El caso Prévost
El 19 de enero de 1880, al amanecer, Victor Joseph Prévost fue guillotinado en la plaza de la Roquette, en París. Juzgado el 8 de diciembre de 1879, había sido condenado a muerte por dos asesinatos y robos: el de un joyero ambulante, ocurrido pocas semanas antes, y el de una de sus amantes, en 1876. Prévost había trabajado como carnicero y, posteriormente, como miembro de la prestigiosa escolta imperial de los «Cent-gardes», para acabar como agente de policía desde 1869; un hecho que le dejaba muy pocas probabilidades de obtener el indulto del presidente Mac Mahon.
Casi un siglo después de iniciada la Revolución, la pregunta que se podía hacer era si ¿se trataba el cuerpo de los condenados a muerte como cualquier otro, en virtud de los principios de igualdad defendidos por los revolucionarios? Al saldar su deuda en el cadalso, ¿volvía el condenado a ser un ciudadano común, o persistía algún rastro de infamia que justificase un trato particular?
Apenas caída la cuchilla, no había lugar para los preparativos mortuorios: el verdugo, Louis Deibler, empujó el cuerpo sin miramientos hacia el cesto de mimbre situado junto a la guillotina; esta brusquedad se debía a la necesidad de ocultarlo lo más rápido posible a la vista del público y de tapar los chorros de sangre que podían brotar; la cabeza —que solía recogerse por el cabello o las orejas del recipiente donde había caído— también se depositaba allí. El fondo del cesto se había llenado previamente con salvado o serrín para absorber la sangre. El conjunto se introducía en un furgón con destino al cementerio.
La lógica que rodeaba a estos actos era de carácter logístico, y no funerario: se trataba de gestionar lo que quedaba tras la ejecución; esto explica que dichos restos se depositasen en un recipiente provisto por el verdugo —y no en un ataúd—, y que el vehículo no llevase ningún distintivo propio del duelo. De hecho, el cuerpo atravesaba la ciudad a gran velocidad —lejos del paso pausado que correspondía a los coches fúnebres— rumbo al cementerio de Ivry, acompañado por curiosos o por funcionarios en el ejercicio de sus funciones:
A la cabeza, un gendarme con el sable en la mano. Luego, delante del furgón, otros tres; a derecha e izquierda, dos más. Detrás, el coche de caballos del abate Crozes, el carruaje del señor Macé y otros dos vehículos con periodistas. Todo ello a paso ligero. En estas circunstancias, los muertos van deprisa. Solo se dispone de tres cuartos de hora para llegar al Champ des Navets, y queda lejos.
Nada que ver con el cortejo de allegados, simpatizantes e incluso admiradores que acompaña lentamente los cortejos fúnebres hasta la última morada del difunto. El cementerio de Ivry se inauguró en 1861 en las afueras de París para aliviar al cementerio Sur (Montparnasse) de sus difuntos de las clases populares.
Además, acoge los cuerpos no reclamados provenientes de hospicios u hospitales parisinos, así como los que llegan de la Morgue; constituye, claramente, un espacio de relegación —tanto por su ubicación periférica como por el estatus social de los difuntos que alberga—, un espacio situado en las antípodas del cementerio paisajístico y bucólico de Père-Lachaise, el primer cementerio moderno de la capital, salpicado de concesiones funerarias y adornado con monumentos. Maxime Du Camp ofrece una descripción particularmente lúgubre:
«Se atraviesa una vasta empalizada de tablas y se penetra en la zona reservada para los fallecidos en hospitales, los procedentes de la Morgue y los ajusticiados: es el Campo de los nabos (Champ des navets). Nada hay más desolador; la tierra, gris y fea, presenta aquí y allá abultamientos; grandes zanjas permanecen abiertas, aguardando a su presa. Han brotado hierbas silvestres —cardos, corregüelas, achicorias, rabanizas ya sin flor— que se agitan al soplo del viento; una gallina guía a sus polluelos, que picotean sobre todas estas tumbas. Se alzan algunas cruces de madera, adornadas con una corona de ramas».
Esta descripción podría ajustarse perfectamente a un cementerio de la Edad Moderna, como el cementerio parisino de los Innocents en el siglo XVIII: un espacio bastante vacío, donde coexisten fosas y montículos, y donde los elementos de identificación —y, con mayor razón, los monumentos— son escasos. Sin embargo, esta topografía ya no resulta familiar a finales del siglo XIX: en las necrópolis urbanas, las concesiones coronadas por sepulcros se han multiplicado a lo largo de los senderos, ocultando en mayor o menor medida los espacios destinados a las fosas de cinco años, donde se enterraba a las clases modestas.
Sin embargo, la anomalía no reside ahí: radica en el hecho de que los ajusticiados son inhumados en un espacio específico, separados del resto; no se unen a la gente común en las fosas que se están llenando. Esta norma es recordada, a principios de la Tercera República, por el capellán de La Roquette al Prefecto de Policía —quien deseaba conocer las costumbres—, con estas palabras: «habitualmente, se les deposita en un lugar reservado del cementerio». En Ivry, en 1880, se les reservó un sector: la división 12. Junto a otros difuntos igualmente abandonados, reposan en un espacio mal conservado donde las sepulturas rara vez están identificadas.
