lunes, 30 de marzo de 2026

Aniceto Sela Sampil

Aniceto Sela Sampil (Santullano de Mieres, 13 de septiembre de 1863-Oviedo, 1935) fue un jurista asturiano, rector de la Universidad de Oviedo, miembro del Grupo de Oviedo, y padre del también jurista Luis Sela Sampil.

Semanario de las familias, 19 de junio de 1882 página 16

LA APRENDIZ DE PIANO.

I.

Ha dicho un escritor que, para retratar a la mujer, sería indispensable que ella nos prestara su corazón y la delicadeza de sentimientos que la caracteriza; después tendríamos que arrancar una pluma de las alas del Amor, mojarla en el cáliz de las más bellas flores, tener la mano tan ligera como las alas de una mariposa, escribir sobre papel de color de cielo, y saber el idioma en que hablan los ángeles a Dios.

Y yo, que me propongo retratar nada menos que a una muchacha, y muchacha de pocos años, que es lo más vagaroso, lo más incierto, lo más aéreo, lo más ideal, lo más irretratable, en suma, dentro del género mujeril, no he recibido a préstamo, ni por ningún otro título poseo, corazón alguno femenino; ni encuentro el Amor a mi alcance para desplumarle tan cruelmente como el autor copiado exige; ni tengo la mano ligera; ni escribo en otro papel que en miserables cuartillas de papel de algodón; ni conozco más idioma que el idioma castellano, y ese a medias.

Atesoro, en cambio, para salir airoso en mi propósito, un mediano conjunto de preciosas observaciones. Siempre fui yo muy dado a observar cuanto a las mujeres se refiere; y, con observación constante y muchísima paciencia, he podido en este terreno vencer serias dificultades y dar cima a tal cual empresa.

Ninguna más difícil, ¡qué difícil! inverosímil, que la de conocer a la mujer, conocerla en cualquiera de las múltiples situaciones de su vida, de las infinitas posiciones que en la escala social ocupa, de las variadas metamorfosis que en el tiempo y en el espacio sufre la que, comenzando en menuda larva, acaba por ser bella mariposa, tan linda y tan ligera como las de pintadas alas que cruzan rápidas la verde campiña y liban el néctar de las perfumadas flores.

Y por lo mismo que tan poco factible es ése conocimiento, no me jactaré yo de haberle conseguido.

Lo que he querido decir es, que amontonando hechos sobre hechos y congeturas sobre congeturas, me he formado a mi manera un regular concepto de los atributos de algunas, muy pocas, imágenes de esa divinidad ignota, impenetrable y misteriosa que se llama «la mujer». Si consigo hoy reproducir los trozos de una de ellas, habré llenado mi objeto.

Trátase de la aprendiz de piano, tipo original cuyos principales rasgos el lector conoce ya perfectamente.

¿Que no? ¿No has oido algún dia los ecos de un piano en son de protesta contra la suerte cruel que le hizo venir a manos de una aficionada inexperta? ¿No le has oído lamentarse en descompasados gritos, y llorar, y maldecir, y volver a llorar, armando una infernal baraúnda, en la que se suceden sin combinación de ninguna especie notas agudas y notas graves, saltando de octava a octava, de tono a tono, de aire a aire, y de pieza a pieza? ¿Lo has oido? Pues estamos a mitad del camino. Oíste ejecutar a la aprendiz de piano; y con muy poco esfuerzo de mi parte, podremos, entre tú y yo, lector amado, hacer su fotografía.

Pero queda por vencer un inconveniente, que es para mí de grandísima entidad. Yo respeto mucho a todas las aprendices de piano; las estimo, las quiero, las adoro; como adoro, quiero, estimo y respeto a todas las niñas que no lo son. Muy lejos de mi ánimo inferirlas, ni con la intencion siquiera, la ofensa más leve. Y, sin embargo, habrá alguna, casi me atrevo a asegurarlo, que se creerá ofendida. A esa !no hay remedio! habré de repetirle aquellos versos preliminares de una fábula célebre:

«A todas y a ninguna

Mis advertencias tocan;

Quien haga aplicaciones

Con su pan se lo coma.»

