martes, 10 de febrero de 2026

Glaciares

Las Maravillas y progresos del siglo, 9 de octubre de 1876

LOS GLACIARES

Entre las maravillas de la Suiza, ninguna mueve en tan alto grado la sorpresa y curiosidad como la vista de los glaciares. Vivísimas son las sensaciones que experimenta el viajero que los ve por vez primera recorriendo el dilatado trecho que va desde Berna a Lausana ó mejor á Ginebra. Allí los elevados Alpes alzan sus cimas cubiertas de nieve de una blancura deslumbradora, brillando de un modo admirable a la luz del sol. Al caer de la tarde, cuando la llanura ya hace rato que está envuelta en las sombras del crepúsculo, aquellas alturas se pintan de un color rosáceo; pero apenas dejan de dar en ellas los rayos solares, se oscurecen de repente y acaban por desaparecer en la oscuridad de la noche.

 

A medida que el viajero se acerca al pie de aquellos colosos, los bosques y los prados reemplazan a los campos cultivados, las formas de los terrenos son cada vez mas abruptos, el valle se angosta y el camino serpentea por las laderas, mientras que el torrente, muchas veces invisible, muge en el fondo del abismo. Mas adelante y arrancando de un recodo del monte, álzanse inmensas pirámides de hielo, rodeadas de negros abetos y mas ó menos lejos, aparece el valle como cerrado por una cascada helada. Es aquel sitio la extremidad inferior de un glaciar, de cuyo pie brota un arroyuelo que reunido mas lejos con otro forma un torrente, mas lejos un riachuelo y formará mas tarde un grande rio.

Por mucho tiempo la presencia de los glaciares en los valles en donde la nieve desaparece muchas veces a últimos de abril ó a principios de mayo, pareció un hecho inexplicable. Estaba reservado a Scheuchzer primero, y a Saussure después, analizar este fenómeno.

Sabido es que a medida que nos elevamos del nivel del mar, la temperatura del aire va siempre decreciendo; así pues, los montes alcanzan una altura variable en cada clima, y la nieve que cae en sus cúspides durante el invierno, primavera y otoño no se derrite en verano. El limite sobre el cual la nieve no desaparece ya en verano se llama el límite ó línea de las nieves eternas. Así es que por término medio, cerca del Ecuador, según el ilustre Alejandro de Humboldt, este limite está a 4.800 metros sobre el mar; en los Alpes suizos a 2.730 metros; en el cabo Norte, debajo de los 71º de latitud boreal, baja hasta los 720 metros; y en fin, en el norte de Spitzberg, las olas del mar Glacial llegan a lamer los bordes de las llanuras cubiertas de eternas nieves. Esto sentado, es indudable que desde el origen de los siglos, ó mejor dicho desde el levantamiento de los Alpes, las nieves se acumulan en sus cimas y ocupan espacios inmensos conocidos con el nombre de neveras.

El límite de estas neveras coincide con el de las nieves. Pero si un valle angosto, una garganta profunda, bajan de estos campos de nieve hacia el valle, entonces la nevera desciende también y llena mas ó menos la sima, donde no penetrando los rayos solares, jamás llega a fundirse por entero; porque estas masas heladas que parecen el tipo de la inmovilidad, están animadas de un movimiento progresivo continuo; estos ríos de hielo corren como los de la llanura; únicamente su curso es mas lento y recorren en un año el trecho que un río rápido salva en algunos minutos. He aquí las pruebas de un hecho tan increíble en apariencia.

La superficie de los glaciares está cubierta, por lo general, de moles pétreas, llamadas cantos erráticos. Estas moles se acumulan también a su pie y forman una masa conocida con el nombre de Canchal terminal. Hacía ya mucho tiempo que se había observado que aquellos cantos no eran de la misma naturaleza de la roca fija sobre la cual descansa el glaciar. Subiendo hacia las neveras, los geólogos habían llegado al comienzo de aquellos cantos, guiados por la larga rastra que cubre el glaciar; aquellas rastras conocidas con el nombre de canchales centrales, les habían conducido al pie de las agujas escarpadas cuyos desmoronamientos continuos debidos a las heladas de la primavera y del otoño, alimentan el canchal. Es pues incontestable que aquellos cantos debían ser trasportados, como efectivamente lo son, por el glaciar desde las agujas de donde se desprenden hasta la llanura.

Comprobóse este hecho por la observación y la experiencia. Marcáronse los cantos que, cada año, adelantaban hacia la llanura, y muchas veces los guías de Chamounix ó de Grindelwald indican al viajero el espacio recorrido por una de aquellas masas durante cierto número de años. Sc hizo todavía mas: buscáronse por personas inteligentes dos puntos de mira inmóviles, como por ejemplo un árbol y la cima de un monte, que pasaran por una línea recta, tirada entre ambos, y el canto errático, y al año siguiente vióse que el canto había salido de la línea y se tuvo la seguridad de que había descendido hacia el valle.

He aquí otro hecho que pone esta verdad fuera de toda duda, un explorador ardiente de los altos Alpes, Mr Hugi de Soleura, deseando estudiar el glaciar inferior del Aar, hizo construir durante el verano de 1827 en el centro del mismo glaciar una pequeña cabaña. Los trozos sueltos del canchal le procuraron las piedras de su edificio, que se hallaba al pie de un monte en forma de promontorio, conocido con el nombre de Abschwieng. En 1839, el profesor Agassiz de Neuchatel y el geólogo Desor, quisieron volver a ver aquella cabaña; en vano la buscaron al pie del Abschwieng, y desconfiaban ya de su tentativa, cuando observaron una masa de piedras amontonadas a gran distancia del promontorio. Podía quedar todavía alguna duda sobre la identidad de la cabaña; pero entre aquellas piedras y unos restos de robusta percha, descubrieron una botella y en aquella botella que había permanecido perfectamente cerrada, había un papel escrito de puño de Mr. Hugi. En el decía que en 1827 había construido su cabaña al pie mismo del Abschwieng; que en 1830 ya se había alejado unos 60 metros de su primer sitio, y que habiéndola visitado de nuevo en 1836 la halló a una distancia de 715 metros. La botella contenía además las tarjetas de visita de varios viajeros. Entonces los Sres. Agassiz y Desor se apresuraron a medir la distancia que los separaba de Abschwieng y vieron que era de 1.430 metros. En 1840 se midió otra vez la distancia y vióse que había adelantado 65 metros. Así es que aquella cabaña en el espacio tan solo de trece años, había adelantado hacia el valle 1.493 metros, y por consiguiente había tenido por término medio un avance anual de 115 metros.

Posteriormente el citado Agassiz hizo nuevas pruebas que le dieron idénticos resultados, quedando demostrado para siempre el fenómeno de la marcha de los glaciares. Así pues, resumiendo, un glaciar es una masa de hielo en comunicación con las neveras ó campos de nieves eternas de las elevadas cimas, como un rio lo es con el lago donde toma origen. Esta masa de hielo está animada de un movimiento progresivo, lento pero continuo, lo que explica su presencia en los valles. En efecto, durante el verano la extremidad inferior del glaciar se derrite a la influencia del calor solar: aquella fusión alimenta los grandes ríos, tales como el Ródano, el Rhin, Tessino, Reuss, Aar, Adigo, cuyas aguas están siempre altas en verano y bajas en invierno; pero todo lo que el glaciar pierde por la fusión de su extremidad inferior es reemplazado por las partes superiores que descienden. Sin cesar alimentado por el inmenso depósito de las neveras, repara sus pérdidas como el río salido del lago. Se establece así una especie de equilibrio entre la fusión y la progresión. Durante los veranos fríos la progresión gana y el glaciar adelanta hacia el valle, abriéndose paso por en medio de bosques y casas; pero si el verano es caliente, el glaciar se derrite mucho y su progresión no estando en relación con la fusión, parece retroceder.

Pero desgraciadamente las tierras una vez invadidas están condenadas a una eterna esterilidad, porque las cubre de cantos rodados, arena y pedruzcos que arrastra sin cesar; del monte a la llanura. 

Las mas de las veces los cantos erráticos caen a orillas de los glaciares; entonces andan, por decirlo así, unos en pos de otros, siguiendo siempre los bordes ó como si dijéramos la playa del glaciar y forman largas bandas llamadas canchales laterales. Y así también como un gran río está formado por la reunión de varios riachuelos, un glaciar principal resulta muchas veces del enlace ó reunión en uno solo de varios pequeños glaciares.

