lunes, 7 de septiembre de 2026

Santa Cruz de la Mar Pequeña

La Época, 21 de septiembre de 1880, página 1

INGLATERRA EN MARRUECOS.

Con este epígrafe publica El Imparcial un extenso suelto, en que ocupándose de lo que habían dicho La Patria y La Iberia, pide al Gobierno español el cumplimiento de lo pactado en el tratado de Wad-Ras, respecto a Santa Cruz de Mar Pequeña, porque los ingleses, según refiere el periódico semi-oficial The Gibraltar Chronicle, han fundado una colonia en Cabo Yuby, que comercia en grande escala con el interior de África y es un campo abierto a la emigración inglesa.

Desembarco de tropas españolas en la playa de Sidi Ifni en junio de 1934.

 

No hace tampoco muchos días que el mismo diario, y con él otras publicaciones y revistas, dijeron, tomándolo del periódico argelino El Ájbar, que en Cabo Yuby existía una factoría inglesa, entre la cual y las Canarias un buque de vapor hacía el servicio diario, y otros dos mantenían las comunicaciones con Inglaterra; que en la colonia se había construido un fuerte, armándolo con cañones; y que en ella había almacenes, habitaciones de piedra, un muelle y un faro. Se agregaba además que no sólo residían allí colonos ingleses, sino que también se habían establecido varias familias canarias que se dedicaban al cultivo y a la pesca; y que la colonia sostenía relaciones directas con Ardar y el Sudán, con otras noticias de menor entidad.

La insistencia y el crédito que en España se da a esas noticias, y el ocuparse de ellas publicaciones de tanta importancia, nos mueve a escribir unos renglones, a fin de restablecer los hechos y evitar que en nuestro país se extravíe la opinión pública, por más que esto se haga a impulsos del más vivo patriotismo y con la mejor intención.

Cuanto ha dicho el Ájbar y ha afirmado también el Gibraltar Chronicle sobre el estado próspero de la colonia inglesa en Cabo Yuby, es pura fantasía, hallándose tan distante de la realidad de los hechos. En vez de haberse edificado fuerte alguno en el Cabo Yuby, y de haberse construido almacenes, edificio de piedra, muelle y faro, no existe en la colonia que intentó establecer el inglés Mackenzie edificio alguno. Aun la casa de madera que el jefe de la llamada colonia armó en Cabo Yuby, ha sido quemada por los indígenas en el mes de junio; al mismo tiempo que arrancaban el único edificio de mampostería que comenzaba a construirse, no siendo extraña a la actitud tan hostil de los naturales la vuelta de Mackenzie a Inglaterra.

Tan poco favorables se muestran hoy los habitantes de aquel país a que se establezca factoría alguna en sus costas, que la expedición anglofrancesa que se organizó en Marsella, y que fletó el vapor Anjou, arriesgando capitales de importancia, no pudo establecer en la misma época relaciones comerciales en la ensenada de Ifni, a pesar de contar antes con la aquiescencia del jefe del territorio, que se trocó luego en abierta hostilidad al punto de realizarse la expedición.

De lamentar es que habiéndose publicado éstas y otras noticias más recientes en el Memorándum de Tenerife, que en el número correspondiente al 25 de agosto da cuenta de haber pasado por Mogador, con dirección al Sur, un jefe del Gobierno marroquí, el cual llevaba 2.000 onzas de oro españolas, que el Sultán enviaba al Scherif Sid-Elhozain de Illerg como recompensa por haber impedido el desembarco de mercancías en la playa de Ifni, circule en la prensa española que el comercio se practica en la costa de África con toda regularidad, y que la colonia de Cabo Yuby funciona de una manera, no existiendo ni tal comercio ni tal colonia.

De lamentar es, repetimos, que se traten asuntos de tal interés para España con ligera argumentación, y que aparezca que se desconoce por completo lo que pasa en la costa de África fronteriza a la provincia española de Canarias, como si se tratase del rincón más apartado del mundo y con el cual no nos llegasen intereses tan directos.

Lo escrito no quiere decir que deje de estudiarse esta cuestión, ni que tampoco quede sin cumplimiento lo estipulado con el Gobierno marroquí; sino únicamente que deben evitarse las exageraciones en uno u otro sentido, procurando dar a lo pactado la más conveniente solución.

El Demócrata, 31 de octubre de 1880, página 1 

SOCIEDADES Y CORPORACIONES

La cuestión de Marruecos en la Económica Matritense.

En reunión general de la Sociedad, y ante un numeroso y escogido público, dio anoche lectura el Sr. Hernández Iglesias a su dictamen sobre la exposición de la Económica de Las Palmas, que había sido aprobado, según dijimos, por la sección de Intereses Materiales. El discípulo concurrente oyó con muestras del mayor agrado el notable documento, cuyas conclusiones conocen ya nuestros abonados, así como la situación que atribuye a Santa Cruz de Mar Pequeña, la misma que D. Francisco Coello en su Descripción y mapa de Marruecos, y D. Martín Ferreiro en sus especiales estudios sobre la materia, tienen señalada; es decir, entre los cabos Nun y Yubi, a las inmediaciones del Dráa, no en la ensenada de Ifni, como ha dicho un periódico, confundiendo en este punto la situación fijada por la comisión del Blasco de Garay, que presidió el docto capitán de navío D. Cesáreo Fernández Duro, con la que oímos que señalaba el Sr. Hernández Iglesias.

Aunque del dictamen dimos ya cuenta oportuna, no podemos resistir hoy al deseo de trasladar una cita donosa que acoge el Sr. Iglesias, y que pinta, mejor que todos los discursos e indagaciones, el estado político, social y religioso en que se hallan las tribus bereberes del Sus y del Guad-Nun respecto de la autoridad y jurisdicción del Cherif de Marruecos:

"Preguntado un Susí hasta dónde llegaba la soberanía del Sultán, contestó:

'En el país del Sus, desde la falda del Atlas hasta el río Gas, aunque con repugnancia, obedecen al Sultán y rezan por él; desde el Gas hasta el Assaka rezan también por el Sultán, aunque no le obedecen; y desde el Assaka hacia el Sur no le obedecen, pero tampoco rezan ni se acuerdan de su persona."

Siguió inmediatamente a la lectura del dictamen la de una enmienda del Sr. Cáñamaque, con carácter de voto particular, cuyas conclusiones son:

1.ª "En cuanto a la protección que piden los pescadores canarios en la costa Sur del imperio de Marruecos, España no puede exigirla, porque la soberanía efectiva del Sultán acaba en Santa Cruz de Agadir, y la naval en el Dráa, y los pescadores ejercen casi totalmente su industria desde Cabo Bojador a Cabo Blanco, o mejor desde Cabo Bojador a Arguir."

"España debe ceder el derecho a la pesca en el territorio que ocupaba Santa Cruz de Mar Pequeña, siempre que se nos dé a cambio otro territorio de mejores condiciones en Cabo del Agua, por ejemplo, donde nuestra nación, como situado que está dicho Cabo en el Mediterráneo y junto a las Chafarinas, cobraría más importancia, y aun limitaría la ambición francesa por la parte de Argelia."

"La piratería concluye en el momento que España se apodere de la isla de Asguín, establezca en ella una pequeña colonia con los consiguientes secaderos, y aun una factoría que quizá pudiera dar facilidades al comercio de Timbuctú, y mande a las aguas de aquella costa un crucero de guerra que proteja eficazmente nuestros intereses, que son los canarios. 

"En el preámbulo de la enmienda o voto particular alude el Sr. Cañamaque a El Imparcial, La Época y El Demócrata, felicitándose de que la prensa hubiera respondido en esta ocasión al interés de la Económica con especial diligencia. Dice que como los canarios hacen la pesca entre Cabo Bojador y Cabo Blanco, donde el Sultán no ejerce soberanía alguna, el Gobierno español nada puede exigir de éste. Señala el error de los que han confundido a Santa Cruz de Agadir con la de Mar Pequeña, y dice que sobre el punto en que se levantó esta posesión española, no aventura opinión alguna, limitándose a decir que estuvo entre Ifni y Puerto Cansado y a señalar las varias opiniones geográficas profesadas recientemente, todas de respetable autoridad, a saber: la de los Sres. D. Francisco Coello y don Martín Ferreiro, según los cuales Santa Cruz de Mar Pequeña debió estar situada en las inmediaciones del río Dráa; la de D. Pelayo Alcalá Galiano, que la fija en las del río Chibica; la de D. Cesáreo Fernández Duro, en la ensenada de Ifni, y la del canario D. Antonio Manrique, en Puerto Cansado, que es también donde la señala Renou. Calcula que a cambio de Santa Cruz podría conseguirse tal vez un territorio en el cabo del Agua, y sostiene que España puede incorporar a sus dominios la isla de Arguin, situada casi enfrente de la Gran Canaria, separada del continente por un brazo de mar de una legua, territorio que no pertenece en realidad a nadie, en la que abundan las salinas y cuyas aguas afluye el pescado en cantidad considerable.

Termina la parte expositiva con algunas consideraciones sobre el límite real de la soberanía sultánica, que fija en Cabo Nun, y afirmando que el porvenir de la industria pesquera de Canarias está entre Arguin y Cabo Blanco.

Después de una discusión sobre el carácter de voto o de enmienda que pudiera tener el trabajo del Sr. Cañamaque, en la que intervinieron los Sres. Llano y Pérsi, el hábil y discreto presidente de la sección informativa Sr. Mijares, el señor Sorní y el interesado Sr. Cañamaque, se levantó la sesión, acordando celebrar una extraordinaria el miércoles próximo para continuar el debate pendiente.

Seguiremos, con todo el interés especial que se merece, la marcha de este importante asunto.

El Demócrata, 14 de noviembre de 1880, página 1 

DE MADRID Á TÁNGER

Después de consignar la nota del Sultán que, una vez averiguado el sitio en que antaño se levantó la posesión española de Santa Cruz la Menor, y sabido cuáles kábilas rodean aquel sitio, se obligaría a éstas a entregarlo, añade:

De esa manera, la entrega del territorio podría verificarse en Tánger por nuestro ministro de Negocios extranjeros, y con sujeción al mismo tratado, que no da a ese terreno más extensión que la necesaria para fabricar una pesquería y nada más. La construcción, pues, se emprenderá en todo caso con sujeción al plan de una pesquería, y se especificará cuáles hayan de ser las relaciones entre el establecimiento español y las kábilas limítrofes.

De igual modo, al dar posesión a España de aquel sitio, tendremos derecho a que no lo vendáis a ninguna nación, cualquiera que ésta sea, y si algún día quisiereis venderlo, habed cuenta que hemos de ser los preferidos para su compra. Señalaremos también otras demandas, aconsejadas por la conveniencia, con objeto de que este asunto alcance su término en condiciones serias y bien formales, procurando disipar de antemano cualesquiera dudas que pudieran ser en lo porvenir origen de divergencias y contradicciones.

Cuando nombres, pues —sigue diciendo la nota— a vuestro comisionado, sed servidos de comunicárnoslo, para que se una a él el comunicado que nombre S. M. Chuerifiana. Esta se halla resuelta a haceros entrega formal de aquel territorio. Si puede realizarse en términos y en forma satisfactorios para ambas partes, el asunto quedará terminado de un modo completo y definitivo, sin complicaciones entre nuestros súbditos, sin mengua de vuestro derecho. Si aquellas gentes se opusieren a ello, dificultando la entrega en los términos que llevamos expuestos, nuestro soberano entonces pondrá el asunto en manos de Allah, con cuyo concurso y protección se resuelven en la vida todos los negocios, aún los más arduos, y os autorizará a tomar posesión de vuestro terreno EN LA FORMA Y MANERA QUE OS SEA CONVENIENTE.

