domingo, 12 de octubre de 2025

La historia a través del cristal amarillo

La versión china sobre la Segunda Guerra Mundial

A medida que el orden internacional de la posguerra encabezado por EE. UU. se desvanece, hay un debate sobre cuál es la versión dominante de la historia.

En el pasado septiembre, China celebró un desfile militar para conmemorar el 80 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial. Se dispararon salvas de artillería, sobrevolaron aviones de combate y desfilaron misiles y soldados por la plaza de Tiananmén.

En el relato chino de aquellos hechos se atribuye un papel principal en la victoria contra la Alemania nazi y el Japón imperial. En palabras de Xi Jinping, Pekín y Moscú fueron los “vencedores principales”.

En tiempos recientes los gobernantes chinos han recordado de forma reiterada su participación en la Segunda Guerra Mundial. Lo hizo Xi en su conversacion  telefónica con Trump y también con representantes de la Unión Europea. Esta retórica se centra en el argumento de haber derrotado al fascismo y en la necesidad de proteger lo conseguido al final de la guerra. Pero el mensaje implícito es que Japón, que recientemente dejó claro que intervendría militarmente si Taiwán fuera atacado, es un agresor histórico al que hay que mirar con recelo.

Cada país tiene su propia versión de la Segunda Guerra Mundial. Pero en gran medida son las versiones del mundo occidental sobre la guerra —quién ganó, en qué consistió y cuáles son sus lecciones— las que han configurado el orden internacional de la posguerra.

Hoy, ese orden se está desmoronando. Y países como China, a medida que ganan relevancia y poder, están utilizando parte de ese poder para presentar sus versiones de esta historia, con posibles implicaciones para cualquier orden internacional que surja en el futuro.

Para el historiador Antony Beevor, la Segunda Guerra Mundial fue una guerra como ninguna otra. Todos los países del mundo vivieron el mismo acontecimiento. Pero no lo vivieron de la misma manera. Todas estas historias individuales nunca se han reconciliado realmente en una sola. Ahora que el equilibrio de poder en el mundo está cambiando, estamos viendo más competencia a la hora de imponer una version sobre las demás.

Para los países que derrotaron a la Alemania nazi y a sus aliados, incluido Japón, la guerra fue una batalla épica entre el bien y el mal. Estos países evocan con profusión  esa historia a través de conmemoraciones periódicas y tambien utilizando los programas escolares para intentar unir a la población en torno a esa bandera.

Los países derrotados en la guerra tienen relaciones más complicadas con esa historia, pero esta sigue definiéndolos. La identidad de la posguerra de Alemania en gran medida ha girado en torno a la expiación de sus culpas. En Japón, los debates sobre si el país se ha disculpado lo suficiente y si debe abandonar formalmente la postura pacifista que tuvo que adoptar tras la guerra son temas abiertos en la política actual.

Alemania y Japón siguen siendo una parte integral de la historia que prevalece en Occidente sobre la Segunda Guerra Mundial, porque se convirtieron en un eslabón esencial del sistema de alianzas de la posguerra de Estados Unidos. En cambio, la Unión Soviética, que perdió aproximadamente 24 millones de vidas en la Segunda Guerra Mundial, y China, donde murieron unas 20 millones de personas, no siempre han ocupado un lugar tan destacado en muchos relatos occidentales del conflicto.

Rusia lleva mucho tiempo argumentando que merece más reconocimiento por sus sacrificios en el frente oriental contra Hitler. La presión más reciente de China para que se mejore el relato sobre su papel en la guerra recuerda a este esfuerzo, aunque muchos historiadores creen que los nacionalistas chinos, que finalmente se retiraron a Taiwán, desempeñaron un papel más importante en la Segunda Guerra Mundial que los comunistas.

No se trata solo de un ejercicio intelectual. Los enfrentamientos sobre la historia siempre buscan moldear el presente.

A menudo, los dirigentes de los países occidentales han usado referencias a la Segunda Guerra Mundial cuando les convenía. El gobierno de George W. Bush comparó los atentados del 11 de septiembre con Pearl Harbor, y comparó a Sadam Husein con Hitler. Un defensor del brexit comparó la salida de la Unión Europea con la evacuación de los soldados británicos de Dunkerque, Francia.

China está usando la Segunda Guerra Mundial ante los líderes occidentales porque está tratando de cambiar su percepción de Japón, de forma que se parezca algo más a la que se tiene en China. Se recuerda que Japón es un país con un historial de agresión que constituye una amenaza potencial para sus vecinos.

Todo esto forma parte de un proyecto más ambicioso que tiene como objetivo reclamar finalmente Taiwán, justificado, en parte, por la idea china sobre lo que se le debe por sus sacrificios durante la guerra. Rusia, que se refiere a la Segunda Guerra Mundial como la Gran Guerra Patria, evoca de manera deliberada la guerra cuando habla de “desnazificar” Ucrania.

La versión en la que se ha basado el orden internacional de la posguerra liderado por Estados Unidos, era una en la que Estados Unidos liberó a Europa del fascismo y le dio la democracia liberal y el capitalismo de libre mercado. De ahí surgieron instituciones internacionales (e intervenciones militares) que pretendían promover la democracia y el libre comercio.