En algunos glaciares vénse con sorpresa ciertos cantos erráticos sostenidos por pedestales de hielo que se elevan de un metro, y a veces mas, de la superficie del glaciar; estos cantos son llamados tablas de los glaciares. Esto fenómeno se explica fácilmente. En verano, la superficie superior del glaciar disminuye por la fusión y la evaporación; actívase sobre todo durante el día y cuando el sol despide sus mas vivos rayos; pero cuando un gran canto está enclavado en el hielo, lo preserva de la acción del aire y del sol: entonces no funde, y mientras que el nivel general del glaciar decrece en torno de aquel punto, aquel nivel permanece el mismo debajo del canto errático, el cual se halla, al cabo de cierto tiempo, elevado a la cima de un pedestal cuya altura es proporcional a la actividad de la fusión y evaporación durante los calores del verano.

En algunos glaciares, el viajero se para con sorpresa en presencia de unos conos formados en apariencia por acumulación de arena gruesa. Su regularidad es tal que se duda en considerarlos como obra de la naturaleza. Varían en altura desde algunos decímetros hasta muchos metros. Examinándolos de cerca, se ve que tan solo su superficie está formada por arena pegada por un cimiento helado, pero que su esqueleto consiste en un cono de hielo compacto cuya formación se explica por la acción preservativa de la arena y de los pequeños cantos acumulados en mayor abundancia en un punto dado del glaciar. Agassiz les ha dado el nombre de conos arenosos.

Hay glaciares que no están cubiertos sino por un cierto número de cantos erráticos; estos son los mas hermosos a los ojos del artista; su superficie lisa como la de un espejo, caprichosamente hendida ó erizada de agujas de formas fantásticas, brilla a los rayos del sol, y contrasta con los sombríos bosques de abetos ó el verde claro de los prados que los cercan. Pero hay otros que están surcados por largos canchales y algunos desaparecen enteramente bajo los montones de piedras que arrastran: entonces el viajero ignora muchas veces que marcha sobre un glaciar y cree cruzar un derrumbamiento de la montaña. No obstante el hielo que compone la masa del glaciar es siempre perfectamente puro y no contiene ni arena ni piedras. Todas las que caen en las grietas ó rendijas, vuelven a hallarse en la superficie al cabo de cierto tiempo. Cuando se pregunta a los montañeses cual es la causa de aquella singularidad, contestan: «El glaciar no admite nada impuro, lanza afuera todos los cuerpos extraños.» Por lo que antes dijimos se comprenderá también este fenómeno; no es la piedra ó arena las que suben, sino el nivel general del glaciar el que baja.

En Suiza la altura del escarpe ó tajo con que termina un glaciar, varia entre diez y cuarenta metros en la parte inferior; pero es cuatro ó mas veces elevado en la superior. Ni su extensión ni su anchura son constantes. El mas largo de todos, en la región citada, tiene 28 kilómetros por un ancho medio de cinco kilómetros. Muchas veces un glaciar termina con una bóveda, en la que se admiran las mas hermosas tintas azuladas. Estas bóvedas se forman en la primavera, y son obra de un riachuelo que funde los hielos que le rodean. Aquella agua proveniente a su vez del derretimiento de las nieves y de los hielos, tiene una temperatura muy cercana a cero, ya sus colores rivalizan con los de la bóveda, ya arrastran arena y cascajo que alteran su pureza y la coloran de amarillo y hasta de negro.

Nos formaríamos muy mala idea del suelo de un glaciar, si lo creyéramos parecido al de nuestros ríos ó estanques: este es compacto y homogéneo como el cristal; el de los glaciares, por el contrario, está formado de fragmentos irregularmente cristalizados, del tamaño de una pulgada a veces, y separados por un número infinito de pequeñas hendiduras y designadas por esto con el nombre de fisuras capilares.

La superficie de un glaciar, hemos dicho que raras veces se presenta compacta: está surcada por hendiduras, interrumpida por grietas profundas, sembrada de numerosas cavidades, abriéndose en ella pozos verticales de paredes azuladas, llenos de un agua cuya frescura y nitidez seducen al viajero sediento; su diámetro es apenas de 2 a 4 decímetros, pero su profundidad es muy considerable.

Para dar una idea de ellos, diremos que los guías de Chamounix, sumergen en aquellos pozos sus largos bastones con conteras de hierro, y no vuelven a la superficie sino hasta el cabo de muchos segundos. Son las piedras sueltas calentadas por los rayos solares las que abren lentamente aquellos grandes agujeros.

La formación de las grietas que surcan el glaciar se hacen de otro modo. ¿Qué viajero no ha oído el profundo silencio de aquellas soledades turbado por detonaciones súbitas parecidas a cañonazos ó al rumor del trueno? Los gamos que pacen por los montes cercanos están tan acostumbrados a aquellos estruendos, que la detonación de un arma de fuego no les asusta y muchas veces el cazador puede volver a cargar su arma y apuntarles otra vez. Aquellas detonaciones acompañan la formación de una grieta: en un principio es una hendidura linear poco profunda que cruza el glaciar; pero cada día su anchura y profundidad aumentan y al cabo de algunos meses se halla, si se han seguido sus progresos, un abismo de una profundidad desconocida y cuyo ancho excede a veces de muchos metros. A la desigual dilatación de las diferentes partes del glaciar debe atribuirse la formación de las grietas, fenómeno análogos al que presenta una masa de cristal que se quiebra en todas direcciones, si se expone una de sus caras únicamente a la acción de un foco de calor.

Las grietas que surcan los glaciares han sido causa de varios accidentes que se pueden evitar con alguna prudencia y obedeciendo los consejos del guía que conoce su naturaleza. Sobre todo cuando el glaciar está cubierto de nieves, es preciso andar con mucha precaución y sondear el piso con el bastón herrado. En efecto, las grietas no estando llenas como se podría creer, sino ocultas únicamente por un puente de nieve que algunas veces tan solo tiene uno ó dos decímetros de espesor, no podría soportar el peso de un hombre.

No es la Suiza el único país en que haya glaciares: se encuentran también en los Alpes franceses, en los del Tirol, en los Pirineos y en fin en los Alpes escandinavos. En estos últimos la altura de las montañas está compensada por el rigor del clima. Así es que en Noruega, bajo los 61º de latitud N., la extremidad inferior de los glaciares de Justedal, está únicamente a 485 metros sobre el nivel del mar. Los de Lodal y de Nygaard descienden a 577 y hasta 340 metros. En Islandia por los 64º latitud N., bajo la doble influencia de un clima mas rigoroso y de montañas mas elevadas, los glaciares llegan hasta las orillas del Océano. Pero nunca penetran en el mar y siempre dejan una playa libre que permite andar entre el glaciar y las olas. No sucede así en Spitzberg, en donde el límite de las nieves eternas está en las orillas del mar; allí los glaciares llenan el fondo de las bahías y presentan fenómenos especiales. En verano el mar se deshiela y su temperatura se mantiene a algunos grados sobre cero, porque la costa occidental de la isla (la única visitada hasta al presente) está bañada por uno de los brazos del gulf-stream, corriente ecuatorial, cuyo origen se halla en el golfo de Méjico, y que arrastra hasta las costas de Noruega maderas y frutos de América. El glaciar animado de un movimiento de progresión continua, desciende al mar; рзго a medida que el hielo se halla en contacto con aquella agua que tiene una temperatura superior, se licúa en su parte inferior, formando arcadas colosales algunas veces, que van derrumbándose de continuo. De ahí esas masas de hielos flotantes que en tan gran número se hallan en el Océano glacial. Así procede la naturaleza siempre por medio de leyes tan grandes como sencillas. Los glaciares de Suiza envían al Océano los grandes ríos que mantienen la constancia de su nivel. Los glaciares de Spitzberg contribuyen al mismo resultado, vertiendo en él periódicamente aquellas masas inmensas de hielos flotantes que rebajan la temperatura de los mares del Norte, disminuyen su evaporación y hacen que las lluvias sean raras y poco abundantes en las regiones situadas al norte del circulo polar.

Si, en aquellas comarcas ya cubiertas de pantanos y de lagos que el sol es impotente para secar a pesar de su prolongada presencia sobre el horizonte, las lluvias fuesen tan frecuentes como en las zonas templadas, la línea de las nieves eternas bajaría aun mas, los pantanos aumentarían en extensión, y aquellos países, ya tan poco favorecidos por la naturaleza, se harían de todo punto inhabitables.

Sin ir hasta Spitzberg, se puede ver en una corta escala el fenómeno de la formación de los hielos flotantes. Antes de atravesar el Simplón, los numerosos viajeros que van ó vienen de Italia, no tienen que sacrificar mas que un solo día para ser testigos de él. El inmenso glaciar de Aletschz, situado no lejos de Brygg, en el Valais, está bañado por el pequeño lago Moerill; adelanta en él y las porciones de hielo que se desprenden sobrenadan en las aguas del lago.

Así en este lago como en los mares polares, aquellos hielos flotantes arrastran cantos erráticos. Si las piedras permanecen fijas en el hielo, este las trasporta lejos hasta que se derrite, y entonces aquellas caen al fondo del Océano ó van a estrellarse en sus costas.

