jueves, 6 de agosto de 2026

El yakhchāl

Un yakhchāl es un tipo antiguo de pozo de hielo que se encuentra principalmente en los desiertos de Dasht-e Lut y Dasht-e-Kavir, en regiones desérticas frías del sur de Irán.

Yazd es una ciudad al sur de Irán que disfruta de un clima desértico y fue una parada de caravanas en la antigua Ruta de la Seda, en donde los veranos son largos y durante el día la temperatura se vuelve insoportable. Sin embargo, la población ha sido capaz de convivir con el clima gracias a gestionar los recursos existentes de manera ingeniosa. En el año 400 a. C. ya enfriaban sus bebidas con hielo.

Un yakhchāl está formado por tres partes: el muro, el estanque y el depósito.

El muro es largo, alto y grueso y su función es proyectar sombra sobre el estanque, por lo que se ubica al sur de esta y con orientación este-oeste. Esto permite que el estanque se encuentre protegido del sol durante todo el día, a una temperatura de entre 15 y 20 °C inferior a la de las zonas expuestas al sol. El muro se ha de situar al sur del estanque porque Shiraz está en el hemisferio norte, si estuviera en el hemisferio sur, se colocaría al norte.

El estanque tiene una gran superficie y poca profundidad. Al ponerse el sol, se llena con una delgada lámina de agua que llega a través de una acequia. Durante la noche, pese a que la temperatura del aire se mantiene por encima del punto de congelación, el agua se congela gracias a un fenómeno conocido como enfriamiento radiativo. Este proceso ocurre cuando la superficie del agua pierde calor hacia el cielo despejado, provocando que la temperatura del agua baje más que la del aire que la rodea.

En el desierto por la noche, cuando el sol se pone, el cielo seco y despejado se convierte en un sumidero. El calor del suelo se escapa hacia arriba, hacia el espacio negro, sin vapor de agua que lo retenga, y la temperatura se desploma. El agua del estanque pierde calor hacia el cielo nocturno hasta congelarse. A veces se ayudaba sembrando un trozo de hielo traído de las montañas, una semilla para que el resto del agua se solidificara antes.

Justo antes del amanecer, el hielo se recogía y se llevaba al almacén. Este depósito se sitúa al sur de la piscina y el muro. Consiste en una cúpula de adobe que protege un espacio interior excavado en el terreno. Gracias a su diseño, esta habitación funciona como nevera y congelador. Aquí el hielo aguantaba todo el verano.

La cúpula tiene muros de hasta dos metros de grosor en la base, levantados con sarooj, un mortero de arena, arcilla, clara de huevo, cal, ceniza y pelo de cabra mezclados en proporciones precisas, impermeable y aislante del calor. De esta forma resulta que bajo tierra queda un amplio hueco para guardar el hielo y en lo alto de la cúpula un orificio  abierto para que el aire caliente se escape por allí y arrastre consigo el la humedad que contiene, dejando el fondo del edificio frío y con el aire que rodea el hielo en reposo. 

El yakhchāl era un elemento importante de todo un conjunto de infraestructuras. El agua que utilizaban provenia de los qanats, acueductos subterráneos que se extendían a lo largo de kilómetros y que eran excavados a mano por hombres que jamás verían el agua llegar a su destino, pero que sabían que esos túneles iban a traer el frescor de las montañas hasta el corazón de las ciudades. 

Se estima que Irán cuenta hoy con unos 33.000 qanats operativos, una disminución significativa respecto a los 50.000 que se utilizaban a mediados del siglo XX. La UNESCO afirma que este descenso se debe en parte al agotamiento de las fuentes de agua subterránea por el consumo excesivo.

En los últimos años, las autoridades iraníes han intentado rehabilitar el qanat de Zarch, considerado el más largo y antiguo, con una antigüedad de unos 3.000 años.

Esta red de agua se extiende a lo largo de 70 kilómetros en el entorno de Yazd y discurre a una profundidad de unos 30 metros. 

Por su parte los bâdgir eran torres de viento, chimeneas que en lugar de expulsar humo capturan las brisas y las introducen en el recinto que se ha de refrigerar. Cuando no hay brisa también funcionan, succionando el aire, refrescándolo al pasarlo sobre el agua de un depósito enterrado. Variaciones de los captadores de viento iraníes se pueden encontrar en los barjeels de Qatar y Bahréin, el malqaf de Egipto, el mungh de Pakistán y muchos otros lugares. 

En Yazd, la ciudad del desierto central donde el termómetro supera holgadamente los cuarenta, todavía se alzan unas setecientas torres. La más alta del mundo, de casi treinta y cuatro metros y el conjunto de qanats persas es Patrimonio de la Humanidad. Además de cumplir la función práctica de refrescar los hogares, las torres también tenían un gran significado cultural. En Yazd, los captadores de viento son tan característicos del paisaje urbano como el Templo del Fuego Zoroastriano y la Torre del Silencio. Entre ellos destaca el captador de viento de los Jardines de Dowlatabad Abad, considerado el más alto del mundo con 33 metros y uno de los pocos que aún se encuentran en funcionamiento. Ubicado en un edificio octogonal, ofrece vistas a una fuente que se extiende entre hileras de pinos.

También se conservan en el pueblo abandonado de Kharanaq, en el centro de Irán, en medio de una región montañosa cerca de Yazd.

Algunos yakhchāl siguen en pie y se conservan por su valor antropológico pero fueron jubilados con la invención del frigorífico, que con razón en persa también se llama yakhchāl.

En la actualidad, en Masdar City, una comunidad urbana sostenible en los Emiratos Árabes Unidos, los edificios se han diseñado para aprovechar la ventilación natural para la refrigeración. De manera similar al yakhchāl se construyó un sistema de ventilación en la azotea del Eastgate Center, un centro comercial y complejo de oficinas en Harare, Zimbabue.

En otro orden de cosas, una muestra del desarrollo de esta región en tiempos remotos es que los persas aqueménidas (aprox. 550-330 a. C.) eran capaces de entregar, mediante un sistema de mensajeros a caballo (conocidos como pirradaziš en persa antiguo), mensajes de un extremo a otro del vasto Imperio Persa en cuestión de días. Un mensaje podía enviarse desde Susa, la capital administrativa del imperio en el oeste de Irán, hasta Sardis, en lo que hoy es el oeste de Turquía, en un plazo de siete a nueve días, siguiendo la Vía Real, una especie de carretera que conectaba ambas ciudades. El historiador griego Heródoto —quien estimó què se tardarían tres meses en recorrer a pie la distancia de aproximadamente 2. 600 km entre estas dos ciudades— señala a Susa y Sardis como los extremos de la Vía Real, pero el sistema postal persa era mucho más extenso.


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