sábado, 31 de enero de 2026

RESEÑA HISTORICA DE LA BENEFICENCIA ESPAÑOLA (1862)

RESEÑA HISTORICA DE LA BENEFICENCIA ESPAÑOLA:

Principios que convendrá seguir para enlazar la caridad privada con la Beneficencia pública; hasta donde deben extender su acción el Estado; las asociaciones caritativas y los particulares, y medios de poner en armonía esta acción respectiva, fundándola en la economía social y en el sentimiento moral y religioso. (La digitalización del libro se hizo a través de un ejemplar de la biblioteca del  MARQUES DE SAN JUAN DE PIEDRAS ALBAS, comprado en la Librería de Fermín Caballero) 

OBRA LAUREADA CON EL ACCESS1T DE LA REAL ACADEMIA DE CIENCIAS MORALES Y POLITICAS EN EL CONCURSO DE I860

José Arias de Miranda

MADRID.

IMPRENTA DEL COLEGIO DE SORDO-MUDOS Y DE CIEGOS.

Calle del Turco, núm. 11. 

1862. 

La beneficencia, ese sentimiento ingénito del hombre que lo atrae y lo inclina a compadecerse de otro hombre cuando lo aflige algún padecimiento, y a procurarle alivios, aún a expensas de si mismo, es la excelencia mayor en el caudal de excelencias que adornan el alma racional, destello de la divinidad, como formada por el Criador a su imagen y semejanza. Ese gran tesoro de sensibilidad, de afectos y de ternura que abriga nuestro corazón, a que llamamos humanidad, es como todas las inclinaciones elevadas, en mayor grado eficaz y generadora de bienes, cuanto mas la depuren y abrillanten los principios del dogma cristiano, y aquella medida discreta, con que la prudencia y las luces encaminan a determinados fines las acciones que tienen su raíz en la conciencia. 

No perdamos nunca de vista, que por egregias que sean las bases constitutivas de un estado cualquiera; por mas que nada deje que desear su organización administrativa, por muy sabias y previsoras que sean las leyes que regulan el acumulamiento de la riqueza para mantener en un cierto equilibrio las fortunas, siempre, y en todas partes, hemos de encontrar la desigualdad de posición, la desigualdad de carácter, la desigualdad de medios, la desigualdad en todo. A donde quiera que echemos la vista tropezaremos con disimilitud de condiciones, con diferencia de aptitudes, con goces y con privaciones, con prosperidad y con miseria; en una palabra con ricos y pobres; porque en el orden moral la diversidad de categorías sociales, constituye una ley tan permanente como la diversidad de formas en el mundo físico. La razón alcanza sin violencia, este que a muchos parece fenómeno, y la historia que es la calzada por donde se camina a través de los siglos, hasta donde nos es posible rastrearla, nos presenta, a lo menos como un hecho universal y común a todas las naciones que pueblan el globo, la pobreza en todas sus graduaciones; y como otro hecho, el que los anales del mundo no dan noticia que haya existido en él, pueblo tan afortunado que lograse en fuerza de una legislación robusta y sabiamente confeccionada, ver extinguida la pobreza, teniéndose por dichoso, el que logró remediarla, y cegar en su origen alguno de los manantiales de donde brota. 

En medio del océano social, de cualquier modo que se regularizó la marcha de la humanidad, nadan multitud de seres que a manera de náufragos levantan entre las ondas sus brazos implorando amparo, para no verse sumergidos en el seno de las aguas, y es preciso que los que están libres del riesgo, les tiendan mano amiga, a la cual asidos puedan salir de aquel centro poderoso que los atrae. 

Las teorías de perfectibilidad social, y esa armonía niveladora, que creen ver en espíritu algunos publicistas novelas de nuestros días, buenas si se quiere para composiciones del género ditirámbico, ó para servir de asunto a idilios y pastorelas, en que figuren en juegos de imaginación, la inocencia y estática felicidad del hombre del siglo de oro y necesario es alejarlas cien leguas del discurso y de la pluma, cuando hay que tratar dentro de la región de lo positivo, cuestiones que interesan inmediatamente al bienestar humano, y a los altos principios de la sociedad. 

