jueves, 17 de septiembre de 2026

Simone Weil y Georges Bernanos

Simone Weil nació en el seno de una familia judía intelectual y laica: su padre era un médico renombrado y su hermano mayor, André Weil, un matemático reputado. Estudió filosofía y literatura clásica. A los diecinueve años de edad ingresó, con la calificación más alta, seguida por Simone de Beauvoir, en la Escuela Normal Superior de París. Se graduó a los veintidós años y comenzó su carrera docente en diversos liceos (Le Puy-en-Velay, Auxerre y Roanne).

A comienzo de los años 1930 partió por algunas semanas a Alemania y a su regreso escribió algunos artículos donde expresó con lucidez hacia dónde se dirigía dicho país. Encontró un país socioeconómicamente hundido con una izquierda profundamente dividida (el partido comunista de Alemania controlado por Stalin libraba una lucha contra la socialdemocracia como "enemigo principal") y un partido nazi en ascenso imparable. Para ella las consecuencias serían inevitables.

Participó en la huelga general de 1936. Militó apasionadamente por un pacifismo intransigente pero, al mismo tiempo, formó parte de la columna Durruti en España, que luchaba contra el levantamiento militar encabezado por Francisco Franco. Fue periodista voluntaria en Barcelona y se incorporó a los combatientes armados en el frente de Aragón, participando en alguna acción de guerra. Tras ser testigo del fusilamiento de un joven falangista, escribió en su diario: 

«Me tumbo de espaldas, miro las hojas, el cielo azul. Es un día precioso. Si caigo presa, me matarán...Pero lo tengo merecido. Los nuestros han vertido sangre de sobra. Soy moralmente cómplice. Se están produciendo formas de control y casos de inhumanidad absolutamente contrarios al ideal libertario».

Cuando en 1940 fue obligada a huir de París y refugiarse en Marsella, escribió para exponer una filosofía que se quería proyecto de reconciliación —siempre dolorosa— entre la modernidad y la tradición cristiana, tomando como brújula el humanismo griego. En 1942, visitó a sus padres y hermano en Estados Unidos, pero más tarde partió hacia Inglaterra para incorporarse a la resistencia, aunque se vio limitada a trabajar como redactora en los servicios de Francia Libre, liderada por el general Charles de Gaulle. 

En julio de 1943 dejó de pertenecer a esta organización. En este período final de su vida profundizó en la espiritualidad cristiana. Sin embargo, su acercamiento fue heterodoxo y no excluyó el interés por otras tradiciones religiosas. También se interesó en estos años por la no violencia preconizada por Gandhi —que ella juzgaba más reformista que revolucionaria— y tuvo algunos encuentros con Lanza del Vasto. En 1943 se le diagnosticó tuberculosis. Se internó en un sanatorio de Ashford, en Inglaterra, donde falleció en agosto con 34 años. Algunos de sus biógrafos subrayan su deseo de compartir las condiciones de vida de la Francia ocupada por la Alemania nazi, lo que la habría llevado a no alimentarse lo suficiente, agravando así su enfermedad. Según el testimonio de Simone Deltz, amiga que le acompañó en el sanatorio en que murió, fue bautizada poco antes de morir.

La llamada de España. Escritores extranjeros en la Guerra Civil. Niall Binns (EL VIEJO TOPO)
Pip Scott-Ellis escribió un diario sobre sus experiencias con el ejército franquista, donde las mujeres seguían desempeñando su papel tradicional de enfermeras. En la zona republicana, sobre todo en los primeros meses, la división de labores bélicas fue distinta. El alistamiento de milicianas antifascistas formaba parte, a su modo, de otra guerra de liberación para las mujeres. Entre las voluntarias extranjeras destaca la figura de Simone Weil (1909 - 1943), una joven filósofa parisina, activista en los sindicatos de la Enseñanza en su país, que vino a España empeñada en unirse a la lucha anarquista.
Los escasos fragmentos del diario de Weil ayudan a reconstruir sus días en España. Después de pasar por la ebullición revolucionaria de Barcelona, entusiasmada como todos los que allí llegaron dispuestos a entusiasmarse, fue a Lérida para alistarse en una unidad internacional de la Columna Durruti y salió el día 14 de agosto de 1936 al pueblo de Pina de Ebro en el frente aragonés. Vestida de miliciana —mono azul, pañuelo rojinegro al cuello y con un “pequeño y hermoso mosquetón”—, insistía en no quedarse en la retaguardia, aunque intimidara más bien poco con sus gruesas gafas de intelectual miope y su conocimiento ínfimo de las armas. El día 15 los milicianos informaron a los campesinos de Pina sobre la colectivización de las tierras; el día 16 les habló Durruti; el 17 Weil recibió su fusil, experimentó su primer miedo y su primer bombardeo (se echó en el barro para disparar, aunque volaran demasiado alto los aviones) y cruzó el Ebro con sus compañeros en un reconocimiento del terreno; en la noche del 18 volvieron a cruzar el río para instalarse (y ocultarse) en un pequeño edificio agrícola, donde el delegado de la Unidad le espetó a Weil: “Tú, ¡a la cocina!”. La mañana siguiente ella tuvo tiempo para echarse bajo un árbol y pensar: “Me tumbo de espaldas, miro las hojas, el cielo azul. Un día muy bello. Si me toman, me matarán… Pero es merecido. Los nuestros han vertido sangre suficiente. Soy moralmente cómplice”. Empieza así el cuestionamiento de su papel en la guerra pero hay, de pronto, un corte en el diario. Sabemos que ese mismo día la Unidad fue descubierta y atacada por los nacionalistas, y su edificio alcanzado por un obús. Durante o quizás antes del ataque, Weil, una reacia y obviamente inexperimentada cocinera, se hirió de gravedad al meter un pie en una olla de aceite hirviendo, y tuvo que ser evacuada del frente.
Los últimos fragmentos del diario —que no fue publicado hasta décadas después— los escribió Weil en Sitges, concentrándose sobre todo en las noticias que le llegaban de los fusilamientos y la represión en la retaguardia. Los días de convalecencia habían aumentado las dudas de la filósofa. Más tarde, en su libro póstumo La pesanteur y la grâce (La gravedad y la gracia), hablaría de la búsqueda de un método para oponerse a la ley de la gravedad, no sólo física sino moral, que aplasta al ser humano hacia lo terrestre, empujándolo hacia la maldad (“si no existiera la gravedad, el bien sería natural, y el mal sería fortuito, sorprendente; en virtud de la gravedad, es al revés”), y para así aspirar a la levitación otorgada por la gracia. Fue esa búsqueda quizá, formulada años después, lo que la llevaría a España, seducida por la pureza de los ideales anarquistas. Una nota titulada “Réflexions pour déplaire” (“Reflexiones para desagradar”), probablemente escrita en el mismo año de 1936, muestra con cuánta rapidez se erosionó la seducción: “Voy a sorprender, escandalizar, ya lo sé, a muchos buenos camaradas”. Así comienza el texto, y afirma que la traición de Lenin —en vez de la prometida desaparición del Estado, la construcción de “la máquina burocrática, militar y policial más pesada que jamás haya existido”— se estaba repitiendo en Cataluña: “Allí también vemos, ay, que se están produciendo formas de control y casos de inhumanidad directamente contrarios al ideal libertario y humanitario de los anarquistas”.
La mirada crítica más contundente está en el texto más conocido de Weil sobre la guerra, la carta que envió a Bernanos en el año 1938, expresando su simpatía y sintonía total con Los grandes cementerios bajo la luna: “Desde que he estado en España, y después de oír y leer toda clase de consideraciones sobre España, no puedo citar a nadie, con la excepción de usted, que según mis conocimientos se haya bañado en la atmósfera de la guerra española y la haya resistido. Usted es monárquico, discípulo de Drumont. ¿Qué me importa? Usted me es infinitamente más cercano que mis camaradas de las milicias de Aragón, esos camaradas que yo, sin embargo, amaba”. Los puntos en común, a veces precariamente comunes, son varios: Bernanos es católico; a ella, por su parte, “nada católico, nada cristiano” jamás le ha parecido ajeno y “me he dicho a veces que si sólo se pegara en las puertas de las iglesias un cartel que anunciase que se prohíbe entrar a cualquiera que goce de ingresos superiores a tal o cual cantidad, poco elevada, me convertiría en el acto”. Bernanos abandonó Mallorca, horrorizado por la traición de los ideales de la Falange; ella decidió no volver a España después de curarse, al ver que lo que le había parecido una guerra justa “de campesinos hambrientos contra los terratenientes y sus cómplices religiosos” se había convertido en “una guerra entre Rusia, Alemania e Italia”. La Falange se degradó, abriendo las puertas a reclutas totalmente ajenos a su ideario; asimismo, la CNT y la FAI fueron “una mezcla increíble, donde se admitía a cualquiera”. Por último, Weil también ha sentido “ese olor a guerra civil, a sangre y terror” que desprende el libro de Bernanos. Sin embargo, mientras éste dio testimonio de atrocidades que había visto o vivido, la única atrocidad que llegó a ver Weil con sus propios ojos fue el casi fusilamiento de un cura. A pesar de esto, no duda en denunciar las represalias y los fusilamientos en Barcelona (cincuenta por día, dice, frente a los quince diarios en la Mallorca de Bernanos) y narra la historia de un “pequeño héroe”, un “niño” falangista de quince años que prefirió morir antes que aceptar los razonamientos anarquistas y el perdón de Durruti.
Llama la atención la entrega total de Weil a un derechista monárquico de tan vieja escuela, incluso en sus ideas sobre la Francia de la postguerra, y no es extraño que la publicación de la carta en 1950 fuese recibida con indignación por sus excompañeros del frente y condenada como una distorsión y una traición. Sin embargo, tal vez sea inevitable que en la carta a un desconocido uno evite ciertos temas, silencie dudas y opine sin matices; y en ese sentido, como ocurre tantas veces, el traidor verdadero sería el que publica póstumamente una correspondencia personal. De todos modos, lo más valioso de esta carta es la reflexión de Weil sobre cómo la guerra cambia la visión que se tiene sobre el acto de matar o “asesinar”. El entusiasmo y regocijo por haber matado a un cura o un fascista tiene algo de machismo bestial, sin duda, pero hace a Weil meditar sobre la elasticidad de términos como “fascista”: porque si “las autoridades temporales y espirituales excluyen a cierta categoría de gente de la de los seres humanos cuya vida tiene valor”, entonces no hay nada más natural que matarlos, sobre todo cuando se sabe que uno no corre riesgo de ser castigado ni culpado por hacerlo. El contagio de esta falta de respeto por la vida es inmenso: ella afirma haber visto hasta a franceses apacibles, que nunca habrían ido a matar ellos mismos, “bañarse con visible placer en esa atmósfera impregnada de sangre”. Al final, en esas circunstancias, el sentido de la guerra desaparece por completo, porque si ésta se promueve como una lucha para el bien de los hombres, carece de validez en el mismo momento en que la vida de los hombres deja de ser vista como un bien.

De este modo, la guerra española aniquiló para Weil todo atisbo de pureza (o esperanza de gracia) que pudiera encontrar en los ideales de los anarquistas. Si se pierde la pureza de los ideales, es imposible triunfar; imposible, al menos, sustraerse de los efectos de la terrible gravedad.

