jueves, 11 de junio de 2026

Las "tiorras" de Unamuno y Concha Espina

Una de sus mas conocidas conferencias fue la que pronunció Unamuno en el Ateneo de Madrid, el 25 de noviembre de 1914, sobre Lo que ha de ser un rector en España, en respuesta a su destitución en la Universidad de Salamanca.

El público hace cola desde las primeras horas de la mañana para oír el discurso de Unamuno el 31 de marzo de 1922 en el Ateneo de Madrid. Fotografía de Julio Duque - ABC.

El 13 de septiembre de 1923, el general Primo de Rivera estableció una dictadura que fue aceptada por amplios sectores de la burguesía y de los intelectuales, pero rechazada por algunos como Manuel Azaña o Miguel de Unamuno, a quien le faltaron horas al día para estar escribiendo en contra “del tirano y su muñeco militar”. Ya el 27 de enero había escrito el artículo La Timba Nacional en el que decía: “El Rey se entrena a reinar haciendo pasar, saltando, cochinos por un aro en la Casa de Campo”.

El Ateneo de Madrid se convirtió en lugar de discusión de las políticas del Directorio militar, debido en parte a la labor de Fernando de los Ríos, presidente de la Sección de Ciencias Morales y Políticas del mismo. En 1924 el diputado republicano Rodrigo Soriano pronunció un incendiario discurso en el Ateneo cuya reproducción en la prensa había prohibido la censura. Pero no pudo evitar que apareciera publicado en el periódico El País de La Habana con evidente malestar del Directorio.

Como era de esperar en un régimen en el que se había establecido la censura de prensa, el 20 de febrero de 1924, el general Primo de Rivera hizo distribuir entre los editores la nota oficiosa que señalaba: «El Gobierno ha resuelto clausurar el Ateneo de Madrid, y destituir de su puesto y cátedra a D. Miguel de Unamuno y desterrarle, así como a D. Rodrigo Soriano. La primera medida está fundada en la contumacia y tenacidad con que la citada Sociedad, separándose de sus fines, y aun contra la voluntad de gran número de sus socios, viene dedicándose a hacer política estridente y perturbadora»

Otra conferencia notable en el Ateneo de Madrid fue la leída el 28 de noviembre de 1932, titulada El pensamiento político de la España de hoy, donde abordó su visión crítica sobre la República.


El escritor y filósofo Miguel de Unamuno con estudiantes y amigos en el Ateneo de Madrid, donde pronunció la conferencia titulada El pensamiento político de la España de hoy.

El 7 de junio de 1936 Unamuno publicó en el diario Ahora un artículo titulado Ensayo de Revolución en el que denunciaba la violencia ejercida contra unos jueces por parte de grupos revolucionarios: 

“Hace unos días hubo aquí, en Salamanca, un espectáculo bochornoso de una Sala de Audiencia cercada por una turba de energúmenos dementes que querían linchar a los magistrados, jueces y abogados. Una turba pequeña de chiquillos, hasta niños, a los que se les hacía esgrimir el puño, y de tiorras desgreñadas, desdentadas, desaseadas, brujas jubiladas. Y toda esta grotesca mascarada, reto a la decencia pública, protegida por la autoridad. La fuerza pública, ordenada a no intervenir sino después de la agresión consumada”

El término tiorras, una forma despectiva y coloquial de tías, fue utilizado como calificativo peyorativo durante la Segunda República y la Guerra Civil española. 

El concepto cobró relevancia en el libro Princesas del Martirio de Concha Espina, en el que relata el asesinato de unas enfermeras de la Cruz Roja en Somiedo. Ella utilizó este término para referirse con extrema dureza a las milicianas republicanas. 

Las enfermeras mártires de Somiedo

Concha Espina y las princesas del martirio

El caso de las jóvenes enfermeras fusiladas, o asesinadas, constituyó un hito en la historia de la guerra ya que era la primera vez que no se respetaba la inmunidad de la Cruz Roja, la ONG humanitaria internacional creada en 1863.

Portada del libro de Concha Espina Princesas del martirio; ilustraciones de Rosario Velasco. Barcelona, Ediciones Armiño, Gustavo Gili, 1940

Lógicamente el hecho inaudito tuvo mucha resonancia, y el bando sublevado, al que pertenecían las enfermeras, le dio una gran divulgación. Era algo insólito que acribillaran a tiros a unas chicas jóvenes cuya única labor era humanitaria. 

Concha Espina escribió en 1940 Las princesas del martirio un pequeño libro en donde cuenta la trágica muerte, las vejaciones y los sufrimientos de las jóvenes enfermeras. 

Cuenta Concha Espina que tuvieron una posibilidad de huir en el momento del ataque al hospitalillo, pero que ellas decidieron quedarse junto a los heridos, heridos que, dice, fueron rematados en sus camillas por los atacantes.

«Oyen a las libertarias discutir con los milicianos a cuenta de las señoritas, y resolver que pese encima de ellas todo el espanto de una noche, antes del terminante sacrificio…»

«En el proceso judicial, largo y sinuoso, a que dio margen este crimen, figura como testigo indirecto una carreta de bueyes, que en plena oscuridad nocturna levantó en torno a las encarceladas su estridente chirrido para que no se percibiesen en la aldea otros lamentos de alguna voz humana y delatora».

«Entre gratuitas ofensas agotan las milicianas todo su vocabulario soez, y deciden matar por su propia mano a las cautivas. Antes de verlas supieron con rencores y envidia que eran mozas guapas y elegantes. Los tigres de la columna habían dicho perversamente: ¡Vaya chicas! Son de primera… y se habló con cinismo de un reparto…»

Cuenta cómo en el fusilamiento estaban atadas entre ellas las tres enfermeras y dos falangistas a ambos lados de las tres. «Si levantáis el puño y gritáis ¡Viva Rusia! Os perdonamos, por de pronto, la vida». Con los brazos erguidos y las manos abiertas, cinco voces juntas en los mismos acentos: ¡Arriba España!¡Viva Cristo Rey!». Matan primero a los falangistas para ver si ellas sucumben, se entregan, pero ellas vuelven a gritar ¡Viva Cristo Rey!¡Arriba España!

Tres milicianas son las que se brindan a disparar. Tres metros de distancia. «Las mujeronas disparan» «Ya se acabaron las señoritas» dice un valiente, y de pronto se levanta Pilín «No, falto yo» El capitán Sánchez se acerca diciendo «A ver quién vive aquí», Pilín dice «¡Dios!» y Sánchez le da el tiro de gracia».

¿Cómo se documentó Concha Espina para escribir su libro? Concha Espina escribió este libro una vez acabada la guerra y, como es lógico, se informó de los hechos y, evidentemente, sus informaciones vinieron del lado del ganador. Se basó en las declaraciones de los interminables interrogatorios que se hicieron en la zona para encontrar a los culpables y los infinitos juicios sumarísimos que se realizaron a raíz de aquella matanza. Ella no se inventó la historia, la narró con nombres y apellidos, y la dio a conocer. Y siempre que se ha hablado de Las Mártires de Somiedo se ha nombrado a Concha Espina como su cronista y única referencia de aquellos hechos, y la escritora se consolidó como la historiadora de los hechos que sucedieron en Somiedo aquellos fatídicos 27 y 28 de octubre de 1936.

Lo que sorprende de Las princesas del martirio son las expresiones que emplea en su redacción y la terminología tan radical con la que cuenta el suceso la escritora. Por un lado habla de los milicianos como: «Los asaltantes eran ‘hijos de nada’, « producto del anarquismo y la disolución de Europa», «mortífero veneno de la sociedad», «un zarpazo del tigre comunista»  y llama «brujas» «arpías» «hienas» «tiorras» y otras ‘lindezas’ a las milicianas. Por otro habla de las enfermeras como: «tres cuerdas musicales que responden a un solo ritmo castellano y al más puro abolengo racial». De los jefes, médico y sacerdote: «… con esa hidalguía natural del que es «hijo de algo», miembro de las alcurnias del alma, brote de una creencia y de una virtud que decoran al soldado, lo mismo que al general dentro del ejército católico».

Ello sorprende sobre todo teniendo en cuenta que la misma escritora había escrito en 1920 el libro El metal de los muertos sobre los conflictos mineros y sus penosas condiciones de trabajo siendo una de las primeras obras de rasgo social, y habiendo sido en 1933 una de las fundadoras de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética creada por un grupo de intelectuales españoles cuyo fin era conocer y divulgar los logros del socialismo.

Concha Espina escribió Las princesas del martirio en 1940, ya pasada la guerra. Víctor de la Serna, hijo de Concha Espina, era un miembro importante de la Falange de Santander, partidario de Manuel Hedilla, sucesor de José Antonio Primo de Ribera. Cuando Franco unificó la Falange en abril de 1937, se produjeron algunos incidentes entre los falangistas al respecto de esa unificación y Víctor de la Serna estuvo preso por un corto tiempo, pero no por ser republicano sino falangista. Manifestó públicamente su adhesión al General Franco y en 1939 pasó a dirigir el diario Informaciones y parece que a colaborar con la embajada de la Alemania nazi. 

¿Por qué Concha Espina escribió lo que escribió en los términos en los que lo escribió? A pesar de haber pertenecido a la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, después de la guerra, con los dramas vividos y el cambio de situación política, quiso asegurarse la supervivencia frente a la limpieza ideológica que siguió a la victoria franquista como hicieron otros muchos intelectuales del grupo firmante de aquella Asociación.

