Pedir perdón por lo que alguien hizo hace cinco siglos
El nacionalismo mexicano lleva tiempo presionando para que los dirigentes españoles pidan perdón por la conquista y colonizacion de aquellas tierras, con la violencia y expolio que llevó consigo
Cuauhtémoc y su primo, el gobernante de Tacuba, son torturados por Hernán Cortés. Óleo por Leandro Izaguirre. 1893. Museo Nacional de Arte, México D.F.
De manera un tanto informal, Felipe VI dejó caer que en la conquista de América hubo abusos y controversias. Sus palabras fueron bastante medidas y también innecesarias.
Abrió este melón el presidente Andrés Manuel López Obrador, cuando en 2019, quinto centenario del desembarco castellano, exigió al Rey que el Estado español pidiera disculpas por las ofensas coloniales y facilitase así una reconciliación histórica. No contestó don Felipe, sino el Gobierno, responsable de la política exterior, que rechazó el propósito. La actual presidenta, Claudia Sheinbaum, reiteró los argumentos de su predecesor y no invitó al monarca en 2024 a su toma de posesión.
Todos los nacionalismos utilizan la historia para construirse una genealogía, que suele seguir un esquema tripartito: una edad de oro, cuando la patria era rica y feliz; una caída en desgracia, provocada por sus malvados rivales, y un resurgimiento que protagonizan los propios nacionalistas o sus herederos.
Al mismo tiempo, y para que el invento funcione, asumen que, a lo largo de esa trayectoria, la nación permaneció idéntica a sí misma, de manera que sus miembros actuales se permiten emplear el nosotros cuando se refieren a lo ocurrido hace unos cuantos siglos. El audaz conquistador Hernán Cortés y el desgraciado Cuauthémoc —el último jefe mexica, torturado y muerto por los invasores— se convierten, no en figuras cuyas peripecias hay que comprender y explicar, sino en nuestros héroes o villanos. Se levanta un tribunal que absuelve y condena a los personajes históricos.
Tras la independencia, en el nacionalismo mexicano pugnaron una versión liberal, que identificaba a la nueva nación con la época prehispánica y abominaba de los españoles, responsables de todos sus males; y la conservadora y católica, que defendía el legado de la antigua potencia imperial.
Luego se formularon posturas conciliadoras, que concibieron a México como una comunidad mestiza, pero acabó por imponerse la hispanofobia. De 1910 en adelante, la revolución alentó los sentimientos antigachupines y revalorizó el pasado indígena, como se ve en los grandes murales de Diego Rivera, donde aparece un Cortés repulsivo. Cuauthémoc, en cambio, mereció monumentos y homenajes. En las últimas décadas, ese mito enlaza con la reivindicación de derechos de los pueblos originarios, cuyo correlato es el repudio de la conquista, época de su despojo y humillación. Un discurso nacionalista e indigenista que atañe a las esencias del ser mexicano.
En la otra orilla del Atlántico, la idealización de descubridores y conquistadores arranca de muy lejos, pero tomó fuerza tras la derrota española de 1898, cuando el hispanoamericanismo se situó en el centro de las expresiones españolistas. El 12 de octubre, aniversario del llamado descubrimiento de América, es fiesta nacional en España desde 1918, y el día oficial más importante desde 1981. Porque esa dimensión oceánica se ha considerado, a ojos de gentes muy diversas, lo más grande que hicieron los españoles en su historia, y por tanto un motivo obligado de orgullo. Así pues, es fácil escuchar que la llegada al continente americano de la civilización occidental —con elementos como la lengua, las universidades, la religión y hasta la peculiar psicología de los hispanos, generosa como ninguna— constituyó una epopeya sin parangón.
Que siete años después el rey Felipe se rebaje a explicar, a la luz de no se que supuestos valores, que hubo mucho abuso es un paso mas en este esquizofrénic9 revisionismo histórico. Su padre, en un viaje de 1990 fue mucho mas sensato: No es preciso escoger entre Hernán Cortés y Cuauthémoc; basta con aplicar el sentido común.

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