La Información, Salamanca - 3 de abril de 1895 

Los glaciares de la Sierra de Béjar (1)

Aunque en la provincia de Salamanca no hay montañas que alcancen la altitud de 3.000 metros, que es en la que generalmente empieza la región de las nieves perpetuas en nuestros climas, hay algunas de tan respetable altura, como los Cerros del Trampal y Calvitero de 2.506 y 2.401 metros respectivamente, en los cuales sino hay nieves perpetuas, es decir, nieves que sea cualquiera el grado termométrico del clima, se conservan eternamente, por la sola razón de la altitud, hay nieves permanentes puesto que nunca desaparecen. sostenidas más que por la altura de la montaña por circunstancias particulares de esta, como las de abrigo, depresión y exposición, que compensan las de altitud y latitud de otras elevaciones mayores.

En los límites de Salamanca con la provincia de Ávila, surge un gran macizo de montañas, con dirección N, cuyas vertientes orientales corresponden a dicha provincia y las occidentales a la de Salamanca En esta última, se eleva una magnifica montaña de dentelladas cimas, cubiertas del resplandeciente manto de las eternas nieves: con faldas sombreadas por vigorosa y montaraz vegetación, de flancos rasgados por tenebrosos abismos y oscuros precipicios, cuya profundidad no se atreve a medir la humana mirada, y cuya mole partida en varias partes por verticales tajos, que penetran hasta antros desconocidos, presenta un aspecto imponente y majestuoso. Esta montaña es e! Cerro del Trampal.

Sus cumbres terminadas por agujas y dentadas crestas de granito у pórfido cuarzoso, las enormes moles de estos minerales ya asentadas a orillas de tajados abismos, ya elevándose como fortificaciones en los salientes de los flancos ó alineándose como cortinas de murallas en las vertientes donde termina la vegetación y todo lo invade la piedra, las hacen digno objeto de estudio para el geólogo, y de curiosidad para el viajero. 

En el mismo macizo, pero ya en la divisoria del Duero y Tajo, sirviendo de límites a las provincias de Salamanca y Cáceres, y a la distancia de cuatro ó cinco kilómetros de la anterior, se levanta el Cerro Calvitero, colosal montaña rival de la anterior, puesto que solo tiene 105 metros menos de altura, y en cuyas cumbres y arrolladas también se ostenta el brillo deslumbrador de las nieves perpetuas.

Diferente de la anterior, el Cerro Calvitero presenta una forma semejante a la de una parva de grano, su cumbre desde larga distancia se destaca regular sobre el azul del cielo, aunque su monstruoso lomo y cima, están llenos de agudos cerros y moles graníticas, de hondonadas y profundas cárcavas llenas de nieve y hielo, de torrenteras interminables y algunas simas, en especial al Oeste. donde una convulsión ha partido en dos la montaña, abriendo un espantoso abismo; pero está muy lejos de presentar las formas irregulares, las colosales agujas y picos de granitos, los imponentes tajos y todos los horrores de aquellas masas trastornadas, de su vecino el Trampal.

Hermanas las dos montañas, pues ambas se levantan en la formación granítica, el Trampal ostenta en el estío mayores glaciares que el cerro Calvitero, a los que algunos veranos ardientes, los reduce a tan pequeña extensión que oculto por los relieves de la montaña cuesta trabajo percibirlos a ocho ó diez leguas.

¿Consistirá esto en la mayor altura aunque escasa del Trampal?

¿O en estar más al NE. y con mayor inclinación al SO. el Calviterо у por lo tanto ser más caldeado por el sol? Es lo más probable.

Lo cierto es, que los glaciares del Trampal son más numerosos, de más altura sus congeladas capas y de mayor extensión que los del Calvitero.

Nosotros hemos observado durante más de veinte años los glaciares de ambas montañas, los hemos visto descender en invierno desde sus cumbres hasta casi dos tercios de su altura, con un espesor aproximado de un metro en su parte inferior y de diez a catorce en las cumbres.

¡Qué espectáculo tan grandioso, tan imponente y tan espantosamente horrible, deben de ofrecer esas solitarias y elevadas cimas durante los tristes días de invierno! Envueltas en los anchos ropajes de espesos vapores, con una temperatura glacial, que tal vez llega muchas veces a - 25°; azotadas por las tempestades invernales, cuyas pertinaces lluvias son allí abundantes nevadas; barridas por el soplo de los huracanes que silban, aúllan y rugen en los estrechos desfiladeros, en las angostas gargantas y en las oscuras cavidades de la montaña; amontonando las recientes nieves donde quiera que un muro de rocas, un antro ignorado ó una abrigada cualquiera le ofrezca un punto de resistencia.

Y si esto es alumbrado por la turbia luz de los nublados días ¿qué aspecto no menos grandioso y más fantástico presentarán cuando el cierzo desgarrando el tupido velo de nubes, las disgrega y dispersa, dando lugar a que la apacible luz de la luna caiga sobre sus vastas soledades?

Aquel silencio absoluto, aquella calma infinita, aquellas inmóviles agujas de granito revestidas del alba manto de las nieves, los conos donde riela la luz de la luna, proyectando prolongadas sombras; todos los contornos agrandados por los efectos de la luz entre la neblina; los argentinos encajes y colgantes guarniciones de endurecido hielo, que ornan los salientes de los peñascos suspendidos al borde de los abismos; los bruscos contrastes de luz y sombra, harán de aquel caos de nieves y rocas, un mundo de hadas, de brujas y de seres innominados. 

JACINTO VAZQUEZ DE PARGA

Salamanca 3 de Abril de 1895

(1) Salamanca. - Su naturaleza. - Historia. - Costumbres. - Tradiciones y Leyendas. - Obra inédita.

La Información, Salamanca - 5 de abril de 1895 

Los glaciares de la Sierra de Béjar (Continuación)

Al aparecer la primavera cambia la decoración .

El sol elevándose sobre el horizonte va difundiendo calor y vida; las nieves se deshacen y por las quebradas de las montañas ruedan en vistosas cascadas mil arroyos de bullidoras corrientes; la línea de las nieves va reduciéndose y tanto en los campos ya libres como en los amenazados de un pronto deshielo, араrece la vegetación con el húmedo musgo, el ramoso asfódelo de tallo y hojas esplendentes, con flores blancas rayadas de rosa, con la genciana de amarillentas flores y el llantén de los Alpes; con el árnica amarilla y la verónica saxátila que enreda su leñoso tallo a las rocas, que parece querer ocultar bajo su sombrío follaje, y con la laureola odorífica que crece al pie de los más hondos precipicios, y los engalana con sus espesas enredaderas cubiertas de flores de color de rosa, que embalsaman el aire con sus aromas.

Las orillas de los pequeños lagos, que se forman en los bacinetes de la montaña, y las húmedas cañadas, se cuajan de violetas bifloras, el auter-wino de los Pirineos asoma el azul claro de sus flores entre las grietas de las rocas y en los precipicios, abre las suyas ya de un hermoso azul purpúreo, ya rosadas ó blancas como las nieves, la preciosa saxifraja y a su lado muestra su dorada corola la adormidera alpestre.

El silencio si bien continúa, es a es veces interrumpido por los aullidos del lobo, el salto del ciervo, ó del más raro rebezo, que abandonando las espesuras de los bosques bajos a donde, esquivando las nieves se refugiara durante el invierno, ahora huyendo del cazador que tanto lo ha perseguido en ellos, va con su compañera a renovar sus idilios de amor sobre las desiertas cimas.

Algunas aves suben hasta la linde de la vegetación; los solitarios búhos y huraños mochuelos se posesionan de las agrietadas rocas; los milanos se ciernen con siniestros é interminables giros al rededor de los abismos; solo el águila, de soberano vuelo, se atreve hasta las nevadas cúspides, y varios insectos, propios de las montañas así que llega el deshielo asoman medrosos sus antenas entre las hendiduras de los peñascos.

También, aunque no tan frecuente como en los Alpes y Pirineos, allá entre los altos picachos de estas montañas, en especial en el Trampal, se ve algunas veces levantarse como una nube de humo, y a poco se oye un ruido semejante a lejano trueno que rápidamente va creciendo en intensidad, y precedida de un fuerte viento, se mira rodear por los flancos de la montaña una enorme masa de nieve y rocas, que en su despeñada carrera, aumenta cada vez más de volumen y arrastra tras de sí cuanto encuentra.