Otra razón que pudo influir bastante en su furibunda ira a la hora de escribir el relato de los acontecimientos, fue su entrañable amistad que mantenía con Doña Emilia Rodríguez de Cela, tía de la asesinada enfermera Pilar Gullón, con la que  Concha Espina compartió muchas tardes cuando la escritora residió en Astorga, en casa de su hermana, para escribir su famosa novela La Esfinge Maragata. Pilín  (Pilar Gullón) era una persona muy querida para la familia y por supuesto para «la tía Emilia», así que el estallido de rabia de Concha Espina también  pudo surgir del cariño, la amistad y el dolor por el sufrimiento de su querida amiga.

Y a todo esto se suma la profunda religiosidad de Concha Espina. Los acontecimientos que le contaron de aquel trágico suceso le debieron parecer una barbaridad desde todos los puntos de vista y desde luego los religiosos, y así lo expresó con furia en un pequeño libro.

Genaro Arias Herrero

Genaro Arias Herrero (Cistierna, 1902-León, 24 de octubre de 1937) fue un minero y sindicalista español de la UGT.

En octubre de 1934 participó en la toma de la mina Teófilo. Posteriormente, tomó las armas de la milicia republicana durante la guerra civil española de 1936-39; era minero. Le faltaba el pie derecho, por lo que era apodado como "El Pata". Residía en Villaseca de Laciana, parte de Villablino. Formó parte del Comité de Villablino durante la Guerra Civil hasta que, tras la ocupación de la comarca por parte de las tropas nacionales, huyó a Pola de Somiedo. Allí, junto a Moisés Álvarez Nieto dirigió el Comité de Guerra de dicha localidad, encargado del control del Concejo y de orientación socialista.

Con la desaparición del Comité, en octubre de 1936, se incorporó al Batallón n.º 42 "Guerra Pardo", siendo el oficial ayudante del "comandante" García. Tras varios meses de "convalecencia" por heridas de guerra, se incorporó como teniente de enlace al batallón n.º 250. El 2 de octubre de 1937 fue hecho prisionero en el frente de Lillo. Fue juzgado en consejo de guerra por el fusilamiento de prisioneros de guerra y de tres enfermeras prisioneras a las que previamente durante la noche se habría torturado y violado repetidamente (conocidas como las "enfermeras mártires de Somiedo"), y ejecutado a garrote vil en León el 24 de octubre de 1937.

Genaro Arias Herrero

Nacimiento: 1902, Villaseca de Laciana. Fallecimiento 24 de octubre de 1937, León.

Minero. Conocido como “El Patas”. Socialista en Villablino (León) formando parte del Comité constituido al producirse el golpe de Estado de julio de 1936. Al ocupar las tropas nacionales dicha localidad marchó hacia Pola de Somiedo (Asturias) donde se incorporó al Comité de Guerra. En octubre de 1936 pasó a formar parte del Batallón nº 42 “Guerra Pardo”, siendo oficial ayudante de su comandante. Fue herido pasando varios meses de convalecencia y al ser dado de alta fue destinado como teniente de enlace al Batallón nº 250. Fue hecho prisionero en Lillo-Oviedo (Asturias) el 2 de octubre de 1937 siendo condenado a muerte en Consejo de Guerra y ejecutado el día 24 de ese mes.

J. L. ALONSO MARCHANTE. Muerte en Somiedo: una historia de la Guerra Civil en Asturias y León.- Avilés: Ediciones Azucel, 2006

Inexactitudes y mitos en el relato de Somiedo

José Cabañas inicia el relato de los hechos ocurridos en el puerto de Somiedo con las llamadas enfermeras mártires de Astorga

Los trágicos hechos acaecidos a finales de octubre de 1936 en el estratégico puerto de Somiedo, límite entre Asturias y León, continúan aún hoy envueltos en no pocos mitos e inexactitudes, y a unos y a otras pretendemos oponer, hasta donde sabemos, la realidad de lo acontecido, desmontando una impostura que, como otras muchas (algunas sobre otros sucesos cercanos en el tiempo y el espacio: las muertes del niño Gerardo Gavela y del falangista bañezano José Ramos), fue usada utilitariamente por el nuevo régimen de los alzados para organizar grandes y productivas actuaciones patrióticas generadoras de apoyos y para justificar su vengativa represión contra los vencidos, incluso a costa de las víctimas y del dolor de sus deudos, de los que procazmente se apropiaba para sumar a unas a su legitimador martirologio, convertidas así en iconos religiosos y políticos, y a otros a la nómina de sus adeptos, aunque no fuera más que por aversión a sus desalmados contrincantes.

El relato de la manipulación franquista del acontecimiento, mezcla de lo narrado en 1940 por la escritora falangista Concha Espina (afiliada en 1936, tres años después de haber sido una de los intelectuales fundadores de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética) en su obra Princesas del martirio y por José María Goy González, canónigo de la Catedral de Astorga y en 1938 presidente local de la Cruz Roja, en Las tres ramitas del roble. Romance histórico-astorgano en 1939, además de lo al parecer falazmente establecido en la sentencia del consejo de guerra que juzgó a quien injustamente se hizo culpable del crimen, Genaro Arias Herrero, todavía tomado como veraz (parece que sin serlo) en el documental Prados de sangre emitido por la televisión pública en diciembre de 2006, es el que aún hoy se difunde desde la Fundación Nacional Francisco Franco de este modo:

«Las tres mártires fueron: Octavia Iglesias Blanco, nacida en Astorga en noviembre de 1894; su prima Pilar Gullón Iturriaga, nacida en mayo de 1911 en Madrid, donde residía, a quien el Alzamiento Nacional sorprendió en Astorga (llegada con su familia el 15 de julio, solo en sus vacaciones pasaba por allí); y Olga Pérez-Monteserín Núñez, nacida en París en marzo de 1913, hija del pintor Demetrio Pérez-Monteserín. Participaron en la Cruzada de Liberación Nacional como Damas Enfermeras de Sanidad Militar. Miembros de Acción Católica y de la Sección Femenina de Falange. El 8 de octubre (el 18 en realidad) de 1936 arribaron al frente para prestar servicio en un hospital de sangre del ejército nacional en Asturias».

«El 27 de octubre, milicias pertenecientes a la UGT, comandadas por Genaro Arias Herrero «el Pata», minero y veterano de la revolución de octubre de 1934, iniciaron una ofensiva destinada a aislar los puestos nacionales más avanzados del frente. Una de estas posiciones era el pequeño hospital, donde prestaban servicio las enfermeras. En el momento del ataque asistían, bajo las órdenes de un médico, a unos 14 heridos. Tanto el médico como las enfermeras tuvieron la posibilidad de huir junto a unos 21 soldados, que evacuaron el puesto tras un breve enfrentamiento, pero se negaron a abandonar a los heridos. Luego que el puesto fuera capturado por los rojos, el mismo 27 de octubre de 1936, fueron de inmediato asesinados los heridos y ellas hechas prisioneras».

«A las chicas, oficiales y capellán los bajaron por un sendero de cabras desde el puerto hasta Somiedo, donde asesinaron a los oficiales y al sacerdote, a quien pasearon en un carro de bueyes que chirriaba toda la noche, para que con su ruido no se oyeran las torturas y gritos de las mujeres, terriblemente vejadas y violadas, ya que a las enfermeras el jefe rojo Genaro Arias Herrero las encerró en un barracón, dando permiso al resto de milicianos frentepopulistas para que, por la noche, las sometieran a todo tipo de abusos sexuales. Antes les habían ofrecido liberarlas si renegaban de su fe católica, a lo que se negaron, y comenzó su martirio. Por todo ello, está abierto su proceso de beatificación».

«En la mañana del día 28 las arrastraron a un prado, donde las ataron y les dijeron que si no decían “¡Viva Rusia, muera España!” las matarían. En su lugar se oyó a Pilar Gullón moribunda gritar “¡Viva Dios!”, mientras un oficial rojo le daba el tiro de gracia. Fueron fusiladas por unas milicianas voluntarias, entre las que estaban Felisa Fresnadillo Fresnadillo (socialista de 36 años), Josefa Santos, María Sánchez Fernández (de 36 años, viuda, socialista), María Soto y Consuelo Vázquez García (de 16 años, de la JSU). Las ejecutoras de los disparos mortales fueron Evangelina Arienza Ferreras (de 16 años), Emilia Gómez González (vecina de Villaseca de Laciana –como todas las anteriores–, de 18 años, de la JSU), y Dolores Sierra Rubio (de 17 años, de Caboalles de Abajo, de la JSU). Las milicianas, primero les quitaron las ropas y, ya desnudas, hacia el mediodía, las asesinaron, fusilándolas en el prado y repartiéndose sus vestidos entre las asesinas. Durante la tarde, las milicianas rojas frentepopulistas vejaron los cadáveres hasta que, por la noche, los arrojaron en una fosa común que obligaron a cavar a dos prisioneros falangistas, también posteriormente asesinados. Octavia Iglesias Blanco, de 42 años (a un mes de cumplirlos); Pilar Gullón Iturriaga, de 25; y Olga Pérez-Monteserín, de 23, murieron gloriosamente, mártires por Dios y por España».

