martes, 28 de julio de 2026

¡A la mierda! Váyanse ustedes a la mierda

¡A la mierda! Váyanse ustedes a la mierda

Luis Navarro, Universidad de Vigo, 28 de julio de 2026

El 5 de marzo de 2003, José Antonio Labordeta subió a la tribuna del Congreso de los Diputados e intentó hacer algo aparentemente sencillo: hablar.

Desde algunos escaños comenzaron las interrupciones, las risas y las descalificaciones. Hasta que aquel profesor, cantautor, escritor y diputado aragonés se cansó.

Y pronunció una frase que ha quedado para la historia:

«¡A la mierda! ¡Váyanse ustedes a la mierda!»

He recordado mucho a Labordeta estos días.

Y reconozco que empiezo a comprenderlo.

Llevo buena parte de este verano leyendo, buscando trabajos científicos, contrastando datos y escribiendo sobre incendios forestales. No porque sea especialista en incendios (he repetido hasta la saciedad que no lo soy), sino porque algunas de las afirmaciones que veía circular despertaron mi curiosidad como científico.

Y cuando un científico tiene dudas, al menos en el mundo en el que yo aprendí a hacer ciencia, intenta resolverlas de una manera bastante sencilla: busca los datos.

El problema empieza cuando descubre que los datos parecen importar bastante menos de lo que pensaba. Yo no quiero tener razón. Quiero saber qué dicen los datos

Quizá esta sea la parte que más me ha desanimado. Las redes sociales se han llenado de personas absolutamente convencidas de saber por qué arden nuestros montes. Unos saben que es culpa del cambio climático. Otros saben que es culpa del abandono rural. Otros saben que es porque ya no hay ganado. Otros saben que falta «limpiar el monte». Otros saben que hay demasiados ecologistas. Otros saben que faltan cortafuegos. Y otros saben, incluso, que los científicos que presentan datos contrarios a sus convicciones están equivocados.

Todo el mundo parece saberlo. Y algunos hemos cometido la extravagancia de preguntarnos:

¿qué dicen realmente las evidencias? No debería ser una pregunta revolucionaria. Pero… desgraciadamente, empieza a parecerlo.

Porque cada vez tengo más la sensación de que una parte de nuestra sociedad no utiliza la información para construir sus opiniones. Hace exactamente lo contrario: primero construye una opinión y después selecciona la información que le permite conservarla. Si aparece un dato incómodo, se relativiza. Si aparece un estudio contrario a esa opinión, se busca otro. Si el resultado contradice una tradición, se acusa al investigador de desconocer el territorio (“ese catedrático de sofá que no ha pisado el monte en su vida” he llegado a leer sobre mi…). Si contradice una determinada visión conservacionista, se acusa al otro de productivista. Y si todo falla siempre queda un recurso extraordinariamente eficaz: poner una etiqueta al interlocutor. Reduccionista. Ecologista. Negacionista. Urbanita. Académico. Forestaloide. La que corresponda. Así nos ahorramos el engorro de discutir los datos.

Pero, mientras discutimos, nuestros montes siguen ardiendo

Hay algo, sin embargo, extraordinariamente sencillo de hacer, y yo, ingenuamente, pensaba que también de entender. Para que exista un incendio tiene que existir una ignición. Después podemos (y debemos) discutir sobre todo lo demás. Tiene que haber combustible. Importa cuánto hay y cómo está distribuido. Importa su humedad. Importan la temperatura, la humedad, la sequía y el viento. Importa la topografía. Importa la estructura del paisaje. Importa la gestión del territorio. Importa nuestra capacidad de detectar y extinguir el fuego. Y sí, importa muchísimo el cambio climático, porque está modificando algunas de las condiciones que determinan que una ignición pueda transformarse en un incendio extraordinariamente peligroso. Pero, perdóneme el lector, si alguno hay, que siga en mis trece: sigue haciendo falta una ignición.

Y aquí aparece ese dato incómodo que parece empeñado en estropearnos algunas narrativas: el propio Ministerio para la Transición Ecológica lleva años recordando que alrededor del 95 % de los incendios forestales en España están relacionados con la acción humana. Eso no significa que el 95 % sean intencionados. Lo repetiré otra vez por si alguien siente ya la tentación de discutir algo que no he dicho.

No.