Confiamos en Allah, y en nuestro Gobierno, que no desea daño para nadie, mucho menos para vosotros. Si aceptáis esta excusa, ahorrando así complicaciones, al modo que suelen hacerlo los buenos amigos, será grande nuestra gratitud para vosotros, estimando vuestra benevolencia como un favor inestimable. Mas si así no fuere, yo no os niego vuestro derecho, no: que Allah entonces nos proteja a todos.

Escrito a medio de Rabi, 2.° año 1204 (28 de abril de 1877), y firmado Muza ben Hamed.

El texto de la nota, entregada en Fez al antecesor de nuestro actual representante el Sr. Diosdado, al Sr. Romea, que dio constantemente pruebas del interés con que perseguía una política levantada y firme en Marruecos, revela en sus vaguedades, reticencias y contradicciones toda la sutileza de la política marroquí. Esa nota, a que el ministro Sr. Silvela se refería en la sesión del Congreso de 7 de mayo de 1878, hablando del acta en que el Sultán se comprometía a emprender por su parte la ejecución del tratado en ese punto de la pesquería, no era más que una nueva manera de dar largas al asunto. Porque cuando se supo en Fez que la cosa iba de veras en España, preparándose en serio la expedición del Blasco de Garay, ¿qué hace el Sultán? lo de siempre: echar mano de una embajadita, y aquí adelante nos mandó a Sidi Aderessan Esniri, gobernador de Rabat, un mes antes —¡buen olfato!— de que el Gobierno se despertara de su inerte confianza, para proponer un aplazamiento de diez años, nada menos, sobre los diez y siete que hacía entonces que se firmó el tratado.

¿Cuál pudo ser la eficacia de esta embajada? Por de pronto, bueno es notar que aunque se realizó la expedición del Blasco de Garay, sus efectos en cuanto a la verdad del tratado no se han conocido todavía, y algún alto funcionario diplomático podrá, cuando lo juzgue oportuno, decir algo en claro sobre ciertos tratos y tentativas de acomodamiento, motivados con ocasión de una segunda embajada, la de Sidi Hach el-Bricha, enviada en junio de 1878, para la cancelación del art. 8.° mediante una indemnización pecuniaria.

Salió por fin de Cádiz el Blasco de Garay el 28 de diciembre de 1878, a las órdenes del capitán de fragata D. Fernando Benjumea, y llevando a bordo una comisión española compuesta, en unión de éste, del docto y meritísimo capitán de fragata D. Cesáreo Fernández Duro, presidente, y el ilustrado coronel de ingenieros D. Vicente Climent, a los que se agregó en Mogador el activo e inteligente cónsul D. José Álvarez Pérez, ayudados del intérprete D. Antonio María Orfila y de dos prácticos de Arrecife en la isla de Lanzarote, llamados Tomás Reyes y Florencio Arrocha. La comisión marroquí se compuso de Sidi Omar ben-Amara, Taleb del Cherif; un kaid, Sidi Mohammed el Curi, hijo de Sequia-el-Hamra; Omad-ben-Omir y Abd-Allah-ben-Bu-Beker, oficiales, hijos del Guad-Nun, y un marinero práctico, que embarcó en Sidi-Doerzek, llamado Iduch-ben-Braim.

Ahora vamos a dejar hablar al Sr. Silvela, en su discurso citado.

"El Blasco de Garay recorrió las costas hasta encontrar un punto a propósito, que fue en la embocadura del río Ifni; vinieron a bordo los comisionados de las kábilas, y escribieron una carta diciendo que estaban dispuestos a admitir el establecimiento que España se proponía crear allí... En 21 de enero se levantó a bordo del Blasco de Garay un acta firmada por los jefes de las tribus que moraban en aquel territorio. —En esta acta se expresó que se había encontrado al punto que se buscaba, designando al efecto el emplazamiento de la factoría.—Esta acta se firmó, como digo, por los jefes de las tribus que acudieron a bordo, y que manifestaron deseos de que se estableciera la pesquería, sin ocultar, sin embargo (cosa muy natural en el estado de la civilización marroquí), que los jefes vecinos verían con disgusto este señalamiento del territorio, considerando por este concepto peligroso el desembarque de la comisión. Obtenida la carta de los indígenas, y firmada esta acta, naturalmente es preciso volver con estos nuevos datos a negociar con el Sultán de Marruecos, puesto que ellos nos demuestran que hay posibilidad de conseguir el establecimiento de la pesquería. " 

¿Qué se necesitaba hacer después de esto? Una cosa muy sencilla: querer.

¿Qué se ha hecho? Nada.

Decimos mal: se ha dado una importancia colosal a los discretos geográficos, sin tener en cuenta que fueron varios los establecimientos españoles en aquella costa; que nos debe tener sin cuidado, una vez obtenido el señalamiento de terreno, el que Santa Cruz estuviera en Ifni, o en el Dráa, o en el Chibica, o en las orillas del Jordán; pues se trata: primero, de reivindicar el dominio que tuvo España en aquel litoral, certificado por la historia y revalidado por la fuerza de las armas; segundo, de asentar allí de una vez nuestra planta, resolviendo la cuestión de Canarias y mirando con ojo avizor los horizontes de nuestro porvenir en Marruecos.

Ahora se habla de otra nota. ¿Cómo hemos de creerlo?

Para esto sería preciso que cambiara radicalmente de punto de vista el Ministerio, empezando por alejar de Tánger al discípulo del Sr. Merry, que no sirve para el caso. Y luego, pensar aquí tanto y tan persistentemente en la pesquería de Guad-Nun, como el Sultán en sostener el florecimiento, tan provechoso para él, del puerto de Mogador, que es el primer secreto de todas sus excusas.

El Demócrata, 2 de diciembre de 1880, página 2 

SOCIEDADES Y CORPORACIONES

Anoche terminaron en la Sociedad Económica Matritense los debates acerca de las pesquerías en la costa occidental de África.

Aprobada la totalidad del dictamen presentado por la sección de intereses materiales, del que ha sido ponente el Sr. Hernández Iglesias, con el solo voto en contra emitido por el Sr. Cañamaque, y retiradas las enmiendas presentadas a la totalidad, se pasó a la discusión por artículos, siendo aprobados los nueve de que consta, después de admitir la ponencia y aprobar la Sociedad dos enmiendas presentadas por el representante canario Sr. Ravina a los artículos 2.° y 3.° respectivamente.

Las conclusiones aprobadas están concebidas en los siguientes términos. 

"1.ª Cumplimiento estricto e inmediato de los tratados y convenios celebrados con Marruecos y vigentes hoy, ante todo y sobre todo en lo que pueda afectar a la seguridad de nuestros pescadores, y al fomento de nuestras pesquerías y de nuestras relaciones comerciales.

2.ª Inmediata entrega del sitio que ocupó Santa Cruz de Mar Pequeña, adquirido para pesquería por el tratado de 1860, con la necesaria extensión que reclaman hoy las múltiples operaciones de esta industria. Situado este territorio en la ensenada de Ifni, según la comisión internacional del vapor Blasco de Garay, después del detenido reconocimiento que practicó en la costa frente a Canarias, con aceptables condiciones para el objeto a que se destina o pudiera destinarse en el porvenir.

3.ª Envío de un vapor de nuestra marina de guerra que recorra los lugares en que pescan los españoles y los proteja. Para desempeñar este cometido, visitando convenientemente los indicados lugares, podría destinarse el vapor de guerra de estación en la comandancia de Marina de la provincia de Canarias, evitándose así en gran parte los crecidos gastos que ocasionaría un buque especial para este fin.

4.ª Procurar el establecimiento de factorías españolas en el continente africano frente a Canarias y en relación con las que organicemos en aquella provincia española.

5.ª Mejorar y desarrollar el servicio público que en Marruecos sostenemos, y procurar la organización de otros análogos.

6.ª Abreviar el rigorismo de las disposiciones sanitarias que afecten a nuestras relaciones con el imperio marroquí.

7.ª Adherirnos de una manera práctica y eficaz al pensamiento iniciado por la Asociación internacional de Bruselas para explorar y civilizar el África.

8.ª Aprovechar los medios pacíficos que nos suministran nuestra posición y nuestras relaciones con aquel imperio para el triunfo de los proyectos apuntados.

Y 9.ª Reformar los tratados y convenios citados en el concepto defendido y para los fines explicados.

La Sociedad Económica puso digno remate al asunto en que se ha ocupado con tanto celo y patriotismo, acordando la impresión de un libro que contenga, no sólo el dictamen aprobado, sino también las enmiendas presentadas y las actas de todas las sesiones destinadas a estos debates.

Damos el parabién a la Sociedad Económica por tan feliz acuerdo, pues esto facilitará en gran manera que asuntos de tan vital interés para nuestra patria puedan ser conocidos por la generalidad y no por un número reducido de personas, como hasta hoy ha sucedido por la falta de publicaciones destinadas a vulgarizar estos conocimientos.

La América, 28 de diciembre de 1880, página 9

DEL COMERCIO Y DE LA INDUSTRIA PESQUERA EN LA COSTA OCCIDENTAL DE ÁFRICA.

I

Importancia del comercio del Sudán y su relación con Santa Cruz de Mar Pequeña.

Todo el mundo sabe que el Sudán, y comprendemos con este nombre el África central, es un país inmenso, tan grande casi como Europa, con una población de más de 40 millones de habitantes y de una riqueza incalculable por la variedad de sus producciones naturales: allí la caña de azúcar, que en otros países forma la base de una gran producción, es el pasto de los elefantes, los jabalíes y los búfalos; el oro en polvo alterna con los cauris (1), pequeñas conchas que se encuentran en el Mediterráneo y mar de las Indias, para servir de moneda corriente en las transacciones comerciales; abunda el ganado de todas clases y constituye una parte interesante de su comercio las pieles de búfalo, la cera amarilla, la pimienta negra, el almizcle, la asa-fétida, las hojas de Sen, las plumas de avestruz y las maderas tan requeridas en Europa como el ébano y el sándalo.

El aceite de palma es allí una gran riqueza, pues solamente los ingleses exportan más de 276.000 bocois cada año por los puertos de Calabar-nuevo y Bonny, en el golfo de Guinea, dando en cambio barras de hierro, collares de ámbar del Báltico, perlas falsas, botellas, pólvora, municiones, algodones, paños, etc.

Por las factorías francesas del Senegal se exportan anualmente más de 30 millones de kilogramos de goma arábiga, que los franceses reciben en cambio de guineas, o sean telas de algodón y otros objetos de quincalla.

Allí el marfil es tan abundante y tanta la exportación que se hace desde muy antiguo por la parte de la costa comprendida entre el Cabo Palmas y el de Tres Puntas, que los portugueses, primeros colonizadores, la llamaron Costa dos dentes, y hoy es conocida con el nombre de Costa del Marfil.

Además de las grandes exportaciones que ya hemos visto se hacen por la dilatada costa que media entre el Senegal y el Golfo de Guinea, no es menos importante el movimiento comercial que se viene realizando por tierra. Diariamente salen expediciones de inmensas caravanas en todos sentidos, lo mismo hacia el Cairo, siguiendo el antiguo camino de la Meca para dar salida a los productos en el Alto Egipto y Mar Rojo, como hacia los puertos del Mediterráneo y del Atlántico, después de satisfacer las exigencias del comercio en las Regencias de Trípoli y Túnez, Colonia Francesa de Argelia y últimamente en el Imperio de Marruecos.

