viernes, 14 de agosto de 2026

La batalla de Wad-Ras

La batalla de Wad-Ras, que tuvo lugar el 23 de marzo de 1860, fue el combate que puso fin a la Guerra de África entre España y el sultanato de Marruecos. En el Tratado de Wad-Ras, firmado el 26 de abril de 1860, Marruecos reconoció la ampliación de los límites de Ceuta y Melilla, se comprometió al pago de una cuantiosa indemnización y cedió a España el territorio de Santa Cruz de la Mar Pequeña, lo que sería el territorio de Ifni.

Cuadro de Mariano Fortuny (hacia 1862-1863), Museo del Prado.

Antecedentes

Los conocidos como incidentes de Ceuta fueron una serie de choques armados y diplomáticos ocurridos en 1859 en la frontera entre la plaza española de Ceuta y el territorio marroquí. Fueron uno de los motivos para que España declarase la guerra al sultanato de Marruecos el 22 de octubre de ese año, aunque quizás no el único.

Desde la ocupación portuguesa de Ceuta en 1415, incorporada a la Monarquía Hispánica en 1580 y definitivamente española desde 1668, la ciudad existía rodeada de territorio marroquí. Aunque diversos tratados habían reconocido la soberanía española sobre la plaza, los límites terrestres nunca estuvieron claramente amojonados.

A mediados del siglo XIX, España decidió reforzar sus defensas construyendo nuevos fortines, parapetos y líneas de vigilancia fuera del recinto principal. Esas obras fueron interpretadas por las tribus rifeñas como una expansión del territorio español.

La tribu de los Anyera (Anjra), asentada al sur de Ceuta, protagonizó los incidentes más graves durante el verano y el otoño de 1859, destruyó mojones y señales fronterizas colocadas por los ingenieros españoles, atacó a obreros que trabajaban en las fortificación, incendió y derribó varios puestos avanzados de vigilancia y realizó incursiones con disparos contra centinelas y patrullas españolas.

Las autoridades españolas no vieron aquellos ataques como simples actos de bandidaje, sino como una violación de los acuerdos internacionales que el sultán debía respetar.

El gobierno de Leopoldo O'Donnell envió reclamaciones al sultán Mohamed IV exigiendo tres medidas concretas: castigo ejemplar de los responsables; garantías permanentes para la seguridad de Ceuta; autorización para completar las fortificaciones y rectificar la frontera.

El sultán manifestó la voluntad de satisfacer las reclamaciones, pero su autoridad sobre las cabilas del Rif era limitada. Muchas tribus actuaban con amplia autonomía y desobedecían a los gobernadores enviados desde Fez.

En Madrid se interpretó esa incapacidad como un incumplimiento de las obligaciones del Estado marroquí. Por su parte la prensa alimentó un fuerte clima patriótico y presentó los ataques como una ofensa al honor nacional. O'Donnell obtuvo un amplio respaldo de las Cortes y el 22 de octubre de 1859 España declaró la guerra. 

Tras las victorias de Castillejos y la toma de Tetuán, el ejército marroquí intentó reorganizarse y detener el avance español cerca del valle de Wad-Ras. Allí tuvo lugar la batalla decisiva, que abrió el camino hacia Tánger y obligó al sultán a solicitar la paz.

La Corona (Barcelona). 23 de marzo de 1860

Barcelona 23 de Marzo

Juzgando en términos regulares, y tomadas en cuenta las circunstancias respectivas de ambas fuerzas beligerantes, hemos juzgado que la presentación de Habich-el-Chabli en el campo español pidiendo, de parte del califa á nuestro general en jefe, entrar nuevamente en tratos de paz, era de grandísima importancia. No podíamos creer, como hemos dicho en otro artículo, que Muley-Abbas se propusiese con ese paso ganar tiempo; lo uno porque debía saber que el duque de Tetuán no se lo concedería, y lo otro porque el que verdaderamente podría conceder, aunque tal hubiese sido su ánimo, lo tenía concedido de hecho, puesto que, habiéndose consumido los víveres de repuesto durante la comunicación con la escuadra por efecto del temporal, necesitaría de ocho días al menos, para proveerse, antes de empezar las operaciones.