II.

La aprendiz de piano tiene, por lo general, de catorce a quince años; pero las hay de todas edades, y la más temible, aunque no servirá de objeto a nuestra tarea, es la solterona de veinticinco a treinta.

No es alta ni baja, ni fea ni hermosa, ni parada ni vivaracha, ni lista ni tonta, ni ignorante ni sabia; regular, en todo regular, nada más que regular. Viste con elegancia casi siempre, procurando afectar cierta dejadez filosófica, cierto atractivo abandono en sus adornos. Como sólo el piano la preocupa, no le queda tiempo para cuidarse del vestido: esto, al menos, quiere significar con su aparente negligé.

Su aspecto ordinario es el de tantas otras adolescentes, pollas a medio empollar todavía, que a los catorce años hablan de amor como habla Castelar de las catedrales góticas, es decir, como cosa ya bien aprendida; a los catorce y medio ha echado el ojo a todos los jóvenes de la población que se hallan en estado de merecer: cursantes DE Instituto ó del primer año de Derecho romano, escribientes de la Diputación Provincial, oficinistas de las casas de Banca, mancebo ó empleados con 3.000 rs. anuales sin descuento; y a los quince se permiten el lujo de tener un novio que las haga el oso y recorra en todas direcciones la calle, lanzando hacia su balcón-observatorio verdaderos haces de miradas incendiarias que harían derretir el hielo, si hielo hubiera en las inmediaciones.

Pertenece a esa prematura y fecunda generación de madres de familia del porvenir, que, calificadas como esperanzas de la patria para en no lejanos días, evaden los límites de la esperanza é intentan adelantar en la carrera con todas las coqueterías y amores en miniatura, que tan perniciosos efectos producen en las ligeras y hermosas cabezas de esos angelitos de carne y hueso.

Pero, a pesar de respirar la misma atmósfera que sus iguales respiran, y de vivir la misma vida, de sentir en sus pesares y alegrarse en sus placeres, tiene nuestro tipo una cualidad propia y especialísima, que podríamos llamar la característica de su carácter (perdonando la redundancia): su afición al piano, afición terrible, incontrastable, avasalladora.

Yo creo que al venir al mundo estas individuas, traen, en lugar de los consabidos panes, un piano en cada mano.

Cuando niñas (llamo yo aquí niñas, porque conviene fijar la nomenclatura que los enamorados y los poetas han alterado lastimosamente a las que no tienen uso de razón; más claro, a las que no han cumplido siete años, que uso de razón muchas conozco yo que no le tienen y han pasado de los veinte). Pues bien; cuando niñas, las que, sin duda por fatalidad del destino, nacen para aprendices, no juegan con sus compañeras, muestran hastío a las inocentes diversiones de aquella edad, se distinguen por un incomprensible recogimiento ¡qué más! hasta detestan las muñecas, ellas, que más tarde tan de buen grado se divierten con una porción de muñecos. Su vocación se marca ya entonces decididamente: es la vocación por el Arte.

Dios las llama a ese camino; ó, para expresarnos en términos más apropiados al común decir de las mujeres, «está de Dios que han de ser pianistas.»

Digo que se marca bien distintamente su vocación, porque se las ve, en las horas que otras niñas dedican a sus juegos infantiles, acompañar a su hermana mayor, que ya toca alguna cosita; no se separan del piano, y pugnan por arrancarle a escondidas algún sonido más ó menos melodioso.

Una aspiración suprema forma desde este momento la cifra y el compendio de las aspiraciones de la niña: tener quien la enseñe música, dar lecciones de solfeo y piano; y los ruegos a mamá para que haga venir un profesor, se suceden sin interrupción, llegando a tomar en algunas el carácter de verdaderas imposiciones. ¡El derecho a la instrucción! Ahí tenéis el completo ejercicio del derecho a la instrucción.

¿Cómo desconocerle? La institutriz hace al cabo su deseada aparición, y comienza el estudio con una aplicación indescriptible, delirante, furiosa.