Algunas de las caravanas que hacen el comercio hacia el Nordeste de África parten de Kano, en donde se concentra el comercio más importante del Sudán oriental, y hacen escala en Katsena, situados ambos pueblos en los Estados de Haussa, cerca de los ríos Komaduc y Sokoto, tributario el uno del gran lago Ghad y el otro del famoso Níger en el reino de Gando. Atraviesan luego por Tasawa y Agades en los límites de las lluvias tropicales del Desierto de Sahara; siguen por el reino del gran oasis de Air, en donde se cosechan en grande las hojas de Sen, y continúan por Ghat y Ghadamis con dirección a los puertos de Trípoli y Túnez.

El retorno de estas caravanas se hace con productos europeos, cuyas mercancías tienen que pasar por diferentes manos, llegando, por consiguiente, a su destino considerablemente recargadas. Un fardo, por ejemplo, preparado en Túnez, es preciso que un comerciante tunecino lo envíe a Cabes, último oasis meridional de aquel pequeño Estado, y allí lo compran los comerciantes de Ghadamis para llevarlo a este último punto, en donde pasa a otros traficantes, y mezclados con los envíos de Argel, Trípoli y Egipto, se transporta en la gran caravana de Ghat, punto de descanso en donde tiene lugar el cambio de los productos europeos por los del Sudán. Desde Ghat, la expedición ya va directamente al Sudán oriental o País de los Negros, bajo la custodia de los Tuaregs, pasando por Air, Agades, Sokoto y Kano, término de la expedición.

Sin embargo de tan grande distancia hay que recorrer y de tantas manos por quienes tienen que pasar las mercancías, el movimiento comercial es importante y aun resulta una ganancia líquida de mucha consideración. 

La expedición científica de Ghadamis que hicieron los franceses en 1862, nos proporciona los datos oficiales necesarios para convencernos de esta verdad. Según los informes recogidos por la misma comisión en la aduana de Trípoli, el movimiento comercial de importación y exportación del Sudán, verificado solo por dicha aduana en los meses desde septiembre de 1861 a octubre de 1862, es el siguiente:

La América, 8 de febrero de 1881, página 9

LA CUESTIÓN DE MARRUECOS

Voto particular presentado en la Sociedad Económica Matritense por D. FRANCISCO CAÑAMAQUE al dictamen del socio y diputado a Cortes Sr. Iglesias, sobre pesquería y piraterís en la costa occidental de África.

Una de las Sociedades Económicas de Amigos del País de Canarias, la de Las Palmas, acaba de dirigirse a varias corporaciones de la Península, a la Económica Matritense y a la Sociedad Geográfica entre otras, pidiéndoles con el encarecimiento de una gran urgencia que presten su valioso concurso a la tarea altamente patriótica de poner un límite a los peligros que en la costa Noroeste de África corren los infelices pescadores canarios, y de que se cumpla sin más dilaciones el artículo 8.° del Tratado de 26 de abril de 1860. Solicita, además, aquella Económica el establecimiento de un crucero de guerra que proteja los intereses de los pescadores contra los atentados de las kábillas berberiscas.

Cuánto y con qué singular preferencia se fija la atención pública en este asunto, no tengo para qué decirlo, pues que los señores socios lo saben. En cambio no ha sido el acierto ni un cabal conocimiento de este negocio lo que más ha respaldado en las polémicas suscitadas. Excepción hecha de dos periódicos, El Imparcial y La Época (acusando el autor de los artículos de este último diario un estudio serio y minucioso de lo que ha dado en llamarse la cuestión de Marruecos), los demás no han tenido la fortuna de fijar bien los términos en que deben discutirse las tres proposiciones de los pescadores canarios. Inspirados todos en el más puro patriotismo, no ha podido ninguno, sin embargo, aunque La Época se acerca mucho a lo que tengo por más acertado, penetrar de lleno y serenamente en los varios puntos que abarca el negocio. Deficiencia disculpable dada la precipitación con que los periódicos se escriben y confeccionan.

No pretendo yo ahora llenar sus vacíos, y menos corregir a nadie la plana; pero sí he de procurar (y quiera la fortuna que lo logre con tanto éxito como bueno es mi deseo) desvanecer algunos errores, combatir algunas ideas y manifestar con la mayor suma de razón que pudiere, hasta dónde y cómo debe el Gobierno hacer suyas las reclamaciones de los pescadores canarios.

Entiéndase, sobre todo, que solo el bien de la patria guía mi voluntad en este instante al ponerme en disidencia con las opiniones más corrientes y admitidas, pues no otras son las sustentadas por casi todos los periódicos y las que en su dictamen defiende el Sr. Hernández Iglesias.

Lo primero y más esencial que al parecer solicitan los canarios, es que se proteja su pesca en la costa Noroeste de África.

¿Desde dónde y hasta dónde?

Sabido es que la soberanía efectiva del Sultán acaba en Santa Cruz de Agadir, último pueblo al Sur de la costa del Imperio de Marruecos. Desde Santa Cruz de Agadir hasta la Isla de Arguin, que se halla situada muy al Sur, la soberanía del Sultán no existe ni ha existido nunca. La que puedan reconocerle hasta el Dráa es moral y muy discutible. Es así que los pescadores canarios ejercen su industria entre Cabo Bojador y Cabo Blanco singularmente, luego no es posible exigir al Sultán una protección que no está en su mano conceder y a la que no aparece formalmente obligado por ningún convenio. A lo único que el Emperador se ha comprometido es a interponer su influencia con las tribus independientes más inmediatas, o sea las del Uad-Nun, para salvar la vida de los tripulantes de los barcos que fueren aprisionados por los moros que no reconocen su soberanía.

He aquí las pruebas de esta afirmación, cuyo lado débil para el Sultán examinaré luego.

En el artículo 18 del Tratado que firmó el Sultán con España en 28 de mayo de 1767, se dice: «S. M. Imperial se aparta de deliberar sobre el establecimiento que S. M. Católica quiere fundar al Sur del Río Non, pues no puede hacerse responsable de los accidentes o desgracias que sucedieren, a causa de no llegar allá sus dominios y ser la gente que habita el país errante y feroz, que siempre ha ofendido y aprisionado a los canarios. De Santa Cruz al Norte S. M. Imperial concede a estos y a los españoles la pesca, sin permitir que ninguna otra nación la ejecute en ninguna parte de la costa, que quedará enteramente por aquellos.»

Como se lee claramente en este artículo del Tratado de 1767, solo se compromete a proteger la pesca de nuestros barcos cuando estos sufran perjuicios desde Santa Cruz de Agadir arriba, al Norte, es decir, en la costa de su imperio; de modo alguno la pesca al Sur, donde ninguna soberanía tiene y donde precisamente ejercen la referida industria los canarios, que en el verano van a Cabo Blanco y los demás meses a Cabo Bojador y Cabo Barbas.

En el artículo 22 del tratado de 1.° de marzo de 1799 se dice:—«Si algún buque español naufragase en río Non y sus costas, donde no ejerce dominio S. M. marroquí, ofrece, sin embargo, en cuanto aprecia la amistad de S. M. Católica, valerse de los medios más oportunos y eficaces para sacar y libertar los tripulantes y demás individuos que tengan la desgracia de caer en manos de aquellos naturales.»

Por este otro Tratado se ve nuevamente la insistencia del Emperador de Marruecos en no proteger a los pescadores al Sur de sus costas sino mediante su influjo moral sobre las kábilas rebeldes del Sus y Uad-Nun; insistencia lógica y natural pues que no alcanza a más, y a veces ni a tanto, el respeto que a los jeques de dichas tribus inspira.

Pero aun hay más.

En el artículo 38 del Tratado de 1862 se dice textualmente:—«Si un buque español de guerra o mercante encallase o naufragase en cualquier punto de las costas de Marruecos, será respetado y amparado en cuanto necesite, y dicho buque y cuanto contenga será conservado y restituido a sus dueños sin menoscabo de ninguna especie.

«Si algún buque náufrago tuviese a bordo algunos géneros que sus propietarios deseasen vender en los dominios marroquíes, lo podrán hacer libremente sin pagar derecho alguno ni al venderlos ni al embarcarlos. El capitán y la tripulación estarán en libertad de marchar al punto que quieran cuando mejor les parezca y sin obstáculo alguno.

«Si naufragase algún buque español en Uad-Nun o cualquier punto de sus costas, el Rey de Marruecos ampliará su poder para salvar y proteger al capitán y a la tripulación hasta que vuelvan a su país; y se permitirá al Cónsul general de España tomar cuantos informes o indicios necesite acerca del capitán y de la tripulación de dicho buque, a fin de poder salvarlos. Los Gobernadores del Rey de Marruecos auxiliarán igualmente al cónsul general en sus investigaciones, según las leyes de la amistad.»

De manera que España no puede exigir al Sultán de Marruecos la protección que solicitan los pescadores canarios. Si estos fueran hacia el Norte, desde Cabo Nun para arriba, a las costas del territorio marroquí propiamente dicho, nuestro derecho sería inconcuso y el deber del Sultán claro y exigible; pero como no es así, sino que los pescadores van al Sur invariablemente, y los pocos de Lanzarote y Fuerteventura que van hacia Cabo Nun lo hacen porque sus embarcaciones no les permiten arriesgarse tan lejos por lo trabajosa que sería su navegación a la vuelta, lo único que el Gobierno Español puede pedir enérgicamente al Sultán es que procure la salvación y libertad de los tripulantes que fueren cautivados por los moros rebeldes que pueblan el territorio del Sus y Uad-Nun; pero de ningún modo se puede exigir cuando el fracaso ocurra más al Sur.

Es muy cierto, por otra parte, que la influencia moral del Sultán sobre los primeros territorios indicados no carece en ocasiones de eficacia; mas no conviene olvidar en asunto de la importancia del presente y dejando a un lado el espíritu bélico y poco reflexivo de nuestro país, la curiosa contestación que diera un Susí a uno que le preguntara por los límites del Imperio de Marruecos en el Sur. Respondióle lo siguiente, que es tan gráfico como exacto:

— En el país del Sus, desde la falda del Atlas hasta el río Gas, aunque con repugnancia, obedecen al Sultán y rezan por él; desde el Gas hasta el Assaka rezan también, aunque no le obedecen; desde el Assaka hacia el Sur no le obedecen, pero tampoco rezan ni se acuerdan de su persona.

Lo que hay de positivo en este punto concretado es que el Sultán quiere, cuando le conviene, aparentar una soberanía moral o efectiva de que carece, darse importancia con las naciones europeas para que no le desdeñen como cosa baladí, y llegado el momento de que lo demuestre queda al descubierto y en su verdadera insignificancia.

Repito, pues, que el Gobierno Español no puede pedir al Sultán que proteja la pesca de los canarios en lugares de la costa donde ninguna soberanía ejerce. La conducta que han seguido Francia e Inglaterra ha poco tiempo, la primera con motivo del fracaso de las relaciones comerciales que la expedición del Anjou intentó establecer en Ifni, y la segunda después de haber tenido que abandonar Cabo Yuby el escocés Mackenzie (si bien parece que ha vuelto de nuevo a Tarfaya), conducta que se ha limitado a no hacer nada, es la que nuestro Gobierno ha de seguir mientras un derecho claro y terminante, que hoy no existe, no autorice a los pescadores canarios a ejercer su industria desde Cabo Nun hasta Arguin. Y como este derecho no puede dárnoslo el Sultán porque no puede dar lo que no tiene, porque todo el Sur de esa costa está habitado por tribus que le niegan su soberanía política, claro es que nuestros trabajos deben dirigirse al logro de derechos reales y efectivos.