La que va a ocuparnos es de las que por urgente no admite dilaciones, ni se contenta con paliativos; y hoy menos que antes, en que las escuelas demagógicas pareciéndoles ya mezquinos los temas políticos que echó a volar la filosofía revolucionaria del siglo pasado, tomaron carácter antisocial y disolvente, contrayendo alianzas temibles con las masas proletarias, y por señuelo la propiedad que se supone mal habida en manos de los que la poseen. A sus ojos la beneficencia se despoja de la índole moral, afectuosa, entrañable que su mismo nombre manifiesta, y en lugar de las celestes cualidades que la enaltecen, se establece un derecho insidioso y anárquico que provocando antagonismos, y aspiraciones ilegitimas entre las diferentes condiciones sociales, es fundamentalmente perturbador del orden, e incompatible con los principios eternos de justicia. 

Aún sin esta pavorosa consideración, apremia el momento de que nos ocupemos resueltamente de una cuestión que la generación actual está encargada de resolver, ya que nos llegó intacta de las pasadas; que no ha de dejarse que una parte de nuestra especie, a la que la suerte negó la posibilidad de atenderse a sí misma, permanezca por tiempo indeterminado en situación precaria e incierta, privada de todo consuelo humano. Una sociedad donde los pobres no fuesen socorridos, atraería sobre sí calamidades mas mortíferas que las del hambre y las epidemias. La necesidad extrema y desesperanzada, tendría por precisión que producir en los indigentes mas fuertes, la desesperación, y con la desesperación el arrojo para entregarse a toda clase de crímenes; en los pusilánimes la aflicción, el aburrimiento y la muerte. Los primeros por término de sus atentados irían a morir en los patíbulos, ó de golpe de mano airada; los segundos espirando en los campos ó en los pueblos, viciarían el aire con las miasmas infectas emanadas de los cuerpos, insepultos, y peligrando la salud pública, presentaría un espectáculo el mas horrible y aflictivo que cabe en la imaginación. 

Las grandes mutaciones, lo mismo en el pensamiento que en las instituciones, operadas en nuestros días, han hundido el pasado en los abismos del tiempo, y hecho una transformación completa en la fisonomía de las naciones. La sociedad moderna, a través de las vicisitudes y sacudimientos que la agitaron, ha venido como a colocarse en lucha con la sociedad antigua, y abrir un vasto palenque en que tomaron parte diestros mantenedores sobre la preferencia que en tesis general debe darse a la generación presente sobre las anteriores, ó viceversa. El estado de indecisión en que ponen el ánimo estas discusiones, la rotación perpetua de unas épocas que nacen, y otras épocas que caducan, crean para el mundo situaciones nuevas, y para los hombres deberes y necesidades nuevas emanadas de esas mismas situaciones, que exigen ir acomodando al movimiento universal, las instituciones civiles, porque los anacronismos en política traen por precisión desconcierto en la máquina gobernativa. El hombre es perfectible por naturaleza, luego debe serlo también la sociedad. Nada en el universo hay inmutable sino el que lo crio: las instituciones están sujetas a la misma ley, y los hombres de las edades pasadas sujetos a error como los de la presente, no pudieron alimentar la pretensión de que sus acuerdos habían de ser regla invariable para el mundo que viniese después. 

Este estado de inestabilidad entre lo que existió, lo que existe y lo que está anunciado a existir; esta degradación sucesiva de unas épocas que caminan al ocaso, y de otras que asoman en la aurora, arrastra al mundo a seguir por la vía que el destino le traza, y a doblegarse ante la ley suprema que lo llama a sucesivas renovaciones, sin que pueda el hombre y sus creaciones eludir ni detener este movimiento. 

No nos incumbe declararnos partidarios de una u otra escuela, ni de analizar las doctrinas que respectivamente sustentan. Nos cumple sí fijar la vista en las cosas, y examinar los hechos en si mismos y en sus relaciones y tendencias por lo que a España toca. Reacio nuestro país en admitir innovaciones que en otros se habían ya climatado con feliz éxito, llególe al fin su hora, y en pocos días recorrió el espacio en que debió haber empleado algunos años. Ello es que todo mudó de aspecto en breve tiempo: la España de hoy no es ya la España de Felipe II, ni aún la de Fernando VII, a quien hemos alcanzado, y cada día se aleja mas de su tipo primitivo. No ha quedado una institución sobre que no haya pasado el carro de la reforma: muchas murieron para siempre, otras viven, pero transformadas, y otras que no eran conocidas, tomaron carta de vecindad y entraron al rol de las antiguas. 

