lunes, 7 de septiembre de 2026

Here comes the sun

Here comes the sun, es el título de un reciente tratado, utópico y simplista, publicado por el activista medioambiental estadounidense, Bill McKibben. La versión española llega de la mano de la editorial Capitán Swing, con prólogo de Emilio Santiago y Héctor Tejero, y traducción de Raimundo Viejo Viñas. 

El libro

La sinopsis publicada por la editorial se muestra a continuación. 

Cada dieciocho horas, el mundo instala paneles solares equivalentes a la potencia de una central nuclear. Al mismo tiempo, la combustión sigue derritiendo nuestros polos, envenenando nuestros cuerpos, agravando la desigualdad global. Y ya no es necesario: sabemos cómo convertir en energía los rayos del sol. Aunque nuestro clima y nuestra democracia se están desmoronando, McKibben insiste en que este momento también está lleno de posibilidades. La energía solar y la eólica se han convertido en las más baratas del planeta y están creciendo más rápido que cualquier otra fuente de energía en la historia; si logramos seguir el ritmo, podremos limitar los daños del cambio climático y reordenar el mundo sobre bases más sensatas y humanas. No se puede acaparar la energía solar ni mantenerla en reservas: debe estar al alcance de todos. Here comes the sun cuenta el auge de estas energías y la lucha desesperada de la industria de los combustibles fósiles y sus políticos por restringirlas. Desde los ciudadanos que, en un año, instalaron paneles solares equivalentes a un tercio de la red eléctrica de Pakistán hasta la sexta economía más grande del mundo —California—, que ha reducido casi a la mitad su uso de gas natural en los últimos dos años, McKibben traza la llegada de una energía solar abundante y barata. La esperanza de una nueva civilización que mire al sol como la estrella que alimenta nuestro mundo.

Análisis 

Si bien la radiación solar es abundante, gratuita y suficiente para cubrir todas las necesidades humanas actuales y futuras, su aprovechamiento energético mediante paneles fotovoltaicos tiene un coste económico, y los procesos industriales asociados a su producción y tratamiento como desecho, al final de su ciclo de vida, pueden ser muy contaminantes. 

Estos aspectos económicos e industriales no hacen mella en estos ambientalistas necesitados de creer en la inevitabilidad de un próximo futuro para su bucólica Arcadia, en la que reinarán la paz, la justicia y la democracia, y todo gracias al uso indiscriminado de los paneles solares. 

El desarrollo e implantación de nuevas tecnologías conlleva a menudo cambios económicos y sociales, de mayor o menor calado, y también al contrario, los cambios sociales propician e incentivan desarrollos tecnológicos. Si bien esto es así, la democracia, la justicia, la igualdad, y tantos otros ideales humanos no se consiguen simplemente por la implementación de tal o cual tecnología. 

Vladímir Lenin

En este sentido ya se equivocó hace ya muchos años Vladímir Lenin, quien durante el VIII Congreso de los Soviets, en 1920, al presentar el Plan GOELRO, el primer proyecto a gran escala para industrializar y modernizar la infraestructura energética de Rusia, pronunció la famosa frase

«El comunismo es el poder soviético más la electrificación de todo el país». 

En la teoría marxista-leninista, la transición hacia una sociedad comunista requería de dos pilares fundamentales: el poder político (el poder soviético) y el desarrollo de las fuerzas productivas (la electrificación). Lenin entendía que la electrificación llevaba aparejada el desarrollo tecnológico y la modernización, pero aún así no creo que ello fuese suficiente para llevar al pueblo ruso a la utópica sociedad comunista. Con todo esto no pretendo hacer crítica alguna a la realidad de la Unión Soviética, sin más mostrar que el utopismo no es nuevo. 

Los costes de los paneles solares 

La producción de paneles solares es un proceso industrial que requiere una gran cantidad de energía y productos químicos, lo que puede generar un impacto ambiental significativo. 

La fabricación de silicio de alta pureza, el material base de la mayoría de los paneles, es un proceso que consume mucha energía. Si esta energía proviene de combustibles fósiles, la fase de fabricación se convierte en la principal responsable de la huella de carbono del del panel. Los análisis de ciclo de vida de un panel ultradelgado estiman que su fabricación emite 48.27 kg de CO₂ equivalente por metro cuadrado.

El proceso de purificación del silicio (conocido como proceso Siemens) genera subproductos como el SiCl4 (tetracloruro de silicio). Además, se utilizan disolventes orgánicos y otros compuestos químicos que pueden causar toxicidad acuática y eutrofización terrestre.

Algunos paneles contienen materiales potencialmente tóxicos como plomo (Pb) en las soldaduras y cadmio (Cd) en tecnologías de capa fina como el telururo de cadmio (CdTe). También se han documentado emisiones de compuestos PFAS en ciertos componentes. 

El principal desafío ambiental de los paneles solares es la gestión de los residuos que generan al dejar de funcionar. Se calcula que para 2050, el mundo podría acumular entre 60 y 78 millones de toneladas de paneles solares en desuso, e incluso algunos análisis elevan esta cifra a 250 millones de toneladas si se consideran reemplazos anticipados.