Es una valancha ó alud desprendido a causa del deshielo, pero generalmente no causa grandes daños, porque efecto de las formas de la montaña, ó va a estrellarse en los altos valles inhabitados, ó cae al fondo de los precipicios para aumentar las neveras allí acumuladas Cuando el sol ha llegado al solsticio de estío, los glaciares del Trampal tienen todavía algunos miles de metros cuadrados de extensión, si bien disminuyen mucho hasta Octubre, efecto de las templadas lluvias tempestuosas que sobre ellos caen, empezando en dicho mes a reponerse con las nuevas nieves. Personas dignas de todo crédito que han subido a estas elevadas cimas, nos han asegurado haber hallado en el mes de Agosto grandes glaciares, contra los cuales nada puede el deshielo de los veranos más ardientes, compuestos de nieves de diversos colores, blancas las primeras, después de verde pálido, amarillentas y aun negras las últimas y de tan extremada dureza, que difícilmente las rompían a golpes con las culatas de las escopetas, saltando en pequeños pedazos como el cuarzo cristalizado, pudiéndose afirmar que allí había parte de las primeras nieves caídas sobre la montaña; y en otro glaciar les llamó extraordinariamente la atención, una profunda galería ó gruta de nieve congelada en la cual podía un hombre penetrar a caballo y pasear bajo sus heladas ojivas. 

En el Cerro Calvitero también han visto, los que hasta su cumbre han llegado, neveras y glaciares si bien mas pequeños que los del Trampal, con nieves congelada congeladas y diversamente coloreadas, pero que acusaban cierto estado de descomposición de deshielos y congelaciones sucesivas lo que prueba largos años de existencia.

Estas montañas tienen también sus tempestades propias; nosotros así como los glaciares las hemos observado con interés largos años.

En algunos días del verano levántanse ligeras neblinas de los inmediatos valles, que se condensan sobre los flancos de la montaña formando una nube y detrás de esta otra y otras, que acaban por ceñir la gola del Cerro con un collar de espesos vapores.

Estas estas van tomando un color negro azulado, de contornos recortados sobre otro fondo gris ó сеniza plateado más extenso y de perfiles difusos y elevándose lentamente se ciernen sobre aquellas altas cumbres como si quisiera aplastar a la montaña con su pesada mole, envolviendo su tercio superior entre sus oscuros e indecisos vapores.

A poco la tempestad estalla sobre sus crestas de granito; la nube agitada por diversas corrientes atmosféricas, ó por la varia densidad de sus capas, se eleva, y la lluvia cae a torrentes envuelta en grueso granizo; después de descargar su contingente de agua el cielo se purifica y la torrente empujada por el viento va, generalmente, a continuar su marcha por las vertientes meridionales y disiparse sobre los ardientes llanos extremeños. Que estas tempestades son peculiares del Trampal, lo demuestra que cuando tienen lugar, especialmente por la tarde, por la noche se ven relámpagos solo sobre dicha cima, observándose que las demás cumbres, aun las más inmediatas, permanecen despejadas, y si están cargadas de nubes, no responden a las descargas eléctricas de aquellas como cuando son una misma tempestad.

JACINTO VAZQUEZ DE PARGA.

Salamanca 4 de Abril de 1895.

La Información, Salamanca - 5 de abril de 1895 

Las glaciares de la Sierra de Béjar III (Continuación)

Los glaciares del Cerro Calvitero son como ya hemos dicho de menos importancia y extensión que los del Trampal, y cuando los inviernos son escasos de nieves, templados y seguidos da estíos ardientes, o excesivamente lluviosos, llegan casi a desaparecer quedando alguna que otra nevera en las profundas cárcavas del Norte.

Hemos tenido ocasión de estudiarlos una temporada pasada en la vecina ciudad de Bejar, sita a sus faldas, y a pesar de ser ya mediados de Junio y de hacer un calor insoportable, todavía recordamos el glaciar que desde el terrado de la casa donde estábamos hospedados, se descubría tendido sobre el curvo lomo de la montaña y el mágico efecto que hacía, cuando la luna remontando la alta cumbre del Cerro rielaba serena su luz, sobra la inmaculada nieve del helado glaciar, que parecía una arrollada de refulgente plata bruñida, tendida sobre el tapiz verde oscuro de la montaña. 

La noche callada, el viento dormido, los bosques en calma, tranquila la ciudad, en profundo silencio el vasto anfiteatro de montañas que la rodean, solo se oía el ruido del río saltando en su lecho de rocas, el lejano rumor de los torrentes y el melancólico grito del búho, pero todo tan lejos y con tan largos intérvalos, que más que para interrumpir aquel silencio servía para dar mayor solemnidad y grandeza a la callada noche.

¡Y allá arriba, en aquella desierta y aun nevada cima, qué majestuosa soledad reinaba!

Otros dos relieves de importancia nos ofrece en esta provincia de Salamanca la cordillera Carpeto-Vectónica, en los macizos de la Sierra de Francis; la Peña Jasleala y la Peña de Francia, que da nombre a la serranía; relieves que sí bien no ostentan en sus cimas las perpetuas nieves, no dejan de ser interesantes por otros conceptos y por conservar desde Octubre a Mayo o Junio grandes campos de nieves en sus alturas de 1723 metros.

Ambas montañas se levantan en la formación siluviana inferior, y por lo tanto abundantes en pizarras grauwackas, calizas y dolomías; y mientras la Peña de Francia es conocidísima, siquiera sea por el célebre ex-convento de Dominicos levantado en su cima, la Peña Jasleala que a muy pocos kilómetros de aquella eleva su cono solitario, permanece ignorada, desconocida, inexplorada.

Por evitar enfadosas repeticiones solo nos ocupamos de la primera, pues la igualdad de altitud, de constitución geognóstica, idéntica fauna y flora y grados termométricos, hacen que los fenómenos metereológicos de una sean semejantes sino iguales a los de la otra.

La Peña de Francia es un cono truncado, centro de donde irradian varios ramales y contraviesas, que se enlazan entre sí y con la cordillera principal, de faldas abruptas cuajadas de jarales, brezos y matas bajas de roble, algunas manchas o macizos de estos árboles y encinas, y en su parte más inferior algún pino y muchos castaños; altos y tajados peñascos accidentan sus flancos, y un escarpado acantilado sostiene su cima de plano inclinado de E. a O, en la que se eleva el exconvento de Nuestra Señora de la Peña de Francia.

JACINTO VAZQUEZ DE PARGA, Salamanca 5 de Abril de 1895.

Boletín de la Sociedad Castellana de Excursiones, Valladolid, 1 de junio de 1906 

Caminos de la montaña 

Estamos ya en el buen tiempo, en los días largos; el campo se viste de sus galas primaverales, los bosques y las selvas se engalanan con nuevo y juvenil follaje, convidando con sus frescas sombras y solitarios encantos a disfrutar de los goces que a todos brinda espléndida y generosa la Naturaleza. 

Es la época de los viajes y grandes excursiones, y nos ha parecido, valga por lo que valiere, indicar unos cuantos itinerarios por esta provincia de Salamanca, que no solo tiene que ver y estudiar en su capital, sino también y no poco ignorado, en sus campiñas. 

A vuestro criterio y gusto dejo, si lo juzgáis oportuno, aprovecharos de ellos, sea hoy sea mañana, pero siempre tendréis unos datos para utilizarlos en su día. Es un error muy craso, pero muy extendido, creer que la provincia de Salamanca es una vasta llanura, un mar inmenso de mieses a los que apenas interrumpe su monotonía alguna serie de colinas o aislados tesos; y nada más lejos de la verdad. 

El partido de Béjar y el de Saqueros son abruptos y montañosos en grande escala, figurando entre las alturas del primero el cerro de el Trampal con 2.979 metros (n.m.); el cerro Calvitero 2.935 metros con glaciares permanentes y alturas rivales de las de los Pirineos Centrales. Después, en el segundo, la Peña Jasleala de 1.744 metros, Peña de Francia 1.723, Peña Boya 1.512, Peña Canchera 1.529 y otros de análoga y aun mayor elevación. 

El de Ciudad-Rodrigo lo es en cuatro quintas partes; descollando entre sus montañas el Pico de Jálama de 1.556 metros, y otros de poca menor altura; el de Vitigudino tiene montañosa su parte occidental de N. a S.,y el de Ledesma la de NO., en especial la zona llamada Arribes de los ríos Duero, Termes, Agueda y Yeltes, aunque no alcancen las alturas de los colosos de la cordillera.

Ilustración artística. 5 de marzo de 1900

BUQUES SORPRENDIDOS POR LA NIEVE EN EL PUERTO DE NOVOROSSISK

Como explicación de los grabados que, reproduciéndolos de fotografías, publicamos en esta página, traducimos el relato que firman dos testigos presenciales de la terrible tempestad de nieve ocurrida en diciembre último en el puerto de Novorossisk, uno de los más importantes del mar Negro.

