sábado, 25 de abril de 2026

Feria madrileña del automóvil de 1923

Heraldo deportivo, 25 de abril de 1923, n.º 286

Feria del Automóvil

Según estaba anunciado, el día 10 del corriente, se inauguró, oficialmente, la Primera Feria madrileña del Automóvil.

El alcalde, Sr. Ruiz Jiménez, y el subsecretario de Fomento, Sr. Senra, fueron las únicas personalidades que se dignaron aceptar la invitación del Comité organizador de esta Feria. Más tarde, y con carácter particular, acudió, en dicho día, S. A. R. el infante D. Fernando de Baviera, que ha repetido su visita.

No se puede sacar, mejor partido que el que han logrado obtener los organizadores, del local destinado á esta exposición. Claro está que el Palacio de Hielo es infinitamente más grande que lo que el visitante de la Feria recorre.

Como nos parece que al público le tienen absolutamente sin cuidado las armonías que puedan existir entre los comerciantes é industriales, ya que lo único que le interesa es comprar buena mercancía al mejor precio, no queremos incurrir en la tentación que ha seducido á otros cronistas, llevándoles á juzgar de si los que se han abstenido de acudir á la Feria con sus marcas han hecho bien ó mal. Al final de todo es probable que en ambos bandos habrá arrepentidos. De estas exposiciones, lo mismo aquí que en París y en Londres y en todas partes, puede decirse, con Campoamor, aquello de: «ni están todos los que son ni son todos los que están» Y allá, cada uno en su casa sabrá lo que le conviene. Lo único que sí se puede decir es que el público hubiera, seguramente, preferido ver un salón absolutamente completo, y así se ha podido ver cómo numerosos visitantes preguntaban por tal y por cual marca, extrañándose de su ausencia.

 

Independientemente de esa apreciación de «si hicieron bien ó mal», que no es asunto nuestro ni de ningún plumífero, lo que sí podemos afirmar es que, al producirse la rectificación de criterio de algunos de los que habían afirmado que no expondrían en esta Feria, se ocasionó un perjuicio evidente á algunas marcas que, más por compañerismo que por convicción absoluta, habían puesto su firma junto á la de los mismos que luego la retiraron.

Es evidente que no se puede suponer, sin ofensa para éstos, que su gesto fuera premeditado para que, ya faltos de tiempo para venir á la Exposición, sus directos competidores quedasen fuera de ella. Pero como las apariencias suelen ser engañosas, esto ha llegado á decirse, y como nosotros entendemos que es injusticia notoria, nos interesa dejar bien señalada nuestra opinión.

Las presiones ejercidas han sido, sin duda, de índole tal que no se les podía oponer resistencia. Y eso ha sido todo; deduciéndose de ello que si los apremios del tiempo no hubieran sido tan perentorios no hubieran faltado otras rectificaciones; éstas sin presión alguna.

En lo que «todos los autores están conformes» es en la necesidad de que Madrid tenga un edificio capaz de dar cobijo, entre otras posibles exposiciones artísticas ó industriales, á una exposición completa de automóviles, camiones, motociclos, ciclos, neumáticos, accesorios, etcétera, etc. Y ese local no existe en la actualidad, por mucho que quiera «estirarse» la capacidad del espléndido palacio de la calle del Duque de Medinaceli,

No volveremos á insistir sobre un tema que fuimos de los primeros en lanzar, según ya en estas columnas se ha repetido. Pero sí nos parece oportuno puntualizar que el futuro edificio no puede, en manera alguna, ser un «rascacielos», pues el automóvil no luce en pisos bajos ni altos de techo. Quien haya visto las Exposiciones de París y de Londres, y aun la de Barcelona de 1922, con toda la modestia que se le quiera atribuir (y que no obstante celebraríamos poder igualar en Madrid), sabe positivamente que es indispensable, para la comodidad del público y para el lucimiento de los vehículos, que éstos se hallen en una sola planta y en lugar que tenga amplitudes muy parecidas al «aire libre», donde los vehículos tienen su cuadro habitual.