Acusarán también a la vecina de Soto y Amío, de 16 años, María Rodríguez García, y la castigan con multas y cárcel por ello, de haber sido otra de las milicianas del Batallón 242 (lavandera en el mismo, de la JSU) partícipes en los asesinatos de Somiedo, y lo mismo hacen con Amalia de la Fuente Peral (de San Juan de la Mata, de 20 años, casada, de las Juventudes Libertarias, quien, entrevistada pasados muchos años, dirá que «ni siquiera estaba presente en el momento de los hechos, ni sabe quién o quiénes fueran los autores», a pesar de lo cual sería encarcelada varios años), aunque nada se diga en los dicotómicos relatos pergeñados por el sacerdote (pariente de la madre de Olga) y la afamada escritora, sesgados y carentes de rigor histórico, en los que, entre metáforas falangistas y religiosas, se fuerzan similitudes entre el calvario de Cristo y los suplicios que aseguran haber sufrido las enfermeras a manos de los milicianos, hombres y mujeres (envidiosas y torvas delatoras estas de las gentiles damas, para cuya captura azuzan al combate a sus lascivos compañeros rojos, sostiene el clérigo en el suyo) a los que se pinta como sádicos bárbaros y cobardes sin entrañas ni sentimientos, sin Dios ni ideales, una sanguinaria y satánica canalla de seres inferiores en contraposición a las jóvenes astorganas y a los militares nacionales, generosas y angelicales ellas, heroínas de la raza deseosas incluso de alcanzar la palma del martirio por Dios y por la Patria, e intrépidos, valientes y honorables ellos, según la novelista, autora de la obra presionada tal vez por los vencedores, que habían mantenido preso a uno de sus hijos al que amenazaban fusilar, o más bien necesitada de congraciarse con estos prestándoles sus servicios literarios de circunstancias para hacerse olvidar pasadas creaciones y actividades menos complacientes y más comprometidas.

(El periodista Víctor de la Serna Espina, falangista cercano a Manuel Hedilla y uno de los encausados y apresados –el 28 de mayo de 1937, en prisión domiciliaria desde mediados de junio a la mitad de agosto– por supuestamente oponerse a la decretada unificación de Falange Española de las JONS con la Comunión Tradicionalista en abril de aquel año. No parece que pesara sobre él amenaza tan explícita y rotunda. Sí quizá la de volver a ser encarcelado como ya lo había sido por dos veces. Ya en febrero había sido detenido en Salamanca, y sería más tarde fiel al nazismo de quien se asegura que su diario Informaciones –financiado por los alemanes– no dio la noticia de la muerte de Hitler. Concha Espina publicó antes dos novelas laudatorias de las tropas franquistas: Retaguardia en 1937 y Las alas invencibles en 1938, y recibía la medalla de oro de Cruz Roja por Princesas del martirio, un inevitable libelo elaborado –según ella misma indica en el prólogo de la obra– «con las declaraciones sumariales de un juzgado castrense leonés y los datos que le aportan el secretario de la Cruz Roja astorgana, un destacado falangista, y el general don Vicente Lafuente Baleztena», principal urdidor y ejecutor del golpe militar en León. Más tarde, en 1948, sería la única escritora española capaz de exigir a Franco –y conseguirlo— que se cambiara el nombre de su pueblo para llamarse Luzmela, como su primera novela).

José Cabañas acaba de publicar ‘Cuando se rompió el mundo’ en el que dedica un amplio capítulo a las mártires.

Revisitando el mito de las mártires de Somiedo: la luz que arrojan nuevas causas de los golpistas

Varios sumarios con los que la justicia militar franquista castigó a algunos leoneses y asturianos sirven ahora para matizar muchos detalles de los execrables hechos sucedidos a finales de octubre de 1936 en el Puerto de Somiedo

Lo que se conocía hasta ahora del caso de las enfermeras mártires de Astorga

Es un principio reconocido entre los historiadores que no hay Historia definitiva sobre hecho alguno del pasado. El conocimiento que esta disciplina científica aporta está sujeto a una permanente revisión de lo hasta un cierto momento sabido y acreditado, sea por la aparición de nuevas fuentes que descubren datos nuevos o por el alumbramiento de interpretaciones novedosas de lo ya conocido.

Tampoco suele comenzar nadie desde cero en el estudio de cualquier acontecimiento o periodo histórico, de modo que el saber se viene construyendo de modo acumulativo, depurando o ampliando, y en ocasiones modificando o ajustando, lo hasta entonces averiguado. Se trata de un trabajo de conjunto en el que se aúnan muchos esfuerzos para acercarse lo máximo posible y con la mayor objetividad alcanzable a la verdad.

Lo que ya conocíamos

Es bastante conocida la historia de lo que sucedió en el Puerto de Somiedo y sus inmediaciones entre el 27 y el 29 de octubre de 1936, ampliamente detallado en esta serie de seis capítulos. Las milicias republicanas ‘coparon’ y derrotaron entonces a fuerzas militares sublevadas del destacamento que guarnecía aquel estratégico paso entre León y Asturias, causándoles numerosas bajas y haciendo una considerable cantidad de prisioneros: soldados, suboficiales, oficiales, jefe, médico militar, falangistas, un capellán castrense y tres jóvenes astorganas que llevaban allí algunos días destinadas como enfermeras. Se trataba de Octavia Iglesias Blanco, Pilar Gullón Iturriaga y Olga Pérez-Monteserín Núñez.

A partir de ahí, hasta culminar con la canonización de las tres enfermeras el 29 de mayo de 2021 en la Catedral de Astorga, se ha realizado un amplio trabajo para depurar y desechar de los variados relatos que del suceso se han ido transmitiendo a lo largo de los años lo que de mito, de inveraz, se le fue adhiriendo por unos y por otros, desvirtuando lo que realmente acaeció. Gracias al hallazgo de varias fuentes nuevas con algunas referencias a aquel suceso es obligado revisitar y volver a lo que hasta ahora conocíamos del mismo, para, con estas nuevas piezas y a la luz de lo que ellas aportan, tratar de ajustar y recomponer el mosaico de lo que aconteció en las citadas fechas en aquellos lugares.

Estas fuentes son varios sumarios -numerados 501/37; 531/37; 681/37; 26/38; 215/38; 440/38; y 1009/41- conservados en el Archivo Militar de Ferrol, algunos de los miles que los golpistas, tras su rápido triunfo en la mayor parte de la provincia leonesa, se apresuraron a incoar desde la Auditoría de Guerra de León contra los republicanos de la zona leales al régimen democrático, en este caso desde las fechas del “copo del Puerto” y durante los años posteriores.

Hay que tener en cuenta el origen de las fuentes y a partir del contexto otorgarles siempre una relativa fiabilidad, ya que se trata de documentos de los propios represores sobre la represión que ellos mismos perpetran, que contienen datos obtenidos tantas veces al someter a las víctimas a “hábiles” o “convenientes” interrogatorios.

Antes de estos nuevos hallazgos mencionados, con otras muchas fuentes consultadas, y con las precauciones y salvedades señaladas, no se conocían todos los detalles de lo acontecido en torno a las muertes causadas a las tres enfermeras y a sus acompañantes, pero sí se podía concluir lo que no había ocurrido.

No sucedió, esencialmente, el modo en que narraciones de los vencedores, como las de Concha Espina en 1940, las de algún eclesiástico astorgano en 1938, y otros, pretendieron asentar: que fueron todos ellos bárbaramente asesinados, y vejadas y martirizadas las enfermeras por “rojos” milicianos y milicianas movidos por su odio a la fe cristiana.

Un relato racional y basado en testimonios y evidencias que desmonta un añejo mito, el del martirologio de los “nacionales” que, como tal, se demuestra que es una fabulación no ajustada a la realidad, a pesar de lo cual a ella ha seguido abonada la iglesia católica, que en base a tal mito elevaba el 29 de junio de 2021 a los altares de la beatitud a las tres jóvenes astorganas, haciendo gala una vez más de rehuir y despreciar la ciencia frente a la fe y el dogma.

La novedad de lo que ilumina alguna de estas nuevas fuentes se halla en algún punto entre las falaces afirmaciones del relato franquista de las sevicias y tormentos infligidos a los prisioneros, incluidas “las terribles violaciones de las enfermeras, cuyos gritos acallaba el chirrido del carro de bueyes en que antes de asesinarlo se paseó toda la noche al sacerdote”. Y lo narrado en 2009 como testigo de los hechos por Abelardo Fernández Arias (de 17 o 18 años en 1936) quien contradecía tales detalles y mantenía que “”en ningún momento se molestó ni se maltrató a ninguno de los prisioneros“.

Y, habiendo sido los victimados –en la realidad de lo hasta hoy sabido– en Pola de Somiedo en un repentino arrebato de ofuscación, rabia y violencia en desquite y venganza al saberse allí del hallazgo de los cadáveres de dos milicianos apresados y muertos por los ahora derrotados cuando, como emisarios y con bandera blanca, acudían aquellos en la tarde anterior a la llamada de los militares sitiados para parlamentar la rendición, de los datos que tales novedosas fuentes muestran resulta que ahora sí habrían sido los prisioneros maltratados.