Vivir la fuerza: Simone Weil y la Columna Durruti, Xavier Artigas Esclusa 

introducción

Una trascendencia que no es de izquierdas ni de derechas

En 1941, dos años antes de morir, Simone Weil estaba exiliada con sus padres en Marsella. Tenía treinta y dos años y los nazis acababan de ocupar su ciudad, París; ella escapó por los pelos. La mitad de Francia que Hitler no había invadido aún se había convertido en un régimen protofascista y colaboracionista con los nazis liderado por el mariscal Petain. Una vez aprobado el Estatuto de los judíos, la joven Weil no pudo continuar ejerciendo como profesora de filosofía. Su familia decidió seguir viaje hacia Estados Unidos, aunque tuvieron que esperar algunos meses, pues embarcarse no era tarea sencilla. Mientras tanto, la filósofa, privada de sus responsabilidades como docente, decidió retirarse una temporada al campo y trabajar en la vendimia. Es en este contexto donde conoció a Gustave Thibon, propietario de una granja en Ardèche, al norte de Marsella. Weil trabajaba duramente en su viña durante el día y, por la noche, mantenía largas conversaciones con su patrón, un tipo muy erudito; comenzaron así una bonita amistad.
Antes de salir una vez más hacia el exilio con su familia, esta vez camino de Nueva York, Weil confió sus famosos Cahiers, es decir, sus libretas personales, a Thibon. Parece ser que le dio permiso para hacer con ellas lo que quisiera. Al cabo de poco tiempo, la filósofa consiguió que la trasladaran a Inglaterra, con la esperanza de que la acabaran enviando de nuevo al continente europeo como combatiente de la Francia Libre. Fue durante esta espera, en 1943, cuando murió enferma de tuberculosis. Tenía 34 años.

Una vez acabada la guerra, cinco años después de la muerte de Weil, Gustave Thibon decidió publicar una parte de los textos que ella le había confiado. Escogió solamente los escritos que tenían cierto carácter místico o religioso. Esta antología se convertiría en La gravedad y la gracia, la primera obra con la que el gran público conocería a Simone Weil. Thibon escribió un largo prólogo en el que explicaba al mundo quién había sido su amiga:

Quiero subrayar que sería injurioso con su memoria que el contenido eterno y trascendente de su mensaje fuera interpretado en el sentido de la actualidad política y mezclado con querellas partidistas.

Ninguna facción, ninguna ideología social tiene el derecho de reclamarla para sí. Su amor por el pueblo y su odio a toda opresión no bastan para asimilarla a los partidos de izquierda; su negación del progreso y su culto de la tradición tampoco autorizan a clasificarla en la derecha [pg, pág. x].

El libro póstumo de Weil provocó un gran impacto en Francia y en una Europa devastada. Aquella filósofa desconocida se convertía en una celebridad post mortem. Con su prólogo, Gustave Thibon creaba el mito de una pensadora que podía ofrecer a un continente desmoralizado por la guerra una luz que sirviera de guía más allá de cualquier tendencia, una filósofa apolítica cuya altura moral la distanciaba necesariamente de los grandes movimientos sociales de la época.

...

La pesanteur et la grâce, Simone Weil 

Abordar la lectura de La pesanteur et la grâce es adentrarse en los áridos territorios de la conciencia. Es descubrir una geografía del alma que invita a la reflexión. Uno se topa con una perspectiva similar a la de otros grandes pensadores místicos: Plotino, Maestro Eckhart, Pascal… Entrar en este libro de Simone Weil implica admitir que uno no saldrá indemne, inevitablemente conmovido por una sensibilidad cruda, una espiritualidad desconcertante y una visión alejada de nuestra época. También es importante reconocer la dificultad de hacer justicia a esta obra oscura, exigente y vasta. Hay que, en particular, saber sortear las aparentes paradojas y contradicciones, hasta el punto de perderse a veces, quedar sin palabras o maravillado.

El libro se publicó por primera vez en 1947, cuatro años después de la muerte de Simone Weil. Ella había confiado sus manuscritos a Gustave Thibon, un intelectual autodidacta, filósofo, agricultor y simpatizante del régimen de Vichy. Thibon organizó los cuadernos de Simone Weil del mismo modo que Brunschvicg y Lafuma (entre otros) organizaron en su momento las páginas de los Pensamientos de Blaise Pascal. Algunos han cuestionado la organización de Gustave Thibon. En cualquier caso, es en esta forma que Éditions Plon publica ahora una nueva edición.

Lo que llama la atención de esta obra, desde el principio, es su forma. No se presenta como un ensayo discursivo. La escritura es aforística, una serie de ideas repentinas, una sucesión de intuiciones. Nos encontramos a años luz del pensamiento sistemático o la «geometría». Aquí, es la «sutileza», como diría Pascal, la que guía la búsqueda de Simone Weil. También descubrimos un gusto por la paradoja y las afirmaciones desconcertantes. Por ejemplo: «Miseria, angustia (...), crueldad, tortura, muerte violenta, coacción, terror, enfermedad: todo esto es amor divino» (p. 77), o también: «La muerte es el don más preciado que se le ha dado a la humanidad» (p. 145). ¿Por qué tales paradojas? Porque la verdad misma es paradójica, y para Simone Weil existe una ontología de la contradicción. «Las contradicciones que la mente encuentra, las únicas realidades, el criterio de lo real», escribe (p. 161). De ahí una metodología de reflexión desconcertante que impulsa el cuestionamiento perpetuo. «Método de investigación: tan pronto como se haya pensado algo, hay que buscar en qué sentido es cierto lo contrario» (p. 166).

Como todos los místicos, el objetivo último de su enfoque es acercarse a lo absoluto, «ver a Dios cara a cara», «tocar lo imposible», dirigir su atención «a lo inconcebible», o incluso aspirar a «aquello que el intelecto no puede comprender». Esta experiencia de lo trascendente no está exenta de dolor. Es una luz que ciega y hiere, como emerger de la caverna de Platón. Sus biógrafos informan que Simone Weil tuvo varias experiencias místicas, que ella misma describió ( Esperando a Dios , 1966). Gravedad y Gracia puede leerse, entonces,  como una especie de manual para acercarse lo más posible a este principio divino. Es una cuestión de «escala», escribe, o incluso de «domesticar al animal interior», en resumen, de reducir todas las fuerzas «desviadas» dentro de nosotros, o aquello que nos desposee. Es necesario disciplinar la atención para convertirla en oración, practicar el «desapego» de las posesiones materiales o la «renuncia», combatir los deseos indeseados y redirigirlos, o incluso «destruir el yo». Si fuéramos seguidores de Nietzsche, diríamos que esto, como en el caso de todos los místicos, es un rechazo a la vida, un odio al cuerpo y al yo.

Pero todo esto no sería nada sin la «humildad» que ella presenta como virtud cardinal. «Por cada pensamiento involuntario de orgullo que uno capture en su interior, dirija por unos instantes toda su atención al recuerdo de una humillación de una vida pasada, y elija la más amarga, la más intolerable posible» (p. 192). Nada es más eficaz para cultivar la humildad que la experiencia del sufrimiento y la desgracia. Descender a las profundidades más bajas del ser para acoger la luz. «La miseria humana contiene el secreto de la sabiduría divina, no el placer. Toda búsqueda de placer es una búsqueda de un paraíso artificial, de embriaguez, de crecimiento. Solo la contemplación de nuestras limitaciones y nuestra miseria nos sitúa por encima de ellas. Quien se humilla será exaltado» (p. 154). La experiencia del encuentro absoluto se compone de elevación y descenso, de «aquello que es alto» dentro de nosotros con «gracia».

Aún queda mucho por decir sobre esta obra densa y meticulosamente documentada, elementos que nos cautivaron y otros que nos desconcertaron. La presencia de una amplia cultura (filosofía griega, literatura clásica, pensamiento hindú…), una reflexión sobre el «  metaxu », los intermediarios entre lo terrenal y lo celestial en el sentido platónico, el énfasis puesto en el misterio cristiano de la Encarnación, la atención a la cuestión de los demás y su sufrimiento, la belleza del mundo, pero también algo que nos deja perplejos: palabras de extrema severidad contra Israel.

Concluiremos con esta reflexión metafórica sobre la escritura: «Escribimos como damos a luz; no podemos evitar esforzarnos al máximo. No temo esforzarme al máximo, siempre y cuando no me mienta a mí mismo» (p. 185).

La columna, Adrien Bosc

Excelente escritura, buena narración que atrapa al lector desde el primer momento. Un ejemplo: «Es una tumba sin flores, en un cementerio no muy lustroso. Con sus bancos de piedra dispersos entre los árboles, el lugar parece más uno de esos jardines privados que hay en el centro de Londres. En la zona católica, medio oculta entre un espino, hay una losa de granito cubierta de hojas en la que reza, en francés: Simone Weil, 3 febrero 1909-24 agosto 1943.»

Libro para interesados en la vida y praxis de Simone Weil, una arista esencial de su filosofar, y para interesados en asuntos relacionados con nuestra guerra civil (el autor comete el error, aún demasiado frecuente, de llamar nacionales a los sublevados fascistas). Así, pues, de interés generalizado.

Breve apunte del autor: Adrien Bosc (1986), fundador de las Éditions du Sousol, recibió en 2004 el Gran Prix du Roman de l’Académie Française por Constellation. En 2018 publicó se segunda novela, Capitaine.

La columna, su tercer libro, es una novela breve que toma pie en la presencia de Weil en nuestro país durante la guerra civil. Sucintamente: En agosto de 1936, al poco de comenzar la guerra civil española, S.W., 27 años entonces, se alista en el Grupo Internacional de la Columna Durruti, en el frente de Aragón. Allí sufre un accidente y acaba regresando a Francia. Pasa unos 45 días en España de los que poco sabemos: sus apuntes en un Diario de España que llevó en su cuaderno Moleskine (se han conservado 34 hojas), primeras impresiones de la guerra y frases de la gramática española escrita en hojas sueltas. También un pasaporte con los sellos de la Generalitat de Cataluña y del Comité Central de las milicias, cartas y algunas fotografías (incluidas en el libro; la de la página 153 por ejemplo).

El accidente sufrido por la autora de La fuente griega: «[…] Cuando al fin los aviones se fueron, Simone se pasó a otra trinchera, donde había un fusil ametrallador. Esperó un rato a escondidas tras aquel montón de tierra, especie del fanal en medio del cementerio, y luego volvió al campamento. Fue así, imaginamos, como, al salir de su escondite, sin recordar el fuego que ardía en el hoyo, metió el pie en la enorme sartén con aceite hirviendo. Cayó cuan larga era, gritando de dolor. Hans acudió al instante, la cogió de los brazos y al sacó. Le pidió que se callara, lo aterraba la posibilidad de que se acercara un destacamento de nacionales. Aplicó un paño mojado a la quemadura. Pasó una hora larga hasta que los compañeros regresaron….»

Componen La columna dos partes: I. En la columna (sobre los días de Weil en España). 2. Una carta en una billetera (Historias, Exilios, Cartas, Entierros) y una nota del autor. La carta a Georges Bernanos cierra la primera parte (pp. 87-94).