La beneficencia como institución ha cambiado también sus antiguas bases, y aún en su ejercicio, como acto individual, sigue distintos principios. Aquella gran masa de riqueza en que estaba garantido el socorro general de la indigencia, ha desaparecido, y la supresión de los conventos y de una infinidad de congregaciones que tenían a su cargo la dirección y el mantenimiento de las Casas de Misericordia, han hecho insostenible su actual organización montada con elementos heterogéneos, tomados en parte de un régimen que caducó, y en parte de sistemas extranjeros no bastante ensayados entre nosotros para servir de norma. 

En la edad media toda la máquina social descansaba sobre los tres sentimientos religioso, guerrero y nobiliario. El sistema de beneficencia que ellos produjeron retrata fielmente el carácter general de dicha época; está formado según sus inspiraciones, pero aquellos sentimientos y estas inspiraciones, ya no están entre nosotros, ni nos queda de ellas mas que la memoria de que existieron, y las necesidades que por su ministerio se cubrían, muy aumentadas, porque los pueblos a medida que ganan en la carrera de la civilización, tienen mayores deberes que cumplir, obligaciones mas graves que llenar para con la sociedad, y para consigo mismos. 

Esa misma civilización nos está pidiendo un estudio detenido y fundamental, acerca de los principios sobre que ha de cimentarse el edificio permanente de la beneficencia nacional en el nuevo orden de cosas, supuesto que el que había, pertenece ya a la historia, y que combinando las opiniones de los hombres eminentes en las ciencias sociales, con las circunstancias y el estado actual de nuestra nación, pueda levantarse un monumento digno de ella, y acepto a la humanidad. 

El porvenir sombrío, el aspecto aterrador que para muchos pensadores ofrece el cuadro del pauperismo, es ciertamente grave, pero no irremediable, ni tampoco nuevo. Cada crisis que experimentan las naciones, es un periodo de pauperismo. Todos los pueblos han pasado por estos periodos, y el nuestro sobre todo, los ha presenciado muy grandes y repetidos. Sin embargo, las crisis pasan, y la presente pasará también, porque no hay fuerza ninguna que sea capaz de quebrantar la ley de cohesión que traba y una entre si los miembros de la familia humana. 

Empero sí el pauperismo moderno no ha de ser una úlcera que inficione y gangrene generaciones tras generaciones, si no se han de hacer hereditarias sus consecuencias, será preciso que nos dediquemos a analizar con todo criterio, ésta entre nosotros poco cultivada materia; y tanto mas importa recomendar su estudio, cuanto que la dura é injustificable represión que por muchos años atrahilló el pensamiento de los españoles, llegó a amortecer su vigor intelectual, quitando sus alas al corazón, y sus inspiraciones al genio, y dejándonos muy atrás de como están otros pueblos en el ramo de conocimientos útiles. 

Entretanto los extranjeros, mas afortunados en esta parte, pudieron cultivar el campo de la literatura propia sin embarazos hasta espigarlo, é invadir, digámoslo así, el nuestro que encontraron erial, apropiándose glorias que solo nosotros debíamos recoger. En su empeño ora por falta de aquellos conocimientos íntimos que en cada país no se hallan fuera del círculo de sus naturales, ora por falta de buena fe, ó de crítica desapasionada, se les ve muy a menudo perder el rumbo, y dar a cada paso un tropezón. Mas aunque fuesen mas circunspectos en escribir, y buscasen datos mas autorizados que los que de ordinario les sirven, nunca estaría bien que abandonásemos a cuidados extraños, tareas que por interés y decoro nacional deben pasar por nuestras manos. 

Por mas que este siglo por excelencia investigador y positivo, se precie de haber puesto el pie en todos los peldaños de la escala del saber humano, todavía por lo que atañe a la historia de la beneficencia respecto a ciertas naciones, se advierten bastantes vacíos y espacios no andados. En materia de principios generales y de doctrina, hay mucho escrito, y se han sacado a luz verdades ya universalmente reconocidas, bien que reste aún bastante que conciliar entre los diferentes sistemas que se siguen para el remedio de la indigencia. Mas el conocimiento peculiar a cada país, sus vicisitudes de tiempos pasados, sus grados de esplendor y de decadencia, los efectos que en aquel ramo produjeron los cambios políticos, las leyes, las costumbres y las opiniones de todos los tiempos, es estudio que cumple hacer a los que viven mas cerca y están en mejor proporción para emplear con fruto sus investigaciones. A toda nación le interesa llevar con diligencia las efemérides de la beneficencia propia, y estudiar en sus mismos anales su carácter y mutaciones para servir de lección y de guía a la presente y ulteriores épocas, puesto que la mísera humanidad ha de demandar precisamente auxilios en todas. 