En aquellas ciudades que solo cuentan con una gran necrópolis, se les destina un lugar específico: en Marsella, por ejemplo, se hallan a lo largo del muro de la sección judía del cementerio de Saint-Pierre. Por otra parte, incluso en los escasos casos en que las familias se hacen cargo de los cuerpos —permitiendo así que estos reciban una «sepultura ordinaria»—, el capellán señala una privación que trasciende el imperativo de discreción estipulado en el Código: «se les coloca, ya sea en la fosa común o en un terreno pagado, pero su nombre no figura en la cruz, a fin de no despertar la curiosidad del público».
Volvamos a Prévost. Una vez llegado al lugar, el furgón se detiene cerca de la fosa, junto a la cual espera «un ataúd de madera blanca, grueso como una hoja de cartón». Cuatro años antes, Prévost no habría podido esperar contar con un ataúd: hasta 1877, en París, los cuerpos de los condenados eran arrojados directamente a la fosa —junto con la cabeza y los restos de serrín o salvado que quedaban en el cesto— y cubiertos de tierra, sin ninguna otra preparación. El recipiente asignado es, no obstante, de la calidad más modesta; aunque su uso es limitado.
El cuerpo de Prévost, ya rígido, es extraído del cesto y colocado en el ataúd; la cabeza no se vuelve a colocar en la prolongación del cuello, sino que se deposita entre las piernas. Al estar girada hacia un lado, «parece besar el muslo derecho», adoptando así una postura grotesca de la que resulta difícil determinar si es deliberada o si simplemente se buscaba evitar que rodara.
A continuación, tiene lugar una secuencia que parece restablecer cierta normalidad: la intervención del sacerdote ante la fosa. El abate Crozes, que acompañó a Prévost antes, durante y después del suplicio, reza unas oraciones ante el ataúd abierto. Este se clava después, utilizando únicamente dos clavos. ¿Por qué? Porque, mientras se vacía en la fosa el salvado empapado en sangre que había en el cesto, el ataúd es trasladado al número 15 de la calle de l’École de Médecine. El entierro no fue más que un simulacro, un trámite obligatorio en París antes de disponer del cuerpo.
La apropiación médica
Al igual que ocurre con muchos otros criminales, el cuerpo de Prévost es, de hecho, adquirido por la Facultad de Medicina; de hecho, un empleado de la Escuela Práctica de Disección lo espera en el cementerio con un furgón. El prefecto de policía se tomó la molestia de informar de la ejecución al decano de la Facultad, Alfred Vulpian, así como al fisiólogo Charles Robin, para que pudieran disponer del cuerpo si así lo deseaban.
Se abrió el cuerpo y se extrajeron el corazón, el hígado, el bazo, los intestinos, los ojos y el cerebro. Todo ello se colocó en sendos frascos, que los distintos médicos se repartieron para estudiarlos con detenimiento. El resto del cuerpo, se cortó en trozos pequeños.
El cuerpo de un condenado a muerte constituía, de hecho, un material muy valorado por los anatomistas: solía tratarse de un hombre joven o en la plenitud de la vida (Prévost tenía 43 años, medía 1,84 m y era considerado un «hombre apuesto»), que gozaba de buena salud gracias al régimen especial al que estaba sometido en prisión. Ciertas partes del cuerpo eran más codiciadas que otras; tal es el caso de la cabeza, que suscitaba el interés de los especialistas en criminología en busca de lesiones específicas. Los frenólogos, algunas décadas antes, codiciaban especialmente los cráneos; desde la época de Broca, la atención se había desplazado progresivamente hacia el cerebro, objeto de gran curiosidad. La autopsia del cerebro de Prunier —ejecutado dos meses atrás— había suscitado dudas sobre la salud mental de aquel asesino. La ejecución de Prévost brindaba una nueva oportunidad para reflexionar sobre el carácter patológico del crimen y la responsabilidad del criminal. Un periodista relataba, al respecto, lo siguiente:
La apertura del cráneo del ajusticiado Prévost se llevó a cabo en la Escuela Práctica de la Facultad de Medicina, en el laboratorio del profesor Robin. El cerebro pesaba alrededor de 1.300 gramos; es el peso medio de los cerebros comunes; las circunvoluciones eran normales y las meninges, sanas. Se desconoce si entre los ascendientes de Prévost —quien quedó huérfano a una edad temprana— hubo personas con demencia, alcohólicos o criminales. El cuerpo denotaba una salud aparentemente plena. Prévost había ganado bastante peso durante su estancia en Mazas.
No obstante, el cerebro de Prévost fue extraído para someterlo a un estudio más exhaustivo. Fue examinado por Broca y, posteriormente, se realizó un molde del mismo; dicho molde fue presentado y comentado durante una sesión de la Sociedad de Antropología en marzo de 1880. Según Broca, su considerable volumen situaba a Prévost entre los «asesinos inteligentes», y la conformación de su lóbulo occipital resultaba «absolutamente extraordinaria»; de hecho, un molde del mismo se exhibió en 1889 en la Exposición Universal y, más tarde, en 1908, fue analizado de nuevo y comparado con otros cerebros de criminales por un médico.