¡Lástima que el talento no corresponda a la afición! Si correspondiera, ¡cuántos genios de la música habría a estas horas en este país de danzantes!

Pero sucede, no sé si por otra fatalidad, y ó esta ya la llamaría yo fatalidad de clase, que las facultades se encuentran en razon inversa de los deseos, y la que se sentía con ánimos para ser maestra a los dos meses, permanece discipula, aprendiz, esta es la palabra, cinco, ocho, diez, veinte años; durante toda la vida.

Este es nuestro tipo precisamente: la aficionada que quiere y no puede; que da incesantes pasos hacia adelante, y tiene que quedarse atrás; siempre estudiando y sin aprender nunca.

La aprendiz llega a vestir de largo, acontecimiento trascendental en la vida de la mujer. Parecía natural que a un progreso semejante, que revela el acabado desarrollo de todas las facultades físicas y morales, sobreviniera inmediatamente un gran adelanto en el dominio del piano. Pues no es así: la afición no ha decrecido; pero el resultado es cada vez más desastroso. Y cuanto menor es el éxito, son tanto mayores los esfuerzos.

Entonces es de ver como la desgraciada joven se pasa dia y noche sentada en la banqueta, triste, agitada, casi sudorosa, moviendo las manos con una rapidez febril que en otras circunstancias pudiera ser considerada como indicio seguro de demencia.

¡Ah! tanto trabajo es digno, en verdad, de mejor premio...; pero, pertinacia tan ridicula sólo el ridículo merece.

La aprendiz tiene dentro de su propia casa una familia a quien quiere... Pues la familia, como todo, se halla en el orden de sus afecciones pospuesta a un ídolo superior, que yo tal le creo, al dios piano; y tratándose de este dios, la aprendiz es en filosofía panteista, panteista hasta las últimas consecuencias del sistema: el piano lo es todo, y casi todo es el piano.

Llega un tiempo en que la joven ha logrado vencer en parte la triste fatalidad de su destino, y toca algo; más aún, suele tocar mucho; pero subsistiendo siempre su carácter peculiar: el hacerlo mal. Mas como no siempre se encuentra dispuesta a Sofía Menter, es forzoso que las aprendices entren alguna vez en turno y se vean forzadas a hacer música, como ahora decimos, en sociedad. Lo que entonces suele ocurrir, es lo que ocurrió una vez en cierto círculo que yo frecuentaba.

Era una reunión de confianza, a la que asistían numerosas personas ligadas entre si por vínculos de estrecha amistad. Varias señoritas, de antemano designadas, entretenían agradablemente a los concurrentes, ejecutando al piano escogidísimas piezas y fragmentos.

Cierto contertulio, de esos que se fijan en todo, hubo de hacerme notar que junto al piano (era un magnífico piano vertical de Aguírre), una joven, casi una niña, permanecia arrobada y medio extática:

— ¿Le gusta a V. el piano, señorita? la pregunté, acercándome y reparando que era demasiado bella para que le fuera permitido privarnos de la contemplación de sus encantos.

— ¿Que si me gusta? Enloquezco por él.

— Luego poseerá Y, a la perfección el divino Arte, y no tendrá inconveniente en complacer a los aficionados, que aquí abundan, tocando algo con la delicadeza que se adivina con solo verla a V.

(Breve pausa: rubor en las mejillas de la interpelada, y profundo silencio.)

— Sí, señorita; lo bello se atrae con una fuerza magnética irresistible. Al verla a usted tan hermosa, se podría jurar que las sublimes concepciones de los grandes compositores han de encontrar por necesidad una brillante interpretación

(Rubor más subido é imperceptible sonrisa.)

— ¡Vamos! ¿No nos dejará V, apreciar por un momento siquiera sus envidiables cualidades? Por Dios, ¡toque V. algo!

— Pero si no sé; si... Mire V., en casa sí toco, pero como nunca pensé tener que ejecutarlo delante de gente, ¿qué sé yo cómo lo haré?