La nota del autor informa de las fuentes usadas. «Los hechos de la vida de Simone Weil están extraídos de la biografía de su amiga Simone Pétrement, La vie de Simone Weil y de los libros de Laure Adler, François L’Yvonnet y Christiane Rancé… Les Fils de la nuit. Souvenirs de la guerre d’Espagne, de Antonio Giménez, cuenta la historia de los demás compañeros del Grupo Internacional. Los escritos políticos de uno de ellos, Sail Mohamed, se han reunido en un tomo con el título L’Étrange étranger. Écrits d’un anarchiste kabyle». De profundo interés la historia de la familia Caro.

Desde un punto de vista historio y poliético es esencial la carta de Charles Ridel de 1954, un antiguo camarada de Weil del Grupo Internacionalista de Pina (pp. 136-139 del libro). Abre así: «La manera de presentar manera los incidentes, hechos y acontecimientos, ¿corresponde a la realidad que Weil vivió en España? Según la opinión de los supervivientes del Grupo Internacional de la columna Durruti a la que ella perteneció, no.» Una réplica en toda regla, crítica de la complicidad de Weil con Bernanos.

Dos años después, Ridel publica en la misma revista un artículo titulado: «Rechazo de la leyenda». La revolución española, observa, «no fue ni una construcción perfecta ni un castillo de leyenda…. En los hoyos excavados en las faldas de los montes de Aragón, unos hombres vivieron fraternal y peligrosamente, sin necesidad de esperar nada porque vivieron, plenamente, sabedores de que eran lo que querían ser.»

Les Fils de la nuit, Antoine Gimenez et les giménologues

Hemos analizado extensamente en Les Fils de la Nuit la estancia de esta filósofa francesa en Pina de Ebro en agosto de 1936.

Tras su regreso a Francia, en 1938 escribió una carta a Georges Bernanos en la que evocaba la historia —que se ha convertido en un símbolo de la falta de humanidad de sus amigos revolucionarios— de este joven falangista hecho prisionero por el Grupo Internacional el 22 de agosto de 1936 y ejecutado por orden de Durruti:

“Reconocí ese hedor a guerra civil, sangre y terror que emana de tu libro; lo había inhalado. […] ¡

Cuántas historias abarrotan mi pluma…! […] En Aragón, un pequeño grupo internacional de veintidós milicianos de diversos países capturó, tras una breve escaramuza, a un muchacho de quince años que luchaba como falangista. Inmediatamente hecho prisionero, temblando por haber visto morir a sus camaradas a su lado, dijo que lo habían alistado a la fuerza. Lo registraron y le encontraron una tarjeta falangista; lo enviaron ante Durruti, el líder de la columna, quien, tras explicarle las bondades del ideal anarquista, le dio a elegir entre morir o alistarse inmediatamente en las filas de quienes lo habían hecho prisionero, contra sus camaradas del día anterior. Durruti le dio veinticuatro horas para pensarlo; al cabo de veinticuatro horas, el muchacho dijo que no y fue fusilado.” Durruti era, en cierto modo, un hombre admirable. La muerte de este pequeño héroe nunca ha dejado de pesar en mi conciencia, aunque me enteré después.

Simone no estuvo presente durante este enfrentamiento porque, herida, la llevaron al hospital ese mismo día. Obtuvo la información sobre el joven prisionero de sus amigos del Grupo Internacional, Ridel y Carpentier, quienes la visitaron en el hospital en septiembre de 1936.

¿Corresponde la presentación de los incidentes, hechos y acontecimientos a la realidad que Simone Weil vivió durante su estancia en España? Según los supervivientes del grupo internacional de la Columna Durruti al que pertenecía, no. El caso del joven falangista hecho prisionero por los milicianos internacionales le fue relatado por estos mismos milicianos, indignados porque el joven había sido fusilado tras las líneas, con la aprobación, la indiferencia o por orden —nunca se esclarecieron los detalles— del estado mayor de la columna. Las reacciones de Simone Weil fueron las de los combatientes. Pero su búsqueda de una conexión con Bernanos la llevó a generalizar. No se trata de negar ni minimizar los horrores de una guerra revolucionaria, ni de ocultar los instintos de ciertos milicianos. Lo esencial es establecer una imagen completa de los sentimientos o pasiones que se desataron libremente, y no juzgar a los revolucionarios en su conjunto.  

Phil Casoar, en el artículo que escribió en 1999 (véase aquí bajo el título "Louis Mercier, Simone Weil: revisitando una controversia"), detalla varios aspectos del caso y cita otra fuente, el libro de Mathieu Corman, Salud Camarada!, publicado en julio de 1937:

En Salud Camarada, Corman describe así el enfrentamiento entre Durruti y el adolescente:

«Llevado ante el comité de guerra de la columna, el delegado general, Buenaventura Durruti, le dijo, mirándolo fijamente con la mirada de una bestia herida:

“Eres demasiado joven para morir: ¡nosotros no disparamos a niños! Pero debes darnos tu palabra de no volver a emprender nada contra nosotros. No tenemos prisión donde encerrarte. Tu palabra bastará. ¿Me la darás?”.

El prisionero negó lentamente con la cabeza:

“¡No!”.

“¿Lo has pensado bien?”.

“¡Sí!”.

“¡Te lo has buscado!”.

El tribunal popular, constituido por el comité del pueblo, lo condenó a muerte ese mismo día.

Era un joven místico. Todo su cuerpo temblaba mientras lo conducían hacia el pequeño bosque que bordea el pueblo; sus ojos brillaban con un brillo extraordinario. Caminando, murmuraba continuamente: “¡Arriba España!”».

Le preguntaron si quería que le dispararan «por la espalda». Se negó. Los cinco milicianos se alinearon frente a él. Cruzó las piernas, se rasgó la camisa a la altura del pecho y se ordenó:

«¡Arriba España! ¡Fuego!...»

En una carta encontrada entre unos papeles, su madre le aconsejaba luchar hasta la muerte... Tenía quince años... ”

Mientras cuestiona la veracidad del relato de Corman, que no estaba en Pina en ese momento, Phil señala que ciertos elementos se encuentran en la carta de Simone Weil a Bernanos. ¿La había leído?

En cualquier caso, hubo varios testimonios que apuntaban en la misma dirección, y Phil concluyó su artículo cuestionando la actitud de Durruti:

«Al ofrecerle tal trato, Durruti parece carecer de discernimiento ante este muchacho tan obstinado en sus ideales: ¿acaso intentó simplemente imaginar la situación opuesta, la de un joven anarquista amenazado por falangistas, para salvarse a sí mismo, negándose a tomar las armas contra ellos, o incluso uniéndose a sus filas? De hecho, el líder anarquista está tan seguro de la rectitud de su causa que se comporta como un sacerdote jesuita exigiendo que un hereje renuncie a su fe, bajo pena de muerte.

El texto de Mercier, aunque muy impreciso, también tendería a dar crédito a la versión de Corman sobre la actitud de Durruti: al final, Durruti se lavó las manos del destino del joven («...con indiferencia...»). ¿

Por qué Durruti, que sabía ser magnánimo y había evitado más de una ejecución sumaria, mostró tal indiferencia? ¿Esta vez?

Fue consultando los archivos franquistas cuando encontramos un documento que ahora pone fin a estas preguntas.

En los archivos de Salamanca se conservan los voluminosos expedientes conocidos como la "Causa General", nombre que recibe por la extensa investigación llevada a cabo pueblo por pueblo por las autoridades franquistas para catalogar las atrocidades y asesinatos cometidos por el Ejército Rojo y otros durante la Guerra Civil. Los expedientes contienen las declaraciones de testigos, de acusados ​​encarcelados y tratados, como es bien sabido, en prisiones franquistas, y las declaraciones de víctimas o familiares de víctimas.

Al examinar los archivos del "partido judicial" de Pina de Ebro, y luego los de Tauste (pueblo en la carretera de Zaragoza a Tudela), nos sorprendió encontrar el caso de este joven falangista llamado Ángel Caro Andrés.

Vu : journal de la semaine, 10 de enero de 1934

LE VIEUX MILITANT ET LA JEUNE « OPPOSITIONNELLE »

Avant d’entendre ses représentants qualifiés, écoutons la voix d'un de ses vieux militants, aujourd’hui retraité et qui a les loisirs de philosopher sur les luttes héroïques soutenues depuis cinquante ans.

Je l’ai vu dans sa sage retraite de Saint-Florentin (Yonne) et je lui ai demandé :

— Est-il vrai que le peuple — que les paysans — soient hostiles aux instituteurs ? Et que les instituteurs aient « volé » aux curés leur impopularité ?

...

 — J’ai répondu comme il convient à cette thèse — déclare M. Clémendot. Elle est d’autant plus surprenante que la signataire de ces lignes est un professeur, une agrégée de philosophie, M.lle Simone Weill. Elle n’est pas communiste, mais trotskyste et « oppositionnelle ».

Publiquement, je lui ai répondu que le patriotisme comme le catholicisme, comme toutes les mystiques, a produit, depuis l’antiquité grecque jusqu’à nos jours, d’incontestables œuvres d’art. Le patriotisme que j’ai enseigné pendant cinquante ans, et qu’enseignent tous mes collègues ne s’inspire d’aucune vantardise nationale, d’aucun rabaissement systématique de l’étranger, d’aucune idolâtrie de la gloire militaire. Loin de s’opposer à l’internationalisme humanitaire, il en est inséparable. N’est-ce pas celui-là — ai-je demandé à M.lle Simone Weil — qui est enseigné dans la Russie de Lénine et de Trotsky ? Ne fait-il pas partie de la mystique de l’U.R.S.S., qui entretient une puissante armée et maintient, pour tous les citoyens, l’obligation du service militaire ?

Parlant au nom des quatre-vingt mille instituteurs adhérents au Syndicat national, M. Georges Lapierre, qui est à la fois secrétaire adjoint du Syndicat national des Instituteurs, français, rédacteur en chef de son organe hebdomadaire L’Ecole Libératrice, et secrétaire général adjoint de la Fédération Internationale des Instituteurs, retrace, avec foi et précision, la position des instituteurs français depuis la fondation de l’école laïque jusqu’à l’an 1934, à l’égard de la mystique nationale :

L'Humanité: journal socialiste quotidien, Parti communiste français. 24 de julio de 1934

Le syndicat du Loiret se prononce contre le rapport moral.

Le 19 juillet, le syndicat unitaire du Loiret tenait une assemblée générale à Montargís. Le bureau fédéral avait délégué de Paris le troskyste Collinét et Simone Weil. 

La République sociale: organe du Parti socialiste du Midi, 5 de noviembre de 1936

Faut-il graisser les godillots ?

On commençait à s accoutumer à entendre certains de nos camarades chanter la « Marseillaise » ; mais depuis la guerre d’Espagne, c’est de tous côtés qu’on entend des paroles qui nous rajeunissent, hélas ! de vingt-deux ans. Il paraîtrait que cette fois-ci, on mettrait sac au dos pour le droit, la liberté et la civilisation, sans compter que ce serait, bien en tendu, la dernière des guerres.

Il est question aussi de détruire le militarisme allemand, et de défendre la démocratie aux côtés d’une Russie dont le moins qu’on puisse dire est qu’elle n’est pas un Etat démocratique. A croire qu’on a inventé la machine a parcourir le temps...