Suponiendo, como debíamos suponer, que Muley-Abbas conoció esto; suponiendo al mismo tiempo que no creyese que nuestras condiciones ahora iban a ser más suyas que las impuestas después de la toma de Tetuán, dimos verdadera importancia a la comunicación de que fue portador Habich-el-Chabli, y pronosticamos que probablemente se haría la paz.

Ahora parece, según el tenor de los partes oficiales y el juicio que los periódicos amigos del gobierno emiten sobre el particular, que no debemos esperar por el pronto un acomodamiento; y nosotros, sin que esto suponga una incredulidad censurable, creemos que todavía no debemos dar por enteramente rota toda negociación, opinando que tal vez en cuanto emprenda nuestro ejército su movimiento hacia el Fondach, sea sorprendido con la aceptación pura y simple, por parte de Marruecos, de todas las condiciones que se impusieron á sus primeras proposiciones.

Porque, lo repetimos, la proposición del califa para nosotros era sincera; lo que únicamente puede explicar que no haya producido todavía resultado; lo que puede hacer pronosticar que no lo dé sin un nuevo escarmiento; es el considerar que en los consejos de Muley-Mahomet predominan alternativamente, los sentimientos pacíficos ó belicosos, según las circunstancias, según los momentos, según las impresiones que hacen en la corte las derrotas continuas que sufre el ejército marroquí, qué se cuentan por el número de combates, o las esperanzas que en socorros extraños, en la imposibilidad por nuestra parte de continuar las operaciones, fundan algunos consejeros.

La corte del emperador está dividida en dos bandos: uno que está convencido de que es inútil querer sostener la lucha, y otro que cree posible un desastre en nuestro ejército; uno de qué por temor de las duras condiciones que se imponen para la paz, no se hagan más duras aún, accedería con resignación á lo que se les pide; este partido, á cuya cabeza se halla Muley-el-Abbas, es el partido de los hombres ilustrados, de los que no se hacen ilusiones sobre los recursos con que cuentan, de los que conocen que, por mas valor y arrojo que tengan sus soldados, no les es posible competir ventajosamente con la constancia, la disciplina y denuedo indomable del ejército español. El otro partido es el partido fanático, el partido que no ve sino una humillación en las condiciones impuestas por España, y que las rechaza sin examen, contando acaso en que acabemos por cansarnos de una lucha que creerán que va á ser interminable.

Cada uno de esos partidos, como hemos dicho, prepondera alternativamente y según las circunstancias del momento; y según ese momento así son las disposiciones que manifiestan. Después de la victoria del 4 de febrero, precedida de tantos combates en el Serrallo, del paso de los desfiladeros del monte Negrón, y seguida de la insubordinación del ejercito y de la toma de Tetuán, el pánico se apoderó seguramente de la corte marroquí; acaso temió que de esas victorias de los cristianos tomasen pie las facciones hostiles á la dinastía actual para ensayar un levantamiento, y se dio prisa á evitar esa complicación, haciendo proposiciones de paz. No produjeron resultado alguno sus pasos; los elementos les han favorecido imposibilitando las operaciones de nuestro ejercicio, cuya inacción forzosa acaso hayan tomado por desaliento, han tenido tiempo de reorganizar su ejército y de llamar á la campaña nuevos contingentes, y han ensayado la intentona del 11.

Hasta ese día deben haber estado en alza en la corte marroquí los partidarios de la guerra, de aquí el que no se haya tratado de paz. Desde el triste resultado, para ellos, del ataque del 11, habrán vuelto, como es natural, á preponderar los sentimientos pacíficos, y de ahí esa segunda misión de parte del califa, pidiendo á nuestro general en jefe entrar en tratos de paz.

