El Grupo Godó está controlado en su totalidad por la familia Godó. En julio de 2025 Javier Godó cedió el cargo de presidente ejecutivo a su hijo Carlos Godó Valls, representante de la quinta generación familiar, mientras que Javier Godó continúa como editor del grupo.
El grupo Godó edita los periódicos La Vanguardia y el Mundo Deportivo, y las revistas MAGAZINE e HISTORIA Y VIDA. También es propietario de las emisoras RAC 1 y RAC105.
Godó Strategies es su división de servicios de marketing y publicidad.
En 2002 los diarios Clarín, de Buenos Aires, La Vanguardia, de Barcelona, y La Stampa, de Turín, firmaron en Barcelona un acuerdo de colaboración editorial.
Desde marzo de 2018 John Carlin escribe una columna semanal para La Vanguardia y Clarín. Anteriormente, el 11 de octubre de 2017, fue despedido de EL PAIS por escribir un artículo en The Times titulado Catalan independence: arrogance of Madrid explains this chaos.
Los catalanes ya han llegado a su límite de aguante tras tres siglos de agravios, pero la intransigencia del gobierno español es, en última instancia, la culpable de la crisis actual.
Poco antes de que el rey de España se dirigiera a la nación esta semana, algunos de sus súbditos más racionales esperaban que, tal vez, pudiera elevarse por encima de la mezquindad de la clase política de Madrid. Pensaban que podía ofrecer una visión generosa de cómo resolver la crisis causada ante el creciente clamor por la independencia catalana. No hubo suerte. Al final de su discurso de seis minutos, Felipe VI sólo había empeorado las cosas.
Rígido en su porte, con frialdad en su tono, no construyó puentes, cavó trincheras. No lamentó la violencia policial durante la celebración del pasado domingo de un referéndum en Cataluña, tan perjudicial también para la imagen exterior de su país; denunció la "irresponsabilidad" y el "desprecio" del gobierno catalán elegido por los catalanes y amenazó con más violencia. La "responsabilidad de los poderes legítimos del Estado", advirtió el rey, es la de "garantizar el orden constitucional", forma codificada de decir que si el gobierno catalán cumple su promesa de declarar la independencia unilateral, se enviarán los tanques.
Hablando en nombre no de la nación, sino del gobierno central, se limitó a imitar cómo el ministro Mariano Rajoy ha actuado durante estos últimos cinco años: abdicó de su responsabilidad y, ajeno a lo que estaba haciendo, abdicó también como soberano en los corazones de los cada vez más amargados 7.5 millones de catalanes, el 80% de las cuales están a favor del derecho al voto sobre la independencia.
Antes del domingo, varias encuestas indicaban que el voto secesionista en Cataluña se situaba entre el 40 y el 50 por ciento. No cabe duda de que esos números han aumentado desde entonces. Como dijo un amigo británico que conoce bien la política española, minutos después del discurso del rey, "aumentó en otros diez puntos el número de los independentistas ". Así es, agregándose a los diez o más que se habían sumado después de los apaleamientos de la policía del domingo pasado.
Tengo un interés más que académico en este despliegue lento hacia el desastre. Mi madre es española, de Madrid. Viví 15 años en Cataluña hasta que me mudé a Londres, hace cuatro años, pero siempre he querido regresar y solicitar un pasaporte español después del referéndum sobre el Brexit. Me encanta España, así que estoy contra la independencia catalana, pero nunca he amado la política española, especialmente la peligrosa cepa autoritaria representada por la gente en el poder hoy y compartida por gran parte de la clase política madrileña. Nunca he olvidado una conversación que tuve hace 15 años con un hombre que sigue siendo un pilar de ese régimen. "No soporto a los catalanes", exclamó. "Siempre quieren hacer un trato. ¡No tienen principios, por Dios! ¡No hay principios!"
Es el aferramiento de Madrid a sus sagrados principios lo que nos ha llevado al peligroso desorden de hoy. También explica lo que, para la mente anglosajona, parece ser la inexplicable negativa del gobierno de Rajoy a tratar de resolver el problema a través de la mediación internacional o el diálogo de cualquier tipo. "Principios" en el contexto catalán significa la Constitución española, que no permite un referéndum sobre la soberanía de Cataluña. Uno podría pensar que una Constitución, siendo un documento humano, necesariamente falible, estaría abierta al cambio a medida que las circunstancias cambiasen. No en la cuestión catalana; no para Rajoy.