La apertura del cráneo de Prévost y su fragmentación en «pequeños trozos» —actos tradicionalmente degradantes— contravienen el imperativo de respeto al cuerpo, un principio indisolublemente ligado al culto contemporáneo a los muertos y a la estetización de los cadáveres. La disección plantea, además, la cuestión del destino de los restos. Las vísceras o los fragmentos extraídos pueden quedar excluidos definitivamente del proceso funerario para ser preparados, conservados y expuestos en colecciones anatómicas, ya sea como piezas secas o húmedas; en este último caso, la inmersión en un frasco lleno de líquido conservante constituye una siniestra parodia del embalsamamiento de los seres queridos fallecidos, una práctica en boga desde la década de 1830. ¿Y qué ocurre con los fragmentos cuyo uso es meramente temporal? ¿Qué se hace, por ejemplo, con el cerebro tras la elaboración de un molde que lo deja inservible? En teoría, los restos anatómicos procedentes de las salas de disección de la Facultad deben ser inhumados. Sin embargo, esta inhumación solo supone un retorno parcial a la normalidad funeraria: se lleva a cabo en Ivry, en el llamado «Campo de los Nabos» —otra de las funciones de este lugar—, donde los fragmentos se agrupan en ataúdes, dado que reconstruir y aislar los cuerpos resulta imposible y, probablemente, demasiado costoso. No obstante, en el caso de Prévost, algunos periódicos señalaron que sus restos fueron trasladados al cementerio de Ivry la misma noche de su ejecución; tal vez se pretendía establecer, para el lector, un paralelismo impactante con los restos de la primera víctima de Prévost —exhumados cerca de las fortificaciones siguiendo las indicaciones del criminal—, los cuales fueron enterrados por sus familiares en una fosa común del mismo cementerio el día de la ejecución:
CONSIDÉRATIONS ANATOMIQUES SUR LE CRANE ET LE CERVEAU DES CRIMINELS,
PAR LE Dr FOVILLE.
PRÉCIS ANALYTIQUE DES TRAVAUX DE L'ACADÉMIE DES SCIENCES, BELLES-LETTRES ET ARTS DE ROUEN
Pendant l'année 1879-80
J'ai eu l'occasion, dans ces derniers temps, de lire et d'analyser un assez grand nombre de travaux, presque tous écrits par des médecins, tant Français qu'Etrangers, et traitant tous, sous des aspects différents, une même question : L'étude anatomique, physiologique ou psychologique des criminels, ou plutôt de la population des établissements pénitentiaires.
De cet ensemble de travaux il semble résulter que dans tous les pays la population habituelle des prisons constitue, au milieu de notre état social, une sorte de caste à part, d'un niveau inférieur, reconnaissable à des caractères anatomiques, intellectuels et moraux qui la rapprochent soit des races humaines préhistoriques, soit des races contemporaines qui vivent à l'état sauvage. Un auteur Ecossais, dont les écrits sur ces questions ont une valeur considérable, le Directeur Bruce Thompson qui a été longtemps médecin de la Prison Générale de Perth, cite les paroles suivantes d'un de ses collègues.
« Je crois avoir eu à regarder, en pleine figure, « autant de scélérats qu'homme au monde peut l'avoir fait, et je crois que je pourrais les reconnaître, eux et les gens de leur sorte, partout où il m'arriverait de les rencontrer. Le voleur me paraît aussi facile à distinguer de la masse des ouvriers honnêtes, que la race des moutons à tête noire l'est des autres races de moutons. Leurs traits caractéristiques sont plutôt négatifs que positifs ; on les reconnaît à ce qui leur manque de l'aspect des autres hommes, bien plus qu'à ce qu'ils ont. »
Il est encore plus facile, peut-être, de reconnaître, au milieu de l'ensemble des prisonniers, les hommes mieux doués tant au physique qu'au moral, qui, bien qu'appartenant aux classes éclairées de la Société, ont été accidentellement entraînés par une passion violente à commettre quelque crime, alors qu'un Directeur de la Prison, dit encore Thompson, fait sa tournée en visitant chaque criminel dans sa cellule, il ne manque jamais de découvrir du premier coup d'œil tout prisonnier d'un rang un peu relevé, exempt de l'empreinte commune à la classe des habitués. »
Les auteurs aux travaux desquels je fais ici allusion ne se sont pas contentés de constater l'existence de cette classe des habitués de prison.
Ils en ont fait l'objet d'études approfondies qui ont porté sur toutes les branches de l'anthropologie moderne.
On a analysé la structure anatomique des prisonniers ; on a décrit leur physionomie et leurs habitudes ; on a scruté leur caractère, leurs dispositions morales, leur état d'exaltation et de dépression, leurs aptitudes intellectuelles ; on a fait plus, on a recherché la part à faire dans leur entraînement vers le crime, aux prédispositions héréditaires apportées par eux, en naissant, et on s'est appliqué à dresser les arbres généalogiques des principales familles de scélérats.
Un examen, même succint des aspects si multiples de cette vaste étude m'entraînerait trop loin aujourd'hui ; mais j'ai pensé qu'il ne serait pas sans intérêt de faire connaître ici quelques uns des résultats auxquels on est arrivé sur un des points les plus importants qui se rattachent à ce sujet, je veux parler des caractères crâniologiques que l'on constate sur les têtes des criminels et des particularités que leur cerveau peut présenter dans sa forme et dans sa texture.