La historia de la beneficencia española, llena de timbres gloriosos, de ejemplos edificantes, y de provechosa enseñanza para cuantos se interesen en el bien de sus semejantes, no ha sido analizada cual su importancia reclama; y es fuerza que lo sea, si es que hemos de ver el día en que obedeciendo la voz de la naturaleza y los sacrosantos preceptos de la religión, pongamos al necesitado fuera del alcance del último infortunio, puesto que la suerte lo haya traído a necesitar el auxilio de sus hermanos. 

Bajo las inspiraciones peligrosas que astutamente tratan de infundir en las masas populares, las escuelas socialistas, y la subversión de ideas que preparan con sus doctrinas, es necesidad imperiosa que los hombres de orden y de arraigo les salgan al paso armados del raciocinio y de una gran dosis de circunspección, y de sobriedad en el discurso, para no descaminarse al tratar ciertas materias que aunque de suyo inocentes, son ocasionadas a tergiversaciones, y a recibir una interpretación acomodaticia al gusto de las sectas disolventes. 

Las palabras riqueza, miseria, trabajo, propiedad, derechos, obligaciones, si tienen bien definidos en el Diccionario de la lengua y en el modo común de hablar, sus acepciones toman sentidos anfibológicos en el vocabulario multiforme del radicalismo social, que sí hasta hace poco se nos presentaba como vergonzante, ó como simple expósito, se ha ido formando adulto, y adquiriendo desarrollo vigor y osadía. 

No es extraño por tanto que excandecidos los gobiernos con la terrorífica perspectiva de una opinión de maléficas tendencias, que aspira a echar al suelo todo lo existente, convoque las luces y las llame en auxilio del orden, y que los cuerpos científicos, y las sociedades filantrópicas participando de la misma alarma, proponga temas económico-sociales, y lancen al palenque de la discusión pública los problemas de que intentan apoderarse los socialistas y comunistas para pervertir y desnaturalizar las verdades mas triviales del derecho de gentes. El modo eficaz de destruir sus paralogismos, es seguramente el que la razón se adelante a tomarles los caminos, y que los pueblos comprendan cuáles son los falsos sistemas, y cuáles los que pueden hacer hasta el punto posible, que se aminore la miseria, y que se la socorra cuando es inevitable, sin acudir a medios de trastorno universal, que arrasen por cimientos lo que el mundo todo reconoce y venera. 

Queda con esto manifestado el origen y objeto de la presente Memoria: formar una reseña histórica de la beneficencia española;  exponer los principios que convendrá seguir para enlazar la caridad privada con la beneficencia pública; indicar hasta donde debe extender su acción el Estado, las asociaciones caritativas y los particulares, y medios de poner en armonía esta acción respectiva fundándola en la economía social, y en el sentimiento moral y religioso. 

El cuadro histórico comprensivo de la primera sección, menos sucinto acaso de lo que fuera menester, comprende no solo lo que tiene una aplicación mas apropiada a lo que comúnmente se entiende por beneficencia, sino también aquellos actos cuyo objeto final es remediar necesidades, ó dispensar beneficios. Siguiendo dicha idea, se hace mérito, aunque de un modo lacónico, de las manifestaciones caritativas bajo cualquier forma que se presenten, si con ellas recibe algún consuelo la humanidad, ora hubiesen tenido lugar en nuestro suelo, ora en las remotas tierras a donde nuestros abuelos llevaron la fe cristiana y sus sagradas emanaciones. A fin de guardar orden cronológico, la reseña histórica se divide en cuatro periodos ó épocas. Abraza la primera desde principios de la Monarquía cristiana, hasta fines del siglo XV, ó sea la edad media. La segunda corresponde al siglo XVI y los dos subsiguientes, ó sea de la Monarquía austríaca. La tercera desde que entró a reinar Felipe V hasta la muerte de Fernando VII, ó sea de la Monarquía Borbónica, y la cuarta la que va corriendo desde que ocupa el trono la Reina Isabel II, a que llamaremos moderna.     