Miguel de Unamuno, célebre escritor español del siglo pasado, lamentó lo que veía como un espíritu político nacional contaminado "por los cuarteles y la sacristía". Mi opinión ha sido desde hace mucho tiempo que el hábito de pensamiento intransigente exhibido por la clase política de España es la herencia de 500 años de absolutismo católico. El catolicismo español era, para la cristiandad en general, lo que el Islam saudí es para el mundo musulmán de hoy: el más resistente a la influencia filosófica, política, cultural o científica exteriores. No creo que sea un accidente que no haya traducción en español, o en árabe, de la palabra inglesa "compromise". El concepto de "cedo un poco y tú cedes un poco para que ambos acabemos ganando" es ajeno a la mente política española.
Es por eso que el imperio español perdió Cuba en 1898, y antes California y el resto de lo que ahora es el oeste de los Estados Unidos. Es la razón principal por la que, sobre la cuestión catalana, el gobierno de centro-derecha del Partido Popular de Rajoy y la clase política madrileña han logrado lo contrario de lo que pretenden: en lugar de trabajar para preservar la unidad de España, alientan al pueblo catalán y echan combustible al camino hacia la independencia.
En pocas palabras, son políticos de tercera categoría. La primera regla para la resolución inteligente de una disputa como la del problema catalán es conocer a tu enemigo: ponerse en sus zapatos, tratar de entender por qué piensan de la manera que lo hacen y, luego, tratar de persuadirlos de que se acerquen a tu punto de vista, o al menos para encontrarte en medio del camino. En La lucha por Cataluña, un nuevo libro del corresponsal del New York Times en España, Raphael Minder, acaba con la siguiente nota: los pueblos de España no se unirán, escribe Minder, mientras la clase política de Madrid no haga ningún esfuerzo por "comprender los sentimientos expresados por cientos de miles de personas en las calles de Barcelona".
Los sentimientos nacionalistas catalanes se remontan al menos a 300 años atrás. El 11 de septiembre de 1714, al final de la guerra de sucesión española, Barcelona cayó tras un largo asedio ante el ejército de Felipe V, el primer rey Borbón de España. Su homónimo actual podría haber tenido un poco más de tacto en su discurso esta semana, y hubiera podido recordar que esta gloriosa derrota, el Dunkerque catalán, marca hoy la fecha de la fiesta nacional anual de Cataluña. Se trata de una conmemoración del heroísmo suicida de los defensores de la ciudad, pero también un recordatorio de la opresión que sufrieron bajo Felipe V, un gobernante absoluto que demolió una quinta parte de la ciudad, cerró el parlamento catalán y las universidades y prohibió al catalán en la administración.
Otro gobernante absoluto de memoria más reciente, Francisco Franco, avivó las llamas del agravio nacionalista llevando a cabo medidas asombrosamente similares después de que asumiera el poder por la fuerza en 1939, después de la victoria de sus fuerzas fascistas en la guerra civil española. Además de las ejecuciones por fusilamiento de los principales políticos catalanes y de otros tantos miles de personas, también suprimió el lenguaje local, principal emblema de la identidad catalana. Bajo el gobierno de Franco, los padres no podían dar a sus hijos nombres catalanes como Jordi o Josep. El generalísimo optó por considerar al catalán como un dialecto, algo tan insultante como erróneo: el catalán es un idioma, tanto como el español, el francés y el italiano.
Una herencia de la era franquista que sigue agitando la olla nacionalista es el desdén por el catalán entre otros españoles. Se acompaña de una aversión por los catalanes en general, que muchos optan por considerar como estirados y creídos, cuando la verdad es, creo, que son simplemente tímidos. Pero el nacionalismo es un sentimiento, un resentimiento a fuego lento hacia un vecino percibido como abusador. El nacionalismo no es un plan. La independencia sí lo es. Lo que vemos hoy es cómo uno ha evolucionado hacia el otro y en una escala nunca antes vista. Muchos de los que en otro tiempo eran simplemente nacionalistas de corazón, plenos de sentimientos, son ahora militantes activos por la independencia.