Barco de vela sorprendido por la nieve en el puerto de Novorossisk en 19 de diciembre de 1899 (de fotografía)

«Nuestro barco, el Cervin, llegó al puerto y ancló en la mañana del domingo 17 de diciembre de 1899. El viento soplaba entonces del Nordeste; las cumbres de las colinas estaban completamente rodeadas de una densa masa de nubes blancas y antes de la noche reinaba fuerte temporal. Por la tarde llegó un pequeño vapor ruso, el Ingar, que ancló más allá de nosotros, a barlovento de la costa. Toda la noche acreció la fuerza del viento, hasta que al amanecer del lunes soplaba con la violencia de un huracán; por la tarde hubo helada fuerte y comenzó a nevar. El viento era entonces tan espantoso, que no se podía permanecer en pie en ningún lugar libre de la cubierta; y para ir de un punto a otro debíamos arrastrarnos, cogiéndonos a cuantos objetos estaban a nuestro alcance.

El buque ruso «Ingar» sorprendido por la nieve en el puerto de Novorossisk el 19 de diciembre de 1899 (de fotografía)

Toda la noche siguió nevando, de modo que la cubierta, los mástiles y el aparejo quedaron revestidos de una gruesa capa blanca, rompiéndose las cuerdas por el peso excesivo del hielo.

»Al amanecer del martes vimos que el vapor ruso se esforzaba en vano para dirigirse hacia nosotros; durante algún tiempo hubo gran peligro de que chocara con el nuestro, pero por fortuna pasó delante, y al pronto no pudimos ver cuál era su suerte; pero estábamos seguros que no tocaría en tierra, como así fue en efecto, según observamos después.

Oficiales y tripulantes del buque «Cervin» (de fotografía)

»Nuestra situación comenzaba a ser en extremo peligrosa, porque el barco avanzaba despacio, pero con seguridad, hacia las rompientes, y si tocábamos en ellas, el barco y la tripulación se perdían sin remedio. Otro peligro nos amenazaba, tanto mayor cuanto que era silencioso y nos rodeaba, sin que le viéramos hasta que alcanzó grandes proporciones. Nuestro barco se hundía; cada ola que chocaba contra él se helaba en seguida; así es que sus costados estaban revestidos de una capa de hielo de varios pies de grueso, tan pesada que nos sumergía poco a poco.

»En estas condiciones pasamos la eterna noche del martes. ¡Qué largas nos parecieron aquellas horas! Apenas osábamos esperar que nos fuera posible resistir hasta el amanecer; mas al fin vimos asomar la luz de la aurora, aunque tan sólo para reconocer nuestra desesperada posición. No había señales de que mejorase el tiempo; el peso del hielo aumentaba cada vez más, y a través de la nieve que nos azotaba el rostro podíamos ver los temibles arrecifes cubiertos de hielo, de los que apenas distábamos la mitad de la longitud del barco.

»No quedaba más que una probabilidad de salvarnos, y se reducía a dirigir el barco hacia la playa. Así resolvimos hacerlo, aunque la maniobra no dejaba de ser peligrosa, a causa del peso de la nieve y del hielo que se acumulaban en los costados, en la cubierta, en los mástiles y en el aparejo. Sin embargo, no podíamos permanecer donde estábamos, ni quedaba más alternativa. Se preparó todo, y a eso de las nueve de la mañana a todo vapor hicimos rumbo hacia la playa. La distancia no era considerable; pronto nos vimos en salvo; el fondo era de arena, y le tocamos suavemente, sin más que un ligero choque con un vapor impelido por el viento. Después de anclar, el hielo comenzó a formarse rápidamente en torno nuestro, y antes de llegar la noche nos cercaba completamente.

El buque inglés «Cervin» sorprendido por la nieve en el puerto de Novorossisk el 19 de diciembre de 1899 (de fotografía)

»Cuando tuvimos tiempo de pasear la mirada a nuestro alrededor, nos fue dado contemplar una terrible escena de naufragio y desolación; varios vapores, rotas sus amarras, habían sido arrastrados; y algunos barcos pequeños estaban casi sepultados bajo el hielo. El vapor ruso que antes habíamos visto arrastrado hacia la orilla parecía más bien un glaciar que un barco, como puede verse en el grabado, los pasajeros y la tripulación se salvaron afortunadamente; pero el capitán murió después por los efectos del frío.

»Continuó helando con fuerza basta Navidad: pero después el tiempo mejoró mucho, y la nieve y el hielo desaparecieron gradualmente. El día 31 nos despedimos alegremente de Novorossisk Para buscar mas benignos climas.

Firmado: JAIME REID, capitán JAIME INKSTER, oficial primero.»

Ilustración artística. 18 de noviembre de 1901

LAS EXPEDICIONES ANTÁRTICAS INGLESA Y ALEMANA

Durante la primera quincena de agosto último se han hecho a la mar las dos expediciones antárticas inglesa y alemana, cuyos preparativos desde hace tanto tiempo venían preocupando al mundo científico. Asimismo acaba de partir otra misión, organizada en Suecia y dirigida por el Dr. Otón Nordenskjold, y finalmente prepárase en Escocia una cuarta exploración antártica bajo la dirección de M. Bruce. De suerte que próximamente va a darse un gran asalto a los hielos australes para arrancarles los secretos que hasta ahora han guardado detrás de su muralla invencible.

El éxito de tales empresas despierta un interés extraordinario. Nada ó casi nada se sabe acerca de la inmensa zona antártica: a partir del paralelo 50 Sur, es decir, a partir de una latitud correspondiente a la de Amiéns en nuestro hemisferio, nuestros conocimientos son en extremo vagos, y basta consultar un planisferio para ver evidenciada nuestra ignorancia por el escaso número de indicaciones que el mapa contiene.

Los pocos trozos de territorio antártico que conocemos están sometidos a una congelación infinitamente más intensa que la que se manifiesta en el hemisferio Norte, en la Groenlandia ó en el Spitzberg, y el estudio de este fenómeno no es sino uno de los numerosos problemas que en aquellas regiones solicitan la atención de los exploradores.

El Discovery, buque de la expedición antártica inglesa

Son asimismo muy vagos los conocimientos que poseemos acerca de las condiciones oceanográficas y batimétricas de los mares antárticos, del clima, de la biología y por último de la geología de aquellas tierras. La región antártica sigue siendo la última gran mancha blanca del globo.

Pocas han sido, en efecto, las expediciones que se han dirigido a las heladas tierras australes; de ellas no hemos de hacer la historia en el presente artículo; así es que después de haber recordado el memorable viaje de Cook (1772 a 1774), nos limitaremos a citar las principales realizadas durante el siglo XIX.

En 1819 y 1820, el ruso Bellinghamen lleva a cabo un viaje de circunnavegación alrededor de la zona polar antártica y descubre las islas de Pedro el Grande y Alejandro I. En 1823, el cazador de focas inglés Wedell llega hasta los 70º 15' de latitud Sur, al Este de la punta meridional del continente americano, y en aquel punto encuentra el mar libre, que no pudo recorrer a causa del mal estado de su barco. De 1830 a 1832, Juan Biscoe efectúa una fructuosa circunnavegación del Antártico, y en 1838 y 1839, Balleny descubre las islas que llevan su nombre y distingue otras muchas tierras.

De 1837 a 1840, el francés Dumont d'Urville explora la extremidad septentrional dé la tierra de Graham y descubre luego en el Sur de Australia las tierras de Adelie y de Clarie. Desde 1837 a 1840, el americano Wilkes recorre el Océano Antártico, y en el Sur de Australia señala varias masas continentales que pasan a figurar en los mapas con el nombre de tierras de Wilke, aun cuando no pertenezca por completo a este explorador el descubrimiento de las mismas. Finalmente, en los años 1839, 1840 y 1841 Jacobo Ross realiza su célebre viaje, el más fecundo de cuantos se han llevado a cabo hasta el presente en el Océano Polar austral; en el curso de esta expedición descubre, al Sur de Nueva Zelandia, la Tierra Victoria, el fragmento más importante del continente antártico hasta ahora conocido. Jacobo Ross penetró hasta los 78º 10' de latitud Sur, ó sea el punto más meridional alcanzado hasta el presente; de allí no pudo pasar a consecuencia de una muralla de hielo de más de 200 kilómetros de longitud, detrás de la cual se extendía el inmenso glaciar que cubre las tierras situadas más hacia el Sur.

El Gauss, buque de la expedición antártica alemana

Después de estas memorables campañas, los marinos sintieron como un cansancio, y durante más de cincuenta años no hicieron ninguna tentativa en aquellas regiones. En 1893 planteóse de nuevo la cuestión de la exploración de las regiones antárticas ante la opinión pública científica, decidiendo entonces Alemania é Inglaterra organizar una expedición cada una. Pero adelantóse a ellas Bélgica, gracias a la iniciativa y actividad de M. Gerlache, bajo cuya dirección se realizó a bordo del Bélgica, en 1898 y 1899, una campaña de gran importancia para la ciencia, al Sur del cabo de Hornos. Por otra parte, organizábase por uno de los grandes editores de Londres, Sir Jorge Newnes, otra expedición para asegurar a los periódicos por él publicados una relación del viaje en la zona antártica, en el momento en que esta región ocupaba la atención en Inglaterra. Dirigida por el noruego Borchgrevink, visitó esta misión la tierra Victoria y pasó en ella el invierno de 1898 a 1899, siendo aquella la primera vez que unos exploradores invernaban en tierras antárticas.