Negándose el general en jefe á celebrar ni tregua, ni armisticio, ni nada; decidiéndose á seguir las operaciones como si nada hubiese; no cejando un momento en sus preparativos, hace todo lo que puede contribuir á que no se reponga la corte de la impresión de abatimiento que le ha hecho pedir la paz. Si, al contrario, hubiese desde luego accedido, no solo á oír al comisionado del califa, sino á celebrar, aunque no fuese sino una tregua de cuatro días, hubiera vuelto la confianza al partido belicoso de la corte marroquí que interpretaría, cómo una necesidad para nuestro ejército, esa misma tregua, y la paz sería imposible.

Podemos engañarnos; pero insistimos en lo que sobre este particular hemos dicho: para nosotros la cuestión de paz ó de guerra no depende sino de una circunstancia; de que pueda o no emprenderse pronto  las operaciones, de que se pueda o no tomar desde luego la ofensiva. Acaso antes de llegar al Fondach, pero de seguro en cuanto se fuerce el paso de ese desfiladero, se presenten, de nuevo, proposiciones de paz. Si entonces convendrá admitirlas ó no, nos guardaremos de decirlo; pero que se allanarán los moros á condiciones que hace poco les parecían imposibles, no nos cabe duda.

No desconfiamos, de consiguiente, en que se realicen nuestros pronósticos; no podemos de consiguiente considerar sin resultado las proposiciones pacíficas por más que el general en jefe dé parte de que dentro de poco se emprenderán las operaciones, y que la CORRESPONDENCIA DE ESPAÑA diga que no hay probabilidades de paz. Para nosotros, la paz es probable; y solo creeremos que se prolongue la guerra hasta dar tiempo para tomar á Tánger, cuando recibamos noticia de que el ejército está bajo sus muros abriendo la trinchera, y la escuadra en su rada bombardeando la ciudad.

La suposición de que no se hará la paz, fundándose en la resolución del gobierno marroquí de preferir una guerra eterna á ceder un palmo de terreno, porque ni la guerra afecta en gran manera al imperio y porque espera que el clima sea su aliado mas poderoso, no tiene para nosotros la menor fuerza. No creemos, en primer lugar, que Sidi Mahomet se halle tan sólidamente establecido en el poder, que pueda desafiar impunemente una guerra eterna; no podemos avenirnos con que no le importe que se le ocupe todo el litoral, ni mucho menos le consideramos tan cándido que llegue á creer que vayamos á darle el gusto, de que nuestros soldados se expongan á los rigores del clima africano, internándonos en el imperio. Demasiado debe conocer que no queremos exponernos á ninguno de esos inconvenientes. Si no se hace la paz, si prefiere la guerra, se la haremos; pero no como á él le convendría.

Dueños de Tánger, de Tetuán y de los reductos de Sierra-Bullones; guarnecidos convenientemente esos puntos, puede hacerse alto en la guerra, aunque no se haga la paz. Puede nuestro ejército pasar el verano sin exponer su salud; puede, en fin, hasta sí es necesario, retirarse á España, una parte, seguros, de que, para guarnecer Tetuán, Ceuta, los reductos y Tánger, bastan veinte mil hombres de todas armas; y para hostilizar al enemigo nuestra escuadra que podría operar con todas las circunstancias ventajosas al verano, estación en que no son temibles los contratiempos que le impidieron poco ha, continuar el bombardeo de las costas.

El gobierno marroquí debe saber todo esto, debe conocer qué la situación indefinida de tal orden de cosas no puede menos de serle perjudicial, y, en consecuencia, debe procurar evitar los males que le acarrearía. Obtará, pues, por la paz, y la preferirá, aunque, con condiciones duras, á la prolongación de la guerra. En lo dicho, nos fundamos para opinar, que la paz se hará muy pronto.

Román de Lacunza

La prensa reaccionaria se queja, amargamente de la tolerancia que, a su ver, se ejerce con los periódicos liberales. Esta conducta no nos extraña.

Los absolutistas y moderados, al pedir mordazas para los que no opinan como ellos, se muestran consecuentes con sus principios, con su manera de obrar en todos tiempos, y con las doctrinas que constantemente han proclamado, y mejor aún practicado, cuando han ejercido el poder. Nada hay que tanto les aterre como la idea de que sus contrarios puedan ilustrar al pueblo con la razón, y enseñarles con ella lo falso y absurdo de ciertas doctrinas, y el verdadero valor de las palabras de los que con mayor afán las predican.