Los años 2006, 2010 y 2012 marcan la progresión. En 2006, el voto pro-independencia representaba apenas el 15% de la población. Una decisión tomada ese año dio esperanzas de que la cifra se redujera: no sólo el Parlamento catalán de Barcelona, sino el parlamento nacional de Madrid, votaron a favor de un nuevo estatuto que definía a Cataluña como nación y le otorgaba mayor autonomía de la que había disfrutado desde la muerte de Franco en 1975. Esto incluía el dotar a Cataluña de un mayor grado de independencia judicial.
Los retrasos en la aplicación del estatuto dieron tiempo para una reacción nacionalista española. En 2010, el Partido Popular de Rajoy, entonces en oposición, sucumbió a la tentación que provocó la explosión del independentismo catalán y que ha llevado a la crisis actual: buscar votos en el resto de España, haciendo campaña contra el estatuto catalán, llevándolo al notoriamente politizado Tribunal Constitucional, donde fue anulado. La ley derrotó a la política, lo que fue el precedente que sigue obstaculizando una solución del problema hoy.
En 2012, lo que entonces era el gobierno de centro-derecha catalán, sin embargo trató de encontrar un acercamiento a Rajoy, que se había convertido en primer ministro el año anterior. Buscó la negociación para tratar de obtener concesiones fiscales en la línea de las concedidas al País Vasco, cuyo gobierno tiene una autoridad mucho mayor sobre la recaudación y distribución del dinero de los impuestos. Pero Rajoy los rechazó. Si se suma la crisis económica y el alto desempleo a la indignación de los catalanes comunes por el trato despectivos que sentían que habían recibido, el resultado fue la mayor protesta que nadie en Cataluña podría recordar. En la fiesta nacional del 11 de septiembre, un millón de personas salieron a las calles de Barcelona.
Lo que pidieron fue entonces un referéndum de independencia legalmente vinculante, y la esperanza creció después de que el gobierno británico accediera precisamente a tal cosa en Escocia, en 2014. Pero el gobierno de Rajoy no se movió. La ley era la ley. El pragmatismo era para él una palabra griega ininteligible. Era como si se apropiara del consejo que Franco le había dado una vez al editor de un periódico afín: "Haz como yo, no te involucres en política".
Pero los catalanes estaban, al contrario, haciendo mucha política, y en 2015 una coalición pro-independencia, encabezada por Carles Puigdemont, llegó al poder por un delgado margen en el parlamento catalán. Con lo cual la retórica de ambos lados se puso más enconada, y el clima político más hostil.
El gobierno de Rajoy y sus partidarios en los medios de comunicación han retratado al "pelo de fregona" Puigdemont y a sus camaradas radicales como irresponsables e infantiles, pero ha sido difícil evitar la conclusión de que, de ser así, los políticos supuestamente adultos en Madrid han descendido al mismo nivel. El ministro de Educación echó más leña al fuego indicando su intención del gobierno de "españolizar" a los niños catalanes; el ministro de Relaciones Exteriores hizo lo mismo cuando acusó al gobierno catalán de "levantamiento" y "golpe de Estado". Felipe González, ex primer ministro socialista, los superó a ambos en un artículo en El País en el que comparó el movimiento de independencia con "la aventura alemana o italiana" de los años treinta.
Las cosas podrían haber sido muy diferentes, tan fáciles, empezando por que el Partido Popular hubiera reprimido el impulso vengativo que lo llevó a anular el estatuto de autonomía a través de los tribunales. Incluso si no hubiera sido así, las protestas callejeras masivas dos años más tarde dieron otra oportunidad. Si Rajoy tuviera un algo de estadista, podría haber ido a Barcelona, discutido conciliadoramente y ofrecido diálogo al gobierno catalán, menos militante y más flexible, que entonces estaba en el poder. Los aplausos habrían resonado alrededor del pasillo y los radicales de Puigdemont probablemente habrían también aplaudido.
El peligroso enfrentamiento actual entre los fanáticos españoles y los románticos catalanes nunca habría ocurrido si, junto con el cambio en el fondo de la actitud, el resultado de las conversaciones hubiera sido la concesión de un referéndum vinculante como el que Escocia realizara hace tres años. Los catalanes dicen de sí mismos que dos emociones compiten en sus corazones, seny y rauxa : el sentido común y la pasión furiosa. Son, por tradición. mediterránea una antigua nación que negocia. Cuando no están enojados, como ahora, son las personas más prácticas de la tierra. Un referéndum celebrado hace un par de años habría producido con toda probabilidad un "no" sustancial a la independencia de España y, como sucedió en Quebec, el tema habría sido puesto a enfriar por lo menos durante una generación.
