domingo, 29 de marzo de 2026

Los tubos luminosos de Moore

Madrid científico, 1905 n.º 488 página 1

Los tubos luminosos de Moore.

Hace próximamente diez años que M. Moore emprendió la tarea de producir «luz eléctrica sin alambres», una luz que había de ser tan fría como la atmósfera, tan completa en colores como el expectro y tan eficaz como la luz del día.

Hombres de ciencia de reconocido mérito, conocedores de los fracasos sufridos por los inventores que les habían precedido, desconfiaban del éxito de sus trabajos. Y, sin embargo M. Moore los proseguía porque se hallaba plenamente convencido de que el ingenio humano lograría vencer los obstáculos que se presentaban para la obtención de una luz que reuniese las cualidades indicadas.

La ciencia no habrá dominado por completo las leyes que la naturaleza hasta que le sea posible transformar cualquier forma de energía material en otra forma distinta, todas pueden ser convenientemente divididas en varias fundamentales, y no sólo debemos aspirar a convertirlas unas en otras, sino a ver el modo de utilizarlas de una manera adecuada. Actualmente es posible realizar algunas de estas transformaciones con una eficiencia casi ideal. La energía eléctrica, por ejemplo, puede ser transformada en energía mecánica con una eficiencia de 98 por 100; pero cuando nos proponemos convertirla en energía luminosa, sólo nos es posible alcanzar el 2 por 100. Pero nuestras aspiraciones no deben limitarse a eso.

Nosotros debemos pretender que las lámparas sean tan eficientes como los motores, transformando la energía eléctrica en luz a tan poca costa como se ha logrado transformarla en agente de movimiento. El medio más común y extensamente generalizado hoy para conseguir este propósito es la lámpara incandescente. Difícil nos será, sin embargo, resolver el problema siguiendo este camino, porque el principio es erróneo. La lámpara no es más que una concentración de calor, y siendo el único medio de aumentar su eficiencia luminosa aumentar la temperatura del filamento, se ofrecen dificultades mecánicas debidas a su rotura, que nos impiden hacerlo.

No ocurre lo mismo si cambiamos la condición del medio conductor y si los cuerpos sólidos los sustituímos por estados gaseosos. En este caso, fácil es concebir que las moléculas que los forman puedan alcanzar temperaturas enormes, sin que de ello resulten dificultades mecánicas, puesto que no existen filamentos susceptibles de romperse.

Presentada la cuestión en estos términos, nos encontramos con el interesante paralelismo del desarrollo de las lámparas incandescentes y de los tubos, en los que previamente se ha hecho el vacío. En el primer caso, el objetivo ha sido fabricar fibras vegetales apropiadas, y en el segundo, producir gases de la misma naturaleza obtenidos de substancias intangibles, con lo que el problema se complica más que cuando se experimenta con substancias materiales. Durante el período de desarrollos de las lámparas incandescentes se han ensayado con la mayor escrupulosidad toda clase de filamentos. Al mismo tiempo, M. Moore experimentaba con gases diferentes, hasta lograr, hace seis meses, después de ímprobos trabajos, que el éxito coronase sus esfuerzos en la primera instalación comercial de su luz eléctrica establecida en Nueva York.

La mayor de estas instalaciones ha sido la de una de las oficinas del «World», consistente, al principio, en un tubo de 50 metros de largo, con el que quedaba perfectamente iluminado un salón de grandes dimensiones. No carece de interés hacer notar que, probablemente, no se había construido hasta entonces ningún tubo parecido, ni en tamaño ni en carácter. La oficina tiene 20 metros de largo por 6 de ancho y 4,50 de alto, y el tubo se colocó suspendido de anillas de bronce separado un metro de las paredes, y a la misma distancia del techo casquetes de bronce recibían sus extremidades. El tubo tiene cuatro centímetros de diámetro y tres de espesor. Las dificultades que el inventor tuvo que vencer para conseguir un tubo de las condiciones deseadas, parecían al principio insuperables. En realidad, tal y como estaba instalado, siguiendo los contornos de la habitación, constituía una lámpara continua de 20 metros de largo. En la parte posterior de la oficina había una caja terminal de hierro que recibía los extremos del tubo que terminan en los electrodos de un transformador, alimentado por una corriente alterna a 110 Voltios.