José Arias de Miranda

Letrado, periodista y político nacido en Grado en 1795 y fallecido en 1890, hallando sepultura en el cementerio de La Mata por su expreso encargo. En Bandujo, lugar de ese concejo existía la casa solariega de sus antepasados por la línea paterna. Fueron sus padres don Diego Arias de Miranda, militar del arma de artillería, y doña Francisca Flórez Estrada, hermana del célebre economista don Álvaro.

Emigró a México de joven junto con su hermano mayor. En México estudió derecho y los estudios de oficial de Intendencia. Ejerció como oficial de Intendencia hasta que las persecuciones que sufrió por parte del emperador Itúrbide (1821-1822) y durante los primeros tiempos de la República instituida forzaron su huida y repatriación.

Al regresar a España revalidó su título universitario pasando a ejercer la abogacía en Grado. Fue alcalde y juez de la villa, diputado provincial y consejero provincial del Banco Agrícola. También participó en la Sociedad Económica de Amigos del País. Además de Archivero en el Ministerio de Ultramar fue regidor de igualada y Decano en el Congreso de Americanistas reunido en Madrid poco antes de su muerte.

Colaboró con el periódico El Nalón, del que llegó a ser redactor, con El Independiente, El Faro Asturiano y Revista de Asturias. Logró cierta fama en el mundo académico con su participación en la polémica acerca de la autenticidad del Fuero de Avilés como primer documento oficial en bable, siendo uno de los defensores de la autenticidad del texto.

Entre sus obras cabe destacar: El río Nalón, Creencias populares de Asturias, Los vaqueiros de alzada en Asturias, Ojeada sobre el territorio de Asturias y sus minas de carbón, Carbones fósiles de Asturias, Noticias y observaciones sobre la colonización española de los indios occidentales, Apuntes sobre la reforma de Correos en la carrera de Castilla (Madrid, 1844), Breves reflexiones sobre algunos puntos del comercio libre de España, que pueden servir de contestación a todos los impugnadores de esta doctrina (Madrid, 1844), Consideraciones económicas y políticas acerca del ganado caballar en España (Madrid, 1845), Examen crítico-histórico del influjo que tuvo en el comercio, industria y población de España su dominación en América (Madrid, 1853), Noticias de la guerra de Independencia en Asturias (Madrid, 1863), Exposición crítica del sistema colonial de España, desde el descubrimiento del Nuevo Mundo hasta nuestros días (Madrid, 1876).

Diego Arias de Miranda y Goitia

Nació en Aranda de Duero el 19 de diciembre de 1845 y murió en Madrid el 28 de junio de 1929. 

Hijo de Juan Arias de Miranda, magistrado asturiano amigo de Posada Herrera, y de Laura Goitia, descendiente de una adinerada familia de Aranda, estudió Derecho, Administración y Filosofía y Letras en la Universidad Central, licenciándose en Derecho Administrativo y obteniendo el doctorado en Derecho Civil y Económico. Desde 1867 se dedicó al ejercicio de la abogacía.

Fue elegido alcalde de Aranda de Duero (Burgos) tras la Revolución de 1868, razón por la que en la localidad existe un monumento en su honor.

De ideología liberal, y amigo de Canalejas que solía acudir frecuentemente a él para consultarle en las situaciones conflictivas, se afilió al Partido Liberal, siendo diputado electo por la provincia de Burgos —distrito de Aranda— en ocho elecciones generales: el 15 de septiembre de 1872 (si bien en esta ocasión militando el el Partido Radical), en la tercera legislatura de 1872, y en la Asamblea Nacional de 1873, formada por la unión de ambas Cámaras. Tras hacerse con el control del distrito, gracias en buena medida a la unión familiar con sus principales rivales políticos (los Berdugo) debido a su matrimonio, de nuevo fue diputado por Aranda el 10 de mayo de 1876, el 2 de marzo de 1891, el 5 de abril de 1898, el 11 de mayo de 1896, el 20 de abril de 1898, el 2 de junio de 1899 y el 11 de junio de 1901. También llegó a controlar el periódico El Eco de Peñafiel, de la Asociación de Agricultores de la Ribera del Duero y gran difusión entre el campesinado, pero no llegó a escribir para ningún periódico.

En 1861 figura como socio del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid.