Seulement, cette fois-ci il y a l’Espagne, il y a une guerre civile. Il ne s’agit plus pour certains camarades de transformer la guerre internationale en guerre civile, mais la guerre civile en guerre internationale. On entend même parler de « guerre civile internationale ». Il paraît qu’en s’efforçant d’éviter cet élargissement de la guerre, on fait preuve d'une honteuse lâcheté. Une revue qui se réclame de Marx a pu parler de la « politique de la fesse tendue ».

De quoi s’agit-:. ? De se prouver à soi-même qu’on n’est pas un lâche ? Camarades, on engage pour l’Espagne. La place est libre. On vous trouvera bien quelques fusils là-bas... Ou de défendre un idéal ? Alors, camarades, posez-vous cette question : est-ce qu’aucune guerre peut amener dans le monde plus de justice, plus de liberté, plus de bien-être? L’expérience a-t-elle été faite, ou non ? Chaque génération va-t-elle la recommencer ? Combien de fois ?

Mais, dira-t-on, il n'est pas question de faire la guerre. Qu’on parle ferme, et les puissances fascistes reculeront.

Singulier manque de logique !

Le fascisme, dit - on, c'est la guerre. Qu’est-ce à dire, sinon que les Etats fascisies ne reculent pas devant les désastres indicibles que provoquerait une guerre ? Au lieu que nous, nous reculons.

Oui, nous reculons et nous reculerons devant la guerre. Non pas parce que nous sommes des lâches. Encore une fois, libre à tous ceux qui craignent de passer pour lâches à leurs propres yeux d’aller se faire tuer en Espagne. S’ils allaient sur le front d’Aragon, par exemple, ils y rencontreraient peut-être, le fusil à la main, quelques Français pacifistes et qui sont restés pacifistes.

Il ne s agit pas de courage ou de lâcheté, il s’agit de peser ses responsabilités et de ne pas prendre celle d’un désastre auquel rien ne saurait se comparer.

Il faut en prendre son parti.

Entre un gouvernement qui ne recule pas devant la guerre et un gouvernement qui recule devant elle, le second sera ordinairement désavantagé dans les négociations internationales. Il faut choisir entre le prestige et la paix. Et qu’on se réclame de la patrie, de la démocratie ou de la révolution, la politique de prestige, c’est la guerre. Alors ?

Alors il serait temps de se décider : ou fleurir la tombe de Poincaré, ou cesser de nous exhorter à faire les matamores. Et si le malheur des temps veut que la guerre civile devienne aujourd’hui une guerre comme une autre, et presque inévitablement liée à la guerre internationale, on n’en peut tirer qu’une conclusion : éviter aussi la guerre civile.

Nous sommes quelques - uns qui jamais, en aucun cas, n’iront fleurir la tombe de Poincaré.

S. WEIL,

de la Section de Bourges.

¿Hay que engrasar las botas claveteadas?

Empezábamos a acostumbrarnos a oír a algunos de nuestros camaradas cantar la «Marsellesa»; pero desde la guerra de España, es por todas partes donde se oyen palabras que nos retrotraen, ¡ay!, veintidós años. Al parecer, esta vez se cargaría el morral por el derecho, la libertad y la civilización, sin contar que sería, por supuesto, la última de las guerras.

También se trata de destruir el militarismo alemán y de defender la democracia al lado de una Rusia de la que lo menos que se puede decir es que no es un Estado democrático. Como para creer que han inventado la máquina de viajar en el tiempo...

Sin embargo, esta vez está España, hay una guerra civil. Ya no se trata para algunos camaradas de transformar la guerra internacional en guerra civil, sino la guerra civil en guerra internacional. Incluso se oye hablar de «guerra civil internacional». Parece que al esforzarse por evitar esta ampliación de la guerra, se da prueba de una vergonzosa cobardía. Una revista que se reclama de Marx ha podido hablar de la «política de las nalgas tensas».

¿De qué se trata? ¿De demostrarse a uno mismo que no se es un cobarde? Camaradas, se alista gente para España. Hay plazas libres. Seguro que les encontrarán algunos fusiles allá... ¿O de defender un ideal? Entonces, camaradas, háganse esta pregunta: ¿puede alguna guerra traer al mundo más justicia, más libertad, más bienestar? ¿Se ha hecho la experiencia o no? ¿Cada generación va a repetirla? ¿Cuántas veces?

Pero, se dirá, no se trata de hacer la guerra. Que se hable firme, y las potencias fascistas retrocederán.

¡Singular falta de lógica!

El fascismo, se dice, es la guerra. ¿Qué significa esto, sino que los Estados fascistas no retroceden ante los desastres indecibles que provocaría una guerra? En cambio nosotros, retrocedemos.

Sí, retrocedemos y retrocederemos ante la guerra. No porque seamos cobardes. Una vez más, libre es todo aquel que tema pasar por cobarde a sus propios ojos de ir a hacerse matar en España. Si fueran al frente de Aragón, por ejemplo, quizás encontrarían allí, con el fusil en la mano, a algunos franceses pacifistas y que han seguido siendo pacifistas.

No se trata de valor o de cobardía, se trata de sopesar las responsabilidades y de no asumir la de un desastre con el que nada podría compararse.

Hay que resignarse a ello.

Entre un gobierno que no retrocede ante la guerra y un gobierno que retrocede ante ella, el segundo estará ordinariamente en desventaja en las negociaciones internacionales. Hay que elegir entre el prestigio y la paz. Y que uno se reclame de la patria, de la democracia o de la revolución, la política de prestigio es la guerra. ¿Entonces?

Entonces ya sería hora de decidirse: o florecer la tumba de Poincaré, o dejar de exhortarnos a hacer de matamores. Y si la desgracia de los tiempos quiere que la guerra civil se convierta hoy en una guerra como cualquier otra, y casi inevitablemente ligada a la guerra internacional, solo se puede sacar una conclusión: evitar también la guerra civil.

Somos algunos que jamás, en ningún caso, iremos a florecer la tumba de Poincaré.

S. WEIL,

de la Sección de Bourges.

L'Éveil des peuples, 1 de mayo de 1938

GROUPEMENTS PACIFISTES

Les jeunes et l’avenir de la civilisation européenne

On nous prie d’insérer:

La grande faiblesse du mouvement pacifiste reste son incapacité à élaborer des méthodes nouvelles pouvant être substituées aux méthodes de violence et de guerre auxquelles les hommes ont recours pour défendre les Valeurs Humaines essentielles. C’est à combler cette grave lacune que le mouvement pacifiste se doit d’être attentif.

Dans cet esprit, une grande rencontre internationale est organisée cet été, Château du Montcel, Jouy-en-Josas (près de Paris) rencontre qui réunira certaines personnalités des plus marquantes parmi celles du mouvement pacifiste. Du 16 au 29 Août, un cours suivi d’entretiens et de débats (simultanément en anglais et en français) traitera de certains aspects du problème de la guerre.

La grande pédagogue Maria Montessori est chargée de l’étude des problèmes concernant l’éducation et la pédagogie ; Simone Weil traitera du rôle actuel de la guerre dans l’évolution de la vie politique et sociale ; Wilfred Wellock s’emploiera à élaborer ce qui peut être substitué aux méthodes de guerre pour le réglement des conflits actuels.

D’autres, tels que le grand philosophe hindou Har Dayal, le pacifiste néerlandais Barthélemy de Ligt, seront chargés d’étudier d’autres problèmes, en rapport avec les préoccupations actuelles. «Chaque jour, un cours d’une heure sera donné et qui fournira occasion à de nombreuses discussions et échanges de vues.

Le Courrier de l'étudiant aux armées: organe du Comité supérieur des oeuvres sociales en faveur des étudiants et de l'Union nationale des étudiants de France, 16 de enero de 1940

[...] Certes, Hitler apparaît comme beaucoup moins redoutable à ses voisins que Rome. C’est heureux, sans quoi nous serions perdus, c’est-à-dire que notre pays serait écrasé, avec d’autres, sous une pax germanica dont nos descendants, dans deux mille ans, célébreraient éperdûment les bienfaits. La principale cause de faiblesse d’Hitler est qu’il a appliqué les procédés qui ont infailliblement réussi à Rome après la victoire de Zama, alors que lui n’a pas vaincu Carthage, c’est-à-dire l’Angleterre ; ainsi ces procédés peuvent le perdre au lieu de le porter à la domination suprême. En tout cas, tout ce qui nous indique et aussi tout ce qui nous frappe d’étonnement dans ses procédés lui est commun avec Rome. Ni l’objet de la politique, à savoir imposer aux peuples la paix au moyen de la servitude, et les soumettre par contrainte à une forme d’organisation et de civilisation prétendue supérieure, ni les méthodes de la politique ne diffèrent. Ce qu’Hitler a ajouté de proprement germanique aux traditions romaines n’est que pure littérature et mythologie fabriquée de toutes pièces. Nous serions singulièrement dupes, plus dupes encore que les jeunes hitlériens, en prenant au sérieux, si peu que ce soit, le culte de Wotan, le romantisme néo-wagnérien, la religion du sang et de la terre, et en croyant que le racisme est autre chose qu’un nom un peu plus romantique du nationalisme. — Simone Weil.

[...] Ciertamente, Hitler aparece como mucho menos temible para sus vecinos de lo que lo fue Roma. Es afortunado, sin lo cual estaríamos perdidos, es decir, que nuestro país sería aplastado, junto con otros, bajo una pax germanica cuyos beneficios celebrarían desenfrenadamente nuestros descendientes dentro de dos mil años. La principal causa de debilidad de Hitler es que ha aplicado los procedimientos que infaliblemente dieron resultado a Roma tras la victoria de Zama, mientras que él no ha vencido a Cartago, es decir, a Inglaterra; por lo tanto, estos procedimientos pueden perderlo en lugar de llevarlo a la dominación suprema. En cualquier caso, todo lo que nos indica y también todo lo que nos asombra en sus procedimientos le es común con Roma. Ni el objetivo de la política, a saber, imponer a los pueblos la paz por medio de la servidumbre y someterlos por coacción a una forma de organización y civilización pretendidamente superior, ni los métodos de la política difieren. Lo que Hitler ha añadido de propiamente germánico a las tradiciones romanas no es más que pura literatura y mitología inventada de la nada. Seríamos singularmente crédulos, más crédulos aún que los jóvenes hitlerianos, si tomáramos en serio, aunque sea un poco, el culto a Wotan, el romanticismo neowagneriano, la religión de la sangre y la tierra, y si creyéramos que el racismo es algo más que un nombre un poco más romántico del nacionalismo. — Simone Weil.

Solidaridad Obrera: A.I.T. Órgano del movimiento libertario español en Francia: Año VII Número 240 - 1949 octubre 1

UN ENSAYO DE ROBERT LOUZON 

(2) Para ciertos seres, pero muy raros, hay que hacer intervenir también la vanidad. Quien ha conocido, por poco que sea, estos tres convertidos de marca : Maritain, Péguy, Simone Weil antes de su conversión, cuando rayaban las lindes del anarquismo, no puede menos de haberse sorprendido por su extraordinaria vanidad. Una vanidad verdaderamente exacerbada, en virtud de la cual no les era suficiente el ser los primeros en todos los lugares, necesitaban estar antes del primero, hacer cosas que nadie hiciera, singularizarse por todos los medios, sea por una prenda de piel, de zapatos claveteados o actos de bravura. Ahora bien, llegada a cierto grado, la vanidad no puede satisfacerse del simple racional, pues la razón nos es necesariamente común con otro. Sólo la « comunicación con Dios », cosa que, evidentemente, no está al alcance de todo el mundo, permite no estar más al nivel de todo el mundo.