El exaltado patriotismo de algunos señores socios me argüirá, tal vez, que España no se halla en el caso de permanecer quieta cuando tantos perjuicios causa semejante estado de cosas a las siete mil personas próximamente que viven en Canarias de la industria de la pesca. Es muy cierto: pero entiendo yo que, sobre los remedios que he de indicar luego, la política española respecto de la marroquí debe corresponder a la índole de esta en lo que tiene de hábil y taimada. Más claro: España debe emplear una política suavemente cautelosa y enérgicamente sostenida que acabe por poner al Sultán en la alternativa de obligarse a cumplir estrictamente lo pactado, o si declara que le es imposible, conceda el equivalente que a España le convenga.

Difícil sería lo primero porque el Sultán no quiere (y a estorbarlo dispondrá, desde luego, empleando la política tradicional de enzizañar a las tribus contra los cristianos) que una o más factorías establecidas al Sur de su Imperio le mermen, como sucedería inmediatamente, el comercio de Mogador. Pero como ante situación tan apretada para los pobres pescadores canarios algún temperamento hay que adoptar, paso a exponer, al tiempo que me ocupo de los otros dos puntos de la solicitud de la Sociedad Económica de la Gran Canaria, el que debe, a mi juicio, emplearse.

Ponen empeño singular los canarios, y con ellos coinciden muchas personas, en que exijamos á Marruecos el estricto cumplimiento del artículo 8.º del tratado de 26 de Abril de 1860. Este artículo, que conviene conocer en toda su integridad, dice de la manera siguiente:

«S. M. Marroquí, se obliga á conceder á perpetuidad á S. M. Católica en las costas del Océano junto á Santa Cruz la Pequeña, el territorio suficiente para la formación de un establecimiento de pesquería como el que España tuvo allí antiguamente. Para llevar á efecto lo convenido en este artículo se pondrán préviamente de acuerdo los Gobiernos de S. M. Católica y de S. M. Marroquí, los cuales deberán nombrar comisionados por una y otra parte para señalar el terreno y los límites que debe tener el referido establecimiento.»

Una palabra de historia antes de proseguir.

Siendo en 1476 señor de las Islas Canarias Diego de Herrera, desembarcó éste una noche en la costa occidental de Africa y levantó á poco tiempo la fortaleza que se conoce con los tres nombres de Santa Cruz la Chica, Santa Cruz de Mar Menor y Santa Cruz de Mar Pequeña. Fué esta posesión sancionada por uno de los derechos más altos de entonces, por una bula del Papa Alejandro VI, y nuestra siguió siendo hasta 1524, en cuyo año, más afortunado que en el de 1492 que tuvo que retirarse con grandes pérdidas, la sitió y tomó el Rey de Fez al frente de numeroso ejército. Faltaron los auxilios pedidos á Canarias, y la abandonamos para siempre, no sin que Felipe II intentara levantarla de nuevo: no fué, sin embargo, posible, y desistióse de semejante empresa.

Posteriormente se ha querido en diversas ocasiones fijar la situación que ocupara Santa Cruz de Mar Pequeña, y la diversidad de los pareceres ha sido grande, careciendo de exactitud que Viera y Clavijo ni Abreu y Galindo la fijaran, y ménos aún la sociedad de Exploración que preside el Rey don Alfonso XII. Circunscribiéndome á las opiniones más recientes, y todas muy autorizadas, según los Sres. D. Francisco Coello y D. Martin Ferreiro, Santa Cruz de Mar Pequeña debió estar situada en las inmediaciones del rio Dráa; según don Pelayo Alcalá Galiano, en las del rio Chivica; según D. Cesáreo Fernandez Duro, comisionado por nuestro Gobierno para hacer en el Blasco de Garay este reconocimiento oficial, en la ensenada de Ifni, y según D. Antonio Manrique (de Canarias) en el Puerto Cansado.

¿Cuál fué su verdadera situación? Lo ignoro por completo, por lo que no aventuro tal ó cual opinion mia cuando tan encontradas andan las de personas tan competentes. Mas fuere una cualquiera de las cuatro, dados los límites en que invariablemente la colocan ninguna cuenta nos trae, y si la tiene es muy escasa, la posesion de Santa Cruz de Mar Pequeña como pesquería, que es para lo único que el preinserto artículo 8.º nos la concede, no para factoría como algunos escritores mal informados han sostenido.

Supongamos, no obstante esta observacion importantísima, que siguiendo la corriente de un eco mal dirigido hiciéramos hincapié en que se nos entregue por el Sultán —cuando su situación sea conocida— el territorio que ocupó en 1476 Santa Cruz de Mar Pequeña. ¿Dónde colocan ésta nuestros geógrafos? Pues la colocan en la costa comprendida entre Ifni y Puerto Cansado. ¿Hay pesca en estos límites? No, y si la hay es de poca importancia, como lo prueba el hecho práctico de que los treinta barcos que se dedican á la pesca, sólo cuatro ó cinco de Lanzarote y Fuerteventura la ejercen allí, y más singularmente hacia Cabo Yuby, es decir, al Sur de Ifni, Dráa, Chibica y Puerto Cansado. Este hecho está, además, reforzado con el dictámen de autoridades tan competentes como don Jorge Juan, Berthelot y el capitan Aube, que han estudiado minuciosa y detenidamente el asunto.

¿Qué ganarian nuestros pescadores canarios con la posesion de Santa Cruz de Mar Pequeña, si en su costa no hay toda la pesca que busca y necesitan? ¿De qué serviría á España una pesquería en el nombre? Los Canarios, ¿habian de abandonar la exquisita y abundante pesca que hacen hoy desde Cabo Bojador á Cabo Blanco, por la escasa que hay desde Yfni á Puerto Cansado? Las veintiocho embarcaciones que van ahora á Cabo Bojador, Cabo Barbas y Cabo Blanco, ¿dejarían de ir á ellos para dirigirse al Norte de la costa, donde apenas pescan lo que necesitan las cuatro ó cinco de Lanzarote y Fuerteventura?

Es esto tan obvio y evidente para los mismos Canarios, que no merece de mi parte la insistencia. La pesquería de Santa Cruz de Mar Pequeña no es otra cosa que un derecho que España puede y debe cambiar en todo caso, y como diré más adelante, por algo que sea útil, real y positivo.

Tampoco debo hacerme cargo, si no es para combatirlo de pasada, del magno error en que incurre el coronel aleman Conring confundiendo á Santa Cruz de Mar Pequeña con Santa Cruz de Agadir. Santa Cruz de Agadir, que fué de los portugueses hasta 1536, es desde esta fecha de Marruecos y el término precisamente del Imperio en el Sur. La guarnicion y el Gobierno que en Santa Cruz de Agadir tiene el Sultán, comprueban sobradamente, si otras razones históricas y comerciales no hubiere, que las hay, la equivocacion de tanto bulto padecida por el coronel Conring.

Probado, pues, como queda que no nos conviene de modo alguno una pesquería en Santa Cruz de Mar Pequeña, ¿podríamos aspirar á establecer en ella una factoría? Contestaré con la opinion del célebre cautivo But-l-er, quien en carta dirigida á nuestro Cónsul en Mogador el 14 de Diciembre de 1867, dice lo siguiente:

«Existe una gran dificultad en Vad-Nun que coarta la explotación: esta dificultad es la anarquía; y mientras no exista aquí un Gobierno que se haga respetar y ofrezca garantías, creo irrealizable la idea de establecer un comercio regular.»

No hay, por consiguiente, que discurrir acerca de Santa Cruz de Mar Pequeña ni siquiera como factoría en el caso de que para este efecto se nos entregara. Ni como pesquería ni como factoría puede compensar los perjuicios que llevamos sufridos, y ménos la sangre y los tesoros que empleamos en la campaña de 1859 y 1860, cuyo remate es este derecho ineficaz si no ilusorio.

En cuanto á la realidad que pueda tener el compromiso solemne que en el artículo 8.º del Tratado de 1860 contrae el Sultán con España, pregunto: ¿seria sério que nuestro Gobierno ofreciera á una nacion cualquiera tal ó cual territorio en el Cabo de Buena Esperanza, por ejemplo? Pues en idéntico caso se encuentra el ofrecimiento de Santa Cruz de Mar Pequeña. El Emperador de Marruecos no puede darnos lo que no tiene; el territorio en que Santa Cruz de Mar Pequeña estuvo, desde Ifní á Puerto Cansado, tan suyo es comonuestro Joló. Y en esta contradiccion del Sultan, contradiccion que no califico porque por sí sola se califica, es donde España debe hacer fuerza, porque puesto el Sultan en el caso de darnos Santa Cruz descubriríase la verdad de los hechos, quedando claro como la luz meridiana que no tiene ni tuvo nunca soberanía bastante en la costa Sur para disponer del territorio de las tribus rebeldes ó independientes. Estas no lo consentirán si él lo intentara, y á cambio de Santa Cruz de Mar Pequeña arrancaríamos presa más grande y de ventajas más efectivas.

Oficiosamente segun unos, y oficialmente segun otros, algo ha dado ya el Sultan en este sentido. Aprovechémonos de la ocasion y de nuestro derecho, de ese derecho consagrado con la sangre de los gloriosos mártires de la guerra de Africa. ¿Por qué no le pedimos á cambio de Santa Cruz un territorio en el Cabo de Agua, en el Mediterráneo, inmediato á las Chafarinas y que vendría á ser como un límite español á la ambicion francesa en Argelia? Tal vez lo consiguiéramos por quitarle el grave peso de una oferta ilusoria, y las ventajas de dicha posesion, del Cabo de Agua, compensaría la inaccion de veinte años y los perjuicios hasta hoy sufridos por los pescadores de Canarias.

Por lo que respecta al porvenir de éstos, considero que España puede y aun debe apoderarse de la Isla de Arguin, situada al Norte del Cabo Verde, esto es, al Sur de la costa Marroquí y próxima, como su nombre lo indica, al Banco de Arguin, el lugar de mayor y más exquisita pesca segun todos los viajeros y marinos asi nacionales como extranjeros. La Isla de Arguin, despoblada y léjos de la accion del Sultan de Marruecos, ha sido alternativamente de los portugueses, holandeses, ingleses y franceses, hasta que en 1816 lo abandonaron estos por la misma razon que aquellos, es á saber, porque á mucha distancia de sus puertos no les tenia gran cuenta.

Pero á España, cuyas islas Canarias están cerca, no solo le sería ventajosa su posesión bajo el punto de vista político, sino que en ella encontrarían los Canarios la buena y abundante pesca que necesitan y buscan, con lo cual conseguiríamos también que no saliesen de España los 18 millones de pesetas á que asciende el bacalao que importamos á nuestros puertos anualmente. La isla de Arguin no pertenece hoy á nadie, sino á alguna kábila que sería fácilmente por nuestras armas vencida, y el abadejo que se coje en su banco estiman muchos que es superior al de Terranova.

El capitan Aube, de la marina francesa, conoce la importancia de la pesca en Arguin y recomienda á su pátria que se apodere de la isla. En la Revue maritime de 1872, página 489, dice lo que sigue:

«Del cabo Blanco al cabo de Santa Ana, y desde este cabo al de Arguin, existe un canal para los buques de mayor porte, con un fondo de nueve metros, cuya navegación no ofrece el menor peligro aprovechando las variaciones regulares de las brisas y las corrientes. La isla de Arguin está separada del continente por un brazo de mar de más de una milla de estension, y se halla, por tanto, al abrigo de una incursion armada de las tribus árabes, de las cuales la principal, que es la de Vled-ben-Sbáa, reconoce nuestra soberanía. Los antiguos aljibes del establecimiento de Alguin, que hemos hallado medio llenos y que pueden proporcionar hasta 1.000 metros cúbicos de excelente agua, se encuentran en tan buen estado de conservación, que aun sin reparación alguna bastarían para las necesidades de un personal numeroso. La punta Salina, las tierras que rodean el cabo de Arguin y la parte meridional de la isla de Arguin, pueden convertirse con pequeñas obras en salinas cuyos productos serian bastantes para las necesidades de una vasta explotacion de pesca...—Las condiciones climatológicas y geológicas del territorio desde cabo Nun hasta San Luis del Senegal hacen imposible, á excepcion de un solo punto, el establecimiento de una pesquería de importancia, y este punto es la isla de Arguin.»

