Ha salido a la venta recientemente por 1,7 millones una finca, ubicada en la Sierra de Collserola, que albergó a inicios del siglo XX un hotel y parque de atracciones.
De este lugar las imágenes y películas de comienzos del siglo XX muestran un suntuoso edificio con escalinatas, grandes comedores, lámparas de techo, paseos rodeados de vegetación, músicos y personal con pajarita, botones... Y apuestos clientes de la burguesía de Barcelona llegando en carruajes, coches o tranvía y luciendo sombreros y pamelas.
Era el Casino de l’Arrabassada, un complejo donde a partir de 1899 se construyó un hotel, casino, lago artificial donde se alquilaban botes y un parque de atracciones con una espectacular montaña rusa.
El complejo, que aún guarda la leyenda de que en el casino existió una habitación para los suicidas, perteneció a una familia francesa, y tuvo gran éxito, pero la prohibición del juego a partir de 1912 hizo desaparecer su principal fuente de ingresos. Fue el inicio de su declive.
Al iniciarse la Guerra Civil, el espacio fue utilizado como cuartel, y a comienzos de la década de los 40 la mayoría de construcciones fueron derruidas.
Una imagen del complejo del Casino y Gran Hotel de l'Arrabassada, con el mirador en el centro de la imagen y la montaña rusa en la parte inferior. La foto pertenece al libro 'Vallvidrera a través del temps'.
La finca del Casino de l’Arrabassada, de 10,6 hectáreas, es un espacio fantasmal del que se ha apoderado la vegetación, con pintadas en los muros y construcciones que aún resisten. En el jardín los restos de la valla, con esgrafiados policromados, y el mirador, con esculturas que actúan de ménsulas de los balcones, muestran una parte del lujoso entorno.
La sala de juego del Casino de l'Arrabassada, en una imagen del Arxiu Fotogràfic de Barcelona.
Hasta ahora los propietarios eran dos familias catalanas que la compraron en 1953 y 1965, a los que la habían adquirido de los propietarios originales después de la quiebra de la empresa en los años cuarenta.
Entrada derruida del antiguo casino de l'Arrabassada, en Collserola (Sant Cugat del Vallès)
El “Casino y Gran Hotel de la Rabassada” conserva la marca en el catálogo de Masías, Casas Rurales y otras construcciones del Parque de Collserola, por lo que se podrían reconstruir los edificios que siguen parcialmente en pie: la torre mirador del que fue edificio principal, la bodega, un almacén, los túneles y la torre eléctrica.
La entrada al Casino de l'Arrabassada, donde se aprecia la inscripción "La Rabassada casino atracciones", en una imagen del Arxiu
Los orígenes
En el término de Sant Cugat del Vallés, finales del siglo XIX, se edificaron urbanizaciones como la de Vista Roca, en los alrededores de Can Cortés. Uno de los propietarios de la zona era Josep Sabadell, que fue presidente de la Confederación Patronal Catalana y uno de los últimos alcaldes que tuvo Gracia antes de su anexión a Barcelona (1893). Su residencia estaba en Gràcia, en la calle Rambla de Prat.
Con la construcción de la carretera de la Rabassada (1877) y el “Parque de atracciones del Tibidabo” (1900) toda la zona pasó a tener gran actividad urbanística.
Josep Sabadell se asoció con Miquel Montané, propietario del Gran Café Restaurante Alhambra (1891) del Paseo de Gracia número 25. Compraron la posada “Casa de Comidas La Rabassada” que estaba junto a la fuente de aguas sulfurosas de la Rabassada para remodelarla y convertirla en un hotel de lujo con restaurante: el Gran Hotel Rabassada que se inauguró en 1899.
Gran Hotel Rabassada
Se encargó el diseño del hotel al artista y arquitecto Edmond Lechevallier. A unos cien metros del hotel se abrió un exclusivo club privado donde la burguesía catalana y la extranjera asentada en la ciudad, pudiese hacer negocios en plena naturaleza: el “Círculo de extranjeros“.
Miquel Montané dejó la dirección del hotel a Joan Jubert para centrarse en un tema clave para el futuro complejo: unir con un tranvía Can Gomis, en la falda del Tibidabo con la urbanización de Vista Roca en Sant Cugat.
Consiguió la concesión en 1910 y explotó la línea a través de la empresa francesa “Boursier & Escartefigue” vinculada con ciertos miembros del Círculo de Extranjeros.
Josep Sabadell convenció a algunos inversores franceses miembros del Círculo de Extranjeros para adquirir el conjunto con sus más de 10 hectáreas de terreno.
La idea era construir el que debía ser el mayor y más exclusivo complejo de ocio junto a la ciudad. Registraron la Societat Anònima La Rabassada SA, pusieron sobre la mesa dos millones y medio de pesetas y contactaron con el arquitecto Andreu Audet i Puig para encargarle las obras.
La idea subyacente era situar dentro del club privado, el casino, a fin de sortear la ley que impedía abrir salones de juego en los establecimientos públicos. Junto a él se iba a instalar un gran parque de atracciones que pretendía dejar pequeño al vecino parque del Tibidabo.