La gran obra inaugurada por Gerlache y Borchgrevink va a ser ahora brillantemente continuada por las misiones inglesa y alemana, que acaban de ponerse en camino y que se proponen no hacer una tentativa hacia el polo Sur, sino proseguir el estudio del casquete antártico, reconocer la distribución de las tierras y de los mares en aquella parte del globo y estudiar los fenómenos que allí se realizan. Se han tomado de antemano todas las medidas para que esta empresa de los mayores resultados científicos posibles. Entre ambas expediciones se ha trazado de común acuerdo un programa de investigaciones, quedando claramente deslindado el campo de exploración confiado a cada uno. El casquete antártico ha sido dividido en cuadrantes que corresponden a otras tantas esferas de actividad científica y que llevan respectivamente los nombres de Enderby (0º al 90º de longitud Este de Gr,), de Victoria (90° al 180°), de Ross (180° al 90° de longitud Oeste de Gr.) y de Wedell (90º al 0º). Los alemanes trabajarán en el cuadrado de Enderby y los ingleses en los de Victoria y de Ross. Por último, para seguir la marcha de los fenómenos magnéticos y meteorológicos observados por los exploradores fuera de la zona antártica, se harán observaciones en un gran número de observatorios.

La expedición antártica alemana, dirigida por el profesor E. de Drygalski, se hizo a la mar el día 12 de agosto; va en el Gauss, buque construido especialmente para la navegación en medio de los hielos. Esta embarcación, como todas las destinadas a tal empresa, es mixta, es decir, que va provista de un gran velamen a fin de economizar el carbón y de poder seguir navegando en caso de avería de la máquina; tiene un casco muy sólido para resistir a los choques de los hielos y es relativamente pequeña para que pueda evolucionar fácilmente en los canales del banco de hielo. Con toda la carga desplaza 1.450 toneladas.

El personal de la expedición comprende, además de su jefe, veintiocho hombres, cuatro sabios, que son los doctores Vanhoffen {geólogo y botánico), Philippi (geólogo), Bidlingmaier (meteorólogo), Gazert (bacteriólogo), cinco oficiales y veinte marineros. La expedición ha sido costeada por el Estado bajo el patronato del emperador Guillermo II, quien no ha cesado de manifestar el más vivo y constante interés por esta campaña marítima. Desde !a embocadura se ha encaminado hacia Kerguelen, en donde debe establecerse una estación destinada a servir de base de operaciones y de observación científica; esta estación, será instalada en Three Islands-Harbour, en el Royal Sund (costa oriental de la isla) y en ella se quedarán tres sabios y dos marineros que realizarán allí observaciones magnéticas y bacteriológicas conforme al programa internacional. A fines de 1901 el Gauss se dirigirá primeramente hacia el Este, hasta los 90° de longitud Este de Greenwich, y luego hacia el Sur, y deberá procurar llegar a las tierras antárticas y establecer en ellas una nueva estación, junto a la cual invernará el buque. Si las circunstancias son favorables, la expedición alemana, compuesta de sabios distinguidos, obtendrá seguramente un gran éxito.

El 6 de agosto se puso en marcha la expedición inglesa organizada por la Royal Society y por la Sociedad de Geografía de Londres, con el concurso del gobierno inglés. Va embarcada en el Discovery que, como el Gauss, ha sido expresamente construido para este viaje y cuyas dimensiones son algo mayores que las del buque alemán, puesto que desplaza 1.750 toneladas. Está mandada por un oficial de la marina real, el capitán R. Scott, y lleva cincuenta hombres, cuatro de ellos naturalistas, que son: míster Jorge Murray, Mr. J. V. Hodgson (biólogo), Mr. H. T. Ferrer (geólogo) y Mr. Luis C. Bernacchi (meteorólogo) Mr. Murray sólo acompañará la expedición hasta Melbourne y durante la travesía habrá de poner a los sabios del Discovery al corriente de las investigaciones que han de emprender.

La misión inglesa va a la tierra Victoria. Durante el verano de 1901 a 1902 examinará la gran barrera de hielo descubierta por Ross y reconocerá si está flanqueada al Este por una tierra. Si las circunstancias no se oponen a ello, el Discovery invernará en la costa Oeste de la tierra Victoria, verificándose durante esta detención excursiones de trineos hacia el Sur, sobre los glaciares, y hacia la región volcánica del monte Erebus. En 1903, la expedición verificará su regreso.

CARLOS RABOT,

Hojas selectas. Enero de 1903

EL ALUD DE LA TÊTE-ROUSSE

Los ferrocarriles de montaña siguen casi siempre las inflexiones de las vaguadas de los ríos y torrentes, plegándose al terreno, para evitar la construcción de costosas obras de fábrica.

GLACIAR DE LA TÊTE-ROUSSE. —  Hundimiento de la superficie del helero en 1892.

Estas líneas suelen ser pintorescas, porque atraviesan comarcas de tierras cultivadas con esmero en las partes bajas de las cuencas, y de bosques y pastizales en las partes medias y elevadas, en donde nacen los ríos y arroyos que guían al caminante por los senderos de los valles.

El viajero que va sentado cómodamente en un vagón de ferrocarril, contemplando los variados escenarios que le ofrece la naturaleza en cada recodo del camino, no tiene idea siquiera de los obstáculos que han debido vencer: el ingeniero, en el campo y en el gabinete; el industrial en el taller, y el obrero en el campo, en lucha con las inclemencias del cielo, y con el bravío y rudo suelo.

Los afortunados, gracias a esos esfuerzos, pueden saciar su afán de ideal, cómodamente arrellanados en muelle sillón, contemplando el cinematógrafo que la naturaleza ofrece a los que viajan, rápidos como cl pensamiento, entre montañas llenas de luz y harmonía, bañadas de rocío, que refresca sus tonos y sus colores, dejándolas como si acabaran de salir, cada mañana, de las manos augustas de Dios.

Contemplar con ojos de artista las, obras de la naturaleza, es un gran placer; subir más, en la escala de los cielos, para acercarse al grande arcano, al gran misterio que la ciencia trata de descubrir, teniendo la vista fija en las montañas elevadas cubiertas de heleros y campos de nieve, surcadas de ríos que nacen entre morenas, devastadas por aludes cuyas caídas producen catástrofes espantosas; mezcla de horrores y bellezas infinitas, de muerte y de vida, de luz y de sombra, confusión espantosa tras la que se transparenta la conclusión consoladora de que la vida lo es todo, en el tiempo y en el espacio, y que la muerte, más que destrucción, es vigoroso renuevo de todo lo caduco y cansado, porque las energías no pueden renovarse más que en la juventud y en las primaveras de la vida.

BALNEARIO DE SAINT - GERVAIS Y HOTEL DE LOS BAÑOS ANTES DE LA CATÁSTROFE 

Estudiar todo esto bañado en la atmósfera purísima de las altas montañas de la tierra, cuando se aspira un aire puro y oxigenado, es algo más que contemplar un paisaje, y aspirar sus esencias y perfumes; es poner el espíritu en contacto con la naturaleza para escrutar sus secretos, sus fuerzas gigantescas, sus variantes infinitas; es investigar las causas sin cuyo conocimiento los efectos admiran, pero no convencen; es disecar, con el escalpelo en la mano, el límite en que se confunden la muerte y la vida; es llegar al convencimiento de que aquellas masas de nieve, aquellos inmensos sudarios, expresión siniestra de la muerte, se convierten, por ley de naturaleza: en vida que pulula en los valles y las llanuras, bañadas por las oleadas de agua, en cuyo seno murió quizá intrépido viajero, allá en las heladas altitudes en que parecen confundirse el cielo y la tierra, el terror y el pasmo, la calma y la tempestad.

En el seno de las montañas el ánimo mejor templado siente, a pesar suyo, la pesadumbre de tanta grandeza. El que va de Ginebra a Chamonix, al llegar a Salanches, al descubrir el enorme macizo del Monte-Blanco, con su famosa crestería de cristal, de blancura inmaculada al nacer el sol; de rojo intenso al ponerse, como si pasaran por aquella cumbre llamaradas de incendio colosal, el ánimo sobrecogido, turbado, siente la tristeza, la incapacidad absoluta de acaparar, en un instante, la expresión exacta de tan sublime hermosura.