Ahora bien, no solo con lo que copio queda palmaria y concluyentemente demostrada la alta conveniencia de establecernos en Arguin, antes acaso de que lo hagan los franceses, sino que si se quieren estremar las cosas á estos pudiera corresponder la responsabilidad de lo sucedido al pailebot Fé en las aguas de Arguin, ya que una de las tribus inmediatas á esta isla, por cierto la principal, y quién sabe si la causante del daño, reconoce la soberanía de la Francia.

Se objetará que la piratería berberisca que hace poco trató, como digo, de apoderarse cerca de Arguin del pailebot Fé, haría muchos cautivos y otros estragos. Contesto que no, porque el Gobier-no de España tendrá buen cuidado de mandar á aquellas aguas un crucero de guerra que pusiese á raya á los moros fanáticos. La misma goleta que debe estar de estacion en Santa Cruz de Tenerife podría prestar este importante servicio.

En el banco de Arguin y más al Norte está la verdadera industria pesquera de las Canarias, como lo justifica la insistencia con que van á sus cercanías los 24 barcos de treinta que ejercen dicha industria en aquella parte de la costa. A Arguin, pues, con el auxilio del crucero, y la riqueza de Canarias y de la Península ganará consi-derablemente.

Dejemos de una vez la ilusoria pesquería de Santa Cruz de Mar pequeña; troquemos este dere-cho, si á ello se nos precisa, por el más positivo de Cabo de Agua ó por una fuerte indemnización metálica que nos pondría en el caso de intervenir las aduanas del Sultán (á España importa y conviene muy mucho todo lo que sea ingerirse, sea como fuere, en Marruecos,) y de esta manera habremos dado solucion, por ahora, al conflicto en que los Canarios se hallan y carácter efectivo al artículo 8.º del Tratado de 1860.

Resumiendo para no molestar con prolijidades á la Sociedad. Hé aquí las conclusiones de mi voto.

1.º En cuanto á la proteccion que para los pescadores Canarios piden las Sociedades Económicas de aquellas islas, España debe exigirla al Sultán de Marruecos dentro de la costa comprendida hasta cabo Nun, ó mejor hasta el rio Dráa. No así, por desgracia, desde este punto hasta Cabo Blanco ó Arguin, donde no tiene soberanía el Sultán, por lo que corresponde mandar inmediatamente un crucero de guerra que proteja los intereses españoles en los sitios que designen personas competentes.

2.º El Gobierno debe reclamar enérgicamente y desde luego el cumplimiento del Tratado de 1860; pero si por altas razones este cumplimiento no fuera posible, importaría Permutar el derecho á una pesquería en Santa Cruz de Mar Pequeña por la equivalencia que á España conviniese, bien en Cabo del Agua, ora en territorio inmediato á Santa Cruz de Agadir, ya de otra suerte que deje á salvo la dignidad y los intereses nacionales.

3.º Sería muy útil establecer en Arguin, en Puerto Cansado ó donde más convenga, una pesquería, y aun una factoría que diese facilidades al comercio que se dirije hoy á Mogador.

4.º El Gobierno debe subvencionar durante cuatro años con 100.000 pesetas anuales á la empresa que se proponga realizar tan ventajoso establecimiento.

5.º Seria altamente eficaz para el mayor desarrollo del comercio en las costas fronteras al Archipiélago canario, un Lazareto en las islas que evite las trabas que entorpecen ahora dichas relaciones comerciales.

De todos modos urge que el Gobierno español llene con cautelosa energía, ó con medios más contundentes si es preciso, los vacíos que dejamos en el Tratado de Tetuan de 1860; vacíos de que no culpo á ninguna memoria, sino á la presion inglesa, que debe cesar para siempre mediante el empleo de nuestra parte de una política á la vez prudente y decidida.

Es esta empresa obra del más levantado patriotismo, no del patriotismo sensible y gritador que todo lo perturba, desgracia y esteriliza; del patriotismo sereno, profundo, íntimo, inmeso, que realiza con Cavour la unidad italiana, con Bismarck la de Alemania, y que ha de quitar del corazon de España la agudísima espina que se llama Gibraltar, ha de hacer de la Península antigua Iberia, y ha de llevarnos á la nueva tierra de promision, al Africa, para que en ella cumplamos los altos destinos de nuestra historia en nombre del cristianismo, la civilizacion y la libertad.

FRANCISCO CAÑAMAQUE.

Revista de geografía comercial, 30 de enero de 1886, página 21

En 1883.

Mientras la Sociedad Geográfica de Madrid discute con gran calor dónde estuvo situada la torre que en el siglo XV erigió en la costa de Berbería el conquistador canario D. Diego de Herrera, y se forman partidos de ifnistas y xibiquistas, Inglaterra, que se paga poco de problemas como ese, de interés puramente académico, estudia prácticamente los lugares de aquella costa donde ha de fundar, en el siglo presente o en el venidero, las factorías y fortalezas que le aseguren el dominio del Sus, el Uad-Nun y el Tekna, y le abran las puertas del Marruecos meridional, del Sáhara y del Sudán: Mr. Curtis al Norte y Mr. Mackenzie al Sur, son los inventores de dos soluciones extremas de la llamada cuestión de Santa Cruz de Mar Pequeña, que proponen a la alta sabiduría de nuestros poderes públicos, sin perjuicio de quedarse con ellas, como privilegio exclusivo con garantía del Gobierno, y de buscar otras intermedias, en tanto que aquella docta Sociedad siga dilucidando el arduo problema histórico que tan hondamente la preocupa, ansiosa de no dejar a los sabios ingleses la gloria de ese descubrimiento ni tan grave motivo de preocupación a nuestros descendientes. Nunca con más razón pudo repetirse el adagio antiguo, dum Romae consolitur, debellatur Saguntum; y se diría hecha para esta ocasión la sabrosa y chispeante fábula de los dos conejos, disputando sobre si eran galgos o podencos sus perseguidores.

Decía el señor marqués de la Vega de Armijo en una nota diplomática, a nuestro ministro plenipotenciario en Tánger, Sr. Diosdado, el 10 de octubre último: «La rapidez con que se desarrollan y realizan en aquellas costas sucesos que hasta hace poco podían calificarse de quiméricos, ha venido a imponer al Gobierno la obligación de acelerar el cumplimiento de la estipulación citada.» Y el Sr. Diosdado, pocos días después, decía a su vez, explicándose con alguna mayor claridad, al ministro marroquí, Sid Abd-el-Kerim Brishia: «mi Gobierno cree que lo que menos inconveniente ofrece, es la ejecución pura y simple del tratado, que reclamamos hoy, con tanta más razón, cuanto que no ignoráis que hay otros extranjeros que sin derecho alguno se han instalado en aquellas comarcas y tratan de tomar en ellas posesión.»

Lo extraño no es que esos otros extranjeros traten de tomar posesión de aquellas comarcas; lo extraño es que nuestros Gobiernos no se hayan adelantado a esos propósitos, ni intentado imitar los siquiera, con abstracción completa del tratado, cuando los príncipes semi-independientes del Sus y del Uad-Nun nos invitaron con enojosa insistencia a entrar en relaciones con ellos y abrir puertos en sus costas; lo extraño es que, después de tan repetidos desaires, todavía se sientan atraídas aquellas tribus hacia los españoles y deseen nuestra amistad y nuestra influencia; lo extraño es que, cinco años después de haberse fijado de un modo oficial, por representantes de los dos Estados que se bañan en el Estrecho, el lugar de la costa de Berbería que Marruecos había de ceder a España en cumplimiento de la cláusula 8.ª del Tratado de 1860, pasemos los españoles por la vergüenza de ver iniciada en aquel mismo punto la construcción de un puerto a expensas del tesoro del Sultán (o más verosímilmente, de los ingleses), que no ha encontrado otro medio de granjearse el afecto de las kabilas y someterlas a su obediencia.

El Libro Encarnado es altamente instructivo en este respecto (1). El año pasado, llevó a cabo el Sultán una expedición al Sus, con el principal objeto, según se dijo, «de ejecutar el art. 8.º del Tratado de paz firmado en Tetuán a 26 de Abril de 1860 (documento núm. 9.)». A poco de ponerse en marcha la comitiva y ejército del Sultán, escribía nuestro inteligente cónsul en Mogador, Sr. Lozano: «Fácil le sería al Sultán encontrar propicias todas aquellas kabilas, con grandes ventajas para la unidad de su imperio y no pocas para España. Al dejar yo entrever a alguno de sus xeques, que con gran insistencia me preguntaban, la posibilidad de que el Sultán abra un puerto para el comercio en Ait-Boámara y otro para el Uad-Nun, con la intervención y mando del Sultán en una y otra aduana, fue con aplauso acogida la idea por aquellos xeques, si bien algunos insistían en su propósito de que fueran esta intervención y mando del Gobierno español.» Da cuenta de una reunión celebrada por varias kabilas del Sus, y dice: «Después de largas y acaloradas discusiones, se acordó por unanimidad que todos ofrecerían un decidido apoyo o incondicional sumisión al Sultán, en justa compensación de su formal promesa de abrir al comercio un puerto en el Ifni (núm. 10).»

En otro despacho del mismo cónsul, fechado en Agosto, se lee: «Las dudas que entre las kabilas de Ait-Boámara Tasergualest empezaron a abrigarse respecto a la apertura de un puerto en aquellas playas;... las nuevas ofertas de la Compañía inglesa del comercio del Noroeste de Africa («North West African Trading Company Limited), hechas por su principal agente, Juan Curtis, de abrir al comercio el puerto en Ait-Boâámara; ... las noticias, en fin, que circularon por aquel país, de haber España vendido al Sultán el derecho que tiene por el Tratado de 1860 a establecer una factoría en Mar Pequeña, todo esto hizo perder la esperanza entre aquellas kabilas de tener en sus playas un puerto para el comercio, y trocar, por tanto, en un momento, en mal encubierta hostilidad la actitud de paz y de sumisión que hasta entonces, y por aquella esperanza, habían mostrado al Sultán. Esta actitud que amenazaba extenderse a las kabilas de Ait-Boámara y Uad-Nun, ha vuelto a ser favorable al Sultán, desde que su tío Muley-el-Amin y el xerif Muley-Amed-Soueri se presentaron con 300 jinetes, el 17 del actual, en las playas de Ait-Boámara, y demarcaron en las orillas del río Ifni, en el mismo lugar designado en 1878 por la Comisión hispano-marroquí para emplazamiento de nuestra factoría, el terreno suficiente a construir el nuevo puerto y aduana... Ante estos hechos, que para aquellas kabilas son evidente prueba de la apertura inmediata de un puerto en Ifni, todas han vuelto a presentarse entusiastas al Sultán, reiterando su obediencia y sumisión, incluso el xerif de Tasergualest, Sid-Husein, y los xejes Hamed-Ubba, Hamed-ben-Hach y Jabib-Beiruc, que con igual objeto y el mismo entusiasmo han enviado a sus hijos, puesto que ellos aún desconfían del amán o perdón que les ofrece el Sultán. Logrado, pues, tan fácilmente como era de suponer, el objeto de la expedición, volverá en breve y satisfecho a Marruecos el Sultán... dejando a Muley-el-Amin al cuidado de las obras del nuevo puerto, que he creído siempre, como he informado a esa legación en distintas ocasiones, de fácil realización, por más que el Gobierno del Sultán aparentara dificultades y peligros por una supuesta hostilidad de aquellas kabilas, cuando España ha pretendido hacer esas mismas obras... Continuando algunos xejes de Ait-Boámara en la creencia de que el nuevo puerto de Ifni se abre y construye por cuenta de España, puesto que el lugar al efecto designado es el mismo que ya demarcó la Comisión hispano-marroquí, no cesan en sus preguntas, a las que procuro contestar, como de costumbre, con prudentes evasivas, respecto a la actitud y proyectos de España en aquel país (núm. 11).»