Este trabajo ha sido traducido de la revista sindicalista revolucionaria « La revolution Proletarienne », número 29 de agosto 1949. Paris.

Paris.

Solidaridad Obrera: A.I.T. Órgano del movimiento libertario español en Francia: Año VIII Número 341 - 1951 septiembre 8

EL LIBRO y la crítica l'Enracinement 

SIMONE WEIL, militante sindicalista que combatió en España en las filas de la CNT-FAI, viene a ser, después de su muerte, una autora de moda y un personaje de leyenda que la Iglesia católica y la reacción han querido utilizar. Sin embargo, A. Patri analiza la posición de nuestra compañera en lo concerniente al problema social, posición que debe interesar a todos los libertarios. 

Simone Weil escribía, durante la guerra, en Londres y bajo las condiciones y los temas de propaganda idénticos, están disimulados dos concepciones completamente opuestas. Una de ellas consiste en transformar la sociedad de tal modo que los obreros puedan echar raíces; la otra consiste en extender a toda la sociedad el desarraigamiento que se ha impuesto a los obreros. No hay que decir, ni siquiera pensar, que la segunda operación pueda ser jamás un preludio de la primera: eso es falso, son dos direcciones opuestas sin ninguna posibilidad de reunión.

El problema está admirablemente planteado, y en términos que deberían bastar para resolver el caso de conciencia de quienes dudan y no se deciden a aislarse del stalinismo, por no querer — como ellos dicen — separarse de la clase trabajadora. Y por otro lado, a los que pudiera emocionar la resonancia tal vez barresiana del término, convendría señalarles que el desarraigamiento de que habla Simone Weil no es otra cosa, en último análisis, que lo que Marx designaba con el nombre de enajenación en sus escritos de juventud. Más con una experiencia directa del trabajo enajenado, S. Weil tenía su manera de interpretar el « marxismo », que difiere considerablemente de la de los « marxistas ». Sin dejar de pensar clara y distintamente con arreglo a las pruebas a que ella misma se sometía — ya viviendo la existencia de una obrera de fábrica, ya la de una muchacha del campo — ha entendido disociar « esa mezcla de ideas confusas y más o menos falsas que se conocen con el nombre de marxismo », lo que debía, en efecto, ser disociado para llegar a encontrar el fondo de la verdad.

¿ Qué ha de comprenderse, pues, por la expresión : « No romper con la clase obrera », leit-motiv de tantos intelectuales en busca de colocación ? ¿ Se trata acaso de trabajar, por el acontecimiento universal de esta proletarización que propaga el comunismo — y que le propaga a su vez —, es decir, de renegar definitivamente de toda independencia material y toda independencia espiritual para someterse a la voluntad de un Estado-patrón ? ¿ Se trata de inclinarse ante esta divinidad todopoderosa que es la Historia bajo el pretexto vano de adaptarse a su marcha, que tan sólo se produce por nuestro abandono ? ¿ O no se trata, más bien, de emplearse resueltamente contra esa pretendida Marcha de la Historia, luchando por la abolición de condición inhumana, la del ser privado de raíces y sometido a una potencia exterior ? « El proletario » es para nosotros ese elemento contagioso cuyo mal amenaza extenderse a la universalidad del género humano, incluso cuando él mismo parece salvar en condiciones precarias a cierto número de « privilegiados ». El equívoco capital de lo que se llama « marxismo » — Simone Weil tiene el mérito de haber sido de los primeros que lo reconocieron claramente — consiste en hacer creer que empleándose ciegamente en el primero de los caminos apuntados — desposesión, enajenación universales — se acabaría por recibir, a título gratuito, el bienestar que permite esperar el segundo. Para el marxista, del exceso del mal debe salir automáticamente el bien ; y, para justificar tal teoría recurre a una misteriosa « dialéctica », que en el fondo constituye una negativa a pensar por cuenta propia. Inútil sería — responde Simone Weil — desviarse del pasado para no pensar más que en el porvenir. Y añade : Es más peligroso creer que hay en eso mismo una posibilidad. La oposición entre el porvenir y el pasado es absurda. El porvenir no nos trae nada, no nos da nada ; somos nosotros quienes, para construirlo, debemos darle todo, nuestra vida incluso. (Pág. 52.)

En estas condiciones, los que no quieren renegar de su esperanza revolucionaria no deben temer el pasar en algunos casos por « conservadores ». Hoy — decía aun Simone Weil — la conservación de lo poco que nos queda casi debería convertirse en una idea fija. Estas líneas fueron escritas bajo la inspiración de una « resistencia » de la que, parece ser, ningún « revolucionario », tiene que enrojecerse. Que el fantasma de la marcha de la Historia se llame Hitler o que se llame Stalin, tanto monta : la amenaza es idéntica. Y debía desearse fuera particularmente meditada por quienes — como el filósofo Jean Lacroix en un número reciente (el 78) de Esprit — lleguen « sin ironía », en la conclusión de sus brillantes especulaciones, a la triple identificación del padre de los pueblos con el proletariado universal, el porvenir mundial y la verdad científico-filosófica. 

Simone Weil ha mostrado por su propio ejemplo que la corriente idólatra del totalitarismo no puede encontrar otro obstáculo que el de una vida espiritual auténtica. (Pág. 831.) Ella lo sacrificó todo por una vocación de militante jamás desmentida, lo sacrificó todo excepto la lucidez de su espíritu crítico. Y muchos intelectuales, que tienen una manera inconcebible de conducirse, no siendo capaces de abandonar un átomo de las condiciones materiales de su existencia, han admitido que el primero y sólo sacrificio que deben hacer al Proletariado es, a cambio de una fe, el de su inteligencia.

¿ Cuál es la lección de Simone Weil en el terreno social ? ¿ A qué conclusiones positivas conduce el examen crítico que hace del « marxismo » con un espíritu alejado precisamente del tenebroso misticismo de la Historia ? En primer lugar descubre una clara visión del objeto que le ocupa : Una mujer feliz, encinta por primera vez, que cose la ropita del niño por primera vez, piensa convenientemente en el cosido, pero no olvida un instante al hijo que va a nacer. En la misma ocasión, en una cárcel, una condenada cose y piensa también en hacerlo de manera conveniente, porque teme ser castigada. Podría decirse que las dos mujeres hacen en el mismo instante igual trabajo y tienen la atención ocupada en dificultades técnicas. Pero hay de todas formas un abismo de diferencia entre uno y otro trabajo. Todo el problema social consiste en hacer pasar a los trabajadores de una u otra de las situaciones apuntadas. (Pág. 86.) Y tal objeto, siempre y cuando no se le confunda con otro cualquiera, reclamaría el empleo de los medios adecuados.

Recuerdo haber oído decir, hace tiempo, a Simone Weil que las palabras más profundas de Marx son las que denuncian « la degradante división del trabajo intelectual y del trabajo manual ». La separación del cerebro que ordena del brazo que obedece no es solamente la fuente del antagonismo social, sino que implica una doble enajenación. Y no cabe creer, por consiguiente, que la transferencia jurídica de los medios de producción a la colectividad administrada por el Estado, fuera suficiente para resolver el problema. Una dirección centralizada, una economía planificada desde arriba, amenazaría, al contrario, reproducir en una escala ampliada el mal que se trata de combatir.

Por otra parte, es inútil creer que se pueda comunicar a las « masas », sino es por el procedimiento degradante de la vulgarización, una cultura que actualmente puede llamarse de especialistas y está privada de significación universal. Simone Weil no pensaba ser infiel al materialismo histórico — como ella lo comprendía en el plan propiamente sociológico y distinguiéndolo cuidadosamente del llamado materialismo « dialéctico » — estimando que una verdadera revolución social, capaz de abolir la condición proletaria, implica un cambio profundo de las bases culturales y técnicas de la sociedad actual, cambio que no se resuelve con simples modificaciones político-jurídicas de superficie.

Se necesitaría, pues, de un lado que una efectiva cultura de significación humana y universal, es decir, al alcance de todos, se colocara por encima del caos especialista en que se encuentra varado el espíritu moderno. Y se necesitaría, de otro lado, que el herramental técnico no fuera exclusivamente destinado al servicio de la producción y del consumo, sino que se tome en consideración primero, y de forma imperativa, su adaptación a las necesidades intelectuales y morales del obrero en tanto que ser autónomo, capaz de encontrar en el medio natural de su trabajo las condiciones esenciales de su propio desarrollo.

Las soluciones de detalle que preconiza Simone Weil en L'Enracinement pueden parecer inocentes o utópicas. Sin embargo no es menos cierto que en la dirección indicada por ella debe orientar sus especulaciones, para hacerlas eficaces, quienes se toman el trabajo de pensar. Ese es el camino, y no el de perseguir los sueños de potencia que sitúan de nuevo a las masas humanas en la simple condición de instrumentos. Y no se trata, en fin, de esperar la salvación por el Proletariado, sino más bien de salvarlo a él mismo, antes que arrastre al mundo a su propia pérdida.

(1) Librería Gallimard, Paris, 1950.

La Rioja, :2 de diciembre de 1951

¿Simone Weil al índice?
La Iglesia francesa está dispuesta a cortar el paso al modernismo en la política, en la moral, en la ciencia y en el arte, conforme a los deseos de Pío XII
«Crónica especial para nuestro periódico»

Jornada, 9 de junio de 1952

Para hacer amar el trabajo

Por ANDRE MAUROIS (De la Academia Francesa)

Se ha escrito mucho sobre Simone Weil, la joven intelectual, profundamente religiosa, que quiso conocer por experiencia personal la situación obrera, y, siendo profesora auxiliar de Filosofía, se contrató para trabajar en una fábrica de la mañana a la noche durante varios meses. El modo como su esfuerzo hacía la santidad la condujo a una muerte prematura, es una historia admirable; pero hoy sólo quisiera hablar de las lecciones, tan útiles para todos, que ella sacó de su experiencia. Oímos afirmar cada día, con razón, que Francia tiene necesidad de una "productividad" acrecentada; es decir, de una relación más elevada entre el esfuerzo y el resultado. Simone Weil nos muestra en un libro póstumo cómo hay que curar la repugnancia al trabajo.

...

La Cinématographie française, 21 de febrero de 1953 

MORAVIA salue ROSSELLINI

"Europe 51" porte à l'écran des questions habituellement bannies, écrit le romancier.

Dans le grand hebdomadaire italien Europeo, le romancier Alberto Moravia publie une longue étude sur le dernier film de Roberto Rossellini: Europe 51.

Il évoque à ce sujet la grande figure malconnue de Simone Weil: « Simone Weil, docteur en philosophie et en mathématiques, polyglotte, philologue, femme de lettres et essayiste en matière politique, sociale et religieuse, personnifia à la perfection cette position de troisième force ou européenne à laquelle Rossellini semble vouloir faire allusion avec le titre ambitieux de son film. Simone Weil, en fait, vécut plus ou moins les mêmes expériences que l’héroïne Irène vit dans le film : elle s’est penchée vers les communistes pour déclarer ensuite: « La révolution est l’opium du peuple » ; elle avait, israélite, accepté le christianisme mais n’avait jamais voulu se plier à la pratique catholique ; pour vivre la condition ouvrière, elle était devenue ouvrière elle-même aux Usines Renault et en tira la conclusion, comme Irène, « que le travail moderne est une malédiction qu’aucune révolutioin ne pourra jamais alléger ni modifier ».