Lo que ahora sabemos

Así, numerosos vecinos y vecinas de Valle de Lago acusan, a punto de cumplirse un año del suceso, y en las declaraciones que en el Sumario 531/37 hacen unos en León, otros en Vega de Viejos, y varios en Villaseca de Laciana, al asturiano Victoriano Caunedo Reyero (apodado ‘Vitermo’, de 23 años, soltero, natural y vecino de Veigas de Somiedo, labrador, apresado tras evadirse de Asturias a la zona sublevada en septiembre de 1937) de haber mortificado de palabra y de obra a los prisioneros hechos en Santa María del Puerto cuando conducidos a Pola de Somiedo paraban en aquel pueblo, Valle, al inicio de la tarde del día 28 de octubre de 1937 y eran encerrados en un corral.

En Valle de Lago, tras ser herido en el combate del Puerto y evacuado a una casa abandonada por vecinos pasados al campo rojo, se encontraba su hermano Manuel Caunedo (de 21 años, afiliado a la UGT). Contradiciendo una vez más versiones de otras fuentes, allí al menos Victoriano y el teniente de milicias Salustiano Quintela Sarille (vecino de Fabero, de 32 años), que mandaba el grupo de vigilancia y custodia de los apresados, insultaban al capitán Lucinio Pérez Martínez y al comandante José Berrocal Carlier, herido en una pierna –o en el vientre, se apunta ahora–, “por lo vistoso de sus uniformes y polainas y lo míseramente que visten y calzan los soldados”, a los que increpan de “canallas lacayos de la burguesía”.

Ambos además negaban agua a cautivos sedientos e impedían a las enfermeras atender a los heridos, pateando en las piernas a alguna de ellas y escupiendo a otras en la cara, y golpeaban en los pies con la culata del fusil a varios falangistas y oficiales cuando estos eran interrogados.

Salustiano Quintela trató de pegar y tiraba de las barbas a un prisionero -que identificamos como José Fernández Marvá, jefe de la Falange ponferradina- al que Victoriano Caunedo tenía encañonado con fusil y bayoneta, y amenazaba este al comandante y a uno de los dos sargentos “con matarlos antes de llegar a Pola de Somiedo por ser los causantes de las heridas de su hermano”, alardeando además “de que le debían de dejar a una de las enfermeras por su cuenta”. Pidió Victoriano formar parte de la escolta de los prisioneros cuando con estos se reanudó el camino a Pola de Somiedo, pero no se lo consintieron, volviendo al día siguiente con los milicianos de guarnición en el Puerto.

El comunista Salustiano Quintela Sarille –anarquista, según otras fuentes– aparece como mayor de milicias (comandante) en noviembre de 1937 en Barcelona, condecorado a finales de 1938 con la republicana Medalla de Sufrimientos por la Patria por haber sido herido en acción de guerra, y arribado al exilio argentino en el vapor Cuba en noviembre de 1940 como chófer mecánico de profesión.

Culpaban además a Victoriano Caunedo -tachado por varios convecinos de “peligroso para la Causa Nacional por ser de ideas avanzadas”- de haber emboscado el 1 de octubre de 1936, con otros milicianos, a varios falangistas (guardias civiles, según otros) que se dirigían en coche a Torrebarrio (o Torrestío) y dar muerte a uno de ellos (a varios, o a todos, difieren otros).

También le achacaban robos de ganado y el saqueo del palacio del vizconde de Torata. Y quemar la iglesia, los santos y la casa del cura de su pueblo (o de la aldea de Villarín, a cuyo párroco “despojó de la mula, pintando en las ancas de la caballería las letras revolucionarias UHP”). Por todo ello lo condenan a ser ejecutado por garrote vil, lo que tuvo lugar a las diez de la mañana del 27 de noviembre de 1937 en el patio de la Prisión Provincial, junto a Puerta Castillo, en la capital leonesa.

Su hermano Manuel Caunedo Reyero, que se presentaba y se entregaba a las fuerzas “nacionales” en diciembre de 1937 en Piedrafita de Babia, era procesado en la Causa 26/38 y condenado en marzo por rebelión militar a 30 años de reclusión.

Habían agarrotado un mes antes, a media tarde del 22 de octubre de 1937 y en el mismo lugar, a Genaro Arias Herrero (‘El Pata’, de 35 años) como culpable de las torturas y las muertes de los prisioneros de Somiedo. La misma bárbara pena pidió unánimemente el tribunal del consejo de guerra que condenó en abril de 1938 al joven minero de 21 años Valentín Blanco Álvarez (natural de Pardamaza), presentado a las autoridades al rendirse Asturias y también acusado de violar y dar muerte a las tres enfermeras astorganas tan solo por formar parte, como tantos, del Batallón 242 Guerra Pardo destacado en Somiedo en octubre de 1936, aunque no atendió el auditor de Guerra aquella petición y lo fusilaron el 22 de junio de 1938 en Puente Castro.

Otros nuevos detalles

Los otros sumarios referidos aportan además matizaciones, pormenores o ampliaciones novedosas de lo ya conocido. El expediente numerado 1009/41 hace referencia a Amalia de la Fuente Peral, nacida en Rosario, Argentina, y vecina de Magaz de Arriba, que contaba con 19 años en 1936, casada, perteneciente a las Juventudes Libertarias y que en julio de 1937 pasó por los Ancares a Asturias y desde allí fue “evacuada a Barcelona por Francia”.

Se trata de una de las jóvenes leales a las que culpan de haber asesinado a las enfermeras. Era apresada e interrogada pasados cinco años del suceso y negó siempre estar entonces en Somiedo, a pesar de lo cual sería encarcelada largo tiempo en las prisiones de Ponferrada, Astorga, León y Amorebieta. Finalmente, fue condenada por “las suposiciones” de dos milicianos, tampoco presentes en el lugar de los hechos, que tras sufrir un breve castigo en el Batallón de Trabajadores número 100 terminaban alistados en la Quinta Bandera de Falange de Badajoz.

Se esforzaban en noviembre de aquel año 1941 los represores franquistas en capturar a numerosos milicianos considerados partícipes en el “copo” del Puerto y en el traslado a Pola de Somiedo de los rebeldes tomados prisioneros, resultando que, al indagar sobre ellos y sus implicaciones, en el caso, muchos eran descartados y otros tantos estaban ya muertos o en Francia u otros lugares fuera de su alcance.

Conocemos también ahora, según los Sumarios 501/37 y 440/38, que cuando el 5 de julio de 1937 recuperaban los “nacionales” el Puerto de Somiedo, vengando las muertes de las tres enfermeras astorganas aniquilaban casi por completo a los efectivos del Batallón Asturias 272 que desde finales de abril lo defendían. De hecho, “el teniente Estrada y el sargento Agustín, de aquella Unidad, se suicidaban durante el combate, viéndolo perdido”. De paso, diezmaban además a los del Batallón Críspulo 243 llegados a las posiciones el día antes. Unos trescientos hombres en total. Capturaron asimismo a cien prisioneros, de los cuales la mayoría terminaban en prisión tras pasar por consejos de guerra (como los 16 sumariados entre las dos referidas Causas, apresados algunos por tropas de las “fuerzas moras”), o eran recluidos en campos de concentración y batallones de trabajo forzado.

Los gubernamentales que a finales de octubre de 1936 copaban y vencían a las fuerzas insurrectas en el Puerto enviaban en camiones desde Pola de Somiedo a los soldados prisioneros a Gijón. Allí eran algunos recuperados para los frentes republicanos, de los que varios se volverían a pasar con los rebeldes. Otros fueron llevados a construir como cautivos una carretera en el pueblo asturiano de Manzaneda, añadidos entonces a los golpistas apresados al ser rendido el 21 de agosto de 1936 el gijonés Cuartel de Simancas, que ya la venían construyendo.

Algunos de los obligados a trabajar en aquel pueblo custodiarían más tarde a su vez a rojos recluidos en el astorgano Cuartel-Prisión de Santocildes, según tendría ocasión de constatar Manuel Rodríguez Folgueral, de 40 años, casado y padre de dos hijos (de nombres Lenin y Libertad), jornalero, socialista y concejal de Camponaraya por el Frente Popular en 1936. Así lo declara en el Sumario 215/38 en el que en febrero lo condenan por rebelión militar a 30 años de encierro y a la incautación de sus bienes por el Estado.

José Cabañas González es autor del libro Cuando se rompió el mundo. El asalto a la República en la provincia de León’. Con una ‘Primera Parte: El Golpe de julio de 2022, y la Segunda Parte: La Guerra, de junio de 2023, ambas publicadas en Ediciones del Lobo Sapiens. Esta es su página web.

Historias heterodoxas

Yo no viví aquello, pero...

Hoy me disculpo de antemano, pero voy a utilizar esta página para poner claridad en un suceso sobre el que escribí hace unos días y por el que me han acusado de mentiroso. Espero que entiendan que estoy en la obligación de defenderme, aunque de paso, como siempre, debo aprovechar para contarles algo sobre nuestra historia.

«Yo viví aquello y no fue así», escribe don Antonio Velasco, de Langreo, en las «Cartas al Director» de este diario para desmentir un hecho acaecido en nuestra desgraciada Guerra Civil que yo recogí en mi artículo «El día de la ira» y que se publicó en esta misma sección el pasado 1 de julio. Primero tengo que agradecer a don Antonio que lea estas historias semanales; es algo que hago sinceramente con quien me dedica un poco de su tiempo aunque sea para buscar defectos a lo que hago. Pero en esta ocasión no me queda más remedio que rebatir su opinión, más que nada por el tono que emplea en su crítica y ante el que no puedo quedarme callado. No creo que a estas alturas nadie pueda acusarme, como él dice, de escribir una «sarta de mentiras», «refregar nada a nadie por el focicu» o «escribir a voleo».