Pero lo que sí ha llegado a sorprendernos, pues por acostumbrados que estemos a verlo en ellos, el descaro llevado a un extremo repugna siempre, es la formalidad con que aseguran que mientras los revolucionarios pueden escribir cuanto quieran en defensa de sus convicciones, y ensalzar hechos reprobados por la conciencia y por la ley, sin tener correctivo alguno, sucede con ellos todo lo contrario. Así lo afirma un periódico moderado, el cual reclama con una amargura desgarradora:

«Con la oposición moderada, dice, sucede todo lo contrario: para ella el encono, la ira, las sospechas, las invenciones, los obstáculos, las amenazas, el muro de bronce que ha de cerrarla la entrada del poder. Nuestros antiguos correligionarios, los hijos pródigos de la gran familia moderada que compartieron con nosotros la responsabilidad y la gloria, los triunfos y las derrotas; los progresistas de otro tiempo, convertidos hoy á la escuela llamada doctrinaria, no por convicción, si por conveniencia, no por haber abjurado del error, si por estarles francas las doradas puertas del presupuesto; todos los elementos, en fin, que se agrupan en confuso tropel en torno al hombre-situación, tienen un solo deseo, una sola esperanza: matar al partido moderado, borrarle como una planta maldita de sobre la faz de la tierra, al mismo tiempo que practican sus doctrinas, y evocan sus recuerdos, y viven de su atmósfera.»

Es verdaderamente cosa que parece imposible que tal se diga, cuando se está diariamente inundando á España con escritos que son una verdadera injuria a la razón humana y al sentido común, escritos en que se hace la apología de las ideas ultramontanas; cuando sin el menor correctivo ni obstáculo se proclaman a la faz de la nación las excelencias del absolutismo, rechazado por el país y por las leyes; y esto precisamente cuando los periódicos liberales necesitan imponerse mil penosas restricciones, y encuentran todas las dificultades imaginables para poder emitir no más que a medias sus propias ideas contrarias y en refutación de las que tan cómodamente se pregonan.

En lo único indudablemente en que ha estado exacto el periódico ultramontano que hemos copiado, ó lo hubiera estado ampliando mas su concepto, ha sido al decir que los hombres que se agrupan en torno del hombre-situación, tienen un solo deseo, una sola esperanza: matar al partido moderado, borrarle como una planta maldita de sobre la faz de la tierra. En efecto, solo con qué hubiese atribuido este deseo y esa esperanza al país entero, el periódico de la liga hubiera estado exactísimo. España toda, la nación unánime, juzgándole por sus efectos, considera al partido moderado cómo una planta maldita, y como á tal, y es fácil concebirlo, desea y espera borrarlo de la faz de la tierra.

José Román de Lacunza (fallecido en 1875) fue un médico, escritor y periodista liberal español del siglo XIX, recordado principalmente por dirigir el periódico barcelonés La Corona de Aragón (posteriormente renombrado como La Corona ) a partir de 1856, tomando el relevo de Víctor Balaguer, y por escribir obras científicas y médicas como memorias sobre aguas minerales 

El Álbum de las familias (Barcelona). 25 de marzo de 1860


El Clamor público. 25 de marzo de 1860


El Mundo militar (Madrid). 25 de marzo de 1860


El Día (Madrid). 25 de marzo de 1860

En las presentes circunstancias nos parecen del mayor interés las noticias que damos á continuación, y que se refieren á los accidentes del

CAMINO DE TETUAN Á TÁNGER.

En la estación buena, ó de primavera, los viajeros recorren ordinariamente á caballo en diez ó doce horas el trayecto de Tánger á Tetuán. En la época del mal tiempo, se ven forzados á detenerse en el Fondack, á 24 kilómetros de Tetuán próximamente, donde pasan la noche.