Y sin embargo, aquella sirena encantadora, que atrae y seduce a tantas gentes, aquellos campos inmensos de hielo son el sudario que cubre muchas víctimas seducidas por uno de los espectáculos más bellos de la creación.

Cruzar los heleros de los Alpes, y describir sus peligros, no tienta hoy mi pluma; el artista, el viajero, quienes busquen emociones que despierten la sensibilidad embotada de su sistema nervioso, hallarán en el Monte-Blanco cuanto pueda ambicionar el temperamento más exigente y la imaginación más fatigada; en aquellos heleros, seracs y morenas, en aquellas manchas inmensas de hielo que reflejan todos los matices del cielo, en aquellos abismos insondables hallarán el placer íntimo más exquisito; pero todo esto es tan personal, tan subjetivo, que mi descripción, por buena que fuera, y por ser propia no lo sería, no podría ser otra cosa que un cuadro más ó menos realista, más ó menos verdad, pero nunca la verdad entera con todos sus matices y colores. Por esto la misión que me impongo al escribir este trabajo es mucho más modesta: es la de un ingeniero que busca en la naturaleza un punto de vista poco conocido, nuevo para muchas gentes, de fácil estudio; y un dato más que puede acopiar el erudito, ansioso, en estos tiempos de acaparamiento intelectual, de ensanchar un poco más el círculo de sus conocimientos, ávido de subir un peldaño más de aquella escala de tonos que nos ha de conducir al descubrimiento del grande arcano a que antes me referí, y que ha de acercar cada día más el hombre a su Creador.

EL HOTEL DE LOS BAÑOS DESPUÉS DE LA CATÁSTROFE 

En un recodo de los Alpes saboyanos existe una estación termal poco conocida, que se llama Saint-Gervais. Cansado ya de recorrer valles y montañas, estaciones termales y sanatorios, no había de ser cosa fácil para mí hallar, en aquella estación termal, otra cosa que la anhelada calma, exigida por un sistema nervioso fatigado.

Situado el hotel de la Savoie en la entrada de una garganta, por cuya vaguada corre el rumoroso Bon-Nant, rodeado el valle de montañas altísimas por cuyo fondo discurre el Arve, río caudaloso en aquella altitud, que recoge las aguas que nacen en los grandes heleros del Monte-Blanco, el paisaje no ofrece al viajero perspectivas capaces de hacerle pensar hondo ni recibir la sacudida nerviosa del placer. Pero, quien siga la corriente del Bon-Nant, —aguas arriba,— y penetre en el obscuro valle cubierto de alerces y pinabetes, — esbeltos, altísimos,— formando con arbustos y hierbas enmarañada selva, como visión engañadora de bosque tropical, y siga hasta dominar el valle para descubrir el macizo del Monte-Blanco, en cuya base descansa Saint-Gervais, poblado de quintas, de hoteles, de iglesias, todo limpio, todo nuevo ó con apariencias de renovado; el ánimo despierta y goza, ante un espectáculo lleno de luz vivísima, de colores refulgentes, de vida joven, ardiente, poderosa, sacudida por el aire puro y sutil de las grandes altitudes.

ASPECTO DE LA CUENCA BAJA DEL BON - NANT DESPUÉS DEL PASO DEL ALUD

Y, sin embargo, flota en aquella serena calma el recuerdo de una catástrofe espantosa, reciente, tan reciente, que el surco que dejó sobre la tierra puede seguirse aún palmo a palmo, como podría hallarse en el corazón de muchos seres vivientes el recuerdo de las doscientas personas que en noche aciaga perdieron la vida en el valle encantador de Montjoie.

Parece un sueño pensar que una pequeña mancha de hielo en la montaña, una mancha que vista de lejos parece un punto en el espacio, y que medida no tiene más que once hectáreas de superficie; que un helero tan pequeño, separado de los grandes glaciares del Monte-Blanco por cresterías de rocas talladas por la acción incesante de las aguas y los hielos, helero que ni por su peso ni su pendiente puede caminar, como caminan, casi todos, siguiendo la línea de máxima pendiente, con paso lento, lentísimo, rompiéndose, rugiendo, agrietándose, y formando en su seno cavernas espantosas, hasta dar con las morenas, con los despojos de las impurezas que lleva en sus entrañas y que devuelve a la tierra, como si rechazara cuanto impurifica su inmaculada blancura; sí, parece un sueño que tan pequeño accidente en la montaña haya podido producir la catástrofe de la noche luctuosa del 11 al 12 de Julio de 1892, que destruyó dos aldeas, se llevó de cuajo el hotel de los Baños de Saint-Gervais, llenó de cantos y fango 70 hectáreas de tierra cultivada, y causó la muerte de más de 200 personas, que dormían, y que pasaron del sueño tranquilo de la vida al sueño eterno de la muerte, en hora impensada, destruido de cuajo y en un segundo el hotel en que habitaban, cayendo sobre el edificio un alud espantoso de agua, de témpanos de hielo, de cantos enormes de más de cien toneladas de peso, formando masa caótica que rugía como trueno espantoso, con fuerza gigantesca apenas concebible por el entendimiento humano.

Y aquella ola demoníaca, aquella masa enorme que se despeñaba de 3.500 metros de altura, recorrió 15 kilómetros de longitud en un cuarto de hora, sin hallar un solo obstáculo en su camino, no digo ya que la detuviera, sino que pudiera detenerla, lanzada por las pendientes del torrente de Bionnasset hasta su confluencia con el Bon-Nant, siguiendo después la vaguada de este riachuelo hasta pasar por el puente del Diablo, arrancando presas, chozas, árboles, y aumentando cada vez más su volumen, hasta saltar por la garganta del valle de Montjoie y llevarse de cuajo el hotel, cuyos despojos fueron a parar al Arve; despojos macabros, restos de viviendas, de cuerpos humanos, testimonio de un cataclismo espantoso en el seno de la muerte.

Y todo eso ocurrió en noche tranquila, sin razón aparente que lo explicara ni temor que lo previniera, como fenómeno extraño, nuevo, surgiendo de repente en aquella comarca, avezada a vivir respaldada sobre aquel accidente de la naturaleza, como buenos amigos, sin temor a asechanzas traidoras, sin pensar jamás en que, sin aviso previo, y por la espalda, la infiriera la cuchillada trapera por cuya ancha herida había de salir toda la sangre de doscientas vidas, y la savia de una gran riqueza.

Al día siguiente, Francia y Suiza, conmovidas, comunicaban al mundo entero la catástrofe, y los sabios acudían al lugar del suceso a estudiar los fenómenos de los heleros para investigar las causas y los efectos del alud de la Tête-Rousse. El fenómeno mostróse a las gentes con tanta claridad en sus efectos, como obscura fue su gestión en el fondo del helero. Nadie pudo dudar de que durante un período más ó menos largo de tiempo, los hielos derretidos formaron un verdadero pantano subglaciar, cerrado en su boca por un muro de hielo que hasta el 12 de Julio de 1892 mantuvo las aguas empantanadas en equilibrio estable; después, sólo Dios sabe lo que pasó: ¿cedió el muro helado de cerramiento a la presión de las aguas embalsadas? ¿Rompióse el dique bajo la acción intensa de la gravedad que solicitaba las aguas en el sentido de la máxima pendiente ó la bóveda de hielo que cubría el pantano? ¿Hundióse ésta de repente, disminuida su resistencia por la acción misma de las aguas, desquiciando todo el edificio, mantenido en equilibrio por la bóveda que cubría las aguas empantanadas en el fondo del helero y que cede, en un momento dado, desarrollando presiones laterales enormes que rompen el dique que las mantenía en equilibrio?

¡Quién es capaz de averiguarlo!

Los forestales franceses que estudiaron el fenómeno, hallaron en la base del helero un enorme boquete por donde pasaron, en brevísimos segundos de tiempo, 80.000 metros cúbicos de agua, que lanzados violentamente por las vertientes escarpadas de la montaña, arrancan parte de la morena lateral derecha y la frontal del helero de Bionnasset, chocan en las vertientes del torrente, descalzan sus orillas, y formando lava de agua, témpanos de hielo, fango y troncos de árboles seculares, los grandes bloques de 100 y 200 metros cúbicos de grueso ceden empujados por alud irresistible, que no ha de hallar ya en su camino de desolación y de ruinas, más obstáculo que la llanura a donde irán a morir tantas fuerzas acumuladas, subdivididas hasta lo infinito, donde la pendiente se convierte en tramo horizontal, el movimiento en reposo, y los dos términos de la ecuación en perfecta igualdad.