Significa que su origen está relacionado con actividades humanas: intencionalidad, negligencias, accidentes y otras causas antrópicas. Los incendios naturales existen. Los rayos provocaban incendios mucho antes de que nosotros apareciéramos. Pero en el Mediterráneo actual constituyen una fracción pequeña, mínima, de las igniciones frente a las de origen humano. Por tanto, cuando alguien dice  que “los incendios son inherentes a los ecosistemas mediterráneos” (algo que he leído hasta la saciedad, incluyendo a científicos profesionales) está diciendo algo que puede ser ecológicamente cierto y, simultáneamente, extraordinariamente engañoso si con ello pretende naturalizar el régimen de incendios que nosotros mismos hemos contribuido a crear.

Que el fuego sea un proceso natural no significa que cualquier frecuencia, distribución, estacionalidad o intensidad de incendios sea natural.

Un río también es natural. Una inundación también. Pero eso no convierte en natural cualquier régimen de inundaciones producido después de transformar completamente una cuenca.

Y entonces aparece la solución: hay que gestionar

Aquí comienza otra parte fascinante del relato que verano tras verano venimos escuchando de voces expertas. O sea, primero transformamos el territorio. Sustituimos ecosistemas, fragmentamos paisajes, construimos carreteras, urbanizamos interfaces forestales, introducimos especies, abandonamos unos usos e intensificamos otros. Y después contemplamos el resultado y descubrimos que la naturaleza tiene un problema: está mal gestionada.

Tiene demasiada biomasa. Demasiado matorral. Demasiados árboles. Le faltan pistas. Le faltan cortafuegos. Le faltan herbívoros domésticos. Le falta que volvamos nosotros a intervenir.

Y confieso que aquí empieza a asaltarme una duda casi filosófica.

¿En qué momento llegamos a convencernos de que todo ecosistema que no está organizado de la manera que necesitamos para minimizar nuestro riesgo está mal gestionado?

El matorral no es suciedad. La biomasa no es basura. Un bosque no es una plantación abandonada. Y un espacio protegido no es necesariamente un monte esperando que alguien llegue con una desbrozadora para ponerlo en orden. Naturalmente que la gestión del combustible (utilizaré este término, espero que por última vez este verano, y únicamente para que algunas personas me puedan entender si me leen) puede reducir el riesgo o modificar el comportamiento del fuego en determinados lugares. Naturalmente que el pastoreo extensivo puede constituir una herramienta útil en determinados sistemas. Naturalmente que determinados paisajes culturales albergan una biodiversidad extraordinaria y dependen de usos humanos tradicionales. La ciencia obliga precisamente a reconocer esa complejidad. Lo que no permite la ciencia es transformar esas verdades particulares en una receta universal: más gestión = menos incendios = más biodiversidad.

Los ecosistemas, por desgracia para quienes prefieren los eslóganes, no funcionan con ecuaciones de tres palabras.

¿Mosaicos? Sí. Pero ¿qué mosaicos?

Últimamente también hemos descubierto que hay que crear “mosaicos”. Y nuevamente la palabra suena tan bien que casi resulta impertinente preguntar qué significa. La naturaleza lleva millones de años generando heterogeneidad mediante geología, relieve, suelos, perturbaciones, herbivoría, competencia, dispersión, hidrología y sucesión ecológica. Los humanos hemos añadido durante milenios otra capa de heterogeneidad: agricultura, ganadería, fuego, aprovechamientos forestales y asentamientos. Algunos de esos paisajes culturales poseen hoy un enorme valor biológico y cultural. Por tanto, la pregunta interesante no es: ¿mosaicos sí o no?

La pregunta científica es: ¿qué mosaico, dónde, para qué, generado mediante qué procesos y con qué consecuencias sobre la biodiversidad y el funcionamiento del ecosistema?

Porque convertir un paisaje complejo en una sucesión de áreas desbrozadas, pistas, cortafuegos y zonas pastoreadas también genera un mosaico. Pero la palabra mosaico no constituye por sí sola una evaluación ecológica.

No quiero salvar el bosque de ser bosque

Quizá sea esto lo que más me preocupa. Empieza a instalarse una concepción de la naturaleza según la cual nuestra obligación consiste en conseguir que los ecosistemas sean menos capaces de arder. Y entiendo perfectamente de dónde procede. Hay vidas humanas en juego. Hay viviendas. Hay pueblos. Hay infraestructuras. Hay ecosistemas extraordinariamente valiosos. Y el cambio climático está creando condiciones cada vez más peligrosas. Debemos adaptarnos.

Pero… adaptarnos no puede significar convertir toda la naturaleza en aquello que resulte más cómodo para nuestra propia seguridad. Habrá lugares donde debamos reducir combustible. Otros donde haya que gestionar interfaces urbano-forestales. Otros donde recuperar determinadas actividades agroganaderas pueda resultar extraordinariamente beneficioso. Y habrá espacios en los que el principal objetivo deba seguir siendo permitir que los procesos ecológicos funcionen con la menor interferencia posible. Decidir cuál es cuál requiere conocimiento, no consignas.