De tout temps, c'est de l'examen physique et anatomique de la tête que l'on a cherché à remonter à l'appréciation des qualités intellectuelles et morales de l'homme.
Le visage est considéré, à juste titre, comme le reflet de l'âme ; les dimensions et la forme du crâne donnent une mesure très-suffisamment approximative des dimensions et de la forme du cerveau ; et si l'on ne peut établir un rapport absolu entre la quantité de la matière cérébrale et le développement de l'intelligence, il y a du moins une certaine présomption de correspondance entre ces deux termes ; en outre, sans accorder aucune rigueur scientifique aux théories phrénologiques ni aux prétendues localisations de Gall et de Spurzheim, l'on ne peut se refuser à admettre une corrélation d'ensemble entre le développement de certaines régions cérébrales et celui de certaines facultés ; il est, notamment, généralement admis que l'extension de la région antérieure ou frontale du crâne et la richesse des portions antérieures du cerveau correspondent aux fonctions intellectuelles proprement dites, et aux aptitudes morales les plus élevées, tandis que les régions latérales et postérieures correspondent aux phénomènes d'activité musculaire, et à des impulsions instinctives d'un ordre inférieur.
Il convient donc, si l'on veut se former une idée approximative de la valeur morale et intellectuelle d'une catégorie d'individus, de commencer par étudier, chez ces individus, la forme et le développement des différentes parties de la tête ; c'est là un genre d'études qui tend à se généraliser depuis une vingtaine d'années, grâce surtout, il est juste de le rappeler, aux travaux, et aux publications de la Société d'Anthropologie de Paris.
Il était dès lors naturel que l'on soumit aux procédés de l'étude crâniométrique la population des prisons ; c'est ce qu'ont fait, récemment, plusieurs médecins, avec une patience des plus méritoires.
Si les procédés sont nouveaux, le but à poursuivre ne l'est pas complètement.
Déjà, dans un livre qui date de 1850, Ferrus (1) avait signalé l'importance de l'étude des prisonniers, au point de vue physique, moral et intellectuel, et il avait publié un certain nombre de tableaux statistiques se rapportant à cette étude. Mais on va voir que ses constatations se bornaient à bien peu de chose.
Au point de vue physique, en effet, Ferrus se contente de rechercher si, chez les détenus, la constitution est bonne, médiocre ou faible, et voici les résultats qu'il obtient sur la population des deux principales maisons centrales de France, consacrées aux hommes, celles de Melun et de Clairvaux.
« Sur un ensemble de 2153 détenus, 1455 avaient une constitution réputée bonne à leur arrivée, 471 une constitution médiocre, 327 une constitution faible. »
Au point de vue moral, Ferrus se contente de dire que sur le même nombre de 2153 détenus, il y en a 1607 qui ont le caractère bon et 827 qui ont le caractère mauvais ; à peu près les mêmes nombres sont indiqués comme ayant la conduite bonne ou mauvaise.
Sous le rapport intellectuel, Ferrus entre dans un peu plus de détails, ainsi que cela ressort du tableau suivant.
(1) Des Prisonniers, de l'Emprisonnement et des Prisons. Paris, Germer-Baillière, 1850.
Il résume cette étude comparative des conditions physiques, morales et intellectuelles des prisonniers, en les répartissant en trois catégories :
1° Condamnés pervers, énergiques et intelligents ;
2° Condamnés vicieux, bornés, abrutis ou passifs.
3° Condamnés ineptes ou incapables.
Le Docteur Lombroso, médecin italien, qui a beaucoup écrit sur les aliénés et les criminels, et qui a publié, en 1878, une volumineuse monographie anthropologique ayant pour titre « Huomo delinquente » procède d'une manière toute différente ; c'est par la mensuration, pratiquée dans tous les sens et appliquée aux minuties les plus subtiles de l'anthropométrie qu'il s'applique à faire connaître les caractères physiques des criminels.
Il commence, naturellement, par étudier la tête ; pour cela, il donne d'abord des tableaux crâniométriques, relatifs à 89 crânes de criminels modernes, conservés dans différentes collections Italiennes, Musées anatomiques de Florence, de Turin, de Bologne, galerie Lombroso, Roggero, etc., et à douze crânes d'hommes décapités au Moyen-Age, dont les têtes, après avoir été longtemps conservées dans l'église de Saint Jean-Décollé de Milan, ont été transférées au musée civil de la même ville.
Ces têtes ont appartenu, en majorité, à des assassins ; mais il s'y trouve aussi des brigands, des incendiaires, des voleurs, des faussaires.
Les tableaux indiquent, pour chacun des 101 crânes examinés, la circonférence externe, les courbes longitudinale et transversale, les diamètres longitudinal externe transversal, bizigomatique, bitemporal, vertical, bi-pariétal, bi mastoïdal, frontal, l'indice céphalique, l'indice vertical, le poids du crâne et sa capacité. Enfin des notes font connaître les particularités relatives à certains crânes, telles que l'état des sutures, le nombre des os wormiens, le volume des sinus, l'épaisseur des parois crâniennes, etc.