Los ingenieros de montes franceses han hecho un estudio detallado del fenómeno y han levantado el plano del helero, de los perfiles longitudinales y transversales del camino recorrido por el alud en aquella noche aciaga; lo han dibujado con todos sus detalles, han calculado el volumen de la lava, que llegó a tener en la parte baja de la cuenca un millón de metros cúbicos de espesor; y han hecho más, han redactado un proyecto, que se está ejecutando, para evitar las veleidades siniestras de la Tête-Rousse é impedir que, en lo sucesivo, pueda causar los daños que en 1892 lloraron tantas gentes, engañadas por el sonriente aspecto de las montañas que forman el deleitoso valle de Montjoie y Saint-Gervais.

GLACIAR DE LA TÊTE-ROUSSE. Boquete por donde salió el alud de agua empantanada en la noche del 12 de Julio de 1892.

Desde aquella fecha memorable, pasados diez años ya, el helero de la Tête-Rousse ha reconstituido lentamente su antigua y primitiva forma: el boquete de desagüe se ha cerrado, el pozo central hundido el día de la catástrofe, se ha rellenado; el pequeño manchón dé hielo vuelve a tener la fisonomía de sus mejores tiempos, preparando quizá lentamente nueva y traidora acometida; pero como esto hay que evitarlo a todo trance, como un nuevo alud se volvería a llevar probablemente el hotel reconstruido de los baños termales de Saint-Gervais, y quizá también la estación de La Fayet-Saint-Gervais, que no existía en 1892, el gobierno francés ha confiado a la administración forestal el proyecto que, bien estudiado y ejecutado, ha de impedir la catástrofe, y que tiene por objeto principal evitar el empantanamiento de las aguas en el fondo del helero de la Tête-Rousse, por medio de un desagüe lento y constante que permita arrojar, a la vaguada del helero del Bionnasset, las aguas que se vayan acumulando en el fondo de la Tête-Rousse. Este problema, al parecer tan sencillo, ha resultado un verdadero rompecabezas para los forestales franceses, y es que el hombre, cuando no conoce las causas de un fenómeno, ha de partir de lo desconocido para llegar a lo conocido; y aunque la habilidad de su ingenio ponga en sus manos elementos empíricos de valía que, a veces, le guían con fortuna en el camino de la solución más acertada del problema, en otras ocasiones, el dato empírico está mal comprendido, y siendo la base falsa, el resultado ha de serlo también.

Aplicado este razonamiento al desagüe del helero de la Tête-Rousse, resulta que, ignorando los ingenieros las causas de la formación del pantano glaciar, desconociendo el sitio exacto del embalse y aun si fue debido al calor inusitado que reinó en aquella comarca durante el verano de 1892, y no a causas de carácter permanente, ofrece dos incógnitas de difícil despejo; y como, sin conocerlas, el problema es insoluble, hubo que tantear el terreno para averiguar:

GLACIAR DE LA TÊTE - ROUSSE (vista de una galería interior)

a) Si las aguas subterráneas de la Tête-Rousse son debidas ó no a causas de carácter permanente, por más que sea indudable la acción más ó menos directa y efectiva del calor solar en aquellas altitudes, durante el verano; y

b) Si las aguas derretidas del helero de la Tête-Rousse, por la configuración del terreno, se depositan siempre en la misma bolsada (poche d'eau de los franceses) ó si se depositan en varias cavidades que, relacionadas entre sí y en momentos dados, aumentan la presión hasta el punto de romper el dique de hielo que las contiene y determina la catástrofe.

La primera incógnita del problema es la más difícil de despejar; porque la coincidencia del desastre con un verano caluroso, no es bastante indicio para asegurar que el derretimiento de las aguas y su empantanamiento en el fondo del helero de la Tête-Rousse es puramente de carácter eventual; y como la apreciación de otras causas escapa a la investigación directa del observador, las hipótesis pueden conducir a apreciaciones falsas que hagan ineficaces las soluciones adoptadas. La segunda incógnita es de más fácil averiguación, pues la apertura de catas y la aplicación de sondeos bien dirigidos pueden dar indicios bastantes para averiguar las formas de la cuenca, y por tanto, de los sitios en que han de embalsarse forzosamente las aguas derretidas.

Que estos estudios se han hecho por los forestales franceses, no cabe duda; como no puedo tenerla de que han fundado su proyecto de defensa contra los aludes de la Tête-Rousse en la aceptación de un principio y la determinación de una base: el de la formación de un pantano subglaciar en la Tête-Rousse, de carácter constante y debido a causas permanentes, y la de que conocían el sitio del embalse, y por tanto la dirección que debían dar al desagüe, partiendo de la cuenca del Bionnasset, perforando la arista rocosa que la separa de la Tête-Rousse, hasta llegar al pantano que se trata de vaciar.

Después de haber sondeado el helero, de haber levantado toda la cuenca por curvas de nivel, y acordado verter el lago subglaciar de la Tête-Rousse en la cuenca del helero del Bionnasset, el estudio del terreno y el de las condiciones en que han de trabajar los obreros, en aquellas altitudes, indujo a los forestales franceses a construir un camino de herradura de 7 kilómetros de largo por dos metros de anchura, y una senda de 2.590 metros para tránsito y conducción de materiales; abrir en la arista rocosa que separa las cuencas de la Tête-Rousse de la de Bionnasset un túnel de 120 metros X 2 X 2, y construir cuatro barracas a 2.100, 2.550, 2.900 y 3.900 metros de altitud, con objeto de proporcionar abrigo y descanso a los obreros en aquellas alturas, en que no pueden trabajar más tiempo que de primeros de Junio a fines de Septiembre de cada año.

No tendría interés la descripción de las obras ejecutadas, ni la de los sufrimientos padecidos por los obreros, en aquel aire enrarecido y cielo inclemente; basta saber que es muy raro conseguir la permanencia de un mismo obrero, más allá de tres semanas, en aquellas obras, por robusto que sea, sin que se vea declinar la vida de aquellos hombres, moviéndose en un medio de aire seco que da una sed que abrasa, en aire enrarecido que obliga a un movimiento de aspiración pulmonar espantoso, y en temperaturas de cero a un grado en pleno período estival: inclemencias que producen una gran indolencia para el trabajo corporal, dolores de cabeza frecuentes, falta de apetito y sed constante y abrasadora.

GLACIAR DE LA TÊTE-ROUSSE. — Entrada del túnel abierto en 1899 para desviar el lago subglaciar y lanzar sus aguas a la cuenca del Bionnasset.

Con tantos inconvenientes y tantos gastos, el túnel se ha abierto en roca viva primero, en terrenos completamente helados después; hielos que se derretían al calor del trabajo, amenazando la vida del obrero con continuados derrumbamientos, contenidos por entibaciones adecuadas, que deberán substituirse por revestimientos de obra que mantenga la curva del túnel bien estribada; y marchando siempre camino de las aguas empantanadas, el túnel ha llegado a los 220 metros del proyecto sin hallar más que hielos endurecidos, y sin más solución que un intento fracasado.

El pantano subglaciar, si existe, no ha sido descubierto; las catas, los sondeos, la previsión humana con todo su bagaje de hipótesis, la indicación casi segura de la acumulación de aguas en la Tête-Rousse, vista y estudiada a raíz de la catástrofe por tantas personas inteligentes, el temor cada día creciente de un nuevo alud que renueve las escenas de desolación y de ruinas del aciago día 12 de Julio de 1892; las obras, en que se han gastado tantos centenares de miles de francos, tanta inteligencia y tantos padecimientos; todo inútil, todo perdido, como no sea ganancia, y ganancia de valía, la experiencia adquirida, la hipótesis desechada, el estudio hecho en otras direcciones, serie de afirmaciones y negaciones resumidas en nuevos estímulos, nuevos afanes, en ansias de acertar y adelantar, luchando siempre para conocer cuanto se opone al progreso, a la expansión de la vida, y al conocimiento exacto de los fenómenos de la naturaleza.

Ante el desengaño sufrido, en otro país que no fuera Francia, la opinión pública, mal dirigida, hubiera infamado a los encargados de proyectar y dirigir las obras, los habría abandonado, y declarado la impotencia humana para contrarrestar los efectos, de causas mal conocidas, de los aludes de la Tête-Rousse.

La administración y la opinión pública en la vecina república, no han obrado de esta manera; atentos a impedir nuevos desastres, conociendo a fondo las dificultades de la empresa, y sabiendo que no hay éxito que no tenga por base la perseverancia, los forestales franceses han podido hacer nuevos estudios y proyectar otro túnel, en busca siempre de un pantano subglaciar, que quizá no exista más que eventualmente, y debido a causas que no tienen carácter de permanencia.

Y los trabajos continúan con empeño, con la vista fija en el éxito deseado, y en la tranquilidad que exige la vida y la riqueza de una comarca que tiene derecho al amparo y a la protección de su gobierno y de toda una gran nación.

RAFAEL PUIG y VALLS.

(Fotografías del Ministerio de Agricultura de Francia.)

El Accidente en el puente de Mahoma de 1916











 






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