Antes de llegar á este punto y á tres kilómetros saliendo de Tetuán se encuentra el Djebel Ghuby, y como á la distancia de un tercio del puente de Bronfoth un arroyo llamado Oned Samsa. Dicho puente distante unos diez kilómetros de Tetuán, es de piedra, casi nuevo y se halla en buen estado. Se llega á él de Tetuán por un camino de una pendiente continuada y rápida.

De Tetuán al Fondak se recorre un país muy accidentado donde se encuentran pasos muy difíciles para los viajeros y casi impracticables para un ejército con su artillería y bagages. Los obstáculos mas grandes están á la aproximación del Fondak.

El Fondack es un arenal, en medio del cual se encuentra un patio rodeado de arcos, bajo los cuales están situadas las habitaciones de los viajeros. Este establecimiento pertenece al Emperador.

Allí reside un guardián ó portero que percibe una ligera retribución de los viajeros; estos deben ir provistos de todo lo necesario para su cama, su subsistencia y la de sus caballos.

Nada puede proveerles en el acto mas que una excelente agua.

El Fondak está construido en el fondo de una garganta en medio de páramos desiertos y de montañas cubiertas de maleza. Viniendo de Tánger se descubre delante de sí el Fondak, á una distancia de mas de doce kilómetros.

Al salir del Fondack, y pasada la garganta en que está situado, el camino que sigue hasta Tánger es casi siempre directo.

A casi igual distancia del Fondack y Tetuán, es decir, á 24 ó 50 kilómetros sobre el camino que conduce á Tánger, se encuentra en un sitio muy pintoresco y cubierto de sombras una bonita fuente nombrada Amodjeda, cuyos alrededores son en invierno pantanosos. Cerca de ella están "los restos de un campo atrincherado de los romanos.

La ruta ordinaria de Tetuán á Tánger pasa por el lado.

Se llega de Tetuán á Tánger por la parte del mar ó de la Aduana después de haber franqueado un pequeño arroyo y atravesado un pantano cubierto casi siempre de agua en invierno. En la actualidad este pantano está seco.

La Época (Madrid. 26 de marzo de 1860, n.º 3.


El Pensamiento español (Madrid). 25 de marzo de 1860

GUERRA DE ÁFRICA

MINISTERIO DE LA GUERRA.

"Despacho telegráfico recibido en este ministerio.

El general en jefe del ejército de África al Excmo. señor ministro interino de la Guerra:

«Campamento del valle de Gualdrás, 25 de de Marzo de 1860, á las cinco de la tarde.

Batalla y victoria completa.

El enemigo, fuertemente situado en posiciones de difícil acceso, nos esperaba á una legua de Tetuán. Con gran empeño ha tratado de estorbar el movimiento del ejército.

Desalojado sucesivamente de todas las posiciones y arrollado en el valle, en donde se presentó también en fuerzas considerables, ha tenido que levantar su campamento á toda prisa para que no cayera en poder nuestro.

En este instante se encuentra fuera del alcance de vista de las tropas de S. M.

Todos los generales y las tropas han rivalizado en denuedo y bizarría.

El comandante general de las fuerzas navales de operaciones al ministro de Marina:

Playa de Tetuán 23 de Marzo á las tres de la tarde:

El ejército se ha puesto al amanecer en movimiento sobre el enemigo; de nueve á once se ha oído algún fuego de cañón, que cesó á la última hora; se ha empezado la descarga del Minna.

El general en jefe del ejército de África al excelentísimo señor ministro interino de la Guerra:

«Campamento de Tetuán, 23 de Marzo de 1860, á las cinco de la mañana. — En este momento emprendo las operaciones.»

Málaga, 22 de Marzo de 1860, á las diez y cuarenta y cinco minutos de la noche. — El comandante del tercio al Excmo. señor ministro de Marina:

«Llegó de Tetuán el vapor trasporte de guerra Patiño para embarcar dos batallones.»"