Tan pronto como se da paso a la corriente el tubo se ilumina con una luz blanca, parecida a la del día, que alumbra perfectamente toda la habitación, pudiéndose escribir en las mesas a cualquier hora de la noche con la misma comodidad que si el sol del mediodía brillase en el horizonte. Su semejanza con la luz solar no puede ser mayor, ofreciendo la particularidad de que no se producen densas sombras, que pudieran molestar a los escritores: tan completa es la difusión de la luz que emana del tubo cuya eficiencia luminosa corresponde a seis lámparas por cada 30 centímetros de largo. El tubo aparece lleno de un humo denso blanco, y la luz que emana de él se parece a la de las nubes en un hermoso día de verano. Los objetos que se encuentran en la habitación presentan sus colores naturales. Los matices de las pinturas y obras de arte que adornan las paredes se aprecian con la mayor exactitud, produciendo una impresión muy grata la extrema suavidad de la luz. Por la noche, los anuncios hechos con tubos de la misma clase colocados en la fachada del edificio, presentan, cuando se les mira a cierta distancia, un tinte pardo azulado ligero, parecido al del cielo en invierno; pero al aproximarse a ellos ofrecen la blancura propia de la luz del día claro y despejado.

Uno de los problemas más importantes que el inventor ha tenido que resolver, es el del agotamiento del aire en tubos de tan grandes dimensiones y de tan especial manera colocados. Por fin las dificultades se han vencido con el empleo de una bomba de aspiración, impulsada por un motor eléctrico que hace mecánicamente el vacío. Para esto ha sido preciso colocar en el extremo del tubo luminoso correspondiente a la caja terminal una especie de telón, al que se ajusta un tubo de goma que lo conecta con la bomba chupadora. Una vez obtenido el grado de vacuidad necesario se cierra el telón y deja de funcionar la bomba; pero antes es preciso colocar en las cajas terminales las substancias químicas que han de dar origen a los diferentes gases en el interior del tubo.

M. Moore ha trabajado con el mayor ahinco para vencer la serie de dificultades con que ha tenido que luchar para la instalación de su sistema en condiciones similares a las adoptadas para la distribución del gas y del agua, habiendo demostrado la posibilidad de instalarlo de una manera práctica. La iluminación es perfectamente fija y brillante en todas las porciones del tubo, y esto es debido a los principios en que se funda el sistema, siendo posible desarrollar desde la luz más tenue hasta otra de varias bujías por centímetro de tubo. La difusión de la luz es perfecta. Con ella no se producen los focos intensos de las lámparas de arco, ni de las lámparas incandescentes. La luz del día se encuentra muy bien imitada. Contribuye a producir este efecto la circunstancia de hallarse colocada la superficie de radiación fuera de la línea de visión directa.

Situada en la parte alta de la pared, y en las proximidades del tecbo, no sólo está exenta de irregularidades o intermitencias, sino del peligro de roturas, porque los tubos que se emplean resultan de una gran resistencia. Si se desea se pueden instalar varios tubos paralelos. El coste de producción de luz es reducido cuando se utiliza la corriente alterna general del servicio público.

El principio fundamental de esta clase de luz descansa sobre bases firmes. En realidad no es otro que la utilización conveniente de la calefacción de un gas en vez de la calefacción de un cuerpo sólido. La lámpara incandescente parece haber llegado al límite de su desarrollo, mientras que el tubo comienza ahora a desenvolverse y todo permite suponer que llegaremos a tener a nuestra disposición una luz que reúna las cualidades de la luz del día con un costo ocho veces menor que el originado por la incandescencia ordinaria. Tal es, al menos, la opinión de Mr. Moore y el gran estímulo que siente para la prosecución de sus trabajos. Además la considera exenta de peligro porque el alto voltaje necesario para su producción queda confinado en la caja del transformador. Por otra parte, el material empleado en las instalaciones actuales queda reducido al mínimun y esta es otra circunstancia que en su opinión debe tenerse también en cuenta. Además la vida ó duración de los elementos empleados no puede pesar en el ánimo de los instaladores de este sistema como en los de lámparas incandescentes, por el carácter de permanencia que tiene la de los tubos que únicamente exigen una cantidad determinada de gas para producir la dosis de luz correspondiente. Así se ve que en tanto que las lámparas ordinarias quedan agotadas después de cuatrocientos horas de trabajo, los tubos de ensayos empleados por Moore en su laboratorio, funcionan después de mil ochocientas horas, sin dar el menor indicio de debilitación.