Lógicamente a lo largo de las más de cien historias que llevo publicadas en esta página se me ha podido escapar algún gazapo, pero nunca una mentira intencionada y mucho menos con el deseo de ofender a nadie, porque quien me conoce sabe que antepongo el respeto a cualquier otra cosa y he llegado incluso a retirar del periódico algún episodio ya entregado, atendiendo a la petición de la familia de quien me había proporcionado unos datos que ellos no querían hacer públicos.

Dicho esto, vamos a ver donde encuentra don Antonio la falsedad del capítulo que titulé «El día de la ira». No sé si recordarán el tema: se trataba del bombardeo del día 14 de agosto de 1936 sobre la estación del ferrocarril de Langreo, en Gijón, que tuvo un balance de 54 muertos y más de 100 heridos. Casi al final del texto yo citaba otros episodios especialmente sangrientos en las Cuencas, entre ellos el bombardeo del 18 de septiembre de 1936, con un balance de 20 muertos, de los cuales 16 eran presos franquistas que se encontraban en el interior de la iglesia parroquial habilitada como cárcel y que cayeron bajo el fuego provocado por sus propios compañeros.

Ésa es la referencia a la que don Antonio niega la mayor. Él estuvo allí y afirma que dicho bombardeo se produjo entre los día 16 y 17 de agosto y que además sólo ocasionó 15 o 16 heridos y que en el caso de que se hubiese producido otro en septiembre nunca habría podido ocasionar la muerte de los presos franquistas puesto que éstos ya habían sido asesinados en el pinar de Lada el 18 de agosto de 1936. Luego añade un punto que no soy capaz de entender y por lo tanto tampoco puedo refutar: «¿Sabe usted cuantos fueron los presos asesinados por franquistas, como usted dice? Nada más y nada menos que noventa y dos, ni uno más ni uno menos; luego, en el mismo lugar fueron más los asesinados».

Yo evidentemente no estuve allí y desde luego no voy a poner en duda la memoria de don Antonio, entre otras cosas porque a la hora de buscar fuentes de información (cosa que siempre hago aunque a él le parezca que escribo a voleo) doy preferencia a los testigos presenciales sobre cualquier otro documento, aunque este método de trabajo sea criticado por muchos colegas que opinan que lo escrito es inmutable y los recuerdos en cambio evolucionan con el tiempo adaptándose al pensamiento de cada uno.

En el caso de este bombardeo debo decirle que está recogido en numerosos trabajos y estudios sobre nuestra Guerra Civil y yo me he basado en ellos; ahora bien, puede ser que -como ha sucedido en otras ocasiones- todo parta de un error inicial que los investigadores se han limitado a repetir uno tras otro. Es difícil, pero no imposible, por ello he buscado en otros sitios para ver si en este caso la mentira mil veces repetida se había convertido en verdad y debo decirle que creo que no. El bombardeo de septiembre de 1936 sí se produjo y sí acabó con la vida de los presos franquistas.

Por uno de esos bucles que a veces hace la historia, he encontrado la prueba en el proceso de Genaro Arias Herrero, un nombre que seguramente conoce usted de sobra porque en su día fue ejecutado con garrote vil con la acusación de ser el culpable de la muerte de tres enfermeras de la Cruz Roja en el Puerto de Somiedo, en un desgraciado y muy divulgado capítulo de nuestra contienda fratricida. Sobre este asunto sí que han corrido ríos de tinta. Si el bando republicano tuvo en Madrid sus «trece rosas», el franquismo quiso hacer de Octavia Iglesias, Pilar Gullón y Olga P. Monteserín sus «tres rosas blancas» y para convertirlas en un símbolo de la «barbarie roja» depositó sus cuerpos en la capilla de San Juan de la Catedral de Astorga facilitando así el camino de su beatificación.

Se trataba de tres enfermeras de la Cruz Roja que fueron violadas y después fusiladas en la noche del 26 al 27 de octubre de 1936 por unas milicianas que buscaban una venganza personal, junto a otros prisioneros entre los que había varios oficiales, falangistas, el médico Luis Viñuela y el capellán Pío Fernández. Unos hechos por los que fue juzgado y ejecutado como instigador y principal protagonista Genaro Arias, al que sus hombres llamaban «el Pata», debido a que la faltaba parte del pie derecho a causa de un accidente de trabajo en su juventud y que en agosto de aquel año formaba parte del Comité de Guerra de Somiedo adonde se habían desplazado familias enteras desde la zona ocupada de León. Recientemente su participación en estos hechos ha sido cuestionada por los historiadores del grupo de investigación «Frente Norte» basándose en el testimonio de uno de los soldados del Regimiento de Infantería Burgos n.º 31 detenidos en el «copo» del puerto, llamado Isidoro Colao Merino, y que afirmó que la fecha de los asesinatos Genaro estaba en Gijón conduciendo a unos detenidos en la Comandancia Militar, pero este dato contradice las propias palabras del reo que adujo en su declaración ante el tribunal que aquel día se encontraba en Belmonte y que por lo tanto no pudo intervenir la acción de Somiedo. En fin, éste es un asunto delicado y que requiere una atención que se me escapa por lo que ni quiero ni puedo detenerme en él.

Lo que ahora me interesa es la parte del proceso en la que se cita el bombardeo de septiembre en Langreo. Genaro Arias Herrero cayó prisionero el 2 de octubre de 1937 en el frente de Lillo y fue trasladado a la prisión de San Marcos donde 15 días más tarde hizo su primera declaración ante el comandante Adolfo Fernández Nava, que actuaba como juez instructor de su causa. Genaro, que entonces tenía 35 años, era un conocido sindicalista nacido en Cistierna, con un amplio historial político por haber colaborado activamente en la Revolución de 1934 y en la reacción contra el alzamiento de 1936, y antes de que pasase una semana se enfrentaba ya en la sala de justicia del cuartel del Cid de León al Consejo de Guerra que lo condenó y en el que sólo pudo contar con la tímida defensa del alférez Bonifacio Pérez.

En su causa, rescatada por el investigador Víctor del Reguero entre los documentos del Tribunal Militar Territorial Cuarto, en El Ferrol, se registran una treintena de declaraciones. Las más duras fueron las de los hermanos Servando y Nicanor Díaz Tablón, conocidos falangistas del Nalón, que lo acusaron de ser el responsable de «todos los asesinatos, robos y detenciones que se hicieron en todo el concejo». Sin embargo, los vecinos llamados como testigos desde el valle de Laciana, incluyendo al párroco de su pueblo, se limitaron a acusarlo de saqueos y requisas, pero no de asesinatos en la zona, puesto que «los republicanos no provocaron ninguna víctima mortal en la comarca. Las diez personas que aparecen en la Causa General de la Dominación Roja como asesinadas por los republicanos fueron, en realidad, detenidos primeramente en la cárcel de Corias, de Cangas del Narcea, y posteriormente trasladados a la prisión de Sama de Langreo donde, el 19 de septiembre de 1936, una bomba lanzada por la aviación franquista los mató en sus celdas». Y aquí tiene el bombardeo, certificado por los propios «nacionales» un año después de que ocurriese. Yo, repito, no viví aquello, pero su inclusión en un proceso tan grave como el de Genaro Arias y nada menos que para exculparle de unas muertes en medio del diluvio que se le venía encima, me parece prueba irrefutable de que sí se produjo, aunque usted no lo recuerde. Puedo pensar que al tratarse de presos leoneses no le encajase con los fusilamientos que ya se habían producido en el pinar de Lada, pero en Laciana sí conocen sus nombres y la fecha y el lugar en que murieron.

 EL DOBLE ASESINATO DE GENARO ARIAS

UN HOMBRE DEL PUEBLO

Genaro Arias Herrero había nacido el 19 de septiembre de 1902 en Santa Olaja de la Varga, un pequeño pueblo perteneciente al ayuntamiento de Cistierna en León. Empleado como minero en las explotaciones de Laciana, fijará su residencia en Villaseca. Debido a un accidente perderá parte del pie derecho, razón por la cual se le conocerá con el apodo de El Pata.

Participa activamente en las protestas mineras durante el período republicano, que buscan dignificar la vida de los obreros frente a décadas de injusticia y caciquismo patronal. Se convierte en uno de los principales organizadores del Sindicato Minero de Laciana, perteneciente a la U.G.T., siendo el representante del mismo por su pueblo, Villaseca.

Durante los meses previos a la sublevación militar, Genaro Arias Herrero era el presidente de la Casa del Pueblo de Villaseca y uno de los principales líderes obreros debido a su cargo en el Sindicato Minero. En el transcurso de la revuelta minera de octubre de 1934, Genaro participó en el asalto de la mina Teófilo junto a unos mil doscientos mineros.