En cambio, lo que tenemos ahora es el absurdo cruel del gobierno de Madrid actuando hacia los catalanes como un marido que odia a su esposa y la maltrata, negándose a contemplar como ella le abandona, gritando "¡Ella es mía!".
¿Que pasa ahora? Puigdemont ha dicho que hará una declaración unilateral de independencia, pero su demora en hacerlo indica un miedo completamente realista a las represalias más violentas de Madrid, de ahí su deseo declarado de mediación a la UE, hasta ahora rechazado. Tal declaración no significaría más que el resultado del "referéndum" unilateral: sería más bien teatro político. Cataluña no es una pequeña isla del Pacífico, suficiente por sí misma. Forma parte de España y forma parte de la Unión Europea. Un Catexit duro, en una noche, simplemente no es posible. Puigdemont está jugando un juego de alto riesgo.
El gobierno español podría ver, sin embargo, que está jugando un juego, si lo deseara, y reaccionar proporcionalmente: vigilar y esperar un poco, reconocer que el clamor por la independencia catalana tiene un apoyo significativo detrás de él, y acceder a las conversaciones. La "esposa", en este escenario, podría aceptar aún a algunas proposiciones. Rajoy podría hacer lo que debería haber hecho hace cinco años y aceptar un referéndum vinculante. En el caso de una victoria para el voto "sí", el orden - al menos el orden del tipo que ahora se encuentra en el Brexit de Gran Bretaña - sería restaurado. Madrid, habiendo dado su bendición legal al referéndum, tendría que soportar con los dientes apretados el resultado. En el caso de una victoria del "no", el problema estaría resuelto.
Sin embargo, ni hablar de eso. Tal y como están las cosas, lo más probable es que triunfe la inquietante defensa del "orden constitucional" por "las fuerzas estatales legítimas". Luis de Guindos, ministro de Economía, mostró lo inflexible que es el gobierno español cuando dijo en una entrevista televisiva, el jueves pasado, que la independencia catalana estaba "fuera de consideración" porque era, en primer lugar, "ilegal" y, segundo, "irracional ":" Cataluña siempre ha sido parte de España ".
Una parte de mí todavía se aferra a la mota de esperanza que sentí antes del discurso del rey, que tal vez la UE vaya a intervenir y hacer entrar en razón a los líderes españoles. Pero es más probable que lo hagan sólo después de que muelan a palos a más catalanes, momento en el que puede ser demasiado tarde. Una muerte a manos de la policía del rey, un mártir por la causa catalana, y cualquier cosa podría suceder. Rajoy llama a Puigdemont traidor, pero si el conflicto se inclina hacia la violencia generalizada, y si Catalunya finalmente consigue la independencia, la historia puede registrar que el traidor más grande fue Rajoy.
Enric Juliana nació en Badalona en 1957, se convirtió en periodista a una edad temprana, incorporándose al diario barcelonés Tele/eXprés en 1975, y posteriormente trabajando para El Món, TVE y El PAÍS.
Miembro del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC) en su juventud, también fue miembro de la redacción de la revista semanal del partido Treball.
Fue contratado por La Vanguardia en 1991. De 1997 a 2000, fue destinado como corresponsal en Italia. Fue nombrado subdirector de La Vanguardia en 2000, y también se convirtió en delegado del periódico en Madrid en 2004.
Lola García es licenciada en periodismo y en ciencias políticas, trabajó en El Periódico de Cataluña, primero en la sección de «Cosas de la Vida» y posteriormente asumió el cargo de redactora jefe de Política.
Es directora adjunta de La Vanguardia, diario en el que fue subdirectora, responsable de las áreas de Política, Vivir y Deportes. Participa en debates de varios medios de comunicación, como L'Oracle de Catalunya Ràdio.
Testigo en primera línea del auge del independentista en Cataluña, en 2018 publicó El naufragio. La deconstrucción del sueño independentista una crónica sobre el procés, la movilización y la actuación política entre 2011 y 2017 (con prólogo de Enric Juliana). El 2022 publicó El muro. El poder del estado ante la crisis independentista (editorial Península) con prólogo de Pablo Simón.
Ernesto Ekaizer nació en Buenos Aires, en el seno de una familia de inmigrantes de origen judío asquenazí, por línea paterna, cuando él tenía 8 meses de edad emigraron a Israel. Posteriormente retornaron a Argentina y allí estudió economía.