La perfecta coloración de la luz Moore ba hecbo que la usen con éxito algunos fotógrafos, obteniendo durante la noche y en días lluviosos resultados tan satisfactorios, que algunas veces han llegado a superar a los obtenidos con la luz solar. El grabado que ofrecemos a nuestros lectores representa un tubo utilizado en los trabajos fotográficos. Su longitud total es de 14 metros y su potencia luminosa de una bujía por cada seis centímetros de largo. Lleva de funcionamiento más de mil horas y la luz que irradia al cabo de ese tiempo es tan buena como la producida el dia que empezó a funcionar por primera vez. 

En realidad se trata de una luz eléctrica «sin hilos» producida por la corriente eléctrica que pasa a través de un gas encerrado en el tubo llamado «vacio». Este puede ser recto, curvo ó angular, instalado en la posición que se quiera, dentro ó fuera de los edificios. La producción del gas constituye uno de los muchos descubrimientos que Mr. Moore ha hecho después de experimentar durante largo tiempo con substancias químicas diferentes. Sabido es que el vacio absoluto no se ha obtenido todavía en los tubos de Geissler ni en ningún otro análogo. La principal diferencia que entre ellos existe depende del grado de vacuidad que se haya logrado alcanzar. No es difícil, sin embargo hacer el vacío en el tubo hasta el punto de que no se produzca luz, es decir, hasta que no queden en él moléculas ó átomos bastantes para que se transmita la corriente eléctrica. Los tubos ordinarios utilizados en la producción de los rayos X prácticamente no dan luz. Toda la luz que emana de los tubos en que se ha hecho el vacío es debida a la agitación que la electricidad produce en los residuos gaseosos que quedan en su interior. Estas
nociones, utilizadas por Moore, constituyen los principios fundamentales de su sistema. Bueno es hacer constar, sin embargo, que no son tan nuevas como a primera vista pudiera creerse. En 1765 el monje francés
Ricard, manejando un barómetro de mercurio observó que el roce de mercurio sobre el tubo hacía a veces que éste se iluminase débilmente.

Treinta años después Haroskbee vio que aplicando con fuerza la mano sobre un globo de cristal que giraba rápidamente se producía luz en su interior, de donde resulta que la primera luz eléctrica de que se tiene noticia, se ha obtenido en tubos vacíos. A partir de aquella época el número de investigadores es considerable hasta llegar a Geissler, pero ia aplicación industrial de estos principios no se ha logrado hasta que se llegaron a vencer las mil dilicultades que toda idea
científica presenta antes de que se pueda alcanzar su utilización práctica. En este concepto, no es posible negarle a Moore el aplauso a que en justicia se ha hecho acreedor.

En el campo de la fotografía, la luz que lleva su nombre ofrece al parecer indiscutibles ventajas, puesto que permite hacer las exposiciones bajo una luz constante y uniforme en fuerza y duración. La fotografía en colores y el fotograbado pueden beneficiarse de las ventajas que el nuevo sistema ofrece en concepto de los que le han utilizado, y según afirma el Electrical Age, son
varios los establecimientos de índole diversa que existen en América que la emplean con excelente resultado, no solo para la iluminación general, sino para la de aquellos departamentos en que hace falta mirar a la luz del día objetos pintados con colores diferentes y de los que no se puede formar idea exacta con toda clase de luces. Lo mismo puede decirse de los establecimientos industriales, donde los trabajadores necesitan la mejor luz posible. En este caso la luz solar, ó la que más se le parezca, es la que ofrece mayores ventajas. En cuanto al alumbrado de las habitaciones y salas de espectáculo, fácilmente se comprende los efectos luminosos que se pueden obtener, solo con cambiar la naturaleza del gas utilizado. Los salones pueden aparecer sucesivamente bañados en luces de diversos colores que hagan resaltar sus encantos é impriman al conjunto un carácter fantástico difícil ó imposible de alcanzar en grado semejante por el empleo de ningún otro medio.

Los que han seguido con interés los trabajos de Moore, no tienen inconveniente en asegurar que el porvenir es de la luz que se produce en los tubos llamados vacíos, porque no pasará mucho tiempo sin que se produzca «luz diurna artificial», a menos costo que ninguna otra forma de iluminación, y en que los edificios
privados y públicos cuenten con las instalaciones necesarias para su alumbrado por este nuevo sistema como hoy cuentan con tuberías para la conducción del agua ó del gas. De igual modo creen que los buques, trenes y
tranvías, preferirán este medio de iluminación dentro de poco. El tiempo se encargará, sin embargo, de decirnos si tienen ó no razón para hacer tan halagadoras
profecías.



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