Una vez comenzada la guerra civil, se opuso al avance de las columnas de militares sublevados, guiando una partida de trescientos mineros hasta La Magdalena de donde tuvieron que retirarse ante la impresionante maquinaria militar franquista. Organizó, junto con otros socialistas como Alfredo Nistal Martínez, Manuel Riesco de Lama y Antonio Rodríguez Calleja, el Comité de Guerra de Villablino. Tras la ocupación en agosto de 1936 de la comarca de Laciana por parte de los militares pasó a Asturias por el concejo de Somiedo, donde creó en compañía de Moisés Álvarez Nieto el Comité de Guerra de Somiedo.Junto a ellos pasaron a Asturias familias enteras de los pueblos leoneses de las comarcas de El Bierzo, Babia y Laciana, que huían de la salvaje represión desatada por militares y falangistas.

En octubre de 1936, Genaro se incorporó como oficial ayudante del comandante José García González al Batallón n.º 242 Guerra Pardo, combatiendo en Asturias y Euskadi. Herido en el frente, pasó varios meses hospitalizado, ingresando tras su recuperación en el Batallón n.º 250 como teniente de enlace.

El 2 de octubre de 1937 en el transcurso de un ataque franquista en el frente de Lillo (León) fue hecho prisionero, siendo trasladado a la prisión de San Marcos de la capital leonesa donde, inmediatamente, se le formó consejo de guerra sumarísimo.

UN JUICIO SIN GARANTÍAS

La voluminosa causa contra Genero Arias se compone de una treintena de declaraciones, procedentes mayoritariamente de somedanos evadidos a la zona sublevada, vecinos del pueblo de Valle del Lago. La mayor parte de las declaraciones se limitan a reconocer a Genaro Arias Herrero como presidente del Comité de Guerra de Somiedo. Así, Francisco Lana Álvarez (41 años, Valle del Lago) dice que se organizaron comités integrados en su mayor parte por evadidos de la zona minera de Villablino y de estos recuerda a un tal Pata Seca, Sánchez y otros. Constantina Álvarez Álvarez (21 años, Valle del Lago) declara que sabe que se constituyó un Comité de Guerra en Pola y que lo integraban dos individuos de Villaseca uno llamado Moisés y otro El Patas. El falangista Servando Díaz Tablón (26 años Valle del Lago) va más lejos y asegura que Genaro es el responsable de todos los asesinatos, robos y detenciones que se hicieron en todo el concejo, mientras que su hermano, también falangista, Nicanor Díaz Tablón (31 años, Valle del Lago), repite la misma acusación afirmando que de todos los crímenes y atropellos que hubo en Somiedo es el inculpado el responsable y lo tienen por un elemento muy peligroso y de ideas avanzadas.

Las declaraciones de los vecinos de los pueblos de Laciana incluidas en el sumario hablan de saqueos y requisas. No hay acusaciones de asesinato puesto que los republicanos no provocaron ninguna víctima mortal en la comarca. Las diez personas que aparecen en la Causa General de la Dominación Roja como asesinadas por los republicanos fueron, en realidad, detenidos primeramente en la cárcel de Corias, de Cangas del Narcea, y posteriormente trasladados a la prisión de Sama de Langreo donde, el 19 de septiembre de 1936, una bomba lanzada por la aviación franquista los mató en sus celdas. Entre los nombres de milicianos que aparecen vinculados a estas detenciones ni una sola vez aparece el de Genaro Arias, lo que no impidió que, por ejemplo, Manuel García González (79 años, Vega de Viejos) manifestara que era una de las personas peores que han pasado por estas zonas.

Varios testimonios, llenos de contradicciones, señalan la presencia de Genaro Arias en el lugar de ejecución de los prisioneros del copo del Puerto de Somiedo. El que más tarde sería jefe de la Falange de Somiedo, Elías Sierra Álvarez (31 años, Urria), afirmó en su declaración que fusilaron a las enfermeras (?) y dicho inculpado presenció tales ejecuciones desde la carretera concluyendo que es un individuo muy peligroso para la Causa Nacional. Por su parte, José Antonio Díaz Álvarez (43 años, Valle del Lago) declaró que oyó decir a los milicianos que El Pata en unión de los del comité presenciaron, desde la carretera, el asesinato de las enfermeras y de otros dos para terminar lapidariamente asegurando que ha cometido infinidad de atropellos que es imposible recordar. Eloy Álvarez Álvarez (43 años, Valle del Lago) manifiesta que cuando sacaban a los prisioneros para fusilarlos, vio al inculpado que iba acompañándolos montado a caballo en unión de un tal Sánchez.

Sin embargo, mientras estos testigos afirman que Genaro Arias estaba presente en Pola de Somiedo el día de los asesinatos, otra declaración incluida en el mismo sumario lo desmiente. Se trata de Isidoro Colado Merino (23 años, León), uno de los soldados del Regimiento de Infantería Burgos n. 31 detenidos en el copo del Puerto, quien declara que Genaro fue uno de los jefes que llevó a todos los soldados detenidos a Gijón y que fue el que los presentó en la Comandancia Militar. El traslado de los prisioneros se llevó a cabo antes del fusilamiento de las tres astorganas por lo que si Genaro estaba en Gijón no podía estar al mismo tiempo en Pola de Somiedo.

Un ejemplo de la inconsistencia del proceso judicial y de la falta de garantías para el acusado lo constituye la declaración de Antonio Marrón Ordás (33 años, El Coto) quien tras manifestar que ignora si estaba presente el inculpado cuando el asesinato de las enfermeras y prisioneros cogidos en el puerto de Somiedo y no sabe si pudo dar la orden para estos asesinatos concluye afirmando que no le extrañaría pues era uno de los peores de todo el Comité (?) teniéndolo por un individuo muy peligroso. El que así habla se hizo falangista tras evadirse a León en abril de 1937 y, al concluir la guerra en Asturias, regresó a Somiedo participando activamente en la represión de sus vecinos. Diversos testimonios señalan a Antonio Marrón como uno de los principales represores en el concejo de Somiedo y en multitud de consejos de guerra su declaración fue determinante para fusilar al detenido. Años después unos desconocidos le propinaron en el monte una brutal paliza a consecuencia de la cual falleció pocos días más tarde.

Ante tal cúmulo de acusaciones de nada sirvió la declaración del único sacerdote interrogado en el consejo de guerra de Genaro Arias Herrero. José Gutiérrez Fernández (47 años, Villaseca), cura párroco del mismo pueblo que el acusado, se atrevió a declarar que era una persona de orden y que no sabe ni ha oído nunca que haya cometido ningún delito ni falta que esté penada por la ley. Sin embargo, el tribunal prefirió escuchar a Melquiades Ocaña Carballo (45 años, Sahagún), brigada de la guardia civil que, sin acusar de nada en concreto a Genaro, manifestó que considero al inculpado como persona incompatible con la nueva España que se está forjando. Un eufemismo para pedir el asesinato de un hombre.

EL SALVAJE ASESINATO

El diecisiete de octubre de 1937 en la prisión de León Genaro Arias Herrero compareció ante el juez instructor, el comandante Adolfo Fernández Nava, que le leyó el auto de procesamiento y le interrogó de acuerdo al mismo. Genaro reconoció formar parte de los distintos comités obreros que se formaron en Laciana y Somiedo pero, con respecto al asesinato de los prisioneros del Puerto, aseguró que se encontraba en Belmonte y por tanto no pudo intervenir en lo que se le acusa. 

Cinco días después, el 22 de octubre de 1937, se celebró en la sala de justicia del cuartel del Cid de León el consejo de guerra contra Genaro Arias Herrero. El fiscal, Faustino Díez, oficial del cuerpo jurídico, solicitó al tribunal que en méritos a la perversidad del encausado se le aplique la pena de muerte en garrote vil. La defensa, representada por el alférez de infantería Bonifacio Pérez Velasco, manifestó que seguramente el procesado es un anormal cuya inteligencia pobrísima envenenaron con sus doctrinas y predicaciones otras personas, solicitando del Consejo que tenga en cuenta este hecho seguramente indudable de la total anormalidad mental del procesado para dictar un fallo justo. Estas declaraciones del abogado defensor, militar sublevado como el resto de los componentes del tribunal, constituyen una terrible prueba de la perversidad de la justicia militar franquista y de la indefensión de los acusados que, si nada podían hacer para evitar su asesinato, al menos tenían derecho a ser tratados como seres humanos.

Genaro Arias Herrero, en el juicio, insistió en que no fue comandante de Somiedo y que en la época de los asesinatos no estaba él en el pueblo. El tribunal, presidido por el teniente coronel Ángel González Vázquez y actuando como vocales el capitán de infantería retirado Enrique Fucios Codesino, los capitanes de infantería José del Arco García y Juan Carnicero Méndez, el capitán de artillería Severino París y el capitán de la guardia civil Miguel Moset y Sánchez Carpio, se retira brevemente a deliberar. Pero la sentencia ya estaba decidida de antemano: pena de muerte. Además el tribunal, recogiendo la sugerencia del fiscal, ordena que se recabe la correspondiente autorización del Jefe del Estado para ejecutar a Genaro mediante garrote. Dos días después, el general Franco da el visto bueno y es solicitado un verdugo a la Audiencia Territorial de Valladolid por no haber ejecutor de justicia en esta provincia, el cual viajará a León en tren esa misma noche.

A las dieciocho horas del día 25 de octubre de 1937 Genaro Arias Herrero será asesinado mediante garrote en el patio de la prisión provincial de León. En el registro civil su defunción será inscrita como provocada por inhibición cardiaca, sin ninguna referencia al método empleado para asesinarlo.