Pero China ve la Segunda Guerra Mundial como parte de un esfuerzo más prolongado contra el imperialismo japonés que culminaría con la reunificación de China continental y Taiwán, una promesa que, desde la perspectiva china, aún no se ha cumplido. De esta historia surge todo un conjunto distinto de suposiciones sobre cómo debe ser el mundo, dijo, desde lo que significa “soberanía” hasta cómo deben responder otros países a un Japón que se está rearmando.

Las historias relacionadas con la Segunda Guerra Mundial están cambiando. Pero 80 años después, esa guerra sigue siendo fundamental para muchas identidades nacionales. Ahora, estamos entrando en un periodo de pos-posguerra. Y nuestros puntos de vista sobre la Segunda Guerra Mundial nos acompañan.


China en la II Guerra Mundial: una reevaluación necesaria

En China, la conmemoración del 80 aniversario de la victoria mundial contra el fascismo nos recuerda el ingente sacrificio soportado por este país en su larga lucha contra el invasor nipón. La invasión japonesa de los años 30 y 40, marcada por atrocidades como la Masacre de Nanjing (1937), sometió a China a una crueldad inimaginable. Según las estimaciones más recientes, las bajas militares y civiles superaron los 35 millones de personas en un combate que se prolongó durante 14 años. Más que ningún otro país involucrado en la contienda. Ese sufrimiento añadió dificultades nada desdeñables a la labor de reconstrucción impulsada por el nuevo poder instituido a partir de 1949.

En Occidente, se nos ha enseñado que la II Guerra Mundial se inició en 1939, con la invasión nazi de Polonia. Nuestra visión eurocéntrica obvia que las tropas imperiales japonesas habían invadido China en 1931, ocho años antes durante los cuales la sociedad china resistía duramente la ocupación. Ciertamente, el conflicto se desarrolló en dos tiempos y dos escenarios pero la narrativa se ha visto condicionada por un enfoque sesgado que mira más a Europa que a Asia. Estamos habituados, por ejemplo, a revivir las tropelías nazis pero muy poco conocemos del terror practicado por las tropas japonesas en suelo chino. Eso explica, por ejemplo, que se haya llegado a considerar “excesivas” las críticas por parte de China y otros países de la región a las horripilantes prácticas del ejército invasor. Recuerdo haber visitado en Harbin, capital de la norteña provincia de Heilonjiang, el museo que detalla los criminales experimentos de guerra bacteriológica llevados a cabo por la Unidad 731 usando a seres humanos como cobayas. Estremecedor.

La parcialidad de este enfoque ha influido en que Japón no se haya sentido tan apremiado a reconocer con el debido énfasis su responsabilidad histórica, desistiendo de ejercitar un reconocimiento público profundo y siempre necesario. En el 70.º Aniversario, Shinzo Abe reiteró las disculpas formuladas por sus predecesores, Tomiichi Murayama (1995) y Junichiro Koizumi (2005), pero rechazó nuevas disculpas. El actual primer ministro Shigeru Ishiba ha expresado “remordimiento”. Sin embargo, incluso ese tímido arrepentimiento de Ishiba ha quedado aguado por la visita de uno de sus ministros al santuario de Yasukuni, donde una parte de Japón rinde culto a sus criminales de guerra en un contexto de indisimulada alabanza del militarismo nipón. El propio Ishiba ha mandado una ofrenda a Yasukuni.

Ha llegado el momento de recuperar el equilibrio en la percepción y valoración de aquellos trágicos acontecimientos. Resulta injusto como también peligroso que en atención a la coyuntura presente ninguneemos el papel desempeñado por actores decisivos para el balance final de aquella contienda. Es, no obstante, lo que ocurre desde hace tiempo con la marginación de la URSS (entre 20 y 27 millones de fallecidos en la contienda), quien ha visto ostensiblemente reducida su relevancia para favorecer el protagonismo de los aliados occidentales. O que abordemos con indiferencia el revisionismo en el relato histórico o los retrocesos en las expresiones de arrepentimiento por parte de los agresores.

China padece de un olvido crónico de grandes proporciones que obvia su significado y la influencia estratégica de una contribución que, internamente, abriría paso también a la definitiva victoria del Partido Comunista (PCCh) frente a las tropas nacionalistas del Kuomintang. Es hora, por tanto, de reconocer que el punto de partida de aquella conflagración no fue Europa sino Asia y que, en concreto, se operó en suelo chino. En la acción de Japón, sin condena efectiva por parte de las potencias del momento, encontrarían aliento otros gobiernos de signo fascista en otras latitudes para llevar a cabo sus nefastos planes.

Cabe a la historiografía un esfuerzo de reequilibrio de la visión occidental de la guerra. Ese ejercicio nos permitiría apreciar mejor el alto valor del orden internacional existente. Pese a sus límites, constituye el punto de partida para una estabilidad que no bloquea las posibilidades de una evolución adaptada a los cambios globales de los últimos lustros preservando el papel central de Naciones Unidas, epicentro sistémico de cualquier orden pretendidamente basado en reglas.




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