jueves, 26 de febrero de 2026

Fósforos de trueno

Los fósforos de trueno eran tiras de cartulina con unas gotas de una sustancia roja, una mezcla de fósforo y sesquisulfuro, de modo que resultaba muy inflamable, que al frotarlas sobre cualquier superficie áspera se encendían hasta consumirse, generando chispas y un ruido de pequeña traca. Los niños los han utilizado, al menos, desde finales del siglo XIX. 


En algunos lugares les llamaban mistos cachondos. Estos diminutos artilugios de pirotecnia al frotarlos en el suelo o en las paredes y piedras saltaban unas minúsculas chispas dejando un característico olor a pólvora. A o golpearlos producían un gran estruendo. Algunos niños lo machacaban con una piedra, otros incluso lo lanzaban al suelo y al pisarlo explotaban. Estos mistos cachondos producían una serie de crepitaciones consecutivas y muy rápidas, y expulsaban minúsculas chispas, dejando después un característico olor a pólvora quemada.

Otras veces se hacía una cavidad con las manos y dentro de ella se movía el trueno como si movieras una coctelera o estuvieses tocando unas maracas. Lo habitual era cortar la tira encenderla y mover la mano, extendido el brazo, para evitar que las chispas te llegaran a la cara.

Como contenía fósforo los muchachos a veces se frotaban la cara con esto y luego en la oscuridad el polvo resultaba fluorescente, así que era al mismo tiempo muy divertido y muy venenoso, y mortal si se ingería, por lo que fueron prohibidos en 1963, aunque se siguieron vendiendo hasta bien entrados los años 70.


En la oscuridad, sin encenderlos si te frotabas con ellos alguna parte del cuerpo -algunos inconscientes se frotaban hasta los dientes- dejaban la parte rozada con el ”trueno” fosforescente, por el fósforo que desprendían. Si bien el fósforo rojo no era tan venenoso como el blanco, que lo era y muchísimo, no se debía jugar con él. 

Algo similar eran las tiras de fulminantes para las pistolas de juguete.





La Ilustración española y americana, 22 de septiembre de 1883

CRÓNICA GENERAL

La tempestad del sábado último ha sido el suceso más ruidoso ocurrido en Madrid. Muchas personas creyeron notar sacudimientos eléctricos, como si las descargas hubieran pasado por sus cuerpos. El estrepito fue tan insoportable, que hubo quien extrañó que la autoridad soportase aquel escándalo. En el campo se encienden en esos casos luces a Santa Bárbara; en Madrid se confía en los pararrayos; fe tan expuesta a error como cualquiera otra, pues la mayor parte de ellos se suelen inutilizar con el descuido.

Sabido es que en otros tiempos se solía decir a los niños cuando tronaba :

— Son los angelitos, que juegan a los bolos.

Hoy es preciso inventar fábulas más humanas: nosotros hemos oído este diálogo en la última tormenta :

— ¡Papá, papá! ¿Qué es eso?

— Nada; son barrenos.

—  ¿Quién los dispara?

— El Cuerpo de Ingenieros.

— Si suenan en las nubes.

— Es que quieren volar el firmamento.

— ¿Para qué?

— Para que no haya nadie encima de nosotros.

En otros tiempos no era poeta quien no describía en verso una tempestad. Como era natural, apenas había nubarrones se asomaban a las ventanas de sus buhardillas todos los poetas, para oír bien el estampido del trueno, retener el fulgor del relámpago y estudiar el fragor de la tormenta, para ponerlo todo en verso, Las Musas, evocadas en todos los aleros, corrían sobre las tejas, sin saber a quién atender, y volvían al Parnaso acatarradas.

Apolo, entristecido, se vio en la precisión de dictar este decreto:

«Quedan los truenos y relámpagos desterrados para siempre de la poesía, y sometidos a la industria. Desde hoy en adelante no dispondrán del rayo a su capricho los poetas, sino los físicos y químicos.»

Y en cumplimiento del decreto, se inventaron la máquina y las pilas eléctricas, y los fósforos de trueno.

Pero los poetas se vengaron de Apolo llenando de versos malos las cajas de cerillas.

El Mundo de los niños, 28 de febrero de 1891

Y el granuja, con el único perro que le quedaba del real que le habían dado poco antes por bajar un talego al río, compró en el puesto de las aleluyas una carrera de fósforos de trueno, la partió por la mitad, hizo con las dos partes dos bolas de nieve y papel de estraza, y con singular maestría, porque el dinero no le alcanzaba para tanto, robó mientras le despachaban un garbanzo de pega; luego se apartó tarareando, y con mucho disimulo, se acercó a la cacharrería a la puerta de la cual dormía de pie un pacífico jumento, esperando a que le cargaran, sobre las dos que ya tenía aposentadas sobre la albarda, una tercera tinaja erguida en el suelo al borde de la acera.

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