Y mientras tanto seguimos encendiendo la cerilla

Esto es lo que me devuelve al principio. Podemos invertir cantidades enormes de dinero en conseguir paisajes menos inflamables. Podemos abrir cortafuegos, con la herida que eso inflinge al territorio. Podemos gestionar combustible. Podemos mejorar los dispositivos de extinción. Podemos adaptar nuestras poblaciones. Y probablemente tendremos que hacer muchas de esas cosas porque el cambio climático está modificando el escenario en el que se producen los incendios.

Pero me resulta incomprensible que podamos hablar durante horas sobre cómo conseguir que el territorio resista mejor el fuego y dedicar muchísimo menos esfuerzo público a preguntarnos: ¿por qué seguimos iniciándolo?

Como es el último post de este verano, voy a insistir: Si la inmensa mayoría de nuestros incendios tienen origen humano, reducir las igniciones debería constituir uno de los pilares de cualquier política seria de prevención. Investigación de causas, educación, vigilancia, regulación, responsabilidad, disuasión. Y conocimiento de las razones sociales y económicas que existen detrás de determinadas igniciones. Eso también es adaptación. Quizá sea incluso la forma más elemental de prevención.

Y sí, estoy cansado

Este iba a ser un post objetivo y desapasionado. Como habrán podido comprobar quienes hayan llegado hasta aquí, no me ha salido. Porque detrás de todos estos debates hay algo que me importa bastante más que ganar una discusión en una red social o erigirme en el cuñado del verano. Hay seres vivos. Millones. Hay bosques, matorrales, turberas, pastizales, microorganismos, plantas y animales que no participan en nuestros debates sobre gestión forestal. No saben qué es un cortafuegos. No conocen nuestros planes de prevención. No han leído al IPCC. No votan. Simplemente viven allí. Y nosotros hemos decidido que tenemos derecho a reorganizar una y otra vez el mundo en el que viven para satisfacer nuestras necesidades, corregir los problemas producidos por nuestras intervenciones anteriores y, cuando esas nuevas intervenciones generan otros problemas, volver a intervenir.

A veces pienso en cuánto tiempo llevaban funcionando esos ecosistemas antes de que llegáramos nosotros.

Y en el brevísimo instante que hemos necesitado para convencernos de que sabemos cómo deben funcionar.

Eso sí me produce tristeza.

Ilustración generada con inteligencia artificial a partir de un diseño conceptual y de instrucciones detalladas del autor sobre composición, personajes, textos, estética y paleta cromática.

A la mierda

Así que entiendo un poco mejor al admirado Labordeta. No porque quiera mandar a la mierda a quien piense de manera diferente. Eso sería exactamente lo contrario de lo que llevo años defendiendo. La discrepancia es necesaria. La crítica también. Y si mañana aparece buena evidencia que contradiga algo de lo que he escrito, espero tener suficiente honestidad intelectual para rectificarlo.

Lo que empieza a agotarme es otra cosa. Me agota discutir contra certezas inmunes a los datos. Me agota que llamemos ciencia a buscar únicamente los resultados que confirman lo que ya pensábamos. Me agota que confundamos tradición con evidencia, opinión con conocimiento y repetición con demostración. Me agota que después de transformar profundamente los ecosistemas sigamos presentándonos ante ellos como sus salvadores.

Y me preocupa muchísimo que, frente a uno de los mayores problemas ambientales de nuestro tiempo, terminemos nuevamente divididos en tribus defendiendo soluciones simples para un sistema extraordinariamente complejo.

Por eso este será, espero, mi último texto sobre incendios de este verano.

Y quizá la expresión de Labordeta pueda dirigirse no a las personas, sino a algo bastante más peligroso:

A la mierda las certezas sin datos.

A la mierda las soluciones universales para problemas complejos.

A la mierda la ciencia utilizada para justificar decisiones tomadas de antemano.

Y, sobre todo, a la mierda esa arrogancia tan profundamente humana que nos permite destruir primero un sistema y presentarnos después, orgullosos, con la receta para salvarlo.

Quizá todavía estemos a tiempo de hacer algo bastante más humilde.

Escuchar. Medir. Contrastar. Aprender.

Y después, solo después, actuar.

Porque la naturaleza no necesita que tengamos razón. Necesita que dejemos de equivocarnos.



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