Après un long parallèle entre la vie réelle de Simone Weil et l’affabulation d’Europe 51, Moravia conclut en saluant le film qui a « la grande qualité d’avoir porté à l’écran des questions qui en sont habituellement bannies : en ce sens, ce film est stimulant. Il faut rendre hommage à Rossellini pour son courage et son impétuosité. Mais il est surclassé par l’interprétation d’Ingrid Bergman qui démontre qu’elle a cru et qu’elle s’est passionnée, identifiée à son très difficile et ingrat personnage. Cette extraordinaire actrice n’avait sans doute jamais encore donné d’une manière aussi saisissante, vibrante et communicative la mesure de son talent ».

CNT: Órgano Oficial del Comité Nacional del M.L.E. en Francia: Época II Número 636 - 1957 julio 7

LA LIBERTAD COMO TEMA 

(Viene de la página 1)

Sin duda alguna su método y sus conclusiones difieren de los casi todos los sociólogos contemporáneos por el tono pesimista que los distingue. Pero se trata de un pesimismo seguro de sí mismo, es decir, que se sostiene por su absoluta lucidez. La autora lo dice mejor: «Si queremos atravesar virilmente esta época sombría, tenemos que abstenernos, como el Ajax de Sófocles, de alimentarnos con esperanzas vacías». Esperando poco, seguramente, de nuestra época, elaboró Simone Weil sus ensayos críticos sobre los tópicos más candentes entonces y ahora. Es curioso notar que, casi todas las reflexiones que se insertan en este volumen, están firmadas antes de la segunda guerra mundial. Sólo los últimos fragmentos pertenecen a los años mismos de la guerra. Sin embargo ya entonces ocupaban el centro de las meditaciones de la autora los problemas de la libertad y de la opresión, exactamente como en este momento siguen siendo la preocupación vital de otros pensadores que observan con inquietud las derivaciones peligrosas de la sociedad capitalista.

Baleares: órgano de Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S.: Año XIX Número 5372 - 1957 julio 18

El Movimiento Nacional y la Iglesia en España

... 

Simone Weil —revelación espléndida del espíritu en nuestros tiempos— que, movida a compasión por la sangre derramada en nuestra Patria, vino a España para asistir de cerca, y desde el frente rojo, a la contienda y que presenció muchos crímenes y que estuvo a punto de asistir a la ejecución de un sacerdote, preguntándose —cuenta ella misma— «si iba a mirar simplemente o si, tratándo de impedir el fusilamiento, me haría fusilar yo también», declaró, al final, que los «trabajadores tienen más necesidad de poesía que de pan. Necesidad de que su vida sea una poesía... Pero solamente la religión puede ser la fuente de esta poesía. Pues no es la religión, sino la revolución, el opio del pueblo».

M. RAMIS ALONSO

CNT: Órgano Oficial del Comité Nacional del M.L.E. en Francia: Época II Número 675 - 1958 abril 6

EL OPIO DE LOS PUEBLOS 

LA frase famosa de Marx, según la cual «la religión es el opio de los pueblos», ha adquirido desde tiempo suma popularidad y es, en nuestros días, conocida por cuantos se interesan en los asuntos políticos, religiosos, filosóficos y sociales.

Incluso, a los franquistas, tan reservados en estas cosas, se les ha ocurrido ahora remedar la frasecita en cuestión, poniendo por tapadera a la conocida escritora Simone Weil, a la que hacen decir lo siguiente: «No es la religión, sino la revolución, el opio del pueblo».

Es posible que Simone Weil haya escrito eso. Pero, en tal caso, ¿no querría referirse a la «revolución nazi-onal sindicalista? Eso parece lo más lógico puesto que, como se recordará, esta popular escritora, de familia acomodada, abandonó el profesorado para integrarse al pueblo y compartir con él las privaciones y las penas que a éste le son peculiares. Más tarde, al poco de iniciarse nuestra guerra vino a España en donde permaneció combatiendo al fascismo y a los curas trabucaires que se habían levantado en armas contra el pueblo, hasta que, debido a un desgraciado accidente fortuito, hubo de abandonar el combate.

¿Cómo Simone Weil podía escribir la citada frase, en el sentido que le atribuyen los franquistas, si con su actitud demostró que no solamente era partidaria de la revolución — de la revolución verdadera — sino que al mismo tiempo era militante activa de la misma y combatiente de primera línea contra los representantes de esa religión que los franquistas ensalzan y veneran? Extraño, muy extraño nos parece todo eso. ...

El Español: semanario de la política y del espíritu: Año II Número 499, 22 de junio de 1958

SIMON WEIL, FELLINI Y FRANÇOISE SAGAN

No puedo por menos de pensar en Simone Weil y en Fellini. Quizás el recuerdo de sus obras y de su destino nos ayudará a dar una respuesta a la cuestión, la única, la de saber si la vida tiene un sentido. Que la campaña sollozante y aburrida de Françoise Sagan se tranquilice si dispone todavía de tiempo. La vida que ellos conocen no es toda la vida. El mal y la desgracia tienen una significación. En el fondo de la condición humana vivida, si no digo correctamente, si modesta y fraternalmente, minuto tras minuto, en la confianza, en la certidumbre de la filiación divina, es posible, sin duda, abocar a horizontes más benéficos, romper el círculo en el que de masiadas facilidades nos encierran, sin caer, sin embargo, en un fastidio espantoso, sin repetir las banalidades que algunas veces nos han apartado de Dios.

¡Simone Weil! ¿Cómo no evocar por un momento su historia y cómo no oponerla a Cecilia, Dominique y Josse? También ella fué una muchacha prodigio. Murió en Inglaterra, durante la última guerra mundial, a los 34 años y se puede decir que se dejó morir de hambre. Entonces era casi desconocida, lo que no impide que hoy tengan más de 400.000 lectores sus obras. Fue alumna de la Escuela Normal Superior, se mezcló en los movimientos anarquizantes, hizo sus primeras experiencias obreras en las fábricas de la región parisina y después de sus viajes a Portugal e Italia, comenzó a comprender lo que era el Cristianismo. Consagró toda su vida al estudio del problema religioso. Fué en Solesmes, en 1938, el Domingo de Ramos, cuando se encontró con Cristo. Más tarde debería escribir "Sólo Dios merece que se interese uno por El y nada más que de El". Había encontrado la respuesta. Claro es que, para encontrarla, hay que querer buscarla.

España Libre: Órgano en Francia de la Confederación Nacional del Trabajo de España (M.L.E.): Año XV Número 480 - 1959 mayo 17

Simone Weil, esa mujer extraordinaria, cuya inteligencia y sabiduría asombra a escritores excepcionales de diversas tendencias y escuelas. Políglota, conocía entre otros idiomas, el latín, el griego, el hebreo y el sánscrito. Fué discípula de Alain y de l'Ecole Normale Supérieure. Dejó al morir varios libros escritos, de gran valor social, moral y filosófico. Esos tesoros de inteligencia, de cultura y de esplendor espiritual, que constituían la personalidad de Simone Weil estuvieron en la España del 36 al servicio de la C.N.T. De una modestia asombrosa, rayana en la humildad, consideró que para servir una causa justa cualquier puesto es honroso y aceptó uno de ayudante en una cocina de campaña. Ya Sender nos la ha presentado vistiendo el mono y luciendo el brazalete con las tres letras simbólicas C.N.T.

La que ahora ya está consagrada como escritora de dimensión universal, siguió cocinando hasta que un día se le cayó una olla de agua hirviendo a los pies y, herida, regresó a Francia el 1937. Esta sin par mujer nació en París el 8 de febrero de 1909 y murió a los 34 años de edad.

Libertad: diario nacional-sindicalista: Año XXXIV Número 8391, 9 de septiembre de 1965

Las más ilustres personalidades del mundo filosófico actual se han dado cita en Córdoba

Declaraciones de don Adolfo Muñoz Alonso, presidente del Congreso Internacional de Filosofía

Están aquí, por ejemplo, el francés Aubenque, autor de uno de los libros más recientes e inteligentes sobre el inmortal moralista, dramaturgo y político hispanolatino; George Uscatescu, que acaba de dar a la estampa el magnífico libro "Séneca, nuestro contemporáneo"; Gustavo Thibon, famoso biógrafo de Simone Weil, intelectual luminoso pero no academicista; Boyancé, tan gran filósofo como escritor; Paratore, una de las personalidades filológicas más próceres de la Italia actual, y Von Rintelen, gran erudito alemán conocedor de Goethe.

Georges Bernanos Nació en el seno de una familia de ascendencia franco-española, pasó su juventud en Fressin, en Artois, una región del Paso de Calais que sirve de escenario para la mayoría de sus novelas. Estudió Derecho en el Instituto Católico de París. Sirvió en las trincheras durante la Primera Guerra Mundial (alcanzando el rango de brigadier al final de la guerra) y fue herido varias veces. Alcanzó el éxito con sus novelas Bajo el sol de Satán, en 1926, y Diario de un cura rural, en 1936. Miembro de Action Française en su juventud, Georges Bernanos rompió rápidamente con las ideas de este tipo de partido político, cuyas deficiencias no dudaría en denunciar públicamente.

Durante la Guerra Civil Española, presenció las atrocidades cometidas por los hombres de Francisco Franco, con el apoyo del clero local, contra la población civil; situación que se propuso denunciar en Cimetières sous la lune (1938). Una lesión en la pierna sufrida durante la Primera Guerra Mundial le impidió participar en la Segunda Guerra Mundial, como deseaba. Por lo tanto, se retiró a Brasil en 1938, donde apoyó activamente a De Gaulle contra Pétain. Sus dos hijos (Yves y Michel ) y su sobrino (Guy Hattu) se unieron a las Fuerzas Francesas Libres en 1940.

En Les Grands Cimetières sous la Lune condena con vehemencia las atrocidades cometidas en Mallorca por los nacionalistas españoles. Mallorca había sido asegurada para los rebeldes nacionalistas por Manuel Goded Llopis al comienzo de la Guerra Civil Española. Bernanos afirma que 3.000 personas fueron asesinadas por los nacionalistas y su libro contiene detalles espeluznantes de ejecuciones sumarias. «Cuando estalló la guerra, Bernanos llevaba más de un año viviendo en Palma de Mallorca, en circunstancias muy difíciles, y sufriendo las secuelas de un accidente de moto. Fue en Mallorca donde Bernanos presenció la guerra civil, o mejor dicho, dado que la isla cayó casi de inmediato en manos de los fascistas, presenció cómo el terrorismo se abría paso lentamente en esta pequeña comunidad de clase media y campesina». 