Ifni perteneció a España en el siglo XV, por sumisión que hizo, junto con todo el reino de la Bu-Tata (Uad-Nun), prestando sus xeques y príncipes juramento de vasallaje a los Reyes Católicos, el año 1499. Con este motivo se inició un tráfico muy activo entre España y Tagaost, capital de aquel reino, adonde concurrían los mercaderes del Sus, Uad-Nun, Marruecos y Timbuctú. Por varias reales cédulas de 1503 y 1505, se encomendó la contratación de Berbería al gobernador de Canarias. Sobre esta página interesante de la historia del comercio español, han disertado con fortuna y gran copia de erudición los Sres. Ximénez de la Espada y Fernández Duro. Este último opina que las transacciones con Tagaost se hacían por el puerto de Ifni, llamado también puerto de Tagaost.

Estas tradiciones se han desvanecido con el curso de los siglos, y los naturales de Canarias, inclinados a la bahía de Puerto-Cansado, donde suponen que estuvo situada la fortaleza de Santa Cruz de Mar Pequeña, sienten pocas simpatías por la concha y lugar de Ifni, y con doble razón por cualquier otro lugar más septentrional. En una correspondencia de Canarias se manifiestan temores de que, por manejos de Inglaterra, la nueva factoría española se establezca al N. de Cabo Guer, añadiendo: «¡Sabe usted lo que ganarían con esta permuta los ingleses y los marroquíes? Pues ganarían el abrigado y espacioso puerto de Nahila, o sea, el que D. Diego de Herrera llamó Santa Cruz de la Mar Pequeña; ganarían las rutas de las caravanas de Timbuctú, que traen por Uad-Nun el oro y el marfil de la Nigricia, las lanas y plumas de avestruz del Sahara; ganarían la posesión de las entonces implícitamente abandonadas pesquerías de la vecina costa africana; nos usurparían esos ricos bancos, más productivos, si se explotan, que los de Terranova y Escocia. Además, Cabo Yubi y Mar Pequeña serán una amenaza continua para el Archipiélago canario, que sólo dista de ellos 33 leguas...»

Es esta una cuestión en que tienen razón todos: así los que optan por Ifni, como los que prefieren a Puerto-Cansado, Xibica, Uina o Dráa. El Gobierno debiera ocupar todos estos puntos y demás ocupables de aquella costa: el primero, oficial y militarmente; los demás, por los métodos indirectos de Inglaterra, de que son recentísimo ejemplo Borneo, Omán y Matas de San Bartolomé. — (J. C., Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, 1883.) 

(1) Documentos diplomáticos presentados a las Cortes en la legislatura de 1882, por el Ministerio de Estado. — Madrid, 1882.

Documentos diplomáticos presentados a las Cortes, 1882,  

MARRUECOS

Santa Cruz de Mar Pequeña 

La Ilustración española y americana, 30 de agosto de 1882, página 2 


SANTA CRUZ DE MAR PEQUEÑA.

Los graves acontecimientos políticos que tienen lugar en el mundo han despertado la atención del público español, obligándole á fijar sus miradas en las cuestiones internacionales que más nos afectan. 
 
Una de éstas, puesta sobre el tapete por los repetidos viajes y el interés que en resolverla ha mostrado el Crim Brischa, embajador del sultan de Marruecos, es la conocida con el nombre que encabeza este artículo; y por cierto que es de las que con más justo motivo pueden interesar á los que en algo estimen el engrandecimiento y gloria de nuestra querida patria, pues en ella se trata, no sólo de entrar, por fin, en posesión de un bien que fué nuestro y que á costa de sangre española se ha reconquistado, sino de ocupar un punto importante para la seguridad de las islas Canarias: de limitar por el sur de Marruecos el avance de franceses ó ingleses; y de abrir, por último, nuevas salidas al comercio y la industria nacionales. 
 
Con este motivo vamos á dar una ligera idea de lo que es aquel país, para que cuando, al abrirse las Córtes, vuelva á tratarse esta cuestión, el público sepa dónde está situada Santa Cruz de Mar Pequeña, qué es la pesquería, qué puede España prometerse de su posesión y hasta qué punto convendría la venta ó permuta que el Gobierno marroquí solicita con sospechoso empeño; pero antes, y en obsequio á la mayor claridad, es preciso decir algo sobre Marruecos, al cual muchos creen una nación compacta y semejante á otras de Europa y América, dando este error, por desgracia muy generalizado, márgen á ideas falsas, que, al traducirse en hechos, causan notable perjuicio al país. 
 
Es cosa de pocos ignorada que, vencedores los árabes en Carüan, invadieron el África greco-bizantina, llegando á la Mauritania (hoy Marruecos), donde se encontraron frente á frente con los godos, que, despues de haber expulsado á los romanos, se habían establecido á lo largo de la costa y en algunos puntos del interior. 
 
Los califas encomendaron la conquista del África goda al en nuestros historias famoso Sidi Muza-ben-Nosseir, tan hábil administrador como astuto diplomático y no ménos experto general, el cual, aprovechando el ódio que los hijos de Witiza, desterrados en la Mauritania, profesaban al rey Rodrigo, y el descontento de várias personas principales, que se creian agraviadas por él, se hizo el centro y director de una vasta conspiración, entre cuyos hijos enredó en breve al obispo Oppas, al conde Julian, gobernador de la provincia, y á cuantos, por agravios recibidos ó por la esperanza de medrar á favor de las revueltas, quisieron entrar en la conjuración. 
 
Gracias á sus ocultos manejos, no sólo cesó la guerra que los godos sostenían, sino que los citados próceres le entregaron todas las plazas fuertes y, como es sabido, guiaron á los sarracenos hasta el corazon de España. 
 
Aun cuando desde entonces quedó toda el Africa septentrional en poder de los vencedores, y, no obstante la gran habilidad de Muza y el esmero con que había procurado, y en muchas partes conseguido, la fusion de árabes y bereberes, no pudo lograr que éstos renunciáran por completo á su independencia, y dado que muchos aceptaron el Coran y se avinieron á pagar tributos á los califas, numerosas tribus conservaron su autonomía y luchaban denodadamente con los invasores de sus territorios, que tantas veces había cambiado de dueño y había por tanto tiempo permanecido en ajenas manos, que ya los bereberes, perdida la noción de la patria, sólo consideraban suya la tierra en que habían nacido y en la que pastaban los ganados de su tribu. 
 
En esta lucha, aún no terminada, era común ver unidos á bereberes y árabes para sacudir el yugo de los califas, y á estos les animaba, además de esa ley fatal y constante que impulsa á las colonias lejanas á apartarse de sus metrópolis, el ejemplo de lo que en España había sucedido, y la ambición que en los gobernadores despertó el ver á sus colegas de la Península convertidos en reyes. 
 
Por este tiempo (año 786 de J.C.), el Emir Mohamed el Probo, que se había sublevado contra el Mehedi, usurpándole el califato, fué derrotado y muerto en una gran batalla que se dió en los campos de Fadj, á seis millas de la santa ciudad de la Meca, y su familia se dispersó, huyendo de la venganza del vencedor. 
 
Mohamed el Probo, durante su corto reinado, envió á sus hermanos por varias partes del Africa, con el encargo de conquistarle partidarios y hacer que todos reconocieran su soberanía, y uno de ellos, nombrado Soliman, que estaba en Egipto cuando le sorprendió la noticia del desastre de Fadj, se refugió primero en el Sudan y luego en Tlemecem, ciudad que entonces pertenecía á la Mauritania, y que hoy forma parte de la colonia de Argel. 
 
Durante su destierro tuvo muchos hijos, que más tarde tomaron el nombre de Hoseinistas, del de su abuelo, Abd-Al-la-ben-Hosein, y penetraron en el Sus-el-Aksa, que es la comarca situada al sur de la gran cadena del Atlas, formando las cuencas del Sus, Masa, Draha y parte del Chivica, y en la cual conservan aún sus descendientes un resto de soberanía, como veremos más adelante. 
 
Edris asistió á la batalla donde su hermano Mohamed encontró la muerte, y, tras mil apuros, llegó á Tánger, penetrando en lo que entonces se llamaba Sus-el-Adna, que era la comarca comprendida entre el Moluya y el Morveya. 
 
Tánger era en aquella época la capital del Morgreb, y, según los historiadores árabes, la madre de las ciudades, la más hermosa y la más antigua; pero allí no encontró Edris lo que buscaba, y siguiendo su camino hacia el Sur, llegó á Ualily, en donde pudo, por fin, invocando su parentesco con Mahoma y su enemistad con los califas, ganar partidarios que le permitieran echar los cimientos del que es hoy Imperio de Marruecos. 
 
Los árabes, viviendo en la Mauritania como en país conquistado, plantando sus tiendas en los terrenos que sus armas protegían, despreciando á los bereberes, considerando su reciente conquista, no como una nueva patria, sino como una etapa en la marcha guerrera que habían emprendido hacia el Occidente, un campamento en el cual se detenían algo más, pero que al fin acabarían por abandonar, miraron con indiferencia los manejos de Edris; pero los bereberes, tan enteros é independientes con sus conquistadores los árabes, como antes lo habían sido con godos, vándalos, romanos y cartagineses, creyendo ver en el hermano de Mohamed el restaurador de sus libertades, tomaron con calor su partido, ayudándole desde luego con sus armas las tribus de Zuakta, Zuaga, Lemaya, Luata, Sedreta, Kiyata, Nefrata, Mequineza y Gomara. 
 
Edris, deseoso de llegar al fin sin reparar en los medios, se apoyó en los bereberes; pero no pudiendo tener simpatías por un país casi salvaje, poco á poco, y á medida que iba afirmando su poder, fué anulándolos hasta que logró hacer el estado árabe. 
 
Desde entonces hasta nuestros días las dos razas han vivido frente á frente, aliadas unas veces, enemigas otras, pero conservando siempre viva en su memoria la diversidad de origen, considerándose una como vencedora, y mirando la otra á sus vecinos como usurpadores.
Viviendo juntos, labrando los mismos campos y teniendo no pocas veces amigos ó enemigos comunes, unidos por el poderoso lazo de la religión por espacio de más de mil años, los primitivos odios se han amortiguado mucho, pero no han desaparecido hasta el punto de fundir las dos razas y crear una nacionalidad compacta. 
 
Los bereberes siempre han estado, y aún hoy están, dispuestos á luchar contra los árabes: por eso acogen con ansia todas las ocasiones de encender la guerra civil que reina constantemente en el Imperio, y por eso, desde la proclamación de Edris hasta la del actual sultan Muley Hasen, el cambio de soberano ha ocasionado trastornos y guerras más ó menos desastrosas. 
 
Esta tendencia secular ha producido la formación, dentro del Imperio, de pequeños estados autónomos, que afectan de un modo notable al organismo político del Imperio marroquí, destruyendo la unidad de este y siendo para el porvenir un elemento importantísimo y muy digno de ser estudiado por nuestros gobernantes, puesto que de él puede salir la disolución y ruina del Imperio. 
 