No fué menester rogarla mucho. Se sentó en seguida, y sus dedos empezaron a correr sobre el teclado. Al primer amago de preludio, sentí un fuerte estremecimiento; oíanse notas que, a ser diplomáticas, provocarían un conflicto intercontinental. A los cinco minutos, la reunión empezó a murmurar, y mi dolor creció de punto. Ejecutaba una fantasía de Fausto, y yo estaba encargado de volver las hojas. ¿Quieren ustedes creer que a la segunda me vi precisado a pretextar una fuerte jaqueca, escapándome como alma que lleva... Mefistófeles?

Defecto mio ha sido siempre ser delicado de oídos, pero en aquella ocasión me atormentaba además sobre manera la idea de que un ser tan bello, pudiese hacer algo tan extraordinariamente feo.

Según me han dicho, a Fausto siguieron Marina y El Elíxir de amor, y luego pagaron el pato Marta y Sonámbula, más tarde, La primera lágrima, de Marqués, y Siempre galante, de Fuerbach; y es probable que, de no advertirla la dueña de la casa, la entusiasta aficionada, en quien nuestros lectores habrán reconocido una aprendiz, se hubiera quedado sola ostigando toda la noche el piano, después que la mayoría de la concurrencia habia desfilado silenciosamente.

Pero cuando la aprendiz se hace antipática é insufrible, es cuando vive cerca de uno y le hace asistir forzosamente a las degollinas de música que comete. Entonces, y sólo entonces, se concibe hacia ella un odio que puede llevar hasta escribir artículos tan malos como éste. Oír a la aprendiz un mes, basta para maldecir a cuantos constructores de pianos Dios crió; el que la oye durante un año, se queda sordo ó se pega un tiro.

Es verdad que con ingenio puede algunas veces conseguirse que el piano enmudezca.

Recuerdo el medio empleado al efecto por un estimado amigo mío.

Vivia en el cuarto cuarto de una casa céntrica, y en el segundo sonaba el piano de una señorita, hija de su padre, que, entre otras habilidades, tenia la muy triste de ser pianista, pero pianista en el período álgido del aprendizaje. Dia y noche (en las horas hábiles) resonaba el instrumento, que, para mayor desgracia, estaba dotado de un magnífico resonador, pero sonaba mal, muy mal, como puede suponerse.

Mi amigo, a quien la música gustó siempre desde fuera, y siendo mala desde ninguna parte, agobiado como estaba por ocupaciones cuyo desempeño exige silencio y sosiego, rabiaba, y no de gusto, cada vez que el piano se dejaba oir; es que, como he dicho antes, se dejaba oir continuamente.

Un dia no pudo resistir más. Se hallaba a lo mejor de un profundo cálculo, cuando... ¡zas! de pronto un torrente de notas que destrozaban un precioso bailable de Fuerbach, dio al traste con todas sus meditaciones. A horcajadas en su cólera, con puños cerrados, lívido, furioso, atravesó en dos segundos los sesenta peldaños que del lugar del crimen le separaban, y encarándose con el padre de la delincuente:

— Caballero, le dijo, esto es irresistible.

Su hija de V, se ha propuesto matarnos antes de salir del mes, y yo declaro que no consentiré en morirme de ese modo ignominioso. ¡Si fuera sólo que tocara mucho!... pero lo hace tan mal, tan atrozmente mal, que destroza a un tiempo las obras de los más insignes maestros y el tímpano del oído de los que tenemos la desgracia de hallar nos a tiro. Yo ruego a V. que ponga fin a mis tormentos y a los de todos los vecinos. ¡Oh¡

Queme V. ese piano; tírele, véndale; haga de él cualquiera cosa, antes de consentir que su hija se le acerque.

El papá, hombre bonachón, como casi todos, y amigo de servir, y que además tenía sus miras particulares acerca del matemático del 4.°, lo cual que su hija no abundaba gran cosa en esas miras, trató de inclinar el ánimo de la aprendiz a que usara con más moderación de las extraordinarias facultades que, en opinión de todos, poseía.