En la actualidad el reciclaje de un panel puede costar entre 15 y 45 dólares, mientras que almacenarlo en un vertedero cuesta entre 1 y 5 dólares. Por esta razón, la mayoría de los paneles termina en vertederos. Una vez allí, el agua de lluvia ácida puede filtrar metales pesados (como plomo y cadmio) del panel, contaminando el suelo y las aguas subterráneas. Se estima que la liberación de plomo desde estos residuos podría alcanzar las 30 toneladas para 2050. 

Los paneles están diseñados para ser duraderos y resistentes, con capas de materiales unidas con adhesivos muy fuertes, lo que dificulta enormemente la separación de sus componentes. Separar el silicio y la plata de alta pureza requiere procesos químicos y térmicos complejos y costosos, lo que hace que la recuperación de materiales no sea económicamente viable en muchos casos. 

La Catástrofe del Gran Smog de 1952

El Gran Smog de Londres tuvo lugar entre el 5 y el 9 de diciembre de 1952. Una combinación letal de factores convirtió a la ciudad en una trampa mortal. Un potente anticiclón se estancó sobre la ciudad, creando una inversión térmica que atrapó el aire frío y la contaminación en la superficie, impidiendo su dispersión. Para combatir un invierno inusualmente frío, los londinenses quemaron grandes cantidades de carbón. Para empeorar las cosas, la posguerra había llevado a que el carbón de mejor calidad se exportara, por lo que se utilizó un carbón doméstico de baja calidad y rico en azufre, que liberaba enormes cantidades de dióxido de azufre y partículas tóxicas. El aire se volvió irrespirable, causando un pico de muertes por problemas respiratorios. Se estima que las muertes directas e indirectas alcanzaron las 12.000 personas, y más de 150.000 fueron hospitalizadas. 

La Ley de Aire Limpio (Clean Air Act) de 1956 sentó las bases para la recuperación ambiental de las ciudades inglesas. Esta ley, modificada en 1968, regulaba la contaminación por humo, partículas y polvo procedentes de fuentes domésticas, comerciales e industriales. La legislación prohibía la emisión de humo denso por cualquier chimenea. 

Uno de los debates más reveladores de la época giraba en torno a un símbolo doméstico: la chimenea de carbón. Su defensa a ultranza se convirtió en la voz de una oposición cultural al cambio tecnológico. El escritor George Orwell es un ejemplo paradigmático de esta postura. En el contexto de la posguerra, cuando el gobierno británico buscaba eliminar el humo del carbón, Orwell defendió con vehemencia el derecho a la chimenea abierta, considerándola "un derecho innato de los ingleses nacidos libres". Para él, la lucha contra el smog no era solo una cuestión de tecnología limpia, sino una batalla que amenazaba con arrebatar un calor y una comodidad doméstica que veía como parte esencial de la identidad británica.

Esta resistencia al cambio no era infrecuente. El historiador de la polución Peter Thorsheim en su obra académica Inventing Pollution: Coal, Smoke, and Culture in Britain since 1800, junto con el célebre historiador ambiental Peter Brimblecombe en su libro clásico The Big Smoke: A History of Air Pollution in London since Medieval Times señalaron que, durante décadas, los londinenses prefirieron seguir usando el carbón, a pesar de sus mortales consecuencias, antes que cambiar a estufas de coque o antracita, que eran consideradas menos acogedoras. El precio social de un aire más limpio implicaba renunciar a un estilo de vida que muchos valoraban profundamente.

El autor

La editorial muestra en su página web la siguiente biografía del autor. 

Ambientalista y activista estadounidense. Autor de más de veinte libros, entre los que se encuentra el éxito El fin de la naturaleza, publica artículos en revistas como The New Yorker o Rolling Stone. Cofundador de Third Act, un proyecto que moviliza a personas mayores de sesenta años en favor de un cambio progresista, para que actúen por el clima y la justicia. Es miembro de la Academia Americana de las Artes y las Ciencias y profesor distinguido Schumann de Estudios Ambientales en el Middlebury College, donde también dirige las Becas Middlebury en Periodismo Ambiental. Ha recibido numerosos galardones, entre ellos el Premio Gandhi de la Paz y el Premio Right Livelihood, también conocido como el «Nobel alternativo», además de títulos honoríficos de veinte facultades y universidades. Foreign Policy lo incluyó en su lista inaugural de los cien pensadores globales más importantes del mundo. McKibben lideró la organización ambientalista 350.org, que ha organizado protestas en todos los continentes, incluida la Antártida, en favor de la acción climática. Desempeñó un papel destacado en el lanzamiento de la oposición a grandes proyectos de oleoductos como el Keystone XL, y en la campaña de desinversión en combustibles fósiles. Vive con su esposa, la escritora Sue Halpern. En 2014, el mundo de la biología le rindió homenaje bautizando una nueva especie de mosquito de bosque en su honor. 


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