Simone Weil, Lettre à Georges Bernanos 1938,  in Œuvres, Quarto Gallimard

Monsieur,

Quelque ridicule qu'il y ait à écrire à un écrivain, qui est toujours, par la nature de son métier, inondé de lettres, je ne puis m'empêcher de le faire après avoir lu Les Grands Cimetières sous la lune. Non que ce soit la première fois qu'un livre de vous me touche, le Journal d'un curé de campagne est à mes yeux le plus beau, du moins de ceux que j'ai lus, et véritablement un grand livre. Mais si j'ai pu aimer d'autres de vos livres, je n'avais aucune raison de vous importuner en vous l'écrivant. Pour le dernier, c'est autre chose ; j'ai eu une expérience qui répond à la vôtre, quoique bien plus brève, moins profonde, située ailleurs et éprouvée, en apparence - en apparence seulement -, dans un tout autre esprit.

Je ne suis pas catholique, bien que, - ce que je vais dire doit sans doute sembler présomptueux à tout catholique, de la part d'un non-catholique, mais je ne puis m'exprimer autrement - bien que rien de catholique, rien de chrétien ne m'ait jamais paru étranger. Je me suis dit parfois que si seulement on affichait aux portes des églises que l'entrée est interdite à quiconque jouit d'un revenu supérieur à telle ou telle somme, peu élevée, je me convertirais aussitôt. Depuis l'enfance, mes sympathies se sont tournées vers les groupements qui se réclamaient des couches méprisées de la hiérarchie sociale, jusqu'à ce que j'aie pris conscience que ces groupements sont de nature à décourager toutes les sympathies. Le dernier qui m'ait inspiré quelque confiance, c'était la CNT espagnole. J'avais un peu voyagé en Espagne - assez peu - avant la guerre civile, mais assez pour ressentir l'amour qu'il est difficile de ne pas éprouver envers ce peuple ; j'avais vu dans le mouvement anarchiste l'expression naturelle de ses grandeurs et de ses tares, de ses aspirations les plus et les moins légitimes. La CNT, la FAI étaient un mélange étonnant, où on admettait n'importe qui, et où, par suite, se coudoyaient l'immoralité, le cynisme, le fanatisme, la cruauté, mais aussi l'amour, l'esprit de fraternité, et surtout la revendication de l'honneur si belle chez les hommes humiliés ; il me semblait que ceux qui venaient là animés par un idéal l'emportaient sur ceux que poussait le goût de la violence et du désordre. En juillet 1936, j'étais à Paris. Je n'aime pas la guerre ; mais ce qui m'a toujours fait le plus horreur dans la guerre, c'est la situation de ceux qui se trouvent à l'arrière. Quand j'ai compris que, malgré mes efforts, je ne pouvais m'empêcher de participer moralement à cette guerre, c'est à dire de souhaiter tous les jours, toutes les heures, la victoire des uns, la défaite des autres, je me suis dit que Paris était pour moi l'arrière, et j'ai pris le train pour Barcelone dans l'intention de m'engager. C'était au début d'août 1936.

Un accident m'a fait abréger par force mon séjour en Espagne. J'ai été quelques jours à Barcelone ; puis en pleine campagne aragonaise, au bord de l'Ebre, à une quinzaine de kilomètres de Saragosse, à l'endroit même où récemment les troupes de Yagüe ont passé l'Ebre ; puis dans le palace de Sitgès transformé en hôpital ; puis de nouveau à Barcelone ; en tout à peu près deux mois. J'ai quitté l'Espagne malgré moi et avec l'intention d'y retourner : par la suite, c'est volontairement que je n'en ai rien fait. Je ne sentais plus aucune nécessité intérieure de participer à une guerre qui n'était plus, comme elle m'avait paru être au début, une guerre de paysans affamés contre les propriétaires terriens et un clergé complice des propriétaires, mais une guerre entre la Russie, l'Allemagne et l'Italie.

J'ai reconnu cette odeur de guerre civile, de sang et de terreur que dégage votre livre ; je l'avais respirée. Je n'ai rien vu ni entendu, je dois le dire, qui atteigne tout à fait l'ignominie de certaines des histoires que vous racontez, ces meurtres de vieux paysans, ces « ballilas » faisant courir des vieillards à coups de matraques. Ce que j'ai entendu suffisait pourtant. J'ai failli assister à l'exécution d'un prêtre ; pendant les minutes d'attente, je me demandais si j'allais regarder simplement, ou me faire fusiller moi-même en essayant d'intervenir ; je ne sais pas encore ce que j'aurais fait si un hasard heureux n'avait empêcher l'exécution.

Combien d'histoires se pressent sous ma plume... Mais ce serait trop long ; à quoi bon? Une seule suffira. J'étais à Sitgès quand sont revenus, vainqueurs, les miliciens de l'expédition de Majorque. Ils avaient été décimés. Sur quarante jeunes garçons partis de Sitgès, neuf étaient morts. On ne le sut qu'au retour des trentes et un autres. La nuit même qui suivit, on fit neuf expéditions punitives, on tua neuf fascistes ou soi-disant tels, dans cette petite ville où, en juillet, il ne s'était rien passé. Parmi ces neuf, un boulanger d'une trentaine d'années, dont le crime était, m'a-t-on dit, d'avoir appartenu à la milice des « somaten » ; son vieux père, dont il était le seul enfant et le seul soutien, devint fou. Une autre encore : en Aragon, un petit groupe international de vingt-deux miliciens de tous pays prit, après un léger engagement, un jeune garçon de quinze ans, qui combattait comme phalangiste. Aussitôt pris, tout tremblant d'avoir vu tuer ses camarades à ses côtés, il dit qu'on l'avait enrôlé de force. On le fouilla, on trouva sur lui une médaille de la Vierge et une carte de phalangiste ; on l'envoya à Durruti, chef de la colonne, qui, après lui avoir exposé pendant une heure les beautés de l'idéal anarchiste, lui donna le choix entre mourir et s'enrôler immédiatement dans les rangs de ceux qui l'avaient fait prisonnier, contre ses camarades de la veille. Durruti donna à l'enfant vingt-quatre heures de réflexion ; au bout de vingt-quatre heures, l'enfant dit non et fut fusillé. Durruti était pourtant à certains égards un homme admirable. La mort de ce petit héros n'a jamais cessé de me peser sur la conscience, bien que je ne l'aie apprise qu'après coup. Ceci encore : dans un village que rouges et blancs avaient pris, perdu, repris, reperdu je ne sais combien de fois, les miliciens rouges, l'ayant repris définitivement, trouvèrent dans les caves une poignée d'êtres hagards, terrifiés et affamés, parmi lesquels trois ou quatre jeunes hommes. Ils raisonnèrent ainsi : si ces jeunes hommes, au lieu d'aller avec nous la dernière fois que nous nous sommes retirés, sont restés et ont attendu les fascistes, c'est qu'ils sont fascistes. Ils les fusillèrent donc immédiatement, puis donnèrent à manger aux autres et se crurent très humains. Une dernière histoire, celle-ci de l'arrière : deux anarchistes me racontèrent une fois comment, avec des camarades, ils avaient pris deux prêtres ; on tua l'un sur place, en présence de l'autre, d'un coup de revolver, puis, on dit à l'autre qu'il pouvait s'en aller. Quand il fut à vingt pas, on l'abattit. Celui qui me racontait l'histoire était très étonné de ne pas me voir rire.

A Barcelone, on tuait en moyenne, sous forme d'expéditions punitives, une cinquantaine d'hommes par nuit. C'était proportionnellement beaucoup moins qu'à Majorque, puisque Barcelone est une ville de près d'un million d'habitants ; d'ailleurs il s'y était déroulé pendant trois jours une bataille de rues meurtrière. Mais les chiffres ne sont peut-être pas l'essentiel en pareille matière. L'essentiel, c'est l'attitude à l'égard du meurtre. Je n'ai jamais vu, ni parmi les Espagnols, ni même parmi les Français venus soit pour se battre, soit pour se promener - ces derniers le plus souvent des intellectuels ternes et inoffensifs - je n'ai jamais vu personne exprimer même dans l'intimité de la répulsion, du dégoût ou seulement de la désapprobation à l'égard du sang inutilement versé. Vous parlez de la peur. Oui, la peur a eu une part dans ces tueries ; mais là où j'étais, je ne lui ai pas vu la part que vous lui attribuez. Des hommes apparemment courageux - il en est un au moins dont j'ai de mes yeux constaté le courage - au milieu d'un repas plein de camaraderie, racontaient avec un bon sourire fraternel combien ils avaient tué de prêtres ou de « fascistes » - terme très large. J'ai eu le sentiment, pour moi, que lorsque les autorités temporelles et spirituelles ont mis une catégorie d'êtres humains en dehors de ceux dont la vie a un prix, il n'est rien de plus naturel à l'homme que de tuer. Quand on sait qu'il est possible de tuer sans risquer ni châtiment ni blâme, on tue ; ou du moins on entoure de sourires encourageants ceux qui tuent. Si par hasard on éprouve d'abord un peu de dégoût, on le tait et bientôt on l'étouffe de peur de paraître manquer de virilité. Il y a là un entraînement, une ivresse à laquelle il est impossible de résister sans une force d'âme qu'il me faut bien croire exceptionnelle, puisque je ne l'ai rencontré nulle part. J'ai rencontré en revanche des Français paisibles, que jusque-là je ne méprisais pas, qui n'auraient pas eu l'idée d'aller eux-même tuer, mais qui baignaient dans cette atmosphère imprégnée de sang avec un visible plaisir. Pour ceux-là je ne pourrai jamais avoir à l'avenir aucune estime.

Une telle atmosphère efface aussitôt le but même de la lutte. Car on ne peut formuler le but qu'en le ramenant au bien public, au bien des hommes - et les hommes sont de nulle valeur. Dans un pays où les pauvres sont, en très grande majorité, des paysans, le mieux-être des paysans doit être un but essentiel pour tout groupement d'extrême gauche ; et cette guerre fut peut-être avant tout, au début, une guerre pour et contre le partage des terres. Eh bien, ces misérables et magnifiques paysans d'Aragon, restés si fiers sous les humiliations, n'étaient même pas pour les miliciens un objet de curiosité. Sans insolences, sans injures, sans brutalité - du moins je n'ai rien vu de tel, et je sais que vol et viol, dans les colonnes anarchistes, étaient passibles de la peine de mort - un abîme séparait les hommes armés de la population désarmée, un abîme tout à fait semblable à celui qui sépare les pauvres et les riches. Cela se sentait à l'attitude toujours un peu humble, soumise, craintive des uns, à l'aisance, la désinvolture, la condescendance des autres.

On part en volontaire, avec des idées de sacrifice, et on tombe dans une guerre qui ressemble à une guerre de mercenaires, avec beaucoup de cruautés en plus et le sens des égards dus à l'ennemi en moins. Je pourrais prolonger indéfiniment de telles réflexions, mais il faut se limiter. Depuis que j'ai été en Espagne, que j'entends, que je lis toutes sortes de considérations sur l'Espagne, je ne puis citer personne, hors vous seul, qui, à ma connaissance, ait baigné dans l'atmosphère de la guerre espagnole et y ait résisté. Vous êtes royaliste, disciple de Drumont - que m'importe? Vous m'êtes plus proche, sans comparaison, que mes camarades des milices d'Aragon - ces camarades que, pourtant, j'aimais.