¡Dios santo! ¡que reprimenda! Más le valiera haberse callado.

— Si a ese señorito le molesta la música, vayase a vivir a Groelandia, donde nadie le incomodará. Bien dicen que no se hizo la miel para la boca del... Y luego, ¡qué consideraciones con una señorita! ¡Qué galantería!

Estos jóvenes del dia la tratan a una como a un costal de paja.

Y el piano siguió sonando, siempre sonando, con la misma insistencia, la misma pesadez y la misma imperturbabilidad; y mi amigo cada vez más dispuesto a hacer un disparate, que al fin y al cabo hubiera disculpado la justicia de su causa.

Pasó así algún tiempo.

Cavilando, cavilando, el inquilino del cuarto cuarto adoptó al fin una resolución heroica. Odiaba de todo corazón a la aprendiz, pero la declaró el amor. La dijo que la adoraba, que el piano era un instrumento encantador, y él bendecía al que le había inventado; que habia adelantado tanto en poco tiempo, que cada vez que le tocaba a la sazón, sentíase influido por una impresión hondísima, avivada en aquel momento por los innumerables encantos que veía delante. Otrosí dijo: que aspiraba a ser también su dócil instrumento, instrumento en que resonarían todos los allegros de la pasión más armoniosa é imperecedera.

Después no sé lo que pasó; pero al cabo de algún tiempo el piano apenas se oía, y ahora, cuando la aprendiz le toca, es con una expresión nueva y delicada, con sentimiento y con sobriedad.

Síntesis: para obligar a enmudecer un teclado, recorrido por mano de mujer, no hay como dar en la tecla.

III.

Después de todo, y con toda seriedad, hay que reconocer que la aprendiz de piano es una de tantas plagas como afligen a los habitantes de este planeta decrépito y miserable. El alma es inmortal; necesita existir otra vida imperturbable para premio de los que en el mundo sufren los efectos de tal calamidad.

Y si a algo práctico (aparte de lo dicho) pueden conducir estos renglones, demasiado numerosos ya, propongo que en la próxima edición del P. Astete se incluya, entre las bienaventuranzas, la siguiente: «Bienaventurados los que sufren persecución por la aprendiz de piano, porque ellos disfrutarán, en compensación justa a los rigores de su suerte, el rinconcito más silencioso del cielo.»

ANICETO SELA Y SAMPLI.

La América, 13 de marzo de 1885 página 14

Los Sres. D. Aniceto Sela, folklorista asturiano, y D. Sergio Hernández de Soto, socio del Folk-Lore Extremeño, han comenzado ya a trabajar en este sentido; el primero sobre la colección de Cuentos populares portugueses del Sr. D. Teófilo Braga, y el segundo sobre una no escasa colección inédita que posee de cuentos populares recogidos en Zafra, provincia de Badajoz, siendo casi probable que en el año que corre queden catalogados los cuentos de las principales colecciones españolas y portuguesas. 

Madrid científico, 1903 n.º 413 página 16

Aprovechamientos de Aguas. — D. Aniceto Sela Sampil, en nombre de la Compañía General Minera de Asturias, ha solicitado autorización para derivar 150 litros de agua por segundo del arroyo Valporquero, en el punto llamado Piedra Mata, concejo de Oviedo, para producir energía eléctrica.

Suplemento a La Escuela moderna, 9 de abril 1919 n.º 2.332 página 15

PROPIO Y AJENO

EN LA ESCUELA SUPERIOR DEL MAGISTERIO

CONFERENCIA DEL DIRECTOR DE PRIMERA ENSEÑANZA

Conversación afectuosamente amigable debiéramos llamarla, ya que el Sr. Sela no quiso dar a su peroración, por excesiva modestia, ni el tono ni los vuelos de una disertación académica ni de un discurso meditado. 