Les crânes modernes sont classés suivant leur provenance, c'est-à-dire d'après la province de l'Italie à laquelle appartenaient leurs possesseurs.
Les douze crânes de suppliciés du moyen-âge, conservés depuis quatre siècles, paraissaient, à la patine rugueuse de leur surface, avoir été inhumés, avant d'être exposés dans l'Eglise de Saint-Jean,-Décapité ; deux avaient dû être touchés et peut-être baisés par les dévots, ce qui indique, pour ces singulières reliques, sinon un culte, du moins un respect plus grand que ne semblaient le mériter les gens auxquels ils avaient appartenu.
Il paraît, du reste, que de nos jours encore, il existe en Sicile une sorte d'idolatrie pour les crânes des décapités, et un paysan de Mortara, qui possède une collection de crânes de condamnés, refuse de s'en défaire à aucun prix parce qu'il y attache une idée superstitieuse de protection céleste.
De l'examen de la circonférence externe et de la capacité intra-crânienne, exprimée en centimètres cubes, il résulte que, chez les criminels, la microcéphalie est très-fréquente et que la macrocéphalie y est encore plus rare que chez les aliénés et les sauvages (Hottentots et Caffres, d'après Frisch.)
La capacité de 67 crânes de mâles adultes a été trouvée en moyenne de 1466 centimètres cubes seulement, alors qu'elle serait, d'après Calori, pour l'ensemble des adultes masculins, en Italie, de 1551 centimètres cubes.
Le nombre des crânes de femmes était trop faible pour permettre des conclusions générales, mais il est à remarquer que la capacité moyenne de ces quatre crânes était égale, sinon supérieure, à celle des hommes.
Les voleurs présentent une capacité de crâne moyenne inférieure à celle des assassins, 1321 centimètres contre 1415.
Au point de vue de l'indice céphalique les 101 crânes se répartissent en :
58 brachycéphales,
26 dolichocéphales,
17 mésaticéphales.
La brachycéphalie est donc la forme du crâne prédominante chez l'ensemble des criminels; mais elle est surtout fréquente chez les assassins et les meurtriers ; en effet, en examinant à part les 42 crânes d'assassins, on voit que 32 sont brachycéphales, 5 dolichocéphales et 5 mésaticéphales.
Le contraire a eu lieu chez les voleurs : leurs crânes, en effet, étant au nombre de 16, il y en a 9 dolichocéphales, 3 mésaticéphales et 4 brachycéphales.
Sans entrer dans un plus grand détail de chiffres, sur les autres caractères crâniométriques de ces criminels, on peut dire, en abrégé, qu'ils se distinguent en général par la saillie des pommettes, la prédominance et le développement des os wormiens, la petitesse relative du trou occipital.
De toutes ces constatations, le Dr Lombroso conclut que l'ensemble des caractères des crânes des criminels les assimilent, non pas aux crânes des habitants actuels de l'Europe, mais aux races inférieures et colorées et par-dessus tout aux hommes préhistoriques.
Il est du plus haut intérêt de rapprocher des résultats obtenus en Italie par le Dr Lombroso, ceux récemment publiés en France par le Dr Bordier. Lors de l'Exposition d'Anthropologie qui faisait partie de l'Exposition Universelle de 1878, le musée de la Ville de Caen avait envoyé une collection de trente-cinq crânes masculins d'assassins, guillotinés, tous Français. Le Dr Bordier y a ajouté un crâne exposé par le Musée Orfila de l'école de Médecine de Paris, et a soumis cette série de trente-six crânes ayant tous un caractère commun « le crime » à une analyse des plus rigoureuses, tant au point de vue anatomique qu'au point de vue pathologique ; de là une double série de constatations qui ont fait l'objet d'un très-intéressant article publié par la Revue d'Anthropologie (1).
Le premier caractère crâniométrique étudié a été celui de la capacité cubique et le résultat a été loin d'être semblable à celui constaté par le Dr Lombroso.
Tandis que ce dernier avait obtenu une moyenne de 1515 centimètres, sensiblement inférieure à la moyenne italienne contemporaine (1551), le Dr Bordier a trouvé, pour ses 36 crânes une moyenne de 1547 centimètres, supérieure à celle de crânes parisiens modernes et du moyen âge et qui n'est dépassée que par les crânes préhistoriques de Solutré (1615) et de la caverne de l'Homme Mort (1606).
Aussi l'auteur, dit-il avec raison, qu'étant donnée l'idée que nous attachons à un cerveau volumineux, il y a lieu de s'étonner, et les honnêtes gens auraient quelque raison de s'attrister, de voir les criminels doués d'un cerveau qui ferait souvent envie, comme volume, à leur victime.»
La circonférence horizontale moyenne des crânes d'assassins (52,39) est, elle aussi, supérieure à celle des crânes contemporains et du moyen-âge, et elle n'est dépassée que par la mesure de la circonférence horizontale à Solutré et dans la caverne de l'Homme-Mort ; mais ici, la différence en faveur des assassins est relativement moins considérable que celle de la capacité cubique. Enfin, la majorité des crânes d'assassins du
(1) Etude anthropologique sur une série de crânes d'assassins. Revue d'anthropologie, année 1879, p. 281.