Genaro Arias Herrero dejó un hijo de corta edad, Trinidad Arias Tejerina, que jamás pudo superar la infamia con la que siempre se trató la memoria de su padre. Su viuda, Nieves Tejerina Alaez, nonagenaria de mente lúcida, recuerda tristemente como durante décadas los falangistas le hicieron la vida imposible.

El Adelanto, 17 de febrero de 1937

TRES ENFERMERAS ASESINADAS POR LOS MARXISTAS

El 27 de Octubre último fueron fusiladas por los comunistas en Pola de Somiedo, las enfermeras de la Cruz Roja, señoritas Pilar Guillón, Olga Monteserín y Octavia Iglesias.

El asesinato de estas tres enfermeras, una prueba entre las múltiples que ofrece el vandalismo soviético, ha sida comprobado por la Cruz Roja Internacional.

Proa, 19 de febrero de 1937

El salvajismo marxista

Tres enfermeras de la Cruz Roja, un comandante, varios oficiales, soldados y un médico leonés, asesinados

¡Arriba España! grito de héroes y plegaria elevada al Cielo por los mártires

La noticia de aquella tarde de octubre, que corrió como reguero de pólvora por toda nuestra ciudad, de que las hordas rojas se habían llevado de Somiedo a las damas enfermeras de la Cruz Roja, señoritas Octavia Iglesias Blanco, Olga P. Monteserín Núñez y Pilar Gullón Iturriaga, al comandante Berrocal, a varios oficiales y soldados y al joven médico don Luis Viñuela Herrero, ha tenido la confirmación de haber sido asesinados algunos de ellos.

Ante esta cruel y triste noticia, el periodista siempre en actividad constante de inquirir informaciones y palabras para calmar la sed de saber del público, ha encontrado en su camino profesional, dos jóvenes, que nuestra discreción nos veda de dar su nombre y que en aquellos días, permanecían veraneando en Pola de Somiedo.

Dos días hace que llegaron a León. Al igual que todos, las fatigas y contingencias que tuvieron que pasar por encontrarse en zona no liberada es de un gran historial.

Hoy, ya, respiran el oxígeno de la tranquilidad y de la calma, dando al periodista interesantísimos detalles de los asesinatos de aquellos hidalgos militares y aquellas bienhechoras señoritas de la Cruz Roja.

Encontrábanse estos jóvenes como queda dicho, en Pola de Somiedo. Una mañana imborrable de sus mentes vieron pasar una caravana con la Bandera Nacional y cantando la Internacional (que contraste). En dicha caravana iban todos los anteriormente indicados, una de las damas enfermeras herida en un ojo. (¡Tener que verlo y no poder hacer nada por aquellos valerosos militares y por aquellas bellísimas y angelicales damas astorganas, llenas de amor Patrio y resplandecientes de aureolas bien hechoras!) 

En la plaza del pueblo y con asistencia de mucha gente, fueron llevados a cabo los asesinatos. Se hacía difícil creer los que vimos, que fueran prisioneros, toda vez que mostraban la mayor tranquilidad.

El comandante y otros, una vez fusilados, fueron quemados, acaso con satánico deleite, mientras a las restantes víctimas, el pueblo se encargó de enterrarlos.

Uno de los soldados, al decirle antes de ser fusilado, si le habían obligado a coger las armas, contestó que las había tomado por su propia voluntad y con toda su alma y gustosísimo para la salvación de la Patria, y que si le habían cogido prisionero era porque no le quedaba en el cargador ni un solo cartucho.

La valentía y entereza del soldado patentizó el gran espíritu de este gran movimiento que está salvando a España.

Al comandante le mató una chica de 15 años, diciendo antes de ejecutarle que ella estaba casada con un buen mozo, que había perdido, y por esto tenía la satisfacción de matar a otro buen mozo.

Sus muertes fueron todo un horror en medio de esa efervescencia roja.

Hubo miliciano que con orgullo y rabia se dejaba decir el propósito insano de bajos apetitos que a él y a otros muchos animaba ante aquellas santas mujeres, pero sin poderlo conseguir. Sólo después de muertas, les hubiera sido posible lograr esa profanación de la carne purísima de aquellas caritativas mujeres.

Todos murieron gritando ¡Arriba España!

Por España, así tenía que ser, gritando ¡Arriba España! Por la España que dieron su sangre, por la España que supieron honrar con la riqueza de sus preciosas vidas.

La figura de Luis Viñuela

Luis Viñuela era ante todo católico y patriota; pertenecía a la Adoración Nocturna y Juventud Católica. Antes del movimiento se ofreció a quienes habían de tener por misión salvar a la Patria.

Era soñador y amaba todo lo que significaba espíritu y por eso tenía un gran cariño a la música, formando parte de la  . Rondalla León fundada por Antiguos Alumnos de los Agustinos.

Se educó en el Colegio de los Padres Agustinos, donde inicio su vida de virtud.

En junio último terminó la carrera de Medicina que ejerció, con altruismo de Apóstol, llegando en su altruismo a ofrendarla. 

Grande es el dolor que embarga a la ciudad de Astorga, como asimismo a León.

Proa se conduele y da el pésame a las distinguidas familias de estos inolvidables nombres: Octavia Iglesias, Olga P. Monteserín Núñez, Pilar Gullón Iturriaga y Luis Viñuela Herrero.

Por Dios y por la Patria dieron su sangre. Por Dios y por la Patria y por llevar a nuestros soldados la más humana caridad y la más divina ternura de sus almas. 

J. CANTALAPIEDRA BARÉS

EL DÍA DE PALENCIA, 13 de marzo de 1937

Mártires del ideal

Tres damas enfermeras de la Cruz Roja asesinadas por los marxistas

La comunicación oficial ha llegado a confirmar el rumor insistente. Pola de Somiedo, de Asturias la roja, fue testigo una noche del miserable asesinato.

Las hordas marxistas al dictado de Moscú, no quisieron detenerse un momento a reflexionar, no quisieron meditar, no sintieron la vibración de la sensibilidad de sus almas. Y es que, en todas ellas, se alberga un monstruo de iniquidad y salvajismo, en que no cabe un ápice de comprensión ni de misericordia.

Todas las almas de las mujeres españolas están enlutadas y rebosan de indignación ante el horrible crimen cometido. No puede ser ni más vil, ni más horrendo. La zarpa marxista se ha ensañado, ha descargado su barbarie ¡en unas enfermeras de. la Cruz Roja!

Octavia, Olga y Pilar, dulces y sentimentales, bellas como un amanecer, sintieron en sus almas el fervor patriótico. No se contentaron con la labor que realizaban en su pueblo confeccionando prendas para el Ejército y Milicias —Octavia y Pilar eran entusiastas japistas de la J. A. P. de Astorga— sino que quisieron, a toda costa, prestar al glorioso movimiento una labor más positiva en los frentes de combate, como ellas decían. Y allá se fueron; a cerrar heridas, a contemplar miserias del cuerpo, a mitigar dolores y a prestar siempre a los soldados heridos o caídos en el campo de batalla, sus sonrisas dulces, su palabra de amor y de consuelo, sus oraciones saturadas de un deseo de ansiosa redención.

En el cumplimiento de su santa y patriótica misión, encontraron la muerte la muerte, que es la Gloria cuando se va a Dios y por la Patria a vencer o morir.

¡Octavia, Olga y Pilar! Habéis muerto. Calladamente; pero heroicamente. Con una sonrisa franca y alegre en vuestras almas blancas como la nieve.

Con un rictus de compasión en vuestros labios, para los asesinos. Como mueren los héroes.

Lo sabemos, Al expirar, vuestros ojos se han abierto dulcemente y han mirado muy arriba, más allá de las nubes: Y vuestros labios, silenciosamente, han musitado una oración vehemente: ¡Por la Patria y por Dios!

¡Han muerto tres mujeres españolas! ¡Señor, Dios Omnipotente, da el descanso eterno a las almas de las que creyendo en Ti y luchando por la Patria han caído en el campo del Honor! 

¡Octavia Iglesias Blanco! 

¡Olga P. Monteserín Núñez!

¡María del Pilar Gullón Iturriaga! 

¡Presente y adelante!

¡Viva siempre España! 

(De “El Faro de Vigo”.)

Amanecer, 6 de mayo de 1937

Cruz Roja Española

La canalla marxista, carente de respeto a toda ley, asesinó en Astorga a las damas enfermeras de la Cruz Roja señoritas Octavia Iglesias, Pilar Gullón y Olga Monteserín.

Para honrar su memoria y perpetuar el recuerdo de su glorioso sacrificio, la Asamblea Suprema ha invitado a todas las provinciales y locales para que se adhieran al sencillo homenaje que se celebrará en el día de hoy en Astorga, descubriendo una lápida conmemorativa.

De Zaragoza marcharon ayer, acompañadas por el secretario, doctor Seral, las damas enfermeras señoritas Pilar Ponte y Pilar Íñigo, representando a la Cruz Roja Aragonesa.

Mañara, día 7. a las nueve de la mañana, se celebrará en nuestro Hospital una misa de difuntos rezada y una comunión, que nuestras enfermeras, asociadas y asociados que se dignen asistir aplicarán en sufragio de las abnegadas damas, que dieron su vida a través de la benéfica Institución de la Cruz Roja, que por ser española es cristianísima.

