domingo, 29 de marzo de 2026

Los secretos de la hulla

Madrid científico, 1905 n.º 488 página 4

Los secretos de la hulla.

Un ilustre hombre de ciencia, que  su mucho saber une el envidiable privilegio de una imaginación grande, dijo en cierta ocasión que las vetas de carbón de piedra, prolijamente repartidas por el Creador de todo lo existente en los distintos países del mundo, son rayos de sol brillantes, enterrados en los primeros períodos geológicos del planeta que habitamos.

Difícilmente se podría dar una definición más ingeniosa del «pan negro», depositado bajo la corteza terrestre, para alimentar la inmensa variedad de industrias que se han ido desarrollando al influjo de las corrientes civilizadoras que impulsan la vida de los pueblos modernos. A pesar de eso, son contadas las personas que tienen idea exacta de los grandes beneficios que el carbón de piedra nos reporta. Millones de toneladas se consumen todos los años para hacer funcionar el incalculable número de máquinas que se hallan constantemente en movimiento. Una cantidad no menos grande sirve para dar calor a nuestros hogares y para la preparación de los alimentos con que reparamos las pérdidas que nos hace sufrir el trabajo cotidiano. Pero del carbón se extraen además productos innumerables que constituyen un gran elemento de riqueza de muchos países industriales. ¿Quién había de creer, hace unos cuantos años, que las fábricas que tejen las telas con que cubrimos la desnudez de nuestro cuerpo habían de sacar del carbón los diversos colores con que tiñen los productos que incesantemente están lanzando al mercado? ¿Son muchos los que saben que la bencina, con que se quitan las manchas de la ropa, y los más delicados perfumes se derivan de la hulla?

Pocos serán en cambio los que ignoren que el carbón de piedra es de origen vegetal, y que las plantas no pueden vivir sin el auxilio de la luz del sol. Hace miles de años, cuando la superficie del globo estaba cubierta de densos bosques, el sol comenzó su trabajo de convertir el ácido carbónico del aire en carbón sólido, empezando los árboles y las plantas a acumular la energía que hoy con tanta profusión utilizamos. Años tras años, las hojas, los tallos y las ramas que habían florecido bajo la acción del calor solar, fueron destilando poco a poco el elemento combustible, que se acumuló en cantidad suficiente para formar capas que, unidas a las materias vegetales apiladas, constituyeron, por la presión a que han estado sometidas, las masas compactas que actualmente se designan con el nombre de carbón de piedra. El calor interior de la tierra, entonces mucho más intenso que ahora, determinó la expulsión de muchos gases é hizo el cambio más completo. Para que se pueda concebir la enorme extensión de los bosques que concurrieron a la formación de los depósitos hulleros que existen en el mundo, bastará tener en cuenta que, si todos los elementos vegetales que hoy cubren la superficie del planeta fueran sometidos al trabajo de carbonización necesario por convertirlos en carbón de piedra, sólo se obtendría una capa de hulla de ocho centímetros de espesor.

Los magos, que han producido las maravillas de que antes hablábamos, son los fabricantes de gas y los químicos. Si se quema el carbón al aire libre, sólo se obtiene una cantidad variable de calor y una poca de ceniza. Quémesele, por el contrario, en espacios cerrados, y se observarán fenómenos que rayan en lo inve rosímil. En primer lugar se obtendrá el producto llamado vulgarmente gas, con el cual se alumbran aún muchisimos pueblos, después de recogerlo en departamentos adecuados, y después de hacerle sufrir la acción de productos químicos diversos. Además se obtiene el amoniaco, que tanta importancia adquiere en la agricultura moderna, porque por medio de él se les puede proporcionar a las plantas el nitrógeno necesario. Luego se produce el asfalto, que cada día se generaliza más en la pavimentación de las calles, aunque no sea el que se obtiene de aquella manera, la principal fuente de adquisición. Por último, se obtiene una substancia negra, especie de rezumamiento viscoso designado con el nombre de coaltar, que, sometida al influjo de la varilla mágica de la química moderna, se transforma en infinidad de substancias que difícilmente pudimos nunca imaginar.

Del oloroso coaltar se han extraído los siete colores fundamentales del iris y otros muchos que se manifiestan naturalmente en los rayos del sol al descomponerse a su paso por el espectro. En tales términos ha aumentado el número de materias colorantes que se extraen del coaltar, que rara vez se emplean hoy los colores naturales. A miles ascienden los colores obtenidos de esta manera y no pasa una semana sin que den cuenta las revistas profesionales de haberse descubierto alguno nuevo. Como si eso no fuera bastante, los químicos han sacado del carbón de piedra materias de incalculable valor que la medicina utiliza en el tratamiento de las enfermedades. La cirugía antiséptico, que tantas vidas ha salvado desde su establecimiento por Lister, no existiría aún si la química no hubiese descubierto entre los secretos de la hulla la existencia del ácido fénico. Pero si la química ha encontrado en el carbón substancias que salvan la vida, también ha encontrado en ella poderosos agentes de destrucción y muerte.

Ciertos elementos constitutivos del coaltar forman la base de los mayores explosivos que hasta ahora se han inventado. Su poder es tanto, que la pólvora de cañón ordinaria, comparada con ellos, resulta una sustancia inofensiva. El terrible explosivo Shimose. empleado con tan mortíferos resultados en la guerra actual, contiene entre los ingredientes activos importantes que entran en su composición, ciertos compuestos derivados del coaltar.

Pero las maravillas del carbón de piedra no terminan con esto. Desde hace tiempo los aficionados a la fotografía obtienen de él un gran número de rápidos reveladores que les prestan un señalado servicio en la realización de sus trabajos. Los perfumes de que antes hablamos son tan exquisitos que es imposible distinguirlos por el olfato de los que suministran las flores, y como éstos son más difíciles de obtener y mucho más caros, poco a poco han ido siendo eliminados por la industria, que hoy busca casi exclusivamente en el carbón lo que antes sacaba de las flores cultivadas con esmero a fuerza de tiempo y de trabajo. Lo mismo ocurre con los que antes se obtenían de las frutas. Su puesto ha sido ocupado casi por completo por los derivados del coaltar, que tienen el mismo gusto y la misma composición química. Entre los mas notables merece citarse la sacarina, infinitamente más dulce que el azúcar de caña y considerada hoy de todo punto indispensable para edulcorar las substancias que sirven de alimento a los que padecen enfermedades caracterizadas por exceso de glucosa en la sangre.

De lo dicho se desprende lo difícil que será encontrar en la Naturaleza ninguna otra substancia que preste al hombre tan señalados servicios como le presta el carbón de piedra. Conscientemente lo quemamos como podíamos quemar cualquier otro combustible. Inconscientemente lo utilizamos para multitud de fines indispensables a nuestra vida diaria. Con él, ó mejor dicho, con los productos que de él se extraen, curamos nuestras enfermedades, cicatrizamos nuestras heridas y damos muerte a nuestros enemigos. El pedazo de carbón más insignificante ha venido a resultar en nuestra época algo más que un espléndido rayo de sol oculto bajo la corteza terrestre del planeta que habitamos. Además de esto es paleta de infinitos colores, estuche de valiosos medicamentos, completo arsenal de terribles explosivos y fuente inagotable de materias que quiten de la boca el amargor y de perfumes deliciosos aspirados con indecible placer por el olfato.






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