Los alumnos de la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio, siguiendo los planes trazados en años anteriores, invitaron al director general de Primera enseñanza a inaugurar la serie de conferencias pedagógicas que continuarán otros ilustres profesores en la citada Escuela durante el présente curso académico, y el Sr. Sela aceptó gustoso el ruego de los jóvenes estudiantes y señaló la hora de las seis y media de la tarde del dia 4 de los corrientes para ponerse en contacto con oyentes tan aplicados y de tantas esperanzas para la enseñanza popular de nuestro país.

Al acto asistieron el ministro de Instrucción pública, Sr. Salvatella; el delegado regio de la Escuela, señor marqués de Retortillo, y todo el profesorado y alumnos; el secretario general de la Universidad Central, señor Castro, que excusó al rector por motivo bien justificado, y algunos maestros y maestras de las escuelas nacionales de la Corte.

El Sr. Sela comenzó dirigiendo un cariñoso saludo a la Asociación de alumnos organizadora de las conferencias y rindiendo un tributo de respeto y admiración a la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio. La presencia del señor ministro de Instrucción pública—añadió — da mayor realce a este homenaje y constituye una prueba más de la atención que el Sr. Salvatella consagra a los problemas de la Primera enseñanza y del interés que le inspiran los trabajos de estos alumnos.

Advierte que su propósito ahora se reduce a informar a los que han de ser en breve plazo maestros de maestros e inspectores (maestros todos, dada la manera como hoy se entiende la Inspección) de lo que se ha hecho y lo que se puede hacer en España en una de las esferas menos conocidas de la obra de la educación nacional. 

No hace falta recordar —dijo— que la educación es cosa muy compleja, función y resultante de un conjunto de fuerzas heterogéneas que a veces influyen más eficazmente en la conservación de la salud, en la formación y el temple del carácter, en la depuración de la sensibilidad y del gusto y hasta en el desarrollo de la inteligencia, que la acción reflexiva y artística del educador y de la escuela. Aun enalteciendo la obra de la escuela todo lo que debe enaltecerse, hay que contar con aquella otra educación ocasional, producto del medio físico y social, de la naturaleza, de la familia, de la calle, del mundo, en fin, que es, en definitiva, lo que, como Castilla en el poema, hace los hombres y los deshace.

Citó pasajes de Rousseau, Spencer y Bréal y varios hechos para demostrar que, siendo los maestros sembradores de la cultura humana, como decía Ruiz Aguilera, no son ciertamente los únicos, y deben considerar su misión con cierta modestia, no reñida con la nobleza y grandiosidad del ideal. Recordó a este propósito una notable conferencia del Sr. Cossío acerca de la sugestión del material pedagógico, cuyas profundas advertencias cabría extender a la sugestión pedagógica en general, y comentó las atrevidas palabras de Wells acerca de la educación futura en uno de sus mejores libros. El mundo marcha tan de prisa, que ninguna anticipación puede considerarse aventurada.

Justificó, mediante estas consideraciones, el que pueda tratarse de Extensión universitaria sin que el tema caiga fuera de los usuales trabajos pedagógicos. Por la Extensión se procura atender a la satisfacción de necesidades morales e intelectuales que no siempre caben entre los muros de la escuela, y llevar la cultura y la civilidad a gentes que no pisan frecuentemente las aulas, pero que en estos tiempos de democracia tienen tanto derecho a disfrutar de los bienes espirituales y de los placeres artísticos como las clases acomodadas. Por otra parte —continúa el Sr. Sela—, abarcando todos los centros de enseñanza, la Extensión permite continuar la obra de la escuela y prolongar sn acción sobre los adolescentes y los adultos, salvando, en primer término, los peligros de los años que inmediatamente siguen a la salida de la escuela, durante los cuales se rompen todos los vínculos que unen a los ciudadanos con la vida intelectual de que en aquélla participan, sin que las clases de adultos, tan deficientemente organizadas entre nosotros, basten para evitarlo.

Historió el origen de la University Extension en las grandes escuelas de Oxford у Cambridge у el portentoso desenvolvimiento que ha llegado a adquirir en Francia, Bélgica y los Estados Unidos de América, y reseñó las innumerables instituciones post-escolares que de ella han nacido, acomodándose al medio ambiente de cada país.