Como complemento de lo expuesto, vamos á marcar con la posible exactitud los sitios donde exclusivamente viven árabes y bereberes, y donde están las tribus independientes.
Antes de proceder á esta clasificación, hay que advertir que no es posible separar con una línea bien marcada á una y otra raza, pues ya queda apuntado que en varios sitios bereberes y árabes han mezclado sus aduares, sus familias en otros, y en muchos forman una raza mestiza poco importante. 
 
En las ciudades, por ejemplo, los árabes y bereberes que trocaron la vida nómada de las tiendas por la sedentaria de las poblaciones, los descendientes de los moros expulsados de España, los renegados, los turcos, etc., han formado una casta sui generis, que es la más activa, industriosa é inteligente del Imperio, pero tambien la de más perversion moral. 
 
Esto sentado, empezaremos por el Muluya, cuya cuenca está en parte habitada por bereberes, comunmente llamados riñeños, nombre que algunos quieren derivar del latino ripa (ribera, costa), por creer que lo dieron los romanos para designar las valientes y guerreras tribus que, á orillas del Mediterráneo, protegidas por lo fragoso del terreno, resistieron al empuje de los conquistadores del mundo.
Sin aceptar ni rechazar semejante etimología, por parecernos cosa de poco momento y no bien averiguada, harémos sólo observar que otras muchas y no ménos valientes tribus ribereñas encontraron los romanos en el discurso de sus conquistas por el norte de Africa, y, sin embargo, ni las designaron por este nombre, ni, dado que así lo hicieran, ellas lo conservaron como las del Este, en las cuales parece raro que sólo esta palabra retuvieran de sus enemigos, y por ella casi perdieran su propio apellido. 
 
Sea como fuere, en las orillas de Chot el Arbi arranca y tiene origen el Rif, extendiéndose por el interior hasta Quiviana, en las montañas de Guedana, á 185 kilómetros del mar; pero en toda esta comarca están muy mezclados con los árabes, que plantan sus tiendas y hacen pastar sus ganados en ambas orillas del Chot (lago), siendo unos y otros independientes. 
 
La faja de montañas que desde Orán se extiende hacia el Oeste, hasta las cercanías de Tánger, está habitada por bereberes, entre los cuales hay algunas tribus árabes, aunque pocas. Estas tribus son las que por excelencia se llaman rifeñas, y de su obediencia al Sultán puede juzgarse con sólo decir que éste ha tenido que establecer la Aduana de Melilla dentro de los muros de la plaza para, con la protección de nuestros soldados, poder cobrar á sus obedientes súbditos los derechos de importación y exportación. 
 
Este hecho tan extraño merece ser bien estudiado por los que se ocupan de la cosa pública, pues él solo demuestra lo que hasta ahora ha sido la política de España en Marruecos. 
 
Todo el resto del montañoso país situado al norte de la cadena principal del Atlas está poblado por kábilas bereberes, descendientes ó ramas de las grandes tribus de Uaraba, Snata y Ramra, estando en el centro de esta comarca el estado independiente del famoso Sherif de Uasan, gran cruz de Isabel la Católica, casado con una inglesa, y cuyo prestigio entre los moros supera al del Sultán. 
 
Marchando por la costa, desde Arcila hacia el Sur, comprendiendo al interior una zona de diversa anchura, pero que no baja de 100 kilómetros, se encuentra una población esencialmente árabe, que haciendo pastar sus ganados á orillas de los ríos Lucus, Sebú y las dilatadas lagunas de Rasdaura cultivan las fértiles llanuras del Garb.

Los montes Marizan, y toda la región montañosa que hay entre Fez, Mequinez y el Atlas, está ocupada por tribus bereberes, tan indómitas, que los sultanes, para ir desde Fez á Marruecos, tienen que pasar por Rabat, seguir la costa hasta Mazagan, desde donde se internan y toman la dirección de Marruecos, llamándose, por esta causa, en muchos mapas la ruta que acabamos de trazar Camino Imperial.

Las márgenes del Burgreb, todo el terreno comprendido entre este río y el Sebú hasta las cercanías de Mequinez, está ocupado por várias kábilas bereberes, pertenecientes á las tribus de Dhadma, Esebah y Zahira, las cuales, abrigadas con las asperezas de un país bravio y en gran parte cubierto con el bosque virgen de la Mármora, forman una confederacion que ha desafiado impunemente á los sultanes, viviendo con leyes y jefes propios, lo mismo que antes de que su valiente raza cayera bajo el sable de los árabes en las angosturas del Aures. Esta confederacion tiene en perpetuo jaque á la ciudad de Rabat, cuyos vecinos, para defenderse de sus incesantes correrías, han cercado la poblacion con tres recintos de elevados muros, tras los cuales labran sus huertas, tienen seguras sus viviendas y custodiados los rebaños, que sólo salen á la estrecha zona que en torno de la ciudad cultivan, cuando las atalayas y corredores avisan que no hay que recelar ningun ataque.

En la cuenca del Morveya habitan, en el nacimiento del río, bereberes independientes y guerreros, que se van haciendo más tratables á medida que se acercan al mar, hasta que al fin se confunden de tal suerte con los árabes, que de muchas tribus no se sabría el origen si no viéramos citados sus nombres y apuntada su procedencia por los escritores africanos; en este caso se hallan los Sieidas, Snatas, Mediunas, Halulas y otros muchos, que sería prolijo enumerar.

En las inmediaciones de Mogador vuelven á aparecer los bereberes coronando el Atlas, y van, despues de cercar á la ciudad de Marruecos con sus numerosas tribus, á darse la mano con los independientes habitantes de las sierras de Marizan y el Rif.

Cerca de la costa, entre Mogador y el rio Glimi, está la tribu de Jaja, compuesta de doce kábilas bereberes, que obedecen al Sultan sólo cuando les conviene.

Es preciso hacer notar que en la region comprendida al norte del Atlas, los naturales parecen haber perdido la idea de la diferencia de razas de que nos venimos ocupan-do, no habiendo para ellos más que montañeses y habitantes del llano; pero al Sur, á contar desde los de Jaja, ya tienen el orgullo de su origen: se llaman bereberes, y no quieren confundirse con los árabes. 
 
En la provincia de Tafilete, y en toda la cuenca del Draa, la mayoría de la población es árabe, habitando los bereberes á orillas del Masa y el Sus, y en las desembocaduras del Draa y Chivika. 
 
Esto respecto á su origen; en cuanto á su dependencia, los bajalatos de Tafilete y Tarudan están bajo la del Sultán, y en completo estado de independencia los demás.

II.

Conocidos ya los elementos, bastante heterogéneos, que componen el Imperio de Marruecos, vamos á describir el país donde está, ó por lo ménos se supone situada, Santa Cruz de Mar Pequeña. 
 
Entre los ríos Sus y Masa se extiende una fértil llanura, habitada por la tribu berebere de Stuca, dedicada exclusivamente á la ganadería; desde el río Masa al Aguilú, y hasta treinta y seis millas al interior, ocupa un terreno algo accidentado la tribu de Tiznik, rica en ganados, cereales, aceite y cobre: no reconoce la autoridad del Sultan, la gobierna una Junta, compuesta de diez sherifes (santones), cuya dignidad es hereditaria, y acata la supremacía religiosa de Sidi-Husein-Ben-Hachen, del que mas adelante hablaremos. 
 
Desde el rio Aguilú hasta el Asaca se encuentran las kábilas confederadas de Ait-Bmara, que extienden su dominio por el interior hasta el monte Tizintil, gobernándose cada una por sus leyes especiales y por su Chekg, y cuando tienen que ventilar asuntos de interés general, forman una Junta, compuesta de veinte individuos elegidos por el pueblo. 
 
Desde el Asaca hasta Zequia-el-Hamra, veinte millas al sur de Cabo Jubi, donde están establecidos los ingleses, son las tierras de Tekna, compuestas de trece tribus, que antes obedecían á un solo jefe, el Chekg-Beiruk, pero que, á la muerte de éste, se dividieron entre sus hijos. 
 
En el interior, á lo largo de la confederación de Ait-Bmara hasta Hamet-Ben-Musa, en la orilla izquierda del Masa, ocupando unas mil ochocientas millas cuadradas de terreno montañoso, está el Estado independiente de Sidi-Husein-Ben-Omar-Ben-Hachen, descendiente de los Husenitas, que, como hemos dicho, penetraron en el Sus-el-Aksa despues de la batalla de Fadj. 
 
A pesar de la pequeñez de este Estado, su jefe es muy rico y reputado en el país por su cualidad de descendiente del Profeta; tiene pretensiones al trono marroquí, y en caso de ataque por parte del Sultán, en torno suyo se agrupan las kábilas de Tiznik, Ait-Bmara y Tekna. 
 
En la confederación de Ait-Bmara está el sitio donde se cree que estuvo fundada la torre que D. Diego de Herrera construyó en 1476, y esta creencia se basa en la distancia que la separaba de las Canarias, y en la tradición, pues los moros señalan las ruinas de la que dicen ser torre de Herrera con el nombre de Burg-el-Rumi (Torre del Cristiano), y los pescadores canarios que frecuentan aquella isla conocen el mismo sitio por Santa Cruz, según consta en documentos oficiales, y, por lo tanto, á ellos nos atendremos, mientras en contrario no se pruebe otra cosa. 
 
El terreno de Ait-Bmara es quebrado y en extremo rico en granos, ganados, minerales, almendras, gomas, aceite y cera, siendo su río más importante el de Ifni, conocido tambien por Playa blanca, en cuya orilla derecha está Santa Cruz. 
 
Colocándose el espectador en el mar, frente á la desembocadura del rio, que corre encallejonado entre elevadas colinas, ve al último término las cumbres de los montes Hamselú, en uno de cuyos más altos picos está la ciudadela de Ofran, en la cual guarda Sidi-Husein sus tesoros y mujeres cuando teme ser atacado por algun poderoso enemigo. 
 
A la izquierda corre una colina de vertientes abruptas, sobre la cual se conservan aún los restos de la fortaleza de D. Diego de Herrera, y en una meseta inferior el pueblo de Amezdok, que domina el santuario y cementerio de Ifni, situado en la playa á la desembocadura del rio, en cuya orilla izquierda se vuelve á elevar el terreno perteneciente á la kabila de Ait Bubker, que forma parte de la confederación. 
 
Por esta colina bajan, para atravesar el rio y seguir su marcha al Norte por la meseta de Amezdok, las caravanas que hacen el comercio entre Tombuctú y el Noroeste del Africa. 
 
A una jornada escasa de Ifni está Glimin, del Estado de Tekna, en cuya poblacion se juntan los caminos de Tombuctú, de las minas de sal de Todiny, del oasis de Tuat, de Tarudant, Tafilete y Mogador; de suerte que si se abre un puerto de salida tan cerca de la confluencia de estos caminos (diez y ocho millas) como lo está Ifni, no es un disparate suponer que á ese puerto afluirán, ademas de los productos del pais, que no dejan de tener importancia, las más valiosas mercancías del Africa central, que hoy, para ganar el de Mogador, tienen que hacer un viaje de más de doscientas millas, por un terreno áspero, y expuestas á mil peligros y exacciones. 
 
Es verdad que el tenedero de Ifni es muy malo; pero este inconveniente, comun á casi todos los puertos de la costa occidental de Marruecos, no es de tal magnitud que pueda impedir el tráfico, como no lo impide en Safi, Mazagan, Casablanca, Rabat y Larache; pero aun en el caso poco probable de que los buques de gran porte repugnaran frecuentar aquellas aguas, ya por falta de abrigo, ya por miedo á las dificultades con que habrían de llevar á cabo las operaciones de la carga y descarga, los canarios, que conocen la costa palmo á palmo, se encargarian de hacer el tráfico entre Ifni y su pais, y el archipiélago se convertiría, con gran provecho de la patria, en el emporio del comercio africano. 
 
