no la sustente. En esa declaración, hablando del porvenir, el Gobierno alude, más que alude, nombra expresamente la colaboración de todos los españoles el día de mañana, después de la guerra, en la obra de reconstrucción de España. Ha hecho bien el gobierno en decirlo así. La reconstrucción de España será una tarea aplastante, gigantesca, que no se podrá fiar al genio personal de nadie, ni siquiera de un corto número de personas o de técnicos, tendrá que ser obra de la colmena española en su conjunto, cuando reine la paz, una paz nacional, una paz de hombres libres, una paz para hombres libres.
MEJOR EMPLEO DE LA ENERGÍA ESPAÑOLA
Y entonces, cuando los españoles puedan emplear en cosa mejor este extraordinario caudal de energías que estaba como amortiguado y que se ha desparramado con motivo de la guerra; cuando puedan emplear en esa obra sus energías juveniles que, por lo visto, son inextinguibles, con la gloria duradera de la paz, sustituirán la gloria siniestra y dolorosa de la guerra. Y entonces se comprobará una vez más lo que nunca debió ser desconocido por los que lo desconocieron: que todos somos hijos del mismo sol y tributarios del mismo arroyo. Ahí está la base de la nacionalidad y la raíz del sentimiento patriótico, no en un dogma que excluya de la nacionalidad a todos los que no lo profesan, sea un dogma político o económico. ¡Eso es un concepto islámico de la nación y del Estado! Nosotros vemos en la patria una libertad, fundiendo en ella, no sólo los elementos materiales de territorio, de energía física o de riqueza, sino todo el patrimonio moral acumulado por los españoles en veinte siglos y que constituye el título grandioso de nuestra civilización en el mundo.
REVELACIONES DE LA CONDUCTA
Habla de reconstrucción el Gobierno. Y, en efecto, reconstrucción será en todo aquello que atañe al cuerpo físico de la nación: a las obras, a los instrumentos de trabajo, etcétera; pero hay otro capítulo, en otro orden de cosas, en que no podrá haber reconstrucción; tendrá que ser construcción desde los cimientos, nueva. Y esto, por motivos, por causas que no dependen de la voluntad de los hombres ni de los programas políticos, ni de las aspiraciones de nadie. En primer lugar, la conmoción producida por la guerra ha derrocado todas las convenciones sociales en vigor, no me refiero a las convenciones de tipo jurídico, sino a las convenciones de la vida social, del trato entre hombres, echándolas por el suelo al poner a cada cual en el trance terrible de afrontar con inminencia la muerte. Todo el mundo, altos y bajos, ha mostrado ya, sin disfraz, lo que lleva dentro, lo que realmente es, lo que realmente era. De suerte que hemos llegado, por causa no precisamente de las operaciones militares, sino de la conmoción general originada en la guerra, a una especie de valle de Josafat, como después del acabamiento del mundo, en el que nadie puede engañarse ni engañarnos: todos sabemos ya quiénes éramos todos. Muchos se han engrandecido, otros, y no pocos, se han envilecido. ¡Dichoso el que muere antes de haber enseñado el límite de su grandeza! Muchos no han muerto, por desgracia suya. Esta conmoción de orden moral creará en el porvenir de España una situación, digamos, incómoda, porque, en efecto, es difícil vivir en una sociedad sin disfraz, y cada cual tendrá delante ese espejo mágico, donde ya no se verá con la fisonomía del mañana, sino donde, siempre que se mire, encontrará lo que ha sido, lo que ha hecho y lo que ha dicho durante la guerra. Y nadie lo podrá olvidar, no por espíritu de venganza, sino como no se pueden olvidar los rasgos de la fisonomía de una persona.
NADIE SABE LO QUE SE FUNDA CON UNA GUERRA
Además de este fenómeno, de muchas y muy dilatadas y profundas consecuencias, como probará el porvenir; además de este fenómeno de orden psicológico y moral respecto de las personas, hay otro mucho más importante. Nunca ha sabido nadie ni ha podido predecir nadie lo que se funda con una guerra, ¡nunca! Las guerras, sean o no exteriores y, sobre todo, las guerras civiles, se promueven o se desencadenan con estos o los otros programas, con estos o los otros propósitos, hasta donde llega la agudeza, el ingenio o el talento de las personas; pero jamás en ninguna guerra se ha podido descubrir desde el primer día cuáles van a ser sus profundas repercusiones en el orden social y en el orden político y en la vida moral de los interesados en la guerra. Conste que la guerra no consiste sólo en las operaciones militares, en los movimientos de los ejércitos, en las batallas. No; eso es el signo y la demostración de otra cosa mucho más profunda y más vasta y más grande; eso es el signo de dos corrientes de orden moral, de dos oleadas de sentimiento, de dos estados de ánimo que chocan, que se encrespan, que luchan el uno contra el otro, y de los cuales se obtiene una resultante que nadie ha podido nunca calcular. Nadie, nunca.
Guerras emprendidas para imponer sobre todo la unidad dogmática, han producido la proclamación de la libertad de conciencia en Europa y el estatuto político de los países disidentes de la unidad católica; guerras emprendidas para imponer la monarquía universal, han producido el levantamiento liberal, entre otros el del pueblo español; guerras emprendidas para abatir un militarismo, lo han dejado más vivo, lo han hecho retoñar más vigoroso, han hecho triunfar una revolución social. Nuestras propias guerras son ejemplo de lo que digo. Y no me refiero tampoco a la estructura política ni a las constituciones o a los decretos que vayan a hacer los Gobiernos de mañana. No, no es eso; es la conmoción profunda en la moral de un país, que nadie puede constreñir y que nadie puede encauzar. Después de un terremoto, es difícil reconocer el perfil del terreno. Imaginad una montaña volcánica, pero apagada, en cuyos flancos viven, durante generaciones, muchas familias pacíficas. Un día, la montaña entra de pronto en erupción, causa estragos, y cuando la erupción cesa y se disipan las humaredas, los habitantes supervivientes miran a la montaña y ya no les parece la misma; no reconocen su perfil, no reconocen su forma. Es la misma montaña, pero de otra manera, y la misma materia en fusión que expele el cráter, cuando cae en tierra y se solidifica, forma parte del perfil del terreno y hay que contar con ella para las edificaciones del día de mañana.
LA VOZ DE LA PATRIA ETERNA: PAZ, PIEDAD Y PERDÓN
Este fenómeno profundo, que se da en todas las guerras, me impide a mí hablar del provenir de España en el orden político y en el orden moral, porque es un profundo misterio, en este país de las sorpresas y de las reacciones inesperadas, lo que podrá resultar el día en que los españoles, en paz, se pongan a considerar lo que han hecho durante la guerra. Yo creo que si de esta acumulación de males ha de salir el mayor bien posible, será con este espíritu, y desventurado el que no lo entienda así. No tengo el optimismo de un Pangloss ni voy a aplicar a este drama español la simplísima doctrina del adagio, de que «no hay mal que por bien no venga». No es verdad, no es verdad. Pero es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que se acordarán, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres, que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad y Perdón.
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