Dr Bordier appartiendrait, comme celle de ceux du Dr Lombroso, à la classe des mésaticéphales ; seulement tandis que la seconde se rapprocherait surtout de la brachycéphalie, c'est au contraire vers la dolichocéphalie que la première inclinerait davantage.
Heureusement, l'impression défavorable causée par la supériorité de capacité cubique et de circonférence horizontale des crânes d'assassins, reçoit un correctif par l'étude comparative du développement relatif des différentes régions de ces crânes.
On voit alors que la région frontale, celle qui correspond évidemment aux organes cérébraux chargés des fonctions intellectuelles par excellence, loin d'être très développée, est au contraire pauvre et étroite.
Comparée à la courbe totale antéro-postérieure, et celle-ci étant égale à 100, la courbe frontale n'est que de 26,92 chez les assassins, alors qu'elle dépasse 29 au moyen-âge et dans les temps modernes, et qu'elle oscille entre 27 et 28 pour 100 aux époques proto et préhistoriques.
Sous ce rapport si essentiel les assassins sont donc descendus à une limite inférieure moyenne qu'aucune race n'a jamais atteinte en France.
De même, la demi-circonférence antérieure n'est, chez les assassins, que de 44,75 centièmes de la circonférence totale, tandis qu'elle croît progressivement de 45 à plus de 48 pour 100, depuis la caverne de l'Homme-Mort jusqu'à nos jours.
On voit donc, dit Bordier, que si le cerveau des assassins a de grandes dimensions, la partie frontale n'y contribue en rien, au contraire. Ce qui est considérable chez eux, c'est la région pariétale, celle qui correspond aux circonvolutions ascendantes, siège des principaux centres moteurs. Cette région a aussi un développement relatif très-grand, dans la plupart des crânes préhistoriques, et sous ce rapport encore, l'assassin se rapproche de nos ancêtres les plus reculés, de ceux qui vivaient à une époque où, plus que de nos jours, l'action primait l'intelligence.
« Moins de région frontale et plus de région pariétale, dit l'auteur, moins de réflexion et plus d'action; n'est-ce pas là la caractéristique de l'homme préhistorique et de l'assassin moderne. »
Quant à ce grand développement de la région pariétale, l'étude de sa courbe antéro-postérieure, de sa hauteur verticale, de l'indice stéphanique et de l'indice frontal prouve qu'il se fait en longueur et en hauteur sans que le diamètre transversal y ait aucune part; il serait, au contraire, un peu inférieur à celui des crânes parisiens des diverses époques.
La région occipitale malgré l'opinion répandue à cet égard, ne présente pas de développement anormal chez les assassins.
De l'ensemble des mesures recueillies par le Dr Bordier il résulte donc, d'une manière générale, que la moyenne des assassins, malgré le volume considérable de leur crâne, présente une véritable infériorité intellectuelle, et que ce défaut d'intelligence doit avoir des conséquences d'autant plus graves que, chez eux, au contraire, tout ce qui se rapporte à l'action, à l'activité motrice, à la violence des gestes a un plus grand développement.
Je me contenterai de déduire de ces faits, ajoute le Dr Bordier, « que les assassins, que j'ai étudiés sont nés avec des caractères qui étaient propres aux races préhistoriques, caractères qui ont disparu chez les races actuelles, et qui reviennent chez eux par une sorte d'atavisme. Le criminel ainsi compris est un anachronisme, un sauvage en pays civilisé, une sorte de monstre, et quelque chose de comparable à un animal qui, né de parents depuis longtemps domestiqués, apprivoisés, habitués au travail, apparaîtrait brusquement avec la sauvagerie indomptable de ses premiers ancêtres. On voit parmi les animaux domestiques des exemples de ce genre; ces animaux rétifs, indomptables, insoumis, ce sont les criminels. »
Les caractères pathologiques constatés le plus fréquemment sur les crânes du musée de Caen ont été l'ossification prématurée de l'éburnation de la suture frontale, de la suture occipito-pariétale, de la sagittale, l'ostroporose. Cette dernière lésion est caractérisée par un épaississement de l'os qui est devenu d'un blanc mat, rugueux, et qui est criblé, ainsi que le nom l'indique, d'une myriade de petits canalicules vasculaires dilatés qui dénotent l'activité de la circulation. Le siège presqu'exclusif de l'ostroporose correspond aux abords de la suture sagittale, c'est-à-dire au niveau des principaux centres moteurs.
Tout en constatant les conditions d'infériorité organique, et les altérations pathologiques fréquentes chez les assassins décapités, le docteur Bordier ne conclut pas à la fatalité du crime; il pense que même chez un enfant né avec une double tendance à l'amoindrissement de la courbe cérébrale antérieure et à l'agrandrissement de la courbe pariétale, il est possible, par une bonne éducation morale et une instruction soignée, de corriger ces tendances fâcheuses et de détourner du crime pour ramener au bien.