Ce que vous dites du nationalisme, de la guerre, de la politique extérieure française après la guerre m'est également allé au coeur. J'avais dix ans lors du traité de Versailles. Jusque-là j'avais été patriote avec toute l'exaltation des enfants en période de guerre. La volonté d'humilier l'ennemi vaincu, qui déborda partout à ce moment (et dans les années qui suivirent) d'une manière si répugnante, me guérit une fois pour toutes de ce patriotisme naïf. Les humiliations infligées par mon pays me sont plus douloureuses que celles qu'il peut subir. Je crains de vous avoir importuné par une lettre aussi longue. Il ne me reste qu'à vous exprimer ma vive admiration.

Simone Weil

Mlle Simone Weil,

3, rue Auguste-Comte, Paris (VIème).

P.s. : C'est machinalement que je vous ai mis mon adresse. Car, d'abord, je pense que vous devez avoir mieux à faire que de répondre aux lettres. Et puis je vais passer un ou deux mois en Italie, où une lettre de vous ne me suivrait peut-être pas sans être arrêtée au passage.

A la espera de Dios, Trotta, 2009, 5ª ed.

Este volumen de la obra de Simone Weil incluye un prólogo algo contradictorio que empieza relatando vida y milagros de la autora para terminar con la recomendación de poner entre paréntesis su biografía personal y entregarse a la «belleza desnuda» de los textos. El problema es que lo único interesante de este libro es la correspondencia con el sacerdote J. M. Perrin. El resto tiene un tono excesivamente académico, un discurso aristotélico-tomista lejos de la originalidad e inspiración de otros textos de Weil.

Así que para comentar A la espera de Dios no queda más remedio que reseñar sus andanzas en medio de una Europa convulsa: cómo repartía su salario de profesora de Filosofía entre los obreros, cómo expuso una sensibilidad extrema como la suya al trabajo infernal en una fábrica, cómo se libró de la cárcel cuando el juez comprendió que mezclarse con delincuentes y prostitutas era algo que la filósofa deseaba, cómo intimó con las muchachas afroamericanas en las Iglesias baptistas de Harlem…

En las Cartas al padre Perrin, Weil se expresa desde la absoluta humildad, desde la voluntad de querer ser nada para así ser digna de la Gracia. Dice, con total convencimiento, no ser merecedora del Bautismo o de cualquier otro Sacramento pues no ha alcanzado la perfección en la «renuncia a ser».

La capacidad de empatía de Weil es tal, su identificación con la «humanidad» tan sobrehumana, que afirma llevar en sí misma «el germen de todos los crímenes». El amor de Weil no entiende de fronteras o limitaciones morales: «Sé que si en este momento tuviera ante mí una veintena de jóvenes alemanes cantando himnos nazis a coro, una parte de mi alma se haría inmediatamente nazi.» Esta forma mística de amor es incompatible con la ortodoxia de las Iglesias pues posee en el fondo el mismo potencial desestabilizador que los delirios eróticos de Sade o Bataille.

La carta más extensa es una autobiografía de la que destacaría, aparte de su inclinación franciscana a la pobreza, la crudeza de los términos con los que recuerda su trabajo en la fábrica. Disuelto su yo en la masa anónima de compañeros, hizo suyo el sufrimiento de todos. A partir de entonces sintió que había recibido para siempre la marca de la esclavitud. Esta experiencia radical de la desdicha humana se manifiesta de forma terrible en su vida cotidiana:

Lo que allí sufrí me marcó de tal forma que, todavía hoy, cuando un ser humano, quienquiera que sea y en nó importa qué circunstancia, me habla sin brutalidad, no puedo evitar la impresión de que debe haber un error y que, sin duda, ese error va desgraciadamente a disiparse. (p. 40)

El giro de Weil desde el marxismo al cristianismo no era algo extraño en la época. Pienso ahora en ese profeta oscuro que fue T. S. Eliot. En cualquier caso, Weil llega a la mística sin haber buscado jamás a Dios, sin marcos teóricos para conceptualizar su experiencia. Cuando el alma se encuentra en esa disposición un poema como Love 1 de George Herbert puede interpretarse de muchas formas y más de una poco ortodoxa.

La sensibilidad hacia lo sagrado en Weil es de tal naturaleza que no podría ser encorsetada dentro de ninguna de las grandes religiones. Se siente próxima a San Juan de la Cruz o al Maestro Eckhart pero es consciente de que la Iglesia como institución ha perpetrado «los abusos de poder más atroces» y está en el origen del dogmatismo totalitario de los partidos políticos.

Es en la carta que lleva por título «Últimos pensamientos» donde encuentro las confesiones más amargas. En primer lugar, la marca de la esclavitud, el pensamiento de que la tendencia natural en el ser humano es la misma que «empuja a las gallinas, cuando advierten que una de ellas está herida, a arrojársele encima a picotazos.» En segundo lugar, la identificación del camino hacia dios con una senda de autodestrucción perversa: «cuantas veces pienso en la crucifixión de Cristo cometo el pecado de envidia». Sólo en la más extrema humillación y desdicha tiene mérito mantener la fe. El sadismo inexplicable del dios de Job es el territorio de lo sagrado para Weil. En la ausencia de dios, cuando una «especie de horror inunda toda el alma», es cuando lo sagrado se muestra.

Simone Weil, el gran espíritu de Europa

uando Simone Weil murió en Ashford (Inglaterra) tenía 34 años. Al día de hoy la editorial Gallimard lleva publicados unos 16 volúmenes de su Obra Completa. Eso que ella siempre se acusó de perezosa. Esto nos da idea de su capacidad creadora en una vida que no solo estuvo dedicada al estudio, sino también a la acción política. Nacida en París en el seno de una familia judía laica, estudió en el Liceo Henry IV donde tuvo de profesor a Alain (Emile Chartier). Luego pasó a la Escuela Normal Superior de París. Tenía 19 años y sus notas fueron superiores a las de Simone de Beauvoir quien, años después, dijo de ella que era una mujer inteligente y audaz. En 1930, Weil viajó a Alemania y, todo lo que escribió, fue premonitorio.

Como profesora en los Liceos no permanecía en ellos durante mucho tiempo pues apoyaba todas las manifestaciones obreras y era partidaria de una docencia heterodoxa. De 1934 al 35 se proletarizó trabajando en algunas de las más grandes empresas francesas. Participó en la huelga general de 1936 y también trabajó de campesina en Marsella. Estuvo en la Guerra Civil española en la columna Durruti con los anarquistas, era antiestalinista. Durante ese tiempo convulso trabajó en Barcelona en la prensa. Sus fotos con el mono de la CNT y un arma al hombro, contrastan con su pacifismo y admiración a Gandhi. Siempre muy cercana al catolicismo (está enterrada en la parte católica del cementerio de Ashford), aunque contraria a su ortodoxia y a la concepción tomista de la fe, parece ser que antes de morir pidió el bautismo. Tampoco se sabe, a ciencia cierta, si falleció de tuberculosis o de una prolongada huelga de hambre contra la guerra. El caso es que abandonó EE.UU. en donde se había refugiado su familia, para regresar a Europa y colaborar con los aliados.

Contacto con la desdicha

Simone Weil, como toda joven, estuvo llena de contradicciones creadoras, por ejemplo, sus conflictos entre el trabajo intelectual y el manual al que siempre defendió. También en sus escritos cristianos heterodoxos promovió un proyecto de reconciliación entre esta tradición religiosa y la modernidad. Muchos de sus libros hablan sobre esto. De hecho su legado, aparte de por su familia, fue custodiado y dado a la luz por Albert Camus «El único gran espíritu de nuestro tiempo», así la calificó el Premio Nobel; y el padre Perrin.

A este sacerdote le escribió desde Portugal «El contacto con la desdicha ha matado mi juventud». Weil ensalzó la mística cristiana y no paró de ahondar en su búsqueda a través de su saber, su autenticidad, su lucidez espiritual y su honestidad que rayaba en la enfermedad. Y siempre buscó también un orden social más justo, pues denunció la esclavitud a la que estaban sometidas las clases proletarias urbanas y campesinas. Un nuevo orden social en el cual las necesidades del espíritu y del cuerpo estuvieran protegidas. La levedad y la gravedad son dos elementos cruciales en su obra filosófica. La primera es la luz sobrenatural y la gracia que refleja e ilumina a la segunda, la materia. Weil se refería a una unión mística con un Dios, por encima de todas las creencias, que era la garantía de que el bien supremo prevalecería sobre el mal.

El bien triunfa

El bien era inmutable para ella, eterno e infinito; mientras que el mal era algo temporal y circunstancial que nos conducía a un gran vacío. El bien siempre triunfaba y, en realidad, ese triunfo era la propia resurrección. Weil es siempre optimista y se rige por la esperanza que, finalmente, desterrará al pesimismo, una parte de ese mal. Para la filósofa francesa, Cristo era el mejor símbolo de quien se ofrece por la salvación de la Humanidad; y su propia muerte, la de ella, fue un reflejo de esto mismo, un sacrificio. Weil lo amaba todo. Camus destacó su entrega al conocimiento y su amor y solidaridad con los demás.

En Primeros escritos filosóficos (edición de Emilia Bea) se reúnen textos inéditos en español pertenecientes al Tomo I de las Obras Completas. Redactados entre 1925 y 1931, cuando ella estaba entre los 16 y 22 años. Alain, el filósofo y profesor, instigaba a sus alumnos a leer tanto filosofía como literatura. Para él la cultura era una condición esencial en una sociedad democrática. Quizás por este motivo el presente volumen se abra, en su primera parte titulada En la clase de Alain, con comentarios sobre los hermanos Grim, Stendhal o Vigni. Entre los otros muy variados asuntos de este libro, se habla del sacrificio humano por los demás; sobre el espíritu y la materia; sobre la correcta percepción del mundo; sobre la función de la ciencia, la matemática y el desarrollo tecnológico; sobre la necesaria relación directa con Dios sin intermediarios; sus acuerdos y posteriores discrepancias con Descartes debido a que Weil desconfió, cada vez más, de la idea de progreso; las diferentes manifestaciones de lo sagrado… Leyendo a Weil aún podemos seguir creyendo en la Humanidad.

¿La repetición en el trabajo nos mata lentamente?

¿El trabajo repetitivo solo desgasta el cuerpo o también erosiona la mente? Desde las cadenas de montaje descritas por la filósofa Simone Weil hasta las oficinas diáfanas contemporáneas, la rutina profesional puede convertirse en un mecanismo alienante. Pero la escritura y la literatura pueden ofrecer una vía inesperada para liberarse de este confinamiento diario.

Un operario cualificado solo puede compartir la repetición automática de movimientos, mientras que la máquina que maneja contiene, impresa y cristalizada en el metal, toda la combinación e inteligencia implicadas en el proceso de fabricación en curso. Tal inversión es antinatural; es un crimen.

Con estas palabras, la filósofa Simone Weil describe el trabajo diario de un "obrero en la máquina" a principios del siglo XX en las fábricas francesas.

Entre diciembbre de 1934 y mayo de 1935, Weil se sumergió en el mundo obrero, primero en Alstom en París, luego en la acería de Basse-Indre y finalmente en Renault en Boulogne-Billancourt ( en lo que hoy es el departamento de Hauts-de-Seine ). Estos días en las cadenas de montaje dieron lugar a varios escritos, recopilados en 1951 bajo el título La condición de la clase obrera. En ellos, Weil describe vívidamente las tareas repetitivas y embrutecedoras, así como el enfermizo confinamiento de sus jornadas laborales.






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