Empezó a trabajar en la revista Panorama y el diario La Opinión (entre otras publicaciones argentinas), pero se sentía amenazado por la Triple A y se trasladó a España, donde fue redactor jefe del diario barcelonés La Vanguardia en Madrid, columnista de la revista Cambio 16, subdirector de la revista El Globo, director del diario económico Cinco Días y director adjunto del diario El País. Colaborador asiduo en radio y televisión. En esta época estaba especializado en periodismo económico y financiero, por su formación, pero a partir de los casos De la Rosa y Mario Conde fue virando progresivamente hacia el periodismo especializado en tribunales.
En 2008, tras alcanzar el puesto de adjunto al director de El País, Ekaizer abandonó el diario para incorporarse el 1 de febrero al nuevo diario Público, fundado en 2007. Asumió el puesto de editor ejecutivo, coordinando también el consejo asesor a la dirección en su línea editorial y escribiendo como analista y columnista.
Gerardo Pisarello nació en Tucumán el 10 de agosto de 1970, es hijo de Aurora Prados, maestra rural y de Ángel Pisarello (1916-1976), destacado abogado y político argentino miembro de la Unión Cívica Radical, detenido-desaparecido y asesinado en 1976, tres meses después del golpe de Estado del 24 de marzo que dio paso al régimen dictatorial que duró hasta diciembre de 1983.
Su tío segundo es Gerardo Pisarello (1898-1986) escritor, intelectual de la izquierda progresista argentina e integrante de la corriente vanguardista de la década de los años 20 denominada Grupo Boedo.
En la Universidad de Buenos Aires participó en un proyecto muy parecido a Barcelona en Común en el sentido de que era una plataforma estudiantil de gente que no pertenecía a ningún partido, que éran independientes, se llamaba Lista Alternativa Universitaria (LAU), pero su mayor vínculo siempre fue con los movimientos sociales de la calle. Durante la dictadura con movimientos cristianos de base trabajando en temas como la alfabetización en barrios populares, luego, con la democracia, se alejó del mundo de la Iglesia y se implicó en movilizaciones contra las políticas neoliberales de Carlos Menem y su actuación en materia de derechos humanos. Pero allí, a la gente le costaba mucho entender que no militara en el UCR porque era el hijo de Ángel Pisarello. El problema es que no se sentía identificado con muchas de sus políticas, sobre todo porque en el partido existía un ala conservadora con mucho poder.
Cuando llegó a Madrid con una beca para realizar un doctorado y, luego, empezó a ejercer como profesor de Derecho Constitucional y se vinculó con movimientos en defensa de los derechos humanos en México y otros países latinoamericanos. Un tiempo después, ya en 2001, le ofrecen ir a impartir Derecho Constitucional a la Universidad de Barcelona y, al poco tiempo, consigue la plaza como profesor titular por concurso. En 2007 se convirtió en vicepresidente del Observatorio DESC (Derechos Económicos, Sociales y Culturales), una plataforma sin ánimo de lucro que integra a abogados, economistas y urbanistas y que tiene como principal objetivo la difusión y defensa de pensamiento crítica, asambleario y antisistema. En Barcelona, se vincula a movimientos vecinales y sociales como V de Vivienda o la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), donde conoce a Ada Colau.
El Casal Argentino de Barcelona (CAB) es una asociación que se creó en 2001 para ofrecer asistencia social y psicológica a los argentinos que llegaban a Cataluña huyendo de la crisis económica. En mayo de 2015 el Casal celebró que su compatriota Pisarello fuera nombrado primer Teniente de alcalde. Estrictamente, el Casal carece de ideología. Se ha posicionado a favor del derecho a la autodeterminación pero ha preferido no opinar como institución sobre la independencia. Sin embargo, dos de sus responsables han decidido posicionarse abiertamente a favor de la ruptura con España y canalizar su labor de proselitismo a través de Argentins per la Independencia. Se trata del periodista argentino Diego Arcos, secretario y fundador del Casal, y de Andrés Luis Ravier, un técnico impresor y grafista de la misma nacionalidad que ocupa la dirección del Casal en la comarca del Llobregat.
Diego Arcos nació en 1955 en Buenos Aires. Llegó a Barcelona el 4 de octubre de 1989. Tiene dos hijos nacidos en Argentina y una hija catalana. Empezó la militancia en Montoneros y en organizaciones trotskistas. Escritor y periodista.
La Fundación Nous Catalanes de CD, encargada de la difusión de su programa entre la población extranjera, dispuso de una sección latina (Espai Latino) que se dedicó a introducir el mensaje soberanista en las celebraciones del día de la independencia de las comunidades ecuatoriana, bolivariana y hondureña, entre otras. El dinero de Nous Catalans salía de CDC y de otra fundación del partido, CatDem. El máximo responsable de Nous Catalanes era Angel Colom, militante de CDC. Se da la circunstancia de que la mano derecha de Colom era otro argentino, Rodrigo Roco, responsable de Espai Latino para la comunidad de inmigrantes de esa nacionalidad y alineado también con Convergencia.
Nacido en Mendoza, Rodrigo Roco llegó a Barcelona para visitar a su madre en 2004. Formó parte de la sectorial de inmigración y de la organización territorial de Badalona de la ANC. Su padre, abogado de profesión, tenía su despacho en la zona consular de Mendoza y él pasaba cada día por delante de la puerta del Casal Català.
La independentista Argentina más célebre era la monja Lucía Caram, habitual de las tertulias de televisión y abiertamente defensora de Artur Mas. La otra argentina independentista que arrastraba multitudes era la periodista Patricia Gabancho, que llegó a España con 22 años y acabó convirtiéndose en una firma defensora de la cultura y lengua catalanas.
Albano Dante Fachin Pozzi nació en Bahía Blanca, una ciudad de la provincia de Buenos Aires, Argentina en 1976. A pocos días de cumplir los 16 años, el 4 de abril de 1992, llegó a España con sus padres y sus dos hermanos. Estudió en el IES Sa Palomera de Blanes (Gerona) y posteriormente Filología Inglesa en la Universidad de Barcelona pero abandonó la carrera sin terminarla para iniciar el proyecto Cafè amb llet. En 2004 fue cofundador junto a Marta Sibina de la revista Cafè amb llet, fundada en Blanes, de distribución mensual gratuita en Cataluña. En 2011 empieza a investigar y publicar sobre el funcionamiento de la sanidad pública catalana. En 2013 publica junto con Marta Sibina el libro Artur Mas: ¿dónde está mi dinero? con el resultado de toda la investigación y en 2014 participa en el libro Conversación entre Alberto San Juan y Cafèambllet. El placer de pasar a la acción editado por Icaria.
Inició el activismo en la calle con el movimiento 15-M y desde entonces compagina el activismo con el periodismo. Ha participado en diversos colectivos en defensa de la sanidad pública como Units pel CAP (en defensa de los centros de atención primaria de La Selva) o Dempeus per la Salut Pública presidido por Àngels Martínez Castells y ha colaborado con el Círculo de Sanidad de Podemos Cataluña.
Es miembro e impulsor del movimiento Proceso Constituyente en Cataluña creado en abril de 2013 para promover un cambio de modelo político, económico y social, liderado por Arcadi Oliveres y Teresa Forcades.
Octuvre nació el 8 de febrero de 2020 con un vídeo de presentación que generó 3.600 visualizaciones en YouTube.
Los fundadores de Podemos, Íñigo Errejón y Pablo Iglesias, se formaron y colaboraron estrechamente con el centro de estudios CELS, el cual asesoró a gobiernos de izquierda en América Latina.
El núcleo fundacional de Podemos tras la primera asamblea ciudadana de Vistalegre, en 2014.
La foto representa al que se considera como núcleo fundador de Podemos en la primera asamblea ciudadana de Vistalegre, celebrada en octubre de 2014. De izquierda a derecha, Luis Alegre, Carolina Bescansa, Juan Carlos Monedero, Tania González e Íñigo Errejón acompañaban a Pablo Iglesias tras declarar éste su aspiración política de "ocupar la centralidad del tablero".
Algunos intelectuales argentinos han tenido un peso notable en el debate teórico de la izquierda española. Destaca Ernesto Laclau, cuya teoría sobre el populismo de izquierdas sirvió como pilar ideológico para Podemos. En la actualidad, sociólogos y analistas como Alfredo Serrano Mancilla (director del centro de pensamiento CELAG) son voces habituales en medios progresistas de España y asesores frecuentes de líderes de Sumar y Podemos.

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