Expuso elocuentemente las primeras manifestaciones de la Extensión en las Universidades españolas, aun antes de que se le hubiera dado este nombre, y resumió los acuerdos del Congreso Pedagógico Hispanoamericano de 1892, de la Asamblea universitaria de Valencia en 1902 y de la de Barcelona de 1903, en orden a la acción social de la Universidad, sin abandonar por eso el cultivo de la ciencia pura y el aspecto profesional de su obra.

El Sr. Sela dio a conocer después con todo detalle la extensión universitaria realizada por la Universidad de Oviedo, por iniciativa del Sr. Altamira, y en la cual colaboraron desde un principio, con indudable acierto, los Sres. Aramburu, Alas, Buyila, Posada, Canella, Jove, Melquíades Alvarez, con muchos profesores de Institutos, Escuelas Normales y de Comercio, ingenieros, abogados, etc., de la provincia y de fuera de ella, e hizo especial mención de las conferencias de Unamuno, María de Maeztu, Fresnedo de la Calzada, Rodríguez Parets, Canella, Obermaier y varios otros, pronunciadas en el salón de la Universidad y en los Centros obreros de Oviedo.

Explicó también cómo la obra de la Extensión se transportó a muchas localidades de la provincia y a las provincias limítrofes. El docto conferencia note cree que esta labor de Oviedo fué la base del cambio internacional de profesores que se estableció en la Universidad de Burdeos, mediante el cual explicaron lecciones en la capital de la Gironda los Sres. Canella, Altamira, Barras de Aragón, Arias de Velasen y el mismo Sr. Sela, y honraron la cátedra de la Universidad ovetense los Sres. Pierre Paris, Lovin, Brehier, Régis у otros eminentes profesores.

Las fiestas de la conmemoración del Centenario de la Universidad de Oviedo fueron para el Sr. Sela como la consagración internacional de la obra perseverante que venían realizando los extensionistas de Oviedo. Monsieur Ernesto Mérimée, en un discurso lleno de benevolencia y perspicacia — dice el ilustre catedrático —, dio testimonio de la trascendencia del movimiento, y uno de los delegados de la Universidad de Oxford dedicó también frases muy lisonjeras a la Extensión, relacionándola con la de las Universidades inglesas.

Mostró, por último, el Sr. Sela cómo poco a poco los procedimientos de la Extensión se han ido propagando, llegando a alcanzar algunos años un relieve extraordinario en la Universidad de Barcelona, bajo el rectorado del Sr. Rodríguez Méndez; organizándose cursos breves de divulgación científica en la de Sevilla, siendo rectores los Sres. Morís y Caudáu; en Valencia, bajo la dirección de los Sres. Bartrina y Gómez Ferrer; en la Universidad Popular de Madrid, etc., etc. y relacionando la obra de extensión con la situación de los maestros — finalidad de la conferencia—, especialmente en las localidades rurales, donde el maestro se encuentra aislado espiritualmente de todo cuanto le puede alentar en su difícil cometido, el Sr. Sela invitó a los futuros inspectores y profesores a llevar la cultura a las escuelas de los lugares más apartados, recordándoles el mandato del Evangelio, modificado por el amplio carácter de la moderna Pedagogía; Id y educad a todas las gentes.

Excusado es decir que el sabio catedrático fué muy aplaudido y felicitado al terminar su notable conferencia.

El delegado regio de la Escuela, señor marqués de Retortillo, dio las gracias al Sr. Sela por su atención con la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio y sus alumnos, y al ministro y a cuantos habían honrado el establecimiento con su presencia, у en nombre del profesorado de aquel centro de enseñanza les ofreció un te, que fue servido, con la distinción que es proverbial en aquella casa, por las profesoras y alumnas.

Los profesores y alumnos rivalizaron también en bacer agradable La estancia a las autoridades, maestros y periodistas, y todos convinieron en que la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio puede servir de modelo, en cultura y delicadezas, a otros centros similares.

JUAN C. ARROYO.






 

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