Respecto á la pesquería, ¿habrá quien dude de su importancia? En todo tiempo las costas occidentales de África han sido el punto de reunion de muchas y variadas especies de pescados, que en sus periódicas emigraciones acuden á ella, atraidos por la suave temperatura de sus aguas, por la calidad del fondo, en extremo á propósito para el desove, y por el copioso y excelente alimento que arrastra contra aquella costa la corriente del Gulf-Stream. 
 
Los naturales del archipiélago canario, aprovechando la ventajosa posicion de sus islas, pescan exclusivamente en aquellas aguas, pero en corta escala, con medios insuficientes, que no les permiten preparar el pescado como se necesita para hacer ruda y ventajosa competencia á las pesquerías de Terranova, pues el abadejo que se coge allí, y que se conoce con el nombre de bacalao de Canarias, no desmerece del pescado en los mares del Norte. 
 
Se ha dicho que en Ifni no hay pescados, aduciendo como prueba el que los pescadores van mucho más al Sur, lo cual no es cierto; lo que hay es que, no teniendo dónde abrigarse, y reinando en estos parages, desde Abril hasta Setiembre, frescas brisas de los cuadrantes primero y cuarto, y una corriente bastante fuerte de Nordeste á Sudoeste, resulta que los barcos de vela, que tienen que pescar cerca de la costa, no pueden remontarse al Norte sin gran trabajo, y para evitarlo, al salir de Canarias van á reconocer á Ifni, desde donde empiezan á pescar, dejándose llevar por el viento y la corriente hasta más al Sur de las Matas de San Bartolomé.
Tambien se ha dicho que de ningun modo convenía á España la posesion de Santa Cruz, porque desde luego irian á establecerse allí muchos ingleses, y esto no pasa de ser una vulgaridad, un disparate económico, alegado, por desgracia, como argumento de peso, por hombres de gran talento: ellos sabrán por qué; quizas porque no tienen otra razon mejor que aducir, por más que no puedan convencer á nadie de que es malo que á las posesiones españolas afluyan capitales extranjeros.

III.

Cumplido nuestro propósito, que era dar una ligera idea de lo que es y lo que vale nuestra pesqueria de Santa Cruz, no con la extension que deseábamos, y con la copia de datos que hemos podido reunir durante nuestra larga residencia en el Imperio marroquí, sino con la brevedad y concision que consienten los estrechos límites de un artículo, vamos á terminar examinando hasta qué punto convendría, no la venta de nuestro derecho, que esa la ha rechazado ya el Gobierno con noble entereza, sino el cambio por otro territorio. 
 
¿Dónde habria de estar situado el que nos dieran en compensacion del que ha de ocupar la pesqueria? 
 
Este es el primero, el principal de los problemas que hay que resolver, ó por mejor decir, el único; porque, elegido el sitio, sus circunstancias nos han de decir si nos conviene ó no. 
 
Para resolverlo, cojamos el mapa de Marruecos, y empezando por la frontera de Argel y terminando en cabo Jubi, que ya está ocupado por los ingleses (sin que nadie se lo haya concedido, con ménos ruido que nosotros venimos haciendo desde hace veintidos años para tomar lo que es nuestro), y de su estudio deduciremos cuáles son los puntos en que el Sultan estará dispuesto á concedernos una compensacion, y qué ventajas ofrecen éstos sobre Santa Cruz, único caso en que el cambio puede aceptarse. 
 
Por lo pronto, en toda la costa de Levante no vemos ningun sitio que pudiera convenir á España más que el cabo del Agua, frente á las Chafarinas, y esto, sólo como  punto militar, pero que no contribuiría en lo más mínimo á aumentar la importancia de nuestro comercio, que es lo esencial y lo positivo, ni añadiría más fuerza militar á la posicion que ya tenemos allí sin hacer ántes costosas fortificaciones. 
 
Teniendo esto presente: que las tribus que dominan en aquel territorio no obedecen al Sultan; que el país que habita es pobre, y que su posesion no representa un interés capital para ninguna provincia española, creemos que el Cabo del Agua debe descartarse, y por iguales motivos, cualquier aumento de territorio al lado de nuestras plazas fuertes. 
 
El Sultan no habrá de ofrecer, ciertamente, ni Rio Martin, ni ninguno de los puertos situados en la costa occidental, hasta Mogador inclusive; desde allí hasta Cabo Jubi, tampoco, porque entonces no nos hubiera propuesto el cambio de Ifni: pero justamente es desde Cabo Gir hacia el Sur donde se podria admitir el cambio, porque cualquiera de los puertos que se encuentran en esta costa sería un punto de apoyo importante para la seguridad de las Canarias, limitaría el avance de otras naciones, encerrando al Imperio en un círculo de posesiones españolas; abriría nuevas salidas al comercio, y cooperaría grandemente al progreso y bienestar del archipiélago canario, al cual debe consultarse, en último caso, ántes de resolver esta importantísima cuestion. 
 
Vamos á examinar los puntos que pudieramos aceptar á cambio de Ifni: Agadir, diez y seis millas al sudeste de Cabo Gir, ó la embocadura del rio Sus, como puertos mercantiles, tienen la desventaja de distar mucho de Glimin, donde hemos dicho que se reunen los principales caminos del centro del Africa, y sólo habría que contar con los productos del país; pero distando de Bab-Vana, que es el desfiladero que da acceso al Imperio de Marruecos por el Sur, y de Tarudant unas cuatro jornadas, á través de un terreno poco quebrado, pudieran ser puntos estratégicos de consideracion. 
 
El Madem, á orillas del rio Masa; Aguilú, Tamarsit, Olihan, Porto Regulo, llamado tambien Isgadir, y Mireleft, valen más para nosotros á medida que se acercan á Ifni, y por consiguiente, al punto de reunion de las caravanas; pero ninguno tiene condiciones especiales que lo recomienden para el cambio, y al sur de Ifni no hay más que la Uina, conocida por los pescadores canarios bajo el nombre de Meano, que ofrezca positivas ventajas, pues el terreno es llano, y por lo tanto, más fácil de defender; está más cerca aún que Glimin del paso de las caravanas; cuenta con un puerto natural bastante regular para embarcaciones pequeñas, y susceptible de mejora; ocupa, respecto á Canarias, una excelente posicion, y está en el centro del banco de pesca, siendo un magnífico sitio para establecer la pesquería; pero en cambio tiene la desventaja, no pequeña, de carecer de agua, inconveniente que, segun informes de los naturales, no seria ni imposible ni costoso remediar por medio de pozos.

Por lo pronto, el deseo que muestran los marroquíes de evitar nuestro establecimiento en Ifni, y el rumor de que á ello se ven impulsados por los ingleses, que quieren extender hacia el Norte la factoria que han fundado en Cabo Jubi, indican suficientemente el valor de nuestra pesquería, y la necesidad de tomar de una vez posesion de ella, para evitar nuevas complicaciones.

Entre tanto, hemos concluido por hoy, considerando recompensado con exceso nuestro trabajo si con él hemos contribuido en lo más mínimo á ilustrar una cuestion que tanto, y con tan justo motivo, preocupa al público en general.

JOSÉ ÁLVAREZ PEREZ.

Revista de geografía comercial, 1 de julio de 1886, página 45

No siendo eso, todo lo que España puede hacer (pero esto creo que debe hacerlo), es crear dos o tres núcleos de población en la costa, que hagan efectiva la ocupación del territorio; protejan la industria de la pesca; sirvan de guía y escala al comercio marítimo universal, con sus depósitos y sus faros; creen en torno de sí un oasis, que sea texto vivo con que se enseñe la posibilidad y el modo como en su día ha de transformarse el Desierto; y sirvan de mediador por donde se comuniquen sus naturales con el mundo exterior, y salgan de su aislamiento, y se sientan atraídos hacia el mar, y reciban los primeros vislumbres de la vida civilizada con sus buques, sus casas, sus ferias, su trato, sus medicinas, sus manufacturas, sus escuelas, sus industrias y sus cultivos. Esas poblaciones deberían situarse: una en Río de Oro; otra en la desembocadura del Seguia-el-Hamra, si se puede habilitar allí fondeadero; y acaso otra en la Uina, si al fin se decide que la costa de la Mar Pequeña vuelva a ser, como debe, española. Las condiciones agrícolas de estas tres regiones son enteramente diferentes, y representan un tipo distinto de cultivo. La población de la Uina tendría más de colonia que de factoría; la de Río de Oro sería factoría y pesquería más bien que colonia; la del Hamra participaría por igual de los dos extremos. Podrían apoyarse mutuamente; por ejemplo, suministrando la Uina pastos que le faltan a Río de Oro, para el ganado que se fuese adquiriendo aquí y no se pudiera transportar inmediatamente a la Península. En cada una habría autoridad local, dependiente de Canarias, y un destacamento compuesto, al menos en parte, de moros tiradores del Rif; también debería admitirse indígenas del Sáhara, pero después de servir en Ceuta algunos años. Los colonos del Hamra y de la Uina habrían de tomarse de Canarias; mas en Río de Oro tal vez convendría proceder de este otro modo:

La población deberá fundarse, a mi juicio, no en la península, donde se halla establecida la factoría de Villa-Cisneros; tampoco cerca del pozo de Tauarta (en cuya depresión, por otra parte, podría crearse sin gran esfuerzo un oasis cultivable de un kilómetro de longitud, alumbrando más agua, y contando con que el aire en este sitio, cuando más seco está, contiene 50 por 100 de humedad relativa, y que por la noche llega a 100, al punto de saturación, produciendo rocíos copiosísimos, según las observaciones psicrométricas del Sr. Quiroga); debe fundarse, repito, y este es también el deseo que han manifestado los adrarienses a nuestros viajeros, en la costa del continente frontera de la península, junto al Huisi-Aisa (pocito de Jesús), o en otro sitio próximo que sea más idóneo para el embarque y desembarque, donde, sondando previamente el suelo, se encuentre una vena de agua o indicio de filtraciones como las que abastecen el pozo dicho. Además, debe dotarse a cada casa de un aljibe, sea de losa y cemento, sea de baldosa vidriada, para reco...

Revista de geografía comercial, 30 de abril de 1887, página 30

5.° Santa Cruz de Mar Pequeña. El Sultán ha concertado con España la entrega de la ensenada de Ifni, en cumplimiento del art. 8.° del tratado de Uad-Ras; pero luego no ha podido hacerla efectiva, por oposición de los naturales. España debe exigir una permuta o una compensación, para acabar de una vez con esa cuestión que no acredita mucho el celo de nuestra diplomacia o el respeto que inspire a los extraños nuestro derecho. Esa sustitución puede consistir en una de estas dos cosas: entrega de Santa Cruz de Agadir, que según respetables autores extranjeros, corresponde a la antigua Santa Cruz de Mar Pequeña, y que por tener fortificaciones se halla en condiciones para ser ocupada como no Ifni; o renuncia a favor de España de los derechos que Marruecos pretende tener sobre la costa continental de la Mar Pequeña, a partir del río Asaka, según lo tiene propuesto nuestra SOCIEDAD.

La Voz, 2 de mayo de 1934, página 1

Consejo de ministros

Se solicita un crédito extraordinario de cuatro millones de pesetas para gastos de la ocupación de Ifni o Santa Cruz de Mar Pequeña

Fotografías de Sidi Ifni de 1934

Fotografías realizadas por Dictinio cuando estuvo en Ifni y en Cabo Juby, destinado como Oficial Habilitado del cañonero Eduardo Dato. La colonia estaba bajo el mando del general Osvaldo Capaz, que tomó posesión de Sidi Ifni en nombre de la República el 6 de abril de 1934.

Años felices en Sidi Ifni

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