Mientras llega ese futuro edificio es, también, indudable que puede sacarse gran partido del actual domicilio de la «Feria Oficial del Automóvil», y estamos seguros de que, á pesar de cuanto ahora se diga, no tardará en repetirse la fiesta con una nueva edición, «corregida y aumentada». Negar el buen deseo de los organizadores de la actual Feria sería ensañamiento é injusticia; señalar que no han acertado por completo, no es sino repetir lo que ellos mismos, con toda sinceridad, han reconocido.

R. Ruiz FERRY.

Fieles á nuestra costumbre de toda la vida, en estos casos, dedicaremos las primicias del comentario de la Exposición á la Industria Nacional representada, en esta Feria, por Hispano-Suiza, Corominas, Tarrida, Tudor é Irz; es decir, por coches, radiadores, faros, baterías eléctricas y carburadores de construcción española.

La "Hispano - Suiza"

La marca bien conocida ha expuesto algunos tipos de su fabricación en automóviles, autocamiones, motores marinos y motores de aviación. Decana de la industria nacional del automóvil en España y considerada mundialmente como marca de primera línea, «La Hispano», como popularmente se la denomina en todas partes, ha logrado una consagración superior aún en cuanto se refiere al motor de Aviación. Y dejando de lado filias y fobias, para atenerse únicamente a la realidad, es preciso reconocer que si es cierto que la Aviación fué el arma que, en la gran guerra, pronunció la última palabra, el motor dibujado por Birkigt fué el que permitió que esa palabra se pronunciara. Han pasado varios años ya desde aquella fecha, y el «Hispano-Suiza» sigue siendo el motor cuyo nombre va inscrito en cuantos récords importantes alcanza la Aviación contemporánea. Sus motores marinos disfrutan de tan justa fama como sus hermanos de fabricación. Y así puede decirse que aire, mar y tierra son elementos igualmente vencidos por el motor «Hispano-Suiza».

El stand de esta marca es, en la Feria del Automóvil, el mejor, bajo todos conceptos. Amplísimo y suntuosamente decorado, es el marco donde se ha expuesto, sin duda alguna, la mejor presentación de lo que producen sus fábricas. La índole de la Exposición y el problema del espacio han impedido que la fábrica de Guadalajara presentase modelos de su producción de aeroplanos.

La instalación de Hispano Suiza - fots. González Ragel

Componen su exposición los siguientes elementos:

Un estupendo châssis, para ómnibus, 30 caballos, que discrepa de los anteriores por haber recibido modificaciones varias de perfeccionamiento, solicitadas por el Ejército, su más importante cliente, como es de suponer. Sin extendernos en su descripción, anotaremos únicamente que su motor va suspendido en tres puntos, y está separado de la caja de velocidades para hacer más accesible el embrague y permitir la salida completa de éste y del motor sin tener que desmontar el cambio de velocidades. El bastidor, de largueros en U, más altos que en el modelo anterior, lleva éstos unidos, en la parte delantera, por dos travesaños de chapa de acero embutido que, montados a la altura de la caja de velocidades, refuerzan considerablemente esta parte del châssis.

El cambio y el motor van montados con una ligera inclinación (unos 2º), consiguiéndose así que al recibir el bastidor la carga normal, esos órganos y el eje de cardan se encuentren en la posición más favorable para la perfecta transmisión del esfuerzo.

Un 16 HP y dos 32 HP representan la parte «coches»; modelos bien conocidos del aficionado automovilista, no necesitan descripción. El 16 y uno de los 32 están en châssis de exposición, tal y como los vimos en el Salón de París; es decir, con una presentación espléndida, que realza las perfecciones mecánicas de su construcción.

El otro 32 lo han presentado carrozado en torpedo. Con decir que esa carrocería lleva la firma «Kellner» huelga añadir una sola palabra. Y huelga también decir que el coche se vendió horas después de abrirse la Exposición, siendo varios los «postores» que pretendieron pujar por encima de su precio para quitárselo al feliz mortal que supo madrugar para adquirirlo.