Contrajo matrimonio en 1876 con la arandina Mercedes Berdugo Ortiz, hermana de Félix Verdugo, que era quien ostentaba la representación del distrito de Aranda en las primeras elecciones realizadas tras la Restauración, y que a su vez contrajo matrimonio con la hermana de aquél. Fue padre del también político Santos Arias de Miranda y Berdugo, que ocupó su puesto como senador vitalicio, teniendo además una hija, Josefina, que también habría de casarse con un importante político burgalés: José Martínez de Velasco. Este matrimonio supuso, además de una reforma política importante, una nada despreciable consolidación económica y patrimonial con extensas propiedades agrarias que le consolidaron como uno de los mayores contribuyentes de Aranda. Junto a ello se sabe de una importante vinculación ferroviaria que le hacía poseedor de importantes acciones y el ejercicio de la Administración de la Compañía de Caminos de Hierro del Sur de España (1889-1929), propietaria de la concesión ferroviaria Linares-Almería y Moreda- Granada, desde 1907, época de mayor esplendor de la Compañía debido a la coincidencia de un período de intensa actividad de tráfico minero en la línea ferroviaria, tras la construcción del Cable Inglés (1902-1904) un sistema de embarque del mineral que redujera los tiempos y costes producidos por las operaciones de carga y descarga de mineral en la rada de Almería, para sustituirlo por un muelle directo de carga utilizando la línea Linares-Almería.

Su posición política se empieza a consolida cuando el Gobierno de Posada Herrera le nombra gobernador de Ciudad Real en 1883 y el de Sagasta le nombra gobernador de Logroño.

Dentro de la Administración central, y bajo los auspicios de Canalejas, fue jefe superior de la Administración civil, y director general de Obras Públicas en el Ministerio de Fomento, nombrado el 7 de julio de 1888, cesando en el cargo cuando es nombrado por el propio Canalejas, subsecretario del Ministerio de Gracia y Justicia el 7 de marzo (o enero) de 1889, dimitiendo en el mismo el 30 de enero de 1890. Dado que cuando ocupó el puesto se encontraba vigente el Decreto de 17 de enero de 1884 que concedía a los funcionario de la Subsecretaría la posibilidad de obtener ciertos beneficios por la asimilación judicial, el 17 de diciembre de 1903 solicitó que se le concediera el reconocimiento de la categoría de presidente de Sala de la Audiencia de Madrid, tras haber ejercido la abogacía durante diecinueve años con la máxima contribución, concediéndoselo tras el informe pertinente de la Junta calificadora del poder judicial.

En 1903 fue nombrado senador vitalicio (legislatura 1903-1904), ocupando la vacante de Francisco Silvela, realizando el nombramiento el Rey en virtud de las atribuciones conferidas por los artículos 22 y 23.2 de la Constitución. Este nombramiento hizo que el escaño pudiera transmitirlo a su hijo.

Fue ministro de Marina del 9 de febrero de 1910 al 2 de enero o febrero de 1911, en el Gobierno de José Canalejas y Méndez, repitiendo en el cargo del 2 de enero al 4 de marzo, siendo el puesto acogido con reticencias por su falta de vinculación con la materia, pero supo salvar las reticencias gracias a actuaciones tan notorias como la restitución de la dignidad de almirante, y la creación del Colegio de Huérfanos de la Armada, aunque no supo cómo actuar durante la huelga de los astilleros del Ferrol, fruto de la transformación del movimiento obrero debido a que el impulso de la construcción naval se realizó privatizando parte de los Arsenales, que se arrendaron a la Sociedad Española de Construcción Naval, una empresa privada, con los que los astilleros quintuplicaron sus trabajadores y con ello se reactivó el movimiento obrero.

Fue también ministro de Gracia y Justicia del 12 de marzo al 31 de diciembre de 1912, bajo el de Alvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones. Su actuación en este último Ministerio fue muy importante estableciendo las reglas para la concesión y rehabilitación de títulos y grandezas del reino (Real Decreto de 27 de mayo de 1912), y regulando los ingresos, ascensos y cesantías en las carreras judiciales (Real Decreto de 26 de junio de 1912), El 9 de mayo de 1912 se le concede la Gran Cruz del Mérito Militar con distintivo blanco. También poseía la Gran Cruz de Carlos III (concedida en 1916), y las Medallas al Mérito Naval con distintivo blanco, la de la Concepción de Villaviciosa de Portugal y del Sol Naciente de Japón.

La muerte de Canalejas (1912) inicia el declive de su carrera política, aunque entre 1916 y 1918 fue miembro del Consejo de Estado. De hecho rehusó un escaño propuesto para acudir a la Asamblea Nacional, durante la dictadura de Primo de Rivera.

 





 

                                                                                                                                                                                                

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