Proa, 23 de octubre de 1937

Consejo de Guerra contra una fiera humana 

En el Cuartel del Cid se reunió ayer el Consejo de Guerra, que en procedimiento sumarísimo vio y falló la causa instruida contra el vecino de Villaseca Genaro Arias Herrero (a) "El Patas", que estaba acusado de tales cosas y eran éstas de tal magnitud, que nos resistimos a trasladarlas a las cuartillas.

Ello, no obstante, diremos que el Fiscal, representado por el alférez del Cuerpo jurídico D. Faustino Díaz, en elocuente informe, pidió para el procesado la última pena, porque entre otra multitud de cosas, estaba acusado de haber dado muerte personalmente a las tres heroicas enfermeras que fueron hechas prisioneras por los rojos en el Puerto de Somiedo, ajeno completamente a su condición de mujeres y a la benemérita labor que realizaban.

Asesinatos que ya con anterioridad había cometido igualmente en las personas del Cura y del Juez Municipal de Pola de Somiedo, así como en otros señores que no habían cometido más delito que no pensar como él. También había dirigido el secuestro e internamiento en la zona roja de las señoras de los guardias civiles de los puestos de Villaseca, Caboalles y Villablino, realizando además otras ferocidades que los propios testigos sumariales se resistían a repetir.

Se presentó últimamente en nuestras filas como evadido del campo rojo con nombre supuesto, y cuando iba a ser puesto en libertad, en la oficina de San Marcos fue reconocido por alguien que conocía sus crímenes y le denunció, acabando por reconocer sus crímenes que dice le ordenaron Nistal y el ex capitán Calleja.

El magnífico informe del Sr. Díaz fue escuchado con callada emoción por el público que llenaba la Sala de Justicia, principalmente en el pasaje referente a las distinguidas enfermeras astorganas que murieron invocando a Dios y a España.

El defensor del procesado, alférez Sr. Velasco, sostuvo la anormalidad mental de su representado y pidió una pena más benigna.

El Consejo fue presidido por el Teniente Coronel de infantería y Delegado de Orden Público Sr. González Vázquez, actuando de Ponente el Capitán del Cuerpo Jurídico Militar Sr. Junquera.

La sentencia recaída fue elevada a la Superioridad para su aprobación.

HOY, 27 de octubre de 1937

Ayer quedó cumplida la sentencia contra un feroz cabecilla rojo

Entre los bárbaros y múltiples asesinatos realizados por su propia mano, figuran el del cura y el juez de Pola de Somiedo

Besó el Crucifijo y contrajo matrimonio canónico con la mujer con quien vivía, pidiendo fueran bautizados sus hijos

LEÓN, 26. — Ayer quedó cumplida la sentencia contra Genaro Arias Herrero, alias “El Patas", feroz cabecilla rojo de Villaseca, pueblo de la provincia de León.

Sus monstruosos crímenes realizados en la zona de Somiedo son tantos, que algunos testigos se resistían a referir ante el Consejo sumarísimo, que con todas las garantías ha juzgado al criminal, detalles de las salvajadas cometidas por el mismo. Entre otros crímenes realizados por él hay el asesinato por su propia mano del cura y del juez de Pola de Somiedo, así como de otras personas que no pensaban como él. También dirigió el asesinato de tres enfermeras de la Cruz Roja, distinguidas señoritas de Astorga, hechas prisioneras por los rojos en Somiedo, a las que entregó a la lujuria de los milicianos horas antes de ser asesinadas. También en los primeros días del movimiento dirigió el secuestro de las esposas de los guardias civiles de los puestos de Villaseca, Villablino y Caboalles.

Todas estas circunstancias movieron al Tribunal, que concedió al monstruo todas las garantías y todos los recursos que la ley dicta a condenarle a garrote vil.

“El Patas", que viendo perdida la causa de los rojos se presentó a las autoridades de León como si fuese un pobre evadido de la zona roja, engaño que le dio buen resultado, pues logró salir de la prisión preventiva hasta que más tarde fue conocido por varios falangistas y detenido nuevamente, no quiso recibir los Sacramentos, pero besó el Crucifijo y contrajo matrimonio canónico con la mujer con quien vivía maritalmente, dirigiendo de su puño y letra una carta al párroco de Villablino pidiendo fueran bautizados sus hijos menores de cuatro años de edad.

El adelantado, 14 de diciembre de 1937 

La heroicidad de las enfermeras

Por el MARQUÉS DE VALDEIGLESIAS

El «Tebib Arrumi», uno de nuestros mejores cronistas de la campaña, refiere en vibrante artículo la heroicidad de dos señoritas enfermeras: María Luisa e Isabel Larios, de la familia de los Villavicencio, que en el frente de Brunete permanecieron junto a las camas de los heridos, sin temor al enemigo que las rodeaba. 

Hechas prisioneras, fueron paseadas por Madrid, retratadas entre los rojos, y debido a una intervención extranjera, salvaron sus vidas al fin. 

En justísima recompensa a aquel acto, el Generalísimo acaba de otorgarles la Cruz del Mérito Militar, la Cruz de los valientes, ya que tan valerosas se supieron mostrar en aquella ocasión. Esta distinguida familia de los marqueses de Marzales (de los Larios de Gibraltar, como familiarmente se la denomina, a fin de distinguirla de los Larios de Málaga y de Madrid), había rendido ya su holocausto a la revolución. Una Larios, hermana suya, casada con un Domecq, de la conocida familia jerezana; mientras oía un discurso de José Antonio en un teatro de Cádiz, en los primeros años de la República, recibió un tiro de perdigón en la cara que un bárbaro marxista disparó al azar sobre la sala, y ha quedado ciega para siempre. Thalia está casada con un Arión, e Irene es esposa de un noble caballero italiano, Con este recuerdo, nos asociamos de corazón al justo homenaje que pide el «Tebib Arrumi» para las aristocráticas enfermeras. 

Pero aquel acto y la recompensa traen a muestra memoria los nombres de otras enfermeras de Astorga, no menos valerosas, si bien menos afortunadas, que tampoco quisieron abandonar a sus heridos al aproximarse las turbas marxistas a la población, y a las que la Cruz Roja acaba de consagrar en estos días un homenaje, repartiendo entre todas sus compañeras el «Recordatorio» en que aparece la fecha de su muerte, seguida de una oración.

En una noche de Octubre del año anterior, los mineros de Asturias; tras una emboscada, asaltaron el hospital de Pola de Somiedo, en la provincia de León, llevándose entre otros prisioneros a las tres señoritas de Astorga, que no habían vacilado en acudir a aquel hospital, a pesar del peligro que ofrecía, por estar en primera línea, ante el deseo de prestar sus servicios a los heridos que más los pudieran necesitar. Eran estas señoritas Pilar Gullón, Octavia Iglesias y Olga P. Monteserín.

Pudieron salvarse, como hicieron otras personas del pueblo, huyendo ante la proximidad de los rojos. Eran enfermeras de la Cruz Roja, estaban al cuidado de los heridos, no debían abandonarlos. Y serenas, abnegadas, no los abandonaron y fueron sorprendidas por los marxistas, como decimos, junto a las camas del hospital.

En un principio consiguieron verse respetadas por aquellos hombres de pasiones rudas, los cuales se disponían ya a dejarlas en libertad, sin duda ante la influencia que en ellos ejerciera su juventud, su belleza, el servicio humanitario en que fueron sorprendidas, también ante la defensa, magnífica que hicieron de su honor, cuando surgió entre los milicianos otra mujer, una librepensadora llamada la «Veneranda», una fiera sumida en el vicio, la cual, envidiosa tal vez de la fortaleza y virtud cristianas demostradas por las señoritas leonesas, consiguió convencer a los milicianos, ya con razones de su especial ideología, ya con insultos, a fin de que fuesen fusiladas. Hubo necesidad de recabar para eso el permiso de un cabecilla. El cabecilla que dispuso la ejecución acaba de confesar este crimen, entre otros muchos, ante el Consejo de Guerra que le ha juzgado en Asturias. Y se las fusiló, cumpliendo los mandatos de aquellos monstruos.

Cayeron estas magníficas enfermeras como caen las heroínas, como caen las mártires, levantados al cielo los ojos, murmurando juntas la misma oración y gritando al morir: ¡Viva España! ¡Viva Cristo Rey!

Varias personas que habían permanecido en Pola de Somiedo y presenciaron el asesinato, contaron luego los detalles de esta muerte heroica.

Eran jóvenes, bellas, distinguidas.

El apellido Gullón, que llevaba una de ellas, va unido en Astorga al de ilustres personalidades que durante muchos años se han venido ocupando del engrandecimiento de la ciudad. Pilar Gullón, con su muerte, enalteció más su apellido. Las otras dos supieron honrar también los suyos. 

En Astorga se rindió a esas heroínas el homenaje posible, celebrando un solemne funeral. El Ayuntamiento levantó la sesión en señal de duelo. Otras entidades mandaron su adhesión.

Astorga hará que se escriban los nombres de Pilar Gullón, de Octavia Iglesias y de Olga P. Monteserín en una lápida. La Cruz Roja Española las inscribirá en la lista de sus heroínas. Las señalará además como ejemplo, al grupo de jóvenes enfermeras que al recibir sus títulos en la Institución, prometen sobre la cruz roja de su emblema cumplir siempre con su deber...

(De «El Diario Vasco».)










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