Quant à la question légale, il déclare, et c'est son dernier mot que la société a le droit et le devoir de se mettre à l'abri du criminel, qu'il soit malade ou non, responsable ou non. »
L'intérêt qui s'attache aux études crâniologiques, tient uniquement, il est inutile de le rappeler, à ce que le crâne traduit, d'une manière au moins approximative, la forme et les dimensions du cerveau; l'intérêt serait donc plus grand encore si l'on pouvait étudier directement le cerveau lui-même. Bien que ce genre d'études n'ait pas encore été fait sur un nombre de sujets suffisant pour donner des résultats d'une valeur établie, on peut déjà citer quelques travaux ayant trait. les uns à la morphologie, les autres à l'état pathologique des cerveaux des condamnés.
Sous le premier point de vue, le professeur Bénédikt (de Vienne) s'est particulièrement appliqué à rechercher les rapports existant entre les fonctions et les régions cérébrales, par la comparaison des différents cerveaux humains entre eux et en recherchant les particularités anatomiques correspondant à des instincts spéciaux ou des facultés déterminées.
Pendant l'exposition de 1878, le professeur de Vienne a profité de son séjour à Paris pour mettre, à la Salpêtrière, sous les yeux de M. Charcot et de ses élèves, les anomalies constatées par lui sur douze cerveaux de criminels.
Elles consisteraient principalement dans le plus grand morcellement des circonvolutions cérébrales par l'existence de sillons secondaires que l'on n'observe pas d'habitude et qui feraient communiquer entre eux tous les sillons principaux à existence constante. Une conséquence fréquente de la présence de ces sillons secondaires serait la division longitudinale de la première circonvolution frontale en deux circonvolutions plus petites, ce qui aurait pour résultat de porter le nombre des circonvolutions frontales à quatre au lieu de trois.
Malgré ces constatations, M. Bénédikt n'entend pas, dès à présent, tirer de ses études des conclusions générales; il se contente de dire, et ce fait seul serait de la plus haute importance s'il était reconnu généralement exact, que les cerveaux de criminels s'écartent, dans leur structure, du type normal. Mais avant d'admettre cette conclusion il faut nécessairement attendre des recherches comparatives plus nombreuses et pratiquées par des observateurs différents.
Un seul a jusqu'à présent, du moins à ma connaissance, fait connaître le résultat de ses recherches du même genre. C'est M. Hanot qui, dans une récente séance de la Société de biologie (1), a rendu compte d'une série de onze autopsies pratiquées par lui à l'infirmerie centrale des prisons de Paris. Quatre de ces onze cerveaux, qui n'appartenaient pas du reste à de grands criminels, étaient pourvus d'une quatrième circonvolution frontale dans chacun des deux hémisphères. La circonvolution surnuméraire était visiblement due au dédoublement de la première circonvolution frontale. M. Hanot est d'autant plus disposé à considérer cette anomalie cérébrale comme particulièrement fréquente chez les criminels, que Mr Ovion, interne à l'hôpital Cochin, l'a recherchée pendant tout le cours de l'année 1879, chez les malades décédés dans cet hôpital, sans la rencontrer une seule fois. Il y a là, évidemment, un objet d'études qui ne font que commencer et qui peuvent être du plus haut intérêt. Je dirai à cette occasion que j'ai fait tout récemment l'autopsie d'un dément chronique chez lequel j'ai constaté, dans l'hémisphère gauche seulement, la division de la première frontale en deux circonvolutions secondaires. Or, cet homme avait été, toute sa vie, très doux et n'avait jamais subi de condamnation. Ce fait est donc en opposition avec les observations de MM. Hanot et Ovion.
(1) Séance du 27 décembre 1879. Voy. Gazette hebdomadaire 1880, no 2, p. 27.
On a plus d'une fois signalé, dans les cerveaux d'hommes suppliciés, ou morts dans les prisons, l'existence d'altérations pathologiques qui ont dû être considérées comme des preuves de l'état d'altération mentale des victimes : la justice aurait donc frappé de pauvres fous et non des criminels. Je mentionnerai, notamment, les résultats de l'autopsie de Lemaire, pratiquée en 1867 par MM. Broca et Robin (1). Ce cerveau aurait présenté, à sa convexité, des signes de méningite caractérisée par l'adhérence partielle de la pie-mère à la substance corticale. Une altération analogue, mais beaucoup moins étendue, se serait rencontrée, tout récemment, sur le cerveau du nommé Prunier, décapité à Beauvais et sur la tête duquel M. Decaisne a pratiqué des expériences dont le résultat a été communiqué par lui à l'Académie des Sciences.
(1) Bulletin de la Société d'Anthropologie, 1867, p. 347 et suivantes.
On est loin d'être d'accord sur l'interprétation de ces faits. M. Broca n'hésite pas à déclarer que Lemaire était un aliéné irresponsable, à cause des traces de méningite existant à la partie supérieure de son cerveau. Malgré la même lésion, M. Decaisne affirme que Prunier était un simple ivrogne, et non un aliéné ; il le considère comme sain d'esprit et complètement responsable. Tous deux ont rencontré des contradicteurs. M. Maximin Legrand trouve que l'autopsie du cerveau de Prunier suffit à démontrer qu'il s'agissait d'un homme sur le point d'être affecté de paralysie générale et par contre, en 1867, M. Pruner-Bey a soutenu, contre Broca, que les altérations du cerveau constatées chez Lemaire ne suffisaient pas à établir qu'il fût aliéné. Pour appuyer son opinion, Pruner-Bey a invoqué le témoignage fort considérable de Lelut, qui explique l'adhérence de la pie-mère à la substance corticale par le fait seul de la décapitation, les méninges se collant au cerveau à la suite de la perte de fluides qui accompagne ce genre de mort. Lelut aurait constaté le fait, non seulement chez les hommes suppliciés, mais aussi sur des animaux décapités dans un but expérimental.