El tipo «España», 30 HP, no lo han expuesto en el stand; pero, en cambio, lo tienen á la puerta del Palacio de Hielo, como coche de demostración para los clientes que deseen probarlo. Tampoco exponen, por bien conocido, el «Benjamín» de la serie: el 8/10 H P.

El motor marino, presentado también como en París, es sencillamente precioso. Es el seis cilindros 32 H P (100 X 140) con doble encendido «Delco», análogo al de coche.

Dos motores de Aviación, el 220 H P, con cañón de 36 mm. á través de la hélice, y el 300 H P, utilizado por Sadi Lecointe en sus recientes récords de velocidad (377,600 kilómetros por hora en su último intento

con dicho motor) y del que también se ha servido, con éxito, una línea de servicio regular para pasajeros entre París y Londres. 

Espérase ahora con tanto interés como confianza la aparición del 500 H P que, permitirá á La Hispano completar su gama y, como de costumbre, batir á sus iguales de cilindrada con sus armas invencibles y características: el peso, la sencillez y el rendimiento.

Ricardo Corominas

El veterano constructor de radiadores, fiel concurrente á todas las Exposiciones que se han celebrado en España, ha expuesto, esta vez, los variadísimos modelos de su fabricación, que ya vimos en el Salón de Montjuich, y entre los que se destacan, por su ejecución superior á la extranjera, los radiadores de Aviación, entre los que figuran piezas de verdadero mérito.

Proveedor de la Aeronáutica española y de cuantos fabricantes, grandes ó chicos, se ocupan, en España, de la construcción de automóviles, Corominas ha puesto sus talleres de Barcelona, como los de Madrid (pues en ambos lugares tiene casa), á la altura de los más acreditados en cuanto á elementos de producción. Y, por encima de ellos, en cuanto á mano de obra.


El «stand» Ricardo Corominas

Enrique Tarrida

Circunstancias ajenas á la voluntad del conocido constructor de faros y proyectores, han hecho que su stand se encuentre en un lugar donde ni la luz, ni el espacio le permiten lucir su mercancía. Debajo de un tramo de escalera, y con precipitación por la escasez de tiempo, pudo alojarse á última hora.

Por fortuna es todavía cierto, y lo seguirá siendo seguramente, el viejo adagio, según el cual

"el buen paño en el arca se vende"

y así los faros, proyectores, linternas y demás productos de los talleres barceloneses de la calle de Carretas, lucen hoy (y no es chiste) en cualquier parte.
Proveedor de la industria nacional del automóvil, Tarrida es, además, conocido por todos los negociantes de automóviles y accesorios de España y su stand ha sido, acaso, el más visitado de los de su especialidad.
La referida circunstancia de lugar y espacio ha impedido á esta Casa hacer una instalación especial para su sección de accesorios para automovilismo. Pero esta sección no entra en el capítulo que hoy queremos consagrar exclusivamente á la industria española, y así nos limitaremos á repetir que en la construcción de proyectores y de faros de gran alcance, los talleres Tarrida no tienen nada que temer, en calidad de material y en finura de trabajo y de terminados, si se les compara á los más renombrados tipos de la producción extranjera.


Un trozo del «stand» Tarrida

Tudor

La Casa Tudor, cuya fábrica de Zaragoza y talleres de Madrid hemos tenido ocasión de visitar recientemente, es, verdaderamente, una auténtica industria nacional.

Vista parcial de la instalación de los Acumuladores Tudor

La variedad de su fabricación es tan extensa que puede decirse que el sector automovilismo constituye un capítulo relativamente pequeño dentro del total de su producción.

Pero precisamente el hecho de tener en su gama de fabricaciones capítulos de mucha mayor envergadura, es una garantía más eficaz en cuanto se refiere á la fabricación de acumuladores, en baterías, para automóviles.