El recinto se abrió el 15 de julio de 1911 con una inauguración a la que acudió la flor y nata de la burguesía barcelonesa y extranjera. El discurso inaugural lo pronunció el entonces alcalde de Sant Cugat, Martí Rodó.
Degustaron una magnífica cena preparada por cocineros expresamente llegados de París.
Se inundó Barcelona de publicidad. La prensa nacional e internacional daba cuenta del gran acontecimiento: El Diario de Barcelona, El Diluvio, La Vanguardia, El Imparcial, El Heraldo de Madrid, Le Figaró, el Daily Mail…
Los promotores del proyecto habían instalado una línea de tranvías alquilados en Marsella que iba, en su origen, desde la hoy calle Craywinckel hasta las puertas del casino. El primer día se produjo una avería en el convertidor de la central eléctrica, aunque el servicio se reanudó cuatro días más tarde, el 19 de julio de 1911.
Ante el contratiempo, la empresa puso a disposición de los visitantes una flota de coches con conductor ya que el funicular no daba abasto a subir tanta gente.
La mayoría de curiosos no pudieron llegar de ningún modo y tuvieron que conformarse con pasar el día un poco más abajo, en el Hostal de l'Arengada.
El acceso al recinto costaba media peseta con derecho a subir a una atracción.
Tenía salones de lujo, peluquería, servicio médico, salón de billares, teléfonos, oratorio, un teatro con capacidad para doscientas personas, restaurantes donde podías cenar por 5 pesetas, baños termales, salas de baile y un hotel con fantásticas habitaciones que costaban ocho pesetas la noche.
El parque de atracciones
A través de una gran escalinata se accedía a unas atracciones con nombres ingleses: la bolera, espejos mágicos, el Lawn Tennis, el Rowling Halleys, el Cake Walk, el Scenic Railways, tiro al pichón, la Maison Hantée y sobre todo una imponente montaña rusa de dos kilómetros.
Scenic Railway discurría, en parte del trayecto, por largos túneles subterráneos. Había sido diseñada por Marcus Adna Thompson, el inventor de la montaña rusa.
Competía con el parque de atracciones del Tibidabo, abierto 10 años antes, y sobre todo con el novísimo Saturno Park, pero el parque de la Rabassada era el más grande de Cataluña y disponía de casino.
El ocaso del negocioLa misma noche de la inauguración se presentaron las autoridades para clausurar el casino, aunque enseguida se solucionó el trámite para volverlo a abrir.
Pero el gran negocio del casino no duró ni un año. En 1912, el presidente del gobierno, José Canalejas, (1910-1912) estaba a punto de legalizar el juego pero fue asesinado un día antes de la firma de la ley.
Sabadell viajó a Madrid acompañado de Pablo Iglesias y de Alejandro Lerroux para intentar solucionar el problema del casino de una vez por todas pero volvió a Barcelona con las manos vacías.
El panorama no era de lo más alentador para el negocio. En 1914 Josep Sabadell murió del tifus que asolaba Barcelona y el inicio de la I Guerra Mundial amenazaba la llegada de turistas.
La empresa quebró al no poder pagar las obras del tranvía y el estado se hizo cargo de la línea. Se puso a pública subasta todo el complejo que compraron los franceses Louis Ponet y Jean Meunier.
La cosa se puso aún más fea en 1923, cuando la dictadura de Miguel Primo de Rivera, prohibió definitivamente el juego cortando de raíz toda permisividad.
La ruleta del casino aún giraba en ocasiones especiales. Justo la noche antes de la proclamación de su dictadura, el mismo Miguel Primo de Rivera, que era amigo de la familia propietaria, estaba en el casino jugando en su ruleta.
El abandonoLa Exposición Internacional de 1929 fue un espejismo de éxito, al acabar, el Gran Casino de la Rabassada se quedó prácticamente sin clientela. El crack bursátil de la bolsa de Nueva York (1929) presagiaba un futuro muy incierto.
Ahora atravesar la carretera de la Rabassada entrañaba cierto peligro. Eran los años llamados del “pistolerismo”. Eran frecuentes los asaltos a los coches que la transitaban, incluso a los usuarios del tranvía. Todo fue cuesta abajo hasta su cierre en 1934.
Durante la guerra civil el edificio fue utilizado provisionalmente como cuartel de carabineros (sept 1938). y refugio durante los bombardeos sobre Barcelona. También fue testigo de algún fusilamiento clandestino como el del periodista Josep María Planes i Martí.
En una de las salas del antiguo restaurante se celebró el banquete de despedida a las Brigadas Internacionales.
En 1940, el propietario del complejo, Louis Pomet, solicitó su derribo para poder vender los terrenos. Las excavadoras barrieron las edificaciones (1942 -1943), sólo se salvó parte una terraza, porque había un transformador eléctrico.
Los restos ornamentales que quedaron, fueron saqueados. Los terrenos los compró una familia de Fraga.
























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