La Esperanza (Madrid). 27 de marzo de 1860


La Esperanza, 7 de abril de 1860 

Madrid tiene el Orgullo de contar ya en su seno al primer cuerpo del heroico ejército de África que ha pisado el territorio español. A pesar de la solemnidad del día, y de no haberse sabido la hora de su llegada con la debida anticipación, una muchedumbre inmensa ocupaba anteayer las avenidas de la estación del ferro-carril, vistosamente engalanadas para saludar al bravo segundo batallón de ingenieros. Los ojos de la multitud rebosaban en lágrimas al ver los rostros ennegrecidos de aquellos valientes, el deterioro de su brillante uniforme que apenas puede dar idea, del sufrimiento y resignación que en una epopeya de cuatro meses han probado la virtud y la constancia de nuestros soldados. 
 
Desde el Prado por la calle de las Huertas el batallón se dirigió hacia Palacio. Así en la estación como en todas las calles del tránsito, los valientes de África fueron saludados con fervientes vivas por el pueblo. 
 
Entre los héroes muertos en la batalla de Gualdrás figura el teniente de cazadores de Cataluña D. Bernardo González. Este valiente oficial, uno de los primeros que entraron en África, era natural de Rodillazo, en la provincia de León, y el único sostén de su padre que cuenta 84 años de edad, y de una hermana soltera que se consagra al cuidado del desconsolado anciano. 
 
El 26 se envió a Muley-el-Abbas una carta para el canje de prisioneros, a lo cual se ha accedido. Nuestro general en jefe ha dado orden para que a cada prisionero marroquí, curado ya totalmente, se le entregaran cinco duros por su cuenta y que se les escoltara hasta Tetuán. A los que no están  completamente curados y se hallan en los hospitales de Ceuta y de Málaga, se les continuará asistiendo hasta su completa curación. 
 
Las bajas que el valiente batallón de voluntarios catalanes tuvo en la sangrienta batalla de Gualdrás fueron 18 muertos y 122 heridos. 
 
Han debido llegar a Aranjuez dos batallones de cazadores procedentes de África, los de Vergara y las Navas. Como todos, se han distinguido por su bizarría. 
 
Parece que el conde de Guendulain, con la madre y hermana de Elio, vienen a Madrid. 
 
Hallándose hace pocos días disputando un moro con varios de nuestros soldados acerca de la Aduana de Tetuán, los insultó repetidas veces, apostrofándolos con el epíteto de cristiano perro,
según tienen de costumbre: un Guardia civil que acertó a transitar por aquel sitio dio al momento aviso a uno de los moros de Rey que en la actualidad existen en la cercanía de Tetuán para tener a
raya en lo posible a los infinitos musulmanes de intenciones sospechosas que tanto abundan por aquellas inmediaciones, el que se presentó al momento en el lugar de la ocurrencia, decidido a hacer entrar en orden al fanático sectario del Profeta. 
 
Llamóle al momento, y queriendo desagraviar a nuestros soldados, que se preparaban a vengar un insulto que no podían mirar con impasibilidad, mandó al marroquí que repitiese delante de aquellos las palabras de cristiano bueno; pero a pesar de sus esfuerzos, este, con un descaro inaudito, repetía a cada nueva intimación, no bueno; no: perro, perro, en términos que eran para desesperar al mas paciente; el moro de Rey, que por lo visto no lo era mucho, se cansó al fin, y viendo que sus amonestaciones no producían el menor efecto, aseguró a su compatriota por los cabellos, y con una increíble rapidez empuñó su gumía y le cortó instantáneamente la cabeza, enviándolo sin demora a gozar de las delicias de su soñado paraíso. Este hecho, que horrorizó a cuantas personas lo presenciaron, demuestra evidentemente el estado de Civilización de un pueblo, en el que un soldado ignorante y fanático ejerce simultáneamente las funciones de juez y verdugo con tan pasmosa serenidad y como si se tratara del asunto mas insignificante. 
 
Tetuán va recobrando el carácter morisco que iba perdiendo. Los muchos negociantes cristianos
que habían sido allá, han regresando, al paso que vuelven los moros que habían abandonado la ciudad. Los derribos han cesado, siguiéndose solo la plataforma que se fabrica ante la mezquita transformada en iglesia católica. Multitud de moros de todos ropajes cruzan por los callejones antes solitarios.  













 






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