En el stand «Tudor» se expone una inmensa variedad de acumuladores de construcción absolutamente garantizada y de presentación esmerada, ejemplos plásticos de lo que puede dar la mano de obra española, cuando está dirigida por personas conocedoras y hábiles, que sienten el entusiasmo de su profesión.

Hoy que el arranque eléctrico ha dejado de ser un accesorio, pasando á ser considerado como un órgano indispensable en un coche moderno, la batería eléctrica puede ser fuente de sinsabores ó seguro de buena marcha, según se trate de una cosa de pacotilla ó un grupo de elementos concienzudamente construidos.

La creciente aceptación del alumbrado copioso é intensivo y el gran auge alcanzado por los distribuidores de encendido en su duelo á muerte con la magneto, han planteado á la batería de acumuladores problemas que no pueden tener soluciones aproximadas, sino que exigen que estas sean perfectas.

Nosotros podemos recomendar las «Tudor»: primero, por su fabricación concienzuda y severa, y, luego, por ser efectivamente españolas.

Irz

En la historia de la industria española hay contados casos de éxito fulminante como el obtenido por el carburador imaginado y construido por el laborioso español (¡rara avis!) Isidro Rodríguez.

Claro está que si el éxito ha sido rápido y contundente para el común de los que se interesan por las cosas automovilísticas, no quiere esto decir que antes del veni, vidi, vinci no haya habido un largo período de estudios, de sinsabores, de desalientos, de reacciones.

Desde que el modesto cuanto simpático inventor español concibió su aparato, hasta que las gentes han visto por sus ojos (sólo así se cree en estos tiempos) que no les engañábamos cuatro apasionados, ha pasado bastante tiempo.

Vimos el carburador «Irz» por primera vez en el Salón del Automóvil que, en 1919, se celebró en el Palacio de Bellas Artes, de Barcelona. Sólo los técnicos, y no muchos, por cierto, comprendieron que se trataba de un auténtico y sensible perfeccionamiento de lo conocido hasta entonces. Parecía que por la proximidad del período de escaseces de carburante sufridas durante la guerra, todo cuanto significase economía por menos gasto, por mayor rendimiento ó por ambas cosas (que es el caso del «Irz»), debía encontrar el terreno abonado.

Pero cuando se le decía á la gente que se trataba de un carburador español, el asunto pasaba á adquirir aspectos amargamente cómicos.

¡Al demonio se le ocurre fabricar carburadores en Valladolid! ¡Y, además, llamándose Rodríguez! Si se hubiera dicho que el inventor era míster Halfgarrington, y que se construían en Cameloville, la cosa habría cambiado de aspecto totalmente.

A la postre la verdad se abre paso y el carburador «Irz» ha logrado hacer demostraciones tan concluyentes que no admiten réplica.

Hoy son ya importantes elementos extranjeros quienes piden, con insistencia, licencias de fabricación, y el stand de la Feria es un jubileo.

En estas columnas se ha hablado ya repetidas veces del carburador «Irz». No queremos insistir nuevamente; pero nos congratulamos de asistir al merecido éxito de este nuevo destello del genio español, y de esta legítima victoria de la mano de obra española, castellana, por más señas.

El «stand» del carburador «lrz»

El sábado 21, á última hora, se dió la noticia de que S. M. el Rey visitaría, de incógnito, la Feria del Automóvil, al día siguiente.

En efecto, á las once y minutos de la mañana se presentó el monarca, en el Palacio de Hielo, siendo recibido por el Comité de la Exposición, al que se unieron, en representación de la «Cámara Sindical» de Barcelona, los Sres. Carreras y Masferrer.

Como, por lo visto, los expositores no habían sido prevenidos de la visita regia, fueron varios los stands donde S. M. fué recibido por el empleado de guardia. Los ausentes han tenido, luego, el consiguiente disgusto.

S. M. recorrió toda la Feria, permaneciendo en el local cerca de una hora y teniendo para cada expositor una frase agradable.


 






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