Si j'avais à exprimer une opinion personnelle dans une question aussi controversée, je partagerais la réserve de ceux qui ne pensent pas que la découverte, à l'autopsie, de telle ou telle altération anatomique du cerveau, suffise pour établir a posteriori, l'existence d'une aliénation mentale restée latente pendant la vie ; jusqu'à nouvel ordre, je pense que la folie ne peut se démontrer que par ses manifestations symptomatiques; rien ne saurait suppléer à la constatation, pendant la vie, des troubles intellectuels et des actes délirants.
Je crois, à plus forte raison, qu'il serait prématuré de baser son jugement, en pareille matière, sur le seul examen microscopique des éléments nerveux et de la composition histologique du cerveau.
Le professeur Villigk, d'Olmutz, peut bien avoir constaté, en examinant au microscope le cerveau de l'assassin Frend, une quantité notable de pigment répandu dans les tuniques des capillaires cérébraux, surtout dans ceux des régions frontales, et dans les cellules géantes de Betz (1). Mais l'existence de ce pigment ne suffit pas, d'après nous, pour faire classer Frend parmi les aliénés, alors que, pendant sa vie, il n'a jamais fourni aucun signe d'aliénation mentale.
Je ne pense pas davantage que le microscope puisse être, dans l'état actuel de la science, érigé en instrument de contrôle des décisions judiciaires. Lorsque, par exemple, ainsi que cela a eu lieu, il y a quelques années, aux Etats-Unis (2), un accusé a simulé la folie et que plusieurs médecins ont reconnu sa supercherie, lorsque la défense a eu pleine liberté de se produire et que toutes les formes de la procédure, auxquelles il est possible de recourir en pareil cas, ont été épuisées, lorsque après plusieurs débats contradictoires la justice a prononcé la peine de mort et que la sentence suprême a été exécutée, je pense que la conscience du chef du pouvoir exécutif qui disposait du droit de grâce et qui n'a pas cru devoir en faire usage, doit être à l'abri de tout reproche et de tout scrupule, sans qu'il soit besoin de recourir, en dernier ressort, à la contre-épreuve de l'examen microscopique du cerveau du supplicié. J'aime donc à croire que si, dans le procès en question, le gouverneur de l'Etat de New-York, M. Dix, a fait remettre le cerveau du supplicié Waltz aux médecins de l'asile d'Utica, il n'a pas obéi au seul désir d'être rassuré sur la légitimité de la peine subie.
(1) Viertel Jahrschrift für prakti Heilkunde. Prague, 1876, p. 25.
(2) Le cas de Joseph Waltz. American journal of insanity,.
Il est vrai que, dès le lendemain, les docteurs Gray et Swinburn ont pu lui délivrer le certificat suivant : « Nous avons examiné aujourd'hui le cerveau et les membranes de Joseph Waltz exécuté hier, et nous en avons constaté l'intégrité. » Il est heureux surtout qu'au bout de dix jours le Dr Decke, micrographre de profession, ait pu déclarer : « J'ai fait, à l'aide du microscope, l'examen complet du cerveau de Joseph Waltz et je n'y ai découvert aucune trace de maladie. »
Mais que serait-il donc arrivé si le Dr Decke, en examinant ce cerveau, avait trouvé, comme le professeur Villigk, des dépôts de pigment dans les capillaires cérébraux et dans les cellules géantes ! Aurait-il fallu avouer que Waltz avait été la victime d'une erreur judiciaire et rendre un nouveau jugement pour réhabiliter sa mémoire (1) ?
(1) Le travail qui précède est extrait d'un article beaucoup plus développé, destiné aux Annales d'Hygiène et de Médecine légale.
juillet 1874, analysé dans les Annales médico-psychologiques, 1878, t. II, p. 460.
Étude de quatre cerveaux de criminels, Henri V. Vallois
Bulletins et Mémoires de la Société d'Anthropologie de Paris Année 1923 4-4-6 pp. 135-141
CONGRÈS INTERNATIONAL DES SCIENCES ANTHROPOLOGIQUES,
TENU À PARIS DU 16 AU 21 AOUT 1878.
Phrénologie, Criminologie, Anthropologie : une interrogation continue sur anatomie et comportement, Albert Ducros
Bulletins et Mémoires de la Société d'Anthropologie de Paris Année 1998 10-3-4 pp. 471-476
Étude critique sur la formation de la doctrine des races au XVIIIe siècle et son expansion au XIXe siècle, Théophile Simar,
Mémoires de l'Académie royale de Belgique Année 1921 16 pp. 1-403
Savoirs sur le cerveau et construction de la race en Europe (fin XVIIIe-milieu XIXe siècle)
Maxime Guttin
Frédéric Chauvaud
Représenter la mort violente au XIXe siècle par le texte et l’image
La guillotine dans Le Dernier jour d’un condamné de Victor Hugo et Les Erreurs de la guillotine d’Édouard Cadol
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