En una remota y solitaria aldea de Burgos, de cuyo nombre no quiero ni puedo acordarme, allá por los primeros días del mes de junio de 1977 vivía, acompañado del perro y su ganado, el señor Cayo, un hombre ya maduro, y a la vez, alcalde e hijo del gran novelista Miguel Delibes.
En aquel entonces Cayo alcanzó la fama gracias a lo disputado que llegó a estar su voto entre los acólitos militantes de variadas organizaciones políticas.
Mucho tiempo atrás, como en 1935, Erwin Schrödinger, en el Magdalen College de Oxford, se afanaba en construir el edificio de la innovadora mecánica cuántica. Y mientras tanto llevaba una vida que, a ojos de sus puritanos colegas anglicanos, resultaba poco menos que libertina.
Vivía carnalmente, y bajo el mismo techo, con dos mujeres y su único animal de compañía era un gato que tenía guardado en una caja de cartón y que, quizás por no darle de comer, estaba medio vivo y a la vez medio muerto, y por si fuese poco nunca maullaba.
Irineo Robles, ingeniero informático natural de Bollullos de la Mitación y coleccionista de envoltorios de chicles y caramelos, supo de la ambigua existencia del felino del señor Schrödinger en un viaje de placer a Vietnam, mientras cantaba con sus amigos en el Karaoke Icool.
Irineo tiene una mente cuadriculada y tiende a asignar soluciones matemáticas a los problemas de la vida diaria. En el silencio de la noche, que a veces le acompaña por sufrir leves dosis de insomnio, y necesitado de ocupar sus neuronas en algo que no sean unas necesidades materiales que no tiene, alguna vez se entretiene en pensar que hacer en las próximas elecciones para decidir que papeleta introducir en el sobre que finalmente acabará dentro de la urna.
Hubo un tiempo en que eligió lo que le parecía mejor. Más tarde se conformó con decidirse por lo menos malo. Años después comenzó a votar en contra de aquello que le parecía peor, pero ahora, pasado un tiempo, ni eso le satisface.
Los que le conocen opinan en privado que esta evolución que se ha producido en la opción de voto de Irineo no es solo fruto del cambio en la realidad política del país, sino más bien de que se ha ido haciendo mayor y ahora es casi un viejo.
Después de varias noches de ensoñaciones y fugaces recuerdos, jugando con deseos y perspectivas, se encendió la luz en su cortex al rememorar al misino del físico teórico. ¿Que podría ocurrir si en el momento de introducir el voto en la urna dentro del sobre estuviese una única papeleta válida que fuese a la vez el fiel reflejo del listado de la candidatura de más de un partido, o de ninguno de ellos?
Teóricamente hablando, hasta el momento del recuento, en el sobre habría una papeleta que en parte correspondería a la candidatura de uno, y otro, y otro partido. Una vez acabada la votación, cuando los dedos de uno de los miembros de la mesa electoral abriesen la solapa del sobre, el anterior estado de superposicion cuántica se desharía al colapsar su función de onda, con lo que la anterior papeleta mecánico cuántica se convertiria en una papeleta normal y corriente de un partido concreto.
Pasando de la teoria a la práctica, para emitir un voto al estilo del señor Schrödinger Irineo ha establecido un protocolo con variantes que permite utilizar el procedimiento incluso en casos en que el potencial votante sufra distintos grados de abulia, hastío o desesperación.
El caso más sencillo sería aquel en que todos los grupos políticos que se presentan a la elección merecen del votante en cuestión la misma consideración. En este caso se recomienda coger una papeleta de cada partido y un sobre, y acto seguido dirigirse a la cabina para que las operaciones que se han de realizar no provoquen infundadas suspicacias en las personas que pudieran observarlas.
Una vez a cubierto de miradas curiosas se colocan todas las papeletas boca abajo, unas encima de las otras, y se barajan cuál naipes cuantas veces se estime oportuno. Se extrae una papeleta cualquiera de las situadas hacía la mitad del conjunto, se pliega y se introduce en el sobre, de forma que ni el votante la vea. Sin girarlas, el resto de papeletas, se pliegan y guardan sin mirar para podernos deshacer de ellas en lugar adecuado más tarde.
El resultado final es un sobre que contiene una papeleta que ha de ser de alguno de los partidos que comparecen en los comicios, pero de cuyo contenido el votante no tiene mayor idea. Ahora sí, ha llegado el momento de salir de la cabina y dirigirnos hacia la mesa que nos corresponda a depositar nuestro voto, previa identificación y registro.
En el caso de que solamente consideremos la posibilidad de optar entre unos pocos partidos bastará con coger sus papeletas para realizar el proceso de selección a ciegas.
Irineo está trabajando sobre ello, pero aún no ha llegado a un procedimiento que le satisfaga para poder incluir entre las opciones posibles el voto en blanco, ya que ello supone no introducir ninguna papeleta en el sobre, y con el protocolo actual el votante sabría que ha votado en blanco.
Irineo sigue sufriendo leves episodios de insomnio pero piensa que en su